Revista GLOBAL

Lutero y Vitoria: fundamentos de la civilización occidental

por Fernando I Ferrán
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Este ensayo examina la relevancia civilizatoria de Martín Lutero y Francisco de Vitoria como pilares conceptuales de la modernidad occidental y, potencialmente, de toda civilización futura. A través de un análisis diacrónico, se muestran sus aportes complementarios: Lutero inaugura la autonomía moral del individuo mediante la libertad de conciencia y la relación directa con la Palabra; Vitoria establece los fundamentos jurídicos universales que sustentan la dignidad humana, el derecho internacional y la justicia entre pueblos. Aunque sus metodologías difieren —conciencia subjetiva en Lutero, razón práctica y derecho natural en Vitoria—, ambos convergen en limitar el poder, exigir responsabilidad ética y promover criterios universales de legitimidad. El ensayo sostiene que esos principios siguen vigentesen debates contemporáneos sobre soberanía, derechos humanos, autoridad, conflicto y globalización. Incluso ante una eventual decadencia de Occidente, los legados de ambos autores constituyen fundamentos indispensables para cualquier orden civilizatorio.

En nuestra actualidad histórica, se debate con frecuencia si la civilización occidental, liderada por Estados Unidos y Europa, atraviesa un proceso de decadencia. Se trata de una cuestión compleja, pues, stricto sensu, solo existe el presente: un instante fugaz, como advierte la tradición agustiniana, y volátil.

Dada esa realidad del pasado, quedan la evocación y el recuento, gracias a la memoria y su capacidad de reconstrucción. Y, del futuro, ni hablar más allá de la imaginación o la prognosis, documentadas o no, pues nunca es, en sentido pleno, razón que fundamenta la célebre observación relativa a «la lechuza de Minerva (que) solo alza su vuelo al anochecer».

Este ensayo, por tanto, propone una mirada diacrónica: examinar un momento clave de la civilización occidental, aquel que definió el marco conceptual del humanismo en sus dimensiones jurídica, teológica y filosófica. Ese marco no solo configura nuestro presente, sino que también explica la persistencia de ciertas ideas y valores en nuestra cultura, pero sin pronunciarse sobre la realidad del porvenir.

El análisis se centra en dos pensadores fundamentales, cuya obra contribuyó de manera decisiva a la vida institucional, conceptual y teológica de Occidente. A partir de sus ideas, será posible evaluar si los profundos cambios tecnológicos de nuestra era inciden sobre el curso de la civilización occidental y cuáles podrían ser sus consecuencias.

I. Dos pensadores inmersos en un sempiterno presente

El período comprendido entre finales del siglo XV y mediados del XVI representa uno de los momentos de transformación más radical en la historia europea. La convergencia de factores religiosos, políticos, económicos y culturales generó un ambiente de crisis y renovación, propicio para el surgimiento de figuras intelectuales que marcaron el rumbo de la modernidad temprana y épocas posteriores.

En ese momento histórico se sitúan Martín Lutero (1483-1546) y Francisco de Vitoria (1483-1546). Aunque sus enfoques y métodos difieren, ambos respondieron a la necesidad de replantear la autoridad, la ética y la legitimidad de la acción humana en la sociedad de su tiempo.

1.1. Martín Lutero

El pensamiento de Lutero se centra en el sujeto y la reforma de la fe cristiana, con un énfasis decisivo en la relación directa entre el individuo y Dios. Según Langella, Lutero propuso un modelo en el que la conciencia personal adquiere protagonismo absoluto y la interpretación de la Escritura se convierte en la única autoridad válida en cuestiones de fe. Este principio de sola scriptura supuso una ruptura radical con la tradición católica, que hasta entonces consolidaba la autoridad papal y la mediación sacramental como instrumentos centrales de salvación.

Para Lutero, la fe no puede comprarse ni venderse. Ella es una experiencia interior, moral y espiritual que no depende de rituales ni indulgencias. La publicación de sus 95 tesis en 1517 constituyó un acto tanto teológico como social, al cuestionar la venta de indulgencias y la corrupción dentro del clero. Según MacCulloch, este gesto tuvo un impacto cultural significativo, promoviendo la alfabetización y el acceso directo a los textos sagrados en lengua vernácula. La imprenta permitió que sus ideas se difundieran rápidamente, creando un movimiento de reforma social y religiosa que desafiaba la estructura jerárquica de la Iglesia.

En el ámbito de la moral, Lutero enfatiza la centralidad de la conciencia: la fe verdadera genera obras buenas derivadas de la confianza en Dios, no como medio para obtener la salvación. Esto implica un replanteamiento radical de la autoridad eclesial: la Iglesia, es decir, su jerarquía y otras autoridades, no interfieren ni median entre el creyente y Dios. Entre cada uno y Él, se establece por primera vez en la historia occidental, si no universal, una relación espiritual directa y personal. La antropología teológica de raigambre luterana transforma la noción de responsabilidad individual y, así, abre espacio a la crítica ética de las instituciones.

Como declaró ante la Dieta de Worms (1521): «A menos que se me convenza mediante las Escrituras o por razones evidentes […] no puedo ni quiero retractarme, porque ir contra la conciencia no es seguro ni correcto. Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén». Esta afirmación inaugura la autonomía moral moderna y convierte la libertad de conciencia en un principio civilizatorio.

En el ámbito civil, Lutero defiende un planteamiento dual: por un lado, la obediencia a la autoridad terrenal garantiza la paz y el orden; por otro, esa autoridad debe ajustarse a criterios derivados de la fe. Su crítica a la arbitrariedad y al abuso de poder, tanto religioso como político, establece precedentes para debates modernos sobre libertad de conciencia, autonomía moral y responsabilidad ética.

Además, Lutero sostiene que la verdadera reforma religiosa requiere que cada individuo se convierta en juez de su propia conciencia y que conviva y contribuya, de forma virtuosa, en su comunidad.

Es en ese contexto que el antiguo monje agustino consolidó su posición como pensador indispensable para la civilidad humana presente y venidera.

1.2. Francisco de Vitoria

Mientras Lutero sitúa la verdad en la conciencia individual y en la interpretación de la Palabra, Francisco de Vitoria, presbítero de la orden mendicante de los dominicos, propone una razón práctica capaz de fundamentar principios universales aplicables a todos los pueblos. Desplaza así el foco del individuo hacia las relaciones entre comunidades y naciones.

Su pensamiento filosófico, jurídico y ético se articula a partir de la tradición escolástica, pero con una proyección práctica inédita: la regulación moral de la acción colonial y política. Vitoria aborda los problemas surgidos con la conquista de América, proponiendo criterios universales para evaluar la legitimidad de la autoridad y la interacción entre diversos pueblos.

La posición de Vitoria es innovadora: sostiene que todos los seres humanos poseen derechos fundamentales derivados de la ley natural, que ningún poder político puede violar. Sus Relectio de Indis y otras lecciones en Salamanca ofrecen un marco protomoderno de derecho internacional, donde la justicia y la equidad trascienden los límites de los Estados nacionales.

El principio fundamental, innovador, revolucionario de su argumentación lo resume todo: «No es la fe la que otorga el derecho, sino la naturaleza misma del hombre, que lo hace libre y racional». Así, la argumentación teológica se transforma en un discurso sobre justicia y comunidad humana, más allá de cualquier frontera religiosa. Más aún, queda superado el principio aristotélico de que «Algunos hombres nacen para mandar y otros para obedecer».

A diferencia de Lutero, centrado en la conciencia individual y su convicción más fidedigna, Vitoria emplea la razón práctica y la argumentación jurídica para definir principios objetivos y universales: soberanía legítima, derechos de los pueblos indígenas y criterios de guerra justa. Para él, la autoridad política solo es legítima si respeta esos principios, anticipando conceptos esenciales de la teoría política moderna como el abuso y la prevención de los abusos de poder.

En efecto, Vitoria subraya que la dignidad humana debe ser considerada universal, sin distinción de cultura o religión. Su noción de guerra justa no es un argumento abstracto, sino un conjunto de normas que determinan cuándo la violencia puede considerarse moralmente aceptable, en contraste con la visión luterana, donde la regulación de la violencia depende principalmente de la autoridad secular.

Por tanto, a partir de ahora, se hace valer la innovación renacentista de Vitoria: «Omnes homines sunt liberi natura, et nemo est servus nisi iusta causa» («todos los hombres son por naturaleza libres y ninguno puede ser dominado sin causa justa»). Y, aplicado a los pueblos, sostiene que «Barbari vero habent dominium, et ius proprium, tum publicum tum privatum» («los bárbaros [indígenas] tienen dominio y derecho propio, tanto público como privado»).

En idioma vulgar, la apuesta del dominico es que nada es justo si no es humano.

1.3. Sumario de dos pensadores

El pensamiento europeo moderno no puede entenderse sin la impronta de dos de sus figuras fundacionales: Martín Lutero y Francisco de Vitoria. Ambos, desde perspectivas distintas, redefinieron la relación entre fe, moral y poder político: Lutero, al afirmar la supremacía de la conciencia frente a toda autoridad; Vitoria, al establecer los principios de la justicia y del derecho natural.

Según Langella, la relación entre ambos puede considerarse como supletoria entre sí: mientras Lutero reforma la conciencia y redefine la ética religiosa, Vitoria establece las bases de una ética de convivencia entre pueblos. Ambos comparten preocupación por la legitimidad y la justicia, aunque aplicadas en contextos diferentes: Lutero, en la esfera espiritual de cada individuo subjetivo; Vitoria, en la política y la ley de la plaza pública. Ese suplemento de ambos resulta clave para comprender la proyección de sus ideas hacia debates modernos sobre libertad religiosa, autonomía individual, soberanía y responsabilidad internacional.

La espina dorsal de ambas perspectivas refleja dos caras de una misma búsqueda ética: Lutero explora la reforma de la fe y la conciencia personal frente a la autoridad religiosa, mientras Vitoria articula un sistema normativo que protege los derechos universales frente a la autoridad política. Ambos contribuyen a la configuración del pensamiento moderno sobre ética, derecho, justicia y libertad, proporcionando herramientas conceptuales aún relevantes en la reflexión contemporánea.

II. Convergencias y divergencias de Lutero y Vitoria

El análisis comparativo de ambos autores revela un entramado complejo de convergencias y divergencias que permite comprender no solo las diferencias entre sus propuestas, sino también cómo ultiman entre sí y ofrecen un marco de reflexión sobre ética, autoridad y legitimidad que es inclusivo. A pesar de sus perspectivas y contextos distintos, ambos comparten preocupaciones fundamentales sobre la moralidad de la acción humana y la legitimidad de la autoridad, que no son necesariamente excluyentes.

2.1. Convergencias

Una primera convergencia se encuentra en la preocupación por la legitimidad de la autoridad. Lutero cuestiona la autoridad papal, que mediatiza la relación del individuo con Dios, sosteniendo que la verdadera autoridad reside en la conciencia y en la interpretación directa de la Escritura. Vitoria, en paralelo, afirma que la autoridad política solo es legítima cuando respeta principios universales de justicia y derecho natural, particularmente los derechos de los pueblos indígenas frente a la expansión colonial. Ambos, por tanto, se ocupan de la relación entre poder y moralidad, aunque en esferas distintas: espiritual y jurídica.

Otra afinidad importante es la centralidad de la ética en la acción humana. Para Lutero, la vida cristiana exige obras que derivan de la fe, mientras que Vitoria sostiene que la acción política debe evaluarse según criterios universales de justicia. Por supuesto, ambos rechazan el abuso de poder arbitrario, considerando que toda autoridad —religiosa o política— debe someterse a normas éticas superiores. Esa preocupación compartida evidencia una visión ética de la acción humana, donde toda autoridad humana, además de estar condicionada por valores superiores, es tan indispensable como la del contrato social para garantizar el orden entre iguales enfrentados entre sí de la que años más tarde referiría Thomas Hobbes, en el Leviatán, o John Locke, en su Gobierno Civil.

En términos metodológicos, ambos autores recurren a la tradición como fundamento de sus argumentos, aunque de modo distinto: Lutero se apoya en la Biblia y los Padres de la Iglesia para legitimar la autoridad de la conciencia frente al clero, mientras que Vitoria utiliza la escolástica y la filosofía aristotélica-tomista para establecer criterios de derecho y justicia. En ambos casos, la tradición se reinterpreta para abordar problemas contemporáneos, demostrando innovación conceptual y relevancia duradera.

Finalmente, ambos anticipan discusiones modernas sobre libertad y derechos humanos. La autonomía de la conciencia promovida por Lutero constituye un antecedente directo de la libertad religiosa y de pensamiento, mientras que la protección de los derechos de los pueblos indígenas por Vitoria anticipa nociones de igualdad universal y derecho internacional humanitario. Su convergencia fundamental radica en establecer principios éticos universales y autonomía moral, condiciones indispensables para toda civilización que aspire a perdurar.

2.2. Divergencias

Las divergencias entre Lutero y Vitoria son tanto metodológicas como conceptuales. Lutero adopta un enfoque experiencial y teológico, centrado en la conciencia individual y la relación con Dios, mientras que Vitoria desarrolla un marco racional y jurídico, orientado a regular la conducta entre Estados y pueblos. Esa diferencia explica por qué Lutero enfatiza la reforma espiritual inmediata, mientras que Vitoria proyecta normas de alcance global y duradero.

En lo relativo a la autoridad, Lutero desafía la autoridad eclesiástica y pone el acento en la libertad de la conciencia frente al poder religioso, aunque acepta la jerarquía civil como garante del orden social. Vitoria, en cambio, sostiene que la autoridad política solo es legítima si se ajusta a principios universales de justicia, independientemente de su origen o estructura. Así, en lo que Lutero funda la ética personal y la moral de la conciencia, Vitoria instituye la ética colectiva y la legitimidad política universal.

Otra divergencia fundamental se encuentra en la esfera de la acción y la violencia. Lutero reconoce la necesidad del poder civil para mantener el orden, incluso mediante el uso de la fuerza, aunque siempre subordinado a la moral cristiana. Vitoria, en cambio, desarrolla criterios más precisos para la guerra justa, estableciendo condiciones claras sobre cuándo la violencia puede considerarse legítima y cómo debe ejercerse. Esa postura refleja de nuevo la universalidad normativa de Vitoria frente al enfoque más situacional y subjetivo de Lutero.

Conceptualmente, también difieren en la noción de comunidad. Lutero enfatiza la comunidad de creyentes y la reforma interna de la Iglesia, mientras que Vitoria presta atención hacia pueblos y naciones, evaluando cómo los actores políticos deben interactuar de manera justa y equitativa. Sin embargo, ambos coinciden en que ética y justicia son la base de la vida social y civilizatoria, convirtiéndolos en pilares indispensables para toda civilización.

Finalmente, divergen en la idea de universalidad. Para Lutero, se entiende como aplicabilidad espiritual y moral de la fe a todos los individuos; para Vitoria, implica normas jurídicas y éticas válidas para cualquier sociedad o Estado. La sinopsis de ambas perspectivas —conciencia individual y norma universal— constituye un marco conceptual esencial en cualquier civilización futura.

2.3. Sumario comparativo

El análisis comparativo de ambos innovadores en sus respectivos dominios evidencia un equilibrio entre convergencias y divergencias: ambos comparten preocupación por la legitimidad de la autoridad y la ética de la acción humana, pero difieren en enfoques, metodologías y ámbitos de aplicación. Lutero transforma la conciencia individual y establece los fundamentos de la libertad religiosa y moral; Vitoria desarrolla un sistema normativo que regula la interacción entre comunidades, anticipando principios de justicia global y derechos humanos universales.

Esas diferencias y similitudes no son meramente teóricas: constituyen una base conceptual para comprender la transición hacia la modernidad. Lutero aporta la perspectiva de la ética personal y la responsabilidad de la conciencia frente a la autoridad; Vitoria ofrece la perspectiva de la ética colectiva y la legitimidad política, estableciendo criterios universales que trascienden fronteras y contextos históricos. En conjunto, proporcionan herramientas para analizar la relación entre ética, poder y derechos, reafirmando que ambos autores son imprescindibles para cualquier civilización, occidental o posterior.

III. Actualidad de ambos autores

3.1. En Occidente

El pensamiento de Lutero y el de Vitoria son complementarios y, precisamente por ello, su incidencia en el mundo contemporáneo es indiscutible. La influencia de ambos se manifiesta en el ámbito occidental, de manera convergente, en múltiples dimensiones religiosas, culturales, políticas y jurídicas.

La Reforma luterana, al colocar la conciencia individual en el centro de la experiencia religiosa y de la libre decisión, consolidó un ethos de autonomía, responsabilidad moral y libertad de pensamiento que continúa moldeando la vida familiar, social, política y cultural de Europa y América del Norte.

Ese ethos inspira hoy las libertades religiosa y de conciencia, así como el amplio debate sobre los parámetros matrimoniales, los tipos de familia, los modelos educativos, los regímenes jurídicos y de propiedad, las formas de participación ciudadana y los espacios críticos frente a diversas concepciones de la autoridad y sus instituciones.

El pensamiento de Vitoria, por su parte, proyecta su influencia sobre la ética política y el derecho internacional. Sus postulados acerca de la legitimidad de la autoridad, la igualdad de los pueblos y la regulación ética de la guerra anticipan principios recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la Carta de las Naciones Unidas. En un mundo globalizado y marcado por conflictos interestatales, sus criterios permiten evaluar la conducta de Estados, instituciones internacionales y corporaciones desde la justicia y el respeto a la dignidad humana y a sus respectivos derechos.

En el ámbito cultural y educativo, la Reforma promovió la alfabetización y el acceso a textos en lengua vernácula, generando una tradición de análisis crítico y educación para la autonomía. Vitoria, por su parte, es referente en derecho y ciencias políticas, proporcionando criterios para evaluar políticas públicas, intervenciones humanitarias y relaciones internacionales desde una perspectiva ética y legal.

Ambos autores ofrecen marcos complementarios para abordar dilemas contemporáneos: la tensión entre soberanía y derechos humanos, la responsabilidad individual frente a la autoridad y la regulación de los conflictos. En ese marco, Lutero aporta la perspectiva de la moral individual; Vitoria, la de las normas universales para la acción colectiva: no en nombre de una fe, sino de argumentos racionales de valor y alcance intemporales.

La actualidad política y social de Occidente —marcada por tensiones entre soberanía nacional, derechos de la persona e ius gentium, así como por la responsabilidad frente al medio ambiente— evidencia la vigencia de los principios de ambos autores. La conciencia crítica (Lutero) y la regulación universal de la acción política (Vitoria) ofrecen herramientas para enfrentar desafíos contemporáneos como el populismo, la desigualdad, las intervenciones humanitarias, la defensa de la democracia liberal, la egolatría, los regímenes autocráticos y la desinformación en redes sociales saturadas de opiniones ajenas a la verdad.

En términos de ética y responsabilidad, ambos coinciden: la libertad sin normas universales puede derivar en arbitrariedad, mientras que la regulación ética sin conciencia crítica puede degenerar en autoritarismo. El encuentro de ambos enfoques —conciencia autónoma y norma universal— constituye un marco conceptual ejemplar para pensar la legitimidad, la justicia y la responsabilidad en sociedades complejas.

Por tanto, ambos religiosos no son solo figuras históricas: su legado permite examinar críticamente nociones y prácticas de autoridad, derechos humanos y justicia que han devenido consuetudinarias en Occidente. Invitan —y en cierto modo obligan— a ciudadanos y gobernantes a respetar los derechos universales y a asumir la responsabilidad de sus actos en un mundo donde cada quien es, a la vez, independiente e interdependiente.

3.2. En Oriente

Aunque surgieron en un contexto europeo, los principios de Lutero y Vitoria conservan una profunda relevancia global. La autonomía de la conciencia propuesta por Lutero inspira reflexiones sobre el conocimiento y la libertad individual frente a las autoridades tradicionales o jerárquicas. Complementariamente, los postulados de Vitoria acerca de la justicia universal y la dignidad de los pueblos fundamentan la universalidad del conocimiento científico, así como las relaciones interestatales, la intervención internacional y los conflictos armados desde criterios éticos y universales.

En sociedades orientales donde conviven tradición y modernidad, la articulación entre la conciencia individual (Lutero) y las normas universales de justicia (Vitoria) fortalece las instituciones democráticas, la educación ética y los mecanismos de rendición de cuentas. Estos principios pueden orientar la construcción de sistemas legales que respeten los derechos humanos y promuevan la participación ciudadana, sin desatender la diversidad cultural.

Asimismo, la vigencia de ambos autores se extiende a los debates sobre ética global, uso sostenible del medio ambiente y cooperación internacional. La conciencia crítica permite cuestionar decisiones políticas y corporativas que afectan al bien común, mientras que los principios universales de Vitoria guían la formulación de políticas y acuerdos que salvaguardan la dignidad de todos los actores involucrados.

En suma, Lutero y Vitoria ofrecen un marco conceptual aplicable no solo a Occidente, sino ajustable también a Asia y al contexto global contemporáneo. Su legado demuestra que, aunque nacieron en un marco europeo específico, sus ideas poseen validez intercultural y proyección mundial, constituyendo herramientas indispensables para analizar y enfrentar los retos políticos, sociales y éticos del siglo XXI.

IV. Fundamentos universales de civilización

Las reflexiones de Martín Lutero y Francisco de Vitoria, aunque surgidas en la Europa cristiana del siglo XVI, trascienden fronteras nacionales y continentales, razón por la cual se proyectan como fundamentos de toda civilización humana. Esto se debe a la justa medida aristotélica que articula valores universales: la libertad interior del individuo y la dignidad jurídica del ser humano.

Estas afirmaciones resumen, por sí solas, a modo de conclusión, dos de las columnas fundamentales de toda civilización postmoderna: la libertad moral y la solidaridad jurídica.

En otras palabras, ambos autores concibieron, al amparo de la crítica bíblica, una versión secular de posición en la vida o, como es mejor conocido, de Sitz im Leben que vincula el destino de los pueblos con la conciencia individual y la justicia universal.

Lutero —al afirmar en la Disputatio pro declaratione (1517) que «el verdadero tesoro de la Iglesia es el sacrosanto Evangelio de la gloria y de la gracia de Dios» (tesis 62)—50 proclamó que la autoridad espiritual no reside en jerarquías humanas, sino en la relación directa del individuo con la Palabra divina. Esa afirmación sentó las bases del principio moderno de autonomía moral y libertad de conciencia, sin el cual resultaría impensable la educación crítica, la ética civil y el pluralismo que caracterizan tanto a la modernidad occidental como a las sociedades orientales en transformación.

Vitoria, en su Relectio de Indis (1539), estableció los fundamentos de una ética política, histórica y universal, al sostener que «toda nación tiene derecho a su propia existencia y a comunicarse con las demás; por lo tanto, los bárbaros no pueden ser privados de sus dominios ni de su libertad». Con ello, anticipó los principios del derecho internacional y de los derechos humanos modernos, aplicables más allá de cualquier frontera o credo. Su pensamiento introduce una racionalidad jurídica que trasciende fronteras religiosas y culturales, proponiendo una ética global sustentada en la dignidad común de todos los pueblos.

Hasta prueba en contrario, la fuerza civilizadora de ambos pensadores no pertenece exclusivamente a Occidente. Las ideas de Vitoria y Lutero trascienden el marco europeo porque articulan valores y derechos universales relativos al sujeto humano, su conciencia, su dignidad y su desenvolvimiento y evolución en el ámbito socioeconómico, político, cultural e histórico.

El lazo común de ambos cimientos lo enuncian ellos mismos. Vitoria, sacando inferencias de la solidaridad jurídica del pensamiento aristotélico y tomista, sostiene que el orbe entero es una comunidad en derecho natural, y ningún pueblo puede vivir fuera de ese vínculo común. Lutero, atento a la libertad individual de cada uno, deduce la moralidad a partir de la responsabilidad inalienable, de conformidad con la tradición paulina y las confesiones agustinianas: la fe viva actúa siempre por amor y no puede permanecer ociosa ni inconsciente e irresponsable de sus consecuencias.

Por consiguiente, sin la justicia universal y la dignidad humana natural, previstas por Vitoria, y la libertad subjetiva de conciencia y la responsabilidad moral, afirmadas por Lutero, no hay civilización posible, solo brutalidad, servidumbre y sujeción. Incluso si la civilización occidental llegara a su fin —como todo lo que es temporal—, cualquier forma de reorganización posterior se verá obligada a adoptar ambos fundamentos para sustentarse en las nuevas formas y versiones que adopten la convivencia humana.

La jugada siempre será que, más allá de la fuerza imperiosa de la «infocracia» de datos e información, y de la prolongada trayectoria del «Hombre-Dios», las sociedades humanas y sus respectivos integrantes recobrarán el valor civilizatorio, tanto del aporte fundamental de Lutero, independientemente del capital y de quienes ostenten el poder, como de la contribución de Vitoria, independientemente del conocimiento científico y de quienes utilicen sus derivados tecnológicos.

En otras palabras, si la civilización occidental declina, su disolución no significará el fin de la historia universal, sino la posibilidad de un renacer civilizatorio que asuma y reformule los cimientos establecidos por Lutero y Vitoria. Cualquier reordenamiento que pueda ser avizorado alejado de él —sea institucional, tecnológico, intercultural o global— sería infructuoso sin estos dos pilares: la conciencia libre del individuo y la dignidad inviolable de todos los pueblos. De lo contrario, el género humano se adentraría en su máxima barbarie y ocaso final, algo así como si «Sapiens», que ni siquiera sabe en qué quiere convertirse, decidiera terminar por perderse a sí mismo.