Revista GLOBAL

Un balance muy personal del proceso electoral

by Mu-Kien Adriana Sang
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Las elecciones de 2012 legan pensamientos agridulces: El prd en una eterna batalla de división, el pld con la sombra del clientelismo, el prsc con asomos de desaparición. No obstante, es parte del proceso lento de construcción de la democracia dominicana. Como ciudadana vislumbró con felicidad los cuatro años de receso electoral, sin embargo, para que las elecciones de 2016 sean diferentes, habrá que empoderar a la sociedad civil. 

las democracias modernas les falta el otro, los otros. No es necesario hacer, otra vez, las descripciones de la división de las sociedades contemporáneas, unas ricas y otras pobres y aún miserables. En el interior de cada sociedad se repite la desigualdad. Y en cada individuo aparece la escisión psíquica. Estamos separados de los otros y de nosotros mismos por invisibles paredes de egoísmo, miedo e indiferencia La democracia moderna no está amenazada por ningún enemigo externo sino por sus males íntimos. Venció al comunismo pero no ha podido vencerse a sí misma. Sus males son el resultado de la contradicción que la habita desde su nacimiento: la oposición entre la libertad y la fraternidad. A esta dualidad en el dominio social corresponde, en la esfera de las ideas y las creencias, la oposición entre lo relativo y lo absoluto”.

“Desde el comienzo de la modernidad esta cuestión ha desvelado a nuestros filósofos y pensadores; también a nuestros poetas y novelistas. La literatura moderna no es sino la inmensa crónica de la historia de la escisión de los hombres: su caída en el espejo de la identidad o en el despeñadero de la pluralidad. ¿Qué nos pueden ofrecer hoy el arte y la literatura? No un remedio ni una receta sino una herencia por rescatar, un camino abandonado que debemos volver a caminar. El arte y la literatura del pasado inmediato fueron rebeldes; debemos recobrar la capacidad de decir no, reanudar la crítica de nuestras sociedades satisfechas y adormecidas, despertar a las conciencias anestesiadas por la publicidad” (Octavio Paz, La democracia: lo absoluto y lo relativo, México, 16 de octubre de 1991).

La democracia no solo ha sobrevivido en el mundo occidental, sino que está llegando a pasos agigantados al oriente, lejano y medio, para adentrarse en las entrañas de estas sociedades. Vestida de noble e inofensiva oveja, como forma de expresión de las mayorías, ha ganado espacio en el planeta. En el fondo ha sido el triunfo del liberalismo económico y político el que se ha impuesto. Tal vez Francis Fukuyama tenía razón, cuando a principios de los noventa planteó y dejó a todos boquiabiertos. Su tesis esencial era que los argumentos marxistas habían fracasado, que ni el socialismo ni el comunismo eran opciones; pero sobre todo que el capitalismo había llegado para quedarse. Parece que tenía razón. La historia está detenida y el capitalismo y su diseño político ha triunfado en el norte, en el sur, el este y el oeste, en todas sus variantes y versiones. 

Las utopías revolucionarias fueron cayendo una a una. A finales de los ochenta el muro de Berlín fue derribado a martillazos, simbolizando la unidad entre las dos alemanias, antes divididas y enfrentadas. Desde finales de los noventa, China es un gigante que despierta de forma silente y segura hacia el mundo del mercado, vestido de ropaje tradicional y de cultura autoritaria mal llamada socialista. El otrora gigante euroasiático, denominado hace décadas como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (urss), comenzó a resquebrajarse en los noventa. La tesis de la perestroika de Gorbachov era el preludio del fin de la gigantesca nación unida por la fuerza. Hoy está reducido al ámbito europeo, mientras las naciones nacidas de su caída construyen sus sociedades bajo el amparo e ilusión de occidente. Las naciones que estaban bajo el influjo de la órbita soviética ya definieron sus caminos en alianza con la Unión Europea. El mercado penetró y la ley de la oferta y la demanda rige el mundo. 

Asimismo, la noción de nación ha cambiado. Ya no tiene el significado heroico y soñador del siglo xix. Aunque existen las fronteras políticas, son las fronteras económicas las que están marcando el rumbo del mundo. Cualquiera de las grandes corporaciones tiene más peso económico y político que el conjunto de las naciones de la América hispana. Al mundo occidental solo le resta una utopía: la democracia y sus instituciones. El sueño de una democracia fortalecida es nuestra única esperanza. Sofocadas las ilusiones de un mundo igualitario, no nos ha quedado más remedio que aferrarnos a ella. 

La democracia dominicana

El imperio de la ley y la superación de los vicios del pasado político: irrespeto a las leyes, compra de la conciencia con prebendas de poca monta, negación a la ciudadanía de su responsabilidad de participar activamente en los procesos políticos y sociales, seguimiento a las personas, no a los programas; queda entre los males que nuestra débil, muy débil democracia no ha podido superar.

A veces tengo la impresión que esta democracia dominicana ha sido más lenta que las demás. En 1961 se produjo el tiranicidio. Y desde ese mayo glorioso han transcurrido unos larguísimos cincuenta y un años. Las elecciones fraudulentas, la imposición de mayorías tan minoritarias que no representaban a nadie, la existencia de árbitros parcializados y la pesadilla permanente del fraude han sido las tristes características de esta larga, demasiado larga transición democrática. Es cierto que después de la gran crisis de 1994, hemos tenido elecciones sucesivas y bastante aceptables. Pero aquí comienza mi reflexión.

No pensé que en el siglo xxi la República Dominicana tuviera que vivir los dramas de los años anteriores. Superados los problemas con el padrón electoral, gracias a la maravilla de la tecnología, los partidos políticos seguían debatiendo, discutiendo y acusándose mutuamente de fraude. Las pasiones encendidas, los enfrentamientos verbales y físicos de la militancia, me recordaron las tensiones de 1966, las primeras elecciones que fueron celebradas en el país después del fin forzoso de la revuelta de abril, y que contaban con el ojo supervisor del coloso norteño que a todas luces apoyaba a Balaguer en contra de Bosch. 

Se impone una reflexión. Desde esa trágica y violenta campaña electoral de 1966 han transcurrido cuarenta y seis largos años. Ya no están presentes los líderes casi mesiánicos de las tres fuerzas políticas. Joaquín Balaguer, José Francisco Peña Gómez y Juan Bosch desaparecieron del panorama político, y el vacío político que dejaron sigue presente. 

Mi primera reflexión es sobre Partido Revolucionario Dominicano, la entidad política clave en la lucha en contra de la dictadura y artífice importante en los primeros años de fortalecimiento democrático. Pero el prd tiene un grave problema desde su génesis. El síndrome, ya enfermedad crónica y casi terminal, de la división ha ido carcomiendo las bases de su estructura. La unidad nunca ha sido posible. En los primeros años de su fundación se produjeron enfrentamientos entre Juan Bosch y Juan Isidro Jiménez Grullón. Con la salida de Bosch de ese partido, emerge con fuerza el liderazgo de José Francisco Peña Gómez, quien pudo, con dificultad, servir de árbitro y mantener cierta unidad. 

Su liderazgo no pudo, sin embargo, evitar grandes enfrentamientos que impidieron permanecer en el poder, después de haber luchado tanto por alcanzarlo: Jorge Blanco versus Antonio Guzmán; Jorge Blanco versus Jacobo Majluta; Majluta versus Peña Gómez, hasta hoy en que los actores del duelo destructor son Hipólito Mejía versus Miguel Vargas. Hoy día estamos siendo testigos de algo que se esperaba: el enfrentamiento abierto, despiadado y sin importar las consecuencias entre las tendencias. La lucha sin cuartel se libra ahora para controlar el aparato. 

El prd es un partido con una larga tradición en la conciencia y cultura del pueblo dominicano. Eso explica una votación tan alta en las pasadas elecciones, a pesar de la división y a pesar de los atropellos verbales de su candidato. La consigna del candidato Mejía, aunque pegajosa, refleja una visión patrimonialista y paternalista del Estado, una visión lejana de la democracia institucional a la que todos aspiramos. 

El Partido de la Liberación Dominicana (pld) demostró que a pesar de sus diferencias internas, no deja de ser una gran maquinaria electoral y, sobre todo, un aparato que limpia sus ropas sucias en sus lavadoras particulares, sin utilizar la del vecino, para evitar que muchas intimidades salgan a flote. Demostró que con alianzas puede llegar al poder. Los doce años de gobierno le enseñaron a disfrutar de las mieles del poder, abandonando de manera inmisericorde los planteamientos que sobre el buen gobierno, sustentado en la ética pública, escribía, hablaba y abogaba siempre el líder histórico Juan Bosch.

La bipolaridad que existía en los setenta y ochenta entre el PRD y el PRSC se rompió con el surgimiento de una tercera fuerza, el PLD. Este partido se ha nutrido básicamente de la militancia reformista y de algunos residuos del PRD. Sin embargo, siendo un partido en el poder, que hace uso de todos los mecanismos posibles del Estado, incluyendo un presidente que participa activamente en la campaña electoral, obtuvo una votación menor que en las elecciones presidenciales anteriores. Debe revisar las razones del descalabro electoral. ¿Acaso se debe a que no había una línea divisoria entre partido y gobierno? Esto así porque los miembros del Comité Central y Comité Político, con raras excepciones, eran parte del Gobierno, o tenían y tienen funciones legislativas. ¿Quién entonces iba a ser la conciencia crítica de las acciones de su gobierno, si ellos formaban parte de él? 

Está claro que el triunfo electoral de 2012 se lo dieron los aliados. Pero este triunfo puede tener un sabor agridulce. Los votos aliados no son gratuitos, tienen costo económico y político. Cada uno de estos pequeños partidos quiere la tajada del pastel. Aspiran, una vez más, a segmentar el Estado en pequeñas islas de poder. Con un Estado convertido en archipiélago será muy difícil para el nuevo presidente trazar líneas e imponer disciplina. 

¿Por qué el pld ha disminuido su votación? Se pueden hacer varias lecturas. Ocho años de gobierno desgastan, es cierto. Pero no menos cierto fueron las críticas de la sociedad, y de una gran parte de la base social que lo apoyaba al modelo de gestión en el cual la impunidad al abuso de poder era tolerado, apoyado. La corrupción gubernamental y el uso de los recursos del Estado constituyeron el mejor argumento de la oposición, y fue el más grande talón de Aquiles que el candidato tuvo que sortear y enfrentar.

La primera consigna de Danilo Medina: continuar, corregir y hacer, fue inteligente, en la medida que establecía vínculos con el pasado, pero superación para el futuro de sus puntos más débiles. Después tuvo que ser cambiada y se enarboló la consigna “El cambio seguro”, argumentando así que un cambio de partido por un presidente conocido era la vuelta al caos.

Quedan todavía muchos interrogantes: ¿Qué hará el nuevo presidente de la República para limpiar la imagen de su partido y del gobierno de su antecesor? ¿Seguirá el ejemplo de la presidenta de Brasil y del presidente de Colombia?  Medina ha dicho que no quería más que cuatro años y que ese tiempo era suficiente para demostrar su capacidad para gobernar y hacer “lo que nunca se ha hecho”. Tiene la oportunidad de casarse con la gloria. Debe sortear muchas dificultades: elevar la confianza en la Administración Pública; inversión en los sectores sociales, salud y educación; mantener el equilibrio macroeconómico y reactivar la economía y, que no se olvide, qué cuota de poder le dará a los aliados, especialmente al prsc que le pasó factura al pld del cinco por ciento que aportó para el triunfo de Medina. 

Otro punto de esta reflexión está dirigido a los mal llamados emergentes. El único que salió un poco airoso fue Guillermo Moreno. Ocupó un muy lejano tercer lugar. Pero puede decirse que consiguió captar un fragmento de la ciudadanía descontenta que aboga por una tercera fuerza política. Los demás quedaron muy mal. ¿Qué harán ahora? Lo peor y lo más triste de esta experiencia es que se evidenció que los intereses de cada grupo se impusieron a la unidad. No creo que una tercera fuerza tenga todavía espacio político suficiente para llegar al poder, como ocurrió en Perú con Alberto Fujimori y en Venezuela con Hugo Chávez. 

El clientelismo, la jce y el tse

Mi balance de estas elecciones es agridulce. No pensé que en el siglo xxi estuviésemos todavía con la práctica de políticas clientelistas. Fuesen ciertas o no las denuncias de compra de cédulas, lo que evidencia es que seguimos arrastrando males del pasado. ¿Mercado imaginario de compra venta del documento de identidad? No lo sé. Lo cierto es que ha sido una práctica histórica, lamentablemente frecuente entre los partidos de uno y otro color. Lo peor de todo es que con esta venta de soberanía evidenciamos pobreza y miseria. Me lastima que todavía existan millones de esta sociedad que tengan que vender su alma a cambio de un pedazo de pan. Es una muestra de que nuestra sociedad sigue siendo presa de unos espantosos niveles de pobreza, territorio fértil para la venta de conciencia. ¡Qué triste! ¡Qué pena! 

Me espantaba cada lunes, cuando presenciaba las fotos en los periódicos de militantes muertos o heridos, porque una caravana blanca se había encontrado con la morada, o viceversa. La pasión de sus militantes los llevó al insulto y de ahí a la violencia física. ¡Qué lástima! 

En estas elecciones se puso por primera vez en vigencia la división en dos grandes áreas del proceso electoral: La Junta Central Electoral (JCE) que se ocupa de toda la logística de las elecciones y el Tribunal Superior (TSE) cuya función es la de dirimir los conflictos. La división de las funciones, algo que la sociedad civil y los propios partidos anhelaban, trajo sus frutos. La organización del proceso no tuvo retrasos. Aunque hubo un conato de crisis en torno al sensible Departamento de Informática. La vigilancia partidaria de la JCE, a través de los jueces que simpatizan o militan en diferentes partidos, hizo que salieran a la luz diferencias entre los magistrados. 

En el caso del Tribunal Superior Electoral parece ser que no ha tenido tiempo de fortalecer sus vínculos, o quizás que sus miembros no son totalmente imparciales, lo cierto es que en algunas resoluciones ha habido diferencias. El futuro dirá con sus actuaciones, si sus decisiones están acordes a la justicia, sin que se impongan intereses partidarios o de grupo. El caso del prd será su prueba de fuego para legitimarse o condenarse. 

El otro elemento a evaluar es el tema de la participación de la ciudadanía. Antes del proceso electoral la Coalición por una Educación Digna demostró que cuando hay una fuerza inspiradora, la sociedad se moviliza. Logró que todos los candidatos firmaran el acuerdo de invertir el 4% del pib en educación. 

El conflicto vino con Participación Ciudadana. En cada proceso hay tensiones con los árbitros. Desde su fundación, en 1994, esta organización cívica ha realizado con pulcritud y profesionalismo la observación electoral y el conteo rápido. Sin embargo, las tensiones con el organismo electoral llegaron a sus puntos más álgidos. Una lástima. Una verdadera lástima. 

Los partidos políticos, el Estado y sobre todo, los árbitros de los procesos, deben entender que en las democracias modernas, el concepto de ciudadanía tiene otro significado. La soberanía de hoy no se limita al ejercicio del sufragio. Además de ese deber y derecho ciudadano, muy importante en el fortalecimiento de la democracia, la ciudadanía de hoy es también vigilante de los detentores de los poderes públicos. Esa vigilancia es lo que permite el contrapeso en la democracia. Si los partidos y los poderes del Estado no sienten la vigilancia, su deseo y necesidad natural de dominio y control se acrecienta. 

La ciudadanía responsable, consciente de sus deberes que cumplir y derechos que exigir, forma parte de la utopía democrática del siglo xxi. En el siglo xix el voto fue una conquista grande, después de haber luchado en contra del poder omnipresente de la monarquía. Los monarcas tuvieron que adecuarse y aceptar la intermediación de los gobiernos elegidos democráticamente. En el siglo XX la lucha fue por la democratización del voto. El sufragio concebido para los ciudadanos hombres, fue ampliado, después de años de luchas y protestas, hasta las mujeres. Se había cumplido, a finales de la década de los sesenta, el milagro de la ciudadanía universal. 

Hoy en el siglo XXI, la democracia debe seguir creciendo. Nosotros, la ciudadanía que no se conforma solo con hacer uso del derecho y deber del sufragio, exigimos también el imperio de la ley. La universalidad de la ley y el cumplimiento irrestricto de su letra y su fondo sigue siendo una aspiración. Tiene que ser ciega, tiene que ser igual para todas las personas, sin importar raza o posición social. Hoy, la ciudadanía responsable exige también la rendición de cuentas y la transparencia. No queremos presidentes ni funcionarios que se sientan dueños del Estado, como si fuera un patrimonio personal. Queremos, abogamos, soñamos y exigimos, una democracia donde reine la institucionalidad, donde sus representantes se sientan servidores y respondan a los intereses del pueblo. La ciudadanía de hoy quiere que los detentores de los poderes públicos la vean como clientes que venden su condición en el mercado político. 

Como ciudadana estoy feliz de que tendré respiro. No habrá proceso electoral hasta dentro de cuatro años. Aunque fui de las que defendió la separación de las elecciones, para evitar el arrastre; lo cierto era que vivíamos en permanente campaña electoral. Vivíamos acosados de las figuras sonrientes que buscaban el voto. 

Tengo la confianza, porque siempre ha apostado a la esperanza, que las elecciones de 2016 serán diferentes. No habrá denuncias de compra ni venta de cédulas. La ciudadanía se sentirá libre de vigilar el proceso, los partidos políticos venderán propuestas, no personas, y el día de las elecciones el fantasma del fraude será una pesadilla del pasado. ¡Así sea!


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