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Cristo Rey en Toronto

by Arturo Victoriano
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Cristo Rey (2013) es la nueva película de Leticia Tonos. Basada en Romeo y Julieta y ambientada en el barrio del título, la película ofrece un acercamiento, envuelto en melodrama y acción, a las difíciles y tensas relaciones entre haitianos, domínico-haitianos y dominicanos en la sociedad dominicana. Con Jocelyn (Akari Endo) en el centro de un triángulo completado por Janvier (James Saintil) y Rudy (Yasser Michelén), Tonos va dibujando sutilmente personajes envueltos en pobreza, hacinamiento, violencia y discriminación racial para dejar al desnudo las grandes deficiencias de la sociedad dominicana.

A lo que me refiero con el título es al estreno de la película Cristo Rey (2013), de la joven directora dominicana Leticia Tonos –con guión de su autoría en colaboración con Alejandro Andújar–, durante el Toronto International Film Festival (tiff) el 13 de septiembre de este año. La película cuenta con tres actores noveles: Akari Endo (Jocelyn), Yasser Michelén (Rudy) y James Saintil (Janvier) y varios veteranos de las tablas y el cine dominicano: Arturo López, Salvador Pérez Martínez y Frank Perozo, entre otros.

Cristo Rey es una adaptación de Romeo y Julieta, ambientada en el referido sector de Santo Domingo, cuyos protagonistas son Janvier, un muchacho domínico-haitiano, y Jocelyn. Las condiciones de pobreza, violencia, hacinamiento y criminalidad de Cristo Rey están presentes a lo largo de la trama. Jocelyn es la hermana de El Bacá, el criminal que controla la barriada y la exnovia de Rudy, hermano de padre de Janvier. La madre de Janvier (Laurence, interpretada por Marie Michelle Bazile) es deportada hacia Haití luego de intervenir en defensa de su hijo durante una redada policial, lo que obliga a Janvier a trabajar para El Bacá como guardaespaldas de Jocelyn.

La presencia de Haití en el discurso cultural dominicano es innegable. En 1977 Marcio Veloz Maggiolo publicó uno de los ensayos más influyentes en la determinación de las distintas actitudes existentes hacia Haití en la literatura dominicana: Tipología del tema haitiano en la literatura dominicana. Allí, entre las tipologías mencionadas se destacan «el haitiano compadecido» y «el haitiano integrado». Over (Ramón Marrero Aristy, 1939) y el cuento «Luis Pie» (Juan Bosch, Ocho cuentos, 1947) se inscriben dentro de la primera categoría, y Pirámide 179 (Máximo Avilés Blonda, 1968) y La vida no tiene nombre (Marcio Veloz Maggiolo, 1965) se ponen como ejemplos de la segunda. Leticia Tonos en Cristo Rey funde estas dos categorías en la persona de Janvier y va desarrollando una línea argumental que lo muestra como «integrado» para terminar, en el melodramático final, como «compadecido». Esta visión convierte a Cristo Rey en un filme digno de análisis desde la perspectiva sociológica, dado el retrato descarnado que hace de la difícil situación en la que se encuentran los descendientes de haitianos en la República Dominicana a pesar de estar insertos dentro de la vida cotidiana dominicana. Vemos cómo Janvier, mientras no hay ningún peligro, se mueve exclusivamente en un ambiente dominicano (la barbería donde se recorta el pelo y hace pequeños arreglos a la planta eléctrica, o la sastrería de Don Manuel, a quien le resuelve el problema de la visión con una lupa y una lámpara), pero cuando se ve perseguido por la policía entra en el bar-comedor haitiano, donde el creole y la incomodidad de los agentes policiales al verse en «territorio desconocido» sirven de barrera protectora. Uno de los personajes haitianos le recrimina, en creole, que nunca se le ve en ese sitio.

La condición de transitoriedad o precariedad que se asigna unilateralmente a los domínicohaitianos es palpable. Las primeras palabras que Janvier pronuncia en la película son: «Yo tengo cédula» al ser interpelado por la policía, a lo que esta responde: «¡A lo mejor es falsa!», provocando que Janvier emprenda la huida. El sujeto haitiano, domínicohaitiano o simplemente sospechoso de ser haitiano es constituido althusserianamente en la cotidianidad barrial dominicana. Según Louis Althusser en su ensayo «Ideología y aparatos ideológicos del Estado» (Posiciones, 1964-1975): «la ideología “actúa” o “funciona” de tal forma que “recluta” sujetos entre los individuos (y los recluta a todos), o que “transforma” a los individuos en sujetos (y los transforma a todos) mediante esta operación enormemente precisa que denominamos la interpelación, y que puede venir representada según el modelo de la más trivial interpelación policíaca (o no) de cada día: “eh, usted oiga”».

La actitud del policía y su respuesta corresponden a la práctica de las autoridades, que han hecho suya la labor de hacer redadas y deportar a aquellos sospechosos de ser haitianos. En un artículo de 1987, Carlos Dore Cabral narraba la anécdota de un grupo de domínico-haitianos detenidos por una patrulla mixta, quienes al presentar sus cédulas fueron recriminados con la frase lapidaria: «La cédula es dominicana pero tú eres haitiano» mientras veían cómo les rompían sus documentos.

El cine dominicano se encuentra en una etapa de crecimiento sostenido, al menos en cuanto a producción: se filman aproximadamente diez películas al año en el país, la gran mayoría comedias ligeras de calidad variable. Este crecimiento se debe en gran medida a las facilidades otorgadas a los directores y productores a través de la Dirección General de Cine de República Dominicana.

Dentro de la filmografía dominicana las directoras brillan por su escasez, pero también por la cantidad de premios recibidos. En el 2010 Laura Amelia Guzmán codirigió junto a Israel Cárdenas Jean Gentil, ganadora de siete premios internacionales. Leticia Tonos es la primera mujer que dirige sola un largometraje. Su ópera prima La hija natural (2011) recibió muchos elogios de la crítica especializada y ganó el Conchshell Award a la mejor película del Belize International Film Festival en el 2012. Con dos filmes en su haber en tan poco tiempo, Tonos empieza a labrarse una carrera promisoria como directora y guionista. Es importante señalar que se ha enfrentado, con éxito, al problema de los migrantes haitianos en la República Dominicana. Jean Gentil se encuentra firmemente anclada en la categoría del «haitiano compadecido».

Cristo Rey cuenta con una excelente ambientación lograda a través de una fotografía de gran calidad (Chicca Ungaro) y una musicalización de primera (Mayreni Morel). Debe destacarse el papel de la música en la creación de la ambientación de las escenas en las que se describe visualmente el barrio, su entorno y la relación de los habitantes con él. El guión, si bien se mantiene fiel a lo básico de la historia original, a veces se vuelve un tanto empalagoso y en otras no parece quedar bien claro si lo que estamos viendo es un melodrama, una película de pandillas enfrentadas por el control del territorio (hay un «tumbe» de por medio) o una comedia romántica. La disparidad de elementos, sin embargo, no afecta el conjunto. La película funciona y con una adecuada campaña de difusión (el director general de Cine don Ellis Pérez estuvo presente en la gala premier) debe tener una buena acogida tanto de público como de crítica. Al ser un acercamiento a las relaciones entre los países que comparten La Española, Cristo Rey generó muchas expectativas en el público y se presentó con excelente asistencia durante tres días: 10, 11 y 14 de septiembre. La película participó dentro de la categoría «Contemporary World Cinema» junto a otras 66 procedentes de Venezuela, Rusia, México, Holanda, Francia y Túnez, entre otros países. El público presente durante la sesión de apertura (10 de septiembre) se mostró muy satisfecho y al final formuló a los actores y al representante del equipo de producción preguntas bastante incisivas sobre las relaciones entre la República Dominicana y Haití, así como respecto a la vida cotidiana en el barrio de Cristo Rey. Si bien no se puede generalizar, creo que se puede concluir que si cuenta con historias locales atractivas y únicas, no con repeticiones de situaciones manidas y traídas por los cabellos, el cine dominicano puede encontrar un lugar no solamente en el circuito de festivales sino en el público internacional en general.

A pesar de la corta duración (unos escasos 96 minutos) el tempo a veces se hace lento y esto se debe a la preponderancia que la directora da al melodrama por encima de la acción dura o de los momentos dramáticos tout court como lo sería el enfrentamiento entre Rudy y su padre (Arturo López en una excelente actuación como Mon), debido a la falta de esperanza del primero y la imposibilidad de escapar de la pobreza. Al final Rudy escoge su camino y será el opuesto a lo que Mon tenía pensado para él. La relación entre Mon y Janvier es prácticamente inexistente y hay pocos momentos de contacto entre ambos.

El tema del racismo y la discriminación contra los haitianos y los domínico-haitianos es palpable no solo en los diálogos abiertamente racistas de los personajes dominicanos, sino de forma más elocuente a través de pequeñas y cotidianas acciones. Cuando Janvier llega por primera vez a casa de Jocelyn a informarle que su hermano El Bacá le ha encargado su cuidado, el joven le pide un vaso de agua. Después de terminar, Janvier le devuelve el vaso y Jocelyn procede inmediatamente a lavarlo, pero a mitad de la acción la joven se detiene con el vaso en la mano y su mirada delata que se ha dado cuenta de cuán arraigado tiene el antihaitianismo. Más adelante, El Bacá le explicará a Janvier que cuando era niña la familia la asustaba diciéndole que un haitiano vendría a llevársela si no cumplía con lo que debía hacer. A mí esta escena me recuerda una mucho más siniestra de la novela Cosecha de huesos de la escritora haitiana Edwige Danticat. En ella, el personaje Pico Duarte, al enterarse de que su mujer le ha servido café a unos haitianos en la vajilla floreada, procede, sin decir palabra, a romper todas las tazas contra el muro de la letrina de la casa.

Tonos juega muy bien con los estereotipos que existen sobre los dominicanos y los haitianos en la República Dominicana y subvierte estos de manera sutil a través de pequeños gestos. Los tres actores principales son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Uno de los comentarios que recibí de algunos de mis estudiantes que asistieron al estreno es que ni Rudy ni Jocelyn parecían dominicanos. Esta película presenta al mundo la multirracialidad y la multiculturalidad de la República Dominicana, que es, claro está, la del Caribe. Que los actores dominicanos principales sean una descendiente de japonés y un descendiente de libaneses puede resultar chocante solamente para alguien que no sea dominicano o que no conozca la historia dominicana, donde contamos con apellidos como Sang, Leschorn, Majluta, Wessin, Joa y también Polemir, Claxton, Bell o Harley.

Pero el racismo no está solo presente en la historia que vemos en la pantalla, también está fuera de la misma. En una anécdota relatada en el espacio de preguntas y respuestas que tuvo lugar durante una de las noches de exhibición y que contó con la presencia de los tres actores principales, Leticia Tonos (vía videoconferencia) y el Prof. Ron Dibert del Citizen Lab de la Munk School of Global Affairs adscrito a la Universidad de Toronto, Yasser Michelén relató que miembros del equipo de filmación le preguntaron cómo podía besar a Akari Endo después de que esta besara a «un negro» como James Saintil. Tanto la directora como los actores afirmaron que esta era la realidad cotidiana en el set de filmación y en el barrio, y que esperaban que con películas como Cristo Rey las cosas empezaran a cambiar.

Tomada en su conjunto, Cristo Rey es una película que vale la pena ver y discutir sobre todo con los jóvenes por la manera atractiva en la cual analiza la problemática domínico-haitiana en el marco de la marginalidad y la pobreza en la cual conviven ambas comunidades en el territorio nacional.


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