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“Y hasta la muerte compartida”: la frontera vista por Manuel Rueda

by Arturo Victoriano
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Anuel Rueda es, sin lugar a dudas, uno de los escritores dominicanos más importantes. Su larga producción abarca prácticamente todo el siglo XX e incluye múltiples géneros: poesía, teatro, cuento y ensayo. Ganador de varios premios, su obra fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura en 1994. En La criatura terrestre (1945-1960), su primera antología publicada en 1963, se recoge su libro titulado «Cantos de la frontera», en el cual el nativo de Montecristi vuelca su visión de la región fronteriza. El primer poema, titulado “Canto de regreso a la tierra prometida”, remite al poemario de Aimé Césaire Cahier d’un retour au pays natal ([1939], 1960). Al igual que en el caso de Césaire, aquí también la voz poética es adánica, declaratoria de un origen, pero a diferencia del poema del martiniqueño, en el de Rueda la voz no clama por un regreso a África, sino a un tiempo anterior a la división de la isla en dos mitades aparentemente irreconciliables.

El poema comienza desde el presente histórico y subraya el destino común de las dos naciones unidas por la realidad geográfica, pero separadas por la historia: “Medias montañas, medios ríos, y hasta la muerte compartida. El mediodía parte de lado a lado al hombre y le parte el descanso, parte la sombra en dos y duplica el ardor… El viajero cantaba, más óyelo cuán mudo queda a la vera del desastre…” (27) Al entrar en el tratamiento de los habitantes de la isla, la historia aparece como violencia que se ejerce sobre los humanos, quienes se encuentran imposibilitados de narrar; la misma violencia también se ejercerá sobre la naturaleza. El destino ecológico común estaría en contraposición de las realidades políticas. En una referencia a lo tenue de la línea que separa a ambos países, la voz poética se refiere al río que marca la frontera norte, el Artibonito, como “río de luto / en el que dos brazadas no caben” . Pero si la historia divide a las naciones que comparten La Española, la voz poética será el elemento unificador: “Oye al pobre poeta, un corazón entero, –tan entero– cantar en medio de las heridas sin comprender la marca de la tierra, sin probar su fruto dividido.”  Pero esta voz poética sólo puede cantar, no hay una síntesis histórica por la que se pueda regresar a la tierra prometida.

Al analizar este mismo poema, el crítico dominicano Héctor Incháustegui Cabral señala que: “Adán está del otro lado del pasado, pero no en la prehistoria Está en la protohistoria, región que sólo pueden visitar, y eso de tarde en tarde, los poetas  El pasado lo inventaron los hombres después que descubrieron el tiempo, y la frontera, el drama de la frontera, sí que tiene pasado y por tanto historia.” A partir de ahí, Incháustegui se lanza en una sostenida defensa de la obra de Peña Batlle de quien afirma que  no sólo compuso ese pasado [en todo lo que se refiere a Haití y a la frontera con Haití]  actuó también sobre su presente” . Ese “actuar sobre el presente dominicano” de Peña Batlle implica para Incháustegui el asumir la defensa de lo que ve como las bases sobre las cuales debía afianzarse la nacionalidad dominicana: el catolicismo, el matrimonio indisoluble y el fortalecimiento del idioma español .

Pero Incháustegui matiza su juicio laudatorio sobre Peña Batlle afirmando que al defender una autarquía cultural, este último “exageró un poco”. El libro de Incháustegui fue publicado originalmente en 1969 y es uno de los principales referentes al momento de establecer un acercamiento crítico al canon dominicano; el hecho de que se apoye en la obra de Peña Batlle para leer la producción de Manuel Rueda en Cantos de la frontera demuestra, una vez más, el profundo alcance de las ideas hispanistas y anti haitianas del historiador dominicano. “Canto de regreso a la tierra prometida” concluye retornando al tema de la división de un ser que en principio se ve como único y que acusa el trauma de la partición. La muerte es el elemento catalizador de la historia e impide el retorno a la tierra prometida. La voz poética queda, luego de su intento unificador, anulada por la historia. Vale la pena reproducir íntegramente el final del poema: “Medias montañas, medios ríos, la media muerte atravesada como un sol seco en la garganta. Trata de dormir ahora, de entregar el único párpado a tu sueño inconcluso. trata de dormir. Tratemos de dormir hasta que nos despierten leñadores robustos, hombres de pala y canto que hagan variar el curso de nuestra pesquisa isla amada, de nuestro desquiciado planeta. Así cantando, así, a mitad del camino de regreso sin encontrar la patria prometida.” Si en el “Canto de regreso a la tierra prometida” la preocupación es histórica, en “La canción del rayano” será lo divino lo que ocupará el centro de atención de la voz poética. En otra muestra de la influencia romántica en esta etapa de la producción de Rueda, el poema abre con una evocación del Génesis y el origen: “La tierra era pequeña y no tenía otro oficio que el de / recorrerla, que el de tumbarse a voluntad hasta que de los terrones parduscos me brotaran los hijos” .

El rayano recorre la tierra originaria para desde allí plantar su huella y con su mirada crear el paisaje de la línea fronteriza: “Mi tierra llena de bestias petrificadas al caer el sol  y de blancas, lentas garzas, que planeaban sobre ellas, / ingrávidas como el humo o la ventisca” . La referencia a las garzas es una evocación viva del paisaje de la llamada “línea fronteriza” de donde es oriundo Rueda y más adelante la garza misma será objeto de la mirada poética. Pero las referencias bíblicas no sólo se quedan en el Génesis y el origen, sino que también remiten a los profetas como Daniel: “Pero vino el final y no lo supe. Pero vino el final y yo dormido, hartazgo y de contentura. Y fue así. Yo dormido. Y alguien trazó sobre mí esa línea, diciendo, “tú serás dividido para siempre”. Un brazo aquí, y el otro allá. A mí, al ambidextro, que hacía arrodillar a un toro mientras acariciaba a una criatura.” 1 La división no es el principio de la historia sino su final, la visión apocalíptica del profeta Daniel se 67 traslada a La Española y una vez dividido, el rayano, evocando a Caín, se pregunta: “Y el corazón ¿en dónde? ¿Y dónde la cabeza bramadora / que reconoce a sus hijos por la marca de la frente?” . La expulsión marca el origen del enfrentamiento entre las naciones que comparten la isla. Aquí la voz poética se hace partícipe de la “narración trágica” de la historia dominicana.2 Al exclamar: “Ahora estoy desterrado del Edén, sobre la roca dura / atento a mis entrañas, / roto mi corazón en dos pedazos de odio y abandono”, énfasis añadido) muestra la imposibilidad de reunión o de conciliación. Al concluir su canción, el rayano no encuentra paz ni sosiego, el conflicto se ve como permanente: “ más estoy en este campo donde las piedras se voltean una a una, sin prisa y sin alardes, perdida toda esperanza de resurrección” . En “Cantos de la frontera”, poema que da título al libro, la frontera física se describe como fin de la nación y barrera infranqueable: “Allí donde el Artibonito corre distribuyendo la hojarasca hay una línea un fin una barrera de piedra oscura y clara / que infinitos soldados recorren y no cesan de guardar” . La frontera se propone como el lugar en el cual la muerte se presenta en forma de imposibilidad de comunicación entre ambos lados: “Al pájaro que cante de este lado uno del lado opuesto tal vez respondería. Pero esta es la frontera y hasta los pájaros se abstienen de conspirar, mezclando sus endechas” , pero esta supuesta incomunicación no impide que el poeta busque con ambivalencia al habitante del otro lado de la raya: “¿En dónde estás, hermano, mi enemigo de tánto [sic] tiempo y sangre? ¿Con qué dolor te quedas, pensándote, a lo lejos?” . En este poema, la voz poética hace explícita la historia que abarca a las dos naciones y al narrar las guerras del siglo XIX se hace eco del discurso nacionalista dominicano que presenta a los haitianos como “invasores bárbaros y africanos”: “De pronto vi las hoscas huestes que descendían, aullando y arrasando. Vi la muerte brillando en la punta de las lanzas. Vi mi tierra manchada y te vi sobre ella, desafiador, la brazada soberbia sobre el cañaveral  que enmudece y la ronda de hogueras donde al anochecer bailabas invocando a tus dioses sanguinarios, hombre que me miraste un día de calor y  agobiante crepúsculo allí donde el Artibonito, dividido, da a cada orilla su mitad de alivio y hojarasca.

Y yo supe que nunca habría esperanza para ti o para nosotros, hermano que quedaste una noche, a lo  lejos, olvidado y dormido junto al agua.” ( Al terminar el poema, el poeta mira hacia el presente y apunta al fin de las guerras del siglo anterior y al inicio de una política de desconfianza mutua y de maniobras diplomáticas vacías. Pero estos discursos sólo se quedan al nivel de la alta política: “Era domingo y después de oír los himnos y discursos, / después de batir palmas, los señores presidentes se abrazaron” (38). Estos versos aluden explícitamente a las visitas entre ambos países de Trujillo y Vincent durante los años 1935 y 1936. Durante la visita hecha en mayo de este último año a Puerto Príncipe, Trujillo besó la bandera haitiana y proclamó que por sus venas corría “sangre africana” y la avenida principal de la ciudad fue bautizada “Avenue President Trujillo”. Estos gestos retóricos no implican armonía ni conciliación. La voz poética se lamenta de la soledad histórica que aísla a los habitantes de uno y otro lado del Artibonito y concluye su canto situando la región fronteriza como un espacio de división: “Luego los dignos visitantes, sin traspasar las líneas, retirándose al ritmo de músicas contrarias, –reverencias y mudas arrogancias–. Y volvimos a dar nuestros alertas, a quedar con el ojo soñoliento sobre los matorrales encrespados. Y volvimos a comer nuestra pobre ración,solos, lentamente allí donde el Artibonito corre distribuyendo la hojarasca.” .

La naturaleza de la región también es testigo de esa soledad, dos poemas colocados consecutivamente aluden a esto: “La garza sola” y “Donde el verde dice su palabra”. En “La garza sola” se afirma el conocimiento del paisaje por parte de la voz poética: “Yo conozco esa garza. Esa garza me mira, atentamente fina, como si demostrara que ella también me reconoce”. En el imaginario dominicano la garza es el pájaro representativo de la Línea Noroeste y está presente en las fotografías, pinturas y anuncios comerciales que aluden a la región; a través de la mirada la voz poética establece una igualdad entre sí y el paisaje y sus habitantes: “Sin embargo, nos queda esa mirada rápida y asombrosa como un resto de lenguaje, en la súbita amistad de nuestra tarde” (énfasis añadido). En el poema “Donde el verde dice su palabra”, el árbol es quien expresa a través de su follaje y su sombra los anhelos de la voz poética: “¿Dónde estarán los hombres a esta hora? Aquí, bajo mi copa, desearía ver al pueblo  solazándose. Desearía ser yo todo la señal, un signo verde para el este y el oeste, una canción que no pudiera ya dejar deoírse a través de las líneas y de las hendiduras de la tierra, una canción y un signo para el blanco y el  negro y el tostado, para los amarillos y los rojos, porque en cada ramilla cargada habrá un pájaro de aquí –oui, sí– un pájaro afirmando su canción, coronándose con aire de los cuatro lados, garganta fiel al centro de su tiempo.” El árbol anhela ser el elemento que contenga ambos lados: este y oeste; ambas lenguas: español y francés. Una vez más, la naturaleza actúa como la posibilidad que contendría la realización del anhelo político-cultural de la voz poética. El espacio de lo posible no sólo es el poema sino el paisaje, allí donde los discursos políticos y la violencia han instalado una raya infranqueable, el poeta instala la naturaleza con sus árboles y animales como catalizadores de la unidad posible.

La poesía de Rueda, profundo conocedor de la región fronteriza y sus habitantes, ofrece una visión ambivalente del rayano: si bien ve al rayano como cercano y propio, al mismo tiempo reproduce los principales temas del discurso nacionalista dominicano. La misma actitud se verá también en El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, pero a diferencia de este último, Rueda mantuvo siempre a lo largo de toda su obra una postura crítica de los modos tradicionales de entender la cultura dominicana. Su posición respecto a los rayanos sólo puede entenderse como prueba del arraigo profundo que tiene el discurso hegemónico nacionalista en la República Dominicana, tal y como apunta Néstor E. Rodríguez: “Los intelectuales de la transición han incurrido en una mala lectura de la misma [se refiere a la identidad cultural], una lectura que ha llevado incluso a los pensadores “progresistas” a discutir la dominicanidad desde el punto de vista del saber monológico de la ciudad trujillista .” Este arraigo es producto principalmente de una tradición de enseñanza de la historia que pone un énfasis desmedido en el discurso de la “patria asediada”, la “visión trágica” y la confrontación permanente entre Haití y la República Dominicana. A lo largo de la historia dominicana, tanto los llamados liberales como los conservadores han compartido una misma visión de la nación como opuesta a Haití, tanto por la geografía como por la cultura.

Bibliografía

 Césaire, Aimé. Cahier d’un retour au pays natal. 2. ed. Paris: Présence africaine, 1960. Incháustegui Cabral, Héctor. “La raya en el corazón.” De literatura dominicana siglo veinte. Vol. II. Colección Bibliófilos-Banreservas. Santo Domingo: Banco de Reservas de la República Dominicana y Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2007, 211-228. Prestol Castillo, Freddy. La Masacre se pasa a pie. Biblioteca Taller. 12 ed. Santo Domingo: Editora Taller, 1998. Rodríguez, Néstor E. Escrituras de desencuentro en la República Dominicana. Pensamiento Caribeño. México, DF: Siglo veintiuno editores, 2005. Rueda, Manuel. La criatura terrestre, 1945-1960 [poemas]. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1963. San Miguel, Pedro L. La isla imaginada: Historia, identidad y utopía en La Española, San Juan, Puerto Rico: Isla Negra, 1997


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