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Nueva Orleans: una ciudad de potencia cultural

by Eleazar D. Rodríguez Navarro
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Un letrero que rememore Nueva Orleans es en sí mismo una gran apología del alcohol. Cualquier persona que visite por un par de días las calles del French Quarter –la zona más antigua de la ciudad norteamericana– puede volver a casa con ganas de colgar ese letrero en el minibar para marcar dónde termina el estrés cotidiano. En mi caso, Nueva Orleans llegó a mi vida de la mano de mi madre, para quien la ciudad significó mucho más que eso. El letrero que ella tiene colgado en su casa es más un tributo al año que vivió en esa ciudad con el propósito de aprender inglés. Cuando rememora su experiencia cuenta que podían salir un cambote de chicas en transporte público a la noche, llegar al French Quarter y recorrer las calles de bar en bar, con música en vivo en los locales o en cualquier esquina, toparse con caras desconocidas y luego volver también en transporte público. Mi madre me presentaba Nueva Orleans como la oportunidad de lanzarse a lo desconocido, incluso, de adentrarse en nuevos recovecos de uno mismo.

Primera visita a Nueva Orleans 

En 2009 fui a conocer Nueva Orleans con mis padres. Tenía grandes expectativas y la ciudad no me defraudó. De esa primera visita recuerdo las famosas donas o beignets del clásico Café du Monde, que son una delicatesse incomparable con las donas típicas americanas; recuerdo el sabor denso del café mezclado con raíz de achicoria (chicory); también los bares y la música en la calle, que transforman la condición de peatón en un evento turístico. En particular, recuerdo una banda con instrumentos de orquesta y mucho sabor, improvisando en un callejón, algunas personas se sumaron a bailar, otras como yo simplemente mirábamos.

Uno ve de las ciudades lo que le interesa. Como adolescente aficionado a la música, puedo atestiguar que la calidad de los ritmos con los que te encuentras en el French Quarter es notoria. Pero no es solo eso lo que hace la experiencia un placer, ni la cantidad de músicos que habitan la noche, sino que la ciudad te ofrece efímeros momentos artísticos que hacen que el camino entre el restaurante y el hotel, por ejemplo, consista en algo más que moverse de un lugar a otro. El espacio público, la calle, deja de ser una zona gris e incómoda para conformar parte de una experiencia genuina.

Segunda visita a Nueva Orleans

 Una ciudad que te convida a apreciar algo tan cotidiano como el espacio público puede despertar emociones tan fuertes como para replantearte si el lugar donde has vivido toda tu vida es el lugar donde quieres seguir viviendo. Nueva Orleans puede tener ese impacto. Conmigo lo tuvo y desde 2012 he vivido en distintos países de Latinoamérica. Pero el lugar idóneo parece no existir en una ciudad específica. Con esa idea decidí viajar ocho años después, por segunda vez, de vuelta a Nueva Orleans. Después de seis años de vida migrante, sin haber encontrado un lugar que se sintiera mío, necesitaba un escape. Sentí que tres noches en N’awlins –tonada particular con que los locales se refieren a Nueva Orleans y que lo reproducen camisetas y letreros– parecía la salida de emergencia perfecta. En esta oportunidad fui en pareja y nos hospedamos en un Airbnb, ubicado a dos cuadras del French Quarter. Una de las primeras cosas que me alegró fue descubrir en el aeropuerto una estatua enorme de Louis Armstrong tocando la trompeta. De ahí tomamos un autobús bastante económico que nos llevaría hasta la zona de nuestro hospedaje. Antes habíamos pasado dos días en la Gran Manzana, y en comparación con Nueva York el hospedaje fue menos costoso. Ya que estamos, aprovecho para comentar que aunque la arquitectura de Nueva York es tan magnánima como se dice, a su vez es una ciudad que parece inabarcable; en cambio, hay un encanto distintivo en la arquitectura de Nueva Orleans, pero no solo en las construcciones o en los detalles, que llegan a ser muy comparables con los colores del Caribe y las edificaciones coloniales, sino también en el tamaño, en la disposición de la ciudad, algo que la hace interesante y a la vez íntima. A primera vista parece una ciudad que puedes llegar a conocer por completo; además, es una ciudad con la que te encariñas en un par de noches.

Dejamos el equipaje y nos aventuramos a caminar hacia el French Quarter, del que le venía contando a mi pareja las pocas cosas que recordaba de mi primera visita. Y aunque pasaron ocho años entre un viaje y otro, pude ubicar el callejón donde había visto la banda tocar. Proseguimos la caminata en busca del famoso gumbo de la cocina creole. El gumbo es una especie de sopa picante de frijoles, con camarones o salchicha, que al servirla se le pone una porción de arroz blanco arriba que se va derritiendo. Nos topamos con un cartel que decía Gumbo Shop, y con ganas de entregarnos a los clichés del momento decidimos comer ahí. Así como los beignets no se pueden comparar con las donas comunes, los sabores de Nueva Orleans en general no se parecen a la comida más frecuente de los Estados Unidos. Y es que en esto de la arquitectura pasa lo mismo, esta diferencia entre Nueva York y Nueva Orleans no es solo la diferencia entre una ciudad y una metrópolis, sino que hay una historia cultural específica para que esto sea posible. Así tenemos que el French Quarter tiene una estética que se parece a zonas coloniales españolas, pero con un toque afrancesado. Es así porque el estado de Louisiana pasó por manos francesas y españolas antes de que los Estados Unidos lo adquirieran. La compra y venta del territorio va de la mano con su pasado de esclavitud. Porque no parecía importar la identidad de la mayoría de las personas que habitaban y trabajaban el territorio, sino el proyecto expansionista de un Estado-nación. Por ejemplo, durante una visita que hicimos al Museo de la Farmacia, el guía comentó que la práctica farmacéutica, al ser instituida legalmente en esa ciudad, había dejado sin trabajo a las personas que no tenían estudios en una escuela formal pero que toda su vida la dedicaron a la sanación de las personas, con un modelo vecinal e íntimo de la medicina, mezclado con elementos espirituales de la cultura de África y Haití. El guía contaba que ese museo había servido como la primera farmacia legal de la ciudad; el farmaceuta era un hombre blanco licenciado. Hay que tomar en consideración que para licenciarse hace falta saber leer, escribir, tener recursos económicos para hacerlo y además ser aceptado como candidato en la carrera. Algo que en aquella época era impensable para la población de color de Nueva Orleans, con lo cual la práctica curandera se prohibió. Otro dato que señaló el mismo guía fue que en la fachada del hotel que queda frente al Museo de la Farmacia se puede leer la palabra change, que significa ‘cambio’. Cuenta el guía que no es una intervención de arte callejero, sino que se trata es de una remodelación no llevada a cabo por completo del edificio, en donde originalmente se podía leer exchange, que significa ‘intercambio’, porque ahí se subastaban esclavos negros. La cicatriz racial no la tuve presente en mi primer viaje. Quizá porque venía de Caracas, donde se piensa que no existe el racismo ya que todo el mundo está mezclado y decir «negro» es de cariño, excepto cuando sale la hora de los chistes racistas y se empieza a diferenciar entre un hombre blanco y uno negro.

Esta vez fue distinto y pude ver que en Nueva Orleans la herencia afro y caribe no se recupera solamente desde el dolor o el trauma, sino que se manifiesta en casas pintadas como si siempre fuese carnaval, en la algarabía del Mardi Gras, en rendir homenaje a sus héroes musicales, como el aeropuerto y el parque que han sido nombrados en honor a Louis Armstrong, también se manifiesta en la sazón creole y esos paladares acostumbrados a especias y picantes. Del mismo modo, se distinguen del protestantismo dominante en los Estados Unidos gracias a la presencia del vudú, lo que ha aportado mucho, no solo a la espiritualidad norteamericana sino también a su literatura, su cine y su televisión. ¿Se imaginan el mundo de las series y las películas norteamericanas sin zombis y sin vampiros? ¿De qué iría el cine de terror? Quizá el pragmatismo estadounidense no permitió integrar a su cotidianidad el realismo mágico presente en la espiritualidad vudú, y así el clásico cine de horror está repleto de seres que reviven –como zombis que más adelante veremos tienen sus raíces en el vudú–, encarnando la maldad, y luego los protagonistas llevados por la cruz o algún otro elemento católico logran salvar la historia. Pero la influencia literaria y del séptimo arte de Nueva Orleans no se remite únicamente a esto. Justo después de comer en el Gumbo Shop pasamos por una librería que en 1925 le sirvió de casa al escritor William Faulkner y que fue donde escribió su primera novela. Nueva Orleáns, además de ser la ciudad natal de escritores como Truman Capote, John Kennedy Toole  quien retrató su visión de Nueva Orleans en La conjura de los necios– y Anne Rice, fue un lugar de inspiración para otros grandes, como el premio Nobel mencionado y Walt Whitman, Tennessee Williams, Mark Twain, a quien se le puede asociar en general con Louisiana, Ernest Hemingway, quien solía hospedarse en el Hotel Monteleone, el mismo que ha hospedado a John Grisham; incluso Isabela Allende recibió la inspiración de la ciudad. Su novela El Zorro fue escrita ahí y en esta ciudad conoció a la mujer en que se basó para crear a Zarité, la protagonista de su novela La isla bajo el mar, donde narra la historia de unos haitianos que, en plena guerra civil, logran mudarse a Nueva Orleans.

En la librería que rememora a Faulkner encontramos muchos libros sobre vudú y esclavitud, pero dos me llamaron particularmente la atención, porque narraban las historias de dos mujeres que toman vida en American Horror Story, que es una de mis series televisivas predilectas y que dedica una temporada a las brujas. Ambientada en Nueva Orleans, retrata dos mujeres que guardan estrechan relación con la ciudad. Una es la reina del vudú, Marie Laveau (1801-1881), descendiente de afroamericanos y afrofranceses. Marie se casó con un haitiano y, entre otras cosas, se sirvió del vudú para curar enfermos. La otra es Madame Lalaurie (1780-1849), una mujer blanca que torturó y asesinó esclavos negros en su casa de Nueva Orleans. En la serie, ambas mujeres logran extender su vida indefinidamente gracias a rituales mágicos: en el caso de Marie Laveau, por mano propia, en el caso de Madame Lalaurie, como una maldición.

Más adelante nos topamos con una tienda que rinde tributo al vampirismo, que en la tradición literaria reciente cuenta con la saga de la escritora Anne Rice, nacida y criada en Nueva Orleans. Su trabajo más emblemático fue Entrevista con el vampiro. Dejando atrás la tienda de vampiros, alcanzamos el Museo del Vudú. Tal como se puede suponer, en el museo vuelve a aparecer la figura de Marie Laveau, como un emblema de la ciudad y de la resistencia de quienes luchan por conservar las tradiciones y la cultura africana. En ese museo se resalta con mucha fuerza el paso de los esclavos de Nueva Orleans por Haití, esa ruta del Caribe que suele tener el mismo recorrido que los huracanes. Leyendo los recortes de prensa y las fotocopias desvencijadas que están en las paredes del museo, puedes conocer el origen de la palabra zombi. Se atribuye a una deidad africana, porque en el idioma del Congo la palabra nzambi significa ‘dios’. También había un ritual en el cual las personas de una comunidad eran enterradas vivas mientras celebraban una fiesta, y al final desenterraban los ataúdes y a quienes salían se los llamaba zombis, en una especie de renacer después de la sepultura, habiendo tenido un despertar espiritual en el proceso. A pesar de que esta práctica se ha registrado en N’awlins, en el mismo museo comentan que sus raíces se encuentran en Haití.

Hay una cierta familiaridad caribe al caminar por las calles de ese territorio conquistado y vendido de Louisiana. Desde la estética colonial de las casas y los rituales de remover tumbas en los cementerios, hasta figuras como la reina del vudú e incluso en las comidas. Otro elemento caribe famoso de esta ciudad es su café. Aunque acá ya se empieza a romper un poco la familiaridad, porque a pesar de tener un buen café, y una excelente cultura del café en comparación con la lógica de cafés aguados, instantáneos o de máquina como suele ser costumbre en Estados Unidos, su preparación cuenta con el agregado de la raíz de achicoria (chicory). No se sabe si fue en Holanda o en Francia que se empezó a mezclar la achicoria con el café. Hay quienes piensan que en la época de Napoleón empezó a haber una falta de café en Francia y decidieron mezclarlo con achicoria para que rindiera y no quedarse sin la dosis diaria, teniendo el beneficio de que la achicoria le agrega amargo a la mezcla, pudiendo utilizar menos café. Y aunque la historia del café en Nueva Orleans, así como la de Haití, viene de la mano de la invasión francesa, la mezcla de achicoria con café no fue una herencia lineal del paladar francés al paladar creole. Según parece, durante la guerra civil de Estados Unidos, en Nueva Orleans empezó a escasear el café, por lo que decidieron mezclarlo con la raíz de achicoria, y luego quedó como un rasgo particular de la ciudad. No es un rasgo menor en un país donde predominan las cadenas de café de vasos grandes y de sabores dulces.

Así como se diferencia en ese aspecto de la cultura del café norteamericana, también rompe en un sentido con la familiaridad caribe. En el Caribe no son comunes las cafeterías ambientadas para sentarse a tomar café, leer un libro, escuchar una música que estimule el alma y que despierte los ánimos para tener conversaciones íntimas. Ese es un rasgo que, al menos en donde yo crecí, se consideraba afrancesado y elitista, como si hubiera algo intelectual en las emociones o en los problemas personales y sociales con los que convivimos. En Nueva Orleans hay muchas cafeterías que se prestan para pasar un rato íntimo, ya sea en compañía o en soledad. No es tomarse un café para poder continuar con el día a cuestas, que es la sensación que siempre me dieron las barras de las panaderías caraqueñas, ni tampoco es un lugar para que los jubilados se sienten a rememorar la ciudad que ya no existe, como pasaba en las pocas cafeterías que visitaba de adolescente.

Los cafés de Nueva Orleans son un espacio propicio para disfrutar del jazz y el blues característicos de esa región. Hay un estilo de blues particular de Nueva Orleans altamente influenciado por el jazz, en el que se mezclan una diversidad de sonidos caribeños. Uno de sus compositores es Earl King, a quien Jimmy Hendrix ha versionado. Esa fusión entre jazz y Caribe en el blues creole es casi una justicia histórica. El inicio del jazz que se dio en la plaza del Congo en Nueva Orleans tuvo lugar como respuesta a la censura que se llevó a cabo en Estados Unidos donde estaba prohibida la tradición de los tambores africanos; mientras que en el Caribe estas músicas, que también implicaban festejos culturales ancestrales, se lograron mantener dando paso a otros estilos musicales. En esta misma línea, si tomamos a una relevante figura del jazz como es Charles Mingus, apreciamos cómo rescata los elementos de improvisación del jazz que surgió en Nueva Orleans, y luego, en otro momento de su carrera, viaja a Colombia con la intención de nutrir su música de la cumbia afrocaribeña. Mingus básicamente le regala al mundo la integración de lo que una vez fue injustamente disgregado.

Claro que, para reconocer todos estos elementos como aportes culturales de la historia continental hay que erradicar el racismo que suele asociar todo lo creado por personas de color con salvajismo, irresponsabilidad y desorden. Todo eso que se muestra y que puede causar molestia al orden social, lo suele hacer porque nació de un lugar de protesta, y no necesariamente de una protesta que busca destruir lo anglosajón o lo blanco, sino que busca ser reconocido y tomado en cuenta con el mismo valor que se le otorga a otros arraigos culturales, como el que se le da a un crucifijo o a la música clásica europea. Cabe preguntar, ¿por qué la fama de esa ciudad se centra en el alboroto del Mardi Gras, la celebración del carnaval más intensa que se hace en los Estados Unidos, y en el alcohol y la música, y no tanto en la tranquilidad de un café con achicoria en cualquier cafetería al aire libre? Quizá por ser una ciudad con tanta presencia afrocaribeña y todo lo que eso implica en el imaginario occidental. O tal vez tenga que ver con que Nueva Orleans también es una ciudad puerto, y de las ciudades puerto lo que se recuerda es lo que se puede vivir al extremo en los pocos días que dura la estadía. ¿Cuántos serán los visitantes que deambulen sobrios por sus calles, contemplando la infinidad de galerías de arte que cuentan con artistas ultrarreconocidos? ¿Cuántos de los que asisten al Mardi Gras sabrán que esos días de libertad, donde se permite respirar por fuera de las estructuras americanas, tienen sus raíces en dos identidades de las cuales los norteamericanos suelen burlarse, ya que Mardi Gras es una tradición francesa que en Nueva Orleans se nutrió de la presencia afrocaribeña? 

Tan presente es la relevancia del Mardi Gras que el día de nuestra partida tuvimos un desplante con el transporte a causa de una caravana. Después de haber esperado más tiempo del que la paciencia soporta, empezaron a sonar unas trompetas y unos timbales que se aproximaban a donde estábamos. Al principio parecía una pequeña caravana común y corriente, pero luego de agudizar los ojos vimos que era una boda, que contaba con una banda de músicos afroamericanos que iban en fila tocando sus instrumentos, seguidos de la pareja recién casada y varios invitados, todos vestidos de blanco. Rescatar el valor de una caravana de Nueva Orleans con el fin de integrarla a la vida como una celebración significativa tal vez sea lo que se necesita para erradicar los prejuicios del racismo, y así integrar las vivencias culturales que conviven en una misma tierra.


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