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América latina prioridad para España

by Manuel Guedán
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El presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, en un artículo publicado en el número 11 de la revista Quórum, lo sintetiza así: “El objetivo de la comunidad iberoamericana debe ser que América Latina cumpla con los Objetivos de Desarrollo del Milenio, superando las dramáticas cifras de 180 millones de seres, casi un tercio de los latinoamericanos, que viven en una situación de pobreza, y 60 millones en situación de extrema pobreza”. Por eso, “América Latina continuará siendo la región prioritaria de la cooperación al desarrollo española”. Por su parte, la secretaria de Estado de Cooperación, Leire Pajín, en una comparecencia del 21 de octubre de 2004 ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, decía que la prioridad geográfica de la cooperación española es América Latina, por razones históricas, políticas y culturales, y porque “desgraciadamente América Latina no avanza suficientemente hacia el logro de los Objetivos del Milenio: erradicar la pobreza y el hambre extrema…”. Y la secretaria de Estado se comprometió a acometer un cambio importante y profundo en las políticas de cooperación, hasta alcanzar el 0,33 por ciento del PIB en 2006.

Nuestra contribución a la política de cooperación de la Unión Europea es importante y puede ser mayor si nuestro porcentaje de PBI, dedicado a la cooperación, se incrementa según lo prometido. Y, por supuesto, nuestra cooperación bilateral con los países más pobres de África y Asia debe aumentarse. Pero, hasta 2015, fecha marcada para que se cumplan los Objetivos del Milenio (OMD), la cooperación española debe mantener su apoyo prioritario a América Latina e, incluso, incrementar el porcentaje de la ayuda. 

Esta decisión política debe buscar un amplio consenso social y ser bien explicada para que lo entienda la comunidad internacional. Sólo se puede entender que España mantenga unos altos porcentajes de su ayuda hacia ese continente si esta decisión está respaldada por una articulada, clara y eficaz política de cooperación, en sintonía con los Objetivos del Milenio. Digámoslo claramente: no se trata de ser menos solidarios con quienes no hablan nuestro idioma. Se trata de repartir el trabajo entre los países donantes, en aras de una mayor eficacia. La pobreza es, en este principio de siglo, una catástrofe permanente, que provoca a diario miles de muertos. Como ha señalado Jean Egeland, responsable de las Naciones Unidas para asuntos humanitarios, “en África hay un Tsunami permanente, que provoca la muerte de 3.000 niños semanalmente, por enfermedades que se pueden prevenir”.

La nave africana se hunde. La pobreza crónica mantiene a 400 millones de africanos viviendo con menos de un dólar al día, los mismos que, según el PNUD, no tienen acceso al agua potable. La principal responsabilidad la tienen, obviamente, los gobiernos de los países afectados, pero la ayuda externa es imprescindible. Si repartimos las enormes tareas, seremos más eficaces. En la introducción del libro Pensar, crear, hacer una política de cooperación española1 se afirma que América Latina vive una situación de riesgo y de urgencia, que debe encarar la nueva Administración española, según anunció el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en un discurso pronunciado en la reciente Cumbre Europa-América Latina Caribe. Así consta también en un manifiesto de la recién creada Red Eurolatinoamericana de Gobernabilidad para el Desarrollo, auspiciada por el BID y de la que formaron parte el Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo, el Instituto Nacional de Gobernabilidad de Cataluña y el Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad de Oxford. 

En dicho manifiesto, firmado por los directores de las tres entidades, Klaus Bodemer, Joan Prats y Laurence Whitehead, se dice que América Latina llegó a la reciente Cumbre Eurolatinoamericana “en una situación sumamente delicada. A pesar de sus avances y potencialidades es una región en serio riesgo de ingobernabilidad política y de desestructuración social”. Y añade: “Europa debe ayudar a América Latina a enfrentar su dura realidad: pobreza, desigualdad, democracia de trabajosa viabilidad, mercados incompletos y muy imperfectos, bajos niveles de Estado de Derecho, altos niveles de corrupción… y debe hacerlo acompañando el esfuerzo de los pueblos y de los gobiernos latinoamericanos, no sólo por desplegar nuevas políticas, sino por remover los fundamentos institucionales de la economía y la política”. 

Desigualdad 

Según estos autores, la desigualdad se ha institucionalizado en América Latina, haciendo metástasis en el tejido social. Es tal la gravedad del diagnóstico que “no habrá desarrollo firme y duradero sin una reforma institucional profunda. El consenso de Washington –añade el manifiesto– pretendió ser la hoja de ruta del desarrollo. Su aplicación sólo exigía operadores políticos habilidosos […] Lo fundamental de la tarea correspondía a los técnicos. Tras su fracaso […] ya no hay mapa de ruta cierto […] Europa puede y debe tomar la iniciativa de elaborar con los países latinoamericanos un ambicioso e innovador plan de cooperación política”. Y aquí, a mi juicio, se abre una oportunidad para España, la de promover activamente un nueva agenda latinoamericana para el desarrollo, basada en la eficacia de un mercado que no genere exclusión social, en la responsabilidad macroeconómica y en políticas que promuevan la cohesión y combatan las raíces de la crónica desigualdad latinoamericana. Esta propuesta debe ser la tarea central de la cooperación española en los próximos años. El presidente Rodríguez Zapatero acaba de anunciar que las empresas españolas están en condiciones de iniciar una segunda oleada de inversiones en América Latina. Y es de suponer que una región estabilizada, con gobiernos democráticos, que doten de seguridad jurídica a las inversiones extranjeras y que compaginen el rigor macroeconómico con el firme compromiso de combatir las desigualdades sociales, responde también a los intereses de las multinacionales españolas. Por tanto, las empresas deben colaborar con el Gobierno en el impulso de esa nueva política.

De la foto en las Azores a las Naciones Unidas

Han pasado dos años desde aquella famosa foto en las Azores, donde aparecía José María Aznar acompañado de Bush, Blair y un invitado de piedra, el presidente de Portugal. Sonreían los cuatro ante las cámaras, mientras anunciaban la invasión de Irak. Después vendría la guerra, las grandes manifestaciones pacifistas en todo Occidente, el terrible atentado en Madrid y las elecciones españolas, en las que una ciudadanía responsable quiso cambiar el rumbo de la política española y dio el triunfo al socialista José Luis Rodríguez Zapatero. La política exterior española dio un giro y su guerra no fue ya contra Irak, sino por el consenso y contra el hambre en el mundo. En enero de 2004, el secretario general de Naciones Unidas, Kofi A. Annan, junto al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, el chileno Ricardo Lagos y el francés Jacques Chirac, en una reunión de tuvo lugar en Ginebra, trataron de situar la lucha contra el hambre en el centro de la agenda internacional, cumpliendo así con el mandato de los Objetivos del Milenio y con las iniciativas de la ONU.

En esa reunión se llegó a un importante acuerdo: la creación de un grupo de trabajo para la elaboración de un documento, con nuevos mecanismos de cooperación para luchar contra el hambre y la pobreza. Los presidentes, coincidiendo con el Grupo de Alto Nivel de la ONU, calificaron la lucha contra el hambre de “vital para la seguridad y la estabilidad” y prometieron unir sus esfuerzos para tratar de paliarla. Ocho meses después, el presidente español se unía a esta iniciativa. El grupo técnico elaboró un documento, titulado “Mecanismos innovadores para financiar la lucha contra la pobreza y el hambre”, en el que se afirmaba que es imposible “seguir viviendo en un planeta en el que más de mil millones de personas están privadas de un nivel de vida mínimamente digno”, y añadía que no existe ninguna justificación para que persista el hambre y la miseria, responsables de la propagación de enfermedades, de la degradación del medio ambiente, de los desplazamientos humanos masivos, que disparan el gasto en armamento y alimentan la inestabilidad política, perturban el comercio y disminuyen el potencial de los mercados.

En 1996, la Cumbre Mundial de la Alimentación destacó la importancia del entorno político, social y económico para la erradicación de la pobreza y del hambre en el mundo y, cuatro años después, la comunidad internacional se adhirió a los Objetivos del Milenio. En el mismo espíritu de la declaración del Milenio, se pronunciaron la Conferencia Internacional para la Financiación del Desarrollo, celebrada en Monterrey, y la Cumbre de Johannesburgo sobre el Desarrollo Sostenible, ambas celebradas en el año 2002. En estas dos cumbres mundiales se destacó la necesidad de construir una verdadera asociación para la consecución de los Objetivos del Milenio y se hizo un llamamiento a los países en desarrollo para que aumenten su AOD (Ayuda Oficial al Desarrollo). El grupo de trabajo de la Cumbre contra el Hambre ha insistido en que es imprescindible aumentar la ayuda para cumplir los objetivos. “Los compromisos están sobre la mesa –dicen– pero no los recursos necesarios”. En el periodo que va de 1999 a 2001 sufrieron desnutrición 842 millones de personas, de las que 798 millones viven en los países en desarrollo. Sólo en los países de renta media, entre los que se encuentran la mayoría de los latinoamericanos, hay 280 millones de personas que subsisten con menos de un dólar diario y 870 millones con menos de dos. Si comparamos estas cifras con las de 1990-1992, el número de personas que sufren desnutrición descendió tan sólo en 19 millones. 

Si persiste esta tendencia, llegaremos a 2015 con 600 millones de seres humanos en condiciones de pobreza y extrema pobreza. Estos alarmantes datos han hecho que se constituyera el grupo de presidentes y la creación de un grupo de trabajo encargado de analizar los mecanismos para incrementar los flujos de ayuda. Sus conclusiones fueron que éstos tienen que venir de varias direcciones: los planes de donación voluntaria y otros más ambiciosos y novedosos, que requieren una voluntad política sólida de gobiernos y organismos internacionales. 

Los mecanismos propuestos por el grupo técnico para incrementar la AOD comparten ciertos principios básicos de racionalización económica: 

• Incrementar los recursos destinados a los países en vías de desarrollo y no sustituirlos por los recursos ya existentes. 
• Proporcionar una ayuda estable y duradera. 
• Utilizar los canales de cooperación ya existentes, bilaterales y agencias multilaterales. 
• Diseñarlos como donación, para evitar el crecimiento de la deuda externa. 
• Manejarlos con transparencia, para aumentar la credibilidad en los donantes.

Los ocho mecanismos propuestos por el grupo técnico son:
1) Imposición sobre las transacciones financieras;
2) imposición sobre el comercio internacional de armas;
3) facilidad de financiación internacional (FF);
4) derechos especiales de giro (EDG);
5) combatir la evasión fiscal y los paraísos fiscales;
6) mejorar el uso de las remesas de los emigrantes;
7) incrementar las aportaciones voluntarias a través de las tarjetas de crédito;
8) aumentar los fondos éticos o “la inversión socialmente responsable” y la responsabilidad social de las empresas. Con motivo de la Asamblea General de la ONU, el 20 septiembre de 2004, se reunieron los cuatro presidentes para emitir la llamada Declaración de Nueva York sobre la Acción contra el Hambre y la Pobreza, en la que se instó “a la comunidad internacional a que estudie con atención el informe elaborado por el grupo técnico, creado en virtud de la declaración de Ginebra del 30 de enero de 2004” y se pidió que el compromiso de llegar a los 50,000 millones de dólares anuales, necesarios para alcanzar los objetivos en el año 2015.

Europa, Estados Unidos y América Latina 

Hace unos meses, el diario El Comercio de Quito reflexionaba sobre las razones que tiene Estados Unidos para continuar interesándose por el desarrollo económico y social de América Latina, a pesar de la nueva coyuntura internacional.2

El periódico analizaba que, en la reciente campaña electoral norteamericana, se evidenció que, a pesar del 8% de votantes hispanos, ninguno de los dos partidos prestó en sus programas especial atención a América Latina y, a pesar de eso, El Comercio precisaba que es previsible que Estados Unidos intensifique sus Tratados Bilaterales de Libre Comercio porque sus mercados necesitan extenderse hacia los países en desarrollo. Esta circunstancia debe ser aprovechada por los gobiernos latinoamericanos para mejorar sus condiciones en el mercado de Estados Unidos y exigir la abolición del proteccionismo en el gran país promotor del libre comercio. A Estados Unidos, como a Europa, le interesa una Latinoamérica que progrese equitativamente, que crezca sostenidamente y que se integre en el comercio internacional, porque todo ello favorecerá también su capacidad de compras preferenciales y sus importaciones de bienes, indispensables para su desarrollo. También a Estados Unidos y a Europa les conviene una América Latina con ventas mejor distribuidas y que ponga fin a los “guetos” de pobreza que rodean a las grandes ciudades. El comisario europeo Christpher Patten afirma que la cohesión social es uno de los problemas más agudos de la región. “En una escala del 0 al 100 –añade–, en donde el 100 representa la desigualdad total, América Latina se ubica en un 53,9, cifra bastante más alta que el promedio mundial (que es 38), incluyendo al continente africano. De acuerdo con las cifras del Banco Mundial, el 10% de la población más rica de América Latina gana el 48% del ingreso total, mientras que el 10% más pobre, sólo percibe el 1,6%.

Y tal como ha señalado el Banco Interamericano de Desarrollo, si el ingreso de América Latina se distribuyera como en el Sudeste Asiático, la pobreza en la región sería hoy un quinto de lo que es”.3 Patten concluye que América Latina no puede esperar un crecimiento económico sostenido si no incrementa sensiblemente su cohesión social, y define “cohesión” como la necesidad de compartir los frutos del progreso y favorecer a los marginados para que accedan a unos servicios públicos dignos, a una justicia equitativa y a una adecuada seguridad social. En la actualidad, nadie discute la correlación existente entre desigualdad y crecimiento. Una región en abierta crisis económica y con graves crisis de gobernabilidad impide el cumplimiento de los OMD y contribuye a la inseguridad internacional. Y, a pesar de eso, Estados Unidos no presta la atención debida a América Latina y en los últimos programas electorales de los Partidos Republicano y Demócrata no se hacía referencia alguna. Los dos candidatos presidenciales, Busch y Kerry, no mencionaron a América Latina en el debate de la Universidad de Miami, en Coral Gables, Florida, a pesar de que se centró en asuntos de política exterior y de seguridad y de que se celebró en un estado fuertemente latinizado. En Estados Unidos viven 39.9 millones de latinos, cada vez con más peso político y económico. En una encuesta elaborada por Zogby International para el Miami Herald, en abril de 2004, se demostraba que el 52% de los votantes hispanos registrados consideraban que América Latina era un asunto importante para Estados Unidos. ¡Qué desagradable sorpresa se debieron llevar cuando vieron que ninguno de los candidatos hizo mención a su “patio trasero”! 

Peso propio 

Y, sin embargo, América Latina tiene peso propio en Estados Unidos. México, según Donna Hrinak,4 antigua embajadora de Estados Unidos en Brasil, Bolivia y la República Dominicana, es el segundo socio comercial de Norteamérica y, excluyendo a México, América Central y del Sur, tienen un volumen de comercio con el Imperio superior a todas las demás regiones del mundo. Brasil compra ya casi tantos productos norteamericanos como China, y Argentina más que Rusia. Hrinak sostiene que Bush debe dar un impulso a las conversaciones sobre el libre comercio y al proceso de la Cumbre de las Américas y propone que “sería una posibilidad tomar ejemplo de la integración europea y establecer el tipo de fondo de desarrollo que existe en Europa, para ayudar a las economías más débiles y que éstas se preparen para ser miembros de pleno derecho de una sociedad parecida a la Unión Europea”. Hoy hay más democracias que nunca en Centroamérica y América del Sur y existe el compromiso, suscrito por Estados Unidos, América Latina y el Caribe, en la Carta Democrática de Lima del 11 de septiembre de 2001, de mantenerlas y mejorar su calidad. Todos los países que forman parte del continente americano deben contribuir a la gobernabilidad mundial, fortaleciendo lo que se denomina “la institucionalidad hemisférica”. A juicio de José Miguel Insulza,5 actual ministro de Interior de Chile, “aún no se ha sido capaz de llegar al nivel de concertación política que implique una verdadera asociación”. Estados Unidos discute sus puntos de vista estratégicos en la OTAN y en otras sedes, nunca en la OEA, e Insulza propone fortalecer esta organización y convertirla en el centro de búsqueda y propuestas para concretar la agenda hemisférica. 

Hacer política 

Lo que ocurrió el 11 de septiembre en Nueva York fue un crimen contra la humanidad, como también lo fue lo que ocurrió en Madrid tres años más tarde, el 11 de marzo de 2004. Durante la década de los noventa, el mundo vivió terribles masacres, aún más masivas y más crueles. En Srebenica fueron masacrados ocho mil hombres y en Ruanda fueron brutalmente asesinados cerca de un millón de tutsis. 

Todas fueron agresiones brutales, pero no todas merecieron el mismo tratamiento mediático. El atentado contra la Torres Gemelas fue el más televisado y los terroristas consiguieron su objetivo: aumentar la inseguridad en todo el mundo. Según Mary Kaldor, la administración Bush, con su “guerra espectáculo” y su “activismo militar global”, también contribuyó a incrementar la sensación de miedo. 

Estados Unidos volvía a fortalecer y a extender su poder militar. En el verano de 1993, Huntington publicó, en la revista Foreign Affairs, su célebre artículo “The Clash of Civilizations and the Remarking of World Order”. Dos años más tarde, el 9 de enero de 1995, Irving Kristol publicó el libro Neoconservatism: The Autobiography of an Idea. A mediados de ese mismo año, se produjo el lanzamiento de un nuevo semanario, al servicio de la ideología neoconservadora: The Weekly Standard. El 8 de julio de 1996 apareció un informe, titulado A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm, firmado por un conocido ideólogo y experto en relaciones internacionales, vinculado a los equipos de Reagan y Bush. En él propugnaba la invasión de Irak y poner fin al régimen de Sadam Hussein. Y, el 3 de junio de 1997, aparece el influyente documento “Project for a New American Century” (PNAC), que se convirtió en la principal plataforma ideológica de este movimiento político. Al Qaeda les dio sólo el pretexto final para volver a la política del “conmigo o contra mí”. Pero ésta no puede ser la solución. Si queremos caminar por un mundo más seguro, hay que persistir en estrategias diferentes al unilateralismo militar. El terrorismo fundamentalista y las guerras-espectáculo se retroalimentan y nos restan recursos para atender otros problemas muy serios que tiene la humanidad: la lucha contra el hambre, el analfabetismo y las enfermedades. 

Se impone, junto con la acción de los gobiernos y de los organismos internacionales, la intervención de millones de ciudadanos, dispuestos a hacer política, entendiendo ésta como la preocupación que tiene todo hombre libre por solucionar los conflictos que le afectan y regular las tensiones. La política tiene que ser una prueba de libertad creadora, de civilización, de “ciencia de las ciencias”, como la llamó Aristóteles. No es un mal necesario. Es un bien práctico, flexible y humano –como dice Prats–, necesario en las sociedades con pluralidad de intereses. La política no pretende solucionar todos los problemas, ni hacernos a todos felices, pero puede prestarnos la ayuda, si no se envilece y se insensibiliza ante el sufrimiento humano y si permite que los dirigentes adopten comportamientos no sujetos a las leyes. 

En el mundo desarrollado ha crecido la sensación de inseguridad y en el subdesarrollado ha aumentado la zozobra y la sensación de que se les está robando el futuro. No soy muy optimista porque sé que en este mundo sigue siendo más natural la indiferencia ante las atrocidades que la rebeldía capaz de evitarlas. Pero algo habrá que hacer porque, como decía el periódico inglés The Guardian, “un mundo sin optimismo es un mundo peligroso”.


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