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Francofonía, diálogo de culturas

by Delia Blanco
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La francofonía es un espacio excepcional del pensamiento y la cultura que representa una realidad lingüística indiscutible: 175 millones de personas hablan francés en todo el planeta. Superando la diversidad y la diferencia, y hasta el conflicto y las heridas de la descolonización, la francofonía continúa construyéndose desde la perspectiva de la igualdad, la libertad y la fraternidad. A Partir de los años cincuenta y durante más de veinte años, la francofonía ha tenido un eco donde la lengua francesa ha sido el denominador común de naciones y sociedades distintas, unidas por la lengua de Molière y Voltaire. La descolonización de los países africanos entre los años cincuenta y sesenta, así como la pérdida de la Indochina en la batalla de Dien Bien Phu en 1957, dejan en Asia y África sociedades marcadas por el conflicto con el poder colonial francés.

El ejemplo más desgarrante lo marcó Argelia en sus diferentes etapas y niveles del proceso de liberación nacional, debido a la ingerencia del sector más radical del ejército colonial francés, a pesar de los esfuerzos de negociación del general Charles de Gaulle para aceptar la evidencia de la independencia argelina. La descolonización y las guerras de liberación nacional han mantenido durante tres décadas resentimientos y deudas políticas entre la metrópolis gala y sus antiguas colonias. Sin embargo, grandes lazos de fraternidad y solidaridad se fortalecieron entre los intelectuales, los artistas, los pensadores libres y los dirigentes de movimientos cívicos y democráticos, porque por encima de la terrible herida de las crisis de independencia, el diálogo nunca se cerró definitivamente con la inteligencia. La mayoría de los dirigentes de los países liberados guardaron sus conexiones y sus relaciones políticas con el sector democrático de la sociedad francesa, y muchas familias independentistas, por no decir la mayoría, seguían mandando a sus hijos a estudiar a Francia.

Simbiosis 

En las décadas de los años cuarenta y cincuenta, el poeta martiniqueño Aimé Césaire fue un estudiante brillante de la Escuela Normal Superior de la rue D’ Ulm de París, y se unió al senegalés Léopold Sédar Senghor. Del encuentro de estos dos poetas nace una simbiosis de pensamiento, una profundidad que será la savia y el germen de una poética, sublimada por el concepto de la “negritude”, es decir por el ordenamiento formal de unos versos en lengua francesa que llevan la belleza ancestral del continente africano a las alturas de la Grecia antigua. Esta correspondencia de interacción entre un poeta de Martinica y un poeta de Senegal es ya en sí un reflejo de luces de dos grandes intelectuales: uno de África y el otro del Caribe, dos genios de la literatura universal que heredaron y reforzaron su formación francesa para hacer de este idioma un instrumento poético y literario de ética y estética imborrables. Tanto Césaire como Senghor representan dos edificios históricos de la colonización y de la descolonización, pero, ante todo, son dos paradigmas de libertad y humanismo siempre expresado en la lengua del siglo de las luces. A partir de ese momento, se entendió en una minoría que la diversidad, la diferencia y hasta el conflicto y el debate no podían romper con el diálogo y la razón, y mucho menos con la posibilidad de reconstruirse a través de un instrumento literario: la poesía negra en lengua francesa. Después de la década del cincuenta, las autoridades francesas –más allá de sus pertenencias ideológicas– tomaron conciencia de este potencial humano y fueron creando y dando forma a diversas organizaciones que, a través del Secretariado de Estado de Cooperación Técnica y Cultural, iba recogiendo el potencial humano, intelectual y técnico que hoy día se ve a la luz de las diferentes cumbres de la francofonía.

La realidad lingüística es indiscutible: 175 millones de ciudadanos hablan francés en todo el planeta. Un total de 73 gobiernos y estados pertenecen hoy a la Organización Internacional de la Francofonía, 49 como estados y gobiernos miembros y 14 como estados asociados, más cuatro con el rango de observadores. Estos datos merecen una reflexión sobre la multiplicación del potencial francófono, pues después de su nacimiento en Niamey, África, en 1970, triplicó y sigue hoy día progresando e invitando nuevos miembros a pertenecer a este espacio excepcional de pensamiento. El espacio lingüístico de la francofonía se mide en Israel con 500,000 francoparlantes. En el Líbano, en Egipto, en Hungría, Polonia, Bulgaria y Rumania, donde las clases intelectuales se transmiten el francés de generación en generación. Más allá del fenómeno lingüístico, la francofonía es una dinámica de convocatoria y de acción sobre las inquietudes y apuestas que enfrenta la humanidad en este nuevo milenio. Diríamos, además, que se trata ante todo de responder en conjunto a los valores de universalidad heredados de la Revolución Francesa y de los principios republicanos de la primera constituyente. Es obvio que los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad heredados del siglo de las luces marcan un territorio apoderado por las diferentes familias democráticas del mundo. Estas tres significantes palabras hicieron posible mantener el diálogo con la metrópolis francesa e ir más allá de las cicatrices de la historia. Por ser todavía imprescindibles en la construcción de un mundo de paz y de negociación, estas tres emblemáticas palabras son hoy la base y el origen de la francofonía vista desde la perspectiva de un humanismo y de una democracia reforzada por la búsqueda de convivencia dentro de la diferencia y de la diversidad.

Esta es la apuesta, el desafío, el proyecto y la ambición que unen en el presente a los africanos, a los vietnamitas y camboyanos, a los canadienses, a polinesios y caribeños, todos ciudadanos del mundo unidos en esos valores universales. El concepto se reforzó en los años ochenta, gracias a la visión y proyección de algunas personalidades cercanas al presidente Mitterrand, entre ellas su propia esposa. Danielle Mitterand, desde su fundación France Libertés, promovió artistas y culturas diversas, ofreciendo a muchos creadores la posibilidad de encontrarse y conocerse a través de proyectos compartidos en el prestigioso parque de la Villette, en París, donde se desarrolló el Teatro Internacional de Lengua Francesa (TILF), con lanzamientos de autores africanos como Tchicaya Utansi, pero también con aciertos de grandes exposiciones de arte contemporáneo que se presentaron en la isla Mauricio, en África del Sur, en Hanoi y en el centro Georges Pompidou, con la famosa curaduría de los Magiciens de la Terre, que invitaron a artistas de todos los continentes. El giro de los años ochenta fue fundamental para acercar la dinámica francófona a las asociaciones sin fines de lucro, a las instancias culturales, a los creadores y artistas, haciendo del concepto un instrumento interactivo para lograr en la actualidad una francofonía defensora de las tecnologías de la información y de la comunicación como herramientas de apropiación para todos, a fin de luchar contra el desequilibrio entre informados y desinformados.

Se trata también de hacer convivir el desarrollo y el medioambiente en un concepto durable y solidario para ofrecer a las futuras generaciones el derecho de responder a los cambios del planeta. Es una francofonía que tiene el compromiso moral de la comunidad internacional de fortalecer los principios de la Cumbre de Río de Janeiro. La Asociación de las Universidades Francófonas representa en estos sectores programas y redes para ayudar a los países y a las universidades del Sur a emprender políticas de formación e investigación que respondan a las prioridades de desarrollo de su región. Para la Agencia Universitaria de la Francofonía (auf), fundada en Montreal, Canadá, en 1961, se trata ante todo de la cooperación entre las universidades francófonas que trabajan en lengua francesa en los países árabes, en Asia del Sudeste, en Europa Central y Oriental, y en el Caribe. Dicha agencia está presente en 67 países con sus diferentes despachos regionales y con el apoyo del Estado francés para reforzar y consolidar un espacio científico que promueva la relación de la lengua francesa con otras lenguas, que refuerce el sector institucional y científico entre universidades y que apoye las redes y estructuras asociativas.

Savoirfaire 

La francofonía es cada vez más una dinámica de interacción frente a los nuevos retos del milenio. No obstante, el arte y la cultura continúan siendo la mística y el “savoir faire”. Este año 2006 celebrará al senegalés Léopold Sédar Senghor, quien hubiese tenido hoy 100 años. No pudo haber mejor selección pues, como anunciado en esta introducción, ha sido el mayor promotor de la convivencia y de la diversidad cultural y del diálogo entre los pueblos.

Se trata ante todo de responder en conjunto a los valores de universalidad heredados de la Revolución Francesa.

Todos los países miembros de la Organización Internacional de la Francofonía rendirán un homenaje al poeta y Orfeo Negro, como lo reconocía y distinguía Jean Paul Sartre. Al conmemorarlo, los coloquios y seminarios no dejarán de reflexionar a través de su vida y de su obra sobre el más universal de los conceptos de Senghor: “Me mantengo más que nunca convencido que el mestizaje cultural es uno de los ideales de la civilización”. Estas palabras pronunciadas en 1966 dan vigencia a los valores que justamente hicieron que, en 1956, después de un movimiento de emergencia cultural de escritores, los artistas e intelectuales del mundo negro todavía colonizado organizaran el primer congreso de escritores y artistas negros, agrupando un centenar de delegados. Este movimiento fue fundamental para demostrar que la cultura es un instrumento legítimo de la cooperación entre los pueblos. En el año 1956, clausurando la sesión final del congreso del 21 de septiembre, Senghor declaró: “Estamos juntos porque hay que construir la civilización de lo universal y debemos encontrarnos, pues para mí lo universal se hará con el aporte de todos”. Esto, para Aimé Césaire, será la cita del dar y del recibir, es decir, del intercambio y del diálogo. Los debates de hoy frente a la mundialización nos llaman a tomar en cuenta las singularidades y las diferencias culturas, como así también los espacios de solidaridad necesarios entre los países del Sur y del Norte, para poder confirmar el derecho a la igualdad de creación y de pensamiento de los pueblos descolonizados.

A través del entusiasmo, la motivación y el apoyo dado a las manifestaciones de la francofonía en el año 2006 por el presidente francés Jacques Chirac, se puede valorar la continuidad democrática que los franceses adquieren y transmiten más allá de los cambios de partidos y gobiernos. Las celebraciones de hoy son la continuidad de la diversidad que el presidente Francois Mitterrand promovió en 1989 con las celebraciones del bicentenario de la Revolución Francesa, cuando invitó a intelectuales y artistas del mundo francófono a revelar sus obras, críticas y abiertas, plurales y diversas.

La francofonía es, ante todo, un espacio que se continúa construyendo desde la perspectiva de la igualdad, la libertad y la fraternidad, en el concierto de la diversidad y de la diferencia, un desafío de convivencia que el segundo gobierno de Mitterrand formalizó con el concepto de cohabitación. Celebrar tanto en Francia como a través de todos los países miembros y amigos de la francofonía los 100 años de Léopold Sédar Senghor y los 50 años del primer congreso de los artistas e intelectuales negros, es retomar la defensa de valores que conciernen a la humanidad en su totalidad frente a las amenazas de la violencia y de los integrismos, vengan de donde vengan. Por eso hoy, la francofonía es un nuevo humanismo para los nuevos milenios, tal como lo señaló Senghor en 1977: “Enriquecerse de nuestras diferencias para convergir hacia lo universal […]”.


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