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La nueva dinámica política y de desarrollo en el marco de la transformación global en América Latina

by Humberto A. Daza
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Estamos en un momento de grandes disyuntivas en América Latina. Hay que visualizar los modos de gobernar y el tipo de desarrollo que se intenta llevar adelante. Se trata de proyectos de sociedad supuestamente más democráticos, menos excluyentes, que pretenden renovar el liderazgo político; también hay que percatarse del ascenso de la «nueva» derecha y la aparición de algunas prácticas novedosas en la «izquierda» regional. No está de más mencionar que algunos modos de gobierno parecen combinar ambas posturas y revelan un mundo donde abundan la ambigüedad, la polivalencia y las paradojas.

En América Latina, el Estado ha tenido un papel fundamental en el desarrollo social, económico y político, es decir, tuvo una creciente centralidad en la definición y resolución de los problemas de la región a lo largo del siglo XX. Hacia finales del siglo XIX se experimentaba la primera de tres grandes reestructuraciones del capitalismo mundial (el modelo primario-exportador), caracterizada por una actividad económica predominantemente agroexportadora, es decir, basada en la exportación de materias primas agrícolas y minerales. Este modelo funcionaba en el marco de una sociedad con grados elevados de analfabetismo, innumerables enfermedades y una población dispersa sobre el continente. Las actividades predominantes estaban vinculadas al sector agrario y a la extracción minera, y las formas de organización política dominantes, dependiendo del país, se han denominado, en general, como populistas, caudillistas y oligárquicas, entre otras definiciones.

Esta realidad cambia a principios del siglo XX con el nuevo reparto y reacomodo de los factores de poder, con la evolución de la industria y la aparición de las políticas de bienestar socioeconómico fomentadas por el Estado. Esta transformación reconfigura y da paso al modelo de sustitución de importaciones (vigente hasta los años sesenta y setenta, aproximadamente) y al modelo de economía abierta, denominado también como neoliberal desde los años setenta hasta los noventa, cuando diferentes centros de investigación, algunos estudiosos e instituciones multilaterales promueven la inauguración del modelo posneoliberal en su versión progresista neodesarrollista y de derecha tradicional.

Según el investigador social Osvaldo Sunkel, la preocupación por el desarrollo y sus teorías (estimuladas, en particular, por la CEPAL y otros organismos mundiales) terminó cuando apareció con mucha fuerza el fenómeno global de la «permisibilidad financiera internacional» en la década de los 70. La preocupación fundamental, de acuerdo con Sunkel, pasó a ser la «estabilidad» y la «eficiencia». Se impuso con fuerza la «ortodoxia neoclásica» y, en consecuencia, «se perdió la noción de la necesidad de una estrategia de largo plazo y de una planeación para el desarrollo» (Sunkel, 1995: 47).

Con los modelos de economía abierta se emprendieron políticas irresponsables en América Latina. Nos referimos a que las naciones latinoamericanas, en vez de reestructurar sus instituciones para afrontar las presiones de los países centrales, sustituyeron la estrategia de crecimiento a largo plazo por la táctica neoliberal de obtención de finanzas en el corto plazo, lo que derivó en un endeudamiento gigantesco con el Fondo Monetario Internacional. Bajo las condiciones descritas, se consolidó el discurso ideológico según el cual hay que permitir que el mercado lo dirija todo. En consecuencia, el campo de la intervención política disminuye y el conocimiento especializado, junto con la tecnocracia, se convirtió en elemento clave de la legitimación de los intereses dominantes, que, por cierto, no se desligan del protagonismo de liderazgos tecnocráticos, mesiánicos y carismáticos.

Se trataba de una forma de hacer política completamente autoritaria e inédita, aunque aparecía en el escenario como propiciadora de espacios de consulta de la población. Se consideró que esta concepción colectiva e individual, engarzada en la noción de desarrollo fundamentalmente económico, se debía cumplir en la medida que evolucionaba y marchaba el aparato productivo de una nación como reflejo de la dinámica de los países centrales altamente industrializados. Por supuesto, ello no se cumplió. Obviamente, se pretendía alcanzar los estándares reconocidos como adecuados por los países altamente desarrollados. De acuerdo con este esquema de calificación del desarrollo de los «países periféricos», las calificaciones mostraban países «inferiores» o «superiores», «buenos» o «malos», «desarrollados» o «subdesarrollados», «avanzados» o «atrasados», entre otros. Esta tipología es considerada por muchos investigadores y estudiosos actuales como inadecuada y supremacista.

Según Michel Foucault, esto tiene su explicación en una visión economicista de la historia que ha sido defendida tanto por el pensamiento económico y político liberal (en su versión neoliberal) como por algunos promotores del marxismo y sus sobrevivientes (en su corriente estatista). Se trata de un «punto en común» (Foucault, 2000: 26) entre concepciones, en apariencia antagónicas, de un modelo formal que procede de las ciencias naturales y que, paradójicamente, se mantiene en la actualidad como referencia imprescindible para comprender la realidad y orientar el comportamiento social.

El determinismo económico proveniente del liberalismo está ligado a la idea de la funcionalidad y eficacia económica de una sociedad. Es parte del sentido común actual comprender la globalización como un fenómeno estrictamente económico. Dicha explicación ha ganado terreno porque está montada en una gigantesca operación informativa y, por qué no decirlo, seudoacadémica, que tiene el propósito de desmantelar el concepto de Estado-nación y otros aportes epistemológicos y de conocimiento que resultan incómodos para estructurar las relaciones del mundo bajo la égida de las grandes corporaciones financieras, energéticas y económicas y de los países que conciben a la humanidad bajo su tutelaje. En esta concepción, lo económico representa el valor más caro de la humanidad y, lógicamente, debe impregnar todas las cosas. Esta realidad es profundamente seductora debido a que está impregnada del avance de las nuevas tecnologías que surgen del aparato productivo capitalista.

En esta perspectiva, es imprescindible una competitividad creciente que cubra toda la sociedad y que para ello se apoye en una ideología globalista, que intenta restaurar aquel determinismo liberal (parecido al marxista) que se creía muerto y que ahora sobrevive con una de las corrientes de la llamada globalización y que, sin duda, se inscribe en la vertiente economicista: la idea de un capital trasnacional, sin fronteras y que tiende a cubrir todo el territorio planetario.

Nuevos actores en América Latina y el Caribe 

En el presente siglo, con la emergencia de nuevos actores denominados progresistas, en América Latina se produce un viraje en la conducción del Estado y se activan diversas y hasta contradictorias gestiones gubernamentales. Por un lado, se incrementa la participación popular, se impulsa el asistencialismo y el bienestar social, aprovechando el aumento de los precios petroleros, la recesión mundial y la demanda de recursos naturales por parte de los Estados y países más poderosos del planeta. Por otro lado, a pesar del aumento de los indicadores económicos y financieros favorables a los esquemas redistribucionistas, continúan los esquemas unidireccionales, centralistas y clientelares de la gestión pública. Con la disminución de los recursos hacia la segunda década del presente siglo se extienden la pugnacidad política y los intentos violentos e ilegales para tomar el poder en varias naciones, y crecen la ineficacia, la corrupción y el populismo autoritario.

Se puede decir, en general, que en la primavera del siglo XXI se impuso una nueva forma de hacer política, independientemente de sus variantes, con nuevas modalidades de legitimación ideológica y social (refundaciones de la república, un lenguaje democrático radical y de redención social, reformas constitucionales, referéndum). Estas experiencias fueron evaluadas como positivas en cuanto a sus logros sociales, especialmente los referidos al combate de la pobreza, el desempleo, la indigencia, los índices de salud y educación, entre otros. Algunos analistas y estudiosos sociales afirman que el liderazgo político que apareció hacia finales del siglo XX y principios del siglo XXI se desplegó como producto de las demandas de los actores sociales más desfavorecidos, pero nunca dejó de representar los intereses de las élites y clases más pudientes, tanto a nivel nacional como a nivel regional y mundial. Por ello, en la actualidad, una nueva generación de líderes populares y de movimientos ambientales, indígenas, políticos y sociales que se formaron bajo las nuevas condiciones del esquema que muchos nombran posneoliberal de principios de la primera década, ahora se encuentran nuevamente activos, operando de manera crítica e independiente frente a los actores poderosos, tanto políticos como económicos, de una postura u otra en el espectro ideológico, bastante ambiguo por cierto, de «izquierda» y «derecha».

Proyectos de cambio e integración en Latinoamérica 

La realidad de América Latina, a principios del presente siglo, fue muy elocuente en su camino por diferenciarse de su pasada adhesión a los modelos monetaristas y de liberalismo extremo implantados con las asesorías de los organismos multilaterales. Estos modelos estuvieron abiertamente cuestionados en países como Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, sobre todo en estas últimas cuatro naciones. Ante el experimento neoliberal, varios Gobiernos y actores estimularon y organizaron un inédito intercambio político con el propósito de unir esfuerzos en estrategias sociales, comerciales, energéticas y financieras en función de poner en práctica el viejo proyecto de integración 

regional con los siguientes objetivos: a) afrontar problemas puntuales de los Estados y replantear relaciones de complementariedad, cooperación y solidaridad necesarias para alcanzar mayores niveles de desarrollo económico y social; b) sentar las bases de una nueva institucionalidad latinoamericana; c) contar con organismos regionales que sirvan como espacios de concertación política y económica y mecanismos de negociación en sus relaciones internacionales, y d) lograr mayores niveles de independencia y autonomía frente a los poderes hegemónicos en el mundo. Por supuesto, también se trataba de ampliar los mercados y la competencia económica para que haya crecimiento económico, generación de empleo, inversión, elevación de la producción y la productividad, mayores volúmenes de bienes y servicios disponibles con el concurso de la empresa privada y socios de los países altamente industrializados, pero con el objetivo cardinal de beneficiar a las grandes mayorías de América Latina y el Caribe.

Sin embargo, la realidad ha sido contundente: los intentos de integración en nuestro continente han beneficiado solamente a las minorías más poderosas, tal como ha ocurrido a lo largo de toda la historia del sistema capitalista en el continente americano. Es significativa en este sentido la continuidad en América Latina y el Caribe de las políticas corporativistas extractivistas, del individualismo y del consumismo en la población, así como de la escasa iniciativa para hacer realidad la constitución de una institucionalidad de defensa y seguridad, la soberanía alimentaria, la autonomía científica y tecnológica, y la independencia financiera y económica. No es accidental que los propósitos e intereses de los países más poderosos (China y Estados Unidos, entre otros) se hayan extendido por doquier mientras que nuestra estructura productiva no se ha desarrollado significativamente, solo se han elevado las ganancias de los emporios extranjeros y de algunos empresarios criollos. Vale apuntar que, en contraste con esta realidad, no puede desconocerse que se implementaron políticas de salud y educacionales para las grandes mayorías, y de disminución de los elevados niveles de exclusión, pobreza, desempleo, también se incrementaron los niveles salariales y aumentó el nivel de la participación democrática en los asuntos gubernamentales y de Estado. Es decir, fueron solucionadas con relativo éxito muchas necesidades acumuladas durante los primeros años del presente siglo, pero al cabo de pocos años la vieja problemática social inicialmente soslayada irrumpió de nuevo en muchos países del llamado bloque progresista y posneoliberal como expresión de que las medidas ejecutadas se fundaban en una riqueza circunstancial inscrita en el boom de los elevados precios petroleros y minerales, de los bajos costos de las materias primas exportables y de los comodities. Es decir, el bloque progresista no logró modificar sustantivamente ni las relaciones sociales existentes, ni los problemas estructurales, ni los niveles de dependencia que aquejan a las naciones latinoamericanas. 

Toda estas circunstancias han favorecido en la actualidad un complejo, prolongado e intenso debate de concepciones, estrategias e iniciativas entre los viejos actores oligárquicos, tradicionales y neoconservadores, tanto políticos como económicos, ligados o no a los planes de Estados Unidos y a diversos centros de poder mundial del capitalismo global, y otros actores, supuestamente de izquierda, progresistas posneoliberales o de centroizquierda que se oponen al modelo neoliberal o que sencillamente desean mejorarlo como propuesta de desarrollo. En este marco, estos últimos factores, después de varias derrotas electorales, intentan replantear sus estrategias para recuperar el espacio perdido o permanecer en el poder político donde aún lo detentan con distintas dificultades (Bolivia, Venezuela y Nicaragua, entre otros). Recapacitan sobre sus errores, revisando y reestructurando sus estrategias, resistiendo los embates de nuevos grupos de poder reconstituidos en sus países con ayuda externa. En este juego de fuerzas que interactúan y se contraponen, en medio de realidades completamente diferentes, ocurren, como es lógico, transformaciones que se expresan en cambios desiguales, en tiempos y velocidades diferentes.

Se debe tener claro que en el proceso de cambio en toda la región sudamericana han estado comprometidos varios centros y factores de poder supranacionales e interregionales, unos proclives a las alternativas progresistas, de centroizquierda y neoconservadoras, y otros de corte posneoliberal de derecha tradicional e igualmente neoconservadores. Los primeros factores mutan bajo las condiciones prácticas que les impone la vida social actual prebendaria, pragmática, populista y mesiánica, pero también paradójicamente con posturas abiertas a la reflexión colectiva, renovadora y creativa, entre muchas de sus características. Los segundos factores se cruzan con una cultura política que pretende continuar el proyecto neoliberal replanteado con propuestas de corte social para disminuir la conflictividad social y crear condiciones para su viabilidad después de su sobreestimación de la dimensión económica por encima de la social en los años ochenta y noventa.

Frente a estos dos factores en pugna, desacreditados por sus manipulaciones propagandísticas, por el ocultamiento de sus errores en la conducción publica, por sus fracasos en mejorar las condiciones materiales de vida de sus conciudadanos, por continuar con los viejos esquemas de poder excluyentes, por sus acuerdos con las grandes corporaciones y naciones superpoderosas para que exploten los recursos naturales de nuestras naciones y por las corruptelas en la que se han implicado, reaparecen en el escenario con relativa fuerza nuevos movimientos sociales y políticos que son expresión de una inmensa mayoría de la población descontenta, dispuestos a transformar sus formas de vida y construir su propia historia sin tutelaje, en libertad y democracia plena.

Una buena demostración de los obstáculos que hay en el proceso de desarrollo de América Latina y el Caribe la encontramos, por ejemplo, en los fallidos intentos para llevar adelante el proceso de integración. Desde la década de los 60, esta propuesta ha tenido distintas modalidades en distintos espacios regionales y subregionales (Acuerdo de Cartagena, ALADI, G3, Caricom, SELA). Hubo retrocesos, resultados halagadores, profundas redefiniciones y, en la actualidad, por decir lo menos, los nuevos intentos integracionistas se encuentran en situación de retroceso, parálisis o tropiezan invariablemente por la discordia entre las élites de poder locales, nacionales, regionales y por la pugnacidad internacional acicateada por los poderes fácticos globales; nos referimos a Caricom, Alba, Petrocaribe, Unasur y CELAC. De superarse esta conflictividad política, se abrirían las compuertas para un nuevo comienzo en las relaciones internacionales en la región y para el franco desarrollo y progreso de Latinoamérica. Aquí sería de una gran ayuda la disminución del intervencionismo de Estados Unidos y de los países agrupados en el Grupo Lima, como también sería conveniente bajar el extremismo retórico y la confrontación interna en algunos de los países del llamado bloque progresista o de izquierda. Solo así se pueden encontrar las fórmulas para sacar del estancamiento los procesos de integración y cooperación y concretar soluciones a los fines de superar lo que la CEPAL considera las principales falencias de los procesos integracionistas: falta y debilidad de instancias de resolución de controversias, ausencia de las normas internacionales acordadas entre las partes, carencias de efectiva institucionalidad comunitaria, abandono de coordinación macroeconómica, falta de voluntad política, e inconvenientes en el trato de las asimetrías entre nuestras naciones.

Los Gobiernos y los actores sociales de nuestra América deben comenzar a contribuir a superar en todo el territorio continental e insular la desconfianza y el enfrentamiento político que se han extendido peligrosamente. Asimismo, hay que afrontar la permanente y agresiva intervención de intereses globales en nuestros asuntos, que inciden en diferentes grados en el aumento de la hostilidad social y política en Latinoamérica. Superar estas situaciones es el principal desafío.

Hay que replantear los espacios de encuentro a pesar de las diferencias

Osvaldo Sunkel (1995) sugiere, pensando en los llamados países periféricos, la perspectiva de desarrollo desde adentro, desde el impulso inicial de la industria y de una política de integración con los países del área y con el uso estratégico de los recursos naturales hasta ahora desaprovechados. Esta propuesta, agrega Sunkel, debe incorporar el esfuerzo de la población para la profundización de la democracia y de los programas sociales, culturales, ambientales, tecnológicos, científicos y económicos sostenibles. Marcelo Covarazzi y otros investigadores (Garretón, 2004: 137), coinciden en términos generales con el planteamiento de que en América Latina es necesario atender los problemas sociales, superar las dificultades de los modelos de desarrollo aplicados, revisar el papel del Estado, la influencia de la economía internacional y los riesgos y vulnerabilidades de nuestras naciones. Argumentan que se puede avanzar hacia una nueva realidad «multicéntrica». Afirman que así se «fortalecería la autonomía, complementariedad e interacciones mutuamente reforzables entre el Estado, el sistema de representación y la sociedad civil» (Garretón, 2004: 143-144).

No hay otro camino; la confrontación política y social es el peor camino para nuestros países. Nuestra posición es ventajosa, tanto por razones territoriales y geopolíticas como por nuestras similitudes culturales, lingüísticas y de origen histórico. Podemos integrarnos a la economía mundial manteniendo nuestra relativa independencia como naciones y con un mínimo de esfuerzo concertado de Gobiernos y Estados. Creo que es aceptable para todos en la región que la sociedad civil se fortalezca, y que el peso de las élites económicas y políticas tradicionales ceda para beneficio de las grandes mayorías. Hasta los organismos multilaterales, que en el pasado aupaban un modelo exclusivamente econométrico y financiero, han cambiado y favorecen esta concepción, aunque hay que reconocer que lo hacen por sus descomunales errores, sin mucho entusiasmo y por razones obviamente pragmáticas.

Junto con estos investigadores, pensamos que los objetivos de la región deben incluir a todos los sectores y actores sociales en la estrategia de desarrollo. Se trata de articular con éxito lo mundial, lo nacional y lo local, mejorando la autonomía y soberanía de los países, su seguridad y el bienestar de su población. Lo imprescindible no es lo ideológico, factor que se ha sobredimensionado desde algunos Estados y Gobiernos que tienen una conducta errática, otros que cada vez son más ambiguos o aquellos que apelan a los anacrónicos calificativos de izquierda y derecha, denominaciones decimonónicas que resultan insuficientes para comprender los procesos sociales más contemporáneos y que se han convertido en factores de división artificial e impiden la integración y asertividad en la diversidad, condición sin la cual la integración social alrededor de un proyecto nacional o regional no tendría viabilidad (Covarazzi y otros, 2004). 

No podemos dejar de recordar que la realidad de América Latina y el Caribe, en los años ochenta y noventa, fue elocuente por su pasada adhesión a los modelos monetaristas y de liberalismo extremo, implantados con las asesorías de los organismos multilaterales. Estas propuestas fueron crítica y abiertamente cuestionadas a principios del presente siglo en países como Uruguay, Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua, como también fueron revisadas por los países que en aquellos años eran calificados de adversarios del cambio social (Colombia, Chile, Perú y México, entre otros). Incluso, como decíamos, los propios centros de poder del capitalismo mundial revisaron y rediseñaron sus estrategias dando lugar en los años noventa a un replanteamiento del modelo y que propagó el llamado posneoliberalismo, que ha dado lugar a un nuevo curso sociopolítico y económico reciente que involucró a todos los experimentos gubernamentales aplicados en el presente siglo, independientemente de sus matices, estilos diferenciados y, a veces, en apariencia, radicalmente discrepantes. 

En la actualidad, los procesos regionales y nacionales padecen un déficit de confianza y certidumbre que pone en evidencia la fragmentación que caracteriza a América Latina en temas como liderazgos locales y regionales. Esa fragmentación se caracteriza por las variadas e intensas campañas de desinformación y descrédito entre tirios y troyanos, una diferenciación entre las realidades económicas de cada país, las asimetrías económicas y comerciales, los intereses encontrados entre los países con más influencia, por la intervención de las grandes potencias (Estados Unidos y China, por ejemplo), las visiones conflictivas sobre propuestas de desarrollo y un mapa geopolítico agitado debido a la confrontación ideológica entre aliados y adversarios de Estados Unidos. Por otro lado, podría decirse que en la región la diplomacia de cumbres o diplomacia de conferencias se encuentra en un momento que parecería indicar extenuación y radicalización inútil para establecer diálogos duraderos. La diplomacia está de vacaciones en estos escenarios; recuperar su espacio es la tarea más difícil en este tiempo. La falta de concreción de las iniciativas genera pérdida de oportunidades, energía y voluntad en los procesos más relevantes a los que debería prestárseles más atención: enfrentar la pobreza, la desigualdad, la indigencia, la corrupción generalizada, el narcotráfico, la improductividad y la dependencia económica, entre muchos otros males que nos aquejan. Ojalá tengamos tiempo para evitar derramamientos de sangre, intervenciones militares entre naciones hermanas o el colapso creciente de la vida social de nuestra América.

Bibliografía 

–Beck, Ulrich: ¿Qué es la globalización? Barcelona: Editorial Paidós, 1998. 

–Foucault, Michel: Defender la sociedad. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000. –Garretón, Manuel: América Latina en el siglo XXI. Hacia una matriz sociopolítica. Santiago de Chile: LOM ediciones, 2004. 

–Sunkel, Osvaldo: El desarrollo desde dentro. Un enfoque neoestructuralista. México: Fondo de Cultura Económica, 


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