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La década del cambio de época

by Hernán Dinamarca
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En los años sesenta del siglo XX se inician cambios culturales que se insinúan como “marginalidades dinámicas”, según la feliz expresión del filósofo y psicoanalista francés Félix Guattari: movimientos sociales y culturales que surgen en las orillas del sistema social, pero que tienden históricamente a expandirse hasta convertirse en nuevos modos de vida. Este ha sido el proceso vivido por los movimientos contraculturales de los sesenta: ahí surgen los ecologistas; las feministas contemporáneas; los movimientos en pro de la tolerancia y la legitimidad del otro, de la aceptación de las identidades y diversidades sexuales, culturales y étnicas; los primeros signos de una nueva economía y la actitud cultural de la individuación y el desarrollo personal. Y quién puede negar que la sensibilidad implícita en esas marginalidades dinámicas hoy es una nueva red de conversaciones. Los cambios que explotaron en los años sesenta fueron de tal envergadura cualitativa y paradigmática, de tal vigor cultural, que, haciendo una analogía histórica, más parecen signos de un nuevo Renacimiento.

En mayo de 2008, los medios de comunicación trataron de entender los ecos de una fecha paradigmática: mayo del 68. Claro que para hacerlo con mayor profundidad se necesita una perspectiva que sólo la puede dar el tiempo, y se necesita un contexto que sólo lo puede dar un análisis más exhaustivo de lo que ocurrió en Occidente durante toda esa década. Por eso, asimilar el Modelo 68 –título que he tomado de una crónica periodística escrita en estos días– requiere de otro paradigma, de otro modelo, para ser armado… Ese iracundo y creativo mayo, mes símbolo de una década, insinuó una nueva vida hace 40 años; hoy entonces necesita un nuevo paradigma para ser revisitado. Y hacer un aporte en ese sentido es mi ánimo en estas páginas. Fue en los años sesenta, en Occidente, cuando empezamos social y culturalmente a constatar con urgencia las presiones ejercidas por la insostenibilidad del modo de vida propio e histórico de la época moderna. Y como vital respuesta de la conciencia humana, en esa década prodigiosa la especie comenzó a imaginar un nuevo modo de vida.

Fue ahí cuando una notable y apasionada generación de hombres y mujeres inauguraron un movimiento cultural multiforme y diverso, contracultural en sus orígenes. Este, sin saberlo, opera en red: individuos, ideas, colectivos, nuevos movimientos sociales que, tal como ha ocurrido en otras transiciones epocales, se empezaron a encontrar sincrónicamente en la historia y a cambiar en las bases el modo de vida humano. Los analistas neoconservadores y neoliberales, desde su acostumbrada miopía, se han limitado a destacar la derrota política de ese fértil movimiento cultural. Para ellos esa fue una década perdida, asociada a un radicalismo infantil que sólo dejó una huella de dolor por sus excesos y por algunas de sus consignas y discursos subversivos: “Prohibido prohibir” en París, “La legítima violencia de los condenados de la tierra”, en África. Esos críticos neoconservadores y neoliberales, cuya matriz paradigmática es de la modernidad más profunda, sólo han querido reconocer en los años sesenta el origen de los supuestos “males morales” que hoy nos sacuden; en esos años se habría iniciado el “satánico liberalismo de las costumbres” que miran horrorizados, aunque lo toleran siempre y cuando aumente las ganancias de sus negocios. Ellos se niegan a ver que esa generación de hombres y mujeres, reaccionando al autoritarismo y a la incoherencia ética de sus padres, simplemente comenzaban una desgarrada búsqueda íntima de una nueva ética, en todas las interacciones cotidianas. Precisamente, en una de las películas icono de los años de la psicodelia, Busco mi destino, con la pasión que sólo el arte y el cine puede entregar, latía el estado de ánimo de esa nueva atmósfera cultural y emocional.

Es cierto que las décadas de los setenta y ochenta inhibieron los sueños sesentistas con su aureola neoconservadora. Tras esa inhibición, la capacidad de imaginar (“la imaginación al poder” fue una de las consignas símbolo de Mayo del 68) fue acosada por el poder de la propia modernidad que era, en última instancia, la cuestionada. No pocos de esa generación, tal vez los mejores, terminaron en el insondable silencio, y otros, tal vez los más, han sido los actores secundarios del cansancio posterior. Sin embargo, esa es una mirada corta, pues los “marginales” movimientos contraculturales que allí surgieron han generado una huella tan grande en la historia posterior que nuestra corta visión histórica aún no puede develar. En los sesenta comenzó un proceso de larga duración, particularmente complejo, y sus tópicos están siendo y serán los desafíos culturales del futuro. Hubo un espíritu, gestos, energía y sabiduría E Serán los jóvenes los principales protagonistas de hechos culturalmente claves de esos años. 78 originados y desplegados en los sesenta, cuya herencia es una red de nuevas conversaciones que, año tras año y día a día, va ampliándose y seduciendo a más personas, en especial a los jóvenes, inaugurando así un aún inimaginable cambio cultural.

Y cuando cambian los tópicos más básicos de las conversaciones, simplemente estamos ante un radical cambio cultural. En los sesenta comienza un cambio profundo en la mirada y sensibilidad humana: desde un antropocentrismo instrumental (que está en la base de la modernidad occidental y que se había mostrado autodestructivo) se empieza a transitar hacia una concepción ecológica o un antropobiocentrismo radical (un sentido de responsabilidad integral con lo humano y la vida, que es pos-moderno en el sentido de ir más allá de la mirada moderna). En los años sesenta, a manera de gestos contraculturales, empezaron todos los movimientos sociales, sensibilidades, valores e ideas pos-modernas históricamente constructivistas que, junto con sugerir un nuevo modo de vida, comenzaron a erosionar el paradigma social moderno. Veamos.

Sensibilidad ecológica

En los sesenta renació en Occidente la sensibilidad ecológica. Poetas, ciudadanos, hippies y científicos coincidieron en cuestionar la vorágine destructiva del ilimitado crecimiento industrial. Con esos ojos, la naturaleza volverá a ser mirada como el nicho de los seres naturales que somos. El primer llamado de alerta ambiental fue en la Conferencia sobre el Medio Ambiente, realizada en Estocolmo en 1961, y allí también nacía una conciencia ecológica global. En los sesenta saldrán a las calles los primeros movimientos ambientalistas. Además, en los sesenta se empiezan a realizar los primeros estudios científicos exhaustivos que darán cuerpo al Informe del Club de Roma, publicado en 1972; estudios que serán los fundamentos para tantos pensadores que empezarán en esos años a hablar de la necesidad de poner fin al crecimiento económico ilimitado (o al menos a preguntarse sobre su carácter) y a reflexionar sobre una nueva cosmovisión ecológica. Entre las consignas escritas en las paredes de los “mayos del 68”, destaca una joya que fue capaz de resumir intuitivamente esta nueva sensibilidad crítica al devenir económico: “La mercancía es el opio del pueblo”, un parafraseo irónico y superador de uno de los más lúcidos pensadores modernos, Karl Marx. En esta consigna subyace una esperanza en salir de ese opio y vivir en una simplicidad voluntaria, en el reciclaje y en la desmaterialización de la economía. De los sesenta en adelante surgió una nueva conversación con la naturaleza: respetuosa, solidaria y acogedora de la biodiversidad, late en ella un sugerente reenamoramiento con la Tierra.

Principios subvertidos

En los sesenta, los principios de la actividad económica moderna comenzaron a ser subvertidos. Hombres y mujeres empezaron a cuestionar el valor del crecimiento económico ilimitado y la unilateral búsqueda de la ganancia y el lucro en interacciones competitivas, iniciándose así en la sociedad civil la organización expansiva de redes cooperativas y asociativas sin fines de lucro. También en los sesenta, el paradigma económico industrial, frente a la inminente realidad de la informatización, constata que su leit motiv de hombres y mujeres trabajando para producir será subvertido definitivamente por el desplazamiento radical e irreversible de la mano de obra, e incluso de la mente humana, de los procesos productivos de bienes y servicios. El uso creciente de máquinas automatizadas en cualquier actividad económica preanunciaba ya el actual drama del desempleo y del “fin del trabajo” socialmente organizado que hasta esa década habíamos conocido. De ahí en más la organización económica espera ser reorganizada. Las mujeres En los sesenta, las mujeres reivindicaron con rabia su sino de ternura.

Con ese gesto nacía un movimiento cultural antipatriarcal. Durante la modernidad llevaron adelante la reivindicación sufragista. Sin embargo, la eclosión femenina de los sesenta horadará culturalmente por primera vez la vida cotidiana de la modernidad. En ese 79 sentido, fue una ruptura cultural. Las mujeres desnudaron su sexo, se sacaron los sostenes y los colgaron hacia el cielo. De ahí emergió una conversación femenina que cambió nuestra más cercana cotidianeidad e incluso inundó de contradicciones íntimas al patriarca que cada uno de nosotros lleva dentro. En los sesenta fue redignificada la diversidad cultural. Martín Luther King y Malcolm X, entre otros, bailaron y pensaron con los negros por las calles. Y, simultáneamente, las culturas indígenas del mundo se empezaron a reencontrar consigo mismas, luego de siglos de un triste, sumiso y violentado pasar en un mundo que les era ancho y ajeno, parafraseando la potente imagen del escritor peruano Ciro Alegría. En los sesenta ocurrió también el fin del colonialismo político, esa larga rémora institucional que, en la época histórica moderna, Occidente impuso como dominio a todas las otras culturas. Fue el hito fundacional de los movimientos anticolonialistas y de los países no alineados para expresar la diversidad cultural y política del mundo. Fue el inicio de la liberación cultural de los negros y de otros grupos étnicos, proceso social y paradigmáticamente crucial. De ahí, entonces, que la auto-reivindicación de la originalidad de todas las culturas, junto al anticolonialismo, plantearon una ruptura histórica que empezó a mostrar la diversidad de rostros de los pueblos (la socio-diversidad). A partir de los años sesenta, en nuestras conversaciones intraoccidente, lo culturalmente diferente sería castigado cada vez menos.

El reconocimiento de la diversidad etárea y humana

Hasta los años sesenta, los viejos eran objeto de un respeto frío y de una suerte de desprecio no explícito. Su incapacidad para participar en los procesos productivos los convertía lisa y llanamente en población inútil y pasiva. Los viejos eran sólo aquellos que vagaban cerca de la muerte. Y la muerte (igual que el sexo), para el occidental moderno, ha sido algo oscuro, algo a temer e inasible. También hasta los sesenta los niños sólo eran objeto de la ira del autoritarismo patriarcal. Ellos, literalmente, no eran personas. Eran sólo objetos a ser modelados por una disciplina del terror, rígida y sin emociones. Además, hasta los sesenta los discapacitados eran una diferencia física o mental que sólo traía pena a su entorno más cercano, lástima en el lejano, y siempre una dura exclusión. A partir de esa década comienza una reacción frente a estas actitudes y valores. En los sesenta nacieron movimientos antinucleares, reactivando el pacifismo. La amenaza nuclear inhibió los arrebatos guerreros, y los pacifistas, a veces violentamente, nos sugirieron hacer el amor y no la guerra. La confrontación e imposición autoritaria empezó a ceder el paso al convencimiento y a la honesta seducción. Un hecho muy significativo, pues se empezaría a criticar la absurda falacia, en tiempos tecnológicos y nucleares, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, ya que ella hoy podría llegar a ser sólo la instauración de la muerte global.

En los sesenta nacieron movimientos juveniles y culturales, hippies y reformas estudiantiles, iniciando sueños y liberaciones varias. Durante gran parte del Occidente moderno, y en casi todas las culturas precedentes, no existió la juventud como categoría social y real de un grupo etáreo. Antes, el tránsito de la niñez a la adultez era inmediato, sólo había un breve y simbólico rito de paso. Estos movimientos juveniles emergentes, con su impronta de rebeldía, vendrían a recordar a la humanidad que el período de preparación y crecimiento, de apertura psíquica, es vital para que cada hombre y mujer actúe y reflexione. Serán los jóvenes los principales protagonistas de hechos culturalmente claves de esos años (animaron masivamente el Mayo del 68, en París, en Praga, en California, en México y en Chile, entre otros lugares); fueron ellos quienes primero conectarán en su ser íntimo con los cambios en la vida sexual, con la nueva sensibilidad ecológica y con la nueva sensibilidad antipatriarcal. Y serán también ellos los verdaderos amantes del rock, que no fue sólo electricidad, sino que musicalmente se nutría, entre otras fuentes, «En los sesenta nacieron movimientos juveniles y culturales, hippies y reformas estudiantiles, iniciando sueños y liberaciones varias». 81 del sonido del blues, ese vital lamento de la cultura negra. El rock también experimentó con lsd (una droga sintetizada en laboratorio y que amplía la conciencia), y lo hizo sincrónicamente con la ciencia para constatar que la realidad se viste de todas las cosas y que el sueño y los viajes al inconsciente son tan reales como la breve realidad de algunos sentidos. El rock de los sesenta fue una actitud iconoclasta constructiva. Por eso, como todo un símbolo de la energía y actitud de esos años, el festival de rock de Woodstock cierra la década en paz.

Sexo y amor, movimientos por la diversidad sexual

En los sesenta hubo movimientos de liberación sexual entre los jóvenes heterosexuales, que redescubrieron el cuerpo y la ternura, y entre los homosexuales, que empezaron a reconocer su sexo. Todo en una constructiva y creativa acción frente a una modernidad que había convertido al natural sexo y erotismo en algo pecaminoso y oculto: esa había sido la desolada vivencia del sexo durante el intenso temor y terror victoriano. También será relevante la eclosión de los primeros movimientos homosexuales en pro de otorgarse visibilidad y legitimidad, luego de que por siglos fueran considerados como el sexo “indecente”. A partir de los sesenta surgieron las primeras respuestas institucionales a las nuevas conversaciones y prácticas liberadoras, que llevaron a Inglaterra, Alemania y Canadá a una despenalización de la homosexualidad, iniciándose así un proceso histórico que poco a poco iría ampliando la aceptación emocional de lo sexualmente diverso. De ahí en más, en nuestras conversaciones reaparecerían los cuerpos.

En 1960 nació la píldora anticonceptiva oral. Esta creación, sincrónicamente, vendrá a facilitar la revolución de la vida sexual que empezaba en esa década. En perspectiva histórica, la píldora fue la creación cultural por excelencia que permitió comenzar una respuesta real ante la inquietante amenaza de la sobrepoblación. En los sesenta, a manera de todo un símbolo, los Beatles viajaron a Oriente a reencontrarse con otra sabiduría milenaria. Antes, en distintos momentos durante la modernidad, en especial en la reacción romántica a la racionalidad instrumental moderna, muchos artistas y algunos intelectuales (Heiddeger, Eliade, Jung y Gorki, por ejemplo) ya habían abierto puentes horizontales con Oriente e incluso algunas religiones minoritarias en Occidente –los espiritistas franceses– eran herederos de la espiritualidad de Oriente. Sin embargo, será en los años sesenta cuando se empieza a masificar culturalmente este diálogo horizontal. Los occidentales llevaron a Oriente a Cristo, a Descartes y a la fría razón instrumental y regresaron con Buda, con el Tao y el desafío de la individuación y el cambio personal. Nacía así un primer acercamiento en busca de una síntesis cultural entre Oriente y Occidente. Y más tarde, la mirada de Occidente también empezaría a dialogar con las espiritualidades de todos los pueblos de la Tierra. En ese contexto, no es extraño que en 1969 haya sido publicado el primer libro de Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castañeda, obra que, sobre la base de la filosofía tolteca, inicia una saga de escritos que seducirán a generaciones de occidentales con la sabiduría de las culturas originarias de América.

La revolución intra-Iglesia: el Concilio II

La mayor religión institucional de Occidente, la Iglesia Católica, comienza en los años sesenta su propio proceso histórico de asimilación del fin de la modernidad y del principio de una nueva época. Entre 1962 y 1966, el Concilio Vaticano II revoluciona la Iglesia. La milenaria institución, sin duda, tiene sentido histórico. Ama y señora durante los mil años del medioevo, en los inicios de la modernidad tuvo fuertes conflictos con los nuevos valores modernos y conoció una importante escisión: el protestantismo. Siglos más tarde, anidada ya la Iglesia en sus “tradiciones modernas”, el Concilio Vaticano II vino a remecer históricamente una vez más a la Iglesia Católica.

Este fue un movimiento que desde el propio seno de la institución le interpeló, le sacó las sotanas, la volvió a las calles e impulsó incipientemente a los teólogos a repensar los nuevos desafíos culturales de la posmodernidad. 82 Aunque la reacción conservadora al interior de la Iglesia post-concilio ha sido muy intensa, es también históricamente inequívoco que hoy está siendo cruzada por estas interpelaciones. E incluso, en Europa y Estados Unidos, especialmente, es común ver a líderes católicos institucionales al lado de movimientos feministas, de neo espiritualidades, de gays y ecologistas. La historia de la Iglesia, una vez más, está abierta.

Un nuevo paradigma científico

En los sesenta, sobre la base de nuevas miradas y teorías científicas, la ciencia pura y su asombrosa búsqueda de sabiduría transitó definitivamente hacia uno de esos cambios de paradigma que por esos mismos años describía Thomas Khun en su Estructura de las revoluciones científicas. En esos años se consolida la cibernética y la teoría de sistemas. Surge la física no lineal y las matemáticas de la complejidad. En biología sistémica nace la teoría de la autopoiesis para explicar la vida. También en esos años se sintetiza el adn, que será clave para desentrañar los secretos de la vida. La doble hélice (el adn), la información de la vida tras todas las vidas, se nos empieza a aparecer misteriosamente como una serpiente cósmica, igual que en la mayoría de los relatos de las cosmovisiones originarias que explican el principio de la vida. En 1965, Emmet Leith y Juris Upatnicks anunciaron que habían construido hologramas con el recién creado rayo láser (que en la teoría había sido descrito en 1947 por el matemático Dennis Gabor). En 1969 el neurocirujano Karl Pribram propuso que el holograma constituía un poderoso modelo para los procesos cerebrales y sincrónicamente con el físico David Bohm, intuyó que la organización del universo podía ser holográfica.

Aparición de nuevas tecnologías

También en los años sesenta, en el Pentágono se realizan los primeros ensayos y experiencias de interconexión de computadoras en red orientados a la defensa militar, anunciando así la actual red Internet. A su vez, a finales de los sesenta, se empieza a experimentar con organismos genéticamente modificados (omg), dando curso a la actual biotecnología. En los sesenta, las comunicaciones empezaron a ser revolucionadas con el nacimiento de la red Internet y con un cielo cercano que empezará a llenarse de “estrellas” artificiales: los satélites. Lo que primero fue una red para las comunicaciones militares, con los años se iría convirtiendo en una potente revolución de las interacciones de sentidos que nos enredaría a todos, como si fuéramos un cerebro único, con sus grandezas y miserias.

Desde entonces, el código transgenético que es el lenguaje, empieza también a operar en una red planetaria. Si la imprenta fue la tecnología que a finales de la Edad Media y principios de la modernidad revolucionó las comunicaciones, marcando a toda la época moderna, ahora Internet, por la radicalidad de su revolución, sin duda será la tecnología que marcará las comunicaciones del naciente mundo postmoderno. En los sesenta también eclosionó el cuestionamiento social en el propio seno del moderno socialismo realmente existente. En 1968, en Checoslovaquia, los movimientos sociales que por primera vez salían a las calles en la Primavera de Praga, con flores y al estilo parisino, empezaron a resquebrajar a este hueso duro de la modernidad: el socialismo real. Hoy sabemos que junto al liberalismo económico y político, el socialismo fue el otro hijo del proyecto moderno occidental, racional e ilustrado. Un hijo radical y a la vez una variante para la administración de la modernidad, que hasta esa fecha, al menos en la Unión Soviética, aún sobrevivía en competencia con el capitalismo y también mostraba su capacidad de control y destrucción de la naturaleza, su potencial para el crecimiento económico y el desarrollo de las fuerzas productivas. Todo aquello que había sido la misión más íntima y compartida por el socialismo y el capitalismo, tal cual Caín y Abel, en tanto hijos del proyecto moderno.

En los sesenta, un hombre pisó la Luna y de inmediato abrió los ojos para observar el espacio cósmico, descubriendo en el horizonte una hermosa esfera azul que es nuestro vivo y único hogar. Paradójicamente, fuimos a conquistar la Luna y terminamos descubriendo la Tierra. De esa manera, la conciencia de una humanidad que permanecía simultáneamente en red y asombrada frente a los millones de televisores encendidos y conectados en vivo y en directo hacia la Luna, se impregnaba de un sentimiento de pertenencia a la Tierra que nunca antes pudimos tener. Desde ahí se expande la conciencia planetaria, el más potente signo cultural de la actual mundialización. Esos, entre otros, fueron los radicales signos y gritos de los sesenta. Cuando jóvenes y movimientos estudiantiles, junto a artistas, trabajadores, intelectuales y científicos, tomaban las calles, en muchos de ellos latían levemente esas sensibilidades nacientes. El cineasta Stanley Kubrick, en 1968, resumía esa sensibilidad: “A mi modo de ver, la única inmoralidad es la que pone en peligro a la especie humana, y el único mal absoluto, es la amenaza de su aniquilación”. ¿Es que acaso hoy, tres décadas después, esos incipientes gestos culturales han sido olvidados? No lo han sido. Es un hecho también histórico que las profundas huellas heredadas de esas sensibilidades seducen ahora a más y más personas, y que en procesos históricos de larga duración podrían tender dinámicamente a consolidarse como sensibilidades mayoritarias. Ese ha sido el proceso vivido por los movimientos contraculturales de los sesenta: ahí surgen los ecologistas y la sensibilidad medioambiental de transversal vigor en el presente; la actual sensibilidad femenina; los movimientos en pro de la tolerancia y la legitimidad del otro; de la aceptación de las identidades y diversidades sexuales, culturales y étnicas; de una nueva economía y la actitud cultural de la individuación y el desarrollo personal. Una nueva red que, en una humanidad cuyo sino es el lenguaje, va configurando un emergente período en la historia y un cambio cultural radical. Escritas estas reflexiones, para mí, hoy resultan especialmente bellas e intuitivas las declaraciones de Daniel Cohn Bendit, uno de los protagonistas de la revuelta parisina: “Después de lo que hemos vivido durante este mes, ni el mundo ni la vida volverán a ser como eran”, como si ya en ese entonces, a fines de mayo de 1968, él comprendiera los ecos de los hechos históricos en que estaba participando en esos intensos años. En fin, los cambios que estallaron en esa década prodigiosa fueron de tal envergadura cualitativa y paradigmática, de tal fuerza cultural, que haciendo una analogía histórica más parecen signos de un nuevo Renacimiento: a partir de los sesenta vivimos en la vorágine inicial de una nueva manera de mirar, de una transición epocal de dimensiones aún insospechadas e inciertas, y cuyo proceso histórico será largo e intenso.

Estas reflexiones sobre la herencia cultural de los años sesenta se encuentran extensamente desarrolladas en libros de mi autoría, especialmente en El viaje en el Uro Aruma, 1996, Ed. Lom, y en Epitafio a la modernidad: Desafío para una crítica posmoderna, Ed. Universidad Bolivariana, 2004. Por su parte, en el libro Después de todo: Conversaciones sobre el cambio de época, Ed. B, 2000, en coautoría con Carlos Altamirano, se encuentra el sustrato histórico de estas reflexiones.


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