Revista GLOBAL

Historia de una amistad extendida entre el Caribe y el Plata

por Carlos María Romero Sosa
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Este artículo se lee como la crónica de una amistad entre su autor, el escritor y abogado argentino, y José Rafael Lantigua. El primero evoca eventos comunes, anécdotas de complicidades y las relaciones amistosas y de afecto entre ambos intelectuales. Representa la historia de una amistad, nutrida por la admiración y las «afinidades electivas». El autor ha querido dar testimonio de dicha amistad y homenajear a Lantigua, con esta crónica y un soneto, al enterarse de su triste y trágico deceso, acaecido el 4 de agosto del año pasado, y confirmar, como miembro del Consejo Editorial de Global, sus vínculos entrañables con su amigo ido y con el país.

Creo que de ningún otro amigo, de esos lejanos solo por imperio de la distancia y del azar que las determina, he estado tan cerca como de José Rafael Lantigua desde 1993, acentuándose la proximidad con el intercambio de wasaps que iniciamos poco antes de la pandemia, cuando comenzamos a enviar y recibir mensajes de audio. Desde entonces me llegaban sus noticias, destacadas como en el mejor titular del periodismo gráfico por su voz de reconocible acento antillano y las entonaciones del orador nato que era; con cierto eco en el decir sincero, mejor que sofísticamente retórico, del que consideró su maestro, también en el arte de Demóstenes: el líder popular José Francisco Peña Gómez, que lo impactó con su verbo encendido en plena adolescencia, como solía evocar.

Ya en otras ocasiones recordé cómo y en qué circunstancias me vinculé con José Rafael Lantigua en los inescrutables caminos trazados por Dios a los hombres. Porque debo remontarme como antecedente nada feliz por cierto al mes de noviembre de 1991, cuando murió en Buenos Aires el poeta Hugo Fiorentino, creador de nuestra neorromántica Generación del 40, asomado como ningún otro compatriota al dominicano postumismo y al grupo de la Poesía Sorprendida. Así como mi padre —uno de los discípulos argentinos de Pedro Henríquez Ureña— me solía hablar en la primera niñez con veneración del autor de La Utopía de América y de la República Dominicana en tiempos en los que desde la Argentina —al menos— no se viajaba a las playas del Caribe, lo hizo Fiorentino en mi última juventud, vinculándome además con publicaciones y figuras de allá; entre estas el escritor mocano don Julio Jaime Julia.

Ante la triste realidad de que nuestros periódicos no le dispensaron crónica necrológica alguna al lírico autor bonaerense de Ausencia iluminada y De entre las nieblas, fue que al acercarse el año de su deceso me animé a enviar al maestro Julia, con quien ya me carteaba, un artículo evocativo de quien en silencio hizo por décadas de puente cultural entre ambas patrias. Pasó el tiempo y un sábado de mediados de agosto de 1993 recibí un sobre de papel madera proveniente de Santo Domingo. Contenía mi nota que había sido publicada el 15 de mayo en la sección Biblioteca de «La Tarde Alegre». La acompañaba una carta de Lantigua anoticiándome de la muerte del ilustra antólogo y bibliófilo mocano de las tres jotas en sus iniciales, acaecida justamente en aquel reciente mayo, e invitándome a colaborar en Biblioteca, que ahora él dirigía. Desde entonces no dejamos de estar en contacto.

Hoy parece increíble que los primeros artículos fueran a su encuentro por correo postal, hasta que mi mujer –«Doña María Cristina», tal cual la llamaba con caballerosidad de cuño hispano criollo, que miraría con mal gesto el ultrafeminismo empeñado en desvirtuar la justa y postergada reivindicación de los derechos de las mujeres—me hizo descubrir la maravilla y la inmediatez de hacerlo por e-mail, a poco en vigencia en este país del fin del mundo.

Comencé a recibir los libros suyos con generosas dedicatorias. Y me sumergí en los rotundos capítulos de Domingo Moreno Jimenes, biografía de un poeta, Semblanzas del corazón, El oficio de la palabra, Duarte en el Ideal, Buscando tiempo para leer o La conjura del tiempo. Todos ellos, y los demás de su pluma que lucen en mis estantes, me impresionaron vivamente. Por elegir alguno, puse y pongo acento aquí en esas «Memorias del hombre dominicano», según el subtítulo de La conjura del tiempo, un ensayo particularmente modélico por testimonial sin perder la perspectiva general y la objetividad, sin jamás desatender el dato histórico fehaciente, y ahondar ajeno a brechas cronológicas en lo generacional y desde la suya —es decir la generación de alguien nacido en 1948— proyectar ideas, ideales y por qué no Utopías al futuro dominicano.

Tuve el placer de comentar la obra, después varias veces reeditada, en Biblioteca el 5 de mayo de 1995. Luego se me hizo una sana costumbre seguir escribiendo notas bibliográficas sobre varios hitos de su amplia labor escrita. Lo hice tanto en Listín Diario de República Dominicana como en La Prensa de Buenos Aires. Con nostalgia me veo décadas atrás, «cuando todos éramos felices y nadie estaba muerto» en frase de Pessoa, llenando cuartillas para trasmitir al lector mi sincera valoración de Semblanzas del corazón, de los poemarios Territorio de espejos y La fatiga invocada, de la colección de artículos presentes en Un encuentro con el Comandante, o en fecha más reciente del severo análisis de fondo humanístico, mechado con advertencias en sus líneas y entrelíneas, rico en connotaciones sociológicas e intuiciones de alta política de Democracia y pandemia.

Tengo en claro que no he sido más que un divulgador de las letras de José Rafael Lantigua por estas latitudes australes. Tan modesto como inmerecidamente sacudido una jornada frente a su bondadosa solicitud —llegada por correo electrónico— de prologar el último tomo de su monumental recopilación de críticas literarias: Espacios y resonancias, prólogo que, por supuesto, redacté gustoso.

Al vínculo cultural se sumó casi de inmediato el afecto y, de su parte, la solidaridad que me demostró, por ejemplo, en diciembre de 2001, ante la situación que transitaba la Argentina con varios presidentes sucediéndose en una semana, confiscación de los depósitos bancarios, cacerolazos y manifestantes asesinados por la policía, justo en los días de internación y muerte de mi padre a quien él homenajeó en una columna de Listín Diario, con la misma deferencia con la que había comentado en Biblioteca el año anterior el libro Lía Gómez Langenheim de Romero Sosa. Testimonios y Antología, que con mi hermana dimos a la imprenta a la muerte de nuestra madre, poeta y cuentista cultora principalmente de la literatura religiosa e infantil.

Pocas semanas antes de la partida de mi progenitor, a un pedido de Lantigua que le trasmití, redactó sus recuerdos juveniles de Manuel Ugarte, el dandy porteño puntal del socialismo, americanista, partícipe y pilar del movimiento modernista de su amigo Rubén Darío y uno de los primeros comentaristas y biógrafos de Manuel del Cabral. Esas carillas resultaron ser las últimas surgidas de la pluma de Carlos Gregorio Romero Sosa y así lo documentó José Rafael en una nota al extenso introito que lleva su firma para la reedición en 2009, por la Secretaría de Estado de Cultura de la República Dominicana, de Cabral, un poeta de América, de Ugarte: «Todas las citas de esta parte corresponden a un comentario escrito por don Carlos G. Romero Sosa, historiador y director del Seminario Literario Joaquín Castellanos, en Buenos Aires, Argentina, titulado: Otro argentino en mis recuerdos juveniles: el escritor, americanista y diplomático don Manuel Ugarte, escrito a solicitud de quien suscribe ( JRL) a través de su hijo, el gran amigo y crítico literario Carlos María Romero Sosa. Don Carlos G. Romero Sosa escribió este texto no publicado, en el año 2001, cuando tenía 85 años de edad. Moriría poco tiempo después. La reproducción de estas notas intentan ser un homenaje a su memoria y a su contribución en el conocimiento de la vida de Manuel Ugarte, que tanto demandábamos ocho años atrás».

En los intercambios por carta, e-mail y fi nalmente por WhatsApp, medios que dan cuenta del avance incesante de la tecnología, quedaron indiscutibles los comunes intereses que nutrían y afianzaban nuestra hermandad espiritual. Y el testimonio de las devociones compartidas por notorias figuras históricas.

—«Por supuesto que es así» —fue su respuesta a mi afirmación de que en suelo de la Española comenzó la lucha por el derecho en América con el Sermón de Adviento pronunciado el 21 de diciembre de 1511 por el dominico Montesinos—. Lantigua había leído con provecho al historiador hispanista norteamericano Lewis U. Hanke y me confidenció en otro de sus mensajes que no perdía la esperanza de ver un día elevado a los altares a fray Bartolomé de las Casas, tan bien estudiado por Hanke.

¡Cuánto le debo! A lo mencionado de hacer conocer mis trabajos en diarios de allá, sumo las dos invitaciones oficiales que dispuso siendo secretario de Cultura y después ministro del área para que concurriéramos con María Cristina Giuntoli como invitados internacionales a la Feria del Libro de Santo Domingo en los años 2006 y 2012. Y últimamente haberme incorporado al Consejo Editorial de la revista Global bajo su dirección.

Hacia febrero del pasado 2025 lo participé de las zozobras por mi salud. Un análisis de sangre de rutina mostraba la súbita elevación de plaquetas. Le conté que estaba viviendo entre extracciones de laboratorio y estudios radiológicos para detectar la causa.

—«No sé qué tengo. Quizá sea una leucemia» —le confesé apresurando un diagnóstico profano. Todavía resuenan en mi espíritu y en mi corazón sus palabras, que nunca borré como ninguno de sus audios:

—«Te mejorarás. Le rezaré a la Virgen y volveremos a vernos en Santo Domingo».

Lejos yo de tomarlo como una ocasional frase de consuelo. Sabía de su fe católica, de su actividad en los grupos de su parroquia y de la invariable devoción mariana que profesaba y lo impulsó a visitar Fátima, Lourdes, Medjugorje y Cracovia en 2024. Una devoción filial, muy especialmente dirigida a las advocaciones de la Virgen de las Mercedes, la patrona de su patria, y de María Auxiliadora. Esto último, debido a que su inicial formación religiosa la llevó a cabo en instituciones escolares de la Orden Salesiana.

Tengo por seguro que, como rezó entonces por mi salud, me acompañó luego, a mi pedido, con nuevas oraciones y esta vez para agradecer a María Santísima que mi trombocitosis —no exactamente una leucemia— comenzara a controlarse con la dosis de un medicamento que debo tomar mientras viva por la cronicidad de la enfermedad.

Así las cosas, días antes de su último viaje a Europa en compañía de su señora esposa, me trasmitió el entusiasmo que lo embargaba por conocer el legendario Estambul de Pierre Lotti y Las desencantadas.

Yo aguardaba impaciente el regreso a su hogar y a su alejandrina biblioteca para que continuáramos el diálogo, celular mediante. Contarle cosas de aquí, comentarle sobre alguna novedad literaria local, avergonzarme al participarlo de los dislates y los discursos de odio del presidente ultraderechista Javier Milei al que padecemos, y escuchar noticias y anécdotas de su periplo por tierras otomanas.

En la madrugada del 5 de agosto último, María Cristina recibió de una joven colega, la doctora Claudia Tejada, abogada natural de Santiago de los Caballeros, quien se desempeña en la Procuraduría General de la República Dominicana, la noticia de su muerte. Enterado del hecho nomás al despertarme, entre absorto y conmovido le escribí el soneto que epiloga este texto.

Lo releo hoy con el ferviente deseo de que sus endecasílabos no versifiquen una despedida definitiva. Y de acuerdo con la esperanza cristiana en la Comunión de los Santos, no debería serlo; porque, si bien más pronto o más tarde, «Ignoramus», la dimensión del espacio me será ajena a mí también, imposibilitándome de disfrutar y comentar en su compañía la visión del mar turquesa desde los malecones de la Ciudad Primada de América, a lo mejor, quién sabe, retomaremos las charlas con Santo Domingo de Guzmán —el impulsor de la oración del Santo Rosario en cuyo honor lleva el nombre la urbe romántica extendida en las márgenes del Ozama— y hasta con Antonio de Montesinos por testigos celestiales. Y nuevos confidentes.

José Rafael Lantigua, in memoriam

Hay sombra en el Caribe luminoso
y un retiro de júbilos en verso,
para en tsunami derramar diverso
como hoy, mañana, el verbo generoso

de quien selló su andar, esquivo al pozo
de la fiereza; plenamente inmerso
en la música astral del universo
y el desentono mundanal barroso.

Buen huésped de sí mismo y si extranjero,
en cada advocación riente en María
su visa del ingreso al arduo día.

Ministro en la cartera de ideales.
A la sinceridad propuesto entero
por genio y corazón. Sus capitales.