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Revista GLOBAL

La guerra de Abril, mi testimonio

por Rafael Chaljub Mejía
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La revolución constitucionalista de abril de 1965 se desarrolló en varios frentes. La historia solo registra, como es natural, la epopeya encabezada por sus líderes y los combates librados contra las fuerzas regulares de San Isidro y, luego, contra los interventores de la 82.o División Aerotransportada de la Armada norteamericana. Uno de esos frentes fue, sin dudas, el que se libró desde los pueblos y comarcas, en todos los casos infructuoso. En realidad, planes que no pudieron concretarse porque lo que se vivía en Ciudad Nueva y sus contornos era grave y los comandos comenzaban a inquietarse por el hambre y el cansancio de la guerra. Además, las negociaciones avanzaban. El testimonio de este guerrillero de 1963, cuadro relevante de los intentos de extender la guerra, nos cuenta una historia que muchos no conocen; historia que también está provista de intentos de heroísmo y de disciplina política y, de algún modo, debe tener lugar en el registro de la historia completa de la revuelta abrileña.

n abril de 1965 vivía yo en mi campo de origen, Las Gordas, una sección de la provincia María Trinidad Sánchez, por allá por la costa arriba. Las circunstancias en que me desenvolvía como militante revolucionario eran difíciles. Desde los días del Consejo de Estado y después de las elecciones del 20 de diciembre de 1962 y la consiguiente instalación del Gobierno del profesor Juan Bosch el 27 de febrero de 1963, era el dirigente del Movimiento Revolucionario Catorce de Junio —1J4— en mi comarca. 

Se trabajaba en aquel inolvidable ambiente de libertades que el Gobierno legítimo de Bosch garantizaba, pero vino el golpe de Estado militar del 25 de septiembre, el Gobierno civil fue derrocado, y por culpa de un grupo de políticos resentidos y de unos altos oficiales militares irresponsables, retrocedió la rueda de la historia y a dos años apenas de la decapitación del régimen del dictador Rafael Trujillo, el país tuvo que someterse otra vez a la ley de bronce de la dictadura militar. 

Nuestro líder, Manuel Aurelio Tavárez Justo —Manolo—, había prometido que si se cancelaban las libertades públicas, se lanzaría a la lucha armada. Ante el hecho consumado del golpe militar, el clarín del partido llamó a las armas, yo di un paso al frente y se me incluyó como soldado de filas de uno de los seis frentes guerrilleros. El 28 de noviembre de 1963 nos fuimos de insurrección a la manigua del nordeste a pelear por la vuelta a la constitucionalidad. 

Es bien sabido que aquel movimiento armado fracasó, se pagó un precio demasiado alto en sangre, empezando por la vida del propio Manolo. Yo fui capturado en las montañas, en diciembre, enviado al penal de La Victoria, liberado al año siguiente y al retornar a mi casa paterna allá en el campo, me desenvolví en las precarias condiciones de un exprisionero de guerra, bajo la vigilancia de un Gobierno militar en un apartado campo del nordeste como el mío. 

Todo era un anhelar y esperar la caída del Triunvirato, el Gobierno de facto que los jefes militares usaban como instrumento civil de la dictadura. Hasta que aquella tarde soleada y tibia del 24 de abril de 1965, escuché por Tribuna Democrática, el programa radial del Partido Revolucionario Dominicano —PRD—, la voz sonora del doctor José Francisco Peña Gómez, que anunciaba al país el inicio de un levantamiento militar por la vuelta al orden constitucional interrumpido por el golpe. 

Como a la mayor parte de los militantes y dirigentes de izquierda, el levantamiento me tomó por sorpresa, y de primer momento no sabía qué hacer; y mis compañeros de la ciudad de Nagua, tampoco. Las comunicaciones eran difíciles. Dos días después y como yo estaba tan quemado, envié a un joven compañero campesino a buscar información a la ciudad capital. Mi expreso sabía moverse y cómo encontrar a algún alto dirigente del 1J4 en Santo Domingo, preferiblemente a Fidelio Despradel o a Rafael Cruz Peralta, antiguo comandante del frente guerrillero del cual yo había formado parte, para recibir orientaciones indispensables. Le recalqué al enviado que le dijera la necesidad que tenía yo de salir de mi campo, venir a la capital e integrarme a la guerra que con los militares constitucionalistas y el respaldo del pueblo se estaba desarrollando en la capital. A quien mi correo pudo ver fue a Homero Hernández, antiguo jefe de operaciones de mi frente. Habíamos compartido la misma celda en La Victoria y tuvimos siempre una muy buena relación. Homero recibió mis encargos y, como al parecer ya tenía en mente algún plan incipiente para extender la guerra al interior, me mandó un mensaje en el tono cercano a una orden: «Dile a Chaljub que los yanquis están a punto de desembarcar sus tropas, que en esta capital no habrá nada qué hacer, que se mantenga en el campo y no se deje agarrar, hasta que le avisemos lo que deben hacer». Palabras más o menos, esa fue la contestación que recibí de parte de Homero, que no era de la máxima dirección del partido, pero, por su entrenamiento y su conducta a la cabeza del Buró Militar, gozaba de bastante autoridad tratándose de los asuntos de la guerra.

Tremendo trance para mí. Cuando el 28 de abril se produjo el desembarco de la infantería de marina yanqui, los militares facciosos, que estaban desmoralizados y al borde del colapso, tomaron un nuevo aire y se envalentonaron. La revolución fue cercada militarmente por los invasores, pero mantuvo el control de la zona intramuros de la capital, desde donde sostuvo, a pesar de la superioridad de recursos materiales del enemigo, una digna y heroica resistencia a los invasores y sus socios nativos. Pero en el interior, con renovada saña, los golpistas arreciaron la represión contra los militantes y partidarios de la revolución constitucionalista, que empezaron a sufrir arrestos, desapariciones y asesinatos en todo el país.

Pasé a la clandestinidad más rigurosa, dejé mi casa paterna para vivir ya en el monte, ya en casa de campesinos que, por razones familiares, afectivas, o por coincidencia política, me brindaban albergue con un celo y una solidaridad que nunca tendré como recompensarla. Patrullas militares y agentes del servicio secreto de Policía recorrían las zonas rurales; me llegaban informes, a veces de los mismos alcaldes pedáneos, de que andaban en mi búsqueda. 

Mantuve el intercambio con los compañeros de la ciudad de Nagua, que tuvieron el valor de resolverme un problema que me preocupaba enormemente: en aquellas riesgosas condiciones yo andaba desarmado. Pero ocurrió que los norteamericanos instalaron en Nagua una guarnición de paracaidistas de la tristemente célebre 82.o División Aerotransportada, y en un acto de audacia, una pistola Remington Rand calibre cuarenta y cinco, quitada audazmente a uno de esos soldados invasores, vino a resolver el problema de mi armamento. Me sentía mejor desde entonces, porque en caso de un encuentro con mis perseguidores, tenía al menos la posibilidad de honrar el prestigio de mi causa con una muerte en combate. 

En la segunda quincena de mayo, antes de cumplirse el primer mes del estallido, por vía de los compañeros de la ciudad recibí la orden de trasladarme a la capital personalmente. En horas de la noche me moví hacia Nagua, recibí la cédula con una falsa identidad que los compañeros habían preparado; y al amanecer y después de evadir los retenes militares que habían sido instalados en las afueras del pueblo, abordé el vehículo que me conduciría a Santo Domingo.

Empecé a ver de cerca la cruda realidad de la guerra: los repetidos controles militares en la carretera a cargo de soldados que salían de sus trincheras a registrar los vehículos y los pasajeros, en una operación que se volvía más frecuente mientras más nos acercábamos a la capital. Hasta que ya en la gran ciudad, escenario concreto de los combates, entré a su zona norte, donde las consecuencias de la Operación Limpieza emprendida por el enemigo eran visibles. Un escenario sombrío, opaco, el de la capital de ese momento, una ciudad militarizada que me pareció un monstruo mitológico que con las fauces abiertas me esperaba para engullirme. 

En tránsito hacia la zona libre de la ciudad, atravesé los check-points o puestos de control instalados por los invasores, que rodeados de fortificaciones y alambradas exhibían sus vistosos uniformes, sus armas modernas, sus blindados, su potente artillería, todo con la deliberada intención de infundir pánico, mientras apuntaban hacia donde soldados y pueblo en armas, con el presidente coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó a la vanguardia, hacían latir con mayor fuerza el corazón indignado de la patria.

Pasado el mediodía llegué por fin a la casa de la calle José Gabriel García, donde estaba la sede del Comando Central del 1J4. Se palpaba en el aire el dolor causado por la caída, en el fallido intento por tomar el Palacio Nacional, el 19 de mayo, de nuestro dirigente Juan Miguel Román y otros compañeros tan entrañables como Euclides Morillo, mi compañero de armas y de prisión en la insurrección del 28 de noviembre de 1963, lo mismo que por la muerte heroica en la misma operación del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, precursor insigne del movimiento constitucionalista y ministro de Interior del Gobierno constitucional de la República en armas.

En el Comando Central me fue muy grato encontrarme con compañeros tan fraternos como Reyes Saldaña (oriundo de Laguna de Coto, San Francisco de Macorís, antiguo guía de nuestro frente guerrillero), Orlando Mazara, Arnulfo Reyes, Homero Hernández, Bienvenido Leal Prandy —la Chuta—, entre muchos más. Allí estaban con los fusiles en la mano, en defensa de la misma causa por la cual nuestro líder Manolo había dado su sangre, en estrecha relación con su pueblo y en defensa valiente de la dignidad ofendida de la patria.

Cerca de una semana después de haber llegado al Comando Central, me dio Homero las últimas instrucciones. Debía volver a mi zona, mantenerme en ella a toda costa, sin dejarme atrapar y, además, organizar núcleos con los campesinos mejor dotados para servir de apoyo a una próxima guerra de guerrillas en las montañas. Existía el propósito firme de prolongar la guerra en el interior del país y, en ese sentido, la región montañosa del nordeste tenía un papel importante que jugar. Pensé en advertirle al compañero los riesgos que correría al dejar la seguridad de la zona libre de Ciudad Nueva y retornar a mi comarca, en la cual la vigilancia y la represión eran cada vez más grandes. Pero consideré indigno de un revolucionario andar poniendo objeciones en aquellas condiciones de guerra, cuando lo que se necesitaba eran hombres y mujeres siempre listos para ir allí donde las dificultades eran mayores. Y más cuando veía a mis mejores compañeros dando su vida sin andarse con reservas ni objeciones.

Ya de nuevo en mi lugar, puse manos a la obra y esperé. Pocos días después fui informado de que se planeaba la toma de la fortaleza militar de San Francisco de Macorís y, en prevención de que sería difícil librar una guerra de posiciones en la ciudad frente a las tropas facciosas y las invasoras juntas, se había planeado la retirada estratégica a las montañas; era en esa fase donde el trabajo organizativo que se me había mandado hacer adquiriría importancia. Pero el asalto programado para el 25 de junio en Macorís fracasó en sus inicios, los comandantes respectivos de la Policía y el Ejército sembraron de crímenes aquella heroica ciudad que vivió días de indescriptible terror.

Al mes siguiente, cuando las medidas represivas en la región se habían hecho menos rígidas, fui llamado por nueva vez a Ciudad Nueva. El 28 de julio me fui a dormir a la ciudad porque, al amanecer del día siguiente, un colaborador del movimiento, persona reconocida y de bastante prestigio en Nagua, viajaría a la capital y yo viajaría con él. En efecto, vino a buscarme de madrugada y al desplazarnos a esas horas nos topamos de pronto con un despliegue de agentes policiales que nos mandaba el alto. Mi conductor, hombre de mucho valor y suficiente carácter, reconoció a uno de los del servicio secreto, Epedor Ramos Mata, nativo de Nagua, y le preguntó con voz muy firme: «Epedor, y qué movimiento es este». El policía, verdadero azote en la zona, uno de mis más tenaces perseguidores, se acercó por la puerta delantera derecha, quedó a un metro apenas de donde yo estaba y, sin mirarme y sin sospecha aparente, respondió con la mayor naturalidad del mundo: «Nada, que Luisito Alcéquiez le disparó con una pistola a una patrulla y un policía tuvo que tirarle a él y lo mató». 

A la tensión enorme que me atormentaba con este sujeto tan cerca, se agregó el dolor desgarrador de aquella noticia. Luis Alcéquiez, mi casi hermano de crianza. Cuando mis padres me mandaron a Nagua a continuar los estudios primarios en los años cincuenta, vine a vivir en la casa de los padres de Luisito. Luego, crecimos ambos y formamos parte del mismo equipo de pelota que representaba a Nagua en los campeonatos regionales de entonces, nos quisimos siempre como dos hermanos. Mi conductor intercambió algunas palabras más con el calié y, tras retirarnos del punto, emprendimos viaje a la capital. Dejamos atrás Nagua, que lloraba a uno de sus hijos más valiosos y yo, sin que mi amigo se diera cuenta porque aún no acababa de amanecer, sequé suavemente en mis ojos nublados las lágrimas inevitables con las cuales me asociaba al dolor de los que lloraban aquella muerte a mansalva que jamás debió ocurrir. 

De nuevo, en la zona constitucionalista y en el Comando Central. No había abatimiento ni baja de la moral, pero sí la convicción de que el propósito de extender la guerra al interior había fracasado. La revolución estaba a la defensiva desde el punto de vista militar; aumentaban las presiones y los cabildeos de los norteamericanos, y la dirección política del movimiento, en manos de la alta dirigencia perredeísta, estaba cada vez más dispuesta a la salida negociada del conflicto. Entonces en la alta dirigencia del 1J4 el concepto predominante era el de que había que prepararse para volver a las armas y librar una larga guerra de resistencia con el campo como escenario principal y la guerra de guerrillas como método fundamental. Sobre eso querían hablar conmigo y con los demás cuadros vinculados al trabajo en las zonas rurales. Me tocaba, en consecuencia, quedarme definitivamente en mi lugar, buscar algún trabajo distinto al que realizaba en las propiedades de la familia, para tener así mayor justificación social para moverme por toda la región. Esta vez mi estadía en Ciudad Nueva fue más larga que la anterior, y al fin de la misma emprendí el viaje de retorno, meditando en la ruta la forma en que pondría en práctica las orientaciones que había recibido para el trabajo de tipo estratégico que me habían encomendado.

La guerra terminó de la forma y bajo los términos engañosos que registra la historia; y yo, que, como se aprecia en este escrito, jugué apenas un modesto papel de retaguardia en ella, sin actos heroicos dignos de ser contados, la sigo viendo hoy como una inagotable fuente de enseñanzas merecedoras del más ponderado estudio. 

Una revolución iniciada por militares dignos que pusieron los fusiles de la insubordinación al servicio de la institucionalidad y de la ley; que dio una preciosa lección de unidad combativa entre los militares constitucionalistas y civiles sublevados, unidad que los hizo indestructibles y dignos de la admiración y la solidaridad de todo el mundo democrático. Ante el empuje arrollador de esa unidad, rodó por tierra el Gobierno de facto del Triunvirato y puso en crisis al aparato militar que lo sostenía y al cual los norteamericanos salvaron de la ruinosa derrota que estaban a punto de sufrir. Esa misma unidad garantizó el mantenimiento de la resistencia patriótica y determinó que, por vez primera en su historia intervencionista en América, los norteamericanos tuvieran que sentarse a negociar una salida negociada con un pequeño país como el nuestro.