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Radiografía de “Dos pesos de agua”

by Néstor Medrano
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La ironía puede formar parte de una historia perfectamente concebida, e incluso servir de pretexto para construir un relato que, desde todos los ángulos, muestra los pasos firmes hacia el realismo mágico. En el cuento “Dos pesos de agua” hay tragedia, hay crítica y hay una atmósfera muy intrincada que magnifica lo ordinario y simplifica lo extraordinario. Doña Remigia ha visto a todo el mundo desfilar frente a su casa, abandonando el pueblo porque la implacable sequía ha apagado las esperanzas de vida: la sequía ha asesinado los huertos y la tierra que los campesinos trabajan para comer y vivir, pero una sequía con vida propia, que los aniquila progresivamente. La vieja Remigia lucha por no desilusionarse porque tiene un nieto, al cual quiere ver crecer y convertirse en hombre de provecho.

Tiene fe en que la sequía terminará y ayuda a los demás con algún dinerito para adquirir velas e implorar a las ánimas el favor de la lluvia. Bosch maneja la crudeza con agilidad narrativa y como ocurre con otro de sus cuentos –La mujer”– las cosas cobran vida y como la carretera en aquella pieza clásica, la sequía y la lluvia son personajes atroces, empalmados como si se tratase de pasar factura al hombre y a sus excesos ecológicos. “El éxodo continuaba. Cada día se cerraba un nuevo bohío.

Ya la tierra parda se resquebrajaba, ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua, a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso donde refulgía el sol” (“Dos pesos de agua”, página 22, Cuentos escritos antes del exilio, editorial Alfa y Omega). Es un escenario macabro y arrasador presentado en esa parte del cuento. El lector puede sentir y padecer la desolación y la fatuidad de un anhelo fundamental consumado: la vida y todas sus formas. El autor pone de manifiesto en la trama de esta historia, si no todos sus criterios y sus creencias y convicciones en torno a la naturaleza, a la divinidad y existencia de un mundo con trasfondo divino o metafísico para demostrar la crueldad manejada al vapor de la más apabullante ironía en el arte de la narración. La parte culminante de esta enorme ironía se expresa en el mismo desarrollo de la obra. Doña Remigia ha clamado a las ánimas –que al mismo tiempo están en el purgatorio y poseen la facultad de hacer posible la lluvia–, pero este clamor se ha llevado a cabo con ruegos acompañados de velas encendidas, y la anciana ha gastado dos pesos en velas. Las ánimas, al complacerla, inundan el campo y lo que no mató la sequía, terminó haciéndolo el estrepitoso aguacero.

Para Bosch la realidad del campesino es descarnada: hay un discurso subyacente de pesimismo y de incredulidad, porque las condiciones de pobreza de los campesinos de este cuento y de doña Remigia no permiten ningún escape hacia el optimismo. Doña Remigia ha reunido una pequeña fortuna, fruto de años de sacrificios que utilizaría para ver a su nieto salir de cualquier encrucijada de cara al futuro. Aquí entra otro aspecto crítico en la realidad del campesino pobre: se procrea y se asume la paternidad irresponsable, que es el caso del nieto, en relación a sus padres. Doña Remigia presenta el drama de la falta de educación elemental, de un ser primitivo, básico, que espera la solución de problemas tan serios y graves como la sequía a través de los hilos divinos y providenciales de entes que están en el purgatorio. Es la creencia de que Bosch se burlaba –de manera literaria– de todos esos mitos espejeantes, de todas esas leyendas con las que se han desarrollado los hombres del campo durante siglos de convivencia. La burla paradójica: presenta una sequía abominable y luego una gran inundación, que como el mítico diluvio es metáfora de muerte y florecimiento. Este cuento pinta con crudeza el panorama de la ignorancia y el saber popular al mismo tiempo, y se hace tan infinitamente mordaz que habría que ver de qué patrones quería burlarse Juan Bosch. La parte precursora del realismo mágico que se atribuye en esta obra a Bosch incluye la participación del personaje de las ánimas, un término universal para identificar espíritus y deidades: “En su rincón del purgatorio, las ánimas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificando; y como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra.

Una de ellas, barbuda, dijo: —¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua! Las compañeras saltaron vociferando: —¡Dos pesos, dos pesos! Alguna preguntó: —¿Por qué no se ha atendido, como es costumbre? —¡Hay que atenderla! —rugió una de ojos impetuosos.” (Pág.24, Cuentos escritos antes del exilio). El mensaje plasmado deja entrever que al pobre campesino no hay manera de salvarle la situación y se plantean situaciones extremas y fatales. Es el caso de la sequía asesina que deja la tierra seca, rajada e infértil y por lo mismo mata la vida de esos seres humanos dependientes absolutos de la producción, de las cosechas. Es, en grado simple, la consumación apocalíptica de toda una verdad, mezcla de hambre y naturaleza en la venganza de los mismos elementos, agua, aire, tierra, por el castigo promovido de manera abusiva por el hombre al incentivar cada día, de mil formas, la deforestación. Luego de más de quince días de lluvia intensa sobre el pueblo, sin una hora de tregua, debido a que Bosch entiende que para los pobres, ni Dios ni el hombre hacen justicia contra la pobreza y los desatinos de una existencia no planificada. ¿Crítica mordaz y sutil? ¿Metáfora? Juan Bosch tiene sus creencias y sus criterios marcados sobre algunos tópicos que hoy en día siguen siendo tabúes para una sociedad enclavada en la fe católica y ahora más amplia por la influencia y presencia de otras corrientes del cristianismo, como la evangélica.

Además, su vastísima ilustración, tan disímil como la propiciada por su formación de algún modo marxista, lo hacía rodar en la creencia para muchos no aclarada del supuesto ateísmo de Bosch, o, por lo menos, esa era la percepción que por sus juicios hacía notar a sus críticos. “Dos pesos de agua” aborda el tema de la divinidad, obviando al mismo tiempo que el hombre del campo dominicano clama a los santos, a las patronas como la Altagracia, que en el texto son sustituidas por las ánimas que Bosch introduce con A mayúscula para darles una connotación mayor a la providencialidad de esos espíritus, como cuando se escribe Dios con D mayúscula. Aunque, tal vez el autor no quiso encasillarse en localismos porque la intención del cuento era de carácter universal, y hasta Gustavo Adolfo Bécquer utilizó alguna vez este término de las ánimas en sus Rimas y Leyendas. La controversia en Bosch es recurrente.

Solo que en el cuento esta actitud es menos notoria porque es más literaria, no como sucede en textos fundamentales como Judas el calumniado. Los puntos de vista de la duda acerca del quehacer divino subyacen en este cuento. No podemos perder de vista la perspectiva del escritor comprometido con una causa política. Su oficio de actor que mira la realidad de su país desde una panorámica sensible se hace palpable. El escritor que todavía no ha salido de su país obligado por la circunstancia política de un presidente que estaba destinado a transformarse en un gran dictador, todavía no ha conocido la gran experiencia de la aventura del exilio, que lo colocó frente a una singular perspectiva ante la vida y los distintos fenómenos sociales. La vieja Remigia es el símbolo de la creencia, de nuestras raíces más profundas y de la bondad materna cargada de ignorancia y deseos esenciales sobre el destino no científico de las cosas. Se trata de un cuento escrito sobre líneas maestras donde permanecen los personajes ceñidos al concepto técnico manejado por Bosch. Aunque hay un tránsito de hombres y personajes secundarios esporádicos, en realidad la estructuración se fundamenta en tres: doña Remigia, la sequía y el estrepitoso aguacero desatado por las ánimas.

Al escribir este cuento, Bosch hizo gala del manejo de la técnica, porque pinta y permite al lector percibir el dolor humano, primero con la sequía maldita y asesina y luego con un aguacero diluviano que termina de borrar cualquier esperanza. “—Dos pesos de agua a Paso Hondo! —Dos pesos de agua a Paso Hondo. Todas [las ánimas] estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.” En este apartado se resume la ironía en una hipérbole precisa de cómo se plantea el manejo del destino de los pobres curtidos por el hambre y la vida inhóspita. Hay una tesis de exclusión social, falta de previsiones y la más elemental plataforma de subsistencia que se mantiene entre lo literario y la crítica social a un estado de cosas permanente.

Pero la crítica no se muestra de forma abierta, hay que abstraerse, hay que suponer y detallarla en los hechos, como si se tratara de extirpar. El lector sin talento crítico, sin intención crítica, podrá realizar una lectura de mero esparcimiento de una historia sobre una tierra arrasada por la sequía y el éxodo de sus hombres transitando un camino de muerte que a veces nos recuerda a Pedro Páramo del gran Juan Rulfo. Sin embargo, ¿podemos analizar la intención del autor en el relato? En Bosch existen claves, puntos de encuentros convergentes y comunes que, al estudiarse una gran parte o la totalidad de su obra –difícil empresa–, nos permiten iniciar el camino. ¿Es lo literario un hecho de razón intencional? Por supuesto que sí. Yo continúo manejando o precisando la necesidad de achacarle un cruel baño de ironía a este cuento que, mientras desentraña el retrato social de sus personajes, hace una elaboración radiográfica de crítica severa a un sistema de proteccionista, en el cual quizás las ánimas que arden en el purgatorio, pero que poseen la extraña virtud de desatar las aguas, no son más que los sistemas de gobierno y sus mil formas de desoír las plegarias y los clamores de los jodidos. Sordos ideales que van al extremo de actuar más para contribuir al hundimiento del pueblo que a la solución de sus problemas.


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