Revista GLOBAL

Ariadna y nuestro laberinto

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La figura de Ariadna y el laberinto como símbolo nos permiten reflexionar sobre la situación en la que nos encontramos en el presente, confundidos en el interior de un modo de vida que amenaza con destruir el medio en el que se ha desarrollado. El personaje de Ariadna (con su proximidad a la matricial-vegetal) en su relación con el héroe Teseo (mucho más animal y patriarcal que aquella) nos sirve como hilo conductor, si no para salir de nuestro laberinto, sí, al menos, para comprenderlo un poco mejor: proponemos interpretar esa situación (nuestra situación) como el resultado de un desencuentro ocurrido hace mucho tiempo, quizás incluso fuera del tiempo histórico, al que no hemos sabido dar una respuesta eficaz.

La figura de Ariadna en su relación con Teseo en el contexto del Laberinto de Creta, en Cnosos, puede permitirnos comprender la historia simbólica de la cultura occidental y de su tradición metafísica. Ariadna podría ser vista como el alma de lo que la arqueóloga Marija Gimbutas llamó la «Vieja Europa», aludiendo a las culturas pregriegas, autóctonas de la cuenca del Mediterráneo, anteriores a la llegada de los distintos pueblos indoeuropeos.

Tendremos, pues, que irnos a la isla de Creta, en el Mediterráneo, donde florecía una sofisticada cultura ya en la Edad de Bronce, entre el 3000 y el 1000 a. C., antes de que los indoeuropeos (aqueos, dorios, jonios, eolios) empezaran a instalarse, a partir del 2000 a. C., con su mitología heroico-patriarcal presidida por Zeus, dios del cielo diurno y sus fenómenos luminosos, al sur de los Balcanes. Esta cultura de carácter heroico que miraba al Olimpo se impone sobre las poblaciones aborígenes que tenían culturas agrícolas y mercantiles, con mitologías matriarcales y simbologías de tipo lunar, que apenas tenían desarrolladas estructuras defensivas (cosa que inclina a pensar que tampoco eran muy dados a las actividades bélicas). La cultura griega sería el resultado de este «encuentro» entre los indoeuropeos y los «aborígenes», si bien con frecuencia se suele olvidar u obviar tanto que hubo tal «encuentro» como que más que un encuentro fue en realidad una conquista por parte de poblaciones nómadas que llegan desde las estepas del norte de Asia montando a caballo. A este respecto vamos a insistir solo en dos detalles. 

Por un lado, destacaremos que en la época más arcaica los pueblos griegos no disponían de escritura, mientras que los cretenses sí. El denominado «lineal A», que apenas está descifrado, se usaba para escribir la lengua minoica (perdida y desconocida). El «lineal B» es el mismo, pero se usó para transcribir el griego micénico (por lo que sí ha sido descifrado). Por otro lado, cabe insistir en que la palabra y la figura mítica de Dioniso —con sus excesos, su sensualidad corporal y enfoque en los procesos fisiológicos más «básicos», con su carácter vegetal, con la implicación de la vida y la muerte, con el constante renacimiento y ‘re-muerte’— no es extranjera, como ha pretendido la tradición clásica. Si bien Dioniso resulta extraño si lo comparamos con el resto de personajes de la mitología olímpica, no es porque haya sido importado o haya venido de fuera, sino porque es anterior a la llegada de esa mitología. Curiosamente, sería más adecuado llamar «extranjera» a la mitología olímpica que a Dioniso, cuyo nombre fue detectado el pasado siglo ya en una tablilla minoica de Pilos en escritura cretense y que llevó a Nietzsche a postular la tensión existente en la cultura griega entre dos instintos estéticos básicos, lo dionisíaco y lo apolíneo, que se articulan para crear la obra de arte trágica.

Según esta propuesta, Ariadna sería el alma de la Vieja Europa, la figura de una sabiduría poético-simbólica, que, habiendo quedado olvidada y despreciada, pierde el hilo conductor ella misma y vagabundea desesperada por esos laberintos casi literales en los que se han convertido nuestras ciudades inhabitables, nuestras instituciones burocratizadas y nuestra naturaleza, reducida a un conjunto de recursos naturales a explotar y a un inmenso vertedero de nuestros residuos (en los que ya nos estamos convirtiendo, si no es que ya nos hemos convertido, nosotros mismos).

Pero veamos el relato sobre Ariadna que nos ha llegado desde ese pasado. Atenas tenía que pagar un tributo anual enviando a siete parejas de jóvenes a Creta para alimentar al Minotauro. 

En una ocasión, Teseo, el hijo del rey de Atenas, se ofreció voluntario, pero no con intención de ser sacrificado, sino de luchar con el monstruo para liberar así a su ciudad de esa dependencia. Ariadna, la princesa hija de los reyes de Creta, se enamoró de Teseo y, sabiendo que este no podría salir del laberinto, aunque venciera al Minotauro, le regaló un largo hilo enroscado en un ovillo para que lo fuera soltando a medida que se adentraba en el laberinto y pudiera así encontrar el camino de retorno. Una vez lograda la hazaña, Teseo parte hacia Atenas con los otros jóvenes, llevando también a Ariadna en su barco. En el transcurso del viaje, se detienen en la isla de Naxos y por algún motivo, del que hay distintas versiones, la nave vuelve a zarpar mientras que Ariadna queda dormida en la isla.

Hay que añadir que la experiencia del tiempo concentrada en el hilo de Ariadna es muy sugerente. La salvación del laberinto y de la inexorabilidad del tiempo mismo proviene de la repetición al revés, del héroe siguiendo sus propios pasos hasta el origen. Esta es la visión salvífica del futuro. Aunque muchos de los héroes míticos repiten la misma acción o están sometidos a la misma pasión infinitamente (tal como, por ejemplo, Sísifo o Prometeo, que sufre todos los días el castigo de los dioses), en el caso de Teseo, la posibilidad que le otorga Ariadna es la de una repetición diferente, de la repetición en y de la diferencia, que equivale a la elaboración psíquica o psicoanalítica, permitiéndole liberarse no solo del laberinto sino de las fijaciones, e incluso traumas, que lo atrapan —o, mejor dicho, liberarse del laberinto de la mente atrapada en sus complejos que se convierten en impedimentos para la propia vida—. O, sea, el pasado minoico representa la llave del mejor futuro helénico, el cual debería repetir en sentido inverso, al revés, nunca tal como este fue vivido sino en una recordación, contemplación y práctica consciente o autoconsciente. 

Podemos imaginar cómo fue el despertar de Ariadna, su frustración, su rabia y su lamento por el abandono (o lo que haya sido). Ya sea que Dioniso se encargara de acogerla, como cuentan varias versiones, o que, pese a retornar Teseo ya no pudo salvarla, lo cierto es que Ariadna no llega a Atenas. Tenemos, pues, ya desde los inicios de nuestra cultura un encuentro que, sea por el motivo que sea, ha quedado frustrado; una tarea pendiente; una ruptura o una herida a la que habría que prestar atención, aunque eso pueda resultar doloroso; un legado negativo que espera encontrar una respuesta. Necesitamos encontrar una salida y para ello nos vendría muy bien un ovillo como el que Ariadna regaló, suponemos que enamorada, a Teseo. Así pues, podríamos repetir al revés un viaje hacia ella, trabajando psíquicamente, elaborando los complejos culturales que sofocan la vida misma. 

Este abandono, este olvido por parte de Teseo, podría ponerse en correlación con el inicio de la filosofía, un inicio que la versión oficial nos ha presentado siempre, clásicamente, como «el paso del mito al logos». La razón abstracta irrumpe desprendiéndose de lo mito-poético y, paulatinamente, se va fortaleciendo con su propio ejercicio y con la celebración de sus triunfos hasta lograr desprenderse de la propia carga filosófica, con la que se había entrenado, convirtiéndose en conocimiento neutralmente científico; en pura y fría razón tecno-instrumental, completamente abstracta y separada de lo concreto, del mundo de la vida; en algoritmo que todo lo controla sin interesarse lo más mínimo por cada una de las partes de ese todo, sin prestarle atención, sin ninguna valoración ni cuidado: desde la indiferencia que le da poder. Se trata de un algoritmo que ni siquiera se piensa a sí mismo (que no es autoconsciente) y que solo es capaz de realizar cálculos poderosos y eficaces para manipular un mundo al que ignora en sus detalles. Un poeta, Roberto Juarroz, ha diagnosticado esa separación como una burla y la necesidad de buscar una recomposición:

«Una de las perspectivas más altas del espíritu en la época actual es la recomposición o recuperación de la unidad del hombre a través de la poesía. Bajo ese ángulo, el pensar y el sentir son una sola cosa, como la inteligencia y el amor, la contemplación y la acción. El hombre ha sido tercamente burlado y partido. Su capacidad de imaginar, su poder de visión, su fuerza de contemplación, quedaron en el margen de lo ornamental y lo inútil. La poesía y la filosofía se separaron en algún pasaje catastrófico de la historia no narrable del pensamiento. El destino del poeta moderno es volver a unir el pensar, el sentir, el imaginar, el amar, el crear. Como forma de vida y como vía hacia el poema, que debe plasmar esa unidad».

Pero volvamos con Ariadna. Según dice la versión ateniense, Ariadna era una princesa cretense, hija del rey Minos y de Pasifae. Ahora bien, esta versión, que también cuenta que Atenas había sido atacada por Minos provocando hambre y sequía y que, para conseguir la paz, Atenas se comprometió a enviar todos los años a un grupo de jóvenes para ser sacrificados al Minotauro, ha sido cuestionada por descubrimientos de filólogos y mitólogos contemporáneos. Así, por ejemplo, K. Kerényi señala que Ariadna no es una princesa, sino la Señora del laberinto a la que, según consta en tablillas minoicas, se le hacen ofrendas: «Para la Señora del laberinto, un recipiente con miel» se puede leer en una de ellas. Al introducir este cambio, Atenas niega el agenciamiento activo de Minos —una negación que desarrolla e influye a todo lo que se sigue—. Como ya apuntaran Wilamowitz y Nilsson, Ariadna tendría que ser considerada como una gran diosa más antigua.7 Se trata, además, de una figura que tiene estrecha conexión con la danza: 

«Lugar y figura de la danza […] [el laberinto] recordaba el submundo, en el que no se encuentra el camino de regreso a no ser de un modo muy misterioso, que se insinúa en la figura de la danza: en una línea espiral. Allí se oculta, o así me lo parece, el gran regalo de la diosa del submundo a la humanidad. […] Ahora sabemos que la Señora del laberinto era una diosa para los cretenses».

Nos encontraríamos, entonces, no ante una princesa, sino ante una antigua diosa de la naturaleza. Es interesante en este sentido que, en griego, naturaleza se dice physis y en su etimología esa palabra remite al crecer, al brotar de la vegetación que renace en primavera, al germinar de la semilla que, muriendo como semilla, da lugar a la nueva planta. Como diosa de la naturaleza, Ariadna resultaría ser diosa de la vida y de la muerte que, en el caso de la vegetación, se muestran en su implicación o articulación mutua. De este modo, Ariadna quedaría asociada a la physis (y no olvidemos que la filosofía se inicia como una reflexión «cuasipoética», podríamos decir, sobre la physis, una reflexión que se pregunta por su arché, por el origen del que provienen todos los pares de opuestos que la constituyen). En ese sentido, Ariadna se contrapone a Teseo, que viene de Atenas, como representante del nuevo orden de la polis, de la ciudad griega que ya no se construye sobre la physis, sino que se constituye por las leyes (nomos) que sus ciudadanos eligen y votan en la asamblea.

La temporalidad de la repetición inversa que marca el camino de Teseo gracias a las indicaciones del hilo de Ariadna señala entonces otra relación de la ciudad o civilización a la naturaleza, esencialmente vegetal, pero entendida también en su conjunto, como todo lo que crece. En vez del miedo provocado por las fuerzas de la naturaleza, que superan el control del sujeto humano, tendríamos que buscar en ella —en las huellas materiales que ella misma regala— las indicaciones para relacionarnos con ella de un modo distinto, valorizando los conocimientos e inteligencias naturales, no como objetos del conocimiento frío científico y separado del mundo, sino como el seguimiento al revés de estas inteligencias con sus subjetividades específicas, descifrándolas en la misma medida que ellas nos van leyendo a nosotros. Tal sería, sobre todo, una elaboración de los complejos (de inferioridad y de Fénix, por ejemplo), que son al mismo tiempo antiguos como todavía presentes y contemporáneos. En términos freudianos, la elaboración es un modo de proceder que se diferencia de cualquier intento de entregarse a la naturaleza, dejando que el yo consciente se disuelva en ella o en el «sentimiento oceánico»; es, más bien, un encuentro de la «segunda» naturaleza con la «primera» y del consciente con el inconsciente (o con el consciente-otro); un encuentro que ha de darse en una atmósfera de atención, de cuidado e incluso de amor, para que la interpretación pueda darse en los dos sentidos y, en la medida posible, sin imposiciones ajenas. 

Hemos formulado una corrección importante: Ariadna no es una princesa, sino una diosa. Pero hay otra cuestión significativa. El laberinto no es una construcción extraña que sirve para ocultar la vergüenza de la familia, el hermano monstruoso de Ariadna, ese Minotauro deforme y malvado, como cuenta la versión ateniense. El propio Homero recoge que Dédalo le había construido a Ariadna una especie de pista de baile. El laberinto nos remite a un espacio dedicado a la danza, la cual tenía un componente ritual muy importante. «En el caso de que el laberinto sea imaginado como si fuera una construcción, pues también entonces cabía representárselo como si fuera un corro danzante, que desde un punto central retornara sobre sí mismo». Estamos, así, ante el laberinto como una espiral o como un meandro abierto por el agua que fluye, como bailando, en su trayectoria hacia el mar. En este sentido, el laberinto sería el lugar limítrofe entre la vida y la muerte y Ariadna tendría conexión con Perséfone, la diosa lunar del inframundo: Ariadna como diosa lunar, «pero no solo de la luna en el cielo, sino como reina de los muertos que, llena de clemencia, devolvía a la vida»: «Su reino, en sus orígenes, podía ser bailado, y bailando podía ser atravesado —así como encontrar la salida».

Pues bien, siguiendo con nuestra alusión al símbolo, resulta que Ariadna se encuentra con Teseo, el héroe solar ateniense que viene dispuesto a liberar a su ciudad de las ataduras con un pasado que no comprenden. Ariadna, suponemos que enamorada, le ofrece sus recursos: le regala ese ovillo que ayuda a encontrar el retorno. Enamorados, suponemos, estaban Ariadna y Teseo. Del amor de lo acuático —con su danza— y lo solar —con su velocidad, luz y calor— nacen, precisamente, las plantas. 

Tras la victoria, Teseo se propone llevar a Ariadna (¿o será secuestrarla lo que pretende, tal como Zeus secuestró a Europa?) a Atenas, supongamos que para enriquecer la vida de su ciudad con la vieja sabiduría autóctona del Mediterráneo. Pero algo sale mal en el viaje de vuelta. Sea por lo que sea, el caso es que Ariadna no llega a Atenas. La ciudad griega sigue su historia: derrotan, en alianza con las otras ciudades griegas, al imperio persa, se desarrolla el teatro, se logra una cierta democracia, la filosofía se desprende de la poesía (Platón expulsa a los poetas de la ciudad ideal) y se adentra en lo que un discípulo de Aristóteles, Andrónico de Rodas, llamó «metafísica»: un proyecto que, al combinarse con la religión judeocristiana, sienta las bases sobre las que se construye en el siglo XVII la nueva ciencia, libre ya de las ataduras de la tradición, sea teológica o filosófica. Al aplicar ese conocimiento al desarrollo de la industria, la razón, que con la Ilustración había aspirado a ser «pura», acaba convertida en razón técnico-instrumental, en un mero instrumento o herramienta que (se supone) no tiene fines propios y que, por ello, es incapaz de generar o reconocer valores. Esta incapacidad es la característica del nihilismo.

Nietzsche ya atisbó que los valores son algo muy importante para el ser humano, pero, que, por otro lado, son algo tan escurridizo que, enseguida, intentamos atraparlos codificándolos rígidamente, absolutizándolos e hipostasiándolos. Surgen así una especie de ídolos metafísicos a los que adoramos o despreciamos, pero olvidando que, en el fondo, son creaciones nuestras, creaciones necesarias para la vida, para que se pueda vivir con sentido. 

«Para conservarse, el hombre empezó implantando valores en las cosas, —¡él fue el primero en crear un sentido a las cosas, un sentido humano! […]. Valorar es crear: ¡oídlo, creadores! El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas. Sólo por el valorar existe el valor: y sin el valorar estaría vacía la nuez de la existencia.»

Pues el nihilismo no es compatible con la vida. El nihilismo significa la falta de mediación (y si esa mediación es vegetal, entonces significa desierto); disociación de los opuestos (dualismo), los cuales se alejan demasiado, generando así un vacío que rompe la relación que los había constituido: incomunicación, encerramiento, encorvamiento. La vida necesita valores, pero esos valores no han de ser absolutizados, como tiende a hacer la metafísica. Los valores también necesitan de la vida para «valer». El valor solo se da en la medida en que es consentido, interpretado, apreciado, en la medida en que es elegido, aceptado, acogido, cuidado y aplicado por alguien, es decir, en la medida en que es amado. ¿Será el nihilismo (ese «desierto que crece», según Nietzsche) una consecuencia del desencuentro que hemos estado considerando entre Ariadna y Teseo?

Apéndice poético

Es cada vez más difícil desenredar los hilos. Hilos de narrativa y tejido, letras y palabras. Pasajes que no llevan a ninguna parte. Callejones sin salida. Pasajes por los que caminas o lees, por los que corres o que ojeas con una mirada distraída. De tu comprensión, o incomprensión, nacen extraños «niños monstruos híbridos», monstri novitate biformis. Descendientes que serán rápidamente rechazados por la comadrona de las ideas, Sócrates, que actúa perpetuamente como su comadrona-madre Fenarete. El sentido se desvanece en el sinsentido mucho antes de que pueda neutralizarse en el abismo de la insignificancia. Desentrañando el hilo (filo), no muy diferente de un hijo (filius), solo finges prepararte para el laborioso acto de volver sobre tus pasos mientras vas a donde «ningún aventurero había llegado antes». Solo estás deshilachando y destrozando este único hilo entretejido, dividiéndolo en muchos, esparciéndolo, dejando sus pedazos por todas partes. 

¿Cómo volver sobre tus pasos, tomando como referencia estos escasos indicadores? Estás caminando sobre errores, a través de errores, erróneamente, torpemente. Innumeras errore vias. El pasaje que estoy escribiendo y que tú probablemente estás leyendo —que estoy leyendo y releyendo contigo y que tú estás reescribiendo bajo el foco móvil de tu atención y tus distracciones—, este mismo pasaje es un hilo deshilachado que no lleva a ninguna parte y a todas partes, conjurando niños híbridos, monstruosos: los tuyos, los míos, los de Ovidio, los de Minos. Entremezclados pero separados, literarios y filosóficos, lo que recogemos agachándonos, flotando sobre ellos durante un momento de ensueño, son fragmentos de imaginación y, lo que es peor, la ilusión de poder salir, gracias a nuestra astucia o razonamiento anticipativo, del laberinto, de dejar de vagar por sus pasillos interminables, de poder ser o vivir o sobrevivir en cualquier lugar que no sea el exilio, un exilio que forma parte de la existencia. Después de cuarenta años o cuarenta milenios. 

El mayor error consiste en pensar que uno es infalible, que no se equivoca, que va por un camino recto hacia una meta preestablecida, hacia la salida, tras la cual la existencia se reanudará como si nada hubiera cambiado. Que el hilo, el hijo o la hija, la descendencia, el fruto del cuerpo o la mente, de la mente-cuerpo o cuerpo-mente laberínticos, no es ni un híbrido (biforme: de dos formas) ni un monstruo. Una tentación gnóstica: es posible habitar en la verdad, después de salir del laberinto; abandonar nuestro exilio terrenal; dejar de existir en este mundo material; alcanzar la existencia genuina en otro lugar. Pero, en realidad, no hay desaparición pura ni aparición pura. Lo que tenemos, en cambio, es solo un hilo deshilachado que se descompone en el suelo de tierra, pisoteado por tantos pies, pezuñas y patas, y atravesado por una maraña de raíces. Incluso esto es erróneo: el hilo deshilachado es lo que no tenemos. Ya no se ve, no indica el camino verdadero, el camino correcto, pero, habiéndose disuelto en el suelo, sostiene e impulsa cada paso que se da, a cada raíz que crece, sea cual sea la dirección elegida por el animal, la planta o el ser humano errante, el humanimal, el animplanta o el planthumano.