Revista GLOBAL

Películas

por Guido A. Castillo
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The Grandmaster, de Wong Kar-wai Aunque la teoría del auteur –como fue concebida por Andrew Sarris en su obra The American Cinema– establece que este dedica toda su vida a hacer la misma película una y otra vez, también es cierto que ese afán de revisitar temas y obsesiones comunes impulsa a desarrollarlo a través de nuevas formas, nuevos vehículos y nuevas direcciones. El auteur no busca estas repeticiones, sino que inexorablemente es empujado a ellas porque no puede hacer cine de otra forma.Eso en gran parte es lo que hace Wong Kar-wai –una de las figuras posmodernistas más iconoclastas del cine asiático de vanguardia– en The Grandmaster: desmantelar y apropiarse de convenciones de un género tan particular como el cine de artes marciales hecho en Hong Kong.

Ese cine de artes marciales que floreció en los estudios de los hermanos Shaw, y que se convirtió en uno de los principales productos de exportación de Hong Kong y China continental, logró transcender su estatus de cine de entretenimiento gracias a King Hu y su obra seminal A Touch of Zen. Esta es probablemente la película de su género más importante producida en la época, cuya influencia perdura hoy hasta en el cine occidental en películas que van desde The Matrix y Crouching Tiger Hidden Dragon hasta el cine de Quentin Tarantino. A partir de allí surgió un nuevo paradigma, en el que detrás de cada movimiento y cada golpe meticulosamente diseñado podía esconderse algo más sustancial.

Las fantasías melancólicas de pasiones perdidas y anhelos de amores no correspondidos, todas ellas exquisita y minuciosamente fotografiadas, dan forma al estilo distintivo de Wong Kar-wai. Entre esas fantasías y el cine de artes marciales actual producido en la región –lleno de nacionalismo y propaganda a favor de China continental como excusa para los golpes y patadas– parece haber un abismo de diferencia, pero la labor del auteur consiste en parte en cerrar esa brecha.

El género de artes marciales puede dividirse en dos grandes subgrupos: por un lado, el elegante wuxia, cuyo origen se remonta a la literatura y a historias milenarias de la cultura china, que comparte grandes similitudes con el western: los guerreros luchan por honor, y el bien y el mal están claramente definidos; y por otro, el más reconocido kung-fu, de origen estrictamente cinematográfico, cuyo rostro más emblemático es Bruce Lee, donde la venganza suele ser el eje central.

Wong, quien no es nuevo en estas aguas, ya utilizó los patrones del wuxia para hacer una de sus mejores películas, la hermosísima Ashes of Time. Las intertextualidades y referencias al pasado son un gran componente de su trabajo, y según lo admite él mismo, su cine se nutre de sus vivencias personales. Su segundo acercamiento a este universo proviene de las novelas fantásticas que el personaje de Tony Leung escribía en su película In the Mood for Love y del cine producido por los Shaw, el cual cimentó su fascinación por esas historias de maestros y aprendices, vengadores y víctimas, por códigos basados en el apego a la tradición, a la paciencia, al compromiso de transmitir conocimiento de generación en generación.

Basada muy libremente en hechos reales, The Grandmster es Ip Man, el más aventajado de todos los artistas marciales del kung-fu del sur de China, fundador del wing chun y futuro entrenador nada menos que de Bruce Lee, con un talento más que demostrado. El jefe del clan Gong, representante del norte ocupado por Japón, busca un sucesor a su altura que represente y perpetúe el nombre de su familia. Para ello, Ip Man deberá enfrentarse a un alumno dispuesto a todo y, en la mejor tradición de los personajes femeninos de Wong Kar-wai, a Gong Er, un amor platónico. La relación entre Ip Man y Gong Er es la típica de los personajes de Wong, basada en interrupciones, sentimientos no expresados y anhelos insatisfechos.

La cinta funciona como película de acción en la más pura tradición del cine de Hong Kong, con más de ocho setpieces impresionantes, incluyendo uno en una estación de tren que perdurará en la historia del cine. También como ejercicio revisionista/desafiante de las convenciones de este género, por ejemplo cortando constantemente la acción para mostrar instantes reveladores dentro del mismo combate, como el efecto de un golpe o la energía liberada con una estocada. Es un recurso efectivo que logra desmitificar las peleas excesivamente coreografiadas y mostradas en tomas extendidas sin cortes en las películas de kung-fu de los años setenta, y que produce un efecto de inmersión en el que podemos sentir cada movimiento de los artistas. El estilo visual de Wong es único, y ya no necesita de su antiguo colaborador Christopher Doyle para demostrarlo.

The Grandmaster, como el mismo arte del wing chun, es una historia de dualidades en la que siempre habrá dos hombres: uno vertical y uno horizontal, un vencedor y un vencido. A lo largo de este relato, el maestro Ip Man debe enfrentarse a varias dualidades por su cuenta: la China del norte y la del sur, la de las tradiciones y la del cambio, la China que se rinde a la ocupación japonesa y la que resiste, el kung-fu agresivo del norte y el noble del sur. Aquí hay dos fuerzas ineludibles en constante combate, la horizontalidad del golpe y la verticalidad de la resistencia. Ip Man representa la nobleza y el estoicismo de la tradición, el compromiso con la continuidad; Gong Er, la pasión ciega del momento, dos fuerzas irreconciliables.

Wong no es muy dado a pronunciamientos políticos en su cine, pero aquí, con una historia ambientada durante la invasión japonesa, y más tarde durante la revolución comunista, se sirve de estos eventos para hacer un contundente señalamiento sobre las transformaciones de la China actual, empezando por el hecho de que su película se produjo entre China y Hong Kong, y se rodó en China continental. Como es costumbre en su cine, estas situaciones del mundo real apenas funcionan como trasfondo, porque sus preocupaciones, como siempre, son más abstractas –atormentados recuerdos serpenteantes, el paso del tiempo a un ritmo aparentemente glacial–, mientras sus personajes son consumidos por sus propias contemplaciones y su inacción. Una inacción contemplativa que ahora se extiende a toda una nación inevitablemente dividida.


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