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El Chile que no nos cuentan

by Marco Coscione
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La imagen de Chile que hábilmente se está vendiendo al extranjero es la de un modelo a seguir. Crecimiento económico, tratados de libre comercio con muchísimos países del mundo, privatizaciones, apertura total al comercio mundial, poca industrialización y finalmente uno de los únicos dos acuerdos de asociación estratégica vigentes en la región con la Unión Europea. El “jaguar de América Latina” parece vivir uno de los momentos de mejor esplendor económico de su historia, también gracias a la fuerte demanda de cobre, sobre todo proveniente de China. Cuando los medios de comunicación más influyentes, los académicos y los políticos nos relatan este cuento tan entretenido, se olvidan de contarnos el otro Chile, hecho de niñas y niños en riesgo social, familias enteras comiendo en los comedores populares, los sin techo de la Vega Central de Santiago, los pobladores en las tomas (las favelas chilenas), los familiares de los desaparecidos que todavía buscan verdad y justicia, los mapuches en huelga de hambre, la tragedia de Antuco y las cotidianas muertes en el interior de las Fuerzas Armadas, prontamente etiquetadas como suicidios.

No nos cuentan que según los índices de Gini del Informe de Desarrollo Humano 2009, Chile sea el país número 18 en el mundo por desigualdad. Y esa desigualdad es bien visible, sobre todo en la capital y cuando nos enteramos que prácticamente no existe movilidad social: ¿naces en un determinado barrio?, casi seguramente morirás en este o uno similar… ¿Tus padres pertenecen a un cierto estrato social?, casi seguramente te quedarás en el mismo… Es difícil pensar que a esta gran desigualdad la acompañe un alto grado de desarrollo, pero la estabilidad de las instituciones, el crecimiento económico (de unos pocos) y el bajo grado de organización de la sociedad civil y de los movimientos sociales chilenos ayudaron a que esta imagen del país fuera predominante, adentro como afuera.

Sin embargo, en los últimos años se está viviendo un cierto despertar por parte de los ciudadanos y las organizaciones sociales: el Foro Social Chileno hoy en día ya es una realidad. Surgió en el año 2004 en respuesta a la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (apec) y en aquel entonces las movilizaciones llevadas a cabo por los manifestantes fueron duramente reprimidas por los carabineros. En marzo de 2006 se cerró el capítulo de la toma de Peñalolén, la más grande de la historia chilena (1,700 familias, un total de 14,000 personas), gracias al trabajo incesante de sus pobladores organizados que obtuvieron del Gobierno nuevos bloques de casas donde vivir y el compromiso que en el terreno desalojado se construya el parque del Encuentro, 24 hectáreas que suplirán la falta de áreas verdes públicas en la comuna: dos metros cuadrados y medio por habitante, mientras el estándar internacional establece un mínimo de nueve metros cuadrados.

El parque, por cierto, está casi listo. En agosto de 2007, el Gobierno anunció que el ex centro de tortura Yucatán, en la calle Londres (pleno centro de la capital), será la sede del Instituto de los Derechos Humanos, una decisión que premia la constancia y la lucha del Colectivo 119, así como de las otras asociaciones de familiares de las víctimas de la dictadura. En la calle Londres ha vuelto a aparecer el número 38, y ya no hace falta pintarlo de rojo y esconder un falso 40. Son también luchas de estos últimos años las de los ambientalistas, sobre todo en contra de las explotaciones mineras en el norte del país (emblemático el caso del proyecto minero Pascua Lama de la empresa canadiense Barrick Gold) y en contra de las represas en la Patagonia.

Todas en defensa de una vida sana, sostenible y de un medio ambiente limpio, pero sobre todo en defensa de un bien primario que el Código del Agua de 1988 ha entregado, literalmente, al mejor oferente. Otro regalo ligado a la dictadura y mantenido durante dos décadas de democracia. Pero quizá el movimiento que más impresionó a la sociedad chilena de estos primeros diez años del siglo XXI ha sido el movimiento de estudiantes secundarios que en mayo del 2006 despertó nuevamente pidiendo reformas a corto y medio plazo, y un cambio estructural a largo plazo. Actores secundarios es un interesantísimo documental que cuenta las gestas del movimiento estudiantil de los primeros años de los ochenta. En aquel entonces, las peticiones de los estudiantes se centraban en el derecho a tener centros de alumnos elegidos democráticamente, pero lo que se pedía para los colegios en realidad se estaba pidiendo para la sociedad chilena. Quemar la foto del director significaba quemar la foto del dictador, y reivindicar más democracia en los colegios significaba luchar por el fin del régimen pinochetista. En aquel entonces, los estudiantes de secundaria no tuvieron miedo en salir a la calle y enfrentar cara a cara el sistema. Hubo presos y muertos, pero los estudiantes se convirtieron en verdaderos actores principales, marcando el principio de un ocaso que se concretará con el referéndum de 1988. Las imágenes de este documental son poco conocidas en el extranjero. 

Con los chiquillos 

En 2006 estaba viviendo en Santiago de Chile. Trabajaba en una casa de acogida para chiquillos en riesgo social y casi todos participaron, aunque de manera diferente, en las manifestaciones y tomas de colegio que tuvieron lugar, sobre todo, desde mayo hasta julio. Mauricio era el más pequeño, pero también el más inteligente… tenía una respuesta para todo, y siempre nos entretenía con sus ideas y sus propuestas. Lamentablemente no contaba con los recursos necesarios para llevar una vida tranquila y desarrollar sus capacidades: pobreza, exclusión social, falta de cariño, injusticia y escaso acceso a todo, obligaron a su madre (el padre, como en muchos otros casos, ha dejado el hogar hace tiempo) a llevarlo a nuestra casa de acogida. La rabia de Mauricio, su envidia y sus trastornos se reflejaban cotidianamente en lo que una “buena familia” podría llamar “mala educación”.

Un día Mauricio llegó a la casa completamente mojado. Regresaba de una manifestación en el centro, y los “guanacos” de los carabineros no habían ahorrado ni un litro de agua. Justo antes de que acabara la dictadura, Pinochet dejó su última voluntad. El 10 de marzo de 1990 la Junta Militar aprobaba la loce, Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza, que consagraba el liberalismo también en el ámbito educacional: la “libertad de enseñanza” primaba por encima del derecho a la educación y transformaba la educación en otro sector más de la economía chilena, privatizándolo y dejándolo sujeto a las leyes del mercado. A partir de 1990, cuatro de cada cinco alumnos adicionales, en la educación básica y media, empezaron a estudiar en un colegio particular subvencionado y sólo uno en un colegio público. Si pensamos que a comienzos de los años ochenta casi el 80% de los estudiantes iba a colegios públicos y ahora sólo el 50% (el 40% a colegios particulares subvencionados y el 10% a colegios privados), es evidente el intento de favorecer al sistema privado más que al sistema público.

El objetivo de la loce era claro y el “jaguar de América Latina” iba lanzando su modelo exitoso por el continente y por el mundo entero. La modificación de la loce, y con ella de toda la arquitectura del sistema educativo, fue el principal objetivo de los estudiantes secundarios que, a partir de mayo de 2006, empezaron a movilizarse en todo el país. Cuando la presidenta Michelle Bachelet, en la esperada cuenta pública del 21 de mayo, afirmó que no toleraría actos vandálicos, daños a las cosas o personas, recordaba fehacientemente las imágenes de los enfrentamientos entre manifestantes encapuchados y carabineros en la protesta del primero de mayo y los 1,200 estudiantes secundarios presos en la primera gran manifestación estudiantil, el 10 del mismo mes. Sin embargo, nunca pudo imaginar que sus palabras provocarían la reacción contraria: miles de colegios tomados, el apoyo de los padres, la solidaridad de los profesores y el gran aporte de los universitarios.2 Hasta ese momento, según expertos y académicos, los jóvenes siempre habían estado al margen de la sociedad posdictadura. Su insatisfacción se expresaba en una total indiferencia hacia la política. Se hablaba de la generación “no estoy ni ahí”, que reflejaba perfectamente el individualismo y el conformismo promovido por el modelo en toda la sociedad chilena. Durante la transición pasó la idea de que ya no era necesario movilizarse y que los gobiernos de la Concertación podían resolver todo desde arriba.

Esta idea caducó por primera vez en el año 2001, con el llamado “mochilazo”, cuando los estudiantes de secundaria salieron a la calle para reclamar un precio más bajo del pase escolar, y ahora, más recientemente, con las movilizaciones de los últimos tres años. Las generaciones actuales parecen preocuparse mucho más de su futuro y, sobre todo, han entendido que pueden jugar un papel determinante y protagónico en la gestión de la cosa pública. Los estudiantes unieron las reivindicaciones económicas y de mejoramiento de las infraestructuras escolares al cuestionamiento del edificio entero del sistema educativo. La horizontalidad del movimiento, el apoyo de otros actores sociales en todas las regiones, la claridad de sus demandas, la demostrada madurez cívica a pesar de ser jóvenes menores de edad y sin derecho al voto, la organización en las tomas y en las movilizaciones, el constante uso de las nuevas tecnologías para difundir sus reivindicaciones, la manera de representación en la Asamblea de Estudiantes Secundarios sin dirigentes o liderazgos, sino simplemente voceros, y el alto nivel de adhesión social que provocaron, sorprendieron al país entero y en particular a la clase política, que a partir de la transición a la democracia había marginado a los jóvenes fuera de la esfera pública, y que frente a estas movilizaciones se encontraba claramente boquiabierta.

Aunque el movimiento pueda haber ayudado a la Concertación a poner finalmente en duda la herencia dictatorial en materia de educación, el Gobierno y los partidos no estaban para nada preparados. Saliendo a la calle y “dando clases” de ciudadanía, de participación política, de compromiso social en los liceos tomados, los estudiantes secundarios le cambiaron la agenda al gobierno de la Bachelet, obligándolo a dedicarse 100% a la educación, por lo menos durante los dos primeros años de su gobierno. Los pingüinos estaban dando otro significado a la educación, ya no la simple escolarización a la cual los estaban acostumbrando los gobiernos democráticos desde el fin de la dictadura. Durante todo 2006 y parte de 2007, los estudiantes secundarios tomaron en serio la consigna del “gobierno ciudadano”, lanzado por la Bachelet durante su campaña. Como verdaderos ciudadanos, unieron sus luchas y alzaron sus banderas.

Quizás la presidenta no esperaba que los ciudadanos pudieran unirse y luchar colectivamente, no individualmente, por sus derechos. Los estudiantes secundarios rompieron con los espacios y los tiempos que convirtieron el discurso del derecho a la educación en algo que apuntaría más bien al sometimiento, al orden o al disciplinamiento. En este sentido, la escuela se transforma en una jaula con sus ritmos (horarios), sus espacios (aulas), sus estándares (edad, exámenes) y su disciplina. Es evidente que, siguiendo este espacio y estos tiempos, la educación pierde su significado auténtico, el de cultivar la humanidad. Pero los estudiantes secundarios, jóvenes de entre 13 y 18 años, entendieron muy bien que la ciudadanía se expresa y se reconfigura en el espacio público y no es algo que se gane por derecho, sino algo por lo cual cada individuo tiene que jugarse, toma parte del espacio de lucha. Además, rompieron con los esquemas de exclusión social que se impusieron durante la dictadura y que siguen manteniéndose durante estos años de Concertación. Y lo lograron con una movilización social transversal. Sin embargo, en 2007 los medios de comunicación y los partidos bajaron de alguna manera a los estudiantes, obligándoles a volver al coro.

El debate se trasladó a las salas del palacio, así hubo tiempo para un nuevo acuerdo entre las dos grandes coaliciones: Concertación y Alianza, antes de que empezara el 2008, el “Año de la educación”, según la presidenta. El futuro nos dirá si los colegios públicos seguirán perdiendo alumnos como lo han hecho en estas últimas décadas, o si algo cambiará en la calidad de la Educación, en los problemas de exclusión social y desigualdad que se han generado en la sociedad chilena también a causa de un sistema educativo excluyente y discriminatorio. El programa de gobierno del nuevo presidente no promete ningún cambio. Pero hoy en día la realidad es otra. El terremoto que sacudió el país a finales de febrero deja por el momento una sola tarea nacional: reconstrucción en la unidad. Por los errores de comunicación, sin los cuales quizá se habrían podido evitar muertes a causa del maremoto, el gobierno de Bachelet casi pierde gran parte de aquel apoyo que las últimas encuestas daban al 80% o más de la población.

Los jóvenes envejecidos 

Acabo de entregar algo de ropa y un saco de dormir a los estudiantes de la Universidad de Chile, que ya se están organizando para juntar donaciones y organizar grupos de voluntarios. Es la nación joven que sigue presente, pero no son los “jóvenes”, ya envejecidos por los engranajes de partido, a los cuales se refirió Ricardo Lagos en su discurso después de la derrota de la Concertación en las elecciones presidenciales… seguro muchos de los que vi en la universidad, hace cuatro años, se movilizaron en la llamada “revolución pingüina”. Ahora, esos mismos jóvenes, ya universitarios, están ahí movilizándose de nuevo, con otro objetivo, pero dentro del mismo marco. Un sistema de capitalismo salvaje desgastado, pero que sigue defendiendo a los suyos, hasta con los medios: militares en las calles y toque de queda en las zonas más afectadas. Deberíamos inventar un toque de queda para constructores irresponsables, bancos inhumanos, aseguradoras que lucran con el terremoto… pero esta es la otra cara, la que no se cuenta. ¿Se preocupará Sebastián Piñera de fortalecer una “educación pública humanista y laica, robusta y de calidad… principal fuente de cohesión y de movilidad social”, así como la definió Bachelet? Parece difícil solo pensarlo… Y entonces, ¿qué es lo que nos espera en el ámbito educacional? ¿Nuevas manifestaciones? ¿Nuevos choques generacionales? ¿O la reconstrucción se tragará el debate? En la casa de acogida donde estaba trabajando en 2006 decidimos ver la película Machuca, de Andrés Word (2004): en ella se revive un programa promovido por el gobierno de la Unidad Popular (cuando el gasto público en educación llegó hasta el 7,2% del PIB) cuyo objetivo era hacer convivir chiquillos pobres y chiquillos ricos en el mismo colegio y romper de alguna manera los esquemas de exclusión social.

Este experimento educativo, así como la nueva amistad entre Pedro y Gonzalo (los dos protagonistas de la película), se rompe con la llegada de los militares. Hay una escena de la película que se explica por sí sola: Gonzalo se encuentra en la población donde vivía Pedro Machuca. Para la ocasión se grabaron estas imágenes en la antigua toma de Peñalolén, una de las tomas de terreno más grande del continente. Empezó en 1999, justo al final de la década “medio perdida”, duró hasta el 2006, y llegó a contener 14,000 habitantes. El padre de Pedro, borracho pero con los pies bien en el suelo, le pregunta a Pedro quién es el chico que anda con él. “Un amigo”, contesta Pedro. “Sí… un amigo… –dice el padre– ¿sabí dónde va a estar tu amiguito en cinco años más? Entrando a la Universidad… ¿y tú? Vai a estar limpiando baños… En diez años más tu amigo va a estar trabajando en la empresa del papito… ¿y tú? Vai a seguir limpiando baños… y en quince años más tu amigo va a ser dueño de la empresa del papito… ¿y tú? Adivina… Vai a seguir limpiando baños… Tu amigo… para ese tiempo ni siquiera se va a acordar de tu nombre… tu amigo…”. La película había terminado, los chiquillos tenían que ir a acostarse. Mauricio se acerca y me dice: “No quiero limpiar baños”.


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