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Impactos de la covid-19 en el turismo del Caribe insular: ideas para su recuperación

by Jacqueline Laguardia Martínez
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La pandemia ha significado una caída de la actividad turística con pérdidas significativas de ingresos y empleos asociadas a los cierres de fronteras, las limitaciones de movilidad, las cuarentenas y la menor disposición para viajar. La autora trata los efectos de la covid-19 en el turismo de las economías de los pequeños estados insulares del Caribe. 

La covid-19 y su expansión mundial han desajustado las dinámicas socioeconómicas en una magnitud y profundidad aún en desarrollo. Tal ha sido la gravedad de su impacto que se ha vuelto lugar común hablar de pasar a una «nueva normalidad» en el entendido de que, cuando los contagios cedan y la vacunación progrese, el mundo al que regresaremos habrá cambiado sustancialmente y que muchas actividades humanas no podrán retomarse de acuerdo con las costumbres y prácticas anteriores. 

Dentro del conjunto de las actividades humanas que más negativamente han sido impactadas por la pandemia se encuentran los viajes y el turismo, pues, como medida primera para intentar contener los contagios, la mayoría de los países resolvieron cerrar las fronteras y limitar la movilidad. Esta decisión frenó de golpe el flujo de viajeros y representó la mayor contracción del sector del turismo de las últimas tres décadas. 

Para los territorios insulares del Caribe, la virtual paralización del turismo desde inicios del 2020 ha significado un golpe tremendo para sus endeudadas economías que no habían conseguido recuperar la senda del crecimiento económico sostenido desde los embates de la crisis financiera mundial del 2008. Es importante recordar que las islas caribeñas, en su mayoría clasificadas como pequeños estados insulares en desarrollo (PEID), son altamente vulnerables a los shocks económicos externos como consecuencia del grado de apertura de sus economías, su dependencia de las remesas y del sector de servicios y del turismo que tiene como principales consumidores, en el caso del Caribe, a los mercados de Norteamérica y Europa. 

La vulnerabilidad económica de los PEID caribeños como consecuencia de la alta dependencia del turismo, el comercio, los flujos financieros y de inversión foráneos, junto con las escasas oportunidades para disfrutar de las ventajas asociadas a las economías de escala, se acentúa al considerar otros obstáculos que enfrentan estos territorios en sus intentos de diversificación económica y aumento de los volúmenes de producción y exportaciones. Los PEID caribeños se caracterizan, en su mayoría, por la reducida extensión territorial y los recursos naturales limitados, por la condición insular que dificulta y encarece el transporte y las comunicaciones, y por su desproporcionado volumen de gasto público a ser empleado en la administración pública y la construcción y mantenimiento de infraestructura. A esto se añaden sus frágiles ecosistemas —sobreexplotados desde la conquista europea, depredadora de minerales, tierras y población— que están altamente expuestos a eventos climatológicos extremos, entre los que se destaca, con fuerza particular, el cambio climático. 

A los elementos anteriores que ejercen presión considerable sobre las economías y las sociedades se añade la circunstancia de que, con la excepción de Haití, los PEID caribeños están clasificados por el Banco Mundial como economías de ingresos altos y medios-altos. Esto dificulta su acceso a los fondos de Ayuda Oficial para el Desarrollo (AOD) y otros financiamientos en condiciones preferenciales, a la vez que invisibiliza la compleja situación de estos países en el actual contexto, ya que no son percibidos como economías volátiles y altamente expuestas a crisis externas, más allá de leves cambios en esta percepción a partir de la amenaza reconocida que representa el cambio climático para las pequeñas islas. 

Otros elementos que atentan contra la recuperación económica de los PEID caribeños son la inclusión de varios de estos países en listas de jurisdicciones fiscales no cooperativas y la disminución de sus relaciones de corresponsalía bancaria. Lo anterior atenta contra la estabilidad financiera de estas naciones y limita sus posibilidades de acceso a recursos financieros y a la banca internacional. 

La marcada dependencia del turismo en la mayoría de las economías del Caribe insular es un factor de peso en su elevada vulnerabilidad económica. Si bien existen diferencias notables en el grado de esta dependencia, se constata que el turismo es la actividad económica dominante (sobre todo para las islas más pequeñas de la región), responsable de generar la mayor parte de los ingresos por exportaciones y asegurar así la entrada de divisas. 

La actividad turística es una importante generadora de empleo en la región, ya sea formal o informal. El turismo representa 1 de cada 6 puestos de trabajo en el Caribe, la mayoría de los cuales están ocupados por mujeres. 

Dado el peso que ocupa el turismo en la arquitectura de las economías caribeñas, no fue difícil advertir sobre los impactos profundos de la pandemia de la covid-19 desde su inicio en el sector y en la actividad económica. Las estimaciones de los impactos eran más sombrías a medida que se decretaban cuarentenas y cierre de fronteras en casi todos los países. 

Vale notar que, para el Caribe, los efectos negativos más acentuados de la pandemia se estiman —además de la caída en el turismo— en la disminución de las remesas del exterior, la caída de ingresos por exportaciones en aquellas naciones productoras de materias primas y productos agrícolas como Trinidad y Tobago, Surinam y Guyana, y el aumento de la vulnerabilidad financiera ante el desplome de las entradas de divisas. Tales efectos se han traducido en el aumento del desempleo, la inseguridad ciudadana, la desigualdad y la pobreza, a pesar de las medidas implementadas por los gobiernos para asegurar transferencias de recursos materiales y financieros a hogares, desempleados y sector privado, acompañadas de autorizaciones para la no ejecución de pagos de deuda e hipotecas. 

Impactos de la covid-19 en el turismo del Caribe insular 

El cierre de fronteras afectó drásticamente el arribo de turistas a los PEID desde los primeros meses de la pandemia. La disminución de las llegadas provocó la paralización de la actividad turística del Caribe, cuya contribución directa al PIB de la región fue del 11,8% en 2019. 

Este desplome del turismo internacional —apreciable desde los primeros meses del 2020— afectó a todos los destinos turísticos y fue particularmente agudo en el Caribe por la alta dependencia de muchas de sus economías de la actividad. Nótese que, al compararse con sus vecinos de América Latina, puede apreciarse la marcada dependencia del Caribe al contrastar sus posiciones con las que ocupan distintos territorios de la región en el índice de dependencia del turismo (IDT). 

Según datos del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (World Travel and Tourism Council, 2021), el impacto de la covid-19 en el sector de viajes y turismo para el Caribe significó, en el 2020, una caída del 58% de su contribución al PIB, así como pérdidas estimadas de alrededor de 24,000 millones de dólares por concepto de gasto de turistas foráneos. Se estimó además la pérdida de 680,000 empleos, lo que equivale a casi una cuarta parte de todos los empleos del sector. 

El impacto negativo tuvo repercusiones diferentes en los territorios caribeños pues no todos dependen, en grado similar, de la actividad turística. Entre las islas más afectadas sobresalen San Cristóbal y Nieves con una caída de la contribución al PIB del 72,3%, Santa Lucía con un 71,7%, Bahamas con un 68%, Islas Vírgenes Británicas con un 67,6% y San Vicente y las Granadinas con un 67%. Los efectos parecen más graves en las islas más pequeñas. 

Las diferencias se aprecian igualmente en la variación de la cantidad de turistas alojados y en la llegada de cruceros en cada destino. Al considerar los datos de ambos gráficos podemos identificar el tipo de turismo que se promueve en cada isla a partir de las posibilidades físicas y capacidades instaladas —aeropuertos, puertos y habitaciones en tierra—. A su vez, la información demuestra que, más allá de la modalidad de turismo preferida, los impactos han sido de gran magnitud en todos los casos. 

Además del turismo de crucero, otra modalidad turística muy golpeada por la pandemia ha sido el turismo de festivales. Las temporadas de carnavales del 2020 y 2021 se perdieron casi en su totalidad pues en el 2020 el único gran carnaval que pudo celebrarse fue el de Trinidad y Tobago, evento al que acudieron alrededor de 38,000 turistas, lo que significó un aumento del 6,5% respecto al 2019. Por su parte, en Barbados, en el 2019, las festividades de Crop Over atrajeron a más de 32,000 visitantes y generaron ingresos de más de 120 millones de dólares. Tales cifras, en las circunstancias de estas pequeñas islas, son montos considerables que la pandemia ha cortado. 

Recuperar el turismo del Caribe: obstáculos a superar y experiencias a considerar 

Los efectos negativos de la covid-19 en el Caribe insular han agudizado una tendencia de ralentización económica que aqueja a la región desde hace varios años. Sin embargo, esta crisis, profundizada e instalada con más fuerza en la actividad turística, ofrece a la vez una oportunidad para reanimar el turismo desde nuevos propósitos y principios compatibles con los objetivos de desarrollo sostenible. 

No es esta la primera crisis que impacta negativamente en la llegada de turistas al Gran Caribe. Antes se habían registrado perturbaciones en el flujo de visitantes derivadas de sucesos traumáticos como los ataques del 11 de septiembre del 2001, eventos climatológicos extremos como la intensa temporada de huracanes del 2017 y shocks económicos globales como la crisis financiera desatada en el 2008. El arribo de turistas también se ha visto afectado por anteriores emergencias sanitarias como la aparición del síndrome respiratorio agudo severo (SRAS) del 2002, la pandemia de influenza (H1N1) del 2009, la epidemia de zika que comenzó en el 2013 y la epidemia de ébola del 2014. 

A todas estas circunstancias ha sabido reponerse la actividad turística del Caribe, mostrando una resistencia y capacidad de recuperación admirables. Sin embargo, esta recuperación no se ha logrado traducir en una real transformación del sector que aún arrastra problemas de larga data, como los siguientes: 1) la concentración en la oferta de turismo de sol y playa –que provoca el hacinamiento de gran número de visitantes en espacios reducidos y la sobreexplotación de los recursos naturales y los frágiles ecosistemas–; 2) los márgenes bajos de utilidades que alcanzan a ser captados por los actores regionales; 3) la presión sobre las importaciones para mantener unos estándares de consumo muy alejados de las capacidades productivas de la región y hábitos de consumo de sus sociedades; 4) la promoción de una visión distorsionada del Caribe que se simplifica en su diversidad como especie de paraíso terrenal y que ha incorporado recientemente una suerte de neoexotismo o exotización de sus sociedades que, lejos de promover el turismo cultural, etiqueta y presenta al Caribe bajo el empaque de un universo real-maravilloso y étnicamente singular; 5) la poca integración entre los destinos y agentes turísticos de la región, que entorpece la práctica del turismo multidestino, y 6) las insuficientes alianzas entre actores económicos, gobiernos y comunidades, que impide la multiplicación de ofertas turísticas basadas en  la historia, la cultura, el ecoturismo y el turismo de salud. Vale recordar que la irrupción del Caribe como destino turístico atractivo a nivel global estuvo muy asociada al reconocimiento de los beneficios de su clima y sus playas para el bienestar físico y mental y la recuperación de personas convalecientes. Este elemento de (a)tracción, en el contexto actual de la pandemia de la covid-19, no debería ser menospreciado. 

Si bien es muy pronto para evaluar la efectividad de las respuestas dadas por los agentes públicos y privados al desplome de la actividad turística en la región como consecuencia de la pandemia de la covid-19, sí podemos afirmar que los gobiernos han ejecutado acciones específicas para salvaguardar el sector más allá de los paquetes de medidas económicas de carácter más general que cada país implementó como respuesta a la pandemia. Por ejemplo, Barbados ha lanzado el programa Barbados Employment and Sustainable Transformation (BEST) con una inversión de 300 millones de dólares en el sector turístico y la iniciativa Barbados Welcome Stamp que otorga un visado especial para trabajadores a distancia que quieran trabajar y vivir en Barbados mientras se mantenga la pandemia. Por su parte, Santa Lucía estableció el confinamiento de sus turistas en alojamientos certificados y permitió su participación en excursiones organizadas por los hoteles. En Jamaica se estableció un «corredor» en la costa para turistas, en el cual podían participar negocios certificados de la zona. 

Mención aparte merece la actuación de la Comunidad del Caribe (CARICOM) que ha visto una recuperación parcial de su protagonismo regional a partir de su actuación en el enfrentamiento a la pandemia. La articulación de la respuesta del organismo regional ha transcurrido mayormente a través de las acciones de su Agencia para la Salud Pública del Caribe (Caribbean Public Health Agency, CARPHA), a la que se han sumado otras agencias, instituciones y grupos de trabajo de la comunidad, como el Caribbean Tourism COVID-19 Task Force. La CARPHA ha sido responsable de la elaboración de directrices para los viajeros y para el funcionamiento de puertos aéreos y marítimos, así como de la elaboración de un protocolo común de salud pública. En este maniobrar ha sido importante el trabajo coordinado desde alianzas público-privadas como la que existe entre la CARPHA y la Caribbean Hotel and Tourism Association desde hace seis años. 

Las acciones implementadas en el sector del turismo, de conjunto con el manejo general de la pandemia y sus impactos, han permitido avanzar en la reapertura hotelera y la apertura gradual de las fronteras, todo bajo el seguimiento de protocolos sanitarios. La percepción del Caribe como región con pocos contagios y conducción correcta para frenar la pandemia, creada a partir de la evolución de la pandemia en el Caribe anglófono y Cuba durante el 2019, ha fomentado la imagen del Caribe insular como un destino turístico confiable para relajarse y sanar en el contexto actual. Sin embargo, el aumento de contagios y decesos en el 2021 en la región —asociado a la llegada y expansión de nuevas cepas de la covid-19— y el lento avance de las campañas de vacunación, sobre todo en las islas más grandes y pobladas, pone en peligro esta visión positiva del Caribe como destino turístico seguro en la «nueva normalidad» y amenaza con obstaculizar la recuperación rápida de la actividad turística. 

Este es uno de los problemas mayores que, de manera inmediata, enfrentan la mayoría de los Estados caribeños en sus esfuerzos por relanzar el turismo: el acceso a las vacunas. Desde la CARICOM, los Estados caribeños, más la República Dominicana, se han sumado al mecanismo COVAX a través del cual estos 15 países han de recibir algo más de 2.1 millones de dosis de vacunas. Seis de estos países: Dominica, Granada, Guyana, Haití, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas recibirán las vacunas de manera gratuita. 

Sin embargo, este mecanismo no ha garantizado la pronta llegada de las cantidades prometidas. Otras acciones emprendidas por la CARICOM y sus Estados miembros, que van desde alianzas regionales con la Unión Africana para sumarse a la Plataforma Africana de Suministros Médicos hasta negociaciones con laboratorios y empresas, transcurren de manera lenta y sin resultados significativos hasta mediados del 2021. Aquí vale resaltar el caso de Barbados que, haciendo uso de una estrategia diplomática proactiva y ágil, ha logrado concretar envíos y donaciones a su territorio para lograr tener alrededor del 20% de su población vacunada en junio del 2021. 

Los PEID caribeños tienen ante sí́ el tremendo obstáculo del acceso a las vacunas. Los Estados caribeños enfrentan la escasa disponibilidad de vacunas a nivel global que afecta en particular a naciones con poblaciones pequeñas que no necesitan gran cantidad de dosis y no parecen sufrir graves situaciones de emergencia sanitaria, por lo que no son priorizadas dentro del conjunto de demandantes de vacunas. La situación del acceso se torna particularmente difícil en los casos de los PEID caribeños más poblados como son Jamaica y Trinidad y Tobago que, hasta junio del 2021, no habían logrado inocular siquiera al 10% de su población con la primera dosis. A pesar de las denuncias de la CARICOM sobre esta situación, ratificada en comunicados en los que la comunidad se declara insatisfecha y profundamente preocupada por el acceso desigual a las vacunas por parte de los pequeños Estados en desarrollo, no hay cambios significativos en la realidad actual mundial que determina el acceso a las vacunas. 

Los datos permiten establecer además una diferencia notable entre la situación de vacunación de los Estados caribeños y de los territorios no independientes, pues estos últimos ya han alcanzado a vacunar al menos a la tercera parte de su población. Esto se explica por la situación de dependencia de estos territorios en los cuales la política de salud pública y seguridad está regida desde los centros metropolitanos a los que se subordinan. Desde Europa se negocia la adquisición de las dosis y se organiza el envío y distriEl análisis anterior no incluye el caso de Cuba, único PEID caribeño que no se incorporó́ al mecanismo COVAX y prefirió apostar por el desarrollo de sus propios candidatos vacunales. La mayor isla caribeña impulsó el desarrollo de la industria biotecnológica desde la década de los ochenta del pasado siglo y acumula una vasta experiencia en la creación y producción de vacunas. La ciencia cubana exhibe éxitos reconocidos en este campo, como el descubrimiento en 1989 de la vacuna cubana antimeningocócica, la primera del mundo eficaz contra el meningococo del serogrupo B. El capital científico y profesional de Cuba más la experiencia y tecnologías acumuladas otorgaron al país la confianza suficiente para destinar los escasos recursos materiales disponibles al desarrollo de vacunas locales en vez de invertirlos en la compra de vacunas foráneas. 

Hasta junio del 2021, Cuba desarrollaba cinco candidatos vacunales en diferentes fases de ensayo clínico y había comenzado una campaña de intervención sanitaria en grupos y territorios de riesgo con los candidatos vacunales cuyas evidencias de seguridad e inmunogenicidad en los ensayos clínicos de fase I y II se consideran suficientes por el Ministerio de Salud Pública cubano. Hasta el 8 de junio, el país había administrado 3,016,266 dosis. De ellas, 1,833,775 corresponden a personas que han recibido al menos una dosis, 969,119 a quienes ya tienen la segunda dosis, mientras la tercera dosis había sido aplicada a 213,372 personas. 

Retos inmediatos y recomendaciones finales 

El escenario actual de la pandemia de la covid-19, que a mediados del 2021 parece lejos de estar satisfactoriamente superado, impone retos diversos a las economías caribeñas en sus propósitos de recuperación. En relación con los desafíos que directamente atañen al relanzamiento del sector del turismo, el Caribe se enfrenta a la exigencia de implementar planes y acciones —que han de ser sometidos a revisiones y ajustes constantes— que permitan reabrir las fronteras y restablecer la movilidad, sin abandonar los protocolos de salud ni poner en riesgo la salud de sus ciudadanos. 

Considerando que, a pesar de los progresos de las campañas de vacunación contra la covid-19 en algunos países –en particular en Norteamérica y Europa, que son importantes emisores de turismo hacia el Caribe–, la región avanzará lentamente en inocular a una fracción significativa de su población, por lo cual los gobiernos caribeños deben estudiar opciones de política que les permitan una mayor apertura de las fronteras mediante protocolos mejorados de salud y pruebas rápidas. Recordemos que, como consecuencia de la alta dependencia del sector turístico de la mayoría de los PEID caribeños, de la recuperación del turismo depende la recuperación de las economías de la región. 

Otros retos asociados a fomentar un rápido y mayor arribo de viajeros a la región se relacionan con la recuperación de las rutas aéreas, la disponibilidad de pasajes cuyos costos no sean tan onerosos que desestimulen los viajes al Caribe y, muy importante, el garantizar un clima de seguridad sanitaria y social que dé confianza en el destino Caribe como un lugar seguro para hacer turismo. Ténganse en cuenta que la crisis económica y la pérdida de empleos que afecta sobre todo a la población más joven ha aumentado la pobreza, la desigualdad social, la emigración de su mano de obra más calificada y es un factor que empuja a actos de robo y comercio ilícito. El Caribe insular es particularmente vulnerable a ser empleado como vía de tránsito de drogas desde América del Sur hacia Europa y los Estados Unidos. Al tráfico de estupefacientes se suman otras actividades de comercio ilegal que promueven el crimen en las sociedades caribeñas donde, de manera preocupante, también aumenta la violencia de género. 

La pandemia de la covid-19 ha puesto en crisis, una vez más, a la actividad turística en el Caribe. Sin embargo, es sabido que toda crisis trae en sí una oportunidad de transformación. El sector del turismo de la región podría beneficiarse en medio de la tensa situación en la que se encuentra si asume su recuperación desde la voluntad de diversificarse, reconvertirse, modernizarse e innovar. Para este propósito, apunto dos recomendaciones puntuales. En primer lugar, la región demanda un tránsito acelerado a la economía digital. Una tarea de primer orden es mejorar la conectividad y preparar a los profesionales para un desempeño eficiente en el ambiente virtual. El sector del turismo necesita explotar las herramientas de gestión posibles gracias a la tecnología digital que permite, incluso, la creación de productos turísticos que descansen en plataformas virtuales para su distribución y disfrute. 

En segundo lugar, vale la pena prestar más atención a los turistas caribeños y motivarlos a que hagan turismo en el Caribe. La dificultad en retomar los viajes de larga distancia en el corto y mediano plazo invita a mirar a los caribeños como consumidores de peso de su propia oferta turística. La alta dependencia del turismo extra-regional en los PEID caribeños fue uno de los factores que acentuaron la caída pronunciada en los ingresos del sector como consecuencia de la pandemia. 

Por último, subrayamos la importancia que tiene para estas acciones de recuperación y transformación de la actividad turística en el Caribe la gestión regional. El rol desempeñado por la CARICOM y sus agencias en el enfrentamiento a la crisis desatada por la covid-19 puso de manifiesto la necesidad vital de los mecanismos regionales de cooperación e integración para las pequeñas naciones del Caribe. La crisis mostró que, a pesar de las carencias, la CARICOM ha acumulado experticia y capacidades suficientes para la coordinación regional. 

Esta crisis, como antes hicieran otras, le recuerdan al Caribe que depende de sí mismo para superar los efectos negativos de la pandemia, recuperar sus economías y proteger a sus habitantes. Como parte de estos esfuerzos, relanzar el turismo —renovado, reconvertido y resiliente— es una prioridad para la mayoría de las islas de la región. Esperamos que las ideas y reflexiones iniciales sobre el tema incluidas en este trabajo estimulen la discusión sobre las estrategias de recuperación del sector en las que participen no solo los actores privados y los gobiernos sino también la academia, las comunidades y el conjunto de las sociedades caribeñas.


1 comment

ALewispoido febrero 21, 2024 - 6:42 pm

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