Revista GLOBAL

El mundo tiene más hambre

por Alejandro Fernández
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Adiferencia de la abundancia, la hambruna es contagiosa. Debido a la más reciente escalada alcista de los principales bienes básicos a nivel mundial, tanto alimentos como combustibles, el mundo tiene más hambre. El Banco Mundial estima que en solamente seis meses, entre junio de 2010 y febrero de 2011, más de 45 millones de seres humanos han caído por debajo del nivel de pobreza. ¿A qué se debe esta nueva época de vacas flacas? ¿Qué tan vulnerables somos los habitantes de la República Dominicana frente a esta nueva oleada de altos precios a nivel mundial? No cabe duda del alza de los principales commodities. Desde febrero de 2009 a la fecha, el Banco Mundial estima un aumento del 30 por ciento de los precios internacionales de alimentos y más del 100 por ciento de los índices de combustibles y los metales. 

Aunque el petróleo no ha alcanzado su pico de 2008, sí lo han sobrepasado los índices de bienes no combustibles, de manera particular el maíz y el aceite de soya. En 2008 tuvimos las protestas “tortillas” en México, de pastas en Italia y tumultos sociales en Pakistán, Indonesia y China. En lo que va de 2011, el efecto ha ido más allá de lo humano y socioeconómico y ha llegado a lo político, como lo muestran tan dramáticamente las crisis de Túnez, Egipto y Libia. 

De oferta y demanda 

En el año 2008, para aliviar las tensiones causadas por los precios internacionales hizo falta una recesión de la magnitud de la gran depresión de 1930 en los países desarrollados, que redujeron drásticamente sus niveles de actividad económica y de consumo debido a una de las crisis financieras más importantes de las últimas décadas. Frente a la nueva situación económica mundial, no solamente una eminente (aunque frágil) recuperación de los países de la ocde apunta a un aumento de la demanda de las materias primas más importantes. 

En su más reciente informe World Economic Outlook, el Fondo Monetario Internacional ilustra claramente la preponderancia que ahora tienen las economías emergentes en la coyuntura económica. Entre 2002 y 2008, señala el fmi, las economías emergentes (sobre todo China, India y Brasil) han aumentado su demanda de bienes como petróleo, aluminio y cobre a un ritmo dos veces mayor que el resto del mundo. Estos países, anteriormente del “tercer mundo”, acaparan hasta el 60 por ciento del mercado mundial de estos productos. Si bien es cierto que la curva de la demanda tiende a dinamizarse, la oferta viene reflejando una serie de cambios importantes, algunos estructurales y otros coyunturales, que presionan los precios a los que se equilibran estos diferentes mercados.

Las incidencias, inclementes e inesperadas como siempre, de la situación geográfica y del medio ambiente varían por región. Durante el pasado año 2010, la sequía de Rusia fue contrarrestada con las inundaciones de Australia y Pakistán y una mala cosecha del granero de las praderas americanas. En su análisis, el fmi también destaca que los bajos niveles de inventarios de los principales alimentos, al relacionarse con sus respectivos niveles de consumo, han tendido a estrecharse aún más en los últimos 12 meses. 

Luego de que los “stocks” bordearan el 80 por ciento de la demanda, la relación ha caído por debajo del 60 por ciento debido, nuevamente, al rápido crecimiento de las economías emergentes. Ahora bien, los anteriores elementos de oferta y demanda son, al final del día, meramente coyunturales. Pasan. La economía mundial ha enfrentado niveles de inventarios más bajos. Los efectos climatológicos son recurrentes. La China y los demás caballos de fuerza del mundo emergente llevan décadas con ritmos de crecimiento impresionantes. 

Un cambio estructural 

Comenzada la segunda década de este siglo, eso sí, la dinámica económica de los alimentos y los combustibles, y sus vínculos directos, van concretizando un paradigma estructural y de consecuencias a largo plazo que ya está ameritando un aparatoso debate. Nos referimos, por supuesto, a la entrada en el escenario económico mundial del etanol y otros biocombustibles. Tim Searchinger, de la universidad de Princeton, escribió recientemente que estos sustitutos de los hidrocarburos tradicionales absorben el 6.5% de los granos de maíz de todo el mundo y el 8% del aceite vegetal. ¿Cuánto absorbían hace cinco años? “Virtualmente nada.” 

En la primera gráfica recogemos un análisis del fmi donde se muestra cómo aumenta la correlación entre los índices de alimentos y combustibles en el período 1996 2009. Obsérvese cómo ese índice, que 15 años atrás era negativo, ahora tiene niveles superiores al 60 por ciento. Es decir, por cada aumento de un dólar de la canasta de combustibles, en base al promedio de cambios de los últimos 36 meses, los índices de alimentos aumentaron 0.62 dólares. Obsérvese, en esa gráfica, cómo esta correlación aumenta en la medida en que los Estados Unidos han destinado 33.4% de la cosecha de maíz para la elaboración de etanol. La tendencia, claramente alcista, se fundamenta no solo en los subsidios directos otorgados por el gobierno federal para motivar esta sustitución de combustibles, sino también en que los mayores precios de los hidrocarburos hacen cada vez más atractivas las fuentes de energía alternativas. 

El impacto no es teórico. La Oficina de Presupuesto (cbo, por sus siglas en inglés) del Congreso estadounidense, una fuente analítica autónoma y del más alto crédito, analizó el impacto del etanol en el mercado de alimentos y combustibles de ese país. Los resultados no sorprenden. De los diferentes usos del maíz, solamente el destinado a la alimentación de animales es mayor al de la producción de etanol, superando así al maíz utilizado para consumo humano y para la exportación. Mientras que en 2008 el maíz destinado al etanol creció a un ritmo de 43 por ciento frente al año anterior, los demás usos reflejaron un aumento del 7 por ciento. ¿Incidencia en los precios? Directa. La cbo concluyó que en el periodo 2007 y 2008 “El mayor uso de maíz para la producción de etanol representó hasta el 15% del aumento del ipc (índice de precios al consumidor) en el renglón de los alimentos”.

La vulnerabilidad 

A pesar de sus riquezas naturales y buena extensión territorial relativa a una isla, la República Dominicana es un país netamente importador de alimentos e insumos alimenticios. Lo es también de todas sus fuentes de energía, excluyendo la hidroeléctrica y la eólica todavía por desarrollar. Ambas dependencias, alimenticia y energética, explican la alta vulnerabilidad de la nación dominicana frente a los embates que a sus costas llegan desde el exterior. Y, tal como hemos visto a nivel mundial, la relación alimentos energía obviamente también se verifica localmente. 

En la primera gráfica, por ejemplo, relacionamos el precio del barril de combustible con las importaciones trimestrales de insumos agrícolas, comestibles y alimentos terminados. Las coincidencias de sus dinámicas, sobre todo en la última década y en el periodo 2007 2008, llaman la atención y son un ejemplo concreto del modo en que los precios internacionales de las materias primas hacen más volátil e incierta la situación de una economía relativamente pequeña y abierta como la criolla. En su análisis de febrero de 2011 sobre la vulnerabilidad de los países latinoamericanos frente a la actual crisis de precios internacionales, el Banco Mundial incluye a la República Dominicana en su primer corte de países con mayor posibilidad de ser afectados negativamente. 

Las razones son obvias. Primero, por la alta incidencia de la pobreza en la población dominicana, segundo, por el hecho de que tengamos una alta dependencia de los mercados internacionales para satisfacer nuestras necesidades alimenticias. El mismo análisis del Banco Mundial excluye posteriormente al país de la lista final de economías vulnerables, al valorar de manera positiva la red de protección social y asistencia directa a los segmentos más pobres de la población con los que cuenta la República Dominicana, a diferencia de El Salvador, Granada, Haití y Jamaica. Llama la atención esta exclusión, al tomar en cuenta otras perspectivas de análisis en el tiempo y en la metodología de evaluación. En primer lugar, nuestra estructura económica netamente importadora de bienes básicos (sean estos minerales, alimentos, bienes agrícolas y, obviamente, combustibles) ha venido deteriorándose significativamente a través de los años. En la segunda gráfica ilustramos la posición “neta” (siempre deficitaria) del país con relación a las principales materias primas antes nombradas, según el tamaño de la economía en el periodo disponible estadísticamente. En 1997, el déficit dominicano de bienes básicos representaba el 4.6% de la producción nacional. Poco más de 10 años después, durante la crisis de 2008, superó el 11.8%, nivel que proyectamos que se alcanzaría nuevamente en 2011 de mantenerse las condiciones actuales de los precios internacionales.

La variable clave ha sido el aumento de los precios del petróleo. Pero lo cierto es que nuestra dependencia de los alimentos e insumos alimenticios del exterior se mantiene básicamente igual a los niveles de hace una década. El análisis de la situación y dependencia alimenticia del país se oscurece al considerar dos fuentes adicionales que intentan dimensionar, de forma comparativa, el nivel de seguridad alimenticia de la población dominicana y la concentración del gasto familiar en rubros alimenticios. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, basándose en datos estadísticos de nutrición y comercio internacional, concluyó en su más reciente evaluación de seguridad alimenticia (2010) que “entre los países más inseguros en cuanto a alimentación en la región están Haití, seguido de Bolivia y la República Dominicana”. Vemos, en la tercera gráfica, que cerca del 58.8 por ciento de la población dominicana –siempre según ese ministerio del Gobierno estadounidense– se encuentra en una situación de inseguridad alimenticia donde consume menos que el objetivo nutricional de 2,100 calorías diarias. 

Un hogar, cuantos menos ingresos tenga, más destinará (en valores proporcionales) a cubrir sus necesidades básicas, como la alimentación. Esos hogares son, por definición, los más susceptibles a caer en una mayor indigencia frente a una canasta de alimentos cada vez más costosa. No sorprende, por tanto, que la aceleración de la pobreza y el desempleo en países como Egipto y Túnez hayan sido detonantes importantes de la nueva situación política de esos países. En Egipto, el 38.8 por ciento de los ingresos familiares se destina a la comida. En Túnez el 35.9%. ¿En la República Dominicana? Depende de la fecha. En 1997 era un 30.7 por ciento, el más alto porcentaje de toda la región. En 2007, según la misma fuente (Banco Central de la República Dominicana), había disminuido al 25.1 por ciento, todavía por encima de países como Brasil, México, Chile, Ecuador y Argentina.

Comentarios finales 

La relación entre los principales bienes básicos para la alimentación y los hidrocarburos ha venido estrechándose con el tiempo. Todos los factores de esta nueva correlación de fuerzas escapan al control de una economía pequeña y abierta como la de República Dominicana. En el corto y mediano plazo es de esperar que las presiones externas sigan teniendo un impacto adverso sobre la población dominicana dado que, como hemos demostrado, nuestro nivel de dependencia de estos Fuente: Ministerio de Agricultura de los Estados Unidos (2007) y BCRD (2011) 4 ¿CUÁNTO GASTAN EN ALIMENTACIÓN COMO PORCENTAJE DEL INGRESO FAMILIAR? Perú Bolivia Colombia Brasil México Chile Ecuador Argentina 5 10 15 20 25 30 35 40 45.0 Egipto 38.8 Túnez 35.9 RD (1997) 30.7 Venezuela 29.6 29.3 29.0 27.8 25.1 24.7 24.3 23.5 21.8 20.1 RD (2007) 0 39 commodities viene aumentando con el paso de los años. 

Para sobrevivir en estos tiempos de crisis, que ya nuevos no son ni para el mundo ni para la República Dominicana, existen frentes a los que el país debe terminar de hacerles frente. Nos limitamos a tres que consideramos de importancia prioritaria: 1. El sector energético, principal demandante de combustibles del país, debe reflejar más certeramente la situación económica. Por ejemplo, no se explica cómo el petróleo puede aumentar más del cien por ciento en menos de un año mientas que las tarifas del servicio eléctrico se mantienen básicamente congeladas. 2. El sector agrícola debe tecnificarse más y mejor. 

En 14 años, los bienes de capital que la República Dominicana ha importado para explotación y tecnificación agrícola no superan, en total, los 750 millones de dólares. Este país, en menos de nueve meses, hace importaciones de insumos agrícolas, comestibles y alimentos terminados de más de 800 millones de dólares. Durante los últimos 14 años, esas importaciones ascendieron a 8,900 millones de dólares. 3. Hasta tanto no se enfrenten, con el tiempo, los dos retos anteriormente señalados, el país debe seguir profundizando y ampliando la “red de protección social” y su política de subsidios lo más focalizados que sea posible para paliar el impacto del aumento de los bienes básicos en los hogares más pobres. Cierro este comentario con una de las citas más previsoras que encontré mientras preparaba este artículo: “En países de bajos ingresos, los aumentos de los precios internacionales de los alimentos llevan a un deterioro significativo de las instituciones democráticas y a un aumento significativo de la incidencia de huelgas antigobierno, motines y conflicto civil”. 

La cita corresponde a un grupo de economistas australianos que en enero de este año escribieron un monográfico con el título “Precios de alimentos, conflicto y cambio democrático” en el que estudiaron estas variables en 120 países durante los últimos 40 años. Maslow no se equivocó. El orden político, sea democrático o dictatorial, para un pueblo con hambre, ni satisface ni sabe a nada. Ben Alí, en Túnez, y Mubarak, en Egipto, olvidaron esa lección.

Bibliografía 

Arezki, Rabah y Markus Bruckner, Food Prices, Conflict, and Democratic Change [Precios de alimentos, conflicto y cambio democrático], Universidad de Adelaide, enero de 2011. Banco Central de la República Dominicana: varias estadísticas económicas. Banco Mundial, Vulnerability to Food Price in Latin American Countries, 2011, febrero de 2011. Brown, Lester R., “Why Ethanol Production Will Drive World Food Prices Even Higher in 2008”, Earth Policy Institute, enero de 2008. Business Week, “Food vs. Fuel”, febrero de 2007. Commodities Now, “High Food Prices May Be Necessary Evil”, enero de 2010. Congressional Budget Office, “The Impact of Ethanol Use on Food Prices and Greenhouse Gas Emissions”, abril de 2009.

Credit Suisse Research Institute, Emerging Consumer Survey 2011, enero de 2011. Fondo Monetario Internacional, World Economic Outlook, enero de 2010. Lowrey, Annie, “Protesting on an Empty Stomach”, en Slate, enero de 2011. Mouawad, Jad, “The Big Thirst”, en The New York Times, abril de 2008. Searchinger, Tim, “How Biofuels Contribute to the Food Crisis”, en The Washington Post, febrero de 2011. United States Department Of Agriculture, Food Security Assessment, Economic Research Services, julio de 2010. Walsh, Bryan, “Why Biofuels Help Push Up World Food Prices”, en Time Magazine, febrero de 2011.


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