Revista GLOBAL

El antillanismo hostosiano: especificidad, estadios y actualidad

por Alejandro Arvelo
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La utopía hostosiana y el porvenir de la América hispánica

La filosofía social de Eugenio María de Hostos es de una impresionante actualidad. Los problemas básicos, las disfunciones, los retos más urgentes de la América Latina de los tiempos que corren aparecen en ella de alguna manera entrevistos, sobre todo aquellos que se refieren a la República Dominicana y a las restantes Antillas de habla castellana. En Hostos, vida, obra y pensamiento se funden, y emergen, a continuación, como un río de senderos conducentes hacia la plenitud de Hispanoamérica. Encaminar hacia ese dominicano por elección, presurosas, las vislumbres del alma, desde el presente en que estamos instalados, a punto de ser absorbidos por alguno de los centros de absorción epocales, deviene una tarea crucial de la élite intelectual, la dirigencia política y las diferentes divisiones encargadas de la educación de la humanidad en nuestros países (maestros, locutores, autoridades religiosas, periodistas). Una cuestión central de nuestro espacio-tiempo histórico, en efecto, sigue siendo aquella que él advirtiera el 2 de agosto de 1898 en el documento fundacional de la Liga de Patriotas: ¿quién y cómo educa a la población, hacia dónde tienden sus prácticas y sus estrategias? No se trata, pues, de la educación formal de orden profesional o técnico-vocacional, sino de la formación integral de los seres humanos.

Es decir, de la forja del carácter y de la voluntad, de la interiorización del sentido del deber, consigo mismos y respecto a los demás, de la conciencia de sí, del amor a la verdad, del cultivo de las ansias de justicia, de la búsqueda sin término de la perfección y de la ampliación de los espacios de libertad, en su tierra y con su gente. Las minorías intelectuales y los políticos también ejercen decisivo influjo sobre la mentalidad y las matrices básicas del comportamiento de sus conciudadanos. Su estatus, la naturaleza de sus quehaceres y su posición en la estructura social posibilitan una presencia privilegiada en los medios masivos de construcción del imaginario colectivo. En tal sentido, Eugenio María de Hostos constituye un pretexto formidable para replantearnos la cuestión del porvenir de nuestra América, al que no es ajeno el futuro de la República Dominicana. Nuestro país bien podría no sobrevivir a los desplazamientos de la presente encrucijada, no al menos como Estado soberano, dueño de su destino y marcado por la versión iberoamericana de la cultura mediterránea, si no toma a tiempo algunas cautelas primordiales. La cara oculta del darwinismo contemporáneo La sinrazón prevalece sobre los restantes signos de los tiempos en las relaciones entre las personas y las naciones del mundo. Hay Estados-nación que parecen especialmente llamados a teñir de sangre y a poblar de cadáveres el mundo, al margen del derecho de gentes, del buen sentido y de las poblaciones cuyos sentires deberían representar.

La violencia sin tino, la arrogancia y el militarismo han devenido principios tácitos de quienes insisten en democratizar a su modo el mundo, defender a toda costa los derechos individuales frente a los Estados y Gobiernos de cada país, e imponer sus leyes particulares a países y personas de las más diversas culturas y ámbitos geopolíticos. La noción clásica de soberanía y los consiguientes deslindes fronterizos hacen aguas. La única excepción que están dispuestos a asumir es la de aquellos Estados que se hallan en capacidad de hacer gala del mismo poder de muerte, parejos medios para sembrar el terror, o idéntica capacidad de destrucción de ciudades, personas y bienes intangibles. Solo quienes están en capacidad de hacer la guerra pueden evitarla, parece ser su divisa. El principio de la selección natural se adueña sin remedio inmediato, de manera paulatina y ante la vista de todos, de la sociedad humana. Ni valores ni ideales orientan como antaño a políticos, partidos, tecnócratas e intelectuales orgánicos. Los ejércitos ya no se encuentran en las afueras de pueblos y ciudades, sobre extensas llanuras, en el mar abierto ni en las entrañas de escarpados montes deshabitados, para pelearse y poner a prueba los niveles de crueldad y de bestialidad de que es capaz el hombre cuando se entrega a los reclamos del instinto. Los nuevos bárbaros han topado de pronto con la convicción de que el terror de los inocentes también reditúa, y persuadidos de la eternidad de su fortuna se pasean por la tierra y se desplazan, arrogantes, por las inmensidades del infinito universo. Nada tienen que temer.

Todo les está saliendo a pedir de boca, y así será… mientras los dioses, los hombres y los tiempos les sean propicios. En nuestros días aún resplandecen, salvando tiempos y distancias, plenas de sentido y de vigor, las palabras que, al derrotar a Pisandro, pronunciara Menelao, al tiempo que, soberbio, colocaba sobre el vencido pecho su pie victorioso: «¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles corceles, pérfidos troyanos, insaciables del áspero combate! No añadáis nuevas injurias a la afrenta que me habéis inferido a mí, perros infames, vosotros cuyo corazón no ha temblado ante la terrible ira de Zeus, dios de la hospitalidad, señor del trueno; Zeus, por quien un día será destruida vuestra excelsa ciudad. Un día, en vuestra locura, os hicisteis a la mar, para quitarme a mi legítima esposa y llevaros de mi casa buena parte de mis tesoros después de haber recibido en ella hospitalidad; ahora es vuestro deseo arrojar el fuego destructor a nuestras naves marinas y dar muerte a los héroes aqueos. Pero, a pesar de vuestro furor, os haremos renunciar al combate. ¡Padre Zeus! Dicen que por tu saber estás por encima de todos, hombres y dioses, y que todo cuanto aquí sucede es por tu voluntad. ¿Cómo, pues, favoreces a los troyanos, hombres insolentes, de espíritu perverso, y que nunca se cansan de la guerra, a todos tan funesta? De todo llega el hombre a saciarse: del sueño, del amor, del dulce canto y de la graciosa danza, placeres mucho más deseables que la guerra.

Sólo los troyanos no se sacian nunca del combate». Igual acontece en nuestro tiempo, solo que ahora se hace en nombre de principios, ensueños y valores caros a la cultura occidental. Con mil instituciones interestatales orientadas a evitar que las normas de derecho sean violentadas, en momentos de tal desenvolvimiento de la humanidad que cualquiera pensaría que el diálogo y la «ética del mejor argumento» (Habermas), prestos, sustituirían a la confrontación, el descrédito y el pillaje de otros tiempos. Ante semejante estado de cosas, ¿qué podríamos esperar los hijos de naciones pequeñas y débiles, por carecer de capacidad bélica y potencia militar competente? ¿Hacia dónde encaminar nuestras plegarias? ¿Hacia qué puerto mirar? ¿Cómo abrir sin recelo las ventanas del alma? ¿Sería prudente espernancar sin miramientos aduanas y fronteras terrestres, marítimas y espirituales, mientras otros hacen cada vez más estrictos los controles de acceso a su territorio, a sus mercados y a los frutos de su ingenio? ¿Por qué habríamos de arriar nuestras banderas mientras aquellos elevan hacia el cielo las suyas al son de encendidos himnos de emotivo patriotismo? Ante pareja gente y semejante escalada, ¿es correcto bajar el semblante en señal de renuncia al estado de alerta necesaria que se nos impone? ¿No correremos el riesgo de pecar de irresponsables, respecto a los dominicanos y a los hispanoamericanos del porvenir?

¿Qué garantías hay de que recibiremos digno trato? ¿Quién podría fiarse de ellos, con la sombra de semejante prontuario? ¿Cómo sabemos cuándo terminarán sus jornadas sangrientas, sus apuestas a la muerte? ¿Cuándo parará el fichero de recursos, el arsenal de torpes razones y risibles justificaciones para el crimen, para la guerra, para el despojo? ¿Cuáles son los criterios para determinar quiénes están del lado del decoro y del respeto al derecho en un mundo tan enrarecido como el nuestro? A buena parte de los políticos del momento les gana sin remedio el inmediatismo. Carecen de sentido proyectivo y de conciencia histórica y, por lo tanto, de responsabilidad frente a las generaciones por venir. Su falta de previsión y de sensibilidad para los asuntos más típicamente humanos constituyen el corolario perfecto, el aditamento que completa el esquema de dominio de quienes fundan en la fuerza y el dinero, o la solidez de su economía, su supuesto derecho a hacer del mundo y en el mundo lo que les plazca. Por otro lado, el énfasis de los políticos al uso en nuestros países de ningún modo está orientado hacia la educación ni hacia la construcción de un mañana de justicia y de dignidad para los asociados en la nación en cuyo nombre hablan. Rara vez se interesan en la modernización y tecnificación de sus fuerzas defensivas, muestra de que no acaban de comprender y, menos aún, convertir en norma de acción las indicaciones de la historia contemporánea.

Como bien sugiere Hostos, mutatis mutandis, una de las causas fundamentales de nuestra debilidad, más que a deficiencia en la cultura del derecho o pobreza de imaginación, se debe a «la falta de potencia militar».2 Cosmópolis. La nueva Jerusalén Otra pieza que encaja a la perfección en el proceso político-económico planetario en marcha es la tendencia hacia el cosmopolitismo. La mundialización financiera, la crítica acerba a las patrias –y todo lo que a ellas es inherente: fronteras, identidad, lengua, folklore–, el militarismo triunfante y la doctrina de la universalidad de los usos y de la cultura marchan de la mano en el presente. Poco o ningún espacio se reserva al derecho de los débiles a ser como pueden, aspiran o entienden que deben ser. En semejante contexto, conocer, apreciar y defender el estricto modo de ser, el pequeño mundo del que se es parte es, al menos, una manera de dejar sentir un cierto desacuerdo con la marcha que la barbarie en curso quiere imprimir a la historia presente; un llamado a la atención sobre la elemental exigencia de reconocer en los otros (alteridad) un cierto y positivo valor, un volver la mirada sobre la importancia del disenso y de la diversidad para que haya democracia; que no hay totalidad que valga, sino rancio totalitarismo y descomunal despotismo, si el sistema de gobierno se levanta sobre las cenizas, la anulación o la adulteración de sus unidades componentes.

Desprecios, olvido y exclusión de lo distinto jamás pueden convertirse en signos ciertos de altruismo. ¿Acaso es posible la democracia al margen de la empatía y del sentido de lo justo y de lo diverso? Fronteras, lenguas e identidades, nacionales y regionales, existen sin lugar a dudas. Son datos de la realidad. Se puede discrepar en el modo de concebirlas o entenderlas. Pero no es posible negarlas o cuestionar su existencia sin faltar al propio tiempo a un criterio mínimo de sensatez, buen criterio y equidistancia. No todo en el mundo es construcción social, o texto, o narración, lo cual sí puede afirmarse de nuestros preceptos, vivencias, prejuicios o expectativas. Ahora bien, el reconocimiento de la existencia de fronteras físicas o espirituales no es, en modo alguno, consustancial a la exclusión del otro, ni da derecho a procurar su aislamiento, ni reclama la concepción de la sociedad de referencia como algo dado, fijo y completo de una vez y para siempre. La noción de identidad incluye también los aspectos exógenos integrados, que, por ende, han pasado a ser parte de su patrimonio intangible. Identidad es la suma de diferencias sobre la base de un fondo común de verdades (mentalidades, percepciones unitivas básicas).

Independientemente de la procedencia, pigmentación de la piel, forma del pelo, grado educativo, etc., hay entre los dominicanos un conjunto amplio de modos comunes de ser, de pensar, de soñar, de actuar y de reaccionar –buena parte de los cuales pueden no ser de su exclusiva factura, pero que les son propios–. Estos rasgos, troncales en unos casos, adjetivos o accesorios en otros, se pueden identificar tanto en el presente social como en la historia de este conglomerado que ha dado desde hace cerca de dos centurias en denominar a sus miembros dominicanos (prisiones de larga duración, según la feliz expresión de F. Braudel). Si a su particular historia, la lengua, las costumbres y la religión entre ellos dominante han contribuido de manera determinante unos u otros de estos factores, o si alguno de ellos ha ejercido mayor o menor influjo, es una cuestión adjetiva; no así el influjo que la una y las otras desempeñan en la estructuración del perfil y del carácter, del sistema de creencias y del modo de ser, de nuestra comunidad de destino. Son estos elementos constitutivos los que nos llevan a tomar distancia de cualesquiera otras naciones o conglomerados cuyas historias, lenguas, costumbres y religiones sean fuente de hábitos mentales y conductuales distintos por necesidad. Distinto aquí no quiere decir de ninguna manera inferior o digno de ser extirpado o eliminado, ni en sí mismo ni en las personas de sus portadores, sustentantes y representantes. El ejercicio de la tolerancia con pretensiones de autenticidad comienza por la tolerancia hacia nosotros mismos y hacia la porción de humanidad que nos es más propia e inmediata. No están más lejos de esencialistas búsquedas quienes se identifican con un abstracto hombre universal que aquellos que optan por comprometerse con quienes día a día aquí y ahora trabajan, sudan, duermen y padecen, y son, a su manera y según su condición, amigos, hermanos, contemporáneos o parientes. Hay ocasiones en que la sucesión sin término de absurdos, de la que es testigo un intelectual, como le ocurrió a Hostos, pide a gritos algo más que erudición, rigorismo conceptual y actitud meditabunda. El humanismo abstracto puede llegar a ser una forma cordial de odio o de apatía hacia lo propio –que es como decir a sí mismo y, a los posteriores, de velada indiferencia por lo nuestro–. Cabe atisbar en la particular situación de aquellos que, sin haber topado consigo mismos, han dado en extrañarse de su suelo y de su gente, de ellos mismos y de sus específicas patrias del alma. Las personas tienen la talla exacta de sus sueños y preceptos. Más allá de la comprensión y más allá del ejercicio de la crítica teórica, es completamente legítima la pregunta por el grado de inserción posible de toda construcción intelectual en las coordenadas situacionales de su autor. Tan áridos son los senderos del ideal como sugestivos aquellos que nos inducen con su magia envolvente hacia la apatía y la rutina. Eugenio María de Hostos constituye un evangelio vivo de fidelidad a un proyecto y a unos valores que convirtió en la razón de ser de su existencia.

En su pensamiento es posible encontrar elementos de inspiración para salvar lo que aún persiste de la República Dominicana en términos de capacidad, anhelo y derecho a autogestionarse como parte del concierto de naciones soberanas de la tierra. Cosmopolitismo e identidad Más allá o más acá de la humanidad in genere, es decir, de la abstracción Hombre, existe una gran o pequeña comunidad, pujante o venida a menos, con la cual tenemos más, mucho más en común que con el resto de la especie, sin por ello llegar al extremo de desear la aniquilación o la desaparición, la esclavitud o la conversión de quienes pertenecen a otros conglomerados a nuestros valores, usos, costumbres o modos de organización de la sociedad o de la economía. El amor a lo propio, la disposición de defenderlo, preservarlo y hacerlo avanzar hacia lo mejor, conforme al desenvolvimiento que le es propio, no excluye la posibilidad de integrar elementos exógenos, técnicos, humanos o culturales.

El cariño que inunda de nostalgia el corazón hacia el pueblito o el sector citadino en que se tuvo la gracia de nacer en modo alguno invita al odio a los habitantes ni a los modos de ser de los que con ellos colindan. Tampoco se erige como una barrera prest a obstaculizar la posibilidad de ser o sentirnos parte de una realidad más amplia: la ciudad, la provincia, la región, el país, así en términos espacio-temporales como humanos, culturales. La identificación con lo que nos es más próximo e inmediato no es, de ninguna manera, inseparable del amontonamiento de cadáveres ni de la práctica a mansalva del crimen selectivo.

La disposición de salvaguardar el legado de nuestros predecesores no conduce fatalmente a la ofrenda de corazones palpitantes a Dios o a régimen político alguno, ni al derroche de sangre tierna a borbotones salida de vírgenes pechos. La filosofía social de Eugenio María de Hostos constituye un ejemplo elocuente de hasta qué punto la pasión por lo propio no necesariamente obnubila la capacidad de juzgar bien y de razonar de manera apropiada, y de hasta qué punto patriotismo y confraternidad étnica tampoco son polos excluyentes. En ningún momento guardó silencio sobre los vicios, falencias e imprevisiones de los españoles, los cubanos, los puertorriqueños y los dominicanos, por lo menos a partir de 1868. Tampoco dejó de comprender que el estatus que anhelaba para Puerto Rico no tenía por qué excluir la participación activa de España, en un primer momento, y posteriormente, de Cuba, de la República Dominicana y de los que llamó «los gobiernos armados de la América Latina, Chile, Argentina y Brasil» (1976: 532). Hostos amó con inusual y desinteresada pasión al Puerto Rico de su infancia y de sus mocedades, aun sabiéndolo desleal a sí mismo en ocasiones y aun, después, en tránsito de arrojarse por su pasividad en el espejo tridente de la absorción por el gran Calibán del norte.

Su desbordante patriotismo no le impidió amar con devoción a la República Dominicana, a su tierra y a su gente, a la cual asigna, además, un rol histórico de primer orden; ni le indujo a deshacerse del noble sueño de la Federación Antillana, en cuanto fusión política y económica que, en vez de anular, integraría las particularidades y vocaciones electivas de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, paso previo a la conformación de la liga hispanoamericana de naciones. Tampoco le impidió sugerir, a sus veinticuatro años, en La peregrinación de Bayoán, según su propio testimonio, la federación de los pueblos americanos de la misma familia cultural con la madre España. Estadías, estudios y oportunidades en lejanas tierras jamás le distanciaron de lo suyo ni de los suyos, ni le indujeron a arrojar a los abismos de la indiferenciación los sutiles vínculos intangibles que le unían a sus paisanos de las Antillas y de la América Hispánica en general. Acercarse con paciencia y humildad a su obra puede contribuir a desterrar un número no desdeñable del cúmulo informe de fantasmagorías que, bajo la forma de falsas oposiciones, azota el mundo interior de algunos eruditos y pensadores nativos de renombre de los tiempos que corren.

La filosofía social de Eugenio María de Hostos, y aun su vida, constituyen una sutil invitación a la conciencia crítica de nuestros países, muy especialmente a los jóvenes, a comprender hasta qué punto es complementario lo que a ojos vistas parece excluyente, sobre todo si el patrón de enfoque es la defensa de la dignidad, de la justicia y del derecho a ser y permanecer de nuestros fragmentos de patria. Lo peor que puede acontecerle a una nación como la nuestra, y a una familia étnica como la hispanoamericana, es verse privada de la participación de su juventud mejor preparada para captar los signos y señales de la presente encrucijada.

¿Existe, por ventura, un futuro latinoamericano? La dinámica, la trabazón recíproca entre patriotismo, antillanismo, iberoamericanismo y humanismo que allí se advierte, muestra, entre otras cosas, hasta qué punto es flexible, elástico e inclusivo el amor intelectual cuando es al propio tiempo caritativo y benevolente, como a ciertos efectos propugnaba Tomás de Aquino, y abarcador en sentido cósmico pero constantemente sediento de lo otro, como en Spinoza. Ese otro no hay que buscarlo en los géneros generalísimos de que habla Porfirio en su Tratado de las cinco voces, sino en los próximos, como en el esquema aristotélico de la definición por género y diferencia específica.

Ahora bien, en asuntos humanos, las distancias y las proximidades decisivas no son las que dictan la geografía, la abundancia de bienes y monedas, ni el poderío militar, sino la cultura. Las fronteras indudablemente existen. Son depositarias de una consistencia que trasciende a la condición de narrativa o meros textos sociales. De ello no se sigue que excluyan la posibilidad de la solidaridad o la colaboración transfronterizas. Pero tampoco la práctica de la compasión y la empatía hacia el vecino tiene por qué tomar el color del rechazo o el odio hacia nosotros mismos, ni la disminución de los propios méritos, ni la asunción de dudosas culpabilidades.

La América Hispana –como la denominaba Pedro Henríquez Ureña– tiene a su favor, además de una historia común, semejantes retos e idénticos peligros de absorción, tutela y agresión, una misma lengua, indistintos ensueños y valores, costumbres y tradiciones. Esto lo sabía bien Hostos, y al formular su tesis de la federación antillana dio muestras de tenerlo bien presente. Esta condición es una ventaja comparativa de la que América Latina no ha sacado hasta el presente el debido provecho. Es mucho lo que ha hecho Europa de cara a su unidad de acción, a pesar de su diversidad lingüística y del hecho de haber sido históricamente el teatro por excelencia de la crueldad, la barbarie y la mortandad que suele acompañar a las guerras.

La filosofía social de Hostos constituye una callada invitación a enmendar nuestras invidencias y a encauzar nuestros pasos hacia la adopción de una moneda común, un sistema único de equivalencias de estudios, una plataforma defensiva a la altura de los tiempos, una representación diplomática común, un adecuado complejo de medios de relaciones públicas, promoción e información para nuestro proyecto de vida en común. Hoy que, con un desenfado que espanta, se habla en nuestros países de temas de la mayor gravedad: dolarización, doble nacionalidad, transformación de los colegios y liceos secundarios en escuelas técnicas, entre otras cosas, mientras se apuesta a distraer a las masas con un rímero de falsos problemas y demandas sociales adjetivas, o se asume sin rubor inmiscuirse en nuestros asuntos políticos, económicos, de seguridad, de fronteras y de política interna, bien merece la pena volver las vislumbres del alma hacia los fundamentos e intenciones que animaron los proyectos de unidad, fusión, alianza o confederación de América, desde Bolívar y Miranda hasta Hostos, Martí, Rodó y Pedro Henríquez Ureña.

Se advertirá que la cultura ocupa un lugar de preeminencia y, por serie de indicios, que buena parte de los problemas de América Latina está directamente relacionada con la sordera de los secuestrarios de la política triunfante y sus correspondientes órganos hacia su élite intelectual, del presente y del pasado. La misma que ha puesto sus mejores energías al servicio de la construcción de un espacio nuevo y engrandecedor para la humanidad en América, y ha percibido con suficiente antelación muchas de sus miserias y equivocaciones. A pesar de los pesares, a nada hay que renunciar para llegar a ser lo que tenemos que ser. Aún hoy tiene América a sus puertas posibilidades de realizar en estas tierras las tareas pendientes de la afligida humanidad. Riquezas no le faltan, tradición sobrada tiene, es depositaria de un pasado de gloria, ha producido una ingente cantidad de artistas e intelectuales que ha aportado de sobra al acervo común. Solo voluntad y políticos con visión nos han faltado. Pero si perdemos también el acicate de nuestra intelectualidad joven, si se disuelve su interés en una racionalidad que apenas tiene que ver con los asuntos de nuestros países y de una cierta conciencia de horizonte, entonces sí que estaremos perdidos definitivamente. Ni de amontonadores irracionales de datos, dinero e informaciones, ni de jóvenes embobecidos por la magia y el culto a la tecnología digital –a los que, sin un dominio siquiera elemental de su lengua materna, se les induce, desde la enseñanza básica hasta la preuniversitaria, a pseudoaprender y a pseudoexpresarse en una que les es ajena, o a devenir obreros y consumidores, de manos de la conversión de nuestros colegios y liceos secundarios en centros politécnicos–; y menos aún, de políticos expertos en el particularismo y el mandoble, expertos en hablar de todo, con más seguridad y arrogancia cuanto mayor es su ignorancia, no pueden esperar algo bueno o de provecho nuestras naciones. Si de enseñanza indispensable de lenguas hay que hablar con apremio entre nosotros, el privilegio de nuestra atención tiene por fuerza que orientarse hacia el castellano –es a partir de él que se va a determinar, en el presente y en el porvenir, nuestro nivel de analfabetismo, no en ningún otro idioma–. La Confederación Antillana y la mancomunidad latinoamericana de naciones, mundo posible al que es condigno aspirar, al modo en que la concibieron Hostos y Henríquez Ureña, tienen de su lado la ventaja de compartir un único idioma oficial. No por casualidad dejó Hostos fuera de su tesis de la Confederación Antillana a Jamaica, si bien la menciona en su intervención del 20 de diciembre de 1868, en el Ateneo de Madrid (1976: 46), a Haití y a las Bahamas, como veremos más adelante.

Estadios del antillanismo hostosiano Tan preeminente lugar asigna Hostos a la filiación cultural que, como ha quedado entre visto, en su juventud no tuvo reparos de sugerir la sustitución de la condición de colonias de Cuba y Puerto Rico por la del establecimiento de una federación entre estas y España. A este modo de entender la cuestión corresponde, a mi ver, el primer momento del desenvolvimiento de su filosofía social. Abarca desde la publicación de La peregrinación de Bayoán, en 1863, hasta su intervención en el Ateneo de Madrid el 20 de diciembre de 1868, deshechas ya sus expectativas truncadas, a causa de la inconsistencia de Castelar, Giner y Pi y Margall, y otros, con quienes se embarcó, en España, en la conjura que desembocó en la revolución tradicionalmente denominada «La Gloriosa», a cambio de que fuese modificado el régimen español en Puerto Rico. Es una etapa por un patriotismo pasivo, en la medida en que sitúa fuera del país beneficiario la causa eficiente de su mejoría. Sin embargo, hondo, por auténtico y sentido. Dignidad, igualdad, libertad, abolición de la esclavitud y justicia, era cuanto pedía Hostos a España para Cuba y Puerto Rico en ese momento, nunca amputación. Aun da en llamarla incluso madre patria, expresión que andando el tiempo desaparecerá de su vocabulario.

El segundo momento de la utopía hostosiana bien podría denominarse protoantillanista, en razón de que en él se advierten los vaivenes e indefiniciones que suelen caracterizar a los estadios en transición. Su fuente por excelencia es el acta de la mencionada sesión del Ateneo de Madrid, del 20 de diciembre de 1868. Allí vislumbra por primera vez, algo desdibujada, la posibilidad de una federación interantillana, en activa conexión con el resto de Hispanoamérica (1976: 46). Dato relevante para nosotros es el hecho de que, por primera vez, la República Dominicana aparece en el imaginario del filósofo como miembro potencial de la Federación Antillana. Su propuesta del principio federativo de Cuba y Puerto Rico con España sigue siendo su propósito cardinal, sin embargo (1976: 51-52). Aunque se menciona a Jamaica en este primer atisbo de propuesta, más adelante es excluida. Ya se verá en razón de cuáles miras.

Una gota tocó la ondulante superficie y el agua se derramó. Había llegado la hora del tercer momento. Una entrevista con el presidente del Gobierno Provisional de la España posrevolucionaria y la cerrazón de su ministro de Ultramar, el 22 de enero de 1869, fueron suficientes para que en Hostos se operase un cambio de marcha de gran calado en cuanto al enfoque de la independencia de Puerto Rico: «la única fianza que quiere Puerto Rico es la federación, es decir, aquel sistema en que la unión es hija de un pacto entre soberanos iguales, y se mantiene por la conveniencia mutua, hasta que la mutua conveniencia la disuelve» (1976: 65-66). Tan drástico es el giro que comunica a su padre «la necesidad de ir a Nueva York para desde allí, y probablemente desde Cuba, intentar con esfuerzos personales, con las armas en la mano, la conquista de la libertad» (ibid.: 66). Lo ve venir y lo asume con ánimo resuelto: «eventualidad de un cambio en mi vida, y me siento más dispuesto que nunca a verificar el cambio» (id.: 69); «pienso en España con un sentimiento que jamás había experimentado» (id.: 72), anota para la época en su Diario. Es el momento más radical de cuantos conoció su acendrado patriotismo. En esta etapa de su filosofía social quedan de manifiesto las profundas motivaciones patrióticas de sus tesis federalistas. Se extiende hasta el momento en que llega a la República Dominicana y encuentra, al parecer, algún remanso para su alma atribulada, serenidad para su espíritu y bálsamos esparcidos en forma de rocío para reposar sus pies de trashumante.

Es aquí, en el Santo Domingo que tanto quiso, donde la doctrina antillanista adquiere contornos de madurez, y deviene grave, compleja y sistemática. Se correlaciona con su filosofía de la educación y con su percepción de la sociedad dominicana y algunos de sus hombres y mujeres más representativos. Tal es el contenido del cuarto momento de este aspecto de la filosofía social de Eugenio María de Hostos. En 1873 aparecen los argumentos básicos de la doctrina, y la profunda ligazón recíproca que lo ata al resto de América Latina. Aunque habla de las Antillas, solo hace mención de Cuba y de Puerto Rico (ibid.: 97), lo cual queda debidamente superado para 1884, año en que da a la estampa «La que un día será una gran nacionalidad», que no es, por cierto, Cuba, ni Puerto Rico, ni la República Dominicana por separado, sino el resultado de la conjunción de las tres, las cuales jamás podrán alcanzar en el mismo tiempo y con la misma economía de medios lo que juntas pueden lograr (1979: 86).

Intento de descripción de la utopía antillanista en su versión acabada Las Antillas están unidas, en el criterio del pensador, por su situación geográfica así como por su origen geológico, las costumbres y las tradiciones de su gente, así como por el hecho de compartir el mismo pasado histórico, porque no hay fuerza que pueda obstaculizar su proceso de confederación. Además de su semejanza climática y orográfica, comparten la misma zona de producción, distribución agrícola, comercial e industrial; la misma procedencia, los mismos sucesos y las mismas derivas sociales, porque su composición racial es también semejante (blanca, dominante; etíope, accesoria). Sus tradiciones políticas y religiosas, sus costumbres, así como sus modelos económicos y administrativos son también comunes a todas las formaciones sociales existentes en el arco antillano (1979: 87).

Ahora bien, entre las Antillas existen, a su juicio, también algunas diferencias, aunque de orden secundario. Por razones estratégicas, en la aurora del proyecto, es necesario prescindir de todo motivo de perturbación (id.: 88). De cristalizar el proyecto, Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana conformarán la República Antillana, sobre la base de las libertades del derecho, con las miras puestas en el adelanto de las riquezas nacionales como medio para alcanzar el bienestar de la sociedad antillana, la búsqueda de la verdad y de cuantos conocimientos útiles sean necesarios para el florecimiento y el desarrollo de la sociedad (id.: 169), el aumento de la población, la puesta en producción de las fuentes naturales de riqueza material con que han sido favorecidas las islas, la fundación de un sistema racional de renta que permita el establecimiento del libre cambio, con el fin de que «educada por el libre cambio de productos, adopte el libre cambio de ideas, y olvidando el exclusivismo colonial de España que aún conserva, abra de veras sus puertas a los hombres de todas procedencias y abra su alma a todos los efluvios del pensamiento humano» (id.: 89).

En un primer momento, la República Antillana habrá de estar integrada solo por Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. La situación política de la época, según el filósofo, exigía la exclusión provisional de Jamaica, puesto que esta isla desde los tiempos de la fracasada invasión inglesa a Santo Domingo (1655), era una posesión británica. Integrar a Jamaica al proyecto antillano implicaría la necesidad de hacer la guerra en dos frentes: contra España y contra Inglaterra, lo cual podría convertirse en una dificultad insuperable para llevar a buen término la utopía antillana. Sin embargo, más temprano que tarde, Jamaica «también buscará su centro de gravedad» (id.: 88). El proyecto de la confederación antillana habría de ser iniciado nada más y nada menos que por la República Dominicana, puesto que era el país que en ese momento (1884) tenía mayor independencia política, lo cual le permitiría capacidad de maniobra y movimiento, incluso en términos militares. He aquí el gran objetivo que la historia exigía realizar a la República Dominicana en la segunda mitad del siglo XIX (id.: 90). La materialización de la República Antillana no es solo un mandato natural; es a la vez la autoconfirmación de la parcial independencia política de la República Dominicana, y constituye, más aún, una necesidad social en la medida en que es el único resquicio de salvación que queda a las Antillas, mayores y menores. Aún hay tiempo, en la percepción de Hostos, para que las naciones antillanas se preparen y se organicen en aras de poder resistir lo que Hostos llama «las premisas del siglo XX», en el que la fuerza y la superioridad técnica o económica serán el único criterio de verdad, el único medio de conseguir o mantener el poder; y la guerra, la única forma posible de diálogo (id.: 173-174).

Cuestión de civilización o muerte. Non tertium datur. Es indispensable que los países antillanos se unan, y que lo hagan, a su ver, cuanto antes en torno a una confederación fuerte y solidaria, o «serán pueblos barridos, absorbidos o destruidos; o se organizan para la civilización o ella los arrojará brutalmente en la zona de absorción, que ya ha empezado» (id.: 174). Ese era y es aún hoy, todavía, el reclamo de la hora, no solo para las naciones del archipiélago, sino para toda la América Hispánica.

Bibliografía

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Notas

  1. Notas
  2. Homero, 1970: 221.
  3. Eugenio María de Hostos, 1976: 515.
  4. El 11 de septiembre de 1898 escribe en su Diario: «[…] tierra infeliz que parece condenada a no ser nunca poseída de sus hijos. A la mayor parte de los que van conmigo les parece la cosa más natural del mundo que los norteamericanos se hayan apoderado de ella, y hasta hay quien considera insensatez el intentar, como intento, inducir a mis compatriotas a pedir el plebiscito […]. Necesariamente, después de la experiencia a que he sido sometido por los hombres de nuestra familia étnica, no es mucha la confianza que llevo, pero a medida que el barco se adelanta en su camino, y que se acerca el momento de volver a ver la patria, recónditos impulsos de alegría, que sólo experimentaré cuando me acerque a mi familia, alteran la habitual ecuanimidad o la acostumbrada indiferencia. Estoy seguro de que voy a saltar de alegría, como niño que es siempre un sentimiento sincero, cuando vea las playas de la tierra amada» (1976: 526-527).
  5. Dos testimonios de su puño y letra, uno de 1893 y otro de 1895, ilustran de modo elocuente este costado de su pensamiento: a) «Siempre, desde que me educaba en Europa, allí en Norte América, en Sur América, ha sido una verdadera enfermedad para mí el mal de patria: patria como la mía, que se tiende de uno a otro confín del continente, he podido resistir con la razón, no con el cuerpo ni con el corazón a las ausencias del suelo, el cielo y el sol de las Antillas. Pero nunca me ha costado tanto resistir ni he sufrido tanto como ahora. Aunque estoy seguro de que volver a Santo Domingo sería volver a luchas ingratas, estoy tan convencido del bien que me haría el calor del sol y del aire, que daría cualquier cosa por ir, aunque fuera por poco tiempo o para no vivir entre amigos, sino en lugar retirado». b) «Para mí que amo tanto a Santo Domingo como a mi propia Borinquen, y que probablemente la elegiré como patria nativa de la mayor parte de mis hijos, para residencia final y sepultura, empezar por la libertad de Quisqueya es tan natural, que no hago, con pensarlo y desearlo, más que un acto de egoísmo paternal; pero, en el fondo de las cosas, es tan esencial la libertad de Quisqueya para la independencia en Cuba y Puerto Rico, que si acaso la de Cuba sobreviene sin ella, lo que es la de Puerto Rico y la Confederación, no» (1976: 135-136, 138).
  6. En el prólogo a la segunda edición de esta obra (Santiago de Chile, 1873) explica cuál fue su intención al escribirla: «Quería que Bayoán, personificación de la duda activa, se presentara como juez de España colonial en las Antillas, y la condenara; que se presentara como intérprete del deseo de las Antillas en España, y lo expresara con la claridad más transparente: “las Antillas estarán con España si hay derechos para ellas; contra España, si continúa la época de dominación”. Para expresar esta idea […] abarqué la realidad de la situación política y social de las Antillas en dos de sus aspectos, y los fundí en el mismo objeto de la obra. Uno de esos aspectos nacía de la posibilidad de un cambio de política interior y colonial en España. Yo lo acogía de antemano con fervor y predicaba la fraternidad de América con España y hasta enunciaba la idea de la federación con las Antillas. El otro aspecto nacía de las condiciones de la vida social en las Antillas» (1976: 622). Veintinueve años más tarde, en 1902, le echará en cara a España su completa falta de visión, su inoportunidad e insensibilidad en momentos en que se pudieron evitar las sucesivas guerras de Cuba y la toma de Puerto Rico por los norteamericanos como botín de guerra: «Hace cuarenta años, menos dos, que empecé en La peregrinación de Bayoán la triste obra de previsor solitario, previendo la posibilidad de una unión de los pueblos ibéricos de ambos mundos y hoy, cuando ya es inútil y contraproducente esa unión, es cuando a esos desgraciados se les ocurre empezar a fabricarla en el vacío» (1976: 506-507).
  7. «Patriotismo no es exclusivismo sino inclusivismo. El patriota no excluye, incluye; no resta, suma; no divide, multiplica; no fracciona, integra; no tiene ojos de aumento para los méritos locales, y ojos de disminución para los méritos hermanos; no considera extraño a todo no nacido en el lugarejo o en el lugar, ni llama extranjero a todo el que, por el mero hecho de prestar servicios patentes al país, es más nacional y más patriota, cien mil veces más patriota y más nacional, que la mayor parte de esos patriotas de colmillo envenenado que no conocen más patriotismo que el patriotismo de la tontería» (1979: 84).
  8. «Pero yo soy puertorriqueño […]. Era necesario combatir a la vez en pro de Cuba armada, en pro de Puerto Rico, inerme, buscando para la una las simpatías que un día podría utilizar para la otra» (1976: 103). «Yo creo, tan firmemente como quiero, que la independencia de Cuba y Puerto Rico ha de servir, debe servir, puede servir al porvenir de la América Latina […]. Puede servir, porque la independencia de las Antillas no es otra cosa que continuación del movimiento histórico de la independencia continental, y por tanto, movimiento de las Antillas hacia el período necesario de su vida en que, disponiendo de sí mismas, contribuyan con toda la América Latina al porvenir esplendoroso de la nueva civilización que elabora el nuevo continente» (ibid.: 97-98). «Estaba tan dispuesto a creer imposible que nada alterara las risueñas esperanzas que me alientan a seguir confiando en el porvenir americano, a seguir contando con el porvenir de la humanidad en América» (ibid.: 102).
  9. Dos meses y algunos días antes de que estallase el movimiento, Hostos describía con alborozo propósitos y resultados con palabras llenas de optimismo: «He consolidado con mi viaje toda mi obra política de tres años y puedo dar por seguro el principio del porvenir de mi país, si triunfante la libertad en España, contribuyo personalmente a que triunfe» (1976: 34).
  10. Instalado el gobierno provisional a raíz de la caída de la monarquía española, Eugenio María de Hostos le dirige una exposición pública de once puntos, fechada en Madrid, que resume sus pretensiones del momento con respecto a Borinquen. Las demandas son, entre otras: suspensión del cobro de contribuciones, suspensión de los juicios militares, sufragio universal, entrega de la dirección del país a un gobernador civil, hijo del país y residente en él, fijación de un plazo para la abolición de la esclavitud, representación en las cortes (1976: 44) y limitación de la autoridad militar. El pliego se cierra con una exhortación de buena fe al Gobierno de la península, tendente a asegurar la integridad territorial de la madre patria: «Destruya la absurda inconsecuencia tradicional, que a principios del siglo en la América continental y a mediados de él en la insular, gobernaba con el despotismo allende, en tanto que aquende el mar gobernaba con la libertad, y el gobierno provisional habrá hecho lo necesario para ser digno de seguir desenvolviendo en la gloriosa revolución del espíritu latino el gobierno digno de la España nueva» (1976: 42-43).
  11. «Cuba y Puerto Rico no pueden estar contentas de su madre patria ni de sí mismas, hasta que se haya abolido la esclavitud y construido en cada una de ellas un gobierno propio. Sin igualdad civil, sin libertad política no hay dignidad; sin dignidad no hay vida» (1976: 40).
  12. Cf. 1976: 58: «Queremos gobierno y asambleas coloniales para Cuba y Puerto Rico. La mala fe, secundada por el patriotismo ciego, ha dicho que queríamos la independencia de las Islas, es decir, lo contrario a lo que dice la declaración».
  13. Es cosa corriente que, durante este lapso, el pensador insista en remitirse a la lucha armada como medio por excelencia para alcanzar la independencia de su patria o la de Cuba: «Más de una vez me digo que valdría cien mil veces más el estar combatiendo con el fusil o con el sable que perdiendo el tiempo con la pluma» (1976: 72); «Con motivos poderosísimos para no esperar venía resuelto a ir a Cuba. […]. Engañando o desengañando otra vez, aprovecharé la primera expedición que salga para Cuba» (id.: 114); «Ellos decidieron que yo era mucho más necesario en la revolución de Puerto Rico que en la ya avanzada de Cuba, y hube de resignarme. Fue una de las resignaciones más necias de mi vida. Yo hubiera debido partir para el campo de batalla» (119).
  14. «Mis esfuerzos, mi perseverancia, el dominio de mí mismo que requiere esta reforma –sostiene Hostos en el discurso que pronunciara en la graduación de los primeros maestros normales–, no han sido sólo por vosotros: han sido también por mí, por mi idea, por mi sueño, por mi pesadilla, por el bien que merece más sacrificios de la personalidad y el amor propio. Al querer formar hombres completos, no lo quería solamente por formarlos, no lo quería tan sólo por dar nuevos agentes a la verdad, nuevos obreros al bien, nuevos soldados al derecho, nuevos patriotas a la patria dominicana: lo quería también por dar nuevos auxiliares a mi idea, nuevos corazones a mi ensueño, nuevas esperanzas a mi propósito de formar una patria entera con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos» (1979: 205-206).
  15. «Redención de las Antillas y porvenir de América Latina son hechos idénticos. El tiempo, mejor argumentador que ningún hombre, argumentará por mí» (1976: 104).

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