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Recordando a Marcio

by José Alcántara Almánzar
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El sábado 14 de abril pasado, falleció en la Plaza de la Salud, víctima de
la COVID-19, el escritor dominicano vivo más importante, Marcio Veloz Maggiolo. Tenía 84 años de edad. Poeta, novelista, cuentista, ensayista, arqueólogo y antropólogo, Marcio fue una mezcla de saberes y de ejercicios permanentes con el pensamiento y la investigación. Su obra es valiosa y extensa, y en cada libro suyo dejó plasmado su afán por la innovación, su espíritu de creatividad y sus aportes inestimables al desarrollo de la mejor literatura dominicana de la segunda parte del siglo XX y parte del XXI. Todavía, semanas antes de morir puso a circular su última novela, Palimpsesto, y una colección de sus textos en la desaparecida revista Rumbo que tituló, precisamente, De rumbo en rumbo. Con su partida, la República Dominicana pierde al único de los grandes escritores que nos quedaba de una gran generación que comenzó a incubarse a mediados de los cuarenta y, como es su caso, de los cincuenta. GLOBAL recuerda a Marcio con tres trabajos que resumen su vida, su obra, su entrega a la literatura y la admiración que generaba en quienes le trataron y respetaron por décadas, dentro y fuera del país dominicano. Los textos de José Alcántara Almánzar, Jeannette Miller y el poeta y crítico argentino, residente en Buenos Aires, Carlos María Romero Sosa conforman el cuadro de homenaje que GLOBAL rinde en esta edición al notable escritor y amigo. 

Marcio Veloz Maggiolo, maestro de maestros

Un repaso sobre la obra de Marcio Veloz Maggiolo, en una rápida mirada de su autor que deja, de este modo, configurada la singular trayectoria de un escritor tutelar que cambió el rumbo de la narrativa dominicana, constituyéndose a su vez en un referente obligado para las nuevas generaciones de escritores dominicanos surgidos tras su obra fecunda y su capacidad para gestionar la creatividad literaria, el pensamiento orientador y la investigación tenaz en busca siempre del hombre dominicano, su memoria, su historia, su plasma. 

Más que un importante escritor dominicano de nuestro tiempo, Marcio Veloz Maggiolo (1936-2021) ha sido para varias generaciones un escritor tutelar, con las correspondientes implicaciones del término, no solo por la trascendencia de su obra, que he seguido muy de cerca desde que era un adolescente, viéndola crecer hasta colocarse a la altura de la mejor del hemisferio, sino también por su presencia estimulante, orientadora, sabia, su generosa actitud hacia los jóvenes, apreciada por bisoños y veteranos; y su ejemplo de escritor consagrado e innovador.

Marcio es el novelista que ha profundizado más en los insondables laberintos de la dictadura de Trujillo, mucho antes de que el tema se pusiera de moda, y lo ha hecho abordándola desde distintas perspectivas, hurgando en los hechos históricos para construir criaturas de su imaginación. Es también un trabajador infatigable, que a sus ochenta y cuatro años de edad probaba cada día su vigorosa inteligencia con nuevas entregas que han trascendido los límites regionales para proyectarse a varios continentes. Un escritor cuyos méritos se perciben también en las traducciones a numerosos idiomas y los estudios críticos sobre su obra realizados por prestigiosas académicas, como Doris Sommer y Sharon Keefe Ugalde. 

Marcio nació en Santo Domingo justo el año en que a la ciudad le fue cambiado su nombre centenario por el apellido del tirano, en un acto de adulonería sin precedentes en los anales de la historia de la urbe. En su condición de habitante y cronista de la ciudad —igual que James Joyce con Dublín, Naguib Mahfuz con El Cairo, Orhan Pamuk con Estambul—, Marcio es el biógrafo de la suya y sobre todo de su barrio, Villa Francisca, de donde provienen innumerables personajes, sucesos y anécdotas que pueblan sus libros. Allí creció y se hizo hombre, cuando el sector exhibía su perfil popular, rico en apasionantes relatos. 

Los primeros pasos de Marcio como escritor se produjeron en el ámbito de la poesía, con los auspicios de la Colección Arquero y de ese exigente crítico literario que fue el poeta Antonio Fernández Spencer, con la publicación de El sol y las cosas (1957), es decir, cuando Marcio tenía veintiún años, una edad en la que ya despuntaba su talento, movido por una pasión que no le abandonaría jamás y a la que habrá de volver en distintos momentos de su trayectoria de escritor (Intus, 1961, Premio de Poesía Gastón F. Deligne; La palabra reunida, 1982; Poemas en ciernes y Retorno a la palabra, 1986). 

En 1960, con la novela El buen ladrón, obtuvo el premio de la Fundación William Faulkner de la Universidad de Virginia, Estados Unidos. 

Vivíamos entonces la etapa de mayor endurecimiento del régimen de Trujillo, con su sangrienta impronta de monstruosos crímenes, en un desesperado intento de preservar un poder que estaba a punto de desplomarse, mientras en el mundo comenzaban a sentirse los primeros síntomas de las transformaciones globales que caracterizaron la década de los sesenta del siglo pasado: la liberación sexual, las conquistas de género, las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, los estallidos sociales (Mayo del 68), la revolución musical (Los Beatles), las atroces guerras (Vietnam), los cambios, en fin, que desarmaron el rostro del planeta, cuando Jean-Paul Sartre y Albert Camus, convertidos en paradigmas de escritores comprometidos, aunque situados en polos distintos, iluminaban con sus ideas y sus obras gran parte de la literatura y el pensamiento contemporáneos. 

Las primeras novelas de Marcio plantean la angustia del pueblo dominicano sobre un fondo universal. En sus novelas de corte bíblico, a la manera de Pär Lagerkvist —tan en boga entonces—, no se limita a trabajar los temas de las sagradas escrituras, sino que busca reelaborarlos, mezclándolos con los de la sociedad dominicana bajo la dictadura de Trujillo. Así, en Judas y El buen ladrón, se perfila, entre líneas, una severa crítica al sistema opresor imperante en los años finales del régimen. La novedad no consistía solo en el manejo inmejorable del idioma, junto a temas que desbordaban la tradición criolla, apegada todavía a cierto tradicionalismo costumbrista, sino en el espíritu de modernidad mostrado por el autor. 

Luego de la caída de Trujillo, Veloz Maggiolo publicó La vida no tiene nombre y Nosotros los suicidas (1965). Había pasado el «tiempo de silencio» —para decirlo con el título de la novela de Luis Martín Santos, el malogrado siquiatra y escritor español que marcó con esa obra un hito en la narrativa de su país durante el franquismo—, y era posible escribir sobre los temas de la vida dominicana con mayor claridad. Por eso, Marcio escogió el tema de los gavilleros y publicó su libro dos meses antes de la segunda ocupación norteamericana a Santo Domingo, por lo que podemos considerar La vida no tiene nombre como un relato neorrealista de especial significado por el año en que apareció. 

Después de la guerra de abril, Marcio publicó Los ángeles de hueso (1967), que constituyó un aporte esencial a la narrativa de esa década por su audaz experimentalismo y el ingenioso manejo técnico del fluir de la conciencia, con sus ribetes surrealistas y su parentesco con los procedimientos del nouveau roman y esa atmósfera alucinante que prevalece en algunos capítulos. Ramón Francisco, nuestro recordado poeta y crítico, escribió en su obra Literatura dominicana 60 (1969): «Después de la vida no tiene nombre, extraordinario relato a través de cuyas páginas tiembla desoladoramente el hombre dominicano en pos de su verdadero destino, no podría esperarse sino estos ángeles de hueso. […] Marcio, en lo tocante a técnica, tema y lenguaje (y a maestría también, por supuesto), está haciendo hoy en nuestro suelo exactamente lo que están haciendo los grandes nombres de la novelística latinoamericana de estos días. […] Los ángeles de hueso pertenecen a ese tipo de literatura que se hace hoy en el mundo y materializa en la obra del autor los presentimientos de Nosotros los suicidas».

Durante algunos años, Marcio se dedicó a consolidar en España otra de sus vocaciones más entrañables: el estudio de las ciencias sociales. Se graduó en Técnicas de Arqueología en la Universidad de Madrid (1970) y de doctor en Historia de América, especialidad en Prehistoria, además de poseer una licenciatura en Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Provisto, pues, de una formación envidiable, se dedicó durante largos años a la investigación arqueológica, antropológica e histórica, un saldo impresionante de obras escritas paralelamente a su carrera literaria, solo o en colaboración con otros investigadores. 

Como si fuera poco, además de ser maestro de varias generaciones de escritores y lectores, Marcio fue ideólogo de proyectos capitales. Cuando todavía aquí nadie hablaba del asunto, ya él había planteado la necesidad de crear una Secretaría de Cultura para dirigir la política cultural del Estado. Asimismo, fue un promotor cultural de altos vuelos, secretario de los recordados Premios Siboney; durante algún tiempo, director de Isla Abierta, el desaparecido suplemento cultural del periódico Hoy, que creara y dirigiera Manuel Rueda; editor y director de la Revista Dominicana de Antropología; director del Museo de las Casas Reales; y director de investigaciones, y luego director general, del Museo del Hombre Dominicano. 

Pero en su incesante trajinar fue también diplomático, y desempeñó el cargo de embajador en México durante el gobierno constitucional del profesor Juan Bosch, así como fue un jovencísimo embajador en Italia, y prácticamente, desde siempre, un intelectual dedicado al periodismo. Un periodismo reflexivo que no divagó ni se perdió en simples teorías, sino que ahondó en los temas del momento, con un ojo crítico punzante y palabras justas para llamar a las cosas por su nombre, sin rodeos. 

Como ensayista, Marcio fue autor de algunos de los textos más lúcidos que se hayan escrito en nuestro país en los últimos decenios, por lo que forma parte, junto a Héctor Incháustegui Cabral, Manuel Rueda y Ramón Francisco, de un selecto grupo de analistas de nuestra literatura desde la perspectiva de quien es también creador, mucho antes de que ganaran terreno las nuevas expresiones de la crítica literaria en nuestro país. Estimo que su libro Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo (1972), así como De cultura dominicana y otras culturas (1977), constituyen dos libros imprescindibles para entender las orientaciones literarias y culturales en nuestro país durante el siglo pasado, y ver desde una óptica interpretativa diferente el fenómeno literario y el quehacer de los escritores emergentes. 

III 

A partir de 1975, Marcio comenzó a publicar algunas de sus obras emblemáticas, iniciando el ciclo con De abril en adelante, una novela experimental que puso a prueba a críticos y lectores y que ha dado mucho que hablar desde entonces. Uno se admira al ver la constancia de este maestro en la plasmación de sus obras, pero él mismo reveló el secreto en una entrevista a quien esto escribe, realizada en 1981: «Como escritor mi método de trabajo es simple. Anoto, planifico, creo personajes en mi propia imaginación, y hago de estos personajes seres que me acompañan día y noche. En resumen, planeo una novela durante un año o dos y la escribo en dos meses. Generalmente escribo cuando siento que estoy maduro, y puedo madurar alaunadeldía,alasdosdelamañana,enun cine, en una peluquería. Entonces tengo que salir rápidamente a apuntalar las ideas, a escribir capítulos. La literatura para mí es climática y meteorológica. Nunca sé cuándo aparecerá el chubasco ni cuándo va a subirme la temperatura creativa».

En De abril en adelante, que Marcio denominó «protonovela» para diferenciarla de la novela tradicional, continuó explorando una época marcada por la opresión y el conflicto. De acuerdo con Sharon Keefe Ugalde, que ha estudiado a fondo su obra, en esta protonovela «integra, por primera vez, una visión del dictador con la dictadura».3 La saga sobre la dictadura de Trujillo se expandió en La biografía difusa de Sombra Castañeda (1981), en la que se abre una nueva ruta interpretativa con la creación de una alegoría ético-cultural, un orbe fantástico de mitos ancestrales y entes mágico-religiosos reelaborados por el autor, un cuestionamiento del lenguaje político oficial, un intento de exponer la secuela de envilecimiento de la dictadura, y una bien orquestada manifestación de la pluralidad heterogénea y contradictoria que representa nuestra composición étnica y cultural. 

En 1988, con la aparición de Materia prima, el autor logra escalar nuevos peldaños en su narrativa. Materia prima testimonia la fundación, auge y ocaso de Villa Francisca. Esta protonovela consigna los sueños que presidieron su nacimiento de barrio pobre, habitado por trabajadores humildes y esforzados, sus años de apogeo durante la dictadura de Trujillo, su decadencia después de 1961, hasta la destrucción y éxodo sin precedentes provocados después, que alteraron su perfil barrial. Más tarde, en 1991, con Ritos de cabaret, Marcio retrocede de nuevo a períodos muy amargos de la historia dominicana contemporánea: la dictadura de Trujillo, la insurrección de abril de 1965 y la segunda ocupación norteamericana. En un contrapunto narrativo que es una verdadera obsesión en la obra del autor, se presentan traumáticos episodios de la experiencia colectiva, enlazados a los destinos particulares de individuos que tratan de sobrevivir al naufragio. Marcio teje aquí una red a base de evocaciones melódicas de una época que, precisamente por infame, posee un enorme atractivo para toda una generación de dominicanos. El bolero y el cabaret se convierten así en símbolos locuaces y festivos frente al silencio impuesto. Música y placeres, idealización y carnalidad, sublimación del dolor y erotismo irreverente, constituyen válvulas de escape a la opresión. La vida del cabaret retorna en estas páginas con su escandaloso desfile de chulos y cueros bajo la mortecina luz de las bombillas rojas, los perpetuos tufos del tabaco y el alcohol, y las canciones dolientemente sabias de las velloneras infatigables. 

Villa Francisca retorna siempre en la obra de Marcio, como lo prueba Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1996), ganadora del gran premio Eduardo León Jimenes, en la Feria del Libro de 1997. Este libro no es historia ni sociología urbana, pero está escrito con la lucidez de un cronista que ha penetrado en los acontecimientos y caracteres de cientos de personajes a quienes conoció y trató. Sus evocaciones fluyen como un torrente de la memoria, incontenible y proteico, abigarrado como la muchedumbre que desfila en las páginas del libro. De la mano de Marcio camina uno por las edificaciones y monumentos que tipifican el perfil urbano de Villa Francisca de antaño, pero no son las viviendas, ni su descripción detallada lo que atrae la imaginación del autor, sino los personajes emblemáticos de la barriada. Como telón de fondo de la vida barrial aparece el fantasma de la dictadura de Trujillo con sus rígidas disposiciones y mecanismos de coerción, que no lograron apagar la espontánea y efervescente alegría de los pobladores de Villa Francisca. 

Cuando salió la segunda edición de Cuentos para otros milenios (2000), dije que Marcio era el narrador dominicano más fecundo y uno de los pocos cuentistas nuestros que conoce su oficio a fondo. Es uno de nuestros cuentistas mayores, junto a Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy, Sócrates Nolasco, Virgilio Díaz Grullón y Manuel Rueda. Marcio conoce el género como pocos y tiene el olfato y las habilidades imprescindibles para construir estupendas ficciones y microficciones. A su dominio del lenguaje, que se mueve con naturalidad entre lo coloquial y lo culto, Marcio añadía sus aptitudes para crear personajes inolvidables que quedarán en nuestra memoria mucho tiempo después de que hayamos terminado de leer. Conoce su país y sabe configurar ambientes familiares, recreándolos para nuestro deleite. Tiene un maravilloso sentido para la evocación y la nostalgia y vuelve siempre a los lugares de su infancia y adolescencia, aquella Villa Francisca de sus amores que se halla sembrada en su corazón y de la que nos ha dejado los mejores testimonios entre todos los escritores que han vuelto su mirada hacia aquel barrio de obreros y empleados modestos, donde la vida bullía en medio de la dictadura; aquel sector donde están enclavados sus sueños y obsesiones. Después de esas obras, Marcio siguió escribiendo y publicando. El hombre del acordeón (2003) y La mosca soldado (2004) aparecieron con el sello de la prestigiosa Editorial Siruela, de Madrid, España, con lo que la obra del más importante narrador dominicano vivo, hasta la hora de su muerte en abril pasado, y uno de los escritores fundamentales de nuestro país siguió proyectándose en el extranjero con magnífica acogida entre el público lector. 

Notas 

1 Literatura dominicana 60, Publicaciones de la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), Imprenta Amigo del Hogar, 1969, pp. 139, 141, 145.
2 «Marcio Veloz Maggiolo entre la literatura y las ciencias sociales», Revista ¡Ahora! (910): 35-38, 4 de febrero de 1981. 3 «Veloz Maggiolo y la narrativa de dictador/dictadura: perspectivas dominicanas e innovaciones», en Rei Berroa (editor), Aproximaciones a la literatura dominicana 1930-1980, Santo Domingo, Colección del Banco Central de la República Dominicana 2007, p. 151.


7 comments

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