Revista GLOBAL

Renacer en la frontera domínico-haitiana

por Frank Baéz
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El video arranca con una panorámica que muestra el río Masacre, el puente repleto de gente y la frontera domínico-haitiana. Estamos en el cruce que hay entre Dajabón y Ouanaminthe, uno de nuestros ocho puntos fronterizos, sin duda el más transitado y comercial. Intuimos que es un día de mercado binacional por la multitud que avanza por el puente cargando sombrillas, pilas de ropa, cajas, sacos y demás mercancías. Se ven motores, gente empujando carretillas llenas de plátanos, transportando sillas, frutas y otros productos. Pero no solo se ve gente avanzando con mercancías por el puente, sino también atravesando a pie el río Masacre. Acompañadas del barullo de la multitud y del sonido del viento, las tomas pasan de las panorámicas a individualizar a los pasantes. De pronto el video se enfoca en un hombre vestido de blanco que está parado sobre el puente esperando que abran el portón de hierro del lado dominicano.

Tan pronto un agente de migración lo abre, este se echa a caminar con el resto de la multitud. Notamos que en una mano lleva un globo de látex desinflado. Se hace un corte y ahora la cámara enfoca a otro hombre que está en la otra punta del puente que corresponde al lado haitiano. Al igual que el anterior, está vestido de blanco e, inmediatamente abre el portón, toma un soplador de hojas y avanza. ¿Quiénes son estos dos hombres? No tenemos idea. ¿Acaso son contrabandistas? La idea no es tan absurda si pensamos que siempre se ha vinculado este punto fronterizo con el contrabando y que en los noticiarios no es raro que hablen del tráfico que hoy en día arropa la zona. Pero volvamos a los hombres. La cámara nos da a entender que van a toparse en el centro del puente, en un área conocida como tierra de nadie. En una espléndida toma aérea apreciamos el encuentro, y raudo, sin perder un segundo, el hombre que vino del lado haitiano se agacha, prende el motor del soplador de hojas y va llenando el globo que el primer hombre le tiende. Apenas pasan unos segundos en el video cuando el globo ha alcanzado una dimensión de siete pies de diámetro. Entonces el primer hombre entra la cabeza en el globo y procede a meterse dentro. 

Ese hombre es Elvin Díaz y lo que acabo de describir son los primeros minutos de su obra Placenta, un video performance, que realizó en el 2016 y que pude apreciar por primera vez en las instalaciones del Centro León, donde la obra fue seleccionada para el vigésimo sexto concurso y recibió una mención de honor. A pesar de su realismo y de su puesta en escena impecable y nada ambigua, la pieza nos invita a pensarla, a interpretarla y a examinar no solo desde el plano estético, sino también desde el socioeconómico, el político y el histórico. De hecho, en el país ha sido elogiada por una serie de críticos e intelectuales. Además, pese a ser una obra con referencias nuestras, ha logrado trascender lo nacional y se ha destacado a nivel internacional. A la fecha se ha presentado en el Festival adjunto a la Bienal de Venecia «Anima Mundi» y en la Bienal de Karachi en Pakistán. También se ha tomado como caso de estudio en las universidades de Harvard y de Genève. ¿Pero quién es Elvin Díaz? Nacido en Santo Domingo en 1979, Elvin Díaz es arquitecto, artista visual y director de Estudio Ele Siete, un laboratorio de ideas enfocado en las artes visuales y en la arquitectura, donde lleva a cabo exposiciones, curadurías y publica catálogos.

En el 2011 presentó su primera exposición individual, titulada Looop, en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo. Desde el 2013 ha venido trabajando temas fronterizos que ha aglutinado en un proyecto multidisciplinario conocido como Binational Project. En el 2014 dio a conocer la obra Artibonite, donde trató de plasmar la manera en que convergen las herencias taínas y españolas con las comunidades que habitan el área fronteriza de Bánica. A este trabajo le siguió la pieza Dualidad, que fue exhibida en la vigésima octava Bienal Nacional de Artes Visuales. Las investigaciones que ha realizado sobre el tema fronterizo influyeron en Placenta, un videoperformance, que, como mencioné, fue seleccionado en el vigésimo sexto Concurso de Arte Eduardo León Jimenes. A cada artista seleccionado suele asignársele un curador. En el caso de Elvin Díaz le tocó trabajar con la curadora Sara Hermann, quien lo ayudó a pulir y perfeccionar la idea. Tal como se lee en la propuesta de la obra, nuestro artista tomó como objeto de estudio «las particularidades del tema fronterizo y las implicaciones que tiene para la República Dominicana y Haití compartir un territorio insular, marcado por procesos históricos complejos en los que subyacen culturas diferentes y sociedades distantes». Con tal de abordar dichas complejidades y evitar los lugares comunes, conceptualizó la propuesta y suprimió cualquier ripio y elemento innecesario. Gracias a esto, el videoperformance prescinde de un tono moralizante, así como de lo verbal y lo escrito, lo que le hace ganar en rigor y enriquece el aspecto visual. En un principio, había pensado en llevar a cabo la performance en las instalaciones del Centro León, pero tras las recomendaciones de su curadora decidió salir de las paredes del museo y presentar la acción en la frontera. Reunió a un equipo de cineastas y viajó con ellos a Dajabón. La idea era realizarla en el centro del puente que separa a la República Dominicana de Haití.

Al poco tiempo de llegar, conoció a Edelin Xavier, un joven haitiano procedente de Ouanaminthe que trabaja en el mercado binacional. Elvin Díaz acostumbra a realizar sus intervenciones artísticas con miembros de las comunidades que visita. Tras entrevistar al joven haitiano le propuso ser su contraparte, le indicó que debía ir vestido de blanco y le entregó el soplador de hojas. Cualquiera que los hubiese visto conversando supondría que, más que planear una perfomance, estaban preparando un contrabando. Pero las cosas no eran tan sencillas. No solo se había decidido realizar la acción en el mismo centro del puente, también habían escogido para hacerla un viernes, día de mercado binacional. Tal como muestra el video, los días de mercado el flujo de gente que atraviesa el puente es continuo. ¿Cómo lograrían realizar la acción en un sitio donde no había espacio disponible? No les quedó más remedio que recurrir a las autoridades migratorias y explicarles el proyecto. Sin embargo, tuvieron que aguardar desde temprano en la mañana para que les dieran el visto bueno. Tras diez horas de espera, cuando el sol empezaba a ocultarse y el puente estaba más despejado, las autoridades restringieron el paso vehicular y los dejaron pasar. 

Volvamos al video: Elvin Díaz se encuentra ya dentro del globo que en adelante llamaremos placenta. Al igual que muchos curiosos, Edelin Xavier lo observa, con el soplador de hojas encendido, hasta que en el minuto 5:21 realiza los primeros intentos para introducirse en la placenta. Notamos que desde el interior el artista dominicano intenta en vano ayudarlo a entrar. Estos esfuerzos solo llevan a que la placenta se vacíe. Atento a esto, un hombre de gorra y camiseta roja toma voluntariamente el soplador de hojas y le va insuflando aire a la placenta, hasta que alcanza una buena redondez. Otro hombre se acerca a Edelin Xavier y lo ayuda a entrar deslizando la superficie del látex sobre su espalda. Es tanto su afán que acaba introduciéndose. Con ambos dentro, la placenta se desinfla y queda adherida a los cuerpos de los hombres, que se agitan como dos becerros a punto de nacer. A los 7:10 minutos se puede ver al dominicano y al haitiano abrazados en la placenta. Hay un círculo de curiosos en torno a ellos, grabando desde sus celulares, aplaudiendose, motivándolos. La cámara nos muestra la escena desde arriba, otorgándole una tensión dramática que convierte ese instante en la parte más memorable de todo el video: dos seres humanos fundidos en un abrazo, dentro de una placenta, en medio del puente que une la República Dominicana y Haití, rodeados de un círculo de curiosos. Finalmente, como si lo inspirase la tensión de la escena, otro hombre se acerca a la placenta, la deshace de un zarpazo y tanto el dominicano como el haitiano caen a la intemperie. Pese a que la toma es aérea, podemos apreciar que ambos jadean, medio atontados, como si volvieran en sí y acaban de entrar en un nuevo mundo. Poco a poco la panorámica se eleva y en un punto empieza a girar, hasta que la pantalla se funde en negro y aparecen los créditos del video y las coordenadas de donde fue filmado.  

«Si algo tiene la perfomance es que tú sabes cómo vas a empezar, pero no tienes idea de cómo acabar», me dice Elvin Díaz en un café de Santo Domingo, años después de haber presentado la obra. «Hubo una cooperación del lado haitiano y dominicano con la que yo no había contado. Ninguno de los que estaban en el puente tenía idea de lo que estaba pasando». 

Hace más de cien años, el poeta José Martí atravesó la frontera domínico-haitiana y escribió en su diario lo siguiente: «Cuando los aranceles son injustos, o rencorosa la ley fronteriza, el contrabando es el derecho de insurrección. En el contrabandista se ve al valiente, que se arriesga; al astuto, que engaña al poderoso; al rebelde, en quien los demás se ven y admiran. El contrabando viene a ser amado y defendido como la verdadera justicia. Pasa un haitiano que va a Dajabón a vender su café: un dominicano se le cruza, que viene a Haití a vender su tabaco de mascar, su afamado andullo: —“Saludo”. —“Saludo”» (Apuntes de un viaje, 60). Hágase el ejercicio de leer la cita de Martí cambiando las palabras «contrabando» y «contrabandista» por las de «arte» y «artista» respectivamente. Pienso en ese dominicano y en ese haitiano que se cruzaron hace más de cien años en el diario del prócer cubano. Cierro los ojos e intento concebirlos con los mismos rasgos de Elvin Díaz y de Edelin Xavier, ese dominicano y ese haitiano que, en vez de contrabandear en la frontera tabaco, café, armas o drogas, contrabandeaban una placenta para meterse dentro y salir renacidos como personas, como ciudadanos y como artistas.  


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