Revista GLOBAL


La “crisis ecológica” puede ser observada desde muy diferentes puntos de vista, si bien el contexto de la filosofía económica del industrialismo, especialmente de los siglos xix y xx, resulta indispensable para su comprensión. No obstante, no conviene perder tampoco de vista el viraje hacia una naturalización –y racionalización creciente en la comprensión de la naturaleza humana– y la inserción del hombre moderno en el mundo, que se ha venido operando en el pensamiento occidental desde la Ilustración. La “crisis ecológica” tiene mucho que ver también con estos cambios de percepción de sí mismo que el hombre de la era científica ha ido desarrollando paulatinamente desde el inicio de la misma. 

En los planteamientos de base de las éticas ecológicas y ambientales late la necesidad de redefinición que el hombre de hoy debe hacer de sí mismo y de la naturaleza, ya que se exige pensar ésta no en términos de fuente u objeto de conocimiento o dominio (a través del conocimiento) o explotación, sino utilizando una forma expresiva de Heidegger, en términos de “ser-con”, es decir, en términos ontológicos y existenciales. Los planteamientos críticos sobre el medio ambiente remiten a cuestiones clásicas de la filosofía que permitan un posicionamiento –un reajuste de identidades– entre el hombre y lo existente. No obstante, los rasgos identitarios que tienen que ver con las definiciones o posicionamientos previos (no productivos, no utilitarios) quedan por lo común velados a la conciencia en las sociedades tecnocientíficas, en las que la reflexión sobre los procesos comienza con el conocimiento científico –matemático– y los artefactos creados.

Crecimiento limitado 

Si simplificamos bastante el modo de abordar la cuestión, podemos considerar la “crisis ambiental” o “crisis ecológica” como un resultado de la evolución del pensamiento económico y de otras ciencias sociales durante el siglo xix y primera mitad del xx. Aunque la ecología no se había definido aún como ciencia en 1798, Malthus, publicando en su primera edición su conocido Ensayo sobre el principio de la población, estaba planteando una cuestión ecológica: la que establece la limitación de crecimiento de una población en relación con la capacidad de carga del territorio que la sustenta. Se refería, claro está, al problema del crecimiento ilimitado de la población humana y a la necesaria elaboración de una teoría de los crecimientos limitados. La idea de “los límites al crecimiento” tiene, pues, ya más de dos siglos de existencia, aunque nosotros tengamos la percepción de que es una idea reciente, surgida a raíz de la crisis ecológica a la que nos solemos referir. 

El enfrentamiento que la economía industrial ha mostrado hacia la ecología4 se comprende por la quiebra del discurso del progreso y del crecimiento ilimitados que ésta impone. También por las amenazas reales que el industrialismo contaminante (contaminaciones químicas y radiactivas) y masivo supone para la conservación de los ecosistemas, tanto rurales como urbanos. La continuidad biológica de los organismos con su medio natural no puede alterarse a voluntad sin que ello ocasione, como de hecho hace, daños a la salud. Llegados a cierto punto crítico, en el que la producción de beneficios se ve contrarrestada con la producción de daños, el sistema industrial deja de tener argumentos a su favor para continuar su expansión ilimitada y su no menos ilimitada escalada en el uso de tecnologías altamente contaminantes. Las justificaciones económicas a favor de la producción tecnológica actual ocultan los verdaderos costes de la misma, al seguir manteniendo un cómputo que no integra las denominadas externalidades ambientales

Pensamiento ambiental 

Una revisión de los diversos argumentos a los que la denominada “crisis ecológica” ha dado lugar muestra que, desde 1970 hasta el momento actual, se han producido al menos tres etapas bien diferenciadas en el desarrollo evolutivo del que hoy podría calificarse como pensamiento ambiental. Los cambios en la manera de percibir los problemas ambientales han sido tan ostensibles y rápidos que, con frecuencia, se observan dificultades en la puesta al día de los programas nacionales e internacionales sobre políticas del medio ambiene. Una primera etapa conceptual puede señalarse en el período que se extiende desde la Conferencia de Estocolmo, celebrada en 1972, en la que se plantean modelos alternativos al crecimiento basados en el biorregionalismo –modelo denominado “ecodesarrollo”– hasta mediados de la década de los años ochenta, en que comienza a emerger el modelo de desarrollo sostenible, presentado en el conocido Informe Brundtland, en 1987.5 La Conferencia de Río de Janeiro, celebrada en 1992, está ya íntegramente articulada en torno a este nuevo concepto, que permanece vigente como modelo de desarrollo aún a fecha de hoy. No obstante, los cambios perceptivos de los problemas ambientales y el fuerte desarrollo del pensamiento ambiental durante las décadas de los ochenta y los noventa han ido introduciendo matices importantes que han aflorado con el inicio del nuevo siglo. Puede considerarse a este respecto que la Conferencia de Kioto, de 1998, se sitúa en el umbral del nuevo modo de percibir y enfocar las cuestiones ambientales, cuestiones que si bien los convenios internacionales no parecen dejar translucir suficientemente, a causa de las dificultades en los relevos tecnológicos –con mayor incidencia global o a gran escala–, sí se dejan sentir en las políticas locales y en los nuevos modos de explotación de los recursos naturales, que buscan nuevas orientaciones hacia actividades de ocio y salud.

Esta filosofía ambiental parece recuperar en cierto modo parte del espíritu del biorregionalismo de las primeras etapas, aunque en un ámbito de producción no agrícola. Desde el punto de vista de los diversos enfoques que cabe distinguir en el abordaje de los problemas ambientales, puede decirse que se han producido al menos dos oscilaciones entre las polaridades más señaladas: la ambientalista y la ecologista radical. Si bien la “crisis ecológica” de los años sesenta y setenta estuvo predominantemente marcada por las tendencias de carácter más radical, la segunda etapa –años ochenta y noventa– aportó una síntesis de visiones enfrentadas: crecimiento sostenido (de base fuertemente tecno-industrial y capitalista), defendido por los sectores ambientalistas, versus ecologismo, defendido por los sectores radicales y protestatarios (seguidores del Deep Ecology Movement, del movimiento Earth First!, de la New Age y los que hoy, en el contexto de la globalización, denominaríamos antisistema). El concepto de desarrollo sostenible irrumpió como un concepto que trataba de conciliar ambas posturas, tomando de cada de una de ellas los aspectos que mejor podían ser valorados de acuerdo con los parámetros de una sociedad que pudiera considerarse avanzada, tecnológica y socialmente. Si hoy nos parece un concepto bien asentado y de gran operatividad para el tratamiento de los problemas ambientales, justo es recordar las aceradas críticas que hubo de afrontar en sus primeros años, dirigidas desde uno y otro lado.

Sostenibilidad

 Cabe que nos preguntemos ahora, con casi veinte años de vigencia de la idea de sostenibilidad, cuáles son las tendencias que pueden observarse dentro del ámbito de las cuestiones ambientales. Dar respuesta a esta pregunta no resulta sencillo, pues los que podríamos denominar paradigmas ecológicos o ambientales, de corte puramente teórico, fluctúan aún en el cúmulo de corrientes de pensamiento que pueden asociarse al momento histórico que vivimos, caracterizado por un cambio de época, con todo el alcance y dimensión temporal que ello supone. En lo que respecta al cambio de paradigma en la relación hombre-naturaleza, no debemos dejarnos llevar por la falsa apariencia de que lo que está en juego es una simplificación identitaria de lo humano dentro de una línea naturalista de corte cientificista, incorporada a nuestro acerbo cultural a lo largo del siglo xix. Reinterpretaciones del mismo paradigma darwiniano están aún por hacerse más allá de las estructuras constrictivas que han aportado los modelos de conocimiento científico –y su traslación al campo de las ciencias humanas y de la vida– establecidos desde el siglo xviii por el empirismo, y posteriormente por el positivismo lógico y la filosofía analítica. Como ha indicado E. Trías, “[…] nuestra malograda Ilustración, debido a la hegemonía de la razón positiva e instrumental, está necesitada de recuperar las posibilidades hermenéuticas del lógos simbólico, que se alimenta de mythos”.6 Aquellas dimensiones de la naturaleza que tienen más que ver con lo nouménico –por emplear un término kantiano– han de ser rescatadas para conseguir una comprensión que supere la dimensión cognoscitiva-dominadora que de la relación hombre-naturaleza ha desarrollado, prácticamente en exclusividad, el pensamiento occidental desde el Renacimiento.

Una nueva filosofía del bíos y de todo su ámbito –biosfera, ecosistemas– se plantea como el gran reto de la filosofía natural y de la metafísica del siglo xxi. 7 En Jonas (Das Prinzip Verantwortung) encontramos ya un punto de vista sintético que nos muestra la integración entre biología y metafísica, que ya estaba presente en muchas filosofías de lo viviente de los años sesenta. En la conocida Teoría general de los sistemas (1968), L. Von Bertalanffy afirmaba ya: “La vida no es un instalarse a gusto entre las arboledas preordenadas del ser. Es, en el mejor de los casos, un élan vital inexorablemente empujado hacia una forma superior de existencia. Esto es metafísica y símil poético, ni que decir tiene, pero al fin y al cabo así es cualquier imagen que tratemos de formarnos acerca de las fuerzas impulsoras del universo”.8 Aunque en ocasiones nos parezcan radicalmente diferentes, los modos de aproximación al problema ambiental desde el marco de la filosofía pura y desde el propio de la filosofía práctica resultan claramente convergentes. En el ámbito de la filosofía práctica, la “crisis ecológica” ha dado lugar al desarrollo de argumentos éticos que tratan de clarificar las actuaciones humanas en las sociedades altamente tecnificadas, en el marco de una racionalidad que supere los enfoques puramente utilitaristas y mercantilistas, bajo los que aparece la relación hombre-naturaleza en el mundo moderno. 

Las denominadas environmental ethics, desarrolladas fundamentalmente durante la década de los años ochenta en los países industrializados del ámbito anglosajón (Estados Unidos, Inglaterra, Australia y Nueva Zelanda, entre otros) han defendido los valores intrínsecos de los entes naturales como condición necesaria para alcanzar consideración moral.9 A pesar de las dificultades argumentativas, en el mundo de hoy se percibe claramente la necesidad de imponer límites a las sobreexplotaciones del medio natural –y también del medio humano– y, del mismo modo, la necesidad de desarrollar modelos de interacción armónica entre el hombre y la diversidad de medios en los que vive, entre los que se encuentra, de modo primario, el medio natural.

Nuevo marco de valores 

En los aspectos más tecnológicos, es claro que el discurso ambiental ha logrado imponer cierta mesura a una racionalidad excesivamente productivista y poco crítica con los resultados, modos y tecnologías aplicadas a la producción, así como la necesidad de introducir factores de moderación o limitación en los modelos de crecimiento ilimitado que se venían manteniendo hasta la eclosión de la crisis. Es evidente que, aunque se esté aún en el camino de adaptación a la nueva mentalidad, el denominado proceso de concienciación ecológica ha realizado un recorrido extraordinario en los últimos treinta años,11 situándonos, al inicio del siglo xxi, en un nuevo marco de valores en relación con nuestra posición en el mundo natural y, por ende, en el mundo. Los procesos de esta magnitud necesitan, no obstante, un tiempo más dilatado, ya que exigen cambios a niveles muy profundos, tanto de la organización social como de los modos de relación y así mismo de construcción de las identidades humanas. Como lo expresan los autores de Los límites al crecimiento 30 años después.

Al igual que otras grandes revoluciones, la próxima revolución de la sostenibilidad también cambiará la faz del territorio y los cimientos de las identidades humanas, sus instituciones y culturas. Al igual que las anteriores revoluciones, necesitará siglos para desarrollarse plenamente, aunque ya esté en marcha”.12 Para esta puesta en marcha, que ya se ha realizado al menos en los países desarrollados, es de suma importancia el tratamiento de los problemas ambientales a escala local; como reza una de las máximas del desarrollo sostenible: “piensa global y actúa local”. Sólo mediante las actuaciones locales, que supondrán también una redefinición de los medios rural y urbano,13 se alcanzarán los logros de una vida reconciliada tanto con la tecnología como con la naturaleza.

Notas 

1 La segunda edición, de 1803, apareció bajo otro título, bastante diferente: Resúmenes sobre los efectos pasados y presentes relativos a la felicidad humana. 2 Con el Ensayo, Malthus pretendió refutar la tesis defendida por su contemporáneo William Goldwin en Investigación sobre la justicia política (1793), donde sostenía que no era preciso establecer límites para el crecimiento de la población humana en una sociedad igualitaria. (En Vázquez, M (1999), p. 138. Ecología, ética y desarrollo sostenible. RS. Cuaderno de realidades sociales. Madrid.) 3 Este es el título del conocido Informe al Club de Roma elaborado por Denis y Donella Meadows en 1978. 4 En Política de la Tierra (E. von Weizsäcker, 1989) encontramos citas muy sugerentes sobre este enfrentamiento entre economía y ecología. También en autores críticos como J. Riechmann, José M. Naredo y Martínez Alier. 5 Publicado por la Comisión Mundial de Medio ambiene y Desarrollo (cmmad) bajo el título Nuestro futuro en común. 6 Trías, E. (1997). Pensar la religión. Destino. Barcelona. Cit. por Fernández del Riesgo, M. (2005). Una religión para la democracia. Ed. Dos Mundos. Madrid. p. 103. 7 Interesantes aportaciones en este campo son las de Heidegger (Ser y Tiempo) y Jonas (El principio vida: hacia una biología filosófica. Ed. Trotta. Madrid. 2000). 8 Von Bertalanffy, L. Teoría general de los sistemas. F. C. E. Madrid. 1993, p. 202. 9 Vázquez, M. (2006). Éticas ecológicas y ambientales: fundamentos. Ed. Punctum. Madrid. Puede consultarse también mi trabajo de doctorado: Hacia la fundamentación de una ética ecológica: la contaminación y su contexto económico, político y jurídico. Universidad Complutense de Madrid. Madrid. (Vázquez, M.(1998)). 10 Se resalta aquí la cuestión del habitar humano en el medio natural (biosfera), debido a que otras esferas de su habitar –tecnosfera, polisfera, etc.– ocupan, por lo general, la totalidad de su conciencia. Podría decirse, en resumen, que toda ética ambiental o ecológica debe hundir sus raíces en la premisa de este habitar humano en la biosfera, cuyas consecuencias no se reducen al ámbito de lo puramente físico, sino que alcanzan otros ámbitos característicos del ser humano, como el de lo mental y sus diversas producciones. 11 Se acaba de publicar (Ed. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006) la última obra de Donella y Dennis Meadows (de la que es también coautor Jorgen Randers), Los límites del crecimiento 30 años después, en la que hacen una valoración de este proceso de cambio de mentalidad, a la que llaman revolución de la sostenibilidad. 12 Loc. Cit., p. 419. 13 Los nuevos sistemas y redes de comunicación y transporte están introduciendo modificaciones radicales en esta estructura, antiguamente muy diferenciada, entre la ciudad y el campo, que favorecen la tendencia a una territorialidad de mayor equilibrio entre ambos extremos, en la que la ciudad cederá también en el diseño de sus espacios a favor de una mejor integración de lo natural en el ambiente urbano. Así mismo, la desconexión y aislamiento de los asuntos de la ciudad que caracterizaban al mundo rural han quedado matizados por las nuevas posibilidades de comunicación y transporte.


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