Revista GLOBAL

Libro físico versus libro digital

by Equipo editorial
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Semanalmente aparecen en los medios de comunicación una serie de pronósticos pesimistas y hasta apocalípticos sobre el futuro del libro. Se habla de su muerte, de que las pantallas se han impuesto al papel y de que las nuevas generaciones accederán al conocimiento de una manera diferente a la nuestra. Aunque algunos de estos pronósticos podrían ser muy ingenuos, o acaso la típica reacción ante lo novedoso, la realidad es que el mundo del libro ha cambiado. Tan solo hay que pensar en las librerías que han sido borradas del mapa y en las pérdidas millonarias que ha sufrido la industria editorial. De todos estos cambios, el que más se debate, el que resulta más atractivo, el que más inunda de artículos la prensa e Internet, es el que acompaña la pregunta sobre si los libros digitales desplazarán finalmente a los libros físicos.

Se insiste de tal manera en el tema y existen tantas discusiones en cuanto a si el libro digital desplazará al físico, que pareciera que se tratara de dos hombres musculosos pulseando y que todos estuviésemos pendientes de ver quién tuerce el brazo primero. Sin embargo, la realidad es más compleja, y los lectores interactúan con ambos formatos. Pensando en esa cotidianidad hemos reunido las opiniones de varios editores, directores de ferias del libro, bibliotecarias, escritores y lectores, acerca de cómo ven el futuro del libro, cuáles son sus hábitos de lectura, qué opción prefieren para leer y dónde adquieren sus libros. Nuestro interés no es hacer un pronóstico, sino conocer los puntos de vista de estos intelectuales y servirnos de sus reflexiones para comprender mejor el fenómeno. A continuación, Manuel Borrás, Ruth Herrera, Valentín Amaro, Myriam Vidriales, Camilo Jiménez, Aída E. Montero de Jiménez, Cindy Jiménez, Jaime Porras Ferreyra, Lilian Fernández Hall y David Puig comparten con nosotros sus impresiones.

Manuel Borrás (editor y fundador de la editorial Pre-Textos) Aunque creo que el «libro» digital cumplirá con su cometido, prefiero, sin asomo de duda, el libro físico. Las razones son varias y quizá no pueda agotarlas en mi contestación, pero empecemos. Primero por la agresividad con la que se nos ha querido vender ese nuevo artilugio que de modo espurio han dado en denominar «libro». Libro es solo aquel que ha seguido la tradición impresa, lo demás son pantallas de lectura y punto. Segundo, por una cuestión de archivo, no confío en la nube tecnológica como garante de nuestra memoria. Tercero, porque dándole el pábulo que le estamos dando, sin fundamento, estamos haciéndole una propaganda que, a mi juicio, no merece. Cuarto, porque para mí es importante, aunque esta sea una idea romántica, la relación física con las páginas de un libro, el aroma que despiden, poder hacer anotaciones al margen, etc. Quinto, porque qué editor nos garantiza los contenidos de los libros digitales; se ha demostrado que una gran cantidad de ellos o son incompletos o reproducen traducciones obsoletas. Sexto, porque a mi juicio son más efímeros que los libros en papel. Y así podría eternizarme, creed que tengo mil razones en el magín que añadir. A mí me gusta adquirir los libros en las librerías, pero me gusta frecuentar aquellas que tienen «alma». Es decir, aquellas en las que hay libreros lectores y que saben escoger para sus lectores el libro específico que pueda interesarles.

El futuro del libro es el del libro impreso por todas las razones aducidas en detrimento de la pantalla digital y porque creo que una cultura que ha durado tantos siglos, me refiero evidentemente a la impresa, y ha dado tan buenos resultados, no puede desaparecer de un plumazo. Aunque asumo que eso también dependerá muy mucho de cómo se oriente la educación futura. Si los niños solo conocen la pantalla de un ordenador y no se les facilita bibliotecas físicas en los colegios, es posible que no echen en falta el libro impreso en papel. En fin, ojalá la educación no se someta al dictado de los beatos de la tecnología que están afeando el mundo hasta límites insospechados.

Ruth Herrera (editora y directora de Ediciones Generales de Santillana en la República Dominicana) Defender el libro digital frente al impreso o viceversa es una discusión baldía. ¿Por qué argumentar a favor o en contra de un formato que ya inunda las plazas y deja inmensos beneficios a fabricantes y suplidores del primer mundo? El futuro del libro ya está aquí: se descargan –legalmente y pirateados– libros en lectores, tabletas, laptops, teléfonos inteligentes. Se trata de un camino irreversible, un futuro omnipresente.

En el contexto dominicano, la discusión tendría que detenerse en el futuro de los autores y la situación de la lectura: intelectiva, instructiva, crítica, de disfrute. El entorno cultural local late entre los constreñimientos de la formación, destrezas, conocimientos, recursos, experiencias que afectan a sus actores. No es demérito de lo dominicano, sino resultado de la profunda deuda social que se tiene con la educación, en todo su conjunto. Sin educación no hay libro ni lectura posibles. ¿Y cuándo han sido la alfabetización, la lectura y el libro una convicción de un Estado dominicano, cuyos dirigentes y gestores parece como si se hubieran negado a hacer realidad el acceso universal a la educación de calidad e integral? ¿En un país donde a estas alturas de los tiempos es cuando por fin se intenta cerrar la brecha de los dominicanos analfabetos? Antes que en el futuro, se tendría que ahondar en este prolongado presente carente de una masa sustancial de lectores, capaces al menos de dominar una cartilla elemental y de realizar la lectura cotidiana del periódico.

El otro «futuro» a discutir es lo que empezó a pasar con los escritores y los «escritores». Amazon, y plataformas similares en menor proporción, da facilidades a quien quiera autopublicarse. Casi cualquiera que tenga una historia que contar, por baladí e intrascendente que sea, que escriba 100, 200 páginas, sin la menor corrección, se conecta con Amazon (el pretendido amable y democrático gigante –no olvidemos su índole global y capitalista– que pone todas las condiciones, y se acatan sin rechistar, o no entras) y «comparte» la misma categoría de escritor que los consagrados, las plumas en proceso y los por descubrir que sí tienen el don, el cultivo de la lengua, el dominio de la palabra, el vuelo de la imaginación, el oficio, la dedicación a este quehacer y arte.

La innovación tecnológica es una «ola», por decirlo así, avasallante e indetenible. Se impone hacer a un lado el libro impreso, si es posible donarlo (ya ni usarlo en la decoración), y pasar a leer en ebook. Quien no leyó un libro por decisión propia, ¿querrá leerlo ahora en su flamante dispositivo electrónico? La respuesta automática sería negativa, pero ojalá que sí y que este supuesto «neodigilector» lo asimile, discuta y recomiende a sus pares.

Entonces, ¿qué pasa con la mayoría de la población? Mi respuesta estaría en la siguiente escena verídica, relatada en una columna del Listín Diario. En fecha reciente, un grupo de niños y niñas participaron en una tarde de lectura organizada por una ciudadana de a pie y con alma. Puestos a escoger entre varios libros sencillos, con las historias de siempre, los niños hicieron fila esperando a que se desocupara el «librito» de fábulas de pocas páginas, grandes ilustraciones y una línea de texto por página. Resulta ser verdad que los libros muerden, y hay que volver al punto de la exclusión. Como para quitar el sueño.

Valentín Amaro (director general del Libro y la Lectura de la República Dominicana) 

En estos momentos no tengo preferencia por un formato en específico. Tanto leo en digital como en físico. Al principio, como mucha gente tuve mi resistencia, pero luego no fue posible, ya que me llegaban libros y más libros que nunca había pensado tener en mis manos y leer. Gracias al formato digital tenemos otra realidad posible e indetenible, diría yo. Adquiero mis libros en librerías dominicanas y a través de Amazon. En cuanto al futuro del libro, lo encuentro brillante. Cada vez más personas leen en ambos formatos. En nuestra experiencia animando lectura y proporcionando material para animadores y coordinadores de talleres literarios, hemos encontrado en el formato digital un aliado de primer orden. El libro físico no va a desaparecer.

Tendremos una coexistencia pacífica entre ambos formatos. Los que señalan que el libro está en crisis, que ya no hay lectores, creo que debieran ver otras experiencias de lectura reales en distintos espacios. Desde la Dirección General del Libro hacemos esfuerzos para que los libros que editamos lleguen a todas la bibliotecas del país. De igual modo estamos procediendo con la creación de la Red Digital de Lectores, un programa especial que lanzaremos en la Feria Internacional del Libro 2014 y que fomentará la lectura digital.

Myriam Vidriales (directora de Comunicación del Grupo Planeta) Prefiero el formato físico porque crecí y me formé con él y tengo una relación sensorial con el libro: me gusta tocarlo, subrayarlo, olerlo, doblarlo, dibujarlo… Uso el libro digital para cuestiones de trabajo o cuando hago consultas, en esa parte sí los diccionarios y las enciclopedias impresas me perdieron para siempre.

Adquiero mis libros en librerías y en línea. En cuanto al libro, creo que su futuro es la coexistencia. El discurso de que el libro electrónico arrasará con todo está alimentado por los desarrolladores de los soportes de lectura, pero la realidad es apabullante: hay millones de personas sin acceso a este tipo de herramientas electrónicas, para las cuales el libro en papel será siempre la opción más accesible. Los miembros de las nuevas generaciones que puedan acceder a los lectores y la tecnología en línea migrarán sin duda al formato digital y lo adoptarán para sus vidas, pero no creo que vaya a ser una transición de corto plazo. Camilo Jiménez (escritor y periodista colombiano) Me gustan los dos, pero prefiero el físico por el olor, por la textura del papel, por el peso específico, por el acabado de la carátula, o de las guardas, o de la sobrecubierta. Me gusta tocar el papel, sentirlo, y percibir su olor, así como el de la goma en el lomo y el de la tinta en las páginas. Me gusta también cuando están bien diagramados, cuando tienen una caja balanceada frente al tamaño de la página, un interlineado apropiado, unas bellas y discretas cornisas. Me gusta ver las fuentes impresas con sus ligaturas, con el intaglio que forman en el papel… Es más una experiencia táctil o sensorial la que tengo con los libros impresos, y por eso los prefiero. El formato digital me gusta por el acceso: allí puede uno encontrar libros descatalogados, que nunca se imaginó tener en su biblioteca. Pero siempre prefiero los libros físicos.

Adquiero los libros en librerías. Es uno de mis planes favoritos. Me gusta mucho meterme a librerías de las ciudades que visito –o de la ciudad donde vivo, Bogotá– sin buscar nada en especial, nada más para pasearme entre libros y mirar, ojear, hojear, comparar precios, conocer editoriales, papeles, formatos, diseños… Casi cada semana visito una librería, aunque no siempre compro, por supuesto: ningún presupuesto se adaptaría a mis apetitos. Me gusta también visitar librerías de viejo allí a donde vaya: las de atrás de la catedral en México DF, las del centro en Bogotá, las de la calle Corrientes en Buenos Aires, etc. 

Casi todos los futurólogos terminan como charlatanes. Pero ensayemos, qué carajos: creo (¿quiero?) que durante muchos años más van a circular los libros impresos. No diccionarios, atlas, enciclopedias y demás libros de referencia, esos quizá no. Pero sí vamos a seguir viendo novelas, colecciones de poemas, ensayos, crónicas y reportajes en formato impreso. El protagonismo que han adquirido las editoriales independientes en el ámbito hispanoamericano, en todos los países, quizá va a garantizar que sigamos leyendo en formato impreso obras significativas, clásicas y contemporáneas. Esas editoriales han llevado de nuevo el negocio y el arte del libro a sus justas proporciones: negocios chicos, al mando de uno o varios lectores de buen gusto, que no piensan en enriquecerse sino en vivir dignamente de hacer libros bellos y buenos y de ponerlos al alcance de los lectores. Así fue la edición de libros durante al menos un siglo y medio, esquema que casi desaparece cuando los grandes grupos económicos y sus gerentes se tomaron las editoriales. Casi acaban con el negocio, y de ahí la reacción de estos pequeños grupos de amigos o colegas con interés no en los cuadros de Excel, sino en el poder de la palabra. Esas editoriales independientes, chicas, desde México hasta Argentina, desde Puerto Rico hasta España, han recuperado para la edición de libros el epíteto de «negocio de caballeros», como lo bautizó Frederic Warburg a mediados del siglo pasado. Y gracias a eso vamos a tener buenos libros impresos unos años más.

Aída E. Montero de Jiménez (directora de la Biblioteca Juan Bosch) Siempre voy a preferir manejar los libros impresos, por un tema de satisfacción particular y plenitud. Me gustan los libros: sus texturas, portadas, diseños y colores. Palparlos. Disfruto subrayando párrafos, comentándolos, incluyendo acciones personales en torno a la lectura; anotaciones, que al pasar del tiempo, me permiten evaluarme y hacer correcciones. Mis lecturas integran un atelier que va de la teoría a la práctica, logrado gracias a apuntes que se generan en un transcurrir satisfactorio, pleno, recreativo e ilustrativo. Mis libros me permiten retomar ideas y a partir de una ojeada traerlas de vuelta a la memoria. Estos aspectos emocionales nunca podrán suplirse a partir de otro soporte.

 A la hora de comprar libros me gustan las grandes librerías que permiten analizar las obras y tomarte un bocadillo o café.

Aprovecho también las ferias nacionales e internacionales donde se manifiesta la cultura de un país, donde además de tener opciones de compra, se puede disfrutar de novedades, buena bibliografía, autores contemporáneos y consagrados con los que podemos interactuar y apreciar de primera mano los contenidos, presentaciones y análisis de obras. 

En cuanto a la gestión de libros puntuales de la biblioteca, la hacemos en línea, utilizando Amazon.com para los anglosajones, Amazon.fr para los europeos, la Casa del Libro para los españoles y Abebooks.com para agotados, antiguos o usados.

Creo en el libro impreso y siempre seré de la comunidad de lectores que lo requieran y apoyen, pero estoy consciente de que hay una tendencia al acceso digital y un mercado editorial que apuesta a esta tecnología por razones muy significativas. Todo esto tiene que ver con la realidad de las bibliotecas y su contexto a partir de las innovaciones tecnológicas: obligadas a complementar sus recursos impresos con la gestión de servicios de información en línea; a satisfacer necesidades de información 24/7 imposibles sin plataformas tecnológicas sistematizadas; a enfrentar necesidades de preservación y capacidad física; a asumir contenidos de actualidad; a gestionar presupuestos cada vez más reducidos; a suplir necesidades de información científica, académica, cultural, local, municipal, nacional, regional e internacional; y a lidiar con un universo de información imposible desde una perspectiva tradicional, física o impresa.

Lo otro es la crisis mundial que afecta a todos y que ha marcado profundamente la economía editorial; aquí entran los costos de edición, producción, impresión, exportación, difusión y venta de libros.

 Estas razones han obligado a las bibliotecas y al mercado editorial a rediseñar sus servicios y su viabilidad; a buscar opciones complementarias que permitan aprovechar las capacidades que brindan el Internet, las bases de datos, los recursos de información en línea; a readecuarse a los tiempos y a sus implicaciones económicas para continuar realizando su labor social brindando servicios de información oportunos sin atrofiar el concepto de biblioteca como un conjunto de libros sistemáticamente organizados. 

Finalmente, sin perder de vista a los lectores interesados en cultivar la lectura como una actividad intelectual recreativa con el libro impreso, pienso que el futuro del libro estará más orientado a su capacidad de acceso a través de plataformas digitales. Me quedaré con las famosas bibliotecas híbridas.

Cindy Jiménez (escritora y bibliotecaria puertorriqueña) 

Preferir el libro como objeto físico o el formato digital me lleva a preguntarme ¿para qué?, ¿leer?, ¿coleccionar?, ¿poseer? Adquirir un libro como objeto te brinda esas tres posibilidades: leerlo, coleccionarlo, pero sobre todo poseerlo, porque es un objeto tangible cuyo valor en el mercado aumenta o se devalúa. Un libro digital, en ese sentir, está en la nube, sujeto al nuevo formato, soporte o artefacto de producción en masa de multinacionales en moda que te permita leerlo y hasta cuándo. El libro digital es una barrera, una lucha de clases en sí mismo. Solo compras una licencia limitada que te da cierto acceso a leer un contenido, pero no compras un libro. Es una ilusión. Lo que compras es un estatus social. Es un «yo poseo tecnologías que otros probablemente no tendrán nunca». Lo alarmante es el andamiaje económico y político detrás del libro digital. Para leer textos en pdf, aunque sean gratuitos, se requiere un acceso y equipamiento que no todos tenemos. La brecha digital es real. La sentí cuando me regalaron un Kindle de Amazon y empecé a adquirir licencias que me permitieron leer el contenido de los libros y transferir textos en pdf. A la larga, era como no tener nada. Era tener una biblioteca a la que se le debe recargar la batería, insípida, y lo peor, sin historias detrás de cada libro. Comprar un libro es adquirir el objeto de colección y la historia de cómo lo adquiriste, como dice Walter Benjamin en el ensayo «Unpacking My Library: A Talk About Book Collecting», incluido en su libro Illuminations. Aun así, nos piden que imaginemos el futuro del libro.

Pues Jaron Larnier en Who Owns the Future? nos da un adelanto. Dice que la calidad de los 58 libros será cuestionable por el acceso fácil a cuantos autores quieran publicarse (siempre y cuando cuenten con las tecnologías y el dinero para hacerlo y para la publicidad de su libro); por tal razón habrá casi la misma cantidad de autores que de lectores. Añade que la misma desigualdad que existe en la visibilidad de algunos autores sobre otros se pondrá de manifiesto cuando un artefacto nuevo de lectura tenga popularidad y autores exclusivos. Quizás un autor interesante publique algo realmente valioso, pero pase desapercibido porque ha publicado en el proceso de transición de una tecnología a la otra. Se quedó en el limbo virtual. Plantea que las regalías para los autores serán menores que con los libros impresos, así que generarán algo de ingresos en sus viajes a festivales, ferias, congresos, apariciones en vivo, consultorías, talleres, convirtiéndose en performers, más que en autores. Entonces, además de su buena escritura, su personalidad deberá ser un imán. Los lectores serán ciudadanos económicos de segunda clase porque el lector virtual no ha adquirido un capital, y si un ciudadano privilegiado posee capital, mientras otros solo pueden adquirir servicios, el mercado se consumiría a sí mismo y evolucionaría a un no mercado. Habrá libros con actualizaciones periódicas que corregirán sus errores ortográficos, gramaticales y de sintaxis, quitándonos el placer de coleccionar libros raros (primeras ediciones con erratas, por ejemplo). Y ni hablar de los olvidos de las contraseñas para acceder a los artefactos digitales, ni pensar que las tarjetas de crédito controlarán el comportamiento de los lectores. Mientras espero a que suceda todo esto, sigo adquiriendo mis libros impresos en librerías, a artistas y artesanos del libro, en ferias, en otros países, por correo, en intercambio con otros escritores y lectores, como regalos, mediante canje, entre otras maneras que me permitan coleccionar el objeto y su historia.

Jaime Porras Ferreyra (periodista mexicano radicado en Canadá) Por supuesto que prefiero el formato físico, pero poco a poco me he ido acostumbrando a dividir mi tiempo entre la tablet y los libros impresos, así que no caigo en la categoría de los «apocalípticos» que sacan el crucifijo cada vez que alguien menciona un ebook. Nací y crecí como lector gracias a la experiencia de tocar las páginas de un libro, pero hace unos meses adquirí un dispositivo digital y me di cuenta de que sus posibilidades son muy grandes. Daré dos ejemplos: durante algún trayecto en avión o a lo largo de unas vacaciones es mucho más cómodo transportar un aparatito que te permita la lectura de cientos de obras. También los libros digitales te permiten adquirir obras en cuestión de segundos, sin tener que pagar enormes tarifas por los gastos de transporte, o debido a la imposibilidad de algunas librerías de enviarte productos al extranjero. En realidad, soy bastante abierto en cuanto a la forma de procurarme mis lecturas. Puedo adquirir obras en las librerías de Montreal o cada vez que viajo a otros países; me gusta consultar por Internet los catálogos de los libros en formato digital y comprar los que más llamen mi atención; de igual manera, una de las ventajas de vivir en Montreal es el hecho de tener acceso a bibliotecas muy bien surtidas, así que en meses de vacas flacas, el préstamo bibliotecario es una actividad muy común para mí.

De nueva cuenta, trato de mantenerme en un punto medio entre los «apocalípticos» y los «integrados» (por tomar prestados los términos de Eco). Creo que siempre existirán libros impresos –como también las salas cinematográficas seguirán existiendo– ya que te ofrecen una experiencia más personal con las obras literarias. Sin embargo, veo que los libros digitales seguirán ganando terreno por la comodidad de su adquisición y su fácil transporte. En realidad, estoy más preocupado por el hecho de que la gente lea que por la forma en que lo haga. Ahora bien, por supuesto que reflexiono de vez en cuando sobre el futuro del libro, sobre todo en lo que respecta a ese poder tan grande que tiene en las manos la tienda Amazon. Por un lado, lo digital puede ayudar a que los autores se den a conocer con mayor facilidad, pero por otra parte me preocupa que millones de obras literarias puedan ser controladas por ejecutivos sin una pasión muy profunda por la lectura.

Lilian Fernández Hall (bibliotecaria argentina radicada en Suecia) En mi caso, elijo el formato de acuerdo al tipo de lectura que me proponga realizar. Para leer ficción elijo la mayoría de las veces el formato tradicional (o libro de papel, o como lo llames), salvo en los casos en que, por ejemplo, el libro sea muy actual y esté prestado en todas las bibliotecas. En ese caso elijo el formato digital, si estoy interesada en leerlo lo antes posible. Debo aclarar que, actualmente, compro muy pocos libros. Uno o dos al mes como máximo, a veces ni eso. Por un lado, vivo en un país (Suecia) que posee redes de bibliotecas excelentes, cuyo servicio es de primera calidad. Por otro lado, trabajo en una biblioteca donde tengo acceso a todo tipo de literatura. En realidad, no necesitaría comprar un solo libro, lo hago solo cuando quiero poseer un texto que me atrae particularmente. También quiero aclarar que las bibliotecas suecas proporcionan préstamos gratis de libros tanto impresos como electrónicos. El formato electrónico lo utilizo cuando tengo que leer, o quiero leer, artículos de revistas especializadas que me costaría mucho conseguir en su formato físico. Muchas revistas especializadas, además, existen solamente en forma digital. Otro beneficio del formato digital es que no ocupa lugar. Si me voy de viaje y quiero leer un libro o varios que me agregarían varios kilos en mi equipaje, es mucho más práctico cargarlos en mi tableta eReader.

En resumen, yo no creo que el formato físico y el digital sean excluyentes. A mi forma de ver, se complementan y no existe motivo para descartar ni el uno ni el otro. Compro mis libros por Internet. Las librerías en línea ofrecen precios mucho más bajos que las librerías físicas, además de ser más cómodo. Entras a la página, haces el pedido y a los dos días te llega el libro por correo. Es una verdadera lástima por las librerías que luchan por conservar sus clientes, pero es así como funciona el negocio (que lo es, por más que el negocio del libro tenga otros valores agregados). En Suecia, las librerías físicas atraviesan una profunda crisis, muchas cierran, y no creo que haya mucha esperanza de que esta tendencia cambie. 

La idea de organizar actividades que atraigan más clientes, como eventos de poesía, presentaciones de libros, cafetería, no ha logrado revertir esta espiral negativa.

Bueno, supongo que cuando preguntas por «libro» te refieres al libro impreso. La pregunta que inmediatamente surge es: ¿no es el libro electrónico un libro? ¿Qué es lo que define a un libro? ¿Es la plataforma lo que lo define, o es su contenido? ¿O es una combinación de ambas? Este es un debate que ya lleva décadas, y se puede responder desde distintos ángulos. Por mi parte, como te dije anteriormente, un formato no excluye al otro, sino que se complementan. Es difícil predecir el futuro del libro. A corto plazo te diría que el libro en su formato tradicional no va a desaparecer, pero que vamos a leer cada vez menos textos en papel, en beneficio de la lectura que realizamos en nuestras computadoras y en nuestros teléfonos inteligentes.

David Puig (editor y fundador de Ediciones De A Poco) Definitivamente, prefiero el formato físico. No he explorado las posibilidades que se han abierto con la digitalización del libro. Esta falta de práctica no es en ningún caso ideológica. Se debe más bien a cierta lentitud personal ante los avances tecnológicos. Ahora bien, hace unos días estaba en un café, aquí en El Cairo donde vivo, con mi amigo Mark Gamal, quien acaba de traducir al árabe El olvido que seremos, la novela del colombiano Héctor Abad. En medio de nuestra conversación, Mark se inclinó de repente y sacó de su bulto algo que me pareció ser una agenda muy fina y que resultó ser un Kindle de Amazon. Me lo pasó para que viera una de las novelas colombianas que está leyendo en este momento. Debo confesar que es una de las primeras tabletas que he tenido en mis manos. En ella leí tres párrafos de Delirio de Laura Restrepo. Y en ese momento, sentado ahí en el café Bustan, en un callejón ruidoso del corazón de El Cairo, la tableta de Mark me pareció un operador de milagros. En una ciudad de más de 20 millones de habitantes en la que es casi imposible tener acceso a libros en español, es innegable que una tableta abre riquísimas oportunidades de lectura.

Adquiero la gran mayoría de mis libros en librerías. En todas las ciudades en las que he vivido he desarrollado una relación íntima con una constelación de librerías. Regresar a esas ciudades implica por lo tanto visitar esos lugares como si se tratara de amigos. No solo para escuchar qué novedades cuentan los anaqueles, sino también para ver cómo ha cambiado la organización de los libros en el espacio y si el dueño sigue compartiendo con los visitantes y recomendando libros. 

Aquí en El Cairo conozco las tiendas de libros en inglés y en francés casi tan bien como mi oficina. Visito también las librerías árabes del downtown regularmente, aunque solo puedo deletrear con dificultad los títulos y los nombres de los autores. Lo hago para ver el diseño de las portadas y los formatos. Eso es parte del placer del libro físico. Hay una curiosidad por el objeto que va más allá del contenido. Y esto es algo que se pierde con el libro digital.

Muchas librerías cumplen aquí una función social. En particular, las que pertenecen a pequeñas editoriales que combinan sus oficinas con una tienda donde venden sus libros. La más peculiar es probablemente Dar el Merit, la editorial fundada por Mohamed Hashem. Su local tiene dos piezas habilitadas y varias habitaciones llenas de libros hasta el techo. La primera pieza es la tienda con las paredes cubiertas de libros. La segunda es un salón literario informal que sesiona todos los días, presidido por el mismo Mohamed. Por allí pasan a partir del atardecer escritores, bohemios, diseñadores, amigos, curiosos; se fuma, se bebe y se ríe mucho. 

Pensar en el futuro del libro de manera general o debatir sobre los formatos del porvenir es algo que de alguna manera me rebasa un poco. Como pequeño editor que pretende impulsar libros desde Santo Domingo sobre la realidad dominicana y caribeña, el futuro que me preocupa en este momento es tal vez más concreto y urgente, ya que consiste en encontrar la forma de seguir generando la energía, los recursos y las colaboraciones necesarias para hacer libros relevantes.


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