Revista GLOBAL

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El lunes 19 de mayo de 1845 dos grandes buques partieron desde Inglaterra rumbo a lo desconocido. A bordo del HMS Terror y el HMS Erebus —los mejores de la Marina Real británica— iban 129 hombres llenos de sueños, ambiciones y esperanzas. Los acompañaban un gato, un perro llamado Neptuno, un mono mascota conocido como Jacko y 3684 galones de licor.

Liderados por sir John Franklin, los impulsaba una obsesión: encontrar el legendario Paso del Noroeste, la ruta que une los océanos Atlántico y Pacífico, en lo que es hoy el Ártico canadiense. Durante generaciones, los exploradores buscaron este pasaje —conocido en los siglos XVI y XVII como estrecho de Anián—, una nueva ruta marítima para conectar comercialmente a Europa con Asia.

En 1817, el Gobierno británico ofreció una recompensa de 20,000 libras esterlinas para quien hallara este camino, lo que incentivó la organización de numerosas expediciones en busca de la gloria. Franklin —un oficial naval condecorado y explorador experimentado de 59 años— aceptó el desafío. Su expedición era ambiciosa. Además de haber sido reforzados para resistir los golpes del hielo del Ártico, ambos buques estaban equipados con los más variados instrumentos científicos, herramientas de navegación, cámaras de daguerrotipo, bibliotecas repletas de relatos de

expediciones polares anteriores, además de una inmensa cantidad de provisiones para alimentar a la tripulación durante tres años: 15 toneladas de carne enlatada, chocolate, galletas, sopa concentrada y vegetales en conserva.

Todo iba según lo planeado. Sin separarse mucho uno del otro, los buques navegaron hacia la costa oeste de Groenlandia y circunnavegaron la Isla Cornwallis, al norte de Canadá. Y entonces, el silencio. Nada más se supo sobre ellos. Misteriosamente, todos aquellos hombres —junto con el gato, el perro y el mono— desaparecieron.

En los años posteriores, hubo más de 30 intentos de encontrar y rescatar a la tripulación. En 1859, una expedición halló una nota escrita a mano por uno de los marineros en la que se indicaba que los barcos habían quedado atrapados en el hielo desde septiembre de 1846 y los habían abandonado en abril de 1848. También mencionaba que habían muerto 24 hombres, incluido Franklin.

Lo que exactamente sucedió después se desconoce. A lo largo de las décadas surgieron otras pistas, incluidos informes de avistamientos y encuentros con nativos inuit que ayudaron a reconstruir fragmentariamente el destino de la tripulación de la expedición. El hallazgo de varios huesos con marcas sugiere que, asolados por el hambre, muchos marineros incurrieron en el canibalismo.

A principios de la década de 1980, el antropólogo canadiense Owen Beattie exhumó tres cuerpos hallados en la isla Beechey. En ellos, encontró niveles muy altos de plomo, lo que lo llevó a sugerir que la soldadura de plomo utilizada para sellar las provisiones enlatadas de la expedición se había filtrado en la comida, ocasionando un deterioro neurológico que podría haber contribuido a la muerte de los hombres. Otros investigadores, sin embargo, creen que probablemente sucumbieron a una combinación de exposición, hambre, escorbuto y tuberculosis.

Recién en el 2014, unos arqueólogos encontraron finalmente el HMS Erebus en el estrecho de Victoria. Dos años más tarde, hallaron al HMS Terror. Ambos parecían estar congelados en el tiempo.

Marte blanco

El pasado puede iluminar el futuro. Pese a haber ocurrido hace más de 150 años, la tragedia de la expedición de Franklin es más relevante que nunca. No solo su misterio alimentó la serie The Terror (2018), sino que las condiciones que derivaron en el desastre sirven para reflexionar sobre la exploración de las fronteras. En el siglo XIX, el límite de lo conocido se situaba en el Ártico (y el Polo Sur). En el siglo XXI, la frontera final es el espacio. En particular, nuestro vecino Marte.

La exploración polar fue el equivalente victoriano de la carrera espacial. Las grandes potencias competían para superarse. Financiaban expediciones a las partes más inhóspitas del mundo con el fin de demostrar su supremacía sobre la naturaleza y, en especial, sobre el resto del mundo. 

Exploradores como Franklin o el noruego Roald Amundsen —quien en 1906 finalmente logró encontrar la ruta del paso del Noroeste— eran tratados como celebridades, de la misma manera que ocurrió con los astronautas en la década de 1960 y principios de los setenta. Al igual que los programas Mercury o Apolo de la NASA, sus misiones también inflaban el orgullo nacionalista Como los polos terrestres, Marte constituye un ambiente extremo. Es un territorio hostil para la vida —como la conocemos, al menos— y desolado. En invierno, las temperaturas arañan los -80 °C y en verano hay tormentas de polvo que agitan el suelo y ocultan el sol durante semanas.

No extraña que la Antártida sea así usada desde el 2005 por las agencias espaciales como entorno de entrenamiento para las futuras misiones al planeta rojo. En el clima frío y seco del desierto polar donde se encuentra la base de investigación Concordia, se estudian los efectos psicológicos y fisiológicos del frío extremo, el aislamiento y la oscuridad.

Mantenida por el Instituto Polar Francés y el programa antártico italiano, esta estación es una de las pocas bases habitadas durante todo el año, como la Base Marambio (Argentina). «Concordia es el lugar de la Tierra que tiene más similitudes con una estación en otro planeta, o un vuelo espacial a largo plazo», dice Carmen Possnig, médica austríaca de 29 años de la Agencia Espacial Europea. «Al igual que los futuros astronautas, estamos completamente aislados del mundo exterior; durante al menos nueve meses, tenemos condiciones de luz inusuales. Somos un equipo de 13 personas. Con amor llamamos a nuestro entorno “Marte Blanco”».

Possnig, por ejemplo, investiga la evolución del sistema inmune de los sujetos o cómo el bajo nivel de oxígeno afecta las facultades intelectuales y las habilidades motoras. «En la Antártida, el medio ambiente es hostil y nuestra supervivencia depende de la tecnología», cuenta el astrobiólogo francés Cyprien Verseux, jefe de la base durante el invierno del 2018. «Hay mucho que no sabemos de la exploración espacial: ¿Las condiciones de vida de los primeros viajes a Marte y las primeras largas estancias en la Luna afectarán. 

Significativamente la capacidad de los astronautas para realizar su trabajo? ¿Serán perjudiciales para su salud física y mental? Si es así, ¿cómo se pueden mitigar estos efectos? Parte de las respuestas provienen de nuestra estancia en Concordia».

Utopía roja

A una distancia de unos 120.7 millones de kilómetros en su punto más próximo, Marte está tentadoramente cerca. Con la tecnología actual, a una nave espacial le tomaría como mínimo unos trescientos días llegar allí.

Nuestro vecino ha capturado la imaginación humana desde hace siglos. Ha sido el depósito de fantasías y proyecciones. En 1870, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli especuló que las regiones oscuras vistas en la superficie marciana a través de observaciones telescópicas parecían ser canales naturales a través de los cuales circulaba agua. «El planeta no es un desierto de rocas áridas», escribió. «Vive».

Otros, como el astrónomo estadounidense Percival Lowell, quisieron ver en ellos sistemas de riego artificial que sugerirían la existencia de una civilización avanzada.

Hace poco más de cien años la idea de que Marte era el hogar de vida extraterrestre se daba por sentado. Para 1910, en la mente de miles, era un planeta cálido, húmedo y habitado. A seis décadas del comienzo de su exploración, cuanto más cerca miramos, más hostil nos parece.

Distorsionado por la imaginación, Marte siempre fue la máxima utopía, la frontera donde se pensaba que hombres y mujeres podían encontrar un nuevo comienzo, una nueva aventura lejos de las preocupaciones de un mundo viejo, corrupto, acabado. A comienzos del siglo XX, los bolcheviques imaginaron levantamientos socialistas triunfando allí, incluso mientras los suyos estaban siendo reprimidos. En su libro Estrella roja (1908), el ruso Alexander Bogdanov soñó con un socialista que viajaba al cuarto planeta del sistema solar, donde encontraba una sociedad con total igualdad de género, un lenguaje en el que no existen «masculino y femenino», vestimenta unisex y máquinas que identifican la voz. Algo similar ocurría en la película muda Aelita (1924), en la que, impulsado por un cohete, un joven viajaba a nuestro vecino planeta para dirigir un levantamiento popular contra el rey.

Marte siempre ha estado cerca. De todos los planetas de nuestro sistema solar, ninguno fue más explorado con la imaginación. Décadas antes de que inundásemos su superficie con robots, escritores como H. G. Wells, Edgar Rice Burroughs, Olaf Stapledon, C. S. Lewis y Ray Bradbury y más recientemente Kim Stanley Robinson lo conquistaron con su imaginación. Nos convencieron de que la colonización marciana era el próximo gran episodio de la expansiva novela de la especie humana. «¿Por qué tantas ansiosas especulaciones y fantasías ardientes sobre los marcianos, en lugar de los saturnianos o plutonianos?», se preguntó alguna vez Carl Sagan.

Fuera de los libros, los primeros pasos fueron dados en la década de 1960 con varios fracasos, como los de las sondas soviéticas Marsnik 1, Marsnik 2, Sputnik 22, Mars 1 y Sputnik 24, y la Mariner 3 de Estados Unidos.

Fue la nave espacial Mariner 4 la que abrió el camino cuando el 14 de julio de 1965 sobrevoló el planeta rojo y envió 21 fotos a la Tierra. No había canales sino un planeta seco, lleno de cráteres. Un mundo triste y desolado.

En 1976, las sondas Viking 1 y Viking 2 se posaron en su superficie y confirmaron las malas noticias: no pudieron demostrar definitivamente la existencia de microbios en la superficie.

Marte, sabemos hoy, tiene la misma edad que la Tierra. No hay ríos, ni lagos ni mares, aunque sí volcanes, pero todos parecen estar muertos. La mayoría de los investigadores piensa que no fue así siempre: hace tres mil millones de años, Marte era notablemente similar a nuestro planeta, cubierto tal vez incluso de océanos enteros.

Hoy su atmósfera es dióxido de carbono casi puro. Un astronauta se congelaría y asfixiaría un minuto o dos después de sacarse el casco. Marte es el único planeta conocido gobernado exclusivamente por robots: los rovers Sojourner, Spirit, Opportunity y Curiosity lo recorren, dejando atrás sus huellas, mientras desde la órbita distintas sondas curiosas desnudan al planeta de sus misterios 

Balas en el espacio 

Nuestra curiosidad sobre el planeta rojo siempre ha estado teñida por la ficción. Libros, series, películas nos preparan culturalmente para el desembarco. Pero en los últimos años algo ha cambiado. Ya no son exclusivamente los hombres y mujeres de letras o guionistas de Hollywood quienes nos ofrecen el menú de fantasías. Tampoco las agencias espaciales como la NASA o la ESA. 

Los nuevos capitanes de la exploración son multimillonarios como Elon Musk o Jeff Bezos, quienes se hacen llamar los «huérfanos de Apolo», un epíteto que pretende transmitir su decepción después de las promesas fallidas tras los primeros alunizajes.

«Apolo fue increíblemente inspirador para todos en todo el mundo, a pesar de que solo un número muy pequeño de personas fueron allí», dijo alguna vez el fundador de SpaceX. «Pero, quiero decir, indirectamente, todos fuimos allí».

Aún no hay colonias en la Luna ni vacaciones en Saturno. Solo hay planes, anuncios grandilocuentes y una carrera espacial movida por el ímpetu de la privatización del espacio.

El 27 de septiembre del 2016, Elon Musk anunció en una conferencia en México la colonización de Marte, no como una emigración movida solo por la curiosidad sino como salida de escape ante la catástrofe climática en ciernes. «Si queremos sobrevivir a un inevitable evento de extinción —dijo—, los humanos tenemos que convertirnos en una civilización espacial y una especie multiplanetaria».

Aún faltan varias décadas, pero las líneas de tiempo día a día se llenan con promesas. Musk ha estimado que la primera ciudad marciana podría estar en funcionamiento para 2050, gracias al desarrollo de su nueva nave llamada Starship, que podría transportar hasta 100 personas comenzando en el 2024.

Los planes expansivos de Musk son ambiciosos y bien recibidos por los medios: invocan emociones profundas de esperanza y aventura. Pero omiten los mismos problemas obviados por las películas de ciencia ficción: los efectos del espacio en el cuerpo y la mente de los futuros exploradores.

Con la tecnología de propulsión actual, el viaje de ida a Marte podría durar diez meses, tiempo durante el cual los astronautas sin duda estarían expuestos a un peligro invisible: la radiación. Ratones expuestos durante seis meses a los niveles de radiación prevalentes en el espacio interplanetario mostraron serios problemas de memoria y aprendizaje. También se volvieron más ansiosos y temerosos, según un estudio realizado por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de California, Irvine.

Un astronauta en una misión a Marte podría recibir dosis de radiación hasta 700 veces más altas que en nuestro planeta, donde el campo magnético y la atmósfera nos protegen del bombardeo constante de los rayos cósmicos, partículas energéticas que viajan cerca de la velocidad de la luz y penetran en el cuerpo humano. Sin este escudo, podrían impactar como pequeñas balas en los primeros exploradores marcianos.

Investigaciones realizadas por la Agencia Espacial Europea muestran que la radiación cósmica podría aumentar los riesgos de cáncer durante las misiones de larga duración. El daño al cuerpo humano se extendería al cerebro, el corazón y el sistema nervioso central, además de disparar enfermedades degenerativas. Marte no tiene su propio campo magnético y su atmósfera proporciona poco refugio contra esta amenaza.

«El verdadero problema es la gran incertidumbre que rodea los riesgos. No entendemos muy bien la radiación espacial y se desconocen los efectos duraderos», explica el físico Marco Durante, que estudia la radiación cósmica en la Tierra. «Con la tecnología actual, no podemos ir a Marte debido a la radiación. Sería imposible alcanzar límites de dosis aceptables».

En busca del destino

Ya sea el legendario paso del Noroeste en el Ártico o Marte, las fronteras atraen porque están allí para ser exploradas. Sin embargo, la falta de buenos liderazgos, la incapacidad de adaptarse a ambientes hostiles y la propia naturaleza humana conflictiva, como demostró el fracaso de la misión de Franklin en el siglo XIX, pueden conducir al desastre.

En el 2017, el presidente estadounidense Donald Trump le pidió a la NASA que lanzara una misión humana a Marte para 2033. El director general de la Agencia Espacial Europea, Jan Wörner, cree que tales objetivos son prematuros. «Las personas que sueñan con ir a Marte en las próximas décadas no piensan en el peligro. Suponen que es solo otro motor, solo un sistema de propulsión, y luego estamos allí», dijo. «Se necesitan unos dos años para ir y volver de Marte, dos años en un ambiente hostil con toda la radiación.

Hasta ahora, no tenemos naves espaciales donde los humanos puedan sobrevivir».

Mientras Elon Musk y sus seguidores ven la colonización marciana como un camino lleno de esperanzas, otros investigadores la ven como una posible catástrofe: sin saberlo, los primeros humanos en pisar la superficie de Marte podrían contaminar otro mundo.

«Los colonos humanos producirán desechos, tratarán de cultivar alimentos y usarán máquinas para extraer agua del suelo y la atmósfera. Simplemente viviendo en Marte, los colonos humanos contaminarán Marte», indica el astrónomo David Weintraub, autor de Life on Mars: What to Know Before We Go. «¿Por qué estamos colectivamente dispuestos a pasar por alto el riesgo para la vida marciana de la exploración humana y la colonización del planeta rojo?».

La posible propagación de microorganismos terrestres, así, complicaría la búsqueda de vida en Marte. Astrobiólogos españoles como Alberto G. Fairén y Víctor Parro animan a acelerar los intentos de hallar compuestos orgánicos en el planeta rojo —que constituiría uno de los mayores descubrimientos en la historia humana— antes de que los humanos pongan el pie por primera vez en su superficie y la contaminen de manera irremediable. Hay que recordar la historia, dice Fairén: «Los europeos trajeron la viruela al Nuevo Mundo y se llevaron a casa la sífilis».

Hasta ahora las agencias espaciales han priorizado la prevención de la contaminación al ensamblar las sondas espaciales a través de protocolos de protección planetaria. Pero, con la llegada de colonos, sería casi imposible controlar la diseminación de microbios terrestres. Como dijo alguna vez Carl Sagan: «Si hay vida en Marte, creo que no deberíamos hacer nada con Marte. Marte pertenece a los marcianos, incluso si los marcianos son solo microbios».

La oposición también se dirime en el campo del lenguaje. «En la comunidad planetaria, desaconsejamos el uso del verbo “colonizar”. Preferimos “asentarnos”», dijo recientemente el ingeniero mecánico Bill Nye en el Congreso Internacional de Astronáutica en Washington. «La colonización ha tenido una mala reputación».

Lo mismo con el concepto de frontera. Como recuerda la antropóloga canadiense Elisabeth Furniss, el mito de la frontera moldeó la historia, el discurso y la política de Norteamérica. «América del Norte se presentó como un desierto vacío y desocupado donde la tierra era libre para tomar y los recursos eran abundantes. La historia es vista como un proceso de recesión continua de la frontera a medida que el asentamiento europeo avanzó hacia el oeste. El encuentro entre la civilización y el desierto, el hombre y la naturaleza, y los blancos e indios se resolvió siempre mediante la dominación y la conquista. En última instancia, los colonos resurgen de la experiencia fronteriza transformados y defienden los valores de la autosuficiencia, la democracia, la competencia y la libertad que definen las identidades y los ideales culturales estadounidenses hasta el día de hoy».

Además de los peligros de la radiación y las posibilidades de la contaminación biológica, los futuros exploradores marcianos deberán aprender de la historia. Nuestro historial de misiones completadas a Marte es pésimo. Solo un tercio han tenido éxito. Pese a tantos factores en contra, la exploración marciana día a día se vuelve una obsesión. Su combustible es la esperanza, así como la convicción de que el destino de la humanidad está entre las estrellas. «Nos aventuraremos en el espacio exterior y empezaremos a habitarlo», asegura el biólogo belga Angelo Vermeulen. «No tengo duda al respecto. El proceso puede demorar 50 años o 500 años, pero, no obstante, va a suceder».


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