Revista GLOBAL

Un profeta dominicano

por Frank Baéz
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Con la palabra de Dios, el último libro de Roberto Cassá, examina a cabalidad el movimiento mesiánico fundado en 1908 por Olivorio Mateo. A continuación, el autor de este artículo hace una reseña del libro y describe sus aciertos y logros, resaltando la importancia de la figura de Olivorio Mateo y su movimiento milenarista en San Juan de la Maguana en la construcción de la identidad dominicana desde la religiosidad popular. 

Puede que una de las figuras más oscuras de la historia dominicana sea Olivorio Mateo. Existen libros, películas, documentales, reportajes, novelas gráficas, poemarios y canciones que abordan su persona y el movimiento que fundó, pero, a pesar de esto, el profeta dominicano resulta inasible. Cada documento que intenta plasmar su vida se queda en eso, en un intento, y en vez de esclarecernos quién fue, termina tornando su persona en algo más misterioso y hermético de lo que era al principio. 

Como se sabe, Olivorio Mateo fundó, a inicios del siglo XX en el suroeste de la República Dominicana, un movimiento religioso que reunió a miles de seguidores. Aún no está clara su fecha de nacimiento, pero se ubica entre 1874 y 1878. El primer período de su vida en San Juan de la Maguana no se distanciaba de la de cualquier campesino promedio de la región. Pero en 1908 —más o menos con la misma edad en que Cristo fue bautizado— su vida dio un giro que lo transformó en profeta. De acuerdo con la leyenda, en medio de un potente huracán, Olivorio Mateo desapareció por varios días y se le dio por muerto. Al resurgir una mañana, explicó que había sido llevado ante el creador en un corcel blanco alado y que Dios le encomendó una misión de treinta y tres años para salvar el mundo. 

De inmediato, comenzó a realizar milagros, a curar enfermos y a predicar. Entre sus poderes destacaban los de taumaturgo —realizaba curaciones, resurrecciones y llevaba a cabo actos sobrenaturales—, el de la clarividencia —se dice que predijo la presa de Sabaneta, la dictadura de Trujillo y la llegada del hombre a la luna—, el de la ubicuidad —estar en varios lugares al mismo tiempo— y el de la omnisciencia —conocimiento de todas las cosas reales y visibles—. De acuerdo con sus prédicas, había sido encomendado por Dios para implantar el orden de Cristo en la Tierra. 

Reunió tantos seguidores —casi todos campesinos pobres de la región— que la oligarquía de San Juan y de los pueblos aledaños lo empezó a ver con malos ojos y a tildar sus rituales de salvajes. La prensa se encargó de difundir la noticia de que sus seguidores, conocidos como los liboristas, estaban corrompidos y realizaban secuestros y orgías frenéticas con menores de edad, practicaban la brujería y se drogaban con hongos y se embriagaban con clerén. Detrás de esta campaña de descrédito subyacía el miedo de que los campesinos se rebelasen contra los terratenientes y cesaran de trabajar y cosechar los campos. En realidad, Olivorio Mateo estaba muy lejos de estos escándalos, y si los campesinos lo seguían era sobre todo por sus facultades curativas. Cuentan que se levantaba a eso de las ocho de la mañana y desde esa hora comenzaba a atender largas filas de personas que buscaban remedios y bendiciones. Se servía de un palo de piñón para sus curaciones, instaba a los enfermos a beber agua de un arroyo específico o les entregaba un cordón con nudos para alejar los malos espíritus. 

Ya en 1916, durante la primera ocupación norteamericana, los marines encontraron sospechoso el movimiento y persiguieron a Olivorio Mateo y a sus seguidores del mismo modo que hacían con los gavilleros. Tras años de persecución, en 1922 dieron con él y lo ultimaron en los alrededores de la cordillera Central. 

Desde los inicios de sus prédicas, Olivorio Mateo había vaticinado que se convertiría en un mártir. Predijo que resucitaría en distintas ocasiones y que sus seguidores debían estar preparados para sus regresos. Pero no solo estaban preparados los liboristas, sino también las autoridades de turno, que inmediatamente notaban la reaparición del movimiento liquidaban a los cabecillas. 

Una de sus resurrecciones, la de Plinio Rodríguez Ventura, sería una de las más célebres. Plinio, junto a su hermano, León Rodríguez Ventura, fundaría una nueva Jerusalén dedicada al liborismo. Conocida como Palma Sola, una zona ubicada próximo a Las Matas de Farfán, fue un punto donde convergían miles de peregrinos en busca de cura y orientación espiritual. En 1962, la ciudad utópica fue clausurada tras una masacre llevada a cabo por un comando de militares encabezado por Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Tras este catastrófico evento, el movimiento perdió vigencia. Sin embargo, la figura de Papá Liborio —como es conocido Olivorio Mateo popularmente— perdura en nuestros campos y en nuestras urbes, venerada por algunos y estudiada por un puñado de historiadores. Este es el caso de Roberto Cassá, que en noviembre de 2024 publicó Con la palabra de Dios, un libro exhaustivo que detalla el nacimiento del movimiento liborista, su desarrollo y su evolución. Como es costumbre en sus investigaciones, Cassá analiza el fenómeno desde diferentes ángulos y perspectivas, es decir, no solo desde lo historiográfico, sino también desde lo económico, antropológico, político, sociológico y psicosocial. Divide el liborismo en cuatro etapas y lo sitúa dentro de los movimientos milenaristas y mesiánicos que acontecieron en algunas regiones de Latinoamérica. Viene a la mente aquel movimiento que aconteció en Canudos —en el noreste de Brasil—, que el nobel Mario Vargas Llosa plasmó en La guerra del fin del mundo, una de sus más célebres novelas. A pesar de la distancia y las dimensiones, resulta muy sencillo comparar la figura de Antonio Conselheiro con la de Olivorio Mateo, a los yagunzos con los liboristas y a la ciudad santa de Canudos con Palma Sola.

Cassá no solo detalla y agota todos los aspectos del liborismo, sino que también describe el escenario y la época en que sucede. En ese tenor, dedica un capítulo a los orígenes de San Juan de la Maguana y muestra cómo el liborismo fue tratado por la burguesía sureña, las autoridades norteamericanas, el dictador Trujillo y, posteriormente, Joaquín Balaguer. También analiza sus peculiaridades escatológicas, los conceptos de mesianismo y milenarismo, y aborda otras manifestaciones de fanatismo y furor como las que despertaron las carismáticas figuras de Bibiana de la Rosa y Elupina Cordero. Distingue algunas manifestaciones mágico-religiosas diversas del liborismo y también analiza cómo este ha evolucionado e incorporado elementos de sincretismo y otras expresiones culturales. 

La rigurosidad y precisión de esta investigación despojan al movimiento del ropaje de confusiones, prejuicios y falacias con que nos lo han presentado a través de las décadas. Se refutan muchas de las campañas de desprestigio que en su época auspiciaron las autoridades, la Iglesia católica y la prensa, donde se planteaba que los liboristas eran unos bárbaros, que practicaban orgías, que el culto era una especie de comuna pre hippie, lo que Cassá descarta, trayendo a colación, en cambio, la meditación, la ceremonia de la conrueda y el ambiente de hermandad espiritual que ahí prevalecía. 

También se desenredan conjeturas y se aclaran muchas confusiones e incertidumbres. A muchos lectores les resultará interesante saber cuál fue el detonante que desató la masacre en Palma Sola. Para comprender la tragedia, Cassá se sirve de varios informes y entrevistas de testigos. 

Con relación al número de víctimas de la masacre escribe en la página 465: «Nunca será posible de alcanzar una cifra exacta, a menos que aparezca un registro oculto, algo harto poco probable. Pero, sobre la base de lo arriba expuesto, se podría estimar que debieron morir más de 120 personas y un máximo de 200. Algunos han expuesto una cifra de unas 250 víctimas, pero parece exagerada. Lo que es descartable por completo es cualquier cifra superior, como se ha expuesto en diversas ocasiones, sobre todo por los propios campesinos, de hasta 800 y más».

Por otra parte, se detallan varios aspectos relacionados con las interacciones del movimiento. Uno de estos es el más llamativo: el carácter de amor libre y desenfreno que le achacaron en los reportajes y en las publicaciones de la época. Por ejemplo, E. O. Garrido Puello alegaba que los rituales de las conruedas concluían en bacanales. Sin embargo, en la página 150, Cassá señala: «Hay razones para poner en duda o desechar de plano tal comportamiento. Ninguno de los entrevistados lo recoge, y del contexto de sus narraciones se desprende que, de haber sucedido, por lo menos algunos no hubieran tenido empacho en reconocerlo, dada la sustancia mística que acordaban al Maestro».

También se aclara que Plinio Rodríguez Ventura y León Rodríguez Ventura eran hermanos, pero no mellizos, lo que resulta extraño, ya que al último siempre se le conoció como el Mellizo. Otro detalle similar es el de José Popa, quien en los treinta se autoproclamó como una de las resurrecciones de Olivorio Mateo. Tal como lo evidencian algunos retratos, Olivorio Mateo era negro —«estatura mediana, complexión media y vestía generalmente de ble»—; en cambio, José Popa era descendiente de canarios y de «tez blanca, ojos verdes, contextura gruesa y buen vestir». Lo fascinante es que los liboristas lo miraban y, pese a su diferencia física, reconocían en este a la reencarnación de Olivorio Mateo. 

Con la palabra de Dios tiene una extensión de 597 páginas e incluye fotos y retratos de la época y un apéndice que contiene una valiosa colección de salves. Al tratarse de un texto historiográfico posee una prosa que abarca distintos registros y se escinde de manera magistral: por un lado, hay una sobriedad analítica, y por el otro, una versatilidad narrativa y hasta poética. 

De igual modo, la metodología usada en ningún momento desestima fuentes y datos, es decir, que las entrevistas a los liboristas guardan la misma relevancia que los datos bibliográficos. Es por esto que, a pesar de la objetividad y la rigurosidad, el libro está repleto de anécdotas, testimonios y referencias que rayan en el realismo mágico, en la fantasía y en lo irracional, aspectos que a mi juicio contribuyen a una lectura entretenida y cautivante. Cassá consigue conciliar el rigor científico y el respeto a su objeto de trabajo, es decir, a la figura religiosa y mística del profeta, al movimiento y a la idiosincrasia de sus seguidores. Sobre este abordaje, el autor escribió lo siguiente en otro de sus libros, en el tomo segundo de su Personajes dominicanos: «En un texto historiográfico no se plantea desbrozar lo verdadero de lo imaginario, sino establecer una síntesis que tome en cuenta la perspectiva que acepta los hechos sobrenaturales atribuidos al personaje. De tal manera, se concede atributo de realidad al imaginario de los participantes, aunque se haya sustentado en hechos que nunca ocurrieron».

Para muestra de esto último me gustaría referirme a la descripción que Cassá hace de la muerte de Olivorio Mateo. Al final del capítulo «Persecución y muerte», los marines, encabezados por el capitán Gregon Williams y el teniente Juan Luna, han ultimado al profeta en El Hoyo del Infierno, un lugar de la cordillera Central. Lo conducen en una parihuela hacia el parque de San Juan para exhibírselo como escarmiento a los liboristas y a los curiosos, y más tarde enterrarlo. En la página 260, nuestro historiador escribe: «Se tejió la leyenda de que en el trayecto el muerto sacaba los brazos a los lados del camino para arrancar yerbas cuyos rastros iban siendo recogidos como reliquias benditas. No pocos fieles aseguraban a sus congéneres haber sido testigos de este prodigio en que el muerto se resistía a su traslado».

Unos cuantos párrafos más adelante prosigue describiendo a los centenares de personas que contemplaron el cadáver en San Juan: «Lo colocaron bajo un flamboyán, a un lado del parque, frente al teatro Antonieta y la comandancia de la PND, en la misma parihuela, atado con sogas. Aparentaba más edad que la real. Carlos Peguero, de doce años entonces, se contó entre los escolares llevados al parque. Estimó que Liborio tendría alrededor de 70 años, pues lucía como un anciano. Recuerda que resaltaban los numerosos impactos de bala. Se hicieron presentes personas de las barriadas pobres y aldeas cercanas. Nadie mostró júbilo o complacencia».

Cassá relata que un policía de apellido Padilla lo tiró en la fosa del cementerio. Uno de los entrevistados —presente cuando niño en el entierro— le contó que el cuerpo de Olivorio Mateo cayó «como un saco a un hoyo hecho con premura». Al día siguiente, apareció la tumba abierta y vacía: «La parihuela y las yaguas habían sido dejadas a un lado. No había necesidad de mayor confirmación para los creyentes: el Maestro había marchado al cielo, desde donde se prepararía para retornar a la Tierra y continuar la misión. De acuerdo con la generalidad de variantes de la mitología, en la madrugada, el resucitado se dirigió a la morada de Carmito Ramírez, su pretendido compadre, a devolverle un fular que le habría puesto sobre la cara en el parque para que las moscas no se le posaran. Le habría dicho: “Despierta, pendejo, toma tu pañuelo, mientras vida tengas, cree en mí”. Habría aleccionado al veterano caudillo acerca de principios religiosos y éticos. Como era de esperar, la versión es recusada categóricamente por los familiares del prominente citadino. Su hijo Mimisito considera pura fantasía la conversación en la madrugada y la devolución de ese pañuelo, que cree nunca fue colocado por su padre. En su testimonio acota que además es incierto que ambos hubieran sido compadres».

En fin, la figura de Olivorio Mateo y su movimiento milenarista son fascinantes y al mismo tiempo escurridizos. Cassá sabe que dichas indagaciones, más que respuestas, generarán preguntas novedosas. De hecho, eso es lo que logran los buenos libros: señalar hacia el punto donde nadie estaba mirando y dejar nuevas preguntas para que futuros investigadores con otras propuestas las escudriñen. Por lo tanto, al expandir lo estudiado por investigadoras como Lusitania Martínez y Martha Ellen Davis, comparar testimonios como los de Domingo Bautista y E. O. Garrido Puello, y repasar una gran cantidad de bibliografía, entrevistas a liboristas, datos novedosos y documentación inédita, Cassá presenta uno de los compendios más acabados del liborismo, lleno de descubrimientos y de múltiples aciertos, un material que las nuevas generaciones revisarán e irán actualizando. La publicación de Con la palabra de Dios es también una gran oportunidad para que el gran público vuelva de una manera distinta a Olivorio Mateo y su movimiento de campesinos, y comprenda el aporte y la influencia que han tenido en la construcción de la identidad dominicana.