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Gabo según sus colegas

by Equipo editorial
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Tras enterarse de la muerte del premio Nobel colombiano, un usuario escribió en su cuenta de Twitter: «Cien años de soledad cambió mi vida». En ese mismo tenor, millones y millones alrededor del mundo compartieron su parecer sobre sus novelas y lamentaron su muerte. Algunos hasta se consideraron dichosos de haber sido sus contemporáneos. Todo el mundo opinó: sus lectores fieles, sus más acérrimos críticos y hasta los que nunca lo han leído. Como era de esperar se repitieron innumerables clichés, los periodistas intentaron acceder a los familiares que todo el tiempo mantuvieron su privacidad, los escritores más reputados redactaron sus elegías, nos enteramos de aspectos extraños como que García Márquez solía ser un consumado cantante de boleros, las redes sociales se llenaron de las frases más cursis de sus textos y hasta volvió a circular un poema apócrifo que tramposamente se le ha venido atribuyendo.

Más que la de un escritor parecía la muerte de un profeta. Su sepelio –masivo e hiperbólico que a muchos les recordó pasajes del cuento «Los funerales de la Mamá grande» – se transmitió en vivo y en directo por varias cadenas televisivas y contó con la presencia de dos jefes de Estado: el de Colombia y el de México. La cantante Shakira, el futbolista Diego Armando Maradona y los presidentes Barack Obama, Dilma Rouseff y Nicolás Maduro lamentaron su partida. Incluso hasta las farc ofrecieron su pésame. Ante tal cobertura mediática resultaba imposible profundizar y analizar a gran escala su obra y su figura. Así que aprovechando que han pasado unos meses y que la noticia ha envejecido, la revista Global ha querido reunir las opiniones, los juicios y los comentarios que un puñado de escritores han tenido sobre la figura del Gabo. Para acceder a esta información se consultaron entrevistas, ensayos y artículos publicados en diferentes fechas, países y contextos. A continuación, Paul Auster, Juan Bosch, J. M. Coetzee, Derek Walcott, Natalia Ginzburg, Milan Kundera, Darío Jaramillo, Gay Talese, Salman Rushdhie, Fernando Vallejo, Isabel Allende, Juan Gabriel Vásquez, Javier Cercas, Juan Villoro y Armando Almánzar hablan sobre su legado.

Paul Auster (escritor estadounidense)

Era la primavera de 1970. Yo llevaba veintitrés años escribiendo y traduciendo poemas, escribiendo ensayos y reseñas y también soñando que algún día sería capaz de escribir novelas. Para ese entonces ya había leído a casi todos los maestros del siglo veinte, Joyce y Proust, Kafka y Beckett, Faulkner y Nabokov, Fitzgerald y Céline y me estaba sintiendo un poco presionado. ¿Cómo es posible que una persona se pueda escapar de la sombra de esos gigantes? Un día cualquiera leí una reseña muy entusiasta de una novela de un escritor de América del Sur cuyo nombre me era desconocido. En ese momento, hace treinta y siete años, comprar libros de pasta dura era una extravagancia que difícilmente podía pretender, pero mi curiosidad fue despertada de una manera tan fuerte que me lancé a la calle a comprar el libro. Comencé a leer Cien años de soledad en las primeras horas de la tarde y no pude dejarlo hasta que lo terminé de leer ese mismo día por la noche. Tenía en mi poder algo nuevo y fresco y al mismo tiempo hipnotizador: una creación poética, una voz, una sensibilidad que no se parecía a nada de lo que había descubierto hasta entonces. Y esa novela de Gabriel García Márquez, traducida de manera magistral por Gregory Rabassa, contenía todas las virtudes de la escuela tradicional, las cuales pueden resumirse en una sola frase: el amor por el cuento. Ese amor es el que genera placer en el lector, el sentido de asombro y alegría que nos cobija cada vez que tropezamos con uno de esos libros raros que cambian la manera como observamos el mundo, que nos exponen a las infinitas posibilidades de lo que un libro puede llegar a ser. Todo lector apasionado ha tenido esa experiencia, y cada vez que sucede entendemos que los libros son un mundo aparte y que ese mundo es mejor y más rico que cualquiera otro que hayamos visitado con anterioridad. Esta es la primera razón por la cual nos convertimos en lectores. Por eso es por lo que nos apartamos de las vanidades del mundo material y empezamos a amar los libros por encima de todas las cosas.

Juan Bosch (escritor dominicano)

En el mes de marzo (1968) tenía que ir a Barcelona para dar algunas conferencias sobre problemas de la América Latina y unos días antes de salir recibí una carta que no leí porque en ese momento estaba escribiendo un artículo que debía despachar inmediatamente; sólo atiné a ver el final de la firma: «Márquez». Y me dije: «Es Márquez, el periodista venezolano». Ese periodista que trabajaba hacia el 1958 en la revista Momento de Caracas, estuvo asistiendo a un cursillo sobre el arte de escribir cuentos que yo había dado en la Universidad Central de la capital venezolana; no había faltado a una sola de las conferencias, tomaba nota de todo lo que yo decía y después que yo terminaba de hablar comenzaba él a hacer preguntas. Unos tres días más tardes desperté a eso de las cinco de la mañana y me puse de pie de un salto. Al sentarme, mi mujer preguntó qué me pasaba. «Es que creo que tengo ahí una carta de Gabriel García Márquez», le dije; y corrí a registrar mis papeles. A poco la señora Bosch preguntó: «¿Es de él?». Estaba interesada porque ella compartía conmigo la admiración que yo sentía por ese joven escritor colombiano y especialmente por Cien años de soledad, libro del que habíamos leído partes sueltas publicadas en revistas de literatura. Desde la primera de sus obras que conocimos –La hojarasca–, Gabriel García Márquez era para nosotros un nombre sagrado. Efectivamente, la carta era de García Márquez; y cuando llegué a Barcelona y fue a visitarme al hotel reconocí en el acto a aquel periodista a quien conocía por Márquez –apellido común en Venezuela– y a quien yo creía venezolano. Habían pasado diez años y él, que había cumplido ya cuarenta, estaba ligeramente más grueso pero no había cambiado. «¿No iba Ud. a un cursillo sobre el cuento que yo daba en la Universidad de Caracas?», le pregunté. «Sí», respondió; «y todavía conservo las notas y las releo cada vez que escribo un cuento, porque antes de escribir una novela me hago la mano escribiendo cuentos», explicó.

J. M. Coetzee (escritor sudafricano)

A pesar de que le colocaron la etiqueta de «realista mágico», García Márquez trabaja en la tradición del realismo psicológico, cuya premisa es que los actos de una mente individual tienen una lógica que puede seguirse. Él mismo destacó que su llamado realismo mágico es solo una cuestión de contar historias inverosímiles sin inmutarse, un truco que aprendió de su abuela en Cartagena, y que aquello que a los extranjeros les resulta inverosímil en sus relatos suele ser algo habitual en la realidad latinoamericana. Ya sea que ese argumento nos parezca falso o no, el hecho es que la mezcla de lo fantástico y lo real —o, para ser más exactos, la elisión de la disyunción que separa «fantasía» y «realidad»— que provocó tanto revuelo cuando se publicó Cien años de soledad, en 1967, se convirtió en algo muy común en la novela mucho más allá de las fronteras de América Latina.

Natalia Ginzburg (escritora italiana)

Hace tiempo un periódico me pidió que respondiera a la pregunta de si creía que la novela estaba en crisis, pero no respondí, porque las palabras «crisis de la novela» me parecían detestables y su sonido me sugería solamente malas novelas ya muertas y bien muertas, cuyo destino me resultaba indiferente. Creo que pensé que no tenía sentido reflexionar tanto sobre la novela y que, si éramos o habíamos sido novelistas, tal vez lo mejor era intentar escribir algunas novelas, aunque fuese para enterrarlas en un cajón en el caso de que no es tuvieran vivas. Más tarde leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, colombiano que vive en España. (Su editor en Italia es Feltrinelli.) Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente. Si es verdad, como dicen, que la novela está muerta o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la Tierra.

Derek Walcott (escritor de Santa Lucía)

Una frase de García Márquez funciona en dos niveles: el nivel del narrador, que en una mitad, o incluso un tercio de la frase, asumirá el papel omnisciente del narrador minucioso de Flaubert, luego la frase se desliza, desde la presencia de una voz, no la del narrador, sino la de un entusiasmado testigo que imagina una acción en el idioma corriente, la cual se lee, de entrada como una exageración. Al principio García Márquez me enfurecía, pero luego mudé de oído, y aprendí a acomodar otras voces, a menudo simultáneas, dentro de una frase. En un caso alguien es herido y la sangre cruza la calle y entra en una tienda o en una casa; esta metáfora exasperó mi realismo lógico, que es la naturaleza del idioma inglés; este argumentaba que la sangre no cruza la calle, ni se arrastra ni entra en una casa. No obstante, yo al principio no comprendía el punto extremo de la exageración que sirve para componer un suceso, una frase, no surreal sino real en el sentido de que así es como la gente narra los acontecimientos, sin cambiar los sustantivos, donde la acción es sustituida por la sangre, y esta se convierte en el relato de un testigo tranquilo o entusiasmado, en un tiempo verbal, pues dos tiempos se juntan: el pasado de lo que ocurrió en un relato fáctico que solía ser la voz del narrador, y el tiempo presente que prosigue el contexto del suceso, el contenido íntegro con sus dos voces; así, la primera mitad de la frase es la ficción oficial, y la segunda, la parte al parecer exagerada, es la ficción oral o tribal, cuya entonación, en la novela o el relato corto, es el rumor. Toda obra imaginaria se funda en el rumor, en sucesos que el novelista, o el narrador de relatos cortos, confirma. Comprendo esto ahora porque he prestado oídos a la segunda voz, eso que sobrepasó la barrera o el meridiano de la frase, su censura oculta; entonces escuché el sonido del colombiano, de manera que la voz tribal de Macondo pasó a ser asimismo la de cualquiera de los pueblos costeros de mi propia isla; y así nada me pareció más natural y, también más ineludible, que la prosa de García Márquez.

Milan Kundera (escritor checo) [Cien años de soledad] fue el primer libro de Gabo que leí. Y quedé deslumbrado: pensé en el anatema que el surrealismo había lanzado sobre el arte de la novela al que había estigmatizado como antipoético, y cerrado por completo a la libre imaginación. Y resulta que la novela de García Márquez no era más que eso: imaginación libre. Una de las más grandes obras de la poesía que conozco, en cada una de cuyas frases brillaba la fantasía, y cada una era una sorpresa, maravillosamente: una respuesta contundente al menosprecio por la novela proclamado en el Manifiesto del Surrealismo. (Y al mismo tiempo un gran homenaje al surrealismo, a su inspiración, a su aliento de un extremo al otro siglo). Fue la confirmación a mi antigua certidumbre de que la poesía y el lirismo no son nociones hermanas, sino que deben mantenerse a larga distancia la una de la otra. Pues la poesía de Gabo no tiene nada que ver con el lirismo. No se confiesa, no abre su alma, sino que permanece ebrio por el mundo objetivo que eleva hacia una esfera en la que todo es a la vez real, inverosímil y mágico. (Es por la intensidad de su poesía como por la virulencia de su antilirismo que la obra de Gabo se distingue tan radicalmente de la novela contemporánea en Europa).

Darío Jaramillo (poeta colombiano)

Es como dicen de Gardel. Primero está Gardel, después de Gardel no hay nadie y después puede estar cualquiera. En Colombia, primero está García Márquez, después de García Márquez no hay nadie y después puede estar cualquiera. Puede estar, no sé, José Asunción Silva, para hablar de poetas, o puede estar cualquier narrador. Pero haciendo una metáfora de quiénes son planetas y quiénes son satélites, en Colombia hay un sol que es García Márquez, el resto son satélites o asteroides.

Gay Talese (periodista estadounidense)

Toda mi vida (y solamente soy cinco años menor que Gabriel García Márquez) él ha representado para mí y para millones de estadounidenses y de lectores de todo el mundo los niveles más altos de la literatura y nos ha deslumbrado con su inventiva y sabiduría universal. García Márquez es de esos raros ganadores del Premio Nobel cuya elección fue recibida en todas partes con aclamación, sin dejar duda alguna de que posee la grandeza para haber merecido la distinción más apetecida. He tenido el honor de que nuestros caminos se hayan cruzado de manera inesperada en mis viajes por el mundo. La primera vez que nos cruzamos fue durante mi visita a La Habana en enero de 1981, y luego lo vi en Roma mientras caminaba por la piazza. Conversamos por breves instantes. Y aprovechando la oportunidad le pregunté si podía firmar su nombre en una libreta que yo llevaba en ese momento. Luego, de regreso a Nueva York, donde vivo, pegué su dedicatoria en mi edición de Cien años de soledad. Considero este documento una de mis posesiones más preciadas.

Salman Rusdhie (escritor británico de origen indio)

Para cuando leí por primera vez a García Márquez aún no había estado en un país de América Central o del Sur. Sin embargo, en sus páginas encontré una realidad que conocía bien a partir de mi propia experiencia en la India y Pakistán. En ambos lugares existía y aún existe un conflicto entre el campo y la ciudad, abismos igualmente profundos entre ricos y pobres, poderosos y débiles, grandes y pequeños. Ambos son lugares con una fuerte historia de colonialismo, y en ambos lugares la religión es de suma importancia: allí Dios está vivo, y, por desgracia, también los fanáticos. Conocía bien esos coroneles y generales de García Márquez, o al menos sus homólogos en India y Pakistán; sus obispos eran mis mullahs; sus calles del mercado eran mis bazares. Su mundo era el mío, traducido al español. No es de extrañar que me enamoré de todo ello –no por su magia (aunque, como escritor criado en los fabulosos cuentos de Oriente, ese aspecto también me atraía), sino por su realismo–. Mi mundo era más urbano que el suyo, sin embargo. Es la sensibilidad del pueblo que da al realismo de García Márquez su sabor particular, el pueblo en el que la tecnología es aterradora, pero una niña devota que se eleva al cielo es perfectamente creíble; en el que, como en los pueblos indios, se cree que lo milagroso convive constantemente con lo cotidiano.

Fernando Vallejo (escritor colombiano)

«Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos «prehistóricos». Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Solo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste la pata, Gabito.

Isabel Allende (escritora chilena)

Es difícil hablar de él, es muy emotivo. Él es el maestro de los maestros. El boom de la literatura latinoamericana que tomó al mundo por asalto en la segunda mitad del siglo, se inició en 1963 con una novela de un escritor desconocido llamado Mario Vargas Llosa. Y ese es el momento en que el mundo se dio cuenta de que teníamos grandes escritores. Eran, era un coro de muchas voces. Pero la voz más importante, la voz que realmente fue el pilar de este movimiento, fue García Márquez con Cien años de soledad. Y cada novela que escribió después no tan solo fue aclamada por la crítica y traducida, y tuvo innumerables premios, sino que también eran novelas populares. Era como leer Dickens o Balzac. La gente en las calles lee García Márquez. Cada libro que escribió fue aclamado. Así que, en cierto modo, él conquistó lectores y conquistó el mundo y le habló al mundo acerca de nosotros, los latinoamericanos, y les habló de quiénes somos. En sus páginas, nos vimos en cierto modo reflejados en un espejo.

Juan Gabriel Vásquez (escritor colombiano)

García Márquez conocía, aunque no lo confiese, el viejo refrán: si la tradición no va a Mahoma, Mahoma va a la tradición. Al percatarse de que en Colombia no había modelos que le sirvieran para contar su propia versión de los hechos (lo que llamamos experiencia), García Mahoma decidió salir a cazar modelos a otra parte. Su primera presa, varios años antes de que escribiera este artículo, había sido Faulkner. Aferrado al condado de Yoknapatawpha, García Márquez escribió esa novela ultrafaulkneriana que es La hojarasca y que según algunos llegó a tener el título ultrafaulkneriano de Ya cortamos el heno. Cuando el seguimiento al pie de la letra de la verbosidad faulkneriana, de sus estructuras desordenadas y sus tiempos locos, cuando esa retórica se agotó o dejó de producir los resultados idóneos, García Márquez la despidió y cambió de maestro. El contratado fue Hemingway, bajo cuya tutela se escribió esa fotocopia caribe de El viejo y el mar que es El coronel no tiene quien le escriba. Y meses después escribió sus notas sobre la novela de la violencia, que ya he citado en parte; pero no he citado la parte en que recomienda, como modelo de la novela de la violencia que debería escribirse en Colombia, un título impredecible: La peste. Pocos años después apareció, aquí en España, La mala hora. Es quizás la peor novela de García Márquez; es, también, la más interesante desde el punto de vista crítico, pues con su ambiente de paranoia contenida, de violencia soterrada y casi metafórica, La mala hora es deudora franca de la novela de Camus, e ilustra generosamente el sistema de búsqueda que llevaría, mediante los procesos (no tan) misteriosos de la alquimia literaria, a Cien años de soledad.

Javier Cercas (escritor español)

 Durante la segunda mitad del siglo xx, la narrativa latinoamericana recuperó para el español el legado perdido de Cervantes, poniendo otra vez a nuestra lengua en el lugar de privilegio que había ocupado con Cervantes; dentro de esa hazaña general, la hazaña específica de García Márquez consistió en devolverle la mejor narrativa universal a eso que los anglosajones llaman el common reader y todos traducimos como lector común y Juan Ferraté traducía, admirablemente, como lector de buena fe: aquel al que lo que le gusta es leer. García Márquez, cada una de cuyas obras tenía lectores e imitadores en todo el mundo, no escribía para ese lector –ningún escritor digno de tal nombre lo hace–; pero tampoco escribía contra él, ni de espaldas a él, porque, como Cervantes, era incapaz de concebir la novela sin él, o simplemente porque no le tenía miedo. Esta es la tercera lección de García Márquez: una lección de coraje.

Juan Villoro (escritor mexicano)

En sus clases en la Fundación de Nuevo Periodismo, Gabo recordaba que «la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón». Para el novelista, la apariencia de realidad es el zumbido del moscardón. El episodio de Cien años de soledad en que Remedios la Bella sube al cielo no es un triunfo de la exageración sino de la exactitud. La chica, de por sí etérea, sale a un patio donde las sábanas se secan como velas de navío. La escena va por buen camino pero le falta «realidad». Un reportero que ha cubierto homicidios sabe que si la víctima lleva calcetines de distintos colores es porque se vistió en la oscuridad. Con el mismo sentido de la precisión, García Márquez buscó un dato para apuntalar su fantasía. Acercó a Remedios a una taza de chocolate; un líquido espumoso, ascendente. Buen combustible. Cuando ella lo bebió, no hubo Dios que la parara. El cronista de la fabulación ofrecía informes únicos: el gasto militar del planeta podría usarse para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara… la conquista de la Luna no dejó otro saldo que una bandera en una tierra sin vientos… Hay cosas cuyo valor depende del deseo. En el primer capítulo de Cien años de soledad, García Márquez brindó una exclusiva del trópico: el hielo es el gran invento de nuestro tiempo. Descubrir el agua tibia no tiene chiste; reinventar el hielo fue un golpe de genio, la noticia que solo podía dar el mayor reportero de la imaginación latinoamericana.

Armando Almánzar (escritor dominicano)

Era julio y era el calor. Se iba a llevar a cabo un homenaje al profesor Juan Bosch en La Vega y estaba en la comitiva que iría a la ciudad. Pero no era algo tan sencillo. Además de los amigos de Bosch, que eran muchos (aunque algunos de tapadera), se añadía un detalle que haría aquello más excitante: entre los invitados al homenaje aparecía un nombre que ya era símbolo literario en aquel 1979: Gabriel García Márquez, el Gabo, estaría en el grupo, en la comitiva que se dirigía al Hotel Montaña. Y allá iba yo, pero no en mi destartalado automóvil, un Renault 12 que renqueaba y tosía como asmático agripado, sino junto a otros en un vehículo más adecuado. Fuimos a dar al hotel, y el día era hermoso, vivificante, y comenzaron los discursos de las autoridades de La Vega, y se extendieron. Y lo minutos pasaron. Y las horas pasaron también. Por esa sencilla razón, cuando al fin sirvieron el almuerzo, lo que se suponía sería un sabroso sancocho devino en algo frío cuya grasa se había petrificado sobre el caldo. Entonces, ante el pasmo generalizado, ante las miradas lánguidas enfrentadas al «suculento» sancocho de los ya hambrientos comensales, escuché al Gabo bromear con Bosch. «Esas cosas solo pasan en Latinoamérica». Claro que, por suerte, si el sancocho se nos frustró, por lo menos le escuchamos hablar sobre uno de sus próximos libros, le escuchamos intercambiar ideas con don Juan. Y todo aquello fue fascinante. Irrepetible.


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