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El peligro comunista en la Revolución de Abril: ¿mito o realidad?

por Bernardo Vega
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La intervención militar de Estados Unidos en Santo Domingo en abril de 1965 tuvo el propósito, según el Gobierno de Lyndon B. Johnson, de impedir que los comunistas dominicanos tomaran el poder. Los marines que desembarcaron para impedir el triunfo de los constitucionalistas que reclamaban la vuelta al poder del presidente Juan Bosch, derrocado en septiembre de 1963, forjaron un cordón de seguridad que mantuvo a los rebeldes en una franja estrecha de varias cuadras que impidió el avance de la revolución. Pronto, la invasión de los marines fue justificada con la creación, de parte de la OEA, de la Fuerza Interamericana de Paz (FIP), que estuvo formada mayoritariamente por soldados estadounidenses con un respaldo de pocos batallones militares de Brasil, Paraguay, Costa Rica y otros países de América. Pero, en verdad, ¿estuvo la Revolución de Abril de 1965 dirigida y manejada por grupos comunistas? Este es el motivo central de este texto de Bernardo Vega, análisis que fue desarrollado por el autor en su libro El peligro comunista en la Revolución de Abril: ¿mito o realidad?

La principal razón por la cual los infantes de marina llegaron a Santo Domingo el día 28 de abril, y luego el día siguiente la 82 Brigada Aerotransportada, fue el convencimiento del presidente Lyndon Johnson y de sus principales asesores, incluyendo todo el equipo de su embajada en Santo Domingo, de que la Revolución de Abril había caído bajo el control de grupos comunistas. Otro argumento, planteado por funcionarios de la CIA en Washington, fue que si Bosch retornaba al poder pronto sería controlado por los comunistas, ya que estaría en deuda con ellos por el apoyo que habían dado a la revolución. Una tercera razón fueron los reportes sobre supuestas atrocidades. Como la primera evacuación de norteamericanos había tenido lugar el día 26, esa no fue una razón importante para el envío de tropas el 28 y el 29, aunque esas evacuaciones continuaron después del 28. 

La información recibida por Johnson 

La totalidad de la información que recibió Johnson entre el 24 y el 29 de abril ya está disponible para el investigador y aparece citada en un libro nuestro. La fuente que más enfatizó el peligro y el control por parte de los comunistas fue la CIA, tanto a través de su oficina en Santo Domingo como de los análisis efectuados por sus funcionarios en Washington y remitidos a la Casa Blanca. Tanto así, que casi a medianoche del día 28, tomada ya la decisión de desembarcar a los infantes de marina, el secretario de Estado Thomas Mann le dijo a Johnson que la CIA «estuvo delante de nosotros en esto todo el tiempo. Ellos estaban enviando memorándums prediciendo el desastre si no mandábamos a los infantes de marina». 

La decisión del embajador William Tapley Bennett y de su equipo de pedir la intervención también estuvo influenciada por los reportes que preparaba la estación de la CIA en Santo Domingo. Estos señalaban casi exclusivamente lo que estaban haciendo los comunistas y no lo que hacían otros grupos. Entre el 24 y el 29 los reportes de la CIA mencionaron las actividades de 57 extremistas, 35 de los cuales eran del Partido Socialista Popular (PSP), 11 del Movimiento Revolucionario 14 de junio (1J4), 5 del Movimiento Popular Dominicano (MPD) y 6 sin filiación específica. La CIA no se dedicó a investigar y reportar lo que hacían otros grupos. No citó quiénes eran los oficiales constitucionalistas y cuáles eran sus ideas políticas. Tampoco enfatizó las actuaciones del liderazgo del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), o el papel de los miembros y simpatizantes de ese partido, quienes, al igual que los extremistas, pero en mucho mayor número, luchaban en las calles. 

El testimonio de Bunker 

Ellsworth Bunker vino al país en los primeros días de junio de 1965 como representante personal del presidente Lyndon B. Johnson para dar fin a la guerra civil y lograr la salida de las tropas norteamericanas a través de la creación de un gobierno que sería el de Héctor García Godoy. Bunker saldría del país en junio de 1966, es decir un año después de su llegada. Luego sería embajador en Vietnam. 

En 1983, en su historia oral que se encuentra en la Biblioteca Lyndon B. Johnson, dice: «Creo que el presidente Johnson reaccionó a los mensajes que le llegaron de nuestro embajador Tapley Bennett, quien francamente creo que sobreestimó la fuerza de la naturaleza comunista de la oposición. No creo que nada fuese comunista. Fueron los militares y la oposición de clases a la junta militar y el manejo arbitrario de la junta. Creo que cuando finalmente pusimos al FBI y a la CIA a analizar el elemento comunista en la revuelta, este era muy pequeño. Creo que identificaban a sesenta y cinco comunistas en la República Dominicana… Los reportes que estábamos recibiendo de nuestro embajador quien yo creo se sobreexcitó en cuanto a la situación». Cuando se le preguntó si pasó a Johnson o al Departamento de Estado su percepción sobre lo exagerado del papel de los elementos comunistas, su reacción fue: «No tenía que hacerlo, ya que esa investigación mostró que tan solo había una cantidad pequeña de ellos. Eso no vino de mí, sino de la CIA y del FBI. Realmente, el elemento comunista en la República Dominicana no era un asunto serio. La pregunta principal era quién tenía el poder y sobre alguna diferencia en filosofía. La gente de Francis Caamaño era obviamente el grupo más liberal. La junta, los militares, eran los más conservadores. Pero era un asunto de liberales y conservadores, no un asunto de comunistas y demócratas».

Cuando se le recordó que en su autobiografía The Vantage Point Johnson había declarado que la intervención evitó otro Castro, u otra Cuba, opinó: «No creo que hubiese ocurrido. No creo que reunimos suficientes evidencias de que hubiese suficientes elementos comunistas en la República Dominicana». Respondiendo a otra pregunta, dijo que «nunca se tuvieron evidencias de un involucramiento cubano en la revuelta».

El testimonio de Penna Marinho

La misión de la OEA que encabezó Bunker también estuvo conformada por el embajador brasileño Ilmar Penna Marinho. Cuando fue entrevistado por un periódico dominicano en enero de 1966 sobre si el comunismo incrementaría sus fuerzas si Bosch ganaba las elecciones de junio, su respuesta fue: «No veo esta posibilidad. Santo Domingo no es ni será comunista y no existe ninguna base sobre la cual se pueda desarrollar ahora, el comunismo es una fantasía en este país». Penna Marinho representaba al Gobierno de Humberto Castelo Blanco, militar de extrema derecha. 

Cuando se le preguntó si el comunismo había sido un fantasma durante los días de la revolución contestó: «La revolución de Caamaño fue un movimiento de tipo popular. De que un número de comunistas considerara beneficiarse de ella, como es su costumbre, es algo natural y lógico, pero no significa que existe una verdadera amenaza de la extrema izquierda».

El testimonio personal

Tengo una experiencia personal sobre este asunto. Siendo embajador dominicano en Washington en el año 1999, informé a funcionarios norteamericanos que viajaría a Austin, a la Biblioteca Lyndon B. Johnson, para recabar material para un libro sobre la intervención militar de 1965. Enterados del asunto, directivos de dicha biblioteca me invitaron a dar allí una conferencia que trató sobre, para mí, el falso peligro comunista durante la guerra civil. La hija del presidente Johnson y varios de los cercanos colaboradores de su gobierno me invitaron luego a cenar y me explicaron que, aunque yo sabría mucho sobre política dominicana y sobre la guerra civil de 1965, no entendía que fueron factores ligados íntimamente a la política interna norteamericana los que determinaron la orden del presidente Johnson de enviar tropas a Santo Domingo. Me recordaron que durante el Gobierno de Kennedy el vicepresidente Johnson no jugaba ningún papel importante, tanto así que se hizo popular el comentario que Kennedy le hizo a Johnson cuando coincidieron en un ascensor en la Casa Blanca: «Lyndon, por fin juntos». El vicepresidente no fue informado ni jugó ningún papel en la debacle de la invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón, en Cuba. Cuando siendo ya presidente fue informado en 1965 sobre una revuelta en una isla cercana a Cuba, pero donde la principal base aérea y el grueso de los militares no apoyaban la revuelta, encontró la oportunidad para organizar una segunda expedición norteamericana al Caribe, pero esta con todas las posibilidades de tener mucho éxito y pocos muertos norteamericanos. Para justificar esa tesis me explicaron que prácticamente el único que criticó dicha intervención entre los políticos importantes norteamericanos fue el senador Robert Kennedy, hermano del difunto presidente, pues se daba cuenta de que con esa decisión de enviar tropas a Santo Domingo Johnson quería hacer una comparación entre los resultados de las dos intervenciones caribeñas.

El historiador militar norteamericano Herbert W. Schoonmaker en 1990 planteó: «Lowenthal concluye: aunque hubo incidentes de violencia durante esos días turbulentos, incluyendo choques entre civiles y policías, parecen haber sido similares a los fenómenos experimentados durante las explosiones urbanas sufridas en Estados Unidos en la década de 1960. A pesar de los intensos esfuerzos de oficiales norteamericanos por encontrar evidencia que sustanciase los alegados hechos en ese entonces, no parece haber indicios creíbles de ejecuciones políticas y ni siquiera de actos planeados o premeditados de violencia ocurridos en Santo Domingo durante los primeros días de la crisis de 1965. En visión retrospectiva, parece posible que cometieran más atrocidades las fuerzas antirrebeldes después de la intervención». 

El sesgo de la CIA 

El gran sesgo en la información que suministró la CIA se debió a que se dedicó a analizar casi exclusivamente el papel de los comunistas y no el de los líderes militares de la revolución, quienes en todo momento mantuvieron el control militar y político del movimiento. Dado el ambiente de guerra fría, la CIA seguía los pasos a los comunistas, y sus archivos tal vez no contaban con información sobre los oficiales militares dominicanos, ni sobre miembros de bajo nivel del PRD. Los tres agregados militares norteamericanos debieron haber reportado quiénes eran esos oficiales, dónde habían estudiado y qué ideas políticas sustentaban. Si lo hicieron, esa información no llegó ni a la Casa Blanca ni al Departamento de Estado. La prensa dominicana de los días 25 a l 28 d iariamente identificaba a los líderes militares de la revolución, por lo que la Embajada no podía alegar desconocimiento sobre quiénes eran. Además, varios de los principales estuvieron en contacto con los agregados militares y políticos de dicha Embajada y hasta estuvieron con el propio Bennett la tarde del día 27. Cuando la noche del 29 Bennett recibió copia de un manifiesto de los coroneles, reportó que dos de los «civiles» firmantes (realmente todos eran militares) «estaban ligados a la extrema izquierda» y «como se sabe poco sobre algunos de los otros firmantes, esto puede subestimar aún más el grado de participación extremista la mayoría de los firmantes habían estudiado en Estados Unidos, dos de ellos en la célebre Escuela de las Américas, ubicada en el Canal de Panamá, y Caamaño había sido citado días antes en un reporte de la propia Embajada como «fuertemente anticastrista». Había estudiado en Coronado, California, y en Quantico, Virginia. Uno de los lugartenientes del coronel Montes Arache, jefe de los llamados hombres rana, Ilio Capozi, había sido oficial fascista italiano y otro, André Riviere, era un mercenario profesional francés con un largo historial profascista. 

Todos los izquierdistas entrevistados por nosotros, así como la literatura publicada hasta la fecha por diferentes autores, sostienen que los líderes militares y sus soldados mantuvieron el control del movimiento hasta el día 29. Roberto Cassá estima que solo un 16 % de los soldados siguieron luchando después del 28 de abril. El general Bruce Palmer estima que unos mil quinientos soldados y oficiales del Ejército se rebelaron. También lo hicieron los hombres rana de la Marina. En aquella época la totalidad de las Fuerzas Armadas no pasaba de veinte mil soldados, unos doce mil en el Ejército, entre tres mil y cuatro mil en la Marina y entre tres mil y cuatro mil en la Fuerza Aérea. Eso significa que, usando el dato del general Bruce Palmer, un 12 % del Ejército se rebeló. Ese número de oficiales y soldados excede en mucho la famosa lista de 89 comunistas entregada a la prensa por la Embajada norteamericana la noche del 29. Sin embargo, la lista de oficiales constitucionalistas asciende a 362; la de las tropas, a unos 353. Numéricamente, pues, las tropas constitucionalistas excedían por mucho a los izquierdistas, muy pocos de los cuales realmente habían recibido entrenamiento militar, ya fuera en el país o en el extranjero. 

De los 362 oficiales constitucionalistas tan solo Francis Caamaño luego se radicalizaría políticamente, y lo haría desde el exilio y ante la imposibilidad de poder reincorporarse a las Fuerzas Armadas, pues Balaguer se la negó. 

El profesor Peter Felten en 1995 fue de la opinión que la reacción norteamericana a la revolución se concentró en preocupaciones inherentes a la Guerra Fría. La Embajada y la CIA tan solo analizaban a los miembros de los tres pequeños partidos comunistas, «haciendo poco caso al liderazgo militar y civil de los rebeldes». El fracaso de la Embajada en desarrollar contactos con los constitucionalistas y el «prejuicio institucional en el proceso de recabar datos de inteligencia» perjudicaron a la Casa Blanca cuando la crisis le impactó. Agrega: «los diseñadores de política contaban con poca información en cuanto a los motivos y objetivos del liderazgo rebelde. Imbuidos por el temor a una segunda Cuba, los funcionarios norteamericanos, tanto en Santo Domingo como en Washington, enfatizaron las evidencias de las izquierdas en los datos de inteligencia que recibían los que, a su vez, habían provenido de fuentes que enfocaban el comunismo. Se estableció un ciclo que se autorreforzaba. Los comunistas dominicanos ciertamente habían hecho esfuerzos por tomar ventaja de la caótica situación, pero eran un grupo tan pequeño y dividido que estaba muy lejos de tener la influencia que se les atribuía. Reflejando una mentalidad de guerra fría y con información inadecuada, Washington comenzó a trabajar con el propósito de evitar una “segunda Cuba” dentro de las primeras 24 horas desde el inicio de la revuelta. Para la Casa Blanca, eso implicaba apoyar a los militares leales contra los rebeldes constitucionalistas». 

Otro ciclo que todavía se autorrefuerza tiene que ver con las publicaciones en la República Dominicana sobre la guerra civil, ya que la gran mayoría de los libros, folletos y artículos han sido redactados por miembros del PSP y el 1J4 que participaron en la lucha. Por eso, para el lector dominicano de hoy día, sobre todo el lector joven, las izquierdas jugaron un papel en la revolución mucho mayor que el que en la realidad desempeñaron. El PRD, por su lado, se ha abstenido de hacer publicaciones que enfaticen su verdadera participación. Los oficiales constitucionalistas han escrito poco y los wessinistas menos aún. 

La debilidad de las fuentes de la CIA 

La información sobre lo que hacían los 56 extremistas entre el 25 y el 29 de abril provino de dominicanos infiltrados en esos partidos. La CIA no tenía funcionarios suyos en la Zona Colonial, ni la visitaban. Charles Roberts asegura que se recibía información «de fuentes tan bien informadas que su divulgación hubiese resultado en la muerte súbita de los delatores». Como resultado de las entrevistas efectuadas por nosotros a catorce miembros de esos tres partidos, mucha de la información pasada a la CIA y reportada por esta resultó ser falsa, distorsionada o poco relevante. Ningún funcionario o empleado de la Embajada norteamericana se trasladó a la Zona Colonial para desde allí reportar sobre lo que estaba pasando, a diferencia del vicecónsul inglés, quien sí fue allí y pasó información importante y confiable a los norteamericanos y no enfatizó un peligro comunista. La mayoría de los miembros del PSP y el 1J4 entrevistados por nosotros citaron los nombres de dos dominicanos que informaron a la CIA sobre sus respectivas actividades en esos días, ya que análisis posteriores internos los identificaron. 

Los del MPD no pudieron identificar a la persona, aunque en uno de los reportes aquí citado se menciona su nombre. Parece ser que el PSP fue mucho más infiltrado que el 1J4, pues la CIA envió muchos más reportes sobre el PSP, a pesar de que el 1J4 era un partido con mayor membresía. Sin embargo, toda la información sobre la gente del PSP provino de unas cuantas cuadras de la Zona Colonial, cercana al Hospital Padre Billini, lo que indica que la fuente no se movía de allí. 

Otra fuente de información para la CIA lo eran los oficiales de San Isidro y el contralmirante Cortiñas, exoficial de seguridad en la época de Trujillo, quien pasaba información totalmente falsa sobre el involucramiento de Cuba en la revolución. Los cubanos anticastristas del buque Venus en el río Ozama también se inventaron atrocidades supuestamente cometidas por los constitucionalistas. Cubanos anticastristas ubicados en Puerto Rico y Miami también suplieron información distorsionada. 

Una prueba de la pobreza de la información llegada a la CIA es que esta no captó las actividades más importantes de los izquierdistas con relación a Caamaño y su grupo de oficiales, como lo fue la reunión entre comunistas y oficiales constitucionalistas y la preparación de un manifiesto que saldría el día 29 de abril, así como la solicitud de ayuda de Caamaño para que cooperaran en un esfuerzo militar. Para la CIA hubiese sido una información muy importante el hecho de que los comunistas del PSP redactaron el texto del manifiesto de los oficiales constitucionalistas. Tampoco reportó la salida de Manolo González por televisión. 

De los 56 comunistas citados por la CIA entre el 24 y el 29 de abril, y que aparecen como activos en la revolución, 21 no estuvieron en la famosa lista entregada a la prensa la noche del 29. Tampoco citaron a varios extremistas que la propia CIA había reportado en octubre de 1964 que habían regresado al país y que sí lucharon en esos primeros días. Lo exagerado sobre la supuesta experiencia militar de Manolo (el Gallego) González es otro ejemplo. Varios de los que citaron como entrenados fuera del país en asuntos militares resulta que no recibieron ese entrenamiento. 

Otra de las grandes debilidades de la CIA fue no haber conocido con suficiente detalle los preparativos del golpe contra el Triunvirato, así como los objetivos del mismo. Luego, exageró la noción de que Bosch era débil con los comunistas. La CIA también desconocía cuál era la verdadera actitud del PSP, el 1J4 y el MPD con relación al retorno de Bosch al poder y a su persona en sí. Por supuesto, el considerar que ya el día 27 los izquierdistas —y no los soldados constitucionalistas— controlaban la revuelta fue el error principal. 

Jerome Slater, en 1976, por su lado, comentó: «un dirigente político clave dominicano, quien pudo observar algunas de las operaciones de la CIA, expresó que la agencia tendía a aceptar información procediera de donde procediera». 

Agregó que desde la Era de Trujillo los dominicanos mostraban una marcada inclinación a calificar de «comunistas» a todos sus enemigos. A título de ejemplo, citó que la CIA consideraba «peligrosos» a la mitad de los integrantes del gabinete de García Godoy, quienes oscilaban entre moderadamente liberales y conservadores en cuanto a sus opiniones políticas. Muy reveladora es también la anécdota relatada por un rico oligarca, simpatizante de la causa constitucionalista. El primer día de la revolución recibió una llamada telefónica en la cual se le sugería ponerse en contacto con sus amigos y pedirle a cada uno de ellos informar a la Embajada norteamericana que los revolucionarios eran «comunistas». Era el inicio de la célebre cadena telefónica. 

Abraham Lowenthal en 1972 enfatizó: «los funcionarios de Washington —habiendo escogido apoyar a las fuerzas militares antiboschistas en parte por temor a que el movimiento proboschista tuviese conexiones izquierdistas— pedían a la Embajada que reportase cualquier evidencia de tales nexos, reforzando así el enfoque de esta sobre la posibilidad de que los comunistas tomasen el poder». 

Tad Szulc en 1966 escribió: «luce que la mayoría de la información que recibió el Sr. Connett de la Embajada americana —información que servía de base para sus reportes a Washington— llegaba telefónicamente de amigos y conocidos, muchas veces de personas identificadas con el gobierno que acababa de caer; de las transmisiones de los rebeldes y de informantes pagados de la Agencia Central de Inteligencia. El jefe de estación de la CIA, Robert Phillip Terrill y sus cuatro asociados permanentes tenían sus oficinas en un cuarto trasero en la embajada. Fue hacia sus cubículos, comenzando tarde el sábado y continuando todo el domingo, que los informadores pagados de la CIA y otros individuos corrían. Entre ellos había miembros izquierdistas del sindicato portuario y del sindicato de transportación, así como elementos que desafiaban toda descripción». Los reportes de la CIA decían lo que hacían los izquierdistas, pero en ningún momento probaban que controlaban el movimiento. 

Lo que sí es cierto es que la decisión de Johnson de enviar a los infantes de la marina no solo determinó el destino de la guerra civil, sino que, al propiciar el Gobierno de Joaquín Balaguer, afectó el acontecer nacional durante doce años más.