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Azúcar y sociedad latinoamericana: un imaginario de contraste

by María Marta Lobo
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La historia del azúcar en la sociedad de América Latina puede describirse a los ojos de la Historia como una sucesión de contrastes y diferencias. Son los relatos del trabajo esclavo, por ejemplo, en el caso cubano; de las luchas por espacios de poder político en cualquier rincón latino donde haya habido una plantación de azúcar; de las migraciones en torno a la economía azucarera; de las profundas transformaciones sociales. Es la historia, más adelante con la modernización del último tercio del siglo xix, de una sociedad de enfrentamientos que han llevado a la luz la realidad del clásico contraste entre lo culto y lo popular. No es otra cosa esta historia. Lo culto y lo popular en pugna permanente, lo culto de un lado extinguiéndose o reservándose, lo popular extendiéndose a lo masivo, revolución mediante. El entorno de la economía azucarera no hace más que reflejar lo que el cine mexicano, la música negra en Brasil, el folletín y el radioteatro argentino van a representar posteriormente: la resistencia de las bases. 

Las discusiones historiográficas han situado a las problemáticas en torno al azúcar en América Latina en distintas posiciones. Han surgido así, al respecto de las condiciones de la expansión de la agroindustria en la Argentina, básicamente dos puntos de vista: de un lado la visión apologética, del otro la hipercrítica. Los primeros aparecen justificando al empresariado azucarero apoyado por decisiones políticas; los segundos, críticos frente a lo que han considerado un exagerado sistema de protección que restó estímulos al sector y un estancamiento técnico.1 En parte, las instituciones que marcaron la proletarización que siguió al boom azucarero de las últimas décadas del siglo xix explican de alguna manera la feroz oposición de estas concepciones. 

En efecto, las leyes de “conchabos” y otras reglamentaciones policiales reflejan a un sector empresarial y burgués preocupado por el disciplinamiento de los trabajadores de los ingenios, y puede dejar, ciertamente, una idea de dominación muy fuerte sobre las clases excluidas. Sin embargo, las investigaciones historiográficas dan cuenta también de la resistencia a través de huelgas, fugas y otras manifestaciones que revelan la existencia de un verdadero mercado laboral azucarero en el que el proletariado ha tomado conciencia de la importancia de su trabajo y de la real posibilidad de venderlo.

La existencia de estas dos clases explica por sí misma la superación de esta contienda: los procesos de proletarización suponen mucho más que una discusión técnica y económica. Se trata, dice Campi, de un proceso cargado de significados culturales, en el marco de una dialéctica de imposiciones, adaptaciones y resistencia, y desde esta perspectiva, la reconstrucción del conflicto requiere no sólo definir los objetivos de los sectores dominantes y analizar sus políticas, sino descubrir cómo éstas eran asimiladas o enfrentadas por las clases subalternas.2 Por estas mismas razones, el análisis debería concentrarse en las dinámicas de las sociedades en todas sus esferas: el Estado, los estamentos políticos, la economía y los sectores de menor poder. 

Sólo a partir de esa mirada puede entenderse la incidencia de los procesos de agroindustrialización en América Latina. Una mirada que comprende la dinámica histórica como una instancia generadora de imaginarios sociales. La historia de la economía azucarera ha construido representaciones que se mantienen tan vivas como aquellas dinámicas que las construyeron. Este trabajo propone, precisamente, una revisión de los entornos sociales de las economías azucareras para comprender algunos de los imaginarios sociales que se construyeron en la instancia histórica de una época viva, con sus propias dinámicas. Partiendo de la teoría de sistemas que Luhmann ha concebido para explicar a la sociedad, consideraremos que estas construcciones son posibles dentro de un contexto en el que habrá diferencias, relevancias y opacidades. Construcciones de imaginarios históricos que se encontrarán, siempre, ante aquel punto ciego del imaginario: “No vemos porque no vemos”. 

La teoría de sistemas sociales 

Cualquier proceso histórico es y debería considerarse como una dinámica social. Nada ocurre por capricho, sino por una conjunción de situaciones avaladas por un entorno en un tiempo y de un modo determinados. De allí la importancia de abandonar los maniqueísmos que puedan proponerse para explicar, por ejemplo, las razones de las consecuencias de una economía azucarera. Es decir: abandonar aquellas posiciones, como ya se ha dicho, hipercríticas o apologéticas. Porque son las esferas sociales las que producen la dinámica social y los procesos. 

El concepto de esferas sociales de la teoría de sistemas sociales de Niklas Luhmann puede echar luz acerca de la dinámica de estos procesos históricos. Para explicar la sociedad, el sociólogo elabora su teoría de sistemas, a la cual considera el medio más adecuado para explicar a la sociedad contemporánea. Parte de la premisa: existen sistemas, y estos son autorreferentes. En efecto, Luhmann considera a la sociedad básicamente como un sistema autorreferente y autopoiético. 

La teoría de los sistemas autorreferentes proviene de la cibernética y de las neurociencias, y en base a esta, un sistema se define por su diferencia respecto de su entorno. De la biología, Luhmann toma la noción de autopoiesis: un sistema puede crear su propia estructura y los elementos de que se compone. De esta manera, la sociedad se plantea como un sistema que incluye en sí mismo al entorno y, por lo tanto, es autoobservable, y que puede una y otra vez elaborar sus propias estructuras y elementos. 

Existen tres tipos de sistemas autorreferentes: los sistemas vivos, los sistemas psíquicos o personales, y los sistemas sociales. A cada uno de ellos les corresponde sus propias operaciones particulares, que en la concepción de Luhmann siempre van a estar orientadas a la reducción de la complejidad del sistema. La vida y las operaciones vitales son características de los sistemas vivos; la conciencia es el modo de operación de los sistemas psíquicos; la comunicación es el rasgo característico de los sistemas sociales. Así, la sociedad se constituye como un sistema autorreferente y autopoiético que se compone de comunicaciones. A su vez, puede diferenciarse en distintos subsistemas que poseen su propio ámbito de comunicación y de operaciones: son los subsistemas del derecho, la economía, la política, la religión, la educación, los medios de comunicación de masas. 

Así las cosas, para el sociólogo, la sociedad es un sistema autorreferente y autopoiético que se compone de comunicaciones. La obra de Luhmann da cuenta de la importancia de la comunicación en las sociedades contemporáneas. Esta no es otra cosa que la operación básica de los distintos subsistemas: para Luhmann, la sociedad no está compuesta de seres humanos, sino de comunicaciones: los seres humanos son el entorno de la sociedad, y no componentes de la misma. Su concepto de comunicación hace referencia a un proceso de selecciones, que se realiza con el único objetivo de reducir la complejidad. Esto es, las acciones de los subsistemas de la sociedad son comunicaciones, selecciones que cada esfera va a realizar para reducir su propia complejidad. Así, en la economía habrá acciones de comunicación, de selección para lograr, en cada momento, lo que se considera la mejor elección para todo el sistema. Lo mismo sucederá con los otros subsistemas, cada uno intentará reducir los problemas y complejidades de su esfera. 

El resultado de esos procesos produce, entre otras cosas, la construcción de los imaginarios. Y aquí es importante entender que el concepto de selección también forma parte de una dinámica que es social y que es inevitable: al tratarse de sistemas complejos, ya no se puede concebir a la selección como iniciativa de un sujeto ni tampoco de manera análoga a una acción. Es un proceso sin sujeto, una operación producida por la existencia de una diferencia entre un subsistema de otro y de su entorno. Toda selección supone constricciones. Una diferencia conductora arregla estas constricciones, por ejemplo, desde el punto de vista útil/inútil. Sin fijar la elección misma. La diferencia no determina lo que hay que seleccionar, pero sí la necesidad de selección.

En estos procesos, los subsistemas sociales realizan sus selecciones sin ninguna otra intencionalidad que la de diferenciar el entorno del sistema y reducir la complejidad y para, por su condición de auto referencialidad, constituir una unidad. En este proceso de comunicación, de selección, de reducción de complejidad, habrá una construcción. Entonces habrá lugar para la pregunta: ¿En base a qué se realizan estas selecciones? ¿Desde qué punto de vista? 

La historia constituye uno de los más apropiados intentos para encontrar algunas respuestas. Habrá de analizar las dinámicas en cada uno de los procesos. Las respuestas a estos interrogantes no pueden provenir de una observación de primer orden: el resultado de estas observaciones va a explicar la conformación de imaginarios sociales construidos socialmente. La historia debe dar cuenta de ello. 

La historia y la construcción de imaginarios sociales

La teoría de sistemas de Luhmann ha servido para explicar el dinamismo de los procesos sociales, producido por la condición de auto referencialidad de los subsistemas que se reconocen a sí mismos y en esa misma observación a su entorno. Se trata de las luchas de cada subsistema por lograr la propia unidad y la reducción de la complejidad. Los mismos cruces que permiten la construcción, en base a las diferencias, de los imaginarios sociales. 

La elaboración del imaginario social, sin embargo, implica una puesta en funcionamiento de otras situaciones. Los imaginarios sociales pueden definirse como los esquemas socialmente construidos que nos permiten percibir, explicar e intervenir en lo que en cada sistema social diferenciado se tenga por realidad.4 Así, son considerados constructores de realidades, y se relacionan con las operaciones realizadas por los medios en el sentido de que parten precisamente de una distinción entre relevancias y opacidades para la elaboración de esos esquemas (imaginarios sociales) que van a configurar las realidades. 

El programa de construcción de realidad a partir de los imaginarios sociales parte de la necesidad de los sistemas funcionalmente diferenciados de autodescribirse y autorreferirse a los ámbitos propios de la comunicación sistémica como “realidades”. El código que se utiliza para esto es el de la distinción entre relevancias y opacidades. Los imaginarios sociales operan como un meta-código en los sistemas socialmente diferenciados, en el interior de un medio específico (ámbitos en los que se desarrollan, como el dinero, la creencia, el poder, etc.) propio de cada sistema social, a través del código relevancia/opacidad (en el que se distingue lo que aparece dentro del campo de observación de aquello que no), y generan formas y modos que proponen como realidades (que son, concretamente, los imaginarios). 

Encontrar los esquemas o imaginarios sociales construidos en las distintas sociedades requiere de un modelo operativo específico. Este consiste en el establecimiento de referencias espacio-temporales de lo observable; referencias semánticas (relevancias y elipse); referencias a las perspectivas de construcción de realidades (focos y ejes); y el análisis de las opacidades, es decir, lo que queda fuera del campo, la distinción propia del observador de primer orden, la lucha en torno a los imaginarios sociales. Del cruce de estas variables se deducen, precisamente, los imaginarios sociales. 

Dominación y resistencia 

Las sociedades latinoamericanas de economía azucarera pueden atestiguar sobre hegemonía y construcción de imaginarios sociales: pasaron por procesos de imposición y de dominación, pero también fueron marcadas por una fuerte resistencia. Esa resistencia es también en sí un imaginario social, que puede observarse de acuerdo a la distinción de las relevancias y opacidades que vayan a tenerse como referencias. Así entonces, antes de analizar las características de estas construcciones de imaginarios sociales, ha de imponerse el punto de vista del observador que establece esas referencias. 

Se trata de un punto de vista que parte desde una configuración hegemónica. Aunque Luhmann establezca que esas distinciones son acciones comunicativas propias de los sistemas en su intención de reducción de la complejidad, tengo para mí que siempre habrá, en verdad, una orientación para la acción: la hegemonía. 

La construcción de los imaginarios sociales, como ya se dijo, implica procesos dentro de unas sociedades sistémicas, autopoiéticas y autorreferentes. Procesos dinámicos que van a repetirse en el análisis historiográfico, en este caso, de los entornos del azúcar en las sociedades latinoamericanas. Es la misma perspectiva que aborda Rebecca J. Scott para explicar la emancipación de los esclavos en Cuba, que no se limita, como en el caso de las sociedades sistémicas, a una mirada excluyente de los subsistemas, sino a la totalidad dinámica del proceso. Scott propone examinar un conjunto de actores más amplio, pues no se trata de descubrir una serie de factores que hayan generado la abolición, sino de entender la dinámica del proceso de emancipación y la transición al trabajo libre.5 A través de la revisión de la autora, es posible establecer la posible configuración, nacida de las acciones de los subsistemas sociales, de algunos imaginarios que se han sostenido con fuerza hasta la actualidad. 

• La exclusión social, de origen racial, que padecían los negros y mulatos libres en Cuba durante la segunda mitad del siglo xix. Esto, puesto de manifiesto tanto en la discriminación en las reuniones públicas como en la prohibición del matrimonio interracial, por citar algunos ejemplos de limitaciones aplicadas a la población de color. Esta diferenciación hacia negros y mulatos en Cuba presenta, al menos, una doble interpretación. Por un lado, entre los blancos había una tendencia a estigmatizar al hombre de color por su condición de superioridad a nivel de poder del primero y de una supuesta “fuerza moral”. Por el otro, en efecto, la dominación se hacía difícil para el blanco si se pretendía simplemente una dominación por fuerza material: la élite blanca reconocía a los esclavos de la isla como la base de la prosperidad de Cuba y al mismo tiempo los percibía como una amenaza potencial a su seguridad. Estas situaciones de las que da cuenta la historia pueden considerarse orígenes del imaginario social que sostiene la supremacía de unas razas por sobre otras. 

• La posibilidad de organización de una resistencia, que funciona aun cuando las condiciones de los sectores excluidos en la Cuba de la esclavitud resultaran muy desfavorables. Como expone Scott, incluso dentro de los barracones, los esclavos encontraban maneras de reducir el carácter carcelario de las celdas, y los sexos no estaban invariablemente separados. Las descripciones contemporáneas de los barracones reflejan la existencia de relaciones familiares y de una economía privada. Los esclavos podían ser engañados, pero participaban de una economía monetaria; podían estar mal albergados, pero luchaban por sostener a sus familias; podían ser tratados como bestias, pero sin volverse bestias.6 Este imaginario de resistencia se ha mantenido en la historia de los sectores excluidos, y hoy puede manifestarse en los medios de comunicación alternativa, que además han avanzado de los soportes rudimentarios a la incorporación de otros más convencionales y en la incorporación de tecnologías. Las resistencias de los excluidos del sistema que pueden expresarse para mostrar no sólo la marginalidad de aquellos sectores sociales, sino que además construyen sus propios espacios y canales alternativos de comunicación no ya para ingresar al sistema, sino para mejorar sus condiciones de vida. Sólo por citar algunos ejemplos, medios como lavaca.org y el local Contramano expresan los intereses de sectores que no se ven canalizados en los espacios de comunicación masivos. 

• Las huellas que ha dejado el “barracón”, símbolo de la plantación esclavista cubana, han calado fuertemente en lo que fueron las condiciones de vida de los trabajadores del azúcar en América Latina. Scott describe a estas chozas de los esclavos como espacios similares a una prisión, donde los negros hacían casi todo: allí tenían el tizón ardiendo permanentemente, allí cocinaban, allí comían, allí conversaban. Un lugar donde, además, las familias permanecían hacinadas. No es difícil comparar, entonces, al barracón con lo que en Argentina, y más particularmente en Tucumán, serían luego los lugares de trabajo y de esparcimiento de los trabajadores de los ingenios azucareros. Son sus huellas. Las descripciones que cita Campi, realizadas por los observadores de la época de mediados de 1880 como Rodríguez Marquina y Bialet-Massé, muestran tanto un panorama desolador como algunas características repetidas de las viviendas de los trabajadores de las plantaciones cubanas. El peón de la provincia trabajaba en exceso; no era bien pagado; comía muy mal, vivía en ranchos miserables, como el indio de las Pampas o los negros del Centro de África, es decir, en casas construidas con totora, tierra cruda, paja o despunte de caña de azúcar; durante la mitad del año no le era permitido descansar, ni en días festivos.7 Se trata de modos de vida que siguen vigentes en el imaginario de la organización de los excluidos del sistema, que mantienen hábitos y formas de sociabilidad que aún hoy pueden verse manifestadas: las peonadas vistas desde afuera, como lo describe Campi, estaban definidas en gran medida por una carga cultural negativa, que para la patronal era necesario modificar. De la mano del alcoholismo y la propensión a los juegos de azar, los trabajadores mostraban elevadísimos niveles de analfabetismo, una religiosidad primitiva, y entre otras características, carecían también de los más elementales hábitos de higiene. 

De la plantación al ingenio 

La posibilidad de encontrar en los sistemas impuestos por la economía azucarera en América Latina una instancia generadora de imaginarios sociales plantea el desafío de poner en funcionamiento los mecanismos de distinción entre relevancias y opacidades para establecer con precisión la configuración de esos imaginarios. No es esa, como ya se dijo, la propuesta de este trabajo, sino la simple revisión de algunas de las características de los sistemas sociales que pueden funcionar como pistas para la construcción de los imaginarios. Esto es principalmente por dos razones: primero, la complejidad del análisis de las variables para el establecimiento de los imaginarios sociales; segundo, el impedimento de la observación histórica que, en el período de análisis, se encontrará claramente limitada a la visión de una relevancia unilateral y “moralizadora” de la clase dominante. Esto es, los registros con los que se cuenta corresponden a fuentes policiales y judiciales y rastros de conductas y conflictos, siempre a través de la lente de individuos y de un Estado empeñados en “disciplinar” y “moralizar” a quienes inveteradamense se presentaban como refractarios al trabajo, al orden y a la “vida civilizada”; o en todo caso, de registros literarios también marcados por un filtro externo al mundo real del trabajador del ingenio.8 Sin embargo, aun cuando las aproximaciones a las clases subalternas sean siempre desde un afuera, es posible establecer, a partir de estas relevancias, algunas opacidades que han quedado fuera de esa descripción, sobre todo si partimos de un análisis de la sociedad como sistema complejo desde la perspectiva luhmaniana. 

En la década de 1880, la realidad de la sociedad tucumana inicia un proceso de fuertes marcas trazadas por la organización de una economía azucarera. Los registros de la época establecen las pistas de un orden social que parte de las relevancias difundidas por la clase hegemónica. Tanto los medios de la época como los registros policiales, principales fuentes, reflejan las huellas de una sociedad moral y disciplinada en la que los mecanismos de trabajo y producción funcionan aceitadamente, más allá de las problemáticas que puedan surgir en el control de las clases subalternas. “Esto no es un conglomerado de casas, como pudiera suponerse, yuxtapuestas y alineadas a lo largo de
los caminos centrales. Éste es un centro edilicio, perfectamente corporizado y autónomo, en el desenvolvimiento de
sus necesidades y recursos. La vida se desenvuelve bajo un control bifásico–oficial y privado– ya que la expansión demográfica de aquel poderoso núcleo de edificación particular ha reclamado, por su intensidad, todas las atenciones de la vida civil, legislada por la acción oficial en justicia, en policía y en instrucción. En urbanismo, empero –es decir, dentro de su estructura material y moral– aquella armazón de ciudad obrera, donde se disciplina armónicamente la vida de ocho mil almas, es un derivado absoluto del ingenio”, reza una mirada optimista de un periodista de Buenos Aires que visitó el ingenio Ledesma a mediados de la década de 1920.

El imaginario de orden está presente como antecedente del mismo imaginario de orden establecido por el procesamiento que realiza la esfera de los medios de comunicación en la actualidad, proceso que es resultado, tanto antes como hoy, de una sociedad fragmentada que permite y legitima las relevancias establecidas por alguna otra esfera dominante. Sin embargo, dice Campi que hay suficientes razones para dudar de que las empresas y el Estado hayan logrado imponer esa armónica disciplina, pues el disciplinamiento conseguido fue relativo. 

Precisamente, prueba de esa disciplina relativa son las huelgas y revueltas que con alguna frecuencia alteraron el orden del trabajo en los ingenios tucumanos. Junto a la relevancia de aquello que reflejan las fuentes oficiales de la época como un imaginario de orden, aparecen las opacidades de las que la investigación histórica puede dar cuenta. Campi va a encontrar algunas de estas opacidades. 

• Las duras condiciones laborales del trabajador del azúcar. Los hombres cumplían jornadas diurnas o nocturnas de 10 a 12 horas, aunque a fines de la década de 1910 algunos ingenios tucumanos decidieron reducirla a 8 horas, modalidad que se generalizó a partir de una ley provincial votada luego de la huelga de 1923. A esto, dice el autor, se sumaba una dinámica de trabajo paternalista en la que el patrón o los administradores de las empresas combinaban favores, gestos de desprendimiento y magnimidad con reprimendas y sanciones. 

• La fragmentación de la sociedad originada por un sistema de trabajo de estructura moralizadora. Los orígenes de esta fragmentación pueden encontrarse en un análisis del ordenamiento del espacio, en donde la ubicación de las viviendas, sus diseños diferenciados en tipos de calidad, reflejaban ya de por sí la existencia de marcadas jerarquías sociales. En el centro del ingenio, explica Campi, se situaba la vivienda de los propietarios, que era un espacio celosamente reservado. A gran distancia, en cambio, se edificaban las construcciones para albergar a los trabajadores, cuyas características ya fueron descritas. La distancia o cercanía con el espacio del propietario era la línea para determinar el status social dentro del ingenio, de lo que puede deducirse que de esta distribución física se generaban relaciones de inclusión o exclusión en los distintos niveles de la sociedad que de esta forma quedaba fragmentada. 

• Las clases trabajadoras, de esta manera excluidas, carecían de cualquier posibilidad de acceso a los sectores de poder de la sociedad. Las representaciones sociales del obrero del ingenio azucarero sólo pueden ser inferidas, pues no existen registros en medios de la época de la voz de este sector excluido. Sólo los testimonios y las inferencias de las publicaciones oficiales pueden dar cuenta de la forma de vida, las creencias, rituales y hábitos que definían un universo cultural que colisionaron, resistieron o se adaptaron a la organización del tiempo y la intensa disciplina laboral que exigía el funcionamiento del complejo industrial cañero.10 Esta exclusión de circuitos de poder como el de los medios de comunicación se mantuvo pese a las dinámicas que se fueron produciendo dentro del sector, en las cuales incluso las condiciones de vida fueron mejorando y las tensiones de un lado o de otro nunca llegaron a ser de un dominio absoluto por ninguno de los sectores sociales. 

Relevancias y opacidades 

Las marcas que la actividad azucarera ha dejado en las sociedades latinoamericanas colocan al azúcar en el centro de unos sistemas sociales cuyas esferas se ponen en funcionamiento precisamente por la existencia de una economía azucarera. En este proceso, hemos analizado cómo existen relevancias que ignoran otras opacidades desde el punto de vista de la investigación histórica, que necesariamente se vale de las fuentes de época que no dejan de ser oficiales. Sin embargo, la investigación histórica no puede dejar de considerar a la sociedad de la época como un proceso vivo cuyas mecánicas funcionan interrelacionándose, en un contexto, autorreferencialmente, autopoiéticamente. La sociedad como un universo cultural en el que los procesos de sus esferas educativas, políticas, económicas, religiosas, culturales, mediáticas, operan siempre legítimamente bajo la autorreferencialidad de las otras esferas. 

La perspectiva de la sociedad como sistema autorreferencial y autopoiético permite abandonar la idea de las imposiciones de relevancias sin que la opacidad oponga resistencia. Hemos dicho ya cómo las clases trabajadoras de las economías azucareras latinoamericanas han dado cuenta de una resistencia, de la cual la historia puede dar testimonio como posibles antecedentes de imaginarios sociales construidos en el pasado, que han dejado huellas en el presente. Mucho más adelante, en la década del cincuenta, la comunicación alternativa que emerge de movimientos políticos y religiosos en América Latina también va a iniciar la inclusión de las voces de la resistencia, abandonando el funcionalismo de la comunicación ante los golpes de una sociedad fragmentada cada vez más evidente. La investigación histórica y la comunicación muestran el dinamismo de la sociedad con sus relevancias, opacidades, imposiciones y resistencias. 

Si bien el cruce de estas relevancias y opacidades implica un proceso complejo de análisis, hemos podido hallar los indicios de algunas representaciones que las huellas de la economía azucarera latinoamericana han dejado en las sociedades actuales. Resta decir que del cruce de estas relevancias y opacidades aparecen los indicios de un imaginario “de orden” que está por encima de cualquiera de las otras representaciones: la economía en torno del azúcar ha resultado ser una sociedad de contrastes. 

Campi afirma que toda sociedad es un mundo de contrastes. Pero en los ingenios azucareros del norte argentino estos fueron notablemente acentuados en lo relativo a costumbres, formas de sociabilidad y condiciones de vida. En un radio reducido convivían propietarios, personal jerárquico y todas las escalas de los trabajadores; la riqueza exhibida con ostentación y la pobreza que se manifestaba, impúdicamente, a los ojos de los observadores; los sofisticados trajes europeos y los rústicos géneros que, a veces, apenas cubrían la desnudez. Todas estas, representaciones construidas bajo un orden, un imaginario de contraste. Al que hoy, con todas las dinámicas y las resistencias de nuestra sociedad latinoamericana, no resulta sencillo dejar atrás en la historia. Aunque sigan valiendo la pena todos los esfuerzos. 

Notas 

1 Véase Daniel Campi y María Celia Bravo (1998), La agroindustria azucarera. Resumen historiográfico y fuentes, en El proteccionismo azucarero cuestionado: estrategias empresariales en la Argentina, 1895-1914. cd-rom de las XVI Jornadas de la Asociación Argentina de Historia Económica, Universidad Nacional de Quilmes. 

2 Daniel Campi (2006), Trabajo, azúcar, disciplinamiento y resistencia. El caso Tucumán, Argentina (segunda mitad del siglo xix), en História do Acúcar. Fiscalidade, metrologia, vida material e património, Secretaria Regional do Turismo e Cultura. Centro de Estudos de História do Atlántico. 

3 Véase Niklas Luhmann (1984): Sociedad y sistema: la ambición de la teoría. Introducción de Ignacio Izuzquiza, Paidós/ i.c.e-u.a.b, Barcelona.
4 Los criterios para la elaboración y el análisis de los imaginarios sociales han sido tomados de los trabajos realizados por Juan-Luis Pintos, en el Grupo Compostela de Estudios sobre Imaginarios Sociales. Las definiciones al respecto también le pertenecen. Juan-Luis Pintos en Construyendo realidad (es): los imaginarios sociales (2002), Grupo Compostela de Estudios sobre Imaginarios Sociales, Santiago de Compostela, p. 2. 

5 Véase Huergo, Jorge (2004): Hegemonía: un concepto clave para entender la comunicación, Editorial unlp, Buenos Aires.
6 Scott, Rebecca J (1989): La emancipación de los esclavos en Cuba. La transición al trabajo libre. 1860-1899, México, f.c.e, pag. 28. 

7 Scott, Rebecca J (1989): La emancipación de los esclavos en Cuba. La transición al trabajo libre. 1860-1899, México, f.c.e, pag. 43. 

8 Scott, Rebecca J (1989): La emancipación de los esclavos en Cuba. La transición al trabajo libre. 1860-1899, México, F.C.E, pag. 52.
9 Campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. iio, Buenos Aires, Taurus. 

10 Campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. ii, Buenos Aires, Taurus, pág. 190. 

11 Campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. ii, Buenos Aires, Taurus, pág. 213. 

12 Campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. ii, Buenos Aires, Taurus, pág. 193. 

13 Campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. ii, Buenos Aires, Taurus, pág. 217. 

Bibliografía 

bravo, María Celia y Daniel campi (1998), La agroindustria azucarera. Resumen historiográfico y fuentes, en El proteccionismo azucarero cuestionado: estrategias empresariales en la Argentina, 1895-1914. cd-rom de las XVI Jornadas de la Asociación Argentina de Historia Económica, Universidad Nacional de Quilmes. 

campi, Daniel (1999): “Los ingenios del norte: un mundo de contrastes”, Fernando Devoto y Marta Madero (directores), Historia de la vida en la Argentina, t. ii, Buenos Aires, Taurus. 

campi, Daniel (2006), Trabajo, azúcar, disciplinamiento y resistencia. El caso Tucumán, Argentina (segunda mitad del siglo xix), en História do Acúcar. Fiscalidade, metrologia, vida material e património, Secretaria Regional do Turismo e Cultura. Centro de Estudos de História do Atlántico. 

Huergo, Jorge (2004): Hegemonía: un concepto clave para entender la comunicación, Editorial unlp, Buenos Aires. luHmann, Niklas (1984): Sociedad y sistema: la ambición de la teoría. Introducción de Ignacio Izuzquiza, Paidós/ i.c.e-u.a.b, Barcelona.

Scott, Rebecca J (1989): La emancipación de los esclavos en  Cuba. La transición al trabajo libre. 1860-1899, México, f.c.e. 


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