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Identidades en libertad

by Eleazar D. Rodríguez Navarro
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Se analiza la forma en que se constituye la identidad durante la infancia y el impacto que tiene la sociedad en dicho proceso. Al mismo tiempo, se establece la importancia que puede tener para la sociedad el hecho de fomentar creencias sustentadas en la ética y la responsabilidad antes que en la prohibición o el cumplimiento obligatorio de ciertas normas sin una reflexión crítica por parte de las personas. 84 La identidad es una concepción entrelazada a múltiples interacciones, tanto a nivel interno (de personal) como externo (sociocultural). La identidad define quiénes somos a través de lo que hacemos, cómo lo hacemos y con quiénes lo hacemos. Entonces, ¿puede una identidad ser libre si se encuentra en relación con la sociedad? Y más aún, ¿Cómo una identidad libre lidia con el proceso de transformación individual y social?

Ambas preguntas nos van a acompañar durante todo el texto, porque la identidad se forma en un contexto social, y ese mismo contexto acarrea exigencias y formas de ser, que son las que a su vez constituyen a la identidad. Esto implica que una identidad no podrá ser libre sin una dinámica social que la fomente. Las formas de esa dinámica social van cambiando con el tiempo, lo que implica cambios en los individuos que la habitan. Por tanto, ahondaremos sobre la posibilidad que tiene la identidad de ser una constante abierta a la transformación, al cambio, que es un aspecto al que las personas nos enfrentamos desde que nacemos.

Identidad, infancia y regulación La identidad es lo más preciado para cualquier persona. Ahí se incluyen las pasiones que la persona pueda tener; también sus actividades cotidianas, en qué trabaja, en qué estudia, cómo es en el día a día con su familia, con sus amistades. La identidad incluso se define por medio de terceras personas; el refrán “dime con quién andas y te diré quién eres” es un claro ejemplo de que nuestros vínculos sociales nos definen. Ese vínculo estrecho que permite que nos definamos por lo que hacemos y con quiénes lo hacemos lo aprendemos en la infancia. La infancia es un período de formación en el que aprendemos desde lo emocional. Desde esa forma de aprendizaje, esta aproximación emocional a las dinámicas que se nos presentan como naturales en la vida, nos queda marcada la idea de que la identidad es la mejor expresión que tenemos de nosotros mismos. Bajo esa idea comenzamos a definirnos, actuando cada día según un parámetro preestablecido (o que pensamos nos ha sido preestablecido por algo parecido al destino, a lo inevitable), y este parámetro nos va afianzando en quiénes somos. La idea de identidad incluye desde pequeños detalles, como una forma de hablar particular o un estilo de música favorito, hasta símbolos más complejos, como un número de documento nacional o un apodo.

El caso del apodo permite presentar la idea del proceso identitario que se da en la infancia. Un apodo, o sobrenombre, suele ser algo que una persona no elige, sino que es impuesto por alguien más, alguien que vuelve a nombrar a esa persona generando una nueva identificación dentro de un grupo social. Cuando un sobrenombre se impone, la persona queda marcada en la categoría a la cual ese apodo remite. Digamos que en la familia de una persona se genera el apodo «el gordo». Esa persona va a incorporar como parte de su persona el hecho de ser «el gordo», ya no como una cuestión simplemente de contextura física, sino que se identificará con lo que sea para ser gordo (según su crianza cultural y sus ideas personales), como una categoría genérica, hasta que esa abstracción se haga carne en una forma única (que él vivirá como única) de ser «el gordo».

La identidad funciona de forma análoga, pero su impacto siempre será más contundente que un sobrenombre porque la identidad que aprendemos durante nuestra infancia no solamente la conocemos mediante un apego emocional, sino que al mismo tiempo estamos aprendiendo a aprender el mundo, aprendemos a incorporar lo que entra a nuestra vida, y no lo percibimos como un medio de socialización, sino que lo experimentamos como si fuese la única posibilidad de existencia del mundo. Llegamos a creer que no estamos atravesando un proceso que implica aprendizaje. De esa forma incorporamos las dinámicas sociales como si fuesen parámetros de la naturaleza. En la infancia también aprendemos las tradiciones de nuestra familia, y ellas serán en nuestra formación los basamentos sobre los cuales nos ajustaremos a la sociedad. La familia se encuentra atravesada por la cultura de generaciones anteriores, por la sociedad que habita en el presente y por las normas estatales. Dentro de ese encuadre se forma nuestra identidad, y se nos adhiere como si fuese otra capa de piel. L 85.

Ahora bien, si por algo se caracteriza la infancia es por ser una etapa en la cual las personas no tenemos control sobre nuestros cuerpos, es decir, no tenemos la potestad sobre el manejo de nuestros tiempos ni nuestros quehaceres. Para todas estas decisiones tenemos durante la infancia la regulación impuesta por nuestros representantes (puede ser un familiar u otra persona legalmente habilitada). Lo que viene a ser un punto fundamental cuando hablamos de libertad, ya que entendemos la libertad como la capacidad de hacernos responsables de nuestras acciones, y para esto es necesario coexistir en una sociedad en la cual la regulación no sea meramente impuesta, sino determinada desde un basamento ético compartido. Cuando hablamos de la regulación impuesta no solamente nos referimos a lo que está prohibido, sino que también se establece lo que está permitido. Así, durante la infancia experimentamos el mundo como un lugar que no está en consonancia con nuestro albedrío; por el contrario, la realidad se nos impone predeterminada y ajena. Es acá donde juega un rol fundamental la naturalización con la cual aprendemos a aprender en la infancia. Esa naturalización da paso a que la sociedad nos deje de parecer ajenas y nos empiece a parecer estructurada naturalmente de esa forma aprendida. Entonces, adaptarnos a las regulaciones impuestas nos parece adaptativo e indispensable para vivir en sociedad. Y en cierto modo esto es correcto, la armonía de la dinámica social requiere que haya una adaptación entre los individuos que participan de una forma cuasipermanente en ella. Existe un proceso según el cual la sociedad define a sus individuos al mismo tiempo que sus individuos definen a la sociedad. Pero ¿de qué vale la armonía de la dinámica social si es una armonía impuesta, de la cual no nos hemos apropiado como individuos de acción e interacción? La infancia es una etapa imprescindible a tener en cuenta cuando pensamos en cómo nos manejamos los individuos frente a la idea de libertad en la adultez. Para incorporarnos a la sociedad nos revestimos de nuestra identidad. Esta identidad, que vivimos como una formación sui generis, en realidad ha sido moldeada a través de regulaciones por medio de las cuales nos han enseñado qué está prohibido y qué debemos hacer. No es solo el hecho de pautar qué cosas se supone que una persona no debe hacer para convivir en sociedad, sino que en la infancia se nos inculca lo que la sociedad espera que nosotros seamos. 86

En el caso de la prohibición no estamos hablando de una sugerencia, sino que se presenta como algo directamente bajo sanción, ya sea por parte de los representantes o por la intervención directa del Estado. El niño no tiene la opción de entender lo prohibido y debe aprender a lidiar con la frustración que eso le genera. Ocurre algo semejante con la libertad de acción; las actividades que un niño pueda llevar a cabo estarán pautadas previamente por las mismas entidades que establecen las prohibiciones (Estado y representantes). Las identidades que se desarrollen bajo esa dinámica serán identidades sometidas a la regulación; y la regulación parecerá inherente a la vida misma. Porque, al no tener la potestad de establecer los propios límites y deberes, se fomenta una infancia sin responsabilidades, con lo cual se hace una entrega total de la existencia de los niños a la familia y al Estado. Bajo estas condiciones la libertad no será una experiencia que las personas tendrán durante la niñez. Entonces, la infancia vivida sin decisión sobre nuestros cuerpos se convierte en una herramienta de sumisión futura. La sumisión y la democracia viciada En todo gobierno un pequeño grupo de personas regula el campo de acción de la mayoría de la población de un Estado. Si dejamos de lado la forma específica de gobernanza, podemos ver que la forma en la cual se toman las decisiones políticas tiene en común la entrega de responsabilidad y de acción de una mayoría de personas a un grupo reducido, y en esa entrega de responsabilidades suele estar implicada la sumisión como principio. Es imprescindible hacer notar que la sumisión no es un objetivo de los gobiernos, sino que es algo que se da por supuesto; la entrega de responsabilidades que una mayoría hace a un gobierno es un acto naturalizado. Se ha establecido como una creencia el hecho de desprenderse de las responsabilidades sociales y personales de forma automática, y dependiendo de las regulaciones que sean impuestas por el Gobierno entonces la dinámica social se irá estableciendo sola. Así se ha establecido una especie de fe en la democracia sin una visión crítica sobre la figura de la representatividad que esto implica en la dinámica social. Se llega así a una democracia de la inacción, en la cual una mayoría se encarga de elegir en cada elección quién será el pequeño grupo de personas que tomará las decisiones de importancia para el país, esperándose que esas decisiones sean las más convenientes para la mayoría; pero en esa ecuación se obvian variables indispensables con respecto a la cotidianidad y a la responsabilidad personal. Primero estableceremos acá la relación entre la formación de identidades propensas a la sumisión y la democracia viciada; y luego trataremos sobre la importancia de las responsabilidades cotidianas. Cuando señalamos que la sumisión no es un objetivo del Gobierno es porque la regulación de los cuerpos se ha convertido en la base sobre la cual se apoyan muchas de las lógicas político sociales de gobernanza estatal. Esta lógica establece que los niños no tienen la potestad necesaria para ser responsables y conscientes de prácticamente ningún aspecto de sus vidas; y es en la familia (como base de la sociedad) donde el niño aprenderá a entregar la responsabilidad a sus representantes sin crítica y sin revisión. Al mismo tiempo, el niño también aprenderá durante la infancia que sus representantes pueden ceder esas responsabilidades a terceras personas, generando la idea de que esas figuras serán desplazadas a lo largo de su vida. En un momento de la infancia los padres son quienes tienen toda la responsabilidad sobre el La sumisión se vuelve parte de la identidad del individuo a través de la identificación 87 niño (son sus representantes), son los padres quienes le dan carácter legal al niño ante todas las instituciones estatales, y en esa misma lógica de representatividad los padres se sienten habilitados para regular las prohibiciones y las acciones de sus hijos. Es un dato a tener en cuenta el hecho de que un niño no elige a sus representantes legales, sino que es un evento arbitrario de la naturaleza. Mientras el niño va interactuando en la sociedad, va viviendo la experiencia del traspaso de las responsabilidades: de los padres al cuerpo docente, esto es, alguien es responsable de decidir sobre qué aprenderá el niño y de qué forma lo hará, con lo cual los intereses del niño irán siendo moldeados y limitados; así mismo las responsabilidades pasarán de los padres a los médicos, que serán de ahora en adelante quienes determinarán la salud del niño, sobre lo que entrará y saldrá de su cuerpo, y también sobre la forma en la cual el niño deberá relacionarse con su cuerpo.

A medida que el niño va creciendo ya no recae toda la carga sobre su familia, las instituciones estatales van alivianando la responsabilidad de los padres. Entonces, la entrega de responsabilidades no se detiene, sino que, por el contrario, se va haciendo más abstracta y activa en todas las áreas de la cotidianidad. El individuo será expuesto a las dinámicas del trabajo, de la justicia y de la gobernabilidad, para luego volver a entrar en la institución familiar, pero desde otro rol. En todas estas áreas la sumisión está presente. La entrega de responsabilidades es lo que da cierta sensación de homogeneidad a esa dinámica, y, debido a esto, esa forma de vincularse se vuelve parte de la identidad del individuo. La sumisión se vuelve parte de la identidad del individuo a través de la identificación. El individuo se identificará con las personas que lo representan; buscará elegir, dentro de las opciones que la sociedad plantea como posibles, algunas figuras con las cuales su identidad se sentirá representada en las distintas áreas de la vida. Para esto existen marcas de ropa, equipos deportivos, marcas de autos, tipos de alimentos, etc.

Lo que alguna vez fue el ocio, el mercado, los placeres, ahora funciona como parte de un mundo de consumo que tiene como resultado el afianzamiento de la identidad. Esto tampoco es un plan orquestado por alguien en específico, simplemente una secuencia de eventos que resultaron de generaciones de formación de niños sin responsabilidad sobre sus cuerpos, sin control sobre sus identidades. Porque se ha llegado a pensar que la protección de un 88 grupo de personas se basa en la sobreprotección, en ofrecer todas las seguridades sociales sin ningún tipo de responsabilidades a tener en cuenta. Y ha traído a su vez como consecuencia una dinámica político social que se sirve de una forma de democracia adaptada a su vez a esa lógica identitaria. Porque así como un niño no elige a sus representantes, un individuo adulto tampoco los elige en su totalidad, hay en ambos casos un grado necesario de conformidad. Es decir, por un lado existen las elecciones democráticas, pero el panorama electoral es similar a la forma en que se constituye la familia: puedes tener tíos y abuelos con los que te identificas y con quienes te encantaría vivir, pero siempre la última palabra recae sobre tus padres. En el caso de las elecciones se pueden plantear varias opciones de candidatos que te pueden llamar la atención, pero al ir a la votación definitiva, la opción suele estar siempre entre dos personas, una que será más de tu agrado que otra, quizás porque tienes de base la preferencia de un partido político ya que eso también es parte de la formación de la identidad. Se desprende de esto el otro punto, que es la responsabilidad en el día a día. La sumisión y el conformismo que la acompaña, a pesar de estar naturalizada en la dinámica político social, es el resultado de la entrega de las responsabilidades en la cotidianidad. Esta entrega ha fomentado el establecimiento de gobiernos paternalistas, que a su vez se han inyectado en el funcionamiento democrático de los Estados nacionales, llevando al desarrollo de Estados paternalistas. En estos Estados no solamente ha habido un crecimiento ostentoso de la demagogia en las campañas políticas, sino que además se ha establecido la lógica del Estado de Bienestar como una especie de piso de acción. La lógica paternalista del Estado de Bienestar, al cual Friedrich Hayek se refirió como una carta de presentación más sutil de los socialistas enmascarados, se ha basado en las creencias y en los ideales sociales como si fuese parte de un desarrollo civil evolutivo.

Es decir, los valores del Estado de Bienestar se han naturalizado como parte de una sociedad más justa y equitativa, y esto ha llevado a que ya no sean vistos desde una perspectiva crítica, sino que sean incorporados a la cotidianidad de forma automática, sin contemplar el contexto social que llevó a su desarrollo. Esta forma acrítica y automática de incorporar valores y normas sociales da paso a que se establezca una falsa relación entre una sociedad más óptima para todas las personas y la entre 89 ga de las responsabilidades, o lo que es igual, la sumisión a las regulaciones impuestas por los representantes institucionales y estatales. Podemos ejemplificar parafraseando a Friedrich Hayek cuando afirma que ante la opción de la libertad en el área laboral se genera una tensión entre los emprendedores y los empleados. Principalmente, cuando los emprendedores son individuos que toman riesgos, riesgos económicos y sociales; en cambio, los empleados buscan estabilidad en la relación de dependencia con su patrón. Es en esa relación de dependencia en la que el empleado entrega la responsabilidad de su día a día al emprendedor, y, al mismo tiempo, el emprendedor está asumiendo sus responsabilidades en el momento en que se arriesga. El riesgo del emprendedor es económico y social porque se está jugando no solamente un salario, sino que está aplicándose en la transformación de la dinámica social. Es en la transformación de la dinámica social entre ciudadanos comunes donde intervienen las lógicas estatales paternalistas. Pero es imprescindible que las medidas paternalistas o demagógicas sean analizadas independientemente de si se catalogan de socialistas o de capitalistas, porque es tan paternalista una medida estatal que regula las relaciones entre los emprendedores y sus empleados, como otra que establezca cómo se potenciará un determinado grupo de empresas o empresarios por encima de negocios y comercios de otra índole. En ambos casos la regulación se está imponiendo sobre la dinámica de los individuos. Este efecto de naturalización de la entrega de las responsabilidades, y de la imposición de las regulaciones, es asimilado durante la constitución de la identidad. De esta forma se estanca la dinámica de la transformación social, ya que a través de nuestra identidad actuamos y vivimos el día a día. Además, podemos apreciar que la entrega de responsabilidades y la imposición de las regulaciones no tienen una coordenada política específica, no hay ninguna propuesta ideal que en el momento de la práctica pueda eximirse de caer en esta lógica social. Por eso decimos que no es una planificación hecha por un grupo de particulares, sino el resultado de cómo se ha desarrollado el proceso de formación de individuos dependientes o anexados a un Estado sobreprotector. Esta manera de relacionarnos con el entorno parte de una base constitutiva y generacional. Y se encuentra no solamente en las identidades sumisas que buscan una protección paternalista, sino que también las personas que actúan de forma paternalista restringen las vías a otras dinámicas posibles.

Es decir, las identidades que no son sumisas, pero que son identidades sobreprotectoras o dominantes, también forman parte de la dinámica que hemos venido describiendo. Una identidad dominante tampoco toma riesgos, sino que entrega su responsabilidad a un orden mayor, sea una identidad abstracta de índole político, religioso o moral. Pensemos el caso de los padres en una familia. Los padres ejercen el rol de representantes y son responsables del niño, pero la forma en la cual esta responsabilidad se ejerce está regulada por la ciencia contemporánea o por los mandatos estatales o sociales, siempre pudiendo encontrar una manera en que no tengan que arriesgarse en la experimentación individual de ser padres, sino que puedan adherirse a la regulación del momento. Este ejemplo muestra cómo el eje democrático se va moviendo a la concepción de la democracia viciada, en la cual nos encontramos con gobernantes que respaldan sus propias acciones en un orden mayor, ya sea en la figura abstracta del pueblo, o la iglesia, o el mercado. Estos señalamientos buscan ser una advertencia para volcar la mirada lejos de las utopías, lejos de las idealizaciones que se pretenden mostrar como la panacea a todos los problemas sociales. La identidad es lo más preciado para cualquier persona 90 Por el contrario, la mirada hay que colocarla en el día a día, en las acciones cotidianas, esas acciones que nos van construyendo como individuos, porque son las mismas acciones que construyen a nuestras familias, a nuestras sociedades y a nuestros países. La cotidianidad, el cambio y la ética Cuando una persona contempla la posibilidad de su propia vida en libertad, se posiciona en una ética interactiva y se instala un elemento esencial en su forma de pensar y de actuar; ese elemento es el cambio. El cambio lo podemos entender como la capacidad de ser flexibles ante otras formas de vivir e, incluso, como la audacia de aproximarnos a cosas, personas o eventos que ya conozcamos, desde un lugar inexplorado en nuestra curiosidad y nuestro entendimiento. Podemos decir que está relacionado con la apertura imaginativa de poder aprender desde otras lógicas de pensamiento. En este sentido, la capacidad de cambio y el aprendizaje, como funciones del día a día, están en interacción con el proceso ético del individuo. Para que una identidad se establezca abierta al cambio, el individuo debe desarrollarse en un ambiente que le permita confiar en sí mismo, sin generar una dependencia entre su identidad y las regulaciones impuestas. Si el individuo no toma responsabilidad de sus actos, entonces el único orden que podrá arreglar su mundo, la única forma de tener una existencia lógica, será por medio de las regulaciones impuestas. En otros términos, su identidad estará enraizada en los roles sociales y las instituciones, con lo cual su flexibilidad para asimilar nuevas ideas será mermada. Este rechazo a lo nuevo, a lo distinto, y, por tanto, al cambio, es en última instancia un rechazo a la posibilidad de libertad propia y a la libertad de otras personas. Ahora bien, los roles sociales y las instituciones cumplen una labor en las sociedades, es a través de estos que se van transmitiendo los fundamentos del desarrollo cultural de las respectivas poblaciones.

Aun así, incluso las mismas tradiciones se van transformando con el tiempo con la dinámica social. Estos cambios que se dan en las tradiciones sociales también permiten la adaptación a nuevos contextos sociohistóricos y forman parte de la realidad mundial contemporánea. De hecho, las poblaciones que deben migrar de sus países de origen suelen tener conflictos para adaptarse a la sociedad del nuevo país de acogida porque se manejan con otros patrones de vida; también sucede que quienes han vivido décadas fuera de su país de origen, cuando intentan volver, tienen problemas en adaptarse a los cambios que su sociedad de pertenencia ha atravesado. Esto puede suceder porque las personas se han aferrado de forma inflexible a las tradiciones de su cultura natal; en este ejemplo de las migraciones podemos tener a un extranjero que se afiance en el rol de extranjero, y para hacerlo buscará exacerbar rasgos que se atribuyen como determinantes de su nacionalidad en el nuevo país que lo acoge, incluso si esos rasgos son exageraciones caricaturizadas (o conservadoras) de la cultura de su país de origen. Esta carencia de flexibilidad ante lo nuevo suele ser una reacción de desconfianza por parte de quien migra a otra cultura, principalmente porque se pone en juego su identidad cuando las instituciones y los roles culturales cambian. Entonces, si la identidad está fundamentada fuera del individuo, esto es, cuando la identidad se establece sobre la regulación impuesta por la estructura de los roles sociales y las instituciones, todo lo que esté por fuera de esa estructura será una posible amenaza a la existencia del La imposición socava la formación de la ética en el individuo por esa misma forma no interactiva que le es inherente 91 individuo. Como resultado, el individuo se encerrará en sí mismo y no habrá espacio para la experimentación, lo que llevará a que su forma de relacionarse con otras personas dependa de la regulación impuesta por, digamos, las instituciones del Estado. Un individuo así se adhiere a la sumisión de las regulaciones con tal de sentir que el resto de las personas también deberá responder a la misma sumisión; su seguridad será más grande mientras mayor sea la regulación impuesta, porque su confianza no está en él mismo ni en las demás personas, sino que reposa en una idea abstracta. Esa idea abstracta puede ser el sistema legislativo, o una figura más específica, como una figura paterna (en la escuela puede ser un director, en la calle un oficial de policía, en el trabajo un jefe, etc.). Aunque, mientras menos específica sea la figura a la cual se le entregan las responsabilidades, más confianza generará, con lo cual las instituciones y los roles sociales serán una mayor fuente de confianza que las personas concretas que se encuentren ejerciendo cotidianamente las responsabilidades asignadas a esas posiciones sociales. Por ejemplo, un individuo puede creer y confiar en la figura institucional del presidente de la República a pesar de que desconfíe de la persona que actualmente ejerce esas acciones. Esta desconfianza que los individuos tienen sobre sí mismos y sobre las otras personas trae aparejado el hecho de creer que las otras personas no sabrán administrar sus libertades. El individuo elige sacrificar su libertad y conservar su identidad para mantener la vida que ha conocido desde que es niño. Ahora retomemos los tres elementos con los cuales venimos relacionando el vivir en libertad: el cambio, la cotidianidad y la ética. Si las acciones del día a día no son vividas como oportunidades de aprendizaje sino como una repetición mecánica que hay que llevar a cabo para cumplir con las regulaciones impuestas, se estarán cerrando las puertas a las posibilidades de innovación, de cambio. Este cierre ante el cambio, así como la cristalización de la dinámica cotidiana, está directamente afectado por carecer de una ética al momento de constituirse la identidad del individuo. Porque el desarrollo ético es inherente a un aprendizaje flexible y abierto al cambio, ya que es una manera contundente de desestimar las imposiciones que se pretendan establecer para regular las interacciones sociales. 92

Para esto se debe fomentar una infancia abierta a la participación que cuente con dos elementos fundamentales: por un lado, que el niño pueda decidir sobre sus acciones, para que su identidad se forme a partir de inquietudes propias sobre el mundo, resultado de su experiencia personal, las cuales le permitan adentrarse en la vida como un experimento, y por el otro lado, que el niño pueda tener un conocimiento consciente de las prohibiciones que los representantes y la sociedad establecen. En ambos casos son imprescindibles la conversación, el consenso, la aceptación y el aprendizaje entre el niño y los representantes. Así el niño podrá apreciar la necesidad de ciertas normas y valores prácticos inherentes a la convivencia en comunidad, para luego irlos incorporando poco a poco, de forma tal que cuando el niño reconozca que la vida es siempre compartida con otras personas pueda reconocer también la importancia de los límites y de las acciones. Los individuos que se forman bajo estas lógicas participarán en la transformación de su cultura, al mismo tiempo que podrán reconocer las bases necesarias para la convivencia de la comunidad. Sobre la ética: La ética no es la moral de una sociedad impuesta a través de las instituciones en la identidad de un individuo. Primero, porque la ética se genera a través de la interacción y el aprendizaje, no de la imposición.

Segundo, porque la ética está atenta a la experimentación y, por tanto, a los cambios del entorno; por el contrario, las instancias institucionales que buscan reproducir las mismas formas a través de nuevos individuos no toman en consideración los rasgos cualitativos de los cambios históricos, cerrando así la posibilidad a la experimentación de los nuevos individuos. Y, tercero, porque la ética se construye desde adentro de la conciencia de la persona, es inherente a la manera en que se construye la identidad. La ética de un individuo es una formación compleja y autocrítica que se da a conocer en las acciones y en las autolimitaciones que la persona establece al interactuar y compartir con su entorno. Ahora, vayamos analizando las distintas partes de esta idea de ética propuesta, donde la ética funciona como una constante en la constitución de la identidad del individuo. Es un proceso complejo por tratarse de una construcción, de un aprendizaje constante. El aprendizaje es parte de la cotidianidad, todos los días se aprende, incluso se puede aprender sobre temáticas que uno ya conoce, pero uno puede aprenderlas desde una nueva perspectiva. Esto lleva a nuevos planteamientos, a la formación de nuevos valores y a la generación de nuevas inquietudes que irán dándose en la estructura 93 identitaria del individuo. Cuando el aprendizaje está presente de esta forma, se establece un proceso de autocrítica en el cual el individuo no da por supuesto que sus acciones y sus limitaciones son las únicas opciones, aunque sí hayan podido ser las mejores para su vida. Esta capacidad de autocrítica abre la posibilidad de confiar en las otras personas, en que esas otras personas también tomarán las mejores acciones para sus respectivas vidas. De esta forma, aceptando las acciones propias y ajenas se van desarrollando las capacidades de diálogo, de experimentación y de aprendizaje. Hay que tener en cuenta que la complejidad implica que los procesos no se dan de forma lineal, sino que todos los elementos (aprendizaje, experimentación, diálogo, aceptación, autocrítica) están yuxtapuestos, y este es un rasgo crítico del impacto de la ética sobre las identidades dispuestas para la libertad, en donde la ética funciona como una constante y, por tanto, le da un sustento necesario a la identidad del individuo. La autocrítica implica a un individuo que se reconoce como tal y que es capaz de cuestionarse a sí mismo. El papel que realiza la autocrítica en la formación de la ética del individuo es abrir a la persona a las preguntas sobre su identidad, sobre lo que hace y sobre cómo se define a sí mismo. La autocrítica no implica pensar que todo lo que se hace está errado; por el contrario, el individuo que es capaz de criticarse a sí mismo lo hace con confianza en su proceso personal, porque reconoce que la perfección no existe y que los deseos personales a veces se dejan llevar por instancias que no son necesarias, ni positivas para uno mismo o para el entorno. Es por esto que el individuo se permite generar otras formas de abordar una situación determinada, sea del pasado o del presente. Y es que la autocrítica implica permitirse a uno mismo generar otras opiniones y expresarlas, así sea en soledad; está en relación directa con el diálogo, con la posibilidad de escuchar a otras personas, y para esto el individuo debe haber vivido una infancia en la cual a él también lo escucharan, y donde su opinión tuviera un peso dentro del entramado social. La dinámica de escuchar, hablar, pensar, cambiar, que se da en la autocrítica, está relacionada con cómo las personas aprendemos a aprender (como ya vimos, es parte de la complejidad de la ética del individuo) y, por tanto, tiene un impacto sobre nuestras acciones. Recordemos que la identidad se muestra a través de lo que hacemos, cómo lo hacemos y con quiénes lo hacemos. Esa es la importancia de las acciones, con ellas le enseñamos (en el doble sentido de enseñanza aprendizaje y de enseñar mostrar) a nuestro entorno quiénes somos. Del mismo modo, las acciones que hacemos enseñan cuáles son las autolimitaciones 94 que nos hemos establecido. Entendemos con esto que las limitaciones no son verdades máximas impuestas desde una cadena de mando que siempre remite a un ente abstracto intangible, sino que son parte del accionar de las personas. El individuo tiene así tanta responsabilidad sobre sus limitaciones como sobre sus acciones.

Por tanto, la dinámica social tendrá como base la confianza en las otras personas, en esas identidades cambiantes, y no en una regulación impuesta desde afuera del individuo, o desde arriba, si se piensa en jerarquías. De esta forma podemos ver que este proceso no se basa únicamente en el individuo particular, sino en su interacción y en la aceptación del accionar de las otras personas, ya que en esa aceptación el individuo aprende a reconocer sus autolimitaciones. Una persona que logre, desde la confianza y la aceptación, ser consciente de lo abstracto que es convivir con la totalidad de una sociedad, será capaz de reconocer, en interacciones específicas con otras personas, la necesidad de establecer sus propios límites. Porque la aceptación de las acciones de las otras personas implica la cooperación para que todas las acciones sean llevadas a cabo. Así también, el establecimiento de las propias limitaciones tiene arraigado el reconocimiento de las condiciones sociales mínimas necesarias con que las demás personas tienen que cumplir para que las propias acciones puedan ser llevadas a cabo.

Esto significa que el individuo participará activamente en las limitaciones que las demás personas establecerán para ellas mismas al momento de participar en el entramado social. La ética tiene esta forma de ir mostrándose capa por capa en la cotidianidad, dando paso a la lógica de la analéctica. Con la analéctica podemos imaginar la dinámica social más allá de la interacción concreta que dos personas tengan. Es decir, el individuo no puede abarcar la totalidad de la sociedad para transformarla con sus acciones, de hecho, un individuo ni siquiera puede abarcar la totalidad de otro individuo. Por esto la ética implica la confianza en el otro, porque nunca va a haber una seguridad de que se forme entre dos personas un complemento idóneo de acciones y limitaciones, además de que siempre habrá más personas influyendo directa o indirectamente en esa interacción. Mucho menos se puede esperar que una persona pueda impactar a la totalidad de la sociedad, a menos que ese impacto sea unidireccional, desde el individuo hacia la sociedad sin que medie un proceso interactivo. En este sentido unidireccional se lleva a cabo la imposición. La imposición socava la formación de la ética en el individuo por esa misma forma no interactiva que le es inherente.

Por medio de la imposición se debilita la confianza en el otro, porque se esperará que el otro se amolde a nuestras formas sin discusión al respecto. Por medio de la imposición se debilita la autocrítica, porque la costumbre de amoldar a las demás personas a lo que uno está acostumbrado hace que uno no se abra a la escucha de otras ideas, ni propias ni ajenas. Por medio de la imposición se debilita el aprendizaje, porque todas las eventualidades sociales se dan por supuestas. Por medio de la imposición se debilita la libertad, porque las limitaciones y las acciones de la persona no estarán mediadas por una inquietud interna, y entonces las interacciones que el individuo establezca con su entorno serán más precarias, menos experimentales, y la vida le parecerá más monótona. Esa monotonía hará sentir seguro al individuo. E incluso pensará que su identidad depende, o está entrelazada a esa sensación, a esa seguridad que se gesta en la regulación impuesta. Pero esa seguridad es una costumbre de la infancia y puede ser desplazada del suelo de las regulaciones impuestas al terreno de la ética mientras la sociedad, en la cual se forma la identidad, ofrece las herramientas para su desarrollo.


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