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El vecino de la esperanza

by Magda Mathurin
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Doce de enero de 2010, cuatro de la tarde con 53 minutos. Como una bomba atómica. Más devastadora que la de Hiroshima. La tragedia ha golpeado nuestro país. Más de 200,000 muertos, 400,000 heridos y una cifra mayor de 1,500,000 siniestrados. Llanto, desolación desgarradora, dolor, tinieblas, incertidumbre. Una nueva página oscura de nuestra historia. Pero una lucecita empezó a brillar. La lucecita de la esperanza en la galaxia de la hipocresía norteamericana. La lucecita de la esperanza del vecino. Según nuestra sabiduría popular, en los momentos difíciles se reconocen los verdaderos amigos. Sonrisa y compasión de amigos vecinos. ¡Cuánta emoción! ¡Cuánta hermandad! Una avalancha de generosidad cae días después sobre la mal amada adolorida. 

El amigo verdadero ha demostrado toda la medida de su grandeza y de su conciencia humanitaria. Siempre acusada de xenofobia racista y de discriminaciones injustificadas hacia un pueblo desorientado, desanimado y abandonado por sus hijos. La parte sana de la isla La Española ha cesado las repatriaciones de los compatriotas que han infringido las leyes de su territorio. ¡Qué generosidad más grande jamás manifestada hacia nuestro pueblo por las naciones que siempre nos han sobreexplotado! Mientras que la más grande potencia del mundo, sabiendo que somos todos americanos, reforzó sus aguas contra el éxodo de miles de desafortunados, negros, hambrientos, malditos, a su tierra donde corren “la leche y la miel”. Cinco buques de guerra añadidos, a los ya existentes en su marina, para acorralar a las bestias salvajes que se lanzarían a arriesgarse a las quimeras de una cierta mejor mañana. 

El vecino de la esperanza ha abierto un corredor humanitario a beneficio de nuestras víctimas. Ha movilizado sus recursos humanos, financieros y materiales para aliviar nuestra herida abierta por una catástrofe anunciada. Agua, comida, medicinas, evacuaciones de miles de heridos graves. Mientras tanto, nuestro presidente, René Preval, llora a su primo, a sus amigos e hijos de sus colaboradores del poder; centenares de compatriotas son curados sin un centavo en la tierra tierna de la hermandad, de la generosidad sin medida de una raza modelo. Centenas de supervivientes sanos y salvos han sido evacuados para una estadía, provisional o definitiva, por helicópteros y guaguas gratis para un hálito de alivio. ¡Cuánta generosidad no merecida!  

Todo eso se arriesga a ser capitalizado por los eternos explotadores superpotentes renovados en un capitalismo de nueva versión. Parece ser que una parte de la élite de la nación en quiebra ha visto en esos gestos humanitarios un cierto chovinismo para engañar la vigilancia internacional de supuestas atrocidades pasadas en detrimento de obreros que no podían comer un pan, aún en su propio país. Esta actitud hipócrita, irresponsable e inaceptable debe ser denunciada en nombre de la verdad y de la solidaridad entre pueblos nacidos en el contexto histórico compartiendo lazos culturales similares y que han luchado y sufrido por la libertad, la única y verdadera riqueza del ser humano. 

¡Sorpresas de la vida! 

La generosidad de nuestro vecino no se ha limitado a lo mencionado arriba, se extiende a una ayuda financiera considerable. Dinero del pueblo vecino. Fruto de trabajo duro, organizado y remunerador. ¡Cuántas sorpresas tiene la vida! Una sonrisa aquí, un concierto allá. Todo eso para decirnos que también sufren con nosotros. Muchos, haitianos, extranjeros, quizás dominicanos, verán este texto como una vergüenza por reconocer el gesto dominicano. Dirán que es ¡una traición! A mis compatriotas les diremos que les entiendo. Comprendo también a los asesinos de nuestras esperanzas, de nuestros derechos de vivir en viviendas dignas de seres humanos. A los depredadores de los recursos públicos les objetaré que su orgullo nunca ha servido a la causa común. Los recaudos haitianos jamás son utilizados para la creación de una dinámica de desarrollo al provecho de los intereses generales. ¿Cuántos niños no van a la escuela? Cuántos haitianos viven debajo del umbral de la pobreza? ¿Cuánto dinero gasta el Estado para adquirir carros de lujo? ¿Cuánto gasta en obras para mantener el poder quien no tiene vergüenza? A los extranjeros diremos que Haití necesita una cooperación seria que no financie el desarrollo de países ricos.

La ayuda internacional es un obstáculo para los avances en los países de la periferia. La cooperación debe ser en un marco de progreso mutuo. Los donadores tienen la obligación de soportar proyectos para el crecimiento sostenible y el desarrollo durable en Haití como el pago de la sobreexplotación de sus recursos naturales. En lugar de hacer al vecino responsable de los males de compatriotas en la República Dominicana, la comunidad internacional puede incentivar actividades generadoras de ingresos en provecho de los campesinos que huyen de la miseria hacia la parte este de la isla. A los dominicanos, les recordaré que compartimos iguales realidades culturales e históricas. La herencia del colonialismo sigue pesando sobre nuestras condiciones de vida. Los antepasados históricos no deben obstaculizar la cultura de paz y de hermandad que nos caracteriza. El orden en las cosas públicas y la estabilidad política en la República Dominicana, conseguidos al precio de sacrificios de los intereses individuales, facilitan el progreso social y económico en el país vecino. El trabajo y la disciplina presupuestaria son grandes ejemplos para los haitianos. El desequilibrio en la balanza comercial entre ambos países se traduce en vulnerabilidad de la producción haitiana hecha de manera rudimentaria. Pero, la miseria en Haití no puede convertirse verdaderamente en riqueza en la República Dominicana. Un buen deseo de parte de los dominicanos con respecto a los males de Haití cambia a positiva la conciencia del hombre dominicano, sea dirigente o ciudadano común.

Dar las gracias de manera patética a su benefactor no puede en nada constituir una ocasión para perder su dignidad. La pérdida verdadera de dignidad se traduce por la incapacidad de la élite haitiana, si existe, de satisfacer las necesidades más básicas de su población. La gestión que habremos hecho del terremoto que ha destruido a Haití revelará la esencia, el valor, el genio del hombre haitiano quien proclama su derecho a la vida. Esperando que la humanidad pueda vivir con amor; sin codicia, egoísmo, prejuicios, racismo, armas y la explotación de sus prójimos, tenemos el derecho de manifestar nuestra gratitud por el gran gesto de solidaridad de la República Dominicana hacia Haití al día siguiente del terremoto.

Nota: 

Este texto fue escrito dos semanas después del devastador terremoto que ha costado tanto a Haití en lo social como en lo económico. 


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