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Entrevista a Frank Moya Pons

by Equipo editorial
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Frank Moya Pons es uno de los grandes historiadores dominicanos surgidos después de la Era de Trujillo. En este 2021 celebra cincuenta años de ejercicio, cuando en 1971, con el respaldo de la Universidad Católica Madre y Maestra publicó su obra La Española en el siglo XVI, 1493-1520. Desde entonces, no ha cesado en su labor de producir textos de gran valor para el conocimiento, estudio y valoración de múltiples aspectos de la historia nacional. GLOBAL ha querido conversar con esta ilustre personalidad de nuestra cultura historiográfica con motivo del 60.o aniversario del final de los 31 años de dictadura de Rafael L. Trujillo para, junto al recuerdo de los acontecimientos finales de aquella etapa férrea y oscura, evaluar el desarrollo de la democracia y el progreso dominicano durante estos seis decenios. El resultado ha sido un conjunto de respuestas que permiten reconocer los cambios generados, las deudas sociales pendientes, el largo tránsito hacia la modernidad y, en definitiva, el progreso material, de infraestructuras, de esquemas y hechos concretos, a más del flujo de ideas libremente expresadas con que se ha ido moldeando la democracia dominicana.

G: Usted era apenas un mozalbete de 17 años cuando ocurre el magnicidio del 30 de mayo. ¿Cómo recuerda usted el momento en que se conoce la muerte de Trujillo y los días inmediatamente posteriores a este gran suceso histórico? 

FMP: Curiosa pregunta esta que tiene también una respuesta curiosa por tres coincidencias que ocurrieron en esos días. En aquellos momentos el país se encontraba en un estado de intensa agitación política por la gran cantidad de presos políticos que había y por las tétricas noticias y rumores que circulaban describiendo las torturas que padecían esos presos; por la atmósfera de vigilancia y miedo que imponía el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) en todas partes; por los ecos de la revolución cubana que presagiaban un agravamiento de la crisis entre el régimen cubano y el gobierno de Trujillo, ya que Fidel Castro había apoyado las expediciones de junio de 1959 que llegaron por Constanza, Maimón y Estero. 

Hondo; por la sorda y creciente desafección hacia el régimen que se desarrollaba en el seno de las clases medias urbanas; y en el caso particular de mi pueblo natal, La Vega, en donde residía, por el estado de sitio en que el Gobierno había puesto a la residencia del obispo Francisco Panal, a quien amenazaban de muerte todos los días, y para protegerlo, muchos hombres valientes se mudaron a esta casa y a la calle frontal de la misma para dar la batalla en defensa de Panal cuando el momento se presentara. Guardo en mi memoria tres coincidencias, como dije. Una se refiere al momento en que se esperaba el ataque a la casa de Panal, quien iba a ser asesinado y su casa incendiada por los paleros del Gobierno, igual que habían quemado, un mes y medio antes, el 18 de abril, la residencia del coadjutor de Panal, monseñor Luis Felipe Henríquez. Pues bien, esa coincidencia consiste en que el día fijado para el gran asalto a la vivienda de Panal y la posible ejecución de este era, precisamente, el 31 de mayo. Ese asalto fue frustrado, providencialmente, por la muerte de Trujillo. La otra coincidencia parte de una vivencia personal asociada a la costumbre que teníamos los jóvenes de reunirnos de noche en ciertas casas de familias antitrujillistas para escuchar las radioemisoras cubanas y venezolanas que sostenían una guerra radiofónica contra la dictadura de Trujillo. Ocasionalmente cambiábamos de casa para no ser detectados por los agentes del SIM que circulaban por las desiertas calles de la ciudad amedrentando a la población y haciéndole creer a la gente que desde sus vehículos podían detectar las emisoras que se escuchaban clandestinamente. En aquellas semanas anteriores al 30 de mayo nos reuníamos a escuchar la radio en una casa que tenía como jefe de hogar a una señora madre de dos hijas con quienes compartíamos nuestros intereses juveniles. Esa señora era muy vehemente y apasionada. Casi todas las noches nos decía que el asesinato de Trujillo era cosa de días, algo inminente, decía.

Como el magnicidio no se producía en las fechas que ella anunciaba, casi dejamos de ponerle atención a sus vaticinios hasta que una noche, cuando iniciamos la visita a sus hijas, nos llamó y nos metió en su habitación y nos dijo: «Hoy no vamos a escuchar radio ni nada, váyanse ahora mismo para sus casas que esta noche lo pelan», pronunciando esta última palabra mientras se pasaba la mano por el cuello a modo de cuchillo con un típico gesto de degollamiento. Nos fuimos entonces a dormir temprano muy impresionados por la seriedad de su mensaje, pero sin creerle mucho porque ya otras veces ella había anunciado lo mismo y el tiranicidio no había ocurrido. Siempre me he preguntado, sin encontrar respuesta, cómo pudo esa señora haber adivinado los acontecimientos de esa noche, 30 de mayo de 1961. Para mí todo fue una coincidencia, cuya confirmación llegó a La Vega temprano en la madrugada de esa noche cuando Petán Trujillo, el hermano del tirano, se apersonó en la fortaleza de la ciudad y ordenó la detención de los conocidos desafectos y adversarios, algunos de los cuales habían sido liberados de la cárcel de La Victoria semanas antes. Uno de los apresados fue Ernesto de la Maza, y aquí menciono la tercera coincidencia, pues resulta que esa tarde habían estado en mi casa tomando café y conversando varias amigas de mi madre. Una de ellas era Hilda de la Maza, esposa de Ernesto, cuyo auto se le dañó y tuvo que dejarlo frente a la puerta de nuestra casa, en donde permaneció hasta el día siguiente cuando alguien debió recogerlo. Yo estuve ignorante de ese evento hasta muchos años más tarde en que una de las señoras que estuvo en nuestra casa me lo contó. Las detenciones realizadas esa madrugada por órdenes de Petán hicieron que la mayoría de las familias que tenían teléfono se despertaran llamándose unas a otras (algunas despertaron físicamente a sus vecinos) de manera que a las seis de la mañana mucha gente en La Vega sabía que Trujillo estaba muerto. En nuestra casa lo supimos mucho antes de esa hora cuando un conocido borrachín antitrujillista, que por alguna vía se había enterado de los apresamientos y su causa, se estacionó en la galería de mi casa y empezó a vocear celebratoriamente y para que todos lo supieran que Trujillo estaba muerto, repitiendo insistentemente: «Se j… por cierta cosa, fua!…». Pese a su alcoholismo, este personaje era hombre reconocido por su seriedad y era muy popular. Recuerdo que al escucharlo, a eso de las seis de la mañana, mi madre abrió la puerta de la galería y le preguntó: «Fulano, ¿qué pasa?», y él le contestó muy alegremente con la misma frase: «Que se j… por cierta cosa, fua!…»). Demás está decir que en los tres días siguientes todo pasó con una calma ominosa con las banderas a media asta y las emisoras tocando música sacra o música clásica. Las calles estaban casi vacías y silenciosas. Esa densa calma solo era rota por el ronroneo de los temidos autos del SIM que circulaban lentamente por las calles de la ciudad mirando amenazadoramente a los pocos transeúntes que se atrevían a salir de sus casas o que iban a sus trabajos o regresaban de ellos apresuradamente. En búsqueda de noticias, los jóvenes (y alguna gente mayor) acentuamos nuestra práctica de escuchar clandestinamente las emisoras cubanas y venezolanas, ahora desde nuestros hogares, pues nuestros padres no nos permitían salir de noche. 

G: ¿Cómo se incorporó usted a los acontecimientos políticos que comenzaron a tener lugar en el espacio nuevo que se abría para el país después de 31 años de dictadura? 

FMP: Creo que, al igual que la mayoría de los muchachos de entonces, la súbita apertura política nos llenaba de curiosidad. En 1961 no sabíamos lo que era participar en política y por ello asistíamos a todos los mítines de todos los partidos, que eran una cosa nueva, tratando de ver en dónde podíamos encajar para contribuir a la lucha por la destrujillización. Respondiendo al intenso proselitismo de los nuevos partidos, la mayoría de ellos organizados por dominicanos que habían retornado del exilio, y tratando de contribuir al establecimiento de la democracia, muchas personas se inscribieron en varios partidos al mismo tiempo mientras seguían asistiendo a casi todos los mítines organizados por los políticos que aspiraban a dirigir el país. Yo, por ejemplo, me inclinaba en esos primeros meses de libertad por el PRSC, Partido Revolucionario Social Cristiano, y por el PRD, pues ambos me parecían más moderados que los radicales antitrujillistas de la Unión Cívica y de la Agrupación Política 14 de Junio. Cuando llegué a la universidad en 1962 me abstuve de participar directamente en la política de los grupos estudiantiles porque estaba absorto en mis estudios de Filosofía y me asustaba el radicalismo, a veces vociferante, de algunos líderes del movimiento estudiantil. Por ello, durante los cuatro años en que cursaba mi licenciatura me limitaba a votar en las elecciones estudiantiles. Siempre voté en favor de un grupo minoritario dirigido por un joven filósofo y líder pacifista llamado Armando Hoepelman. Ese grupo era de tendencia socialdemócrata y se llamaba por las siglas FURR. Mucho tiempo después de mi graduación le cambiaron sus siglas a FUSD. Ese grupo creaba tan poco entusiasmo entre aquel estudiantado radicalizado que hubo unas elecciones en que solamente sacamos 63 votos de entre más de dos mil votantes, si mal no recuerdo. 

G: Esta es una pregunta muy abarcadora, pero ¿cómo usted define y evalúa a la República Dominicana pos-Era de Trujillo, o sea, sesenta años después? 

FMP: En sentido muy general, políticamente hablando, yo diría que la República Dominicana es una democracia en construcción cuyo desarrollo ha sufrido algunos reveses, pero, finalmente, parece que estamos llegando a un período de estabilización democrática que ojalá dure muchos años y continúe perfeccionándose. Por otro lado, ya lo he dicho en otras ocasiones, en este último medio siglo la República Dominicana ha llevado a cabo una revolución capitalista a pesar de los intensos empeños de algunos sectores de empujarla por el camino de una revolución socialista o comunista. En ese sentido, la imperfecta democracia dominicana ha salido triunfante frente a la posibilidad, que muchos consideraban real, de que se instalara una dictadura comunista en el país. Por el lado económico, la República Dominicana ha dado un inmenso salto productivo hacia delante gracias a que logró desatar las energías de la nación para orientarlas hacia la producción de riqueza, sea esta agropecuaria, industrial, minera, turística o comercial. En 1961 las riquezas de la nación estaban dormidas. Trujillo y sus asociados habían comenzado a explotar algunas minas y bosques, habían creado algunas industrias de sustitución de importaciones y dedicaban mucha atención a la ganadería, pero la estructura económica todavía descansaba en la producción y exportación de unos pocos productos tradicionales: azúcar, cacao, café, bananos, bauxita, sal y yeso.

Entonces la agricultura de plantaciones era dominante, la economía campesina estaba subdesarrollada y con muy escasa mecanización; el uso de agroquímicos era también mínimo, con la excepción de la producción de arroz y de los vegetales de Constanza; la ganadería se manejaba extensivamente y el conuco era la unidad básica de la producción campesina. Las industrias eran pocas y pequeñas, pues aparte de las plantas de sustitución de importaciones del tirano y sus allegados, de los pocos molinos de arroz y de las fábricas de ron y cerveza, la mayoría de las «industrias», en general, eran meros talleres artesanales. Todo eso empezó a cambiar con la muerte de Trujillo. Muchos jóvenes empresarios que tenían proyectos en mente empezaron a ponerlos en práctica. Y en el curso de unos pocos años, a pesar de la guerra civil de 1965, la economía empezó su despegue. Ese arranque hacia el desarrollo tuvo como motor la inversión pública en obras de infraestructura: carreteras, puentes, caminos vecinales, hidroeléctricas, acueductos, canales de riego, edificios públicos, nuevas calles y avenidas en las ciudades, zonas francas industriales, mejoría de los puertos, aeropuertos y hoteles para facilitar el turismo… Así, en los años que siguieron a la guerra civil la economía dominicana «despegó» y con ese despegue se acentuó el ritmo de modernización del país, proceso este que se ha acelerado de manera creciente en las últimas décadas. 

G: ¿Cuáles han sido los mayores logros de la nueva vida política dominicana después de la Era de Trujillo? 

FMP: ¿Los mayores logros políticos? La construcción de una democracia imperfecta todavía, pero funcional, y la pluralización de la vida política, además de la emergencia de un nuevo liderazgo político diseminado en los partidos, el cual, gradualmente, ha venido asimilando la noción de que el cambio político debe llevarse a cabo mediante elecciones libres. Tenemos, no lo olvide, una democracia todavía amenazada que, si no se cuida debidamente, podría retroceder institucionalmente, pues quedan dominicanos que aún no aceptan de buena gana las derrotas electorales y se aventuran a conspirar para alterar el libre ejercicio de la voluntad popular. Otro logro ha sido haber dejado atrás, esperemos que de manera definitiva, el militarismo arbitrario heredado de la dictadura de Trujillo que tan dominante fue en las dos décadas que siguieron a la dictadura. Por el lado civil, hay que destacar, entre otros factores positivos, el vigoroso desarrollo de una prensa libre celosa de la libertad de expresión, la cual se ha erigido en garante de los derechos ciudadanos. Otro cambio reciente, pero notable, ha sido la reforma del sector judicial puesta en marcha en 1997, que, pese a las debilidades humanas, ha venido institucionalizándose en este último cuarto de siglo. 

G: ¿Y cuáles estima usted que son las principales debilidades, fracasos o desatinos históricos del país posdictadura, en los planos políticos, económicos, sociales? 

FMP: El mayor desatino de los gobiernos dominicanos posteriores a la dictadura fue el abandono de la educación pública y el descuido de la salud pública. Mucha gente todavía no se da cuenta del lastre que supone tener una población con un tercio de su población adulta actuando como analfabeta funcional y con más de la mitad padeciendo de todo tipo de enfermedades por falta de cuidados adecuados. Por suerte, eso ha estado cambiando desde hace algunos años, pero debido a la lentitud con que marcha el proceso educativo, pasará mucho tiempo antes de que la República Dominicana pueda ponerse culturalmente al día con los países avanzados de Latinoamérica. El país arrastra otras deudas sociales, además de la educativa y la sanitaria. Tome usted, por ejemplo, la deuda ambiental, particularmente en lo que respecta a la producción, conservación y uso racional del agua. Poca gente sabe que en este país cae, en promedio, la misma cantidad de lluvia que hace doscientos, trescientos años. A pesar de ello, cada día el pueblo dominicano tiene disponible menos agua. La razón: la desaparición de los grandes bosques en las cuencas productoras de agua. Al talar los bosques lo que queda allí son pastizales o tierra pelada que no retienen el agua de lluvia y esta se va cuesta abajo rápidamente, como ocurre con el líquido que usted vierte en un lavamanos. En las cuencas boscosas el agua es retenida por la foresta y baja hacia el suelo gradualmente en donde se infiltra hacia los acuíferos que alimentan los arroyos y los ríos. La deforestación padecida por este país en la segunda mitad del siglo veinte y en lo que va de este siglo veintiuno va a dejar sin agua muchas regiones en cuestión de pocos años. Eso afectará la capacidad productiva del suelo y creará serios problemas de seguridad alimentaria. Nuestros hijos y nietos heredarán este problema. No hay que ser adivino para saber lo que eso significa. Solo hay que ver lo que ha pasado en Haití, en donde hay zonas ya completamente desertificadas. Hay otras deudas sociales que cada día se señalan en los periódicos y en los programas de radio y televisión, tales como la falta de institucionalización en muchas áreas de nuestra vida republicana. 

G: Usted se incorporó a los planes de desarrollo del país, al margen de su tarea como historiador y docente en universidades dominicanas y de Estados Unidos. Trabajó en la Asociación para el Desarrollo de Santiago, en el Fondo para el Desarrollo de las Microempresas, y se ligó a importantes instituciones bancarias. Creo que eso me permite preguntarle: ¿Qué ha sido del desarrollo dominicano en estas seis décadas? 

FMP: Creo que he avanzado ya algo de la respuesta a esta pregunta. Gracias a una feliz combinación de iniciativas combinadas del sector público y del sector privado, con la continua ayuda, durante décadas, de las agencias multilaterales de desarrollo (BID, FMI, Banco Mundial, Unión Europea) y de otras agencias de países amigos (USAID, Cuerpo de Paz, Agencia de Cooperación Española, etc.), así como de una creciente inversión extranjera directa, la República Dominicana ha mantenido un ritmo sostenido de crecimiento económico durante los sesenta años posteriores a la muerte de Trujillo. Pocos saben que en este último medio siglo la economía dominicana ha tenido solamente tres coyunturas con crecimiento negativo del producto nacional bruto. Aparte de esos tres momentos, la economía dominicana ha crecido continuamente y de manera sostenida, casi siempre por encima del ritmo de crecimiento de las demás economías latinoamericanas. Durante ese tiempo la fisonomía socioeconómica y cultural del país ha cambiado radicalmente. En 1961 la mayoría de la población, 70%, vivía en el campo.

Éramos tres millones. Hoy somos más de once millones y casi el 80% de nosotros vive en ciudades. Esto quiere decir que el país se ha urbanizado. Esa urbanización, dicho sea de paso, no ha sido solamente vegetativa, también ha resultado de un intenso proceso de migración rural-urbana que demanda de mayores inversiones de las que pueden hacer los gobiernos con el tamaño actual de la economía. Muchas otras cosas han cambiado, y mucho. En 1960, por ejemplo, la expectativa de vida de los nacidos era de 53 años. Hoy sobrepasa los 76 años. Hoy los dominicanos vivimos más y somos más. También crecemos más porque antes, en 1960, la mortalidad infantil era de más de cien niños por cada mil nacidos y hoy es de apenas treinta por mil gracias a la mejoría de los servicios de salud y a los avances de la medicina moderna. Cierto es que en muchos casos esos servicios no son de alta calidad, pero aun así han impactado en el aumento de la expectativa de vida. En 1960 el producto interno bruto era de 790 millones de dólares. Hoy llega casi a 80,000 millones de dólares, 100 veces más. Hoy producimos más de noventa veces de lo que producíamos medio siglo atrás. En 1961 el presupuesto nacional apenas sobrepasaba los 184 millones de dólares. Hoy se acerca a los 18,000 millones de dólares. En 1961 el ingreso per cápita de los dominicanos era de 263 dólares, uno de los más bajos del hemisferio. Hoy sobrepasa los 10,500 dólares anuales y ya el país no se considera entre los más pobres de América Latina. En 1983 el país tenía solamente 254,000 teléfonos. Hoy hay más de 11 millones de teléfonos. De esos aparatos, más de nueve millones son celulares. La población nacional es de 11 millones de personas. Tenemos un teléfono por cada habitante del país. Esto, no se puede negar, es parte de la revolución de las comunicaciones que está teniendo lugar en todo el planeta, pero lo que hace que estos números adquieran relevancia entre nosotros es que el dominicano es uno de los territorios con mayor densidad telefónica de América Latina. En 1961 la red de caminos y carreteras de todo tipo tenía 5,000 kilómetros. Hoy sobrepasa los 18,000 kilómetros transitables todo el tiempo. Esto hace, también, que la República Dominicana sea
uno de los países con mayor densidad vial en toda América Latina y el Caribe. Esas carreteras y caminos son utilizados hoy por casi cinco millones de vehículos de motor, de los cuales 2.7 millones son motocicletas, 994,000 son automóviles, 516,000 son yipetas todoterreno y 111,000 autobuses, en adición a 458,000 vehículos de carga y más de 50,000 de equipos pesados. Que en una población de once millones haya 2.7 millones transportándose en motocicletas es, entre otras cosas, un indicador parcial de superación de pobreza porque hasta muy recientemente la mayoría de esas personas andaba a pie o a lomo de burros y caballos. Hace apenas veintidós años, en 1999, solo había 375,000 motocicletas. Que en esa población de 11 millones haya casi un millón de propietarios de automóviles y más de medio millón de propietarios de yipetas todoterreno es un dato que tiene una amplia significación social que también puede ser explicada como un indicador parcial de formación de una nueva clase media inexistente hace veinte años. Hace veinte años los autos apenas pasaban de 400,000 unidades y solo había 45,000 yipetas. Estas se han multiplicado por once. Podemos mencionar también que veinte años atrás el país contaba con 38,000 autobuses. Hoy posee 111,000. Tenía entonces 197,000 vehículos de carga. Hoy son 458,000. Había entonces 10,000 equipos pesados. Hoy son más de 22,000. Lo mismo ocurrió con los camiones de volteo que entonces eran unos 9,000 camiones y hoy son más de 20,000. En 1963 los turistas apenas llegaban a 44,000. Hoy nos visitan más de 6 millones de extranjeros. En aquel año solo había 3,500 habitaciones hoteleras en el país. Hoy sobrepasan las 90,000. En 1962 el país tenía apenas una sola universidad con apenas 3,000 estudiantes, la mayoría varones, y una sola universidad. Hoy tenemos cerca de 500,000 estudiantes universitarios, la mayoría hembras, el 67%, inscritos en más de 40 instituciones de educación superior. 

Una de esas universidades, la hoy Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, abrió sus puertas en ese año de 1962 con apenas un centenar de estudiantes y cuatro facultades. Hasta el día de hoy esa universidad ha graduado más de 76,000 profesionales y técnicos. Esos números significan muchas cosas que nos llevaría un buen rato analizar, pero baste por ahora mencionar que son algunos indicadores de que algo fundamental ha estado cambiando en la sociedad dominicana en los últimos cuarenta años. Además de esos indicadores, hay otros igualmente significativos como, por ejemplo, la enorme expansión de supermercados e hipermercados en todo el territorio nacional. Once grandes compañías han instalado casi doscientos de esos grandes establecimientos, así como centros comerciales de servicios múltiples (malls) en las principales ciudades y hasta en pueblos de mediano tamaño. Esos nuevos negocios han alterado profundamente la estructura y canales de abastecimiento y distribución de alimentos y otros artículos de consumo, todo ello sin que los tradicionales colmados hayan desaparecido.

Todo lo anterior, y mucho más que no he mencionado, supone la acumulación de cientos de miles de procesos sociales e interacciones humanas que han culminado en grandes transformaciones estructurales. Esas transformaciones todavía no han sido debidamente estudiadas, pero nos estallan en la cara cada vez que observamos cómo han cambiado el pueblo dominicano, sus instituciones y su cultura. Permítame repetirle que la República Dominicana exhibe hoy una nueva sociedad surgida de una revolución capitalista, una revolución acaecida dentro de otras dos revoluciones, una demográfica y otra tecnológica. Lo más llamativo de la revolución capitalista dominicana es que tuvo lugar en el contexto de la guerra fría, en una época en que otros países y algunos grupos, tanto dentro del país como en el extranjero, fomentaban la implantación de un modelo socialista o comunista. Las grandes transformaciones estructurales que han tenido lugar por vía de esta revolución han venido acompañadas de una rápida modificación de las costumbres y de las instituciones sociales. La velocidad con que la población se ha adaptado a los cambios ha sido bastante desigual, pues a la par que muchas personas han ido urbanizándose y modernizándose, otras tantas continúan conservando hábitos aldeanos o pueblerinos propios de épocas anteriores.

La República Dominicana se presenta entonces hoy como una sociedad dual que mantiene todavía ciertas formas de vida pertenecientes a la sociedad rural o tradicional de la que proviene. La modernización ha generado nuevas estructuras de pensamiento, nuevas mentalidades, nuevos valores, nuevas costumbres, nuevas instituciones, nuevas formas de vestir, de hablar, de alimentarse, de divertirse. Tarde o temprano esos cambios tenían que producirse debido al intercambio comercial y cultural, y a la intensidad de las comunicaciones con los países industrializados o superindustrializados del norte del planeta que encabezan hoy la revolución tecnológica que ha transformado el mundo en «una aldea digital». En el caso dominicano podemos afirmar que los cambios se han acelerado debido a la industrialización, la urbanización, el incremento de las comunicaciones, la exposición a la conducta de millones de turistas que visitan el país, el aumento de los viajes internacionales y la exposición continua a los modelos de vida de las sociedades posindustriales a través del cine, la radio, la televisión y la migración de retorno. La gran revolución capitalista que ha transformado el país ha producido grandes logros, pero también ha conllevado grandes costos que han dejado notables deudas sociales y ambientales (pobreza extrema, enfermedades, deforestación, escasez de agua y pérdida de suelos agrícolas, endeudamiento externo, corrupción, mala educación, desigualdad económica, contaminación ambiental…). Pero esa revolución también ha contribuido a la disminución de la pobreza y a la formación de una pujante clase media. Esa revolución es ya indetenible, pero también es mejorable. Regular el cambio, o reencauzarlo, para que aproveche a todos es uno de los grandes retos que debe enfrentar esta generación. No quiero abusar haciendo más larga esta respuesta, pero antes de concluir debo advertir que todo ese crecimiento tiene como contrapunto y freno las deudas sociales, ambientales, sanitarias y culturales mencionadas anteriormente. 

G: Usted es, sin duda, el historiador dominicano más importante de estas seis décadas posteriores a la dictadura de Rafael L. Trujillo. Creo que debiera recordarse que en este 2021 hace 50 años que usted publicó su primer libro, La Española en el siglo XVI, 1493-1520, aunque el libro que daría nombre a su enorme trabajo historiográfico llegaría en 1977, con la publicación del Manual de Historia Dominicana. ¿Qué ha sucedido en los estudios históricos, en términos de desarrollo de la investigación y análisis de los sucesos históricos, en estos 50 años de su ejercicio como profesional de la Historia? 

FMP: La actividad historiográfica en el país ha venido mostrando un cambio considerable en el curso de las últimas tres décadas, pues los historiadores que escriben profesionalmente ya no son, como ocurría antes, líderes políticos o activistas que iban a la historia a buscar justificaciones a las posiciones de sus partidos. Hoy la historiografía dominicana es menos dogmática, menos grandilocuente, más variada y libre, pues la mayoría de los historiadores ha dejado de depender de los pontífices ideológicos de antaño y ha aprendido o está aprendiendo a aceptar que en este campo es posible e inevitable la existencia de distintas perspectivas ideológicas, teóricas y metodológicas. La crisis mundial del marxismo y, por ende, del materialismo histórico, ha contribuido a esta liberalización del pensamiento social en la academia dominicana, pues los antiguos académicos marxistas han venido aprendiendo el valor que tienen las ciencias sociales como instrumentos auxiliares de la historia. Hace unos treinta años la mayoría de esos intelectuales despreciaban las ciencias sociales y algunos las calificaban como instrumentos de una ideología burguesa derivada de la dominación capitalista de Europa y Estados Unidos en países fuera de la órbita socialista. Hoy eso ha cambiado y la mayoría de los historiadores dominicanos acepta que el materialismo histórico es solo una de las muchas opciones teóricas disponibles para el análisis histórico. Además, entre los historiadores marxistas que dominaban el discurso ideológico durante la guerra fría hay algunos que cambiaron de ideología o de partido, mientras otros obtuvieron empleos en empresas capitalistas o en el Estado dominicano, también capitalista, y terminaron aprendiendo nuevas lógicas económicas y culturales y nuevos modos de interacción académica y social. 

Por ello, quedan ya pocos historiadores que declaren explícitamente que el marxismo es la premisa ideológica que anima su ejercicio académico, como sí ocurría antes con mucha frecuencia. Simplificando, digamos que, debido a ello, prevalece por fin en la República Dominicana un cierto pluralismo ideológico que no hubiese sido posible de no haberse producido un fenómeno de diseminación y absorción de influencias historiográficas procedentes de Estados Unidos, México, Francia, España y Gran Bretaña, cuyos historiadores son frecuentemente leídos o estudiados por los académicos dominicanos. En los últimos cincuenta años muchos dominicanos han ido a esos países a estudiar economía y otras ciencias sociales, además de historia, y han regresado convertidos en portadores de nuevas ideas, teorías, métodos que enfatizan la íntima conexión entre la historia y las demás disciplinas sociales. La proliferación de publicaciones históricas refleja un creciente interés social por reconstruir el pasado dominicano y caribeño, así como un deseo colectivo de entender y explicar el presente nacional. Esa abundancia de libros y artículos también refleja un reconocimiento del prestigio que ha estado adquiriendo esta ocupación. Tan prestigioso resulta para algunos el título de historiador que, al publicar sus trabajos en periódicos y revistas, sustituyen sus títulos de abogados, sociólogos, economistas o antropólogos por el de historiador. Eso es un signo de la vitalidad de la profesión o de la ocupación. Gracias a ello tenemos hoy una gran variedad de «historias», en adición a los escritos tradicionales, puramente políticos o anecdóticos, románticos y novelescos que prevalecían antes y después de la muerte de Trujillo. Por ejemplo, hoy tenemos excelentes obras de historia diplomática, de las ideas y de la cultura, del período colonial, historia militar, económica, social, de la esclavitud, de las relaciones raciales, del derecho, de la educación, de los partidos políticos, de la moneda y las finanzas, precolombina, del feminismo, de los bandidos y la resistencia política, de la ganadería, del tabaco, el ron, la cerveza, el oro, la banca, en fin, de campos que no se cultivaban hace cincuenta años. 

G: ¿Cuáles son sus principales deudas como historiador con respecto al quehacer desarrollado antes de su entrada a la bibliografía dominicana con sus libros, o sea anteriores a sus inicios en esta labor? ¿Cuáles han sido sus referentes fundamentales en el estudio de la historia dominicana? 

FMP: Como en todos los demás campos del saber, cada generación mira hacia adelante encaramada en los hombros de las generaciones anteriores. Nuestras deudas intelectuales son muchas, aunque, más que de personas en particular, prefiero hablar de las escuelas y movimientos que influyeron en mi temprana formación historiográfica como la alemana que encabezó Leopoldo von Ranke y la Escuela de los Annales cuando estuvo encabezada por Fernand Braudel, y la británica de Oxford y Cambridge que tuvo a Eduard Hallet Carr (E. H. Carr) entre sus principales representantes. Por el lado norteamericano, creo que siendo muy joven también fui influido por las obras de la antropóloga Laura Thomson, el geógrafo-historiador Carl Ortwin Sauer, los historiadores Frank W. Pitman, Richard S. Dunn y Basil Davidson, y por los profesores Thomas H. Helde, de Georgetown University, Herbert S. Klein y Fritz Stern, de Columbia University. Estos no fueron los únicos, pero sí los más tempranos. Otros siguieron influyendo en mi carrera porque, a medida que vivimos, continuamente nos llegan nuevas influencias y uno va tomando y dejando. De las influencias más recientes podríamos hablar otro día… 

G: ¿Cree usted que somos un mejor país después de 60 años de la conclusión de los 31 años de la dictadura trujillista? 

FMP: Definitivamente. La República Dominicana es mucho mejor país hoy que hace 60 años, a pesar de las muchas cosas que hay que arreglar o mejorar. 

G: Cincuenta años más tarde, su tarea como historiador ha concluido, ¿o están en su agenda nuevos libros? 

FMP: Sigo escribiendo con la misma dedicación de siempre. Hay varios libros terminados y otros más que vienen en camino. Creo que este mismo año podrían salir dos de ellos que fueron escritos hace varios años y que no había tenido tiempo de revisar. Casi siempre, cuando termino de escribir un libro dejo de verlo por un tiempo antes de enviarlo a la imprenta. Eso me permite tomar distancia de lo escrito para revisarlo luego con mayor objetividad. 


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