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Israel Después De Sharon

by Miguel Ángel Bastenier
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Aún en fecha relativamente reciente, a la publicación de la autobiografía Guerrero, aparecida sólo en inglés en 1989 de Sharon predominaba una imagen jurásica, abrupta, irrefutable, la de que la paz sólo podía proceder de la expulsión del pueblo palestino de su propia tierra, para hacer posible la instalación del Gran Israel a ambos lados del Jordán. Sharon, hijo de emigrantes rusos y nacido en Kfar Maalal en 1928, tenía ante sí, cuando se fundó el Estado en 1948, una doble opción muy marcada. Alinearse con David Ben Gurion, inventor del nuevo Israel y líder de los sionistas “moderados” los que estaban dispuestos a aceptar el territorio que fuera posible para edificar allí su Estado sin renunciar por ello a una expansión futura o con los revisionistas, cuyo líder era Menájem Beguin, sucesor de Vladimir Zeev Jabotinsky, muerto en 1940, para el que la Biblia era toda una escritura de bienes raíces. 

Su temperamento, dado a los extremos –como joven oficial creó la unidad 101, especializada en lo que en los últimos años se ha llamado “asesinato selectivo”–, parece que debía emparentarlo antes con el revisionismo radical que con la estudiada prudencia de Ben Gurion, al que, sin embargo, como segundo fundador de Israel, hoy recuerda tanto. El capitán de infantería Arik.

Sharon –“coraje de león”, como significa su apellido– es el que el 14 de octubre de 1953 arrasaba una aldea jordana en represalia por un sabotaje palestino, dando muerte a sus 70 habitantes, la mayoría dinamitados en el interior de sus casas. Coronel en la guerra de Suez (1956) en la que se ilustró en la toma del paso de Mitla, clave estratégica del Sinaí, llegaba a general de brigada en la contienda de 1967, pero de ella le quedaría antes bien una espina. La gloria se la llevarían otros militares como Moshe Dayan o Yitzhak Rabin, hasta que en la guerra de octubre de 1973, su audacia, fortuna, capacidad para decidir sobre el terreno al margen del mando, le hacían un icono de la opinión israelí. Su temerario cruce del Canal para pillar por la retaguardia la defensa de misiles egipcia permitía darle la vuelta a un conflicto, que era el primero que hasta entonces Israel no estaba ganando. 

Esa desmesura, su actitud brutalmente racista con el árabe, del que decía que puede ser forzado o sobornado, pero nunca convencido, no hacía del militar un enamorado del diálogo, aunque su fuerte no fuera nunca lo estrictamente ideológico. 

En 1973 participaba en la fundación del Likud (Unidad), que sería la coalición que agrupara a los revisionistas. Y con la victoria del partido en las elecciones de mayo de 1977, el militar, ya con casi tanta circunferencia como estatura, ocupaba en los años ochenta una serie de posiciones ministeriales desde las que promovía la colonización de los territorios, plagando, así, de hechos consumados contra la paz –aglomeraciones de colonos– cualquier futuro proceso negociador. De igual forma, en junio de 1982 dirigía, como ministro de Defensa, la invasión del Líbano, cuyo objetivo era liquidar el movimiento palestino y físicamente a su mismo líder, Yaser Arafat. Y en esa persecución fracasada permaneció impávido mientras una banda de cristianos maronitas masacraba a más de un millar de refugiados palestinos, de todo sexo y edad, en los campos de Sabra y Chatila, cerca de Beirut. Los asesinos habían obtenido camiones y paso a través de las líneas del propio mando israelí. 

La derrota del líder del Likud, Benjamin Netanyahu, en las elecciones de 1999, ante el también ex general laborista Ehud Barak, propulsaría a Sharon a la jefatura del partido, y en febrero de 2000, el fracaso de aquel en la negociación de Camp David con el presidente palestino Yaser Arafat, lo convertía en el gran recurso ultra del electorado. Había votado en el Knesset (Parlamento) contra los acuerdos de Oslo y el reconocimiento de la Autoridad Palestina. De él sólo cabía esperar, por tanto, dureza ante el terrorismo, pero era precisamente entonces cuando se supone que “un nuevo Sharon-Frégoli” comenzaba a rescribir su propia historia. En diciembre de ese año el ejército israelí encerraba materialmente a Arafat en la Muqata, su destartalada residencia de Ramalla, y, con breves levantamientos del cerco siempre por presión de Estados Unidos, esa situación se mantuvo hasta que el líder palestino era trasladado a París para que le trataran de una tan misteriosa como grave afección de la sangre. Allí moría el 11 de noviembre de 2004, y el gran especialista judío israelí Amnon Kapeliuk afirmaba en conversación con el autor que estaba convencido de que había sido envenenado por orden de Israel. 

Ya a fin de 2001 Sharon había declarado a Arafat “irrelevante” para la negociación, acusándole de instigar el terrorismo así como de jefe putativo de la segunda Intifada, que había estallado en septiembre de 2000, tras una provocativa visita del propio Sharon a la explanada de las Mezquitas, donde se hallan los lugares votivos del Islam. Como jefe de Gobierno, cargo que revalidaba en enero de 2003 con otra aplastante victoria electoral, ordenaba en mayo la construcción de un muro-verja-foso-puente levadizo que impermeabilizara Israel contra el asalto terrorista. 

Prodigios taumatúrgicos 

Pero la segunda intención de la obra era engullir cerca del 15% de Cisjordania. Sharon, entre otros prodigios taumatúrgicos, ha conseguido que la opinión israelí no establezca conexión alguna entre colonización de Cisjordania, muro y terrorismo. El terror palestino, se dice, es autogenerado y lo único que se merece, la represión militar. 

En abril de 2004 se producía el hecho que probablemente ha influido más en la presunta transformación de Sharon. En una conferencia de prensa que celebró con el presidente George W. Bush en Washington en abril de 2004, el ocupante de la Casa Blanca admitía que Israel no tenía por qué retirarse de “todos los territorios ocupados”. Por la borda se iban las resoluciones de la ONU 242 y 338, que exigen esa retirada, incluida la del Jerusalén árabe. Con ese cheque en blanco las transformaciones duelen mucho menos. Poco después, el Gabinete israelí aprobaba la retirada de Gaza, llevada a término en septiembre de 2005. La Autoridad Palestina, que hoy preside Mahmud Abbas, recibía en propiedad los 400 kilómetros cuadrados de la franja mediterránea, pero que no por ello estaba cercada menos por tierra, mar y aire por las fuerzas armadas israelíes; y que de inmediato estallara una guerra de baja intensidad entre fuerzas gubernamentales palestinas y movimientos terroristas no podía sino confortar a Sharon, porque le “confirmaba” en su convencimiento de que “no había interlocutor”. Y, por ello, hasta que la AP desarme o liquide el terror, Israel se considerará cargado de razón para no negociar.

La última etapa de esa “hégira” del líder hacia el futuro se cumplía con la convocatoria de elecciones para el 28 de marzo, porque Sharon sabía que el Likud no le seguiría apoyando si pretendía llevar a cabo retiradas de alguna envergadura en Cisjordania, y por ello el 21 de noviembre dejaba el partido descompuesto y sin líder, para fundar una nueva formación que él mismo bautizaba de centro, llamada Kadima (Adelante). Pero el pasable enigma que el nombre plantea induce a preguntar: ¿hacia dónde? 

“No” 

La AP ha pedido siempre el cumplimiento de las resoluciones de la ONU: retirada total de Cisjordania y Jerusalén-Este, para establecer en esos 6.000 kilómetros cuadrados mal contados –con Gaza– un Estado independiente con capital en la parte árabe de la ciudad, y repatriación a Israel o indemnización a los refugiados que no puedan o no quieran volver. Y Sharon ha respondido siempre que “no” a abandonar un solo palmo de la capital; “no” al regreso de los refugiados; y “no” a la evacuación al menos de tres grandes bloques de colonias: Ariel, en el norte, Gush Etzion en el sur, y toda la periferia de Jerusalén-Este, lo que equivale a cerca de un 15% de Cisjordania, habitado por unos 250,000 colonos. Si a ello se le suman anexiones varias por razones de seguridad, Sharon habría podido decir, en caso de ganar unas elecciones a las que ya no se podrá presentar, que abandonaba más de dos terceras partes de los territorios. Pero la gran novedad habría sido que ese acuerdo, impuesto a los palestinos, sería en teoría sólo provisional, “ad interim”, hasta que Israel aceptara que había interlocutor válido de la otra parte. Y nada más natural que la violencia terrorista de los palestinos hiciera, a ojos de los israelíes, que ese momento no llegara nunca.

¿Hay en ello transformación del guerrero en estadista? Pues, lo que sí hay es el mejor acuerdo al que jamás podría aspirar Israel. El único problema es que resulta inaceptable para cualquier presidente de la AP elegido democráticamente. ¿Qué mérito tiene un viaje al centro, cuando equidista de dos injusticias, la de la derecha y la de la izquierda, que ambas mantienen la colonización de Cisjordania con negociaciones o sin ellas? ¿Empeora el panorama con la desaparición de Ariel Sharon? Aunque el legado del pantagruélico líder israelí no haya estado jamás encaminado a conseguir una paz para todos, sino a imponer tan sólo la victoria de un bando, el futuro podría ser aún más negro que el presente porque Israel sienta la necesidad de hallar un segundo “padre” a quien confiar su suerte. Sharon no pensaba la paz, sino la rendición del adversario. Pero tenía a su pueblo consigo. Su sucesor puede no tener ni una cosa ni la otra.


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