Revista GLOBAL

Feminicidio: violencia que marca generaciones. La violencia de género como legado que permea la memoria colectiva

por Soraya Lara
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La violencia contra la mujer ha sido normalizada durante milenios por distintas culturas, condicionándola a la subordinación frente a la pareja dominante que ejerce poder y control, incluso hasta llegar a la violencia extrema y el feminicidio. Por ello, su abordaje amerita una visión ecológica que favorezca una intervención integral de la familia, la sociedad y las instituciones, que garantice tanto la protección de las víctimas como cambios significativos en los sesgos culturales acerca de la mujer y el uso de la violencia.

El feminicidio no solo constituye la expresión extrema de la violencia de género, sino que deja huellas que atraviesan generaciones. El miedo heredado condiciona la vida de las mujeres y revela cómo la violencia estructural y simbólica se perpetúa en la memoria colectiva, por lo que es necesario convocar un análisis profundo en la sociedad dominicana e implementar acciones transformadoras.

El feminicidio no solo pone fin a la vida de la mujer, sino que también deja huellas profundas de dolor, sufrimiento y trauma en los hijos, los familiares y las personas que integraban su red de apoyo.

El terror se extiende a otras mujeres afectadas por un historial de violencia y maltratos a través de generaciones permeadas por el miedo, el silencio y la percepción de sentirse en riesgo o peligro inminente. Este legado doloroso interpela a la sociedad a reclamar justicia, reparación y compromiso real para erradicar la violencia de género.

Antecede al feminicidio todo un historial de miedos, coacción, control, privación de la autonomía, aislamiento del entorno social, laboral y familiar, así como la humillación, desvalorización, amenazas, violencia física crónica, abuso psicológico, sexual y económico patrimonial, con el agravante de comportamientos celotípicos de la pareja perpetradora.

La normalización, la justificación, la minimización, la culpabilización de la víctima, que sufre como si ella fuera la provocadora de la violencia que padece, y la liberación de la responsabilidad al agresor son distorsiones cognitivas o ideas erróneas que la perpetúan y reducen las posibilidades de que ocurran cambios en el imaginario colectivo en la sociedad.

El estudio realizado por Lara-Caba, Echeburúa, Pérez y Amor (2022) titulado «Pensamientos distorsionados acerca de la mujer y el uso de la violencia en la población dominicana», publicado en la revista Ciencia y Sociedad, concluyó que «la población dominicana presentó distorsiones cognitivas acerca de la mujer y el uso de la violencia, lo que supone un sesgo cultural de género». Los autores plantearon que «analizar las distorsiones cognitivas puede ser de utilidad en campañas publicitarias de prevención y concienciación sobre la violencia contra la pareja».

En 2018, el Patronato de Ayuda a Casos de Mujeres Maltratadas (Pacam) y la Universidad Acción Pro Educación y Cultura (Unapec) llevaron a cabo el estudio con denunciantes y denunciados en las fiscalías del Distrito Nacional y Santo Domingo Este, incluyendo a los privados de libertad y los que se encontraban en el proceso de intervención psicológica en el Centro Conductual para Hombres.

Se concluyó que tanto los denunciados como los denunciantes presentaron distorsiones cognitivas que condujeron a la mininización de la violencia contra la mujer como problema, la liberación de culpa del agresor y la culpabilidad de las víctimas.

Ambos estudios realizados en la República Dominicana evidencian la presencia de sesgos cognitivos, creencias erróneas y actitudes que deben ser tomados en consideración en las políticas públicas enfocadas en la prevención, concienciación y la toma de decisiones.

De igual manera, el inventario aplicado debería ser incluido en los programas de atención psicológica para evaluar si con el programa de intervención se comprueba la disminución de los sesgos cognitivos. Las capacitaciones han demostrado un impacto significativo en la reducción de las ideas erróneas sobre la violencia y la mujer. En el marco de sus programas formativos, el Pacam llevó a cabo un análisis que incluyó la aplicación de un pretest y un postesta más de cuatrocientos participantes. Los resultados evidenciaron la eficacia de las capacitaciones: siete de cada diez participantes disminuyeron sus sesgos. Este hallazgo subraya la importancia de incorporar capacitaciones, sesiones psicoeducativas y campañas de sensibilización dirigidas a la población general, con el propósito de generar un impacto sostenido en la transformación de creencias y actitudes.

Estos datos corrresponden a un macrosistema en el que la cultura y la idiosincrasia de una nación están sesgados por las distorsiones cognitivas, que si no se modifican, ocasionarán que la violencia siga su curso de perpetuación cultural, sesgos que permean a la familia, los hijos, las academias, las instituciones y los sectores público y privado.

Por otro lado, tenemos que considerar a la familia como contexto de socialización primaria, que puede ser también escenario de aprendizaje de la violencia. Los niños y las niñas expuestos o, en el peor de los casos, receptores de maltratos corren mayor riesgo de ser potenciales agresores y víctimas (Echeburúa, 2004). La exposición recurrente a la violencia conlleva una desensibilización y, en consecuencia, la no detección de ella ni de las emociones implicadas en la vida adulta. Estos niños también experimentan ansiedad, temores, somatizaciones y traumas, aprenden a normalizar la violencia, fallan sus frenos sociales, no reconocen los límites y les cuesta aceptar el no. Estos menores pueden incluso ser más violentos que sus propios padres cuando alcazan la adultez.

El doctor Eduardo Calixto (2024) plantea que, durante el período de formación y conexión de la amígdala cerebral en la infancia, sobre todo entre los siete y catorce años, se puede producir una errónea conexión, que hace a la persona proclive a la violencia. Se establece una percepción errónea de las emociones o que cambie su sensibilidad ante posibles peligros o riesgos. Asimismo, se hace una lectura equivocada de la violencia que conduce a normalizarla y mostrar baja empatía. Los niños que vivan en un ambiente pobre afectivamente, donde los maltraten y les hablen mal, no tendrán buenas conexiones neuronales. El doctor Calixto le llama a este proceso plasticidad neuronal negativa.

La ciencia nos muestra cómo la vulnerabilidad aparece a tan temprana edad para ambos géneros, por lo que es necesario levantar el historial de la victimización sufrida en la infancia. La construcción de la vulnerabilidad se inicia a temprana edad. Se puede observar en una muestra de más de trescientas mujeres que buscaron asistencia psicológica en el Pacam, que fueron maltratadas a través de modelos disciplinarios violentos, descalificantes y de abuso sexual. De 232 mujeres, el 97.8 % indicó que las corregían con correas; otros porcentajes importantes refirieron el uso de chancletas, de golpes con las manos, palos o varas; empujones, zarandeos o jamaqueos. Los maltratos verbales más recurrentes fueron los boches, las humillaciones, los insultos y las malas palabras. Con relación al abuso sexual, de 310 mujeres, el 43.2 % señaló que fue manoseada en contra de su voluntad, el 32.4 % por una persona conocida, el 31.7 % por un pariente y el 16.5 % por un amigo de la familia. Por otro lado, tenemos que de 302 mujeres, el 12.3 % fue obligada al coito o penetración sexual. El 63.2 % fue perpetrado por un conocido, el 21.1 % por un pariente, el 13.2 % por una persona conocida y el 2.6 % por un hermano (Base de datos, Pacam, 2026). Estos datos revelan cómo un entorno que debería ser seguro, de protección y cuidado se convierte en un contexto de riesgo que vulnera su infancia y que las condiciona a la victimización temprana y, por supuesto, evidencia la ecología familiar y social de las mujeres expuestas a la violencia.

De las mujeres que buscaron apoyo emocional durante los últimos años en el Pacam, el 56.9 % reveló que las madres sufrieron violencia. Por otro lado, el 39.1 % reportó que una hermana ha sufrido violencia, y el 18.8 % indicó que un hermano ejercía la violencia con la pareja. Esta realidad nos convoca a pensar cómo en el contexto familiar ocurre el proceso de transmisión generacional de la violencia. Primero, los padres como actores de la violencia victimario-víctima. Segundo, los modelos de patrones de resolución de conflictos, disciplina y otros eventos abusivos como el manoseo o coito sexual sin su consentimiento, cometidos en el entorno familiar y por personas de confianza, en su mayoría, convirtieron en vulnerables a las menores. Tercero, el entorno de la familia extendida, personas conocidas y hermanos cuyos deseos y comportamientos sexuales distorsionados se expresaron para la satisfacción sexual personal, sin considerar el impacto psicoemocional y sexual en ellas. Estos hechos también afectan la experiencia sexual individual y cómo pueden intensificar los síntomas de flashback, hipervigilancia, hiperactivación y conductas de evitación en las mujeres sometidas a estos abusos, en la etapa adulta.

Para comprender el comportamiento del hombre violento y la víctima, es necesario tener una visión más integradora, como la que propone el modelo ecológico de Bronfenbrenner (1987), fundamentado en la ecología del desarrollo humano, que ha sido adaptado para explicar la violencia de género e intrafamiliar y presenta un abordaje que contribuye a la comprensión de ese problema complejo. Este enfoque ha facilitado la comprensión y el análisis desde una visión integradora. El comportamiento, las actitudes y el sistema de creencias de las personas están influenciados por las posturas políticas, ideológicas y culturales cuyo predominio es de carácter patriarcal, con la particularidad de que el poder en la relación de pareja es desigual y asimétrico. Este modelo integra los fenómenos múltiples asociados a la violencia en diferentes niveles de análisis que se interrelacionan.

El ser humano forma parte e interactúa en distintos niveles de sistemas que influyen en su desarrollo y estilo de vida. Amato (2007) se refiere a este modelo ecológico como un sistema compuesto por diferentes subsistemas articulados dinámicamente, que inciden en la concepción de la realidad familiar, social y cultural como un todo en el que el individuo nace y se desarrolla en un ambiente donde existen simultáneamente diferentes factores y contextos para su adaptación. Los distintos sistemas se influencian recíprocamente y se modifican con base en la interacción. Quinteros y Carbajosa (2008) señalan que «El modelo ecológico busca ser una perspectiva integradora de los aspectos culturales, sociales, familiares e individuales que influyen en la aparición de la conducta violenta».

La familia como núcleo central de la sociedad y contexto primario en la socialización de los hijos conforma uno de los subsistemas de la ecología humana (microsistema). Es el escenario en el que confluyen diferentes miembros y que operan en diferentes niveles de participación social, cultural, política, académica y religiosa que impactan en la diferenciación, la madurez emocional y el desarrollo intelectual, por lo que debemos observar los planteamientos que analizan a la familia desde diferentes marcos teóricos.

En este artículo me referiré al doctor Murray Bowen, quien desarrolló la teoría de terapia familiar sistémica sustentada en la evolución humana. Plantea que el ser humano posee diferentes niveles de funcionamiento. Primero, el instintivo, automático, inconsciente y primitivo; segundo, el emocional, que se hace consciente a través de representaciones mentales, y tercero, el cognitivo o intelectual, el mundo de la razón, la creatividad y las ideas, control sobre sí mismo, capacidad de toma de decisión y juicio crítico. Establece que todas estas funciones han sido claves para la adaptación de la especie y para el buen funcionamiento biológico, psicológico y social (Damasio, 2022).

En su marco teórico sustenta que el funcionamiento interpersonal ocurre entre dos fases vitales, la de vinculación y la de autonomía (Bowen, 1995). Sostiene que la diferención del Self (Yo) es la capacidad para la autorregulación emocional que se expresa en niveles o grados, se observa en la forma adaptativa de la vinculación y la autonomía, y es capaz de equilibar el funcionamiento emocional e intelectual. ¿Por qué considerar ese marco teórico en este artículo? Porque dentro de la escala de diferenciación del Self, que oscila entre un bajo y alto nivel de diferenciación, las personas pueden ser más o menos reactivas de acuerdo con el nivel de madurez en el que se encuentran. A menor nivel de madurez emocional, más reactivas, conflictivas, volubles y proclives a sostener relaciones fusionadas emocionalmente con las parejas. Mientras que las personas que se encuentran en un nivel de diferenciación más alto tienden a mostrar un yo estable, tolerar cierto nivel de estrés y mantener una posición menos fusionada, más autónoma y flexible.

De acuerdo a esta teoría, en la familia que opera en un bajo nivel de diferenciación o madurez, los miembros son más sensibles a cualquier alteración del equilibrio entre la vinculación y la autonomía. En el caso de la pareja, opera igual, ante la necesidad de fusión, temor al abandono real o imaginario, se reactiva la ansiedad emocional y la mujer evita el conflicto para mantener la paz y sacrifica su autonomía, plegándose a las necesidades del otro para evitar tensiones.

La teoría plantea que las parejas pueden funcionar en una relación complementaria simétrica (igual poder) o asimétrica (dominio-sumisión). En los casos de violencia de la pareja íntima opera un nivel de asimetría en el que, generalmente, el hombre asume la posición de poder y dominio, mientras que la mujer es condicionada a una posición de sumisión, rol que conlleva un nivel de disfunción emocional, psicológico y físico. Numerosos estudios han evidenciado que la mujer víctima de violencia presenta síntomas como la depresión, la ansiedad, el trastorno de estrés postraumático, somatizaciones e ideación suicida.

La fuerza emocional de la fusión del hombre con los comportamientos violentos limita la autonomía de la mujer y busca controlar todas sus actividades familiares y sociales con el fin de mantenerla bajo sometimiento absorbiendo el Self. La complementariedad restringe las conductas no complementarias o simétricas. Si ella se distancia, aumenta el riesgo de que se incremente el control, el aislamiento y la celotipia.

¿Qué implicaciones tiene la complementariedad (dominio-sumisión) relacionada con la homeostasis como proceso regulador para que la mujer asuma una postura de sumisión? Si ella opta por la autonomía, provoca ansiedad reactiva en la pareja, por lo que esta incrementa el control y el dominio con la intención de que asuma una postura adaptativa de sumisión. Si la pareja se mantiene en un estado complementario de sumisión-dominio, el cónyuge se tranquiliza, a costa de que la mujer renuncie a su posición de autonomía; en consecuencia, la tensión entre la pareja disminuye (Rodríguez-González y Martínez Berlanga, 2015). Quien está en la posición adaptativa de sumisión tiende a desarrollar síntomas psicoemocionales y físicos (Bowen, 1995). Se observa un riesgo de un incremento de somatizaciones e ideaciones suicidas, depresión, ansiedad y estrés postraumático (Lara-Caba, 2019; Lara-Caba Pérez, 2023).

La violencia contra la mujer deja huellas de dolor, desasosiego, angustia, depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, somatizaciones e ideación suicida. De manera que, aunque una mujer no sea asesinada por la pareja, no significa que no haya vivido experiencias terroríficas a puerta cerrada, en el lugar donde debería sentirse segura y protegida.

Ahora bien, los hijos que danzan en el ciclo de la violencia por la exposición que sufren, y que, además, son violentados en su propio hogar por las figuras parentales que deberían crearles un contexto de calma, seguridad, protección y confianza, son vulnerables por no contar con la garantía de un clima familiar que los calme, en el que reciban expresiones de amor y de apoyo para un desarrollo satisfactorio.

Con relación a los perpetradores, en nuestro país, no contamos con investigaciones que nos permitan una aproximación para detectar la peligrosidad de un agresor, ni mucho menos los diferentes factores que podrían ser considerados como potenciadores de una violencia extrema como son los feminicidios. Aunque el doctor Echeburúa, en el artículo «La mente de los feminicidas. Las razones de una sin razón» (2026), concluye que no existe un patrón establecido de los asesinatos machistas, por lo que se hace difícil predecir un feminicidio, lo que representa un reto para que las autoridades continúen con las investigaciones, porque si detectan un alto riesgo, hay que tomar medidas urgentes para proteger a las víctimas.

Un documento publicado por la Procuraduría General de la República titulado «Raíces de la violencia de género, intrafamiliar y sexual en la República Dominicana (2026), que recoge estadísticas de los últimos diez años, revela que las mujeres víctimas de violencia en esa período eran amas de casa (53.06 %), que la mayoría de los feminicidios se perpetraron con la pareja actual (63.27%) o expareja (36.73 %) y que el porcentaje mayor se concentró en los fines de semana en Santo Domingo y el Distrito Nacional (47.8 %). Por otro lado, el día que se recibió la mayor cantidad de denuncias fue el lunes (81.8 %).

Estos datos no pueden ser observados con frialdad, pues indican que hay que profundizar en los disparadores de las denuncias. Se debe tomar en consideración si los episodios de violencia ocurren con intensidad durante los fines de semana porque en esos días la pareja se interelaciona más, y si la violencia psicológica es crónica y la mujer la percibe de alto riesgo. Todo ello conlleva activar el sistema de defensa y protección. Denunciar es una acción de búsqueda de protección cuando la mujer se siente indefensa y sus estrategias de afrontamiento no son suficientes para detener los episodios. Por supuesto, parar la violencia no depende de quién es la receptora, sino de quien la ejerce.

Independientemente de si el feminicidio presenta un patrón establecido o no y que se pueda generalizar a la población mundial, diferentes estudios han evidenciado características muy particulares que deben ser tomadas en cuenta por todos los actores que inciden en las tomas de decisiones, en la implementación de las políticas públicas, en la acción judicial y por los que participan en los programas de intervención psicológica, como son las características de los agresores y los estilos de personalidad que potencian sus conductas, que son factores que fomentan la violencia en sus diferentes niveles de expresión, intensidad, riesgo y peligrosidad.

Hay un patrón que se observa en los potenciales feminicidas: los hombres posesivos, celosos patológicos, que se enojan con facilidad y perciben a la pareja como su posesión, tienden a ser controladores, obsesivos y dominantes. Carecen de empatía, son egocéntricos, irresponsables, no sienten remordimiento y no hay freno social que impida el asesinato de la pareja (Calixto, 2024).