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África despierta: herencia, descendientes, clamor y sueños

by Delia Blanco
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La sociedad dominicana rompe el tabú de África, creado y custodiado por ideas nacionalistas embadurnadas de racismo. Las perspectivas de un acercamiento al continente del mar distante deben contar con un respaldo ideológico centrado en verdades desconocidas. La lucha de los afrodescendientes tomó la palabra desde la década de 1960 y la hizo suya, tomó las formas, los colores, la historia. Los relatos de esa lucha quedan revelados por los intelectuales Delia Blanco, Jean Métellus y Jean Louis Joubert.

Ética y estética de África en el Caribe

El Caribe es un espacio de creación y de planteamientos filosóficos sobre la tolerancia, la diversidad lingüística, la convivencia, las convergencias y las divergencias del pensamiento humano contemporáneo, a través de sus historias y más allá de la sociedad esclavista. El Caribe sigue siendo el mayor territorio de cohabitación humana donde se integran todas las culturas en una dinámica de mestizajes, de fusiones y de sincretismo que proporciona una fuerza de creatividad única y excepcional pero también una experiencia humana planetaria exclusiva.

La presencia de África en el Caribe ganó su espacio de reconocimiento y de integración en los procesos de las identidades nacionales, después de acontecimientos políticos y sociales que permitieron asumir a este continente de manera integral, puesto que a partir de la década de 1950 lanzó sus voces y sus intelectuales en el concierto de la descolonización y de la búsqueda de construcción de movimientos nacionales. Esto impuso un diálogo con el mundo de la postguerra en el despertar de los países en vías de desarrollo.

Tanto en el Congo, colonizado por Bélgica, como en Senegal, Malí y Camerún, colonizados por Francia, se levantaban las ideas libertadoras de Patricio Lumumba y de Léopold Sedar Sénghor, lo que abrió las dinámicas de las independencias. Estos libertadores y negociadores de soberanías eran intelectuales con pensamiento y formación académica europeos, y sorprendieron al mundo en el primer congreso de los intelectuales y artistas negros, celebrado en la Universidad de la Sorbonne, París, en 1956.

Tanto para Edouard Glissant como para Derek Walcott, el mar es metáfora, imagen del movimiento incesante de culturas.
Esta fecha marcó un giro fundamental en el pensamiento occidentalista y colonial, pues los presentes, entre los que destacamos a Sénghor, Aimé Césaire y Jacques Stéphen Alexis, es decir, un africano, un haitiano y un martiniqueño, lanzaron al mundo el primer encuentro de un diálogo del Caribe y de América con África, desde la perspectiva del derecho de los pueblos a manifestar sus culturas, su creatividad y sus identidades, con conciencia de lucha contra el hegemonismo, el colonialismo y el racismo.

La afrodescendencia se puso en marcha, en conocimiento del mundo, en la Sorbonne, con la presencia de intelectuales occidentales como el existencialista Jean Paul Sartre y la mayoría de los filósofos humanistas de aquellos años. Ante todo, se trataba de aportar una reflexión compartida entre africanos, caribeños y afroamericanos para entender la descolonización desde una perspectiva de diálogo y tolerancia, que evitara la violencia y las guerras de independencia. En París de 1956 se hizo un llamado al diálogo en la voz de Sénghor y de Césaire, quienes mantuvieron siempre una dinámica de intercambios y negociaciones con las metrópolis europeas. Estos intelectuales fueron los grandes pacifistas, los constructores de un diálogo incesante y de una diplomacia de entendimiento con el mundo occidental, sin perder el timón de sus reivindicaciones, ni de sus convicciones de lucha por la igualdad y contra el racismo.

Gracias a Sénghor y Césaire, y a muchos otros y otras –como el poeta afroamericano Langston Hughes y el guyanés Léon-Gon-tran Damas– se trataba de integrar a África en el campo de la libertad y de la soberanía, de establecer un diálogo con los descendientes de las diversas diásporas africanas en América y el Caribe.

Este encuentro tuvo la trascendencia del acercamiento de Haití al pensamiento africano progresista y, a su vez, condenó entonces –en la voz de Jacques Stéphen Alexis– la dictadura de Jean Claude Duvalier, Papa Doc, que se encaminaba hacia una conceptualización del noirisme como un instrumento ideológico populista para imponer su autoritarismo.

En este congreso se puso de manifiesto el concepto de la negritude como un valor universal que entraba, según las palabras de Sénghor, en el concierto de las civilizaciones universales. Debemos considerar que tanto Césaire como Sénghor, pero también Alexis, estaban en pleno apogeo y fecundidad de sus obras poéticas fundamentales, y que, en el grupo Renaissance de Harlem, en el Centre d ́Art de Haití, en el grupo Aborigen de Cuba, circulaban las ideas éticas y estéticas de la negritude, que indiscutiblemente desde el Caribe, en su diálogo con la poética senghoriana, abrían un nuevo pensamiento, una estética que alimentó, y sigue alimentando, la creación literaria y visual de esta región, sin fronteras lingüísticas, y en muchos casos, con unos esquemas de belleza y de creatividad que vienen de ese encuentro trascendente del pensamiento africano contemporáneo con el caribeño.

La afrodescendencia se puso en marcha, en conocimiento del mundo, en la Sorbonne.

En Cuba, la investigadora Lidia Cabrera hizo un trabajo de investigación fundamental sobre la herencia de la religiosidad animista en la santería cubana, una investigación y una recopilación ritual considerable que la etnóloga publicó en su libro El monte, reeditado en esa isla –nueva vez– recientemente, una obra fundamental sobre los códigos de las creencias populares. Sin ese acercamiento a la mística africana que Cabrera aportó, los poetas cubanos contemporáneos y los creadores visuales no se hubiesen adentrado en el sincretismo ni logrado la fuerza que se advierte en sus obras. Además, sin ese interés profundo por la fusión de la africanidad con la caribeñidad, tampoco Cabrera nos hubiese ofrecido la primera traducción al español de Cuadernos del retorno al país natal, de Aimé Césaire, en una edición excepcional publicada en Cuba con ilustraciones del maestro cubano Wilfredo Lam, el artista esencial visual que le diera a la pintura vanguardista del Caribe un giro de encuentro con la signografía africana y amerindia.

En su reconocida obra La jungla, Lam pone de realce el tratamiento del cuerpo estatuario africano y la desfiguración facial de las máscaras rituales del continente negro. Es gracias a este artista que el imaginario de los creadores contemporáneos de todo el Caribe se adueña de una estética revolucionaria construida con los códigos afroantillanos. Además, atrajo a los intelectuales y creadores afrodescendientes, pues esta “obra manifiesto” pone de realce la atracción por el trazo del arte africano ancestral y el fraccionamiento del espacio y de la forma como lo entendían las vanguardias europeas y, sobre todo, los cubistas, ya que Pablo Picasso en las Demoiselles d ́Avignon se inspira en la desfiguración de las máscaras bantús y yorubas que aportaron al movimiento vanguardista y a los surrealistas y dadaístas el referente visual de sus atrevimientos. La trascendencia de Lam en la apropiación del cuerpo estatuario africano y de la mística de la desfiguración facial de las máscaras rituales, logra permitir que en el Caribe los creadores plásticos se adueñen o apropien de una estética revolucionaria con el código de los mitos y leyendas del Caribe inspirados en la religiosidad afroantillana.

La estética y la poética de esta región nos ha dejado también por herencia la obra poética de Nicolás Guillén, Derek Walcott y Manuel del Cabral, entre otros reconocidos escritores del Caribe. 

Los artistas Hélénon y Louis Laouchez, del Caribe francófono, se implican en los recursos de recuperación de las sociedades africanas en las que vivieron más de veinte años y crean el Movimiento de Arte Afro-Caribe, que es una respuesta al arte povera con una identificación con materiales del entorno recuperados en el ambiente social y habitacional afrocaribeño.

Sobre el lienzo dominicano

La estética de fusión sincrética, o mejor dicho el sincretismo poético y visual, quedan expuestas en las obras de las nuevas generaciones de 1980. En la pintura dominicana puede observarse en artistas como Hilario Olivo, Elvis Avilés y Radhamés Mejía, quienes marcan una compenetración del trazo con las mitologías locales y producen un resultado visual; igual, en el caso de José Bedia, reconocido artista cubano.

Mejía, residente en París por más 25 años, se apropia y plasma en sus telas figuras indígenas amerindias, con rasgos y facciones afroamericanas, lo que le ha significado reconocimientos y premios en el mercado del arte europeo. En 2010 fue seleccionado para crear una escultura a la memoria de Aimé Césaire en Francia, un reconocimiento del gobierno francés al intelectual. Todo esto gracias a que este artista dominicano simboliza un ejemplo de la fusión de valores, en este caso, afroamerindios.

En la República Dominicana debemos reconocer los aportes de los pintores antes citados, así como de los maestros Jaime Colson, Darío Suro, Silvano Lora y Ada Balcácer, a quien consideramos la creadora visual que nos aporta su identificación con las vanguardias caribeñas y afrodescendientes, a través de su serie desarrollada sobre la figura y la mitología del baká, durante los años setenta y ochenta. Sus telas muestran una simbología mítica y expresionista con estos referentes. Balcácer inauguró una estética que trascendió en las nuevas generaciones y abrió la plástica nacional al imaginario africano.

Es interesante destacar que en la isla de Guadalupe, a partir de los años ochenta, los artistas visuales se organizaron en el grupo Fromager, para identificar un movimiento que evidenciara una estética del encuentro de África con sus vertientes fusionales y con los valores de los indios arahuacos, taínos y caribes.

Retorno a la intelectualidad

Los intelectuales se manifestaron por el reencuentro con África, pero dentro de la realidad de la diversidad de valores y signos que conforman las sociedades caribeñas. Se trataba, y sigue tratándose, de compartir la raíz africana con la diversidad de los pueblos y de las culturas que conforman el Caribe.

Precisamente, en la década del ochenta, los intelectuales francófonos buscaron la manera y la forma de expresarse a través de un lenguaje ético y estético fuera de todo modelo conceptual e ideológico. Etapa natural que viene después de los manifiestos postcoloniales y que propone ir más lejos o renovar el pensamiento “cesariano” de la negritude, abriendo este a un espacio compartido y repensado por las nuevas generaciones, encabezadas por el filósofo y poeta Edouard Glissant, recientemente fallecido.

Glissant propone lo diverso, le divers, en su obra fundamental de 1990, La poética de la relación –en francés: La poétique de la relation–, la créolisation, que es para él una manera de ir más allá de la négritude, y afirma o declara: “La creolización (el proceso incluyente de vivir en sociedades donde late la diversidad, definida por Glissant) supone la heterogeneidad de los elementos para dar nacimiento al jazz”, señalando que este género pone en relación el tambor africano con el piano occidental.

Añade que la creolización debe valorar todos los elementos que están en relación, para volver a valorizar los elementos africanos del ingenio, maltratados a través de los siglos. La negritude antillana, o el indigenismo haitiano, han tenido que restablecer el equilibrio, volviendo a dar su legitimidad al aporte de herencia africana.

La creolización es el encuentro de la mezcla, un mestizaje, sí, pero sin límites. Glissant nos enseñó con la palabra a tomar conciencia de una diversidad caribeña que es un laboratorio para el mundo. Con él, las herencias africanas participan de la convivencia de la diversidad y alcanzan una propuesta humanística global que ayuda a construir el diálogo inacabado y permanente renovado entre África, América, Europa y el Caribe.

En este sentido, el humanismo de la diversidad y de la construcción de un concierto de paz entre las sociedades lo hemos heredado del pensamiento universal de los afrodescendientes a través de figuras tan emblemáticas como Sénghor, Césaire, Franz Fanon, Martin Luther King, Desmond Tutu, Nelson Mandela, Edouard Glissant, quienes abrieron la ética y la estética de la convivencia pacífica y global, respetando las divergencias y las culturas.

En el Caribe anglófono es a partir de 1975 cuando nace la poesía dub, tendencia que llega hasta Jamaica gracias a Louise Benett, quien reivindica el estatus de literatura para la poesía oral. Con este género poético estamos frente al referente más elocuente de África, pues para la tradición africana la palabra tanto en su sonido como en su musicalidad es literatura; una literatura oral llevada de región en región por los grandes griots (cantantes nómadas) que van de pueblo en pueblo, de reinado en reinado, llevando la sabiduría del pensamiento de los ancianos y los mayores, transmitiendo las epopeyas, pero también los acontecimientos tribales y las realidades del contexto económico.

En esto se inspiró Kamau Brathwaite, escritor y poeta originario de Trinidad y de Jamaica, quien creó una poesía experimental usando ritmos y formas africanas sacados de los cantos de trabajo de la época de la esclavitud, de los cantos espirituales, y llevados a la polirrítmica del reggae, ska, jazz y calipso. La música acompaña la palabra y hace resonancia con las músicas ancestrales.

En la literatura anglófona del Caribe hay un encuentro singular con las Indias soñadas y jamás encontradas por Cristóbal Colón, y es que a estas sociedades llegaron poblaciones de la India de Gandhi a partir de principios del siglo xx, y dan una connotación suplementaria en la extraordinaria diversidad étnica y cultural, las que encontramos en las obras de Earl Lovelace, Erna Proper y Jamaica Kincaid. Ellos manifiestan una atención particular por un Caribe que va más allá de la trascendencia historica de la esclavitud. 

En el París de 1956 se hizo un llamado al diálogo en la voz de Sénghor y de Césaire.

Estos escritores toman en cuenta el conjunto de los sucesos que van más allá de la esclavitud y de su abolición, se hacen cómplices de todos los acontecimientos postcoloniales como fue la sustitución del sistema esclavista por la imposición de condiciones de vida muy difíciles para los nuevos emigrantes hindúes que a partir de 1920 llegaron a Trinidad y Tobago, Jamaica, Santa Lucía, Guadalupe y Surinam. Estos aportaron una nueva visión del mundo, una espiritualidad de paz y convivencia que se integró al conjunto de la cultura caribeña.

El premio Nobel de Literatura 2001, Vidiadhar Surajprasad Naipaul, es un brillante escritor y poeta de Santa Lucía, así como Brathwaite. En este sentido, diríamos –como nos lo enseñó Glissant cuando señalaba “que el Caribe es un laboratorio permanente de una cultura siempre en movimiento”– que manifiesta un proceso incesante de integración de todos los aportes migratorios, lo cual permite ir cada día más allá y tener un imaginario en movimiento a condición de no quedarse encerrados en una visión de la historia que nos impida integrarnos al mundo, lo que reduciría el Caribe a una memoria colectiva del pasado. Para Glissant, como para Derek Walcott, si el mar significó la deportación de miles de esclavos, el mar es metáfora, imagen del movimiento incesante de culturas y valores que simbolizan, como lo expresó Nicolás Guillén, un mar de convivencia, de encuentros y de aceptación, tolerancia y paz.

En ese sentido, volvemos a la idea fundadora de Aimé Césaire sobre la negritude y diríamos, como Sénghor, que es un humanismo, pues en el Discurso colonial ya Césaire se hacía solidario de todas las luchas que enfrentaban al hombre del siglo xx, y más tarde, Martin Luther King, descendiente afroamericano, comienza la Gran Marcha para todos los estadounidenses, sin importar la pertenencia racial, y los invita a construir un movimiento de tolerancia y paz nacional. La historia nos ha seguido demostrando con todos estos pensadores-humanistas, y también con Nelson Mandela, que ese gran pensamiento de la negritude supone y confirma que los afrodescendientes son los grandes constructores de un diálogo para el siglo XXI.

Bibliografía:

—Bosch, Juan: El Caribe, frontera imperial, Santo Domingo, Ediciones Fundación Juan Bosch, 2010. Cabrera, Lidia: El monte, Cuba, Casa de las Américas, 2010. Césaire, Aimé: Le discours colonial, París, Presence Africaine, 1966.
— Cuadernos de un retorno al país natal,España, Sinsonet, 2010.Glisssant, Edouard: Tout monde, París, Gallimard, 1995.
— Le discours antillais, París, Gallimard,1981.
— Les indes, París, Gallimard, 1966. Métellus, Jean: Voix noires, París, Le temps des cerises, 2009.


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