Revista GLOBAL

Arte del caribe centro y periferia

por Marianne de Tolentino
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Hace solo unos cuantos años, si alguien preguntaba acerca de las artes visuales en el Caribe a excepción de muy escasos datos sobre Cuba y Puerto Rico, el silencio era la respuesta. Los únicos poseedores de datos culturales sobre la región eran historiadores, antropólogos y arqueólogos, pero las informaciones se circunscribían al período precolombino, a la arquitectura, a la música, la danza, la cultura popular y la herencia africana, sin abordar la creación plástica. Razones sobraban para ese desconocimiento. Respecto al arte dominicano moderno y contemporáneo, en acelerado crecimiento, existía una vaga y equivocada noción de parentesco con los patrones formales haitianos. Esa mutua y recíproca ignorancia empezó a reducirse en los años 60 ante el incremento de las comunicaciones regionales; en el caso dominicano, específicamente después de la muerte de Trujillo; luego, en forma más decidida en los años 70 y 80, y como un compromiso necesario a partir de los 90. 

Siguiendo por la cuenca de las Antillas Mayores, hemos de mencionar los contactos con Puerto Rico y con Cuba. La Bienal del Grabado Latinoamericano y el Caribe de San Juan ha jugado al respecto un importante papel institucional. Así mismo, Casa de las Américas y el Centro Wifredo Lam, en La Habana, con su Bienal Latinoamericana, demostraron un interés cálido y correspondido por la región. Estos tres factores de carácter institucional iniciaron un acercamiento multilateral, con un criterio de selectividad en la escena artística intra-caribeña. 

Indudablemente, la Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica, con cinco ediciones celebradas a partir de 1992 en Santo Domingo –y la próxima a celebrarse en 2006– ha sido el gran encuentro que revela a la República Dominicana el florecimiento del arte caribeño en su más de 20 territorios isleños, y, a la vez, la pujanza artística dominicana –obras, artistas, museos, galerías, crítica– a sus vecinos de la cuenca. Finalmente, se descubre una riqueza plástica compartida entre países de la región sin importar las diferencias creadas a partir de sus antecedentes coloniales disímiles. 

Exposiciones como Carib Art, en Curazao, Indigo, en Guadalupe, Caribbean Visions, en los Estados Unidos, Caribe insular: exclusión, fragmentación, paraíso, en España, y otros eventos, aparte de las colectivas e individuales privadas en aumento, han fortalecido un movimiento artístico ínter-caribeño. Debemos mencionar que, fuera del continente americano, se celebró en París, a principios del l992, la primera muestra que pretendió abarcar todo el Caribe, sentando un precedente, y que, en 1994, una selección de Carib Art viajó a la UNESCO, aunque sin obtener los resultados promocionales esperados. Se debe puntualizar que, a pesar de poseer rasgos igualmente comunes, este discurso no abarca los países de “tierra firme” bañados por el mar Caribe –como México, Venezuela o Colombia–, demasiado extensos y complejos para esta comunicación. Aunque enfaticemos el Caribe de habla hispana, este artículo abarca el archipiélago en general –aumentado por Belice, las Guyanas y Suriname– y, por supuesto, a la vecina República de Haití. 

Arte local 

Ciertamente, a todas las islas del Caribe viajaron artistas europeos, profesionales y aficionados, unos de paso, otros estableciéndose y modificando a menudo su visión occidental, pero fue –en definitiva– en el Caribe hispano donde se inauguró un arte local, tanto por sus autores como por sus temas, emparentado con la academia y los estilos de Europa, fundamentalmente a partir del siglo XIX y decisivamente desde los inicios del XX. A pesar de que puede observarse una evolución similar entre los países del Caribe de habla hispana, a diferencia de Cuba y Puerto Rico, que desde finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX tuvieron maestros e iniciaron movimientos artísticos, en Santo Domingo los primeros pintores importantes surgieron posteriormente. La situación empezó a cambiar hacia los años 20 –época significativa para un despunte del arte latinoamericano en general– y después de l940, cuando la impronta de la modernidad se precisó. A partir de ese momento, Puerto Rico evolucionó más lentamente hasta mediados de siglo; Cuba, por su lado, desde los años 30 demuestra una tendencia hacia lo universal y luego hacia la abstracción, mientras que la llegada a la República Dominicana de inmigrantes europeos dio un fuerte impulso a la modernidad. A pesar de sus diferencias, en los tres países existe la consciencia de que la identidad vernácula ha de transmutarse y transitar por nuevos caminos estilísticos. Si no un arte contemporáneo, fue la mentalidad contemporánea de un arte en constante renovación la que empezó a surgir entonces, a mediados de la década de los 40. 

Historia, geografía y cambios 

Sobrecoge comprobar que, en ámbitos políticos, administrativos, sociales y lingüísticos tan distintos –a las cuatro lenguas oficiales hay que agregar 15 idiomas y dialectos créoles– existen fechas y décadas claves en común. De la misma forma se observan coincidencias en la aceleración de los cambios. Los acontecimientos políticos precipitan el compromiso creciente con un arte en mutación: la Revolución y el socialismo en Cuba, la muerte de Trujillo y la lucha por la democracia en la República Dominicana, el estatus de Estado Libre Asociado en Puerto Rico. Los años 60 son un período clave donde los artistas del Caribe hispanohablante investigan más y buscan lenguajes figurativos ajenos a la complacencia y la superficialidad. 

Si se traslada la mirada a los principales países angloparlantes, más lentos en la ruptura de la tradición y definiciones plásticas y renuentes a la pintura más que a la escultura, vemos que las inquietudes de las décadas de los años 30 y 40 van a solidificarse después de los 60 en torno a la independencia política del Reino Unido, en dos direcciones: primero, la preocupación sincera por llevar el arte al pueblo, y, segundo, una politización de la imagen que incluye la exaltación de las raíces africanas y el proclamado rechazo de las influencias de las potencias coloniales. 

En ese orden, Jamaica, Barbados y Trinidad han tenido un liderazgo que sigue adelante, aunque sería injusto desconocer el aporte de los países más pequeños. En pocas palabras, el fenómeno evolutivo de la plástica es bastante similar en toda la cuenca caribeña, en aquella década de los años 60, pero con sus particularidades etnoantropológicas, sociales y políticas, según las islas. Si nos desplazamos hacia el Caribe francófono, en la República de Haití, Guadalupe y Martinica se observa que los años 40, así como los 60, fueron decisivos para fortalecer la identidad cultural y fertilizar la producción artística. Particularmente respecto a las vivencias plásticas guadalupeñas y martiniqueñas, la Segunda Guerra Mundial funge de período catalizador. 

En ese momento, se establecen centros locales de formación artística, y en la década de los 60, nacen movimientos por una pintura “criolla” fundamentada en el orgullo de la negritud, y una actitud de resistencia política ante la presencia y la escuela francesas. En Haití, el Centro de Arte de Puerto Príncipe, creado en el año l944, el Foyer (traducción aproximada: hogar) de las Artes Plásticas y galerías que, por los 60, buscan complementar el reputado art naïf como una expresión profundamente haitiana, pero moderna. Igual observación se impone en el Caribe holandés, Curaçao y Aruba, donde el arte moderno empieza a tener adeptos en los años 30 y comienza la creación de escuelas de arte y museos, logrando así afianzamiento técnico y su expresión propia antes del medio siglo. En la aspiración por encontrar un sello nativo, dos corrientes se marcan: una más vernácula, otra más internacional y moderna. En el continente sur, pero asimilada al Caribe, Suriname, nación desde 1955, rica en herencias, etnias y culturas, también marca un desarrollo decidido. De la misma manera ha sucedido en la República Dominicana, donde la pintura de la segunda ciudad en importancia, Santiago, está más aferrada al lar natal, mientras que la de Santo Domingo se encuentra más permeada por las tendencias foráneas, las europeas en un principio y, ya a partir de los años 70, las norteamericanas y latinoamericanas, que llegaron a través del muralismo y sus grandes personalidades, esencialmente Tamayo, Lam, Torres-García y Matta. Los últimos 20 años del siglo XX y el tercer milenio incipiente se han caracterizado por la complejidad anterior, que fomenta una diversidad bienvenida en los discursos gráficos (¡los más postergados!), pictóricos y escultóricos del área, al mismo tiempo que una firme toma de consciencia aproxima el momento para la definición de una estética antillana. El tiempo del mutuo conocimiento, de una verdadera fraternidad caribeña en el arte, ha llegado y siempre esperamos que ese florecimiento creativo alcance el reconocimiento fuera del continente americano. En las 30 islas aledañas –si nos referimos a las principales en superficie–, el apego a la identidad se manifiesta en el sincretismo de distintos credos religiosos, la importancia del elemento racial –predominando el negro y el mulato–, fruto de las distintas migraciones. En la época contemporánea, las mitologías personales y colectivas –nuevas y viejas– van tornándose una constante, dotada de infinitas variaciones temáticas y estilísticas, con la fantasía más desbocada o controlada. Se puede afirmar que cuatro generaciones en plena actividad interpretan las tradiciones rurales y urbanas, desmitifican las instituciones o los personajes, tanto como se rebelan en contra de la tecnología, el consumo, las imposiciones culturales inconsultas. 

Un compromiso nuevo denuncia, en un enfoque más regional e internacional, los males de la globalización, la depredación de la naturaleza, las desventuras de los inmigrantes y la tragedia del SIDA –que ha hecho estragos entre los artistas del Caribe–. La pintura sigue siendo la categoría mayoritaria, pero, en lo tridimensional, la instalación ha emprendido un desarrollo particular, no sólo en la República Dominicana, Cuba y Puerto Rico, sino también en Trinidad –proyectos ecológicos entre islas vecinas como el proyecto Big River–, Barbados y Martinica. En las Antillas holandesas –incluyendo las más pequeñitas– esta evolución se puede comprobar también: lo demostró la exposición Identidad, ayer, hoy y mañana, en 1999. A partir de esas múltiples fuentes de inspiración, que se trasladan del mundo exterior al mundo interior, las composiciones vibrantes de ritmos, de sustancia, de colores, ejercen efectos verdaderamente encantadores, integrando lo sagrado y lo profano, la vida y la muerte, las figuras antropomórficas y zoomórficas, mediante signos y símbolos que conservan su misterio. La simbiosis entre arte, espíritu y tierra, que llega a lo concreto en texturas y mezclas arenosas, puede considerarse un fenómeno colectivo en todo el Caribe. 

Una fiesta 

En la plástica de las Pequeñas y Grandes Antillas, iguales formas, temas y trascendencias han florecido. En todas las islas, lo que acentuamos como mestizaje racial y legado afro-antillano no desprovisto de connotaciones políticas, se ha metaforizado en formulaciones puramente plásticas que combinan, alternan y fusionan la organicidad y la construcción, estallan en una fiesta sensorial y privilegian el sincretismo de las creencias. Sin problemas, la cultura popular se alía con lenguajes contemporáneos internacionales. Alcanzar la paradoja de un arte a la vez ancestral y actual, apropiándose y reinventando, está en el temperamento, las convicciones y el oficio del artista caribeño provenga él de Aruba, Bahamas, Barbados, Belice, Cuba, Curazao, Dominica, Grenada, Guadalupe, Guyana, Haití, Islas Vírgenes, Jamaica, Martinica, Puerto Rico, Santa Lucía, Suriname, Trinidad o la República Dominicana. El eclecticismo y una gran libertad ante las “modas” y las “bogas”, que no se rechazan pero se adaptan, se observan críticamente, se “criollizan”. Esa mezcla de absorción y reconversión parte de un intento, es más, de un propósito de definición regional. El postmodernismo se practica desde hace décadas en el Caribe, sin alardes críticos, desde la arquitectura hasta la pintura. La época actual es particularmente propicia para una integración de la plástica insular dentro de un contexto continental y universal. Los cánones fijos, las normas precisas, las “recetas” imperativas de antaño han desaparecido, cediendo ante la fantasía (casi) suelta del creador. Y esa evolución/revolución permanente conviene a la personalidad de los artistas caribeños, estimulados y receptivos, siempre que respeten sus fuentes y antecedentes culturales. 

No deja de existir, entre los menos informados, el prejuicio de que un arte puramente intuitivo domina el arte caribeño, aún en la actualidad. Esa corriente, vigente, respetable y encantadora cuando es auténtica, es reputada por su fuerza en Haití, pero no sobrepasa, aun en el arte haitiano, la importancia de una de las expresiones visuales practicadas y creadores conceptuosos como Edouard Duval-Carrié y Mario Benjamín, de importancia en el arte contemporáneo internacional. 

Cuando se estudia históricamente el arte de la región, se ve que, dentro de la tolerancia ideológica que caracteriza el Caribe en muchos aspectos, no hay exclusiones estilísticas, y que la crítica –¡no nos inhibamos en mencionarla!– suele contribuir a esa amplitud expresiva. Sin embargo, un movimiento específico no ha cesado en continuidad y expansión, desde los años 50, y por tanto en el arte contemporáneo, es el expresionismo. 

Expresionismo caribeño 

El expresionismo caribeño, a partir de su perfil original europeo, significa exuberancia, efusión, rebeldía, impulsos liberados, o sea, una formulación acorde con el temperamento y el sentir del artista antillano. En nuestros expresionistas de ayer, la “nueva imagen” de hoy y probablemente la de mañana, reina nuevamente el “mestizaje”, combinándose con realismo y surrealismo, alternando y sumando la abstracción y la figuración, según las opciones individuales. Ahora bien, como precursor de un “expresionismo antillano”, dramático, visionario, sumergido en las entrañas de la tierra, hay que señalar a un dominicano, ejemplo típico de mestizaje e inmigrante por su origen, el pintor Paul Giudicelli. Durante su adultez, Giudicelli jamás pudo salir al exterior por razones políticas. Lo guiaron la pasión encerrada y un trabajo insaciable. De no morir a destiempo, hubiera incidido aún más en el desarrollo de la plástica nacional y probablemente de la caribeña. 

El expresionismo fue verdaderamente un modo de “afirmación” de la identidad, principalmente en el aspecto formal y la factura, que ha sabido evitar la estereotipia y la repetición, defectos frecuentes en muchos neoexpresionistas europeos y latinoamericanos. 

En ese expresionismo tipificante, las generaciones del 80 y del 90 continuaron y demostraron una fuerza pujante, que sigue la tradición del mestizaje estilístico y temático, que exterioriza sus ansias en la pintura y las instalaciones, sin que olvidemos la gráfica. Algunos son exitosamente polivalentes en su trabajo. Más aún, es cada vez más raro que un artista antillano se limite a un solo lenguaje visual. Concursos, bienales y exposiciones, focalizadas en las Antillas, organizadas dentro o fuera de ellas, que hemos enumerado parcialmente, han permitido comprobarlo. Su estética se convierte en una lengua referencial que absorbe tanto las tradiciones orales como la continuidad de los valores antropológicos, sociales y geográficos. 

En síntesis, el expresionismo, desprovisto de tabúes e imposiciones impregna las Antillas holandesas –hecho ciertamente vinculado a la impronta de Holanda en los estudios y la práctica del arte–, permea un sector importante del arte anglófono –en particular Jamaica y Barbados–, llega a los francófonos –a pesar de que Francia no es un país donde predomina el expresionismo–, Guadalupe, Martinica, Haití aún, y, por supuesto, florece en el Caribe hispanohablante: en Santo Domingo, en 1950; en Puerto Rico, en 1960; en Cuba, una década después, como una manifestación a la vez ideológica y estética de estremecimiento.

Los primeros ecos que nos llegaron del tercer milenio, como las obras sobre papel de la exposición Entre líneas y las propuestas en multimedia para la IV y V Bienal del Caribe –a finales de 2001 y 2003, respectivamente– confirman la simbiosis isla/caribe/mundo y pueden considerarse como “contemporáneos”, según la calificación de la crítica de arte occidental. Ahora bien, el artista caribeño, presionado por ciertos curadores y la información internacional, debe cuidarse de no perder su identidad y no adoptar fórmulas internacionales, cuando no tenga dominio suficiente de su tecnología y nuevos medios. 

Si ellos pintan o dibujan, el graffiti, la mancha, la línea convulsionada, el trazo versátil, el color suelto instrumentan sus signos, generalmente organizados en una buena composición. Si ellos montan instalaciones, la imagen e imaginación se pasea, entre desechos y reciclajes, objetos perecederos o durables, aportes gráficos, fotográficos y pictóricos, construcciones blandas o duras, tecnoarte –si está a su alcance– y tradición. El video ha aumentando su frecuencia y su calidad, particularmente en la República Dominicana. Estos nuevos rebeldes que asumen compromisos renovados de forma y de fondo, que van encontrando una causa, sobrepasan las fronteras isleñas y sus respectivos sistemas político-administrativos para declararse “hijos del Caribe”. 

El acabado final conforma estructuras sólidas en lo físico y lo ideológico, casi siempre refiriéndonos a la historia, al entorno, a la condición humana del caribeño y sus avatares, sin olvidar la magia, un ingrediente de todos los días. Lo pudimos observar en La fortaleza del arte contemporáneo, estupenda colectiva de instalaciones celebrada en Puerto Plata que, para nuestra sorpresa, interesó a un público masivo. 

Conclusión 

Este breve estudio ha intentado sobrevolar analíticamente la región del Caribe, insistiendo en los últimos 50 años de expresión plástica, mostrando en nuestro “arte mestizo” la alianza entre tradición y modernidad, entre las artes visuales del centro y de la periferia. 

La V Bienal del Caribe, celebrada el año antepasado en Santo Domingo, confirma una simbiosis de la cual los caribeños se enorgullecen. Esperamos que su creación visual, tan rica y diferente, un día dejará de ser mal conocida, cuando no marginada en el exterior. Haremos nuestra, a manera de conclusión, la propuesta de un destacado crítico de Guadalupe, Jocelyn Valton, que nos parece proponer una visión adecuada del arte antillano: “Expresar su visión del punto de vista de su cultura sin quedar preso del regionalismo, desarrollar una visión singular, encontrar una escritura que puede ser descifrada por una mayoría sin caer en la difusión y el olvido de las luchas a emprender todavía, hallar un lugar en el mercado internacional sin someterse a sus dictámenes, querer el reconocimiento de su trabajo sin esperarlo de modo servil, asumir la posición de mediador entre las culturas, como un aprendiz de brujo que introduce en su campo cultural ideas y formas nuevas, nuevos conceptos, nuevas técnicas. ¡Fermentos de revolución, tal vez! En fin, mantener la fe en sus valores, preservando al mismo tiempo un espíritu de apertura propio de la región caribeña”


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