Revista GLOBAL

Pluribus: El largo camino de los zombis a la felicidad

por Héctor Concari
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Tradicionalmente, el cine de horror ha sido el depositario de las fobias y los temores de la sociedad y de la época. De un tiempo a esta parte, el género está dominado por un contexto y unos personajes que lo habitan: el paisaje posapocalíptico y sus nuevos moradores, los zombis, ahora trocados en muertos vivientes. Como ocurre tan a menudo, son menos interesantes las peripecias de los personajes involucrados que el subtexto y las revelaciones más o menos implícitas de la trama. El género sigue siendo, hoy más que nunca, un portal al inconsciente colectivo.

Según la fórmula feliz de Mark Twain, la historia nunca se repite, pero rima. De igual forma, el cine no copia la realidad, pero la comenta y a veces hasta la anticipa. Apple TV ha estrenado con pompa una desconcertante serie llamada Pluribus. La misma viene precedida de una carta de presentación impecable. Su creador es Vince Gilligan, el mismo de los abismos del mal de Breaking Bad y la picardía de Better call Saul. La serie dista mucho de tener el atractivo de estas dos piezas maestras. Es lenta, tediosa y no parece tener un rumbo cierto. No está exenta de interés, sin embargo. Porque su tema es una variación, original, sin duda sobre un viejo tema del cine fantástico. El de los zombis. Conviene repasar la relación de los zombis con el cine.

Si estableciéramos una jerarquía de las criaturas de la noche, Drácula y Frankenstein, por aristócratas, se ubicarían en el vértice superior. Es discutible ver quién sigue en el orden descendente, pero nadie objetará el puesto final. En la base de la pirámide social del horror, se encuentran los subproletarios, la masa, la tropa. Los devoradores de carroña. Los zombis.

El cine siempre los relegó a la periferia del mundo civilizado. Apenas si llegaron, con interés, es cierto, a la clase B. Se inauguraron con un film menor. White zombie (Zombi blanco) (Victor Halperin, 1932) se apoyaba en la fama de Bela Lugosi para hablar del poder de un mago vudú en el Haití de la época. En cambio, I walked with a zombie (Yo caminé con un zombie) (Jacques Tourneur, 1943) es todavía hoy una joyita de sombras y sobrentendidos que crean un clima ominoso como pocas veces se vio en el cine de horror. Comparados con sus colegas de las tinieblas, los zombis no tuvieron mucho éxito. El auge del cine de horror tuvo lugar en los años 30 bajo el manto protector de los estudios Universal, en Hollywood, pero su hechizo no duró más allá de esa década. Cuando a fines de los 50 un estudio inglés, la Hammer, revivió a Frankenstein en siete películas y a Drácula en nueve secuelas, apenas si le dedicó a los condenados de la tierra un título: The plague of the zombies (La plaga de los zombis), de John Gilling (1966).

Todo cambió, de regreso en Estados Unidos en 1968, con un desembarco, un reposicionamiento estratégico y un cambio de nombre. La noche de los muertos vivientes, de George Romero, fue un film amateur que costó cien mil dólares y recaudó 12 millones de dólares en Estados Unidos y 18 millones en el exterior. Fue un film de culto, un éxito instantáneo que generó cinco secuelas, remakes y émulos varios. Todos estaban anclados en un hecho central. Los zombis, desde la periferia, habían llegado al primer mundo que los había encandilado y en el cual tenían toda la intención de establecerse. Eran, de alguna forma, inmigrantes y encarnaban los peores estereotipos que harían eclosión en las décadas siguientes. Lo importante es que encarnaban un concepto con el cual la cultura americana siempre tuvo problemas. Eran el Otro y ni siquiera eran humanos. Eran los living dead, los muertos vivientes; y más tarde en otros films serían los evil dead, los muertos malos o, ya en nuestro siglo, los walking dead, los muertos que caminan y se pasean por el mundo cotidiano.

Conviene no perder de vista el punto central de todo el tema. En última instancia, el tema de los zombis es el poder. En el imaginario del horror y en su origen, el factor que precipita el miedo es la relación del monje vudú con el zombi y su capacidad de dirigirlo. Este factor se diluye cuando los zombis trocan en muertos vivientes y, en contacto con la sociedad de consumo, toman por asalto ciudades y centros comerciales. Pero lo que cambia es la forma del poder, no su naturaleza. El auge de un tiempo a esta parte del subgénero de los zombis es una manifestación imaginaria de la reacción de las metrópolis frente a la inmigración de la periferia. Es irónico pero revelador que las películas de zombis fueran escasas mientras hablaban de un fenómeno esotérico en islas lejanas, pero se transformen en éxitos de taquilla cuando los «otros» llegan a las orillas del primer mundo. (Un ejemplo en números, por citar uno: solo World War Z, de 2013, costó 269 millones de dólares y recaudó 540 millones).

Volvamos a Pluribus. El título remite al latín «e pluribus unum» (uno de entre muchos) y fue adoptado como lema de las rebeldes trece colonias hasta ser reemplazado por el «in God we trust» (En Dios confiamos). En lo que nos ocupa, pluribus remite a una masa amorfa opuesta a la rebeldía de uno. La serie postula un ataque viral extraterrestre que anula toda individualidad y disuelve a la raza humana en una colmena que uniformemente piensa, recuerda y actúa como una sola entidad. A diferencia de sus anteriores habitantes del imaginario fantástico, los llamados «otros» no solo no son agresivos. Por el contrario, son de una amabilidad extrema, jamás pierden los estribos, son incapaces de mentir y su única función en la vida es acomodarse a las necesidades de los trece humanos que, por un motivo desconocido, no han sido subsumidos en la colmena. No solo son corteses, son capaces de cumplir con los mínimos caprichos de los trece elegidos, aun cuando esos caprichos sean autodestructivos. Si la protagonista pide una granada de mano, se la consiguen sin pestañear, a riesgo de morir cuando explota. Nada es tan benévolo como parece. Finalmente, la protagonista (una escritora de best sellers sarcástica y amargada) descubrirá que el objetivo son las células madre, alimento último de la colmena.

Esta revelación es tramposa y lateral. La serie la deja de lado como una anotación al margen de la protagonista, que al fin y al cabo es una escritora, para enfocarse en el tema del poder. ¿Qué es la colmena? ¿Cómo puede ocurrir que un virus logre a la vez disolver todas las individualidades y concentrarlas en una sola colmena que recuerda y piensa como un solo individuo? Ocurre que Pluribus, desigual, lenta y deshilachada en su narración, no deja de ser una síntesis del subgénero que nos ocupa. Los zombis del siglo XXI no solo ejercen un poder totalizador sobre la humanidad que han disuelto. Además, se nos informa vagamente que usan a los humanos como alimento. Una mezcla bastante elaborada del 1984 de George Orwell con un programa gastronómico. Pero, al fin y al cabo, el comer es la prueba última del poder: disolver al otro en el organismo vencedor.

La realidad descrita es escalofriante, como en una buena serie o película de horror que se precie de tal, pero el interés de Pluribus (al menos en esta primera temporada, porque se anuncia una segunda) es menos cinematográfico que sociológico. Descartadas las idas y venidas de los humanos no tocados por el virus, el duelo que se establece entre los rebeldes y la colmena tiene muy poco de enfrentamiento y mucho, muchísimo más, de juego de seducción. La colmena, «los otros», son incapaces de agresividad alguna, convulsionan ante un ataque de ira de la protagonista y más bien pugnan por cumplir los deseos más mínimos de los objetores, lo cual no resulta difícil porque, dado que dominan el mundo, el mundo está a sus pies y sus recursos materiales y logísticos son ilimitados.

Elias Canetti abre su obra Masa y poder con una frase sobrecogedora: «A nada teme más el hombre que a ser tocado por lo desconocido».

En esta serie, «los otros», el otro, lo extraño, lo desconocido ha dejado de ser un elemento hostil para ser una telaraña universal formada por una conciencia que solo busca atraer y complacer a los rebeldes. Pero, a pesar de estar formada por el detritus de los seres humanos, a pesar de ser humana en su origen, es inhumana en su forma actual. Funciona como una ameba totalizadora. No es un ser vivo, es un sistema que exhibe su poder con encantos, cortesías y regalos. Pero si no hay resistencia alguna, el mundo como tal deja de tener sentido. Lo que le otorga algún sentido es la lucha de tendencias, la competencia entre opuestos, las fuerzas que se desencadenan a veces armónicamente, las más de las veces no. Si todo es paz, amor y armonía, no estamos en el mundo real.

El imaginario posapocalíptico de Pluribus es una advertencia. La colmena, los otros, son ese mundo alternativo que a veces dibujan las redes sociales, los universos virtuales o los constructos digitales. Su armonía no casa con el mundo real, sino que son arquitecturas que viven en un mundo en sí, tomando del mundo real los elementos externos y reordenándolos en un juego de prestidigitación. Los zombis originales prisioneros de la isla que habitaban; sus descendientes, los muertos vivientes que desembarcaban en el primer mundo maravillados por él, o los apocalipsis varios a los que el cine de las últimas décadas nos invitaba, palidecen ante la nueva propuesta. Si Pluribus aburre como narración es porque los «otros» de hoy no se presentan como antagonistas sino como facilitadores. Están aquí para presentar a los trece rebeldes que quedan las opciones que el mundo actual propone a los megabillonarios. Vuelos en el Air Force One, Las Vegas a sus pies, los mejores vinos o la mejor comida. En el siglo pasado, Sartre postulaba en A puerta cerrada que «el infierno son los otros». Más acorde con estos tiempos frívolos que corren, Pluribus propone un opuesto mucho más terrible: los otros son un paraíso en el cual toda resistencia es fútil y no tiene ningún sentido, porque el mundo, o al menos un mundo dócil, domesticado, amigable y feliz, está al alcance de la mano.

Y sí, es cierto, es un postulado de una serie de ciencia ficción y horror más ambiciosa que lograda, pero alcanza con pasear por la calle, sentarse en una barra o visitar un centro comercial y ver a la gente encandilada con la pantalla de su celular para entender que ese mundo, tan aburrido, tan seductor, tan poderoso ya está por aquí. Tal vez ese sea el triunfo final de los zombis, esa tropa de infelices históricamente ninguneados por el espectador. Tras comienzos lejanos e ignorados, intentos varios por tomar por asalto el mundo de los humanos, el triunfo llegó, no a través de siniestros monjes vudú ni de invasiones terrestres, sino por los sinuosos caminos de lo imaginario, llave última del poder.