Revista GLOBAL

Lírica nostálgica de Jaime Tatem brache: aliento telúrico y visión metafísica

por Bruno Rosario Candelier
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Cuando Jaime Tatem Brache (Salcedo, República Dominicana, 1962) publicó La otra cara del sueño, saludé su aparición señalando que emergía al escenario literario nacional con voz vigorosa, original y auténtica, y añadí que este narrador llegaba prevalido del don de la creación y dotado de una imaginación fértil, ágil y abierta, potenciando el modo imaginativo de ficción y proyectando, desde su sensibilidad empática y fecunda, el decurso psicológico de sus criaturas imaginarias en hechos y escenas sorprendentes y cautivantes. Dije entonces que con la belleza y la frescura de sus imágenes y la propiedad de los recursos y procedimientos, Tatem Brache abría un surco narrativo, hondo y auspicioso, insuflando un nuevo aliento y afirmando su sensibilidad espiritual y estética para beneficio de las letras dominicanas. Ahora Jaime Tatem Brache da a conocer su primer libro de poesía. Conozco la poesía dominicana y puedo asegurar que ninguna obra poética ha plasmado la onda de sensibilidad lírica desde una vertiente telúrica impregnada de aliento metafísico con alcance simbólico, como lo reflejan estos poemas del escritor salcedense en tres facetas distintivas: una dimensión metafísica, una dimensión telúrica y una dimensión simbólica que pasamos a comentar.

Ahora Jaime Tatem Brache da a conocer su primer libro de poesía. Conozco la poesía dominicana y puedo asegurar que ninguna obra poética ha plasmado la onda de sensibilidad lírica desde una vertiente telúrica impregnada de aliento metafísico con alcance simbólico, como lo reflejan estos poemas del escritor salcedense en tres facetas distintivas: una dimensión metafísica, una dimensión telúrica y una dimensión simbólica que pasamos a comentar. Este poemario proyecta una intensa profundidad emotiva y una densa veta interior con una esencia espiritual reveladora de un mundo sutil y subyacente desde el plano de la realidad estética, el ámbito de la expresión lírica y el vórtice de la realidad trascendente. En una evocación nostálgica, Tatem Brache reconstruye las vivencias del pasado en búsqueda de sí mismo, elaborando una simbología lírica y metafísica mediante la vertiente interior de los sentidos. Es una forma peculiar de la vertiente lírica y estética, simbólica y trascendente, en pos de la recuperación de un costado de la vida y de una dimensión cósmica que da sustancia al poema y significado al mundo interior del sujeto lírico, al tiempo que plasma la belleza de la imagen y la verdad de una vivencia en la recreación de la nostalgia. Cinco fuerzas o poderes de la sensibilidad están al servicio del sujeto lírico de estos poemas que tienen el título de Rituales de la lluvia: la intuición, la memoria, la imaginación, el lenguaje y la pasión, que actúan como factores concurrentes en la gestación de la emoción lírica, la realidad estética y la presencia metafísica.

La intuición, como clave que abre la compuerta de lo real subyacente; la memoria, como depositaria de recuerdos y vivencias; la imaginación, como recreadora de imágenes de escenas y vivencias; el lenguaje, como medio de expresión simbólica de un mundo sugerente; y la pasión, como el aliento emocional que encandila y entusiasma. La razón de toda poética consiste en testimoniar la propia percepción del mundo aprehendiendo un costado de la realidad, canalizando una intuición profunda o revelando una verdad intuida con belleza y emoción. Hemos de apreciar el valor de la poesía y más aún la prestancia de la poesía metafísica, que lejos de distanciarse de la realidad como parece y lejos de menguar el compromiso del poeta con su tiempo, su historia y su pueblo, lo encarna mejor y lo asume plenamente en sus costados desconocidos y profundos y en sus valencias interiores y rotundas. Lejos de estimarse como evasión de lo real, la poesía metafísica ahonda en sus lados secretos y entrañables y devela sus valores ocultos y profundos, poniendo al hombre en contacto con la urdimbre interior, profunda y trascendente de las cosas, revalorizando la significación intrínseca de cada cosa, elemento o fenómeno y enalteciendo su esencia y su sentido en su vinculación con la fuerza superior de lo existente y su coparticipación con la totalidad de lo viviente. Eso es lo peculiar de la poesía metafísica. Fue el Doctor Samuel Johnson, eminente poeta y crítico británico, quien llamó “poetas metafísicos ingleses” a destacados poetas anglosajones del siglo XVIII que dotaron al arte de la creación poética de una dimensión profunda y trascendente, elaborando una auténtica poesía metafísica.

La poesía metafísica indaga el sentido fundamental de lo existente y pone su atención en el sentido de la vida, la muerte, la nada, el tiempo, el amor, el dolor, la angustia y lo fundamental del mundo circundante. Por su dimensión interior, la vertiente metafísica ‘hace’ a la gran poesía, que revela verdades profundas, indaga el sentido de fenómenos y cosas e inquiere la razón de lo existente. Y le da una hondura interior a la visión lírica del mundo. Como expresión de la intuición profunda, la poesía metafísica capta lo que escapa a la percepción sensorial y enseña a reflexionar sobre el sentido de las cosas mediante una meditación canalizada con los recursos poéticos, sabiendo que el pensamiento del poeta no es una especulación filosófica ni una referencia científica, sino una reflexión lírica y estética, ya que el poeta traduce en imágenes los pensamientos y las percepciones que atrapa su intuición. Y esa forma de decir las cosas, que es lo específico del lenguaje de la lírica, distingue el pensamiento poético del pensamiento filosófico, que se expresa en ideas y conceptos. La poesía se expresa en imágenes y, en su reflexión poética, el poeta que escribe con hondura y belleza emplea metáforas y símbolos para traducir el contenido de sus intuiciones profundas, pues “toda poesía verdaderamente profunda y esencialmente tal es metafísica, como dijera Unamuno”.1 Desde luego, no es igual el concepto de metafísica en filosofía que en poesía. Para la filosofía, la metafísica estudia el ser y la esencia de las cosas. Según Aristóteles, la metafísica estudia lo que está más allá de la física (meta physica), rama filosófica que enfoca lo que trasciende la naturaleza sensible, entendiéndose hoy lo que entendían los neoplatónicos de la metafísica, es decir, lo esencialmente inexperimentable, inmutable y permanente.

La metafísica trata del ser como fundamento del ente cuya esencia, propiedades y leyes inquiere.2 Pero en poesía, la visión metafísica no enfoca la realidad del ser ni indaga la esencia de las cosas, sino el sentido de las cosas o de cuanto acontece en el mundo. Si entendemos la metafísica como la búsqueda del sentido, y si la indagación metafísica se hace con intención lírica y estética, entonces podemos hablar con propiedad de metafísica poética o de poesía metafísica, que tiene una manera artística y simbólica de inquirir el sentido de fenómenos y acontecimientos, como efectivamente hace esta vertiente de la creación poética llamada poesía metafísica. El poeta metafísico indaga lo que concita su sensibilidad con una mirada honda, profunda y trascendente, razón por la cual la metafísica entraña una actitud inquisitiva y por tanto la poesía metafísica conlleva una actitud lírica de interrogación. Cuando un poeta indaga el sentido de la cosa física hace metafísica y quien profundiza la pregunta del sentido hace metafísica. Al poeta le corresponde sentir y expresar estéticamente lo que mueve su sensibilidad, y, si en esa dimensión de la sensibilidad inquiere el sentido de sensaciones y emociones, está dándole una dimensión metafísica a su sentimiento, y, por tanto, está haciendo poesía metafísica. La lírica metafísica comporta una intuición estética con hondura reflexiva. Obviamente, la indagación del poeta es una indagación lírica, es decir, una búsqueda estética en el ámbito poético, en el ámbito de la realidad estética, no en el dominio de la filosofía, que para los pensadores de esa disciplina equivale a inquirir la esencia del ser. El poeta metafísico no busca, como el filósofo, la esencia del ser; el poeta busca el sentido del ser, y lo hace poéticamente con el lenguaje de la expresión lírica. 

Pues bien, al escribir su poesía el poeta transmuta el resultado de sus intuiciones en imágenes sensoriales, mientras el pensador lo hace en conceptos. Por eso, cuando el poeta metafísico piensa, sigue pensando pero pensando en imágenes, aunque esas imágenes sirvan para transmitir verdades profundas o para canalizar hondas cavilaciones de la conciencia. De igual manera, los poetas que intuyen las dimensiones profundas de las cosas son poetas metafísicos, ya que traducen en sus imágenes una representación conceptual y estética del mundo. Ya sabemos que la intuición nos revela el costado secreto de la realidad y descubre su sentido profundo. Por eso las verdades del poeta son siempre verdades profundas, universales y eternas. La tendencia metafísica que con William Wordsworth y otros creadores de la talla de John Donne, Samuel Coleridge y William Blake dio categoría a la poesía inglesa del siglo XVIII potenció el sentido profundo de la lírica, ahondando el conocimiento de la experiencia humana a través de la intuición estética. Y estos creadores, conocidos como poetas metafísicos ingleses, alcanzaron una autoridad fundada en su condición poética porque enaltecieron con su creación la condición humana y exaltaron con su contenido espiritual la creación poética.3 

La metafísica concebida como vía de comprensión y como medio de expresión se anida en la alta creación poética, y una obra lírica como la que estamos comentando nos permite ahondar en esa dimensión interior y clarificar su sentido profundo, puesto que se inscribe en esa zona desconocida y misteriosa que entraña la “búsqueda del sentido”. Y un estudio como el presente pretende esclarecer la parte oscura y velada de esa veta trascendente y, obviamente, establecer puentes de comunicación y entendimiento entre la poesía metafísica y los lectores. Cuando el poeta expresa en su poema “Las visiones y los sueños”: “…pero he aquí creciendo voces demonios fantasmas/ y un vientre de sombras amamanta al mundo/ y llueve fuego/ y siete cabezas danzando/ y hormigas mongólicas tiritando de hastío/ y en las páginas crecieron cascadas infinitas/ de letras y de muertes…” obviamente alude a una realidad no común, y a una dimensión suprasensorial, para cuya expresión fragua imágenes apocalípticas, arquetípicas y simbólicas cuya interpretación precisa una lectura atenta, profunda y sopesada. La realidad nutre la conciencia con el impacto sensorial y espiritual que ejerce lo existente en la sensibilidad del individuo. El poema es producto de un estado de conciencia en el que el creador se siente iluminado por la presencia de lo real, sin importar que este fenómeno se produzca desde el plano de lo real objetivo o desde el plano de lo real evocado. Jaime Tatem Brache descubre en un hecho físico la dimensión estética y la dimensión cósmica que lo enlaza a lo viviente y la conexión emocional que lo empata a lo humano al evocar sus vivencias y nostalgias. Y en ese estado de conciencia escribe y canta en “Universo”: Son milenios de asombros enardecidos Son vidas de desdoblamientos sin fin Es probable sean ellos mayor realización Quizás yo soy el fantasma y ellos los hombres crepusculares 

A lo mejor al principio me vieron como a una criatura /extraña Así los vi yo y aquí estoy con ellos Aquí sin estar estamos Aquí vivimos sin vivir. Se trata de una intuición en la que la persona lírica se siente insignificante en el concierto del Universo. Estos poemas revelan la participación de la intuición, y la intuición genera percepciones que pueden parecer irracionales y que se revelan como verdades irrefutables para la sensibilidad poética. Y ya se sabe que el poder de la intuición genera una emoción estética que sólo capta y expresa la creación poética. Esa impronta emocional, arquetípica y estética, señala la presencia de un poeta, que tiene el don singular de la creación estética, y al decir de Rilke, tiene la misión de fijar para la posteridad la realidad de las cosas que pasan. Si a esa impronta emocional, lírica y estética, se le suma la impronta metafísica que capta la intuición profunda, estamos sin duda ante un producto creador de alta significación trascendente. Y esa concurrencia de la emoción, la memoria y la intuición en la expresión lírica es lo que permite inferir que esta poesía de Jaime Tatem Brache tiene una onda, una gracia, una dimensión cósmica, estética y metafísica que no las tiene ningún otro libro de creación poética en las letras dominicanas. Observen lo que escribe nuestro lírico en “Aquí” para aludir a esa confluencia de percepciones múltiples: 

Aquí estoy fluyendo para siempre en un chorro de colores y agua viva precipitado en mi voz Aquí nace y se pone el sol y no cesa la rosa en su efímera belleza Aquí comienza y termina el arco iris y su olla de oro es un espanto de parricidios siameses atrapados en pompas de jabón Aquí nació la ciguapa y confundió sus pasos y sus huellas se dirigen hacia donde no van y al no ir vamos adonde estamos Aquí los gnomos sonríen a los ojos del ciruelo y roban las pieles del pantano en el lugar de la constante /noche 

Aquí los duendes de la postrera infancia florecen en los encuentros astrales y juega con la brisa el unicornio Aquí somos estaciones que nunca son y los puntos cardinales se ahogan y viven su muerte como un vértigo de guerra y paz 

El fondo telúrico de una visión estética 

Puedo apreciar en esta lírica de Jaime Tatem Brache varias vertientes creadoras: 

1. El impacto telúrico del contorno en la conciencia, que el poeta capta y revela en su expresión estética. 
2. La huella emocional del ambiente solariego en la sensibilidad física y metafísica de la persona lírica con el aliento de su presencia en cuanto escribe. 
3. El tono empático y doliente ante lo viviente en cordial actitud de identificación con lo existente. 
4. El vínculo entrañable hacia las cosas –sensorial, afectivo, intelectual, imaginativo y espiritual– con empatía universal por fenómenos, criaturas y elementos.
5. El sentimiento de ternura cósmica hacia todo lo viviente con una disposición luminosa, vitalista y radiante. 

Esa múltiple disposición física y metafísica que proyecta la personalidad lírica de nuestro poeta es un reflejo al mismo tiempo de tres dimensiones de su poder creador: la sensibilidad orgánica, la sensibilidad estética y la sensibilidad trascendente, que confluyen en el poliedro de su creación poética. En estos poemas de Rituales de la lluvia, de Jaime Tatem Brache, hay una honda meditación lírica de la vida desde el trasfondo vivencial de la infancia y la impronta emocional de lo viviente a la luz de las vivencias hogareñas bajo el impacto de la realidad telúrica. 

Y al mismo tiempo una manera de indagar el sentido fundamental de lo existente mediante la recuperación de lo vivido, que el sujeto lírico asume con el fondo metafísico desde la vertiente lírica y cósmica, simbólica y trascendente, con lo que naturalmente está haciendo poesía metafísica. Tatem Brache medita líricamente el mundo, y en esa meditación lírica enfoca estéticamente el sentido de sus vivencias entrañables, que realiza mediante el concurso de imágenes y símbolos, cuyo resultado es esta valiosa poesía metafísica. La poesía metafísica que contienen estos versos fincados en el aliento telúrico supone pasar de la percepción material a lo intangible, con una clara conciencia de la trascendencia, lo que evidencia el desarrollo espiritual que ha alcanzado el autor de estos poemas. Desde los antiguos pensadores presocráticos, comenzando por Tales de Mileto, se habla de la conformación del mundo con la energía espiritual subyacente en la materia y la fuerza supracósmica que la sostiene, incluyendo la de los fenómenos, criaturas y elementos. La búsqueda del sentido y su consecuente reflexión especulativa les permitió desarrollar el concepto de metafísica y ese concepto no lo concibieron como algo opuesto al de materia, sino como el fenómeno privilegiado de la materia por su participación en la unidad del Todo o en la totalidad del Cosmos. 

De modo que según esta visión totalizante de lo existente, la metafísica no es algo ajeno a la materia, sino aquello que enaltece a la materia misma puesto que el hecho de ser entraña ya una distinción óntica. La búsqueda del sentido que supone la inquietud inquiriente de la cosas es la esencia de la metafísica; y esa búsqueda, que es una expresión de la más alta indagación de la inteligencia humana, tiene matices peculiares en cada uno de los poetas que se han inclinado por ese costado interior de lo existente. En Tatem Brache esa visión metafísica tiene raíces en su tierra y en sus vivencias personales y desde ellas procura vincularse con el aliento creador del mundo. Ese costado interior viene iluminado fundamentalmente por la intuición, y esa percepción intuitiva ahonda en el interior de las cosas desde la conciencia del sujeto creador. El poeta lo dice con esa meridiana percepción de lo intuido: “Aquí las cosas son lo que son/ y son nada/ Aquí la luz es luz porque la sonrisa/ –esté o no esté en las sombras–/ es la continuación del llanto” (“Aquí”). Hay un pasaje bíblico (Mateo 13, 35) que dice así: “… declararé las cosas ocultas desde la creación”. Pues bien, al poeta le está reservado encontrar esas ‘cosas ocultas’ que están ahí, como “una canción tirada por el suelo”, como decía Franklin Mieses Burgos, uno de nuestros grandes poetas metafísicos. Y esas ‘cosas ocultas’ están ahí, ‘desde la creación’, es decir, desde el principio del mundo, esperando que alguien las perciba y las proclame con su intuición profunda.

El sentido de esas cosas espera ser revelado por la intuición del creador, que lo capta con sus antenas interiores que son sus sentidos metafísicos, con los cuales puede captar e interpretar la dimensión interior de lo existente y esa dimensión entrañable guarda un secreto, un halo misterioso, una porción sutil y subyacente. Lo mismo en el traspatio de la casa, en la intrahistoria del pueblo o bajo la sombra de tantos rincones amados que fueron testigos de vivencias entrañables y que atesoran esas ‘cosas ocultas’ desde la creación, como hechos, fenómenos y vivencias que la evocación nostálgica revive, como acontece en estos poemas de Tatem Brache que proyectan una cordial añoranza y una rememoración entrañable, doliente y sentida. Esa evocación justifica la razón de una poética que testimonia desde la impronta de la sensibilidad profunda la propia percepción del mundo aprehendiendo el lado sutil y oculto de lo viviente que atesora la memoria de la persona lírica. La evocación de las vivencias entrañables con su reflexión nostálgica da cuenta de emociones limpias y puras de la infancia, ese estadio del paraíso emocional que hemos vivido y que el poeta rememora hincando sus raíces en la memoria familiar y en la memoria pueblerina y en la propia historia personal.  

En “Colapso de la alianza”, título que recuerda el texto bíblico, el autor escribe: El poema era espacio de lunas y soles y lirios y nostalgias Espacio de antiguas hidalguías donde generaciones de fuego jamás olvidaron sus andanzas Lo saqué de una habitacióLa expresión simbólica de unas vivencias redivivasn de mis recuerdos allí donde un espacio en blanco me llevaba a tu voz allí donde mi infancia se llenó de luceros allí donde supe de un río deshecho en huida y un árbol deshecho en sangre y llanto allí donde soñé que era murciélago y el espanto me obligaba a volar en pleno día y yo andaba tropezando con todas las paredes del mundo y con la fatiga y con la soledad y el olvido allí donde la belleza como Dios buscaba caminos terribles para llegar al hombre y redimirlo en el amor de su sueño sin fin 

Desde la evocación de sus vivencias entrañables el poeta se vincula a la Totalidad de lo viviente. Apelado por el sentimiento de la belleza, su sensibilidad estética, abierta al placer y al dolor, se abre a la sensibilidad cósmica hacia todo lo viviente con una capacidad sensorial honda y múltiple en sintonía con su sentido cósmico. En esa confluencia sensorial de los sentidos se despliega su sensibilidad trascendente, impulsada por la vocación contemplativa y concitada por el aletazo del misterio que concita su interior profundo. 

El “dolorido sentir” de que hablaba Garcilaso atraviesa los poemas de Tatem Brache cuando la voz lírica de estos dolientes versos advierte: “Me fulminarán de nuevo las esfinges/ y en un segundo seré la eternidad y el comienzo/ Y otra vez tendré que callar para nombrarte/ Y otra vez tendré que morir para volver/ Y otra vez se esfuma el poema que soñándolo me sueña/ Tal vez ese poema sólo pueda escribirlo en tus brazos/ y yo no sé bajo qué cielo te volveré a encontrar” (“Mujer con cayena en el pelo”). Estos poemas, además, dan cuenta de la capacidad intuitiva que distingue al autor. Más aún, Tatem Brache hace uso de lo que llamo la “intuición vicaria”, en la que una intuición ajena inspira otra intuición, o una revelación de la conciencia intuida por otro y que permite colegir una percepción profunda de la realidad desde la experiencia propia. Cuando el poeta habla de “la araña tejedora de la angustia”; o cuando tiene en mente “la serena tierra que me espera”; o cuando dice: “Me fulminarán de nuevo las esfinges/ y en un segundo seré la eternidad y el comienzo/ Y otra vez tendré que morir para volver”, está haciendo uso de la intuición vicaria. Quiero subrayar también que estos poemas de Tatem Brache revelan unas vivencias a través de las cuales se realiza una exorcización emocional mediante la logoterapia poética. Me explico. Tatem Brache tiene en sus manos un instrumento de creación y acude a las vivencias de la infancia y la evocación de su pueblo natal para extraer temas y motivos, elementos que recrea para fijar en el poema, como quería Rilke, lo que aconteció una vez y sigue viviendo en la memoria, lo que late en el pasado asumido con el aliento de una corriente poderosa de la lírica universal. Eso es lo que se llama metafísica de la experiencia, no de emociones y suspirillos; y lírica de vivencias, no de abstracciones y especulaciones. Por eso la lírica metafísica que inspira esta poesía tiene un asidero en el mundo real, no en el mundo ideal o fantasioso. 

La expresión simbólica de unas vivencias redivivas 

En Rituales de la lluvia hay la huella de lo que Víctor Frankl llama la “neurosis dominical” 4 que aflora cuando experimentamos el vacío y constatamos la soledad existencial que nos aterra. Tatem Brache descubre el momento en que la nostalgia revive el pasado para darle sentido a la vida y sustancia al poema. La huella que dejó el tiempo, la señal que marcó el pasado en el fondo del inconsciente, revive en la lírica del poeta que parece obsedido por una fuerza enraizada en la raigambre profunda de su espíritu. 

En la lírica de Tatem Brache hay una simbología interior que alude al inconsciente. Carl J. Jung hablaba de la “intuición introvertida”, que es aquella que percibe los procesos internos que están en la conciencia. Y hay unas imágenes que reflejan ese mundo interior de la conciencia. Según George Bataille, para la intuición las imágenes del inconsciente tienen la misma categoría que los objetos o las cosas,5 puesto que reflejan la zona oculta de la mente humana y en consecuencia esas imágenes proyectan la faceta que no pueden percibir los sentidos físicos. En la lírica de Tatem Brache hay bestias, pájaros y fantasmas que simbolizan miedos, traumas y frustraciones, y nombrándolos, los conjura, y al conjurarlos se libera la mente de sus pesadillas, neurosis y obsesiones. De esa manera la poesía funciona como logoterapia ejerciendo una función de catarsis liberadora. 

Esa reconstrucción de la conciencia mediante la logoterapia poética está latente en estos poemas de Rituales de la lluvia, que reflejan una vertiente exorcizante y oracular a través de la cual la persona lírica vierte emociones trabadas de la infancia por traumas y miedos que impactan negativamente el desarrollo de la personalidad. El entorno telúrico y ambiental troquela y marca el talante de la sensibilidad en esa etapa de la niñez en que establecemos un punto de contacto con el Universo. Cada ser humano vive a su modo la vida y en su discurrir existencial va acumulando vivencias y emociones, algunas de las cuales nos afectan consciente o inconscientemente por el impacto que introyectan en nuestro interior profundo. La vida nos enseña que somos impactados por la experiencia, y la misma conciencia, como enseñaba Henry Bergson, participa de un proceso de crecimiento y desarrollo.6 En ese proceso confluyen el pasado y el presente y en la confluencia del plano real y el plano evocado un recuerdo de la infancia se torna vívido y real en la memoria, a veces con una impronta indeleble, y cuando la memoria recrea lo vivido, aflora ese caudal de vivencias imborrables como acontece en estos poemas de evocación nostálgica. 

En virtud de inexplicables motivaciones inconscientes en el estadio adulto, los seres humanos nos retrotraemos al pasado en busca del estadio de la niñez en que tomamos conciencia de nuestro contacto con el mundo. Y en esa toma de conciencia del vínculo entrañable con las cosas, las múltiples vivencias que nuestro pasado inmediato registra en la memoria, fluyen en imágenes y símbolos que delatan un temor latente en los repliegues neuronales del cerebro. El lenguaje y la memoria reabren la compuerta del inconsciente con el poder inexorable de imágenes, símbolos y mitos. El mito nombra la realidad que hemos subjetivado en la conciencia y el lenguaje simbólico formaliza esas vivencias entrañables. La memoria juega un papel clave en la evocación nostálgica del pasado en cuya recuperación participan la imaginación y el lenguaje alentando el poder creador de la palabra. El pasado desafía la memoria del poeta para que desactive lo que subyace en el interior de su conciencia como una sombra rediviva. 

La función oracular del poeta es remover esa sombra subyacente bajo la compuerta de la conciencia y revertirla en la realidad estética del poema, transmutando en sustancia para la creación lo que subyace y le atormenta con una intención de creación, de conjuro y de catarsis. Con ese fin el poeta desafía la nada, el pasado y el olvido, y en esa labor de recuperación lo que ha sido reclama la presencia en la entidad viviente del poema. Entonces el poema restaura y vivifica cuanto asume y recrea en la realidad estética del lenguaje mediante el concurso de las imágenes simbólicas. En “Imágenes de la muerte” canta el poeta: Los oigo claramente: son los fantasmas y sus voces. Los fantasmas que han regresado (si es que alguna vez se fueron). Los escucho, con nitidez los palpan mis oídos. Veo su canción y su quejumbre. Sé que sufren y acaso pretenden asustarme, tropezando por la casa que la noche habita. Sus pasos, hechos sombras, vienen y van como quejidos que pasean por el aire. 

Esa ‘sombra’ que aparece en ‘la casa que la noche habita’ probablemente se anida en el alma de la persona lírica que precisa recrearla, conjurarla y exorcizarla. Los espirituales del Oriente creen que el mundo circundante está supeditado al mundo interior de la conciencia, razón por la cual quien tiene dominio de su energía interior puede controlar el mundo exterior de lo viviente y de esa manera puede tener una más adecuada percepción de lo existente y una valoración adecuada de las cosas. Según esta concepción espiritual, el significado del mundo se halla en la energía interior del espíritu, que encierra la causa de lo existente y puede sentir el poder de lo viviente. Tatem Brache no está ajeno a esa concepción metafísica por cuanto sabe canalizar en su lírica la energía sutil de lo viviente. En “Tríptico de la lluvia” el poeta proclama: “Ese sonido/ –silencio de la eternidad–/ es el sonido de la lluvia cayendo sobre el mundo./ Cierra los ojos y escúchalo, / siéntelo/ porque esa lluvia cae dentro de ti”. El poder energético de la poesía –energeia para los antiguos griegos, es decir, la energía espiritual de la conciencia como fuerza gestora del poema–, poder que se cristaliza en la creación de imágenes y símbolos, confirma la validez de esa virtud poética.

La poesía de Tatem Brache está articulada por la concepción de lo trascendente como lo realmente esencial y valedero. Y esa dimensión de lo existente, en su expresión sutil e intangible, le da categoría de alta poesía a su creación lírica. Para el propio Tatem Brache esta poesía juega un rol catártico por cuanto lo libera de emociones trabadas de la infancia en lo profundo de su conciencia y esos símbolos líricos transmutan esos sentimientos, vivencias y actitudes, y como los arquetipos de Jung, liberan miedos, pesadillas y traumas. Esas imágenes simbólicas de sombras, pájaros y voces hacen traspasar un velo enigmático hasta su fuente misteriosa, como se aprecia en “Las visiones y los sueños”: Ay pero he aquí creciendo voces demonios fantasmas y un vientre de sombras amamanta al mundo y llueve fuego y siete cabezas danzando y hormigas mongólicas tiritando de hastío y en las páginas crecieron cascadas infinitas de letras y de muertes y de la Historia el gran charco de sangre sonríe nuevamente en el más oscuro espacio de luz.

Esas imágenes cumplen una función oracular, la de la poesía como medio de purificación y liberación como lo era para los antiguos griegos, y esa función catártica sirve también para apreciar y sentir la potencia de la energeia poietica, es decir, el poder creador de la virtud poética. Poetas como Wordsworth, Coleridge o Blake hicieron uso de esa virtualidad de la creación poética y se valieron de imágenes asociadas a los elementos, las aves o las bestias, articulando un lenguaje que hay que saber descifrar para entender. El conocimiento del alma humana en la voz oracular de Tatem Brache que sus símbolos condensan, procuran la intelección de una verdad existencial y con ella la comprensión de la energía espiritual del Universo.7 

Liberado por mediación de la virtud lírica, estética y simbólica de la poesía, en su búsqueda interior el sujeto poético expresa una agonía del ser que duda de sí mismo y en su aproximación a la Divinidad anhela el retorno a la fuente primigenia, aunque termina reconociendo el poder de lo Absoluto sintiéndose él y las demás criaturas parte de la Totalidad. “Tríptico de la lluvia” refleja esa disposición del ánimo: Ese sonido 

–silencio de la eternidad–  es el sonido de la lluvia cayendo sobre el mundo. 
La lluvia confundida con la lluvia. 
La lluvia caminando sobre el zinc. 
La lluvia tocando los árboles como puertas verdes y amarillas. 
La lluvia aturdida con los sueños. 
La lluvia dando de beber a la tierra y a las piedras y al asfalto. 
La lluvia paseando por los caminos de tu voz. 
La lluvia preguntando por los que se han ido y, sin embargo, permanecen. 
La lluvia erizándote la piel… 

Atributos estéticos de una creación metafísica 

Cuando Homero en La Ilíada dice: “Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles”, está formalizando una creencia que atribuye al poeta una condición de amanuense, es decir, de interlocutor entre su estro creador y la fuerza superior que dicta lo que escribe. Esa ‘fuerza superior’, que en la mitología griega recibió el apelativo de “musa” y en la sicología moderna el nombre de “inconsciente colectivo”, sigue insuflando desde un más allá utópico y ucrónico lo que Jorge Luis Borges llamó “el otro”: “Hace años –dijo el escritor argentino– yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”.8 En “Imágenes de la muerte” Tatem Brache testimonia: “Ya no soy el mismo: / algo, / alguien/ –que no soy yo– / vive dentro de mí”. Pues bien, Tatem Brache se siente también un amanuense de lo Alto y oye voces que le dictan y canaliza en algún símbolo espiritual el soplo de esa ‘fuerza superior’ que está en el aire, en el patio de su casa, en la calle de su pueblo. En “Tríptico de la lluvia” reitera que el sonido de la lluvia “Está cayendo en tu ayer/ y en otro espacio./ Y te ves en el tiempo, / bajo otra lluvia, / donde, /como ahora/, truena, /relampaguea, / sopla el viento, / y escuchas la voz de tu madre/ que temerosa cubre los espejos”. Podemos sintetizar los rasgos literarios de la expresión lírica de estos poemas de Tatem Brache en los siguientes aspectos: 

1. Expresión de lo originario y prístino desde la voz de la tierra, con la impronta emocional de lo telúrico y el aliento singular del pueblo y el solar nativo, desde las vivencias entrañables de la infancia, en las que confluyen los efluvios del ambiente y del paisaje en su raigambre afectiva con la voz del pasado conformando la madeja interior de lo peculiar y singular de lo vivido, como se aprecia en “Bajo el hechizo de tu voz”: 

Invitado por las últimas lluvias, he venido a sembrar unos lirios en el patio: Lirios Paciencia de los que soñó mi madre en el principio del mundo. La tierra –que me llama desde siempre– es ahora propicia para la vida y el amor. Hay en ella –girando– un aire verde de felicidad. También he regado semillas y palabras y rituales y silencios. Quizás los estoy sembrando en el viento, o en el vuelo de las golondrinas en la tarde, o en un libro poblado de poemas nunca escritos. 

2. Expresión de un estado angustioso y lacerante en la que la persona lírica revive en la realidad estética la angustia que lo postra y la fuerza que lo imanta al infinito, hecho que impulsa la evocación nostálgica y hace posible la gestación del poema, como acontece en “Por caminos de sueños”: Me asombran las noches porque desde el poema se desparrama el tiempo por caminos de sueños Y yo no sé si es el espacio de mi angustia o una página en blanco rebosando de intermitencia Los fantasmas atraviesan las paredes y cantan a la hora en que las golondrinas se transforman en murciélagos Y yo en el espejo en el espejo solo en el espejo solo y triste en el espejo solo y triste soy un libro encendido en /palabras 

3. Presencia y coparticipación de la sensibilidad de la persona con la dimensión cósmica de lo viviente que aflora mediante la identificación emocional que el sujeto lírico experimenta con fenómenos y elementos y entidades naturales bajo el sentimiento de una compenetración rotunda con la energía espiritual de lo existente. Tatem Brache escribe para encontrarse consigo mismo y fundirse con el Todo. Al tiempo que se siente “el otro”, refleja una empatía hacia lo viviente expresando una dimensión cósmica en la identificación emocional que experimenta la persona lírica con fenómenos y elementos en virtud de la energía espiritual de lo viviente. En “Y ahora viene la lluvia a decirme que estoy solo” lo confirma: Yo soy el sol y la luna soy y el arco iris y el enojo de siempre de los riscos y los ogros 

Yo soy un puente tendido a la luz Yo soy un libro de infinitas raíces donde me advierto escribiendo los poemas que me regaló la lluvia 
Yo soy Tatem hermano de la muerte de la vida y del amor. Yo soy los ojos donde hay suelto un unicornio 
Yo soy el fénix del fiat lux y es necesario que mi nombre siga latiendo en tu voz como una rosa 
Yo soy el mundo y la casa y una prolongación del camino cuando llueve… 

4. Asunción y recreación de los valores del pasado a partir de la evocación de recuerdos, visiones y vivencias como una forma estética y simbólica de revivir y potenciar lo propio desde el poder de creación enraizado en la conciencia y el lenguaje que el poeta despierta con su canto, como en “Coloquio de soledades”: 

Miro el infinito en donde estoy y río y lloro. 
Creo el mundo y lo destruyo, levanto un rayo de mi ser y diluvio hasta deshacerme. Estoy muerto de tanta vida  y vivo de tanta muerte y aturdido de confusiones y asombros. 

5. Aplicación de una estrategia compositiva fraguada mediante recursos simbolistas, surrealistas e interioristas mediante los cuales empalma en la creación poética el torrente de intuición e imaginación que teje su sensibilidad con fuerza expresiva y convincente, como en percibimos en “Biografía espiritual de la madrugada”: Se libera mi espíritu silvestre Soy un águila de nubes Veo gente flechas descubrimientos conquistas colonizaciones y noches de hendijas luminosas y leones de fuego abriendo girasoles de ausencias llamadas y terrores desembarcos y devastaciones ojos caminando en el nido del abismo levantamientos y guerras (…) y un hombre escribiendo un libro una biografía espiritual de la madrugada. 

6. Recreación de vivencias y escenarios interiores enriquecidos con recursos compositivos de diversas tendencias estéticas a modo de espejos de contemplación para descubrir verdades profundas o revelaciones de la conciencia. “Coloquio de soledades” sirve de ejemplo: 

El sol cae y la jabilla es trampa de acero que mi madre rompe con sus dedos. La escritura esparce cielos: voces dentro del cascarón, ebullición de la esfera. Cierro los ojos y me alcanzo a ver, anciano, frente a una página en blanco que ya no es. 

7. Incorporación de imágenes sensoriales inspiradas en la Naturaleza que asume como fuente de contemplación y vía de reflexión interior para darle hondura y sustancia a la creación poética, como podemos verlo en “Estoy surgiendo de la noche”: 

Soy y tengo los días y sus afanes y sus sombras
Soy  y tengo la lluvia que regresa por ti cuando te pienso 
Soy  y tengo el amor y los lirios y la vida 
Soy y tengo lagartos en el patio y el ciruelo 
Soy y en vano me asedia la muerte con su rostro de arco iris en las nubes 
Soy y me nombra el ruiseñor cada mañana  

8. Incorporación y expresión de facetas de la condición humana a través de la pintura de experiencias interiores que reflejan la reacción de la conciencia ante el impacto de fenómenos y hechos, como se infiere de este pasaje de “Coloquio de soledades”: No es ilusión de mis sentidos la araña tejedora de esta angustia. Cuánto deseo nunca haber sido: refocilado de ausencias, sin esta guerra alimentando el caos, transformándose en casa, chorro de total ausencia perpetuando el sueño de la vida. 

9. Empleo de símbolos fundados en elementos vivientes de la Naturaleza, en cuya energía centra la expresión de vitalidad y trascendencia con un sentido lírico y estético, simbólico y metafísico, como el arco iris, que simboliza muerte, o la lluvia, el lirio y los patios, que simbolizan vida, como se aprecia en “Aquí no ha pasado el tiempo todavía”, que reitera su compenetración emocional con lo viviente y testimonia su honda sensibilidad empática: Aquí no ha pasado el tiempo todavía. Jugando con la brisa, sigo siendo un niño feliz y estremecido. Aquí está la quebrada con sus peces de colores y la mañana y La Chorrera sigue cayendo hasta encontrarme. El patio está igual. Los mismos lirios paciencia siguen creciendo serenos todavía. Está la mata de naranja y el cerezo y el nido donde las aves gestan el universo (…) Me espera la lluvia detrás de la vida. 

10. Creación lírica y estética con aliento metafísico desde una empatía universal y una ternura cósmica que proyecta la sensibilidad de la persona lírica con la fuerza espiritual de lo viviente, como en “Las piedras tienen heridas”: Las piedras, con su corazón sensible, me hablaron del sol, soñador del día, y miraron la luna callada con mis ojos. Las piedras me prestaron su voz para ver el viento y han sostenido mis pasos por el mundo. Jaime Tatem Brache ha demostrado con la creación de este hermoso poemario que se puede escribir una poesía metafísica comprensible y objetiva, fundada en la presencia telúrica y la experiencia existencial, sin la debilidad de lo aéreo y la vacuidad de lo abstracto repleta de vaguedades y generalizaciones sin sentido. Esta poesía metafísica del escritor salcedense está fundada en su propia percepción del mundo, fincada en su experiencia de vida, y apuntalada con la huella de su voz, la marca de su estilo y el aliento espiritual de su cosmovisión estética potenciando una importante vertiente interiorista para beneficio de las letras dominicanas.


1 comment

ปั้มติดตาม julio 18, 2024 - 7:45 pm

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