Revista GLOBAL

La escritura «ensayística» de Pedro Henríquez Ureña

por William Marín Osorio
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Este investigador y docente universitario colombiano emprende la tarea de evaluar la idea de utopía en la obra de Pedro Henríquez Ureña desde un ángulo social y político, bajo el entendido de que el humanista dominicano ensambló un proyecto intelectual que, bajo su palabra, buscó crear una reflexión sobre las posibilidades de la América hispana en un diálogo abierto. Pedro Henríquez Ureña fue uno de los mejores lectores del gran libro americano: un libro que, por otra parte, él contribuyó a escribir y a editar.

En efecto, a lo largo de su trayectoria Pedro Henríquez Ureña propuso una lectura y escritura de nuestra experiencia cultural en clave de libro, e incorporó la propia práctica de edición como una militancia cultural en favor de la comprensión de los textos. Pedro Henríquez Ureña nació en una casa- biblioteca, e hizo a lo largo de su vida honor a la vasta colección de sus orígenes. Construyó sobre ese modelo —siguiendo a sus maestros Martí, Hostos, Rodó, y siguiendo también el proyecto krausista español— una ética de vida basada en una ética del trabajo intelectual y la autoformación espiritual.

El habitus de un intelectual. Una palabra plural y las voces de Los Contemporáneos

Es vasta, plural y admirable la obra del escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña, al leer sus ensayos, reseñas, correspondencias íntimas, cuentos, poemas, al indagar en su labor periodística y al conocer su periplo de viajero incansable por América y Europa, ejerciendo la cátedra universitaria y en el liceo, creando revistas y grupos de intelectuales.

En su viaje a México, de 1906 a 1914, entra en contacto con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Jesús T. Acevedo, Diego Rivera, Justo Sierra, entre otros, y contribuye a fundar en diferentes épocas centros modernos de pensamiento como la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud o Ateneo de México, por mencionar solo un par de instituciones culturales en esta estancia de ocho años que coincide con el movimiento social maderista que conduce a la Revolución mexicana hacia el derrocamiento del porfiriato; cabría afirmar que con la presencia de don Pedro se operó simultáneamente otra revolución en el pensamiento moderno en México; igualmente, en 1914 viaja a Washington como corresponsal de El Heraldo de Cuba y hacia 1916 Henríquez Ureña consigue una cátedra en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, donde es profesor en el Departamento de Lenguas Romances.

Posteriormente, viene una segunda estancia en México de 1921 a 1924; hacia 1921 ya José Vasconcelos había sido designado por el presidente Obregón rector de la Universidad Nacional y primer secretario de educación pública. Vasconcelos llama a Henríquez Ureña para que lo acompañe en su proyecto educativo;1 el maestro dominicano había estado trabajando en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, dirigido por Ramón Menéndez Pidal desde el año de 1920. La idea de Vasconcelos era que Henríquez Ureña fundara una escuela de verano en México semejante al Centro de Estudios Históricos de Madrid; los grandes amigos luego se distanciaron por asuntos personales y diferencias intelectuales, un aspecto importante del habitus de nuestro autor, lo que le significa- ría a Henríquez Ureña tener que salir de México en busca de oportunidades laborales en el extranjero. En 1924 Henríquez Ureña viaja con su familia mexicana a la Argentina, en donde ejercerá hasta el año 1946 una labor educativa extraordinaria y fructífera como maestro de español y literatura en el Colegio Nacional Rafael Hernández de la Universidad Nacional de La Plata —en donde tuvo como alumno al futuro escritor Ernesto Sábato y a otros grandes ensayistas como Enrique Anderson Imbert, René Favaloro, a su colega y amigo Ezequiel Martí- nez Estrada, entre otros, que serán reconocidos en la escena intelectual latinoamericana— y en el Instituto Superior del Profesorado Dr. Joaquín V. González, de Buenos Aires —donde Ana María Barrenechea sería alumna suya—; y como investigador en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, al lado de Amado Alonso. Muchos de sus alumnos, exalumnos y entrañables amigos en el mundo de las letras como Rafael Alberto Arrieta, José Luis Romero, Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges (sería innumerable citar aquí la lista de ilustres personalidades que entraron en contacto con el pensador dominicano) reconocieron el magisterio de don Pedro y contribuyeron con su amis- tad a la consolidación de su trabajo intelectual en la Argentina.

Ante este panorama vasto y complejo, deslumbrante por lo que tiene de aventura intelectual en el campo de la investigación humanística, se abre ante el crítico la complejidad de una escritura de enormes proporciones estéticas, filosóficas, históricas y sociológicas, sin precedentes en la historia del pensamiento hispanoamericano, solo comparable con figuras emblemáticas del continente como Eugenio María de Hostos, José Enrique Rodó, José Martí, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Mariano Picón Salas, José Carlos Mariátegui, Antonio Candido, y con notables académicos e investigadores como Juan Jacobo de Lara, Ángel Rama, Beatriz Sarlo, Ana María Barrenechea, Susana Zanetti, Ezequiel Martínez Estrada, José Luis Martínez, Adolfo Castañón, Enrique Anderson Imbert, Rafael Gutiérrez Girardot, Horacio Cerutti, Raúl Antelo, Soledad Álvarez, Juan Isidro Jimenes-Grullón, Juan Valdez, Arcadio Díaz Quiñones, Fernando Valerio-Holguín, Grínor Rojo, Claudio Maíz, Liliana Weinberg, Rafael Mondragón, Daniel Link, Marcela Croce, Mi- guel D. Mena, Fernando Degiovanni, Roberto Fernández Retamar, entre otros importantes intelectuales de nuestro tiempo, preocupados en sus reflexiones sobre nuestra América y su porvenir.

La tarea investigativa en torno a este autor es inagotable y, a veces, se diría infructuosa, debido a las innumerables páginas que se han escrito sobre el dominicano: prólogos, estudios críticos y selección de páginas de sus obras, de los más prestigiosos escritores e intelectuales de todas las geografías, autores todos ellos que dan testimonio del magisterio humano de Henríquez Ureña y de su persistente y encomiable labor intelectual.

De él señaló Borges en su prólogo a Obra críti- ca (1960, 2001), fechado en Buenos Aires el 4 de marzo de 1959:

«Como aquel día del otoño de 1946 en que bruscamente supe su muerte, vuelvo a pensar en el destino de Pedro Henríquez Ureña y en los singulares rasgos de su carácter. El tiempo define, simplifica y sin duda empobrece las cosas; el nombre de nuestro amigo sugiere ahora palabras como maestro de América y otras análogas. Veamos, pues, lo que estas palabras encierran. Evidentemente, el maestro no es quien enseña hechos aislados o quien se aplica a la tarea mnemónica de aprenderlos y repetirlos, ya que en tal caso una enciclopedia sería mejor maestro que un hombre. El maestro es quien enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y variado universo. […] Al nombre de Pedro (así prefería que lo llamáramos los amigos) vincúlese también el nombre de América. Su destino preparó de algún modo esta vinculación […] Para Pedro Henríquez Ureña, América llegó a ser una realidad; las naciones no son otra cosa que ideas y así como ayer pensábamos en términos de Buenos Aires o de tal cual provincia, mañana pensaremos de América y alguna vez del género humano. Pedro se sintió americano y aun cosmopolita, en el primitivo y recto sentido de esa palabra que los estoicos acuñaron para manifestar que eran ciudadanos del mundo y que los siglos han rebajado a sinónimo de viajero o aventurero internacional. […] Pedro había frecuentado las obras de Bergson y de Shaw que declaran la primacía de un espíritu que no es, como el Dios de la tradición escolástica, una persona, sino todas las personas y, en diverso grado, todos los seres» (pp. VII, IX).

Henríquez Ureña nace en Santo Domingo en el seno de una familia aristocrática, el 29 de junio de 1884. Segundo hijo de Francisco Henríquez y Carvajal y de Salomé Ureña. Su tío Federico ha- bía publicado en 1925 Nacionalismo, un libro que confirmaba la existencia de un movimiento nacionalista en la República Dominicana, a raíz de la ocupación estadounidense de la isla en 1916, que buscaba la independencia política con inte- lectuales como Emiliano Tejera.

Su hermano Max hace una semblanza del futuro ensayista en la edición que el Fondo de Cultura Económica titulada Retratos (1998), especialmente en su texto Hermano y maestro (recuerdos de infancia y juventud). Máx señala allí que su hermano mayor siempre se destacó en la familia por ser el centro de intensas preocupaciones intelectuales y humanas. Su precoz interés por las letras y por la ciencia era advertido por la madre, quien era poeta y regentaba en su casa una escuela de formación de señoritas; también, por su padre, quien era médico, hombre de acción y polemista político en Santo Domingo, pues había ocupado los cargos de ministro de relaciones exteriores y presidente de la república. El padre ejerció en Pedro una influencia importante, especialmente en la dimensión social y científica de su personalidad; de la madre, quien había advertido la inclinación de Pedro por el estudio y por el arte, hereda el amor por la palabra. El 6 de marzo de 1897 muere de tuberculosis doña Salomé, una influencia decisiva en el futuro escritor de la Utopía.

Sobre estos aspectos de la vida familiar anota José Luis Martínez:

«Años más tarde, en 1901, su padre viaja a los Estados Unidos comisionado por su gobierno y lleva con él a sus hijos Francisco, Pedro y Max —los dos últimos acaban de graduarse de bachilleres—. Viven en Nueva York e inician estudios en la Universidad de Columbia. Pero al año siguiente, don Francisco tiene que regresar a Santo Domingo y los muchachos deciden seguir en New York

sosteniéndose por su propia cuenta. Francisco y Pedro toman un curso comercial y Pedro logró luego obtener un duro trabajo como oficinista; Max es pianista en un restaurante. A pesar del rigor del trabajo, Pedro sigue asistiendo a conciertos, a la ópera y al teatro, lee en las bibliotecas públicas y comienza a escribir crónicas y poesía. En marzo de 1904 volverán los hermanos a La Habana, adonde se había trasladado su padre. Gracias a sus años estadounidenses dominó el inglés, que escribirá corrientemente; de su educación dominicana, había aprendido latín, tenía nociones de griego y sabía francés e italiano» («El centenario y la recopilación de los estudios mexicanos», en Estudios mexicanos. Pedro Henríquez Ureña, 2004, p. 13).

Una familia de intelectuales

La familia fue un ambiente singular propicio para que Pedro Henríquez Ureña diera sus pri- meros pasos en el mundo de las letras y de la enseñanza, como nos recuerda Max, para quien su hermano fue siempre un modelo de conduc- ta de carácter moral y ética, aspectos estos que, aunados a sus intereses estéticos, lo llevarían a ocupar un sitial de innegable importancia en el contexto del ensayo hispanoamericano, pero un ensayo que volvía la mirada sobre una América social, cultural, política y de intensas migracio- nes europeas, especialmente desde las ideas, sin el sesgo de lo nacional, herencia de su época del grupo Los Contemporáneos y de la revista Los Contemporáneos, cuyos miembros se habían aleja- do del sentimiento nacionalista de la Revolución mexicana. Sin embargo, de acuerdo con la opinión de al- gunos críticos, disidentes de su pensamiento, ha sido catalogado de xenófobo, racista y de silen- ciar en su escritura el mundo africano y las cultu- ras indígenas, incluso a Brasil, aspectos esenciales del mundo mestizo y mulato que constituyen el rostro social de América Latina; podríamos citar en esta línea disidente, alejada de la convencio- nal forma de tratar y estudiar la obra de don Pe- dro desde el halago y la simpatía —no queriendo con ello desconocer la importancia de su trabajo intelectual de acuerdo con las condiciones so- ciales e históricas de su tiempo— a intelectuales de prestigio como Juan Isidro Jimenes-Grullón, Juan Valdez, Arcadio Díaz Quiñones, Fernando Valerio-Holguín, Claudio Maíz, Fernando De- giovanni, Marcela Croce, entre otros pensadores latinoamericanos.

Para la familia Henríquez Ureña el hogar era ante todo la escuela de sus hijos; por ello no fue sino hasta la edad de once años que Pedro pudo entrar en contacto con la escuela formal. Nos cuenta Max:

«Tenía yo poco menos de diez años y Pedro sobrepasaba los once cuando, por vez primera, concurrimos a una escuela. Fran era el único de nosotros que había pasado por esa experiencia: había asistido en Francia a un aula de párvulos. Fran y Pedro ingresaron juntos en el curso preparatorio del bachillerato. Yo quedé en el penúltimo grado de los estudios primarios. Aunque separados por el plan de estudios, hubo sin embargo un aspecto de nuestro desarrollo intelectual en el que Pedro y yo seguimos unificados: el de nuestras lecturas, que continuamos haciendo juntos» (1998, pp. 14-15).

Los padres de Pedro tenían formación intelectual. La madre, interesada en la educación, lectora y comentarista de Shakespeare, traductora del francés, también tenía fama de poeta (en cierta ocasión con motivo de la conmemoración del cuarto centenario del «Descubrimiento de América», así entre comillas, escribió diferentes poemas para la celebración —¡Tierra!, Fe— que la llevaron a ser declarada poeta nacional por Enrique Deschamps).

El padre, médico de profesión, como habíamos señalado antes, había realizado un doctorado en medicina en la Universidad de París. Su hijo Frank tenía el prestigio de haber vivido en aquella ciudad por espacio de tres años. Y por supuesto, también hay que contar en este ambiente intelectual a Max y Camila, quienes realizan una formidable labor en Cuba en el campo de la cultura. En este ambiente familiar creció el que sería uno de los grandes ensayistas hispanoamericanos. Los padres estaban interesados en dar a sus hijos una esmerada educación. Pedro daba muestras de una gran curiosidad intelectual, lo que hizo que el padre se dedicara a él de una manera singular. Cuenta Max que a la edad de seis años Pedro ya empezaba a interesarse por los nú- meros; y este conocimiento de las matemáticas y el esmero que aplicaba a su enseñanza hizo que creciera en Max la admiración por un hermano que ya empezaba a ser el centro de todas las aten- ciones paternas. Otro hecho trascendental en la vida de Max fue el encuentro con las primeras letras al lado de su hermano, con quien en aquella época acostumbraba leer. También Pedro llegó a interesarse por la zoología, «lo que movió a mi padre a adquirir para él la Historia natural del doctor Brehm, publicada en ocho o diez grandes tomos, profusamente ilustrados, por una editorial de Barcelona. También sentía gran atracción por la geografía, y recitaba de corrido los nombres de las capitales de todos los países del mundo, ya fueran independientes, ya fueran colonias» (1998, p. 11).

El primer acercamiento a la literatura universal, después de las primeras lecturas que hicieran juntos de Fedro, Esopo, Iriarte y Samaniego, fue a través de la obra de Shakespeare:

«Pedro contaba poco más de nueve años y yo ocho cuando leíamos la encomiable traducción que de algunas obras de Shakespeare había hecho el peruano José Arnaldo Márquez. Empezamos por la Comedia de equivocaciones, Como gustéis, Cuento de invierno y Sueño de una noche de verano, para seguir con Las alegres comadres de Windsor, Coriolano y Julio César; […], pero nuestro mayor empeño era leer a Romeo y Julieta, Hamlet y Otelo, cuyos argumentos conocíamos por múltiples referencias» (1998, p. 15).

Con estas reflexiones sobre la vida y la obra de Pedro Henríquez Ureña, hemos esbozado el panorama de una escritura que ha permeado el pensamiento sobre América a lo largo del siglo XX, y que aún hoy continúa ejerciendo una influencia importante en gran parte de los retos intelectuales de nuestros ensayistas, tanto aquellos cercanos por el afecto, por haber sido sus alumnos o por- que compartieron la cátedra o la investigación, una cercanía afectiva podríamos decir, frente a los disidentes, como advertimos antes, o quienes se alejaron de sus puntos de vista ante diferentes temas, por razones estéticas y políticas o, incluso, porque encontraron vacíos y silencios en sus estu- dios sobre diversos temas latinoamericanos, entre ellos, el antillano y el indígena.

En esta perspectiva, hay quienes ven a Hen- ríquez Ureña como un maestro, y otros, los más críticos de su obra, como un intelectual alejado de los problemas sociales de su país en la época de las dictaduras y la violencia política, y de aspectos esenciales de nuestra América como el mundo Caribe, indígena y africano y sus representaciones culturales en la literatura y en el campo lingüístico. Sobre este último aspecto, es importante señalar que los estudios sobre dialectología americana que el dominicano llevó a cabo en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires en colaboración con Amado Alonso—instituto también conocido por sus críticos como la Escuela de Bue- nos Aires— fueron una innegable contribución a la evaluación de la influencia de los indigenismos en el español de América. Testimonio de ello es su publicación, en la época de su permanencia en el Instituto de Filología, del libro Para la historia de los indigenismos. Papa y batata. El enigma del ajeno (Anejo III, Buenos Aires, Instituto de Filología, Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, 1938). Su alumno Emilio Carilla pública a propósito de este tema un importante estudio, Pedro Henríquez Ureña, signo de América (Santo Domingo, 1988, UNPHU- OEA), que le valió un premio internacional en torno a la vida y la obra de Pedro Henríquez Ureña, auspiciado por la OEA y la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de República Dominicana. Carilla parte en su investigación del libro Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), y concluye que el libro es el origen de todos los asuntos fundamentales de Henríquez Ureña, porque se encuentra allí planteado el tema central de la obra del dominicano: América. Posteriormente, Henríquez Ureña asumirá los estudios lingüísticos en el campo de la dialectología, como un pilar esencial de su obra para entender también el mexicanismo de don Juan Ruiz de Alarcón y el andalucismo del español de América, que va a ser superado con los años en la famosa polémica con el filólogo bogotano Rufino José Cuervo. Pero, sin lugar a dudas, don Pedro fue un hombre de síntesis de los grandes temas que en su época empezaban a inquietarlo y que serán publicados en dos libros esenciales a su pensamiento: Las corrientes literarias en la América hispánica e Historia de la cultura en la América hispánica. No podemos olvidar que Nuestra América, de José Martí, está acompañada de una nota introductoria de Pedro Henríquez Ureña, una razón más para entender el americanismo del dominicano y su marcado interés por nuestra América.

Los diez tomos de las Obras completas (1976- 1980) del dominicano, a cargo de Juan Jacobo de Lara, auspiciados por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, señalan, en este trabajo de recopilación, un horizonte de innegables repercusiones para comprender el camino literario, historiográfico y filológico del autor en función de los más diversos temas de la cultura universal y americana. Son un testimonio de esta labor de reconciliación de la vida con el incesante estudio de los valores de la cultura y las preocupaciones cotidianas de un escritor profesional los tres tomos de la correspondencia con Alfonso Reyes, dirigidos por Juan Jacobo de Lara y también respaldados por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (1981-1983), y que posteriormente editará José Luis Martínez en la colección Biblioteca Americana del Fondo de Cultura Económica (1986-2004). Surgen, de este modo, los que enaltecen la imagen de quien fuera llamado por Borges maestro de América. Las polémicas intelectuales en torno a Henríquez Ureña son la expresión, igualmente, de las contradicciones que cruzan su obra.

Ana María Barrenechea, en las palabras de presentación de la Revista de Filología (año XX, 1985) que lleva por título Homenaje a Pedro Henrí- quez Ureña, se expresa así del siguiente modo:

«Ya en vida, Pedro Henríquez Ureña, fue reconocido como uno de los grandes maestros de América entre los de todos los tiempos. Diría que además de ese título indiscutible, podrían definirlo otros dos: el de formador de una conciencia continental y el de universalizador de América. Le doy también estos nombres, porque trabajó a la vez para crear esa conciencia y construir el sentido de identidad entre nosotros, y para mostrar a los demás pueblos “especialmente a los países centrales” lo que habíamos producido de valioso en autores y obras, rescatando la memoria del pasado, los modos de vivir y de convivir en el presente, la capacidad de imaginar nuestra proyección en el futuro. También podrían definirlo tres negaciones: ni nacionalismos telúricos, ni ampulosidad hispanizante, ni cosmopolitismo frívolo» (p. 3).

Estas reflexiones finales de Barrenechea nos recuerdan la tensa relación que llevó a la ruptura de la amistad de Henríquez Ureña con Vasconcelos, pues para este último el proyecto cultural de México y de América debía pasar precisamente por el nacionalismo a ultranza, la ampulosidad hispanizante y el cosmopolitismo frívolo, facetas de un proyecto que no acogió Henríquez Ureña y que desencadenó la separación definitiva de su entrañable amigo con quien, junto a Alfonso Reyes, había fundado el Ateneo de la Juventud o Ateneo de México y el grupo Los Contemporáneos como hemos señalado en páginas anteriores.

En el mismo número en homenaje a Henrí- quez Ureña, Beatriz Sarlo publica el artículo titulado «Pedro Henríquez Ureña: lectura de una problemática», que es una brillante reflexión sobre su inicial lectura de Las corrientes literarias en la América hispánica. Sarlo nos seduce con su argumentación y alimenta con sus indagaciones nuestro espíritu crítico frente a la problemática que Henríquez Ureña dejó plasmada en su obra total, pues para Sarlo fue una problemática la que planteó el dominicano, quien fundó las pregun- tas que eran necesarias en su momento histórico; preguntas que para Sarlo constituyen la unidad de sus reflexiones y que se encuentran en aparien- cia dispersas en prólogos, reseñas, conferencias, artículos de revistas y grupos literarios o ateneos, preguntas que fueron el hilo conductor de todo el pensamiento de Henríquez Ureña durante más de cuarenta años. Henríquez Ureña sufrió el drama de los desplazamientos permanentes, lo que implicó un cambio continuo de sus decisiones en la escritura, en el planteamiento de sus temas, en la construcción de su imagen sobre América desde una idea de utopía. En palabras de Sarlo:

«Para Henríquez Ureña, la utopía no es simplemente una representación discursiva (aunque, obviamente, ésa sea su forma) sino un impulso de transformación del que ha surgido la capacidad para resolver las crisis americanas. La utopía reforma, desde adentro, el horizonte ideológico, establece las relaciones entre el pasado y el futuro, entre los obstáculos y las posibilidades de transformación, entre los elementos arcaicos y las fuerzas renovadoras. La utopía es la función constructiva de todo discurso de cambio, incluso cuando ese discurso hable solo en apariencia (como en el caso de los estudios históricos de Henríquez Ureña) del pasado.»

El rasgo democrático avanzado del pensamiento político de Henríquez Ureña está articulado sobre este concepto de utopía, porque la relación variable entre realidad y utopía muestra, en el curso de la historia latinoamericana, las pruebas de que es posible resolver crisis que parecían (y a otros ensayistas parecen) constitutivas. La fuerza de la utopía queda vinculada entonces, por un lado, con la necesidad (moral y política) de la transformación; por el otro, con el lugar asignado a las ideas en la sociedad y la historia, como principios activos e influyentes y no como reflejos de relaciones socio-económicas que serían siempre ultima ratio del mundo simbólico y de las instituciones. […]» (Revista de Filología, año XX, 1985, pp. 16-17).

El proyecto educativo y social en la escritura de Henríquez Ureña

Se busca comprender en este apartado cómo influyeron diversos pensadores sociales que hicieron parte del habitus y los sujetos transindividuales en la concepción de patria y justicia social (Patria de la justicia) de Pedro Henríquez Ureña.

La influencia de Martí, Hostos, Darío y Rodó será fundamental para la constitución en sus ensayos críticos de una aspiración continental en función de la construcción de una nueva sociedad latinoamericana.

Se analiza aquí la significación de la familia Henríquez Ureña —sujetos transindividuales— en el proceso de formación del intelectual Pedro Henríquez Ureña: los padres del escritor, Salomé Ureña, poetisa dominicana, y Francisco Hen- ríquez y Carvajal, abogado, médico, escritor y pedagogo; su abuelo Nicolás Ureña de Mendoza, político y costumbrista. Los hermanos de Pedro, Maximiliano y Camila también recibirán esta influencia decisiva en sus vidas, desarrollando una actividad intelectual importante en los campos de la investigación literaria y la pedagogía en Cuba. Se considera también el periplo vital —ha- bitus— del escritor Pedro Henríquez Ureña como intelectual y profesor universitario en las etapas norteamericana, mexicana y argentina, como agente que interpreta el mundo, de ahí entonces que se aborde el estudio de la vida del pensador Henríquez Ureña como artífice de los estudios literarios, lingüísticos y filológicos en América Latina. Es importante tener en cuenta el diálogo que el autor realiza con diferentes escritores de la época y su influencia en un modo de pensar una América Latina distinta y original en el campo internacional: Alejandro Korn, Amado Alonso, Eduardo Mallea, José Bianco, Alfonso Reyes y, en suma, con el mundo académico argentino de los años treinta y cuarenta, a través del radio de influencia que ejerciera su participación en la Revista Sur que dirigiera entonces Victoria Ocampo, y de su trabajo como profesor en el Colegio Nacional Rafael Hernández, adscrito a la Universidad Nacional de La Plata, y en el Instituto Superior del Profesorado Dr. Joaquín V. González, e investigador en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires.

Al estudiar su palabra propia, se nos revela que el escritor dominicano dio forma en su escritura a la utopía de América, ideologema situado históricamente en la perspectiva de las ideas políticas y revolucionarias del escritor cubano José Martí, del uruguayo José Enrique Rodó y del pedagogo, sociólogo e intelectual puertorriqueño Eugenio María de Hostos, tres plumas de acción política que se habían formado intelectualmente para pensar Nuestra América desde la perspectiva de la nece- sidad de la independencia política y económica de las nacientes repúblicas latinoamericanas, ante la creciente sombra no ya del «imperialismo» español contra el que luchaban con fervor patriótico sino, ante todo, del expansionismo norteamericano.

El pensamiento hostosiano tendrá una influencia significativa en el ideario social de Pedro Henríquez Ureña. La tesis para recibirse como abogado en México expresa su admiración por Hostos como pedagogo, en quien Henríquez Ureña ve encarnados principios éticos en su concepción de la enseñanza como reforma espiritual y mejoramiento de la vida social del hombre hispa- noamericano. Hostos fue un viajero por América, un hombre de letras y de acción política, toda vez que participó en el proceso de independencia de Cuba y las Antillas, e imaginó la independencia de Puerto Rico, proyecto que no logró ver realizado. Hostos, para Henríquez Ureña, encarna un proyecto moderno de educación, de ética y de construcción desde la pedagogía de un ideal de hombre culto. Como Hostos, Henríquez Ureña fue tam- bién un viajero incansable por América y un ad- mirador de los Estados Unidos, la primera utopía realizada sobre la tierra, en palabras del pensador dominicano, una nación que cristalizó en un prin- cipio los ideales de justicia, libertad y democracia, que luchó contra la esclavitud, y que luego se transfor- maría en un «imperio» arrogante y materialista, pues, al decir de Henríquez Ureña: «Hoy, el que fue arquetipo de libertad, es uno de los países me- nos libres del mundo» (Patria de la justicia, p. 10).

En esta perspectiva y siguiendo también a su admirado José Enrique Rodó, en Patria de la jus- ticia, Henríquez Ureña plantea así su ideal sobre América:

«El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que sólo aspira a su propia perfección intelectual. Al diletantismo egoísta, opongamos el nombre de Platón, nuestro primer maestro de utopía, el que entregó al fuego todas sus invenciones del poeta para predicar la verdad y la justicia en nombre de Sócrates. Nuestra América se justificará ante la humanidad del futuro cuando constituida en magna patria […] dé el ejemplo de la sociedad donde se cumple “la emancipación del brazo y de la inteligencia”» (p. 11).

Fernando Aínsa, al comentar la obra de Hostos, plantea que esta tiene una «intención utópica», pues es un proyecto de ideas que giran en torno a la unidad de América Latina, en el marco de la lucha del propio Hostos desde su escritura por la independencia de las Antillas. El significado y la importancia del pensamiento de Hostos sobre el pensamiento de Henríquez Ureña en el contexto del ideologema-utopía es indiscutible, toda vez que el dominicano hereda del puertorriqueño un estilo personal y una intención programática de ideas que abarca al continente desde sus conferencias, viajes, libros y desde su magisterio. Hostos, nos recuerda Aínsa, realiza con su obra un análisis científico de la realidad histórica y política que vivía su época para imaginar un deber ser frente al futuro. Y esta intención utópica está marcada discursivamente tanto en Hostos como en Henríquez Ureña. Hostos, en su discurso, es portador de la voz de sectores marginados de las Antillas españolas de mediados del siglo XIX que organizan el proyecto de independencia de Puerto Rico, República Dominicana y Cuba. Discurso que interpreta los anhelos sociales en el horizonte de la constitución de naciones independientes en función de la creación de un Estado Internacional que impulse la creación de la «utopía civilizatoria».

Nuestro propósito, siguiendo estas ideas, es desentrañar la orientación social del discurso de los ensayos del escritor dominicano, en función del ideologema-utopía como entidad social, abierta al mundo en términos hostosianos —a diferencia de la Utopía de Moro, situada en una isla aislada del continente, como entidad cerrada y autónoma—, y partiendo, igualmente, de la palabra propia, en términos de Bajtín, de un Henríquez Ureña intelec- tual, representante y continuador de una corriente de pensamiento que inaugura una mirada crítica que desea fundar una nueva sociedad. Esta misma preocupación será un factor de constitución, hacia los años cuarenta en Brasil, de una crítica literaria liderada por el profesor universitario y crítico An- tonio Candido, quien, posterior a Henríquez Ureña, que muere a mediados de esa década (1946), ocupará un lugar central en la escena cultural brasileña, aunque no con la misma dimensión e intensidad de hombres de acción como Martí, Hostos, Darío, Rodó, ni con el mismo protagonismo de un Henríquez Ureña, que durante cuarenta años había avizorado en su obra, en su palabra propia, una realidad social compleja y rica que definía los límites de este lado de América, la América hispánica, frente a la América portuguesa, que tuvo otros recorridos sociales e históricos, aunque unida a la América hispánica por la identidad de la romanía y el latín como lengua de origen común.

A este respecto, Mary Luz Estupiñán Serrano,3 profesora de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en su artículo «Antonio Candido y/ en “América Latina”» (2018), plantea la discusión en términos que nos permiten entender que en América Latina se siguieron procesos de elaboración de la crítica con ritmos y pausas diferentes, y que revelaron la originalidad de cada una de las corrientes de pensamiento que intentan estudiar y acercarse a las dos grandes regiones de este lado del continente, tanto desde sus producciones artísticas y escriturales como desde sus procesos culturales prehispánicos, y los que se originaron después de la conquista, lo que Todorov llamará el problema del otro (1998),4 y más específicamente «el descubrimiento que el yo hace del otro» (p. 13), un descubrimiento fundamental que será la orientación de nuestros intelectuales que empiezan a tener conciencia de sí mismos frente a la realidad que les correspondió vivir, realidad separada por el orden lingüístico, pero que los acercaba socialmente, indudablemente, en los campos de la música, la idiosincrasia, las mezclas culturales, los procesos de hibridación y transculturación, aspectos de incalculable valor para interpretar dos realidades separadas por el idioma, aunque este tenga un origen común y procesos de transformación distintos. Los intelectuales se descubren a sí mismos en sus obras, en sus interpretaciones de sus realidades culturales.

Igualmente, volviendo al proyecto estético de Hen- ríquez Ureña, de descubrimiento, en primer lugar, de sí mismo en el mundo hispánico, y luego en el mundo helénico y anglosajón y progresivamente en las fusiones y mezclas culturales que se dieron en la Colonia entre las visiones del mundo europeo y del in- dígena en la arquitectura, los tejidos, las prácticas religiosas, la música, la pintura, la orfebrería (una historia que contará muy bien Henríquez Ureña en Las corrientes literarias… y en la Historia de la cultu- ra…); descubrimiento de sí mismo a través de su habitus (la clase aristocrática de la familia Henríquez Ureña, y sus propios viajes por el continente) y de su toma de posición artística —siguiendo las categorías que propone Bourdieu—, su proyecto estético —el ensayo como práctica y género discursivo, al decir de Todorov—, le permitió al dominicano situarse críticamente frente a la tradición de la literatura universal occidental —lecturas que oscilan, como señalamos antes, desde los clásicos griegos y latinos, pasando por Ibsen, Bernard Shaw, Shakes- peare y por la literatura norteamericana— y ante una corriente de ideas proveniente de los historia- dores alemanes. El proyecto estético de Henríquez Ureña así definido va a dialogar, como señalaba- mos al inicio, con algunos de los que serán los exponentes máximos del ensayo en América Latina o América hispánica, como prefiere denominar Henríquez Ureña a esta zona geográfica del continente americano en Las corrientes literarias en la América hispánica, un conjunto de ensayos que surgen a raíz de una serie de conferencias que dictara Hen- ríquez Ureña en Harvard y cuyas preocupaciones centrales fueron, entre otras, el descubrimiento del Nuevo Mundo en la imaginación europea, la creación de una sociedad nueva en el choque entre el Nuevo Mundo y Europa, la formación de una conciencia americanista que supuso la declaración de la independencia intelectual en las esferas políticas y literarias, el significado de Darío y Bello en ese proceso, la literatura en la América hispánica y su vocación por exponer los problemas sociales de sectores marginados como «los indios y los ne- gros», en términos de Henríquez Ureña.

Una palabra propia que desentraña el origen de Las corrientes literarias en la América hispánica desde el Diario de a bordo de Cristóbal Colón, pasando por las manifestaciones artísticas del mundo indígena y de pintores y músicos de Brasil, y por el encuentro con el Ariel de Rodó que Henríquez Ureña reeditará en Monterrey. Rodó eligió Ensayos críticos, la primera publicación del pensador dominicano, libro con el cual Henríquez Ureña inicia una carrera brillante en el mundo del ensayo, publicación que también recibió elogios de Menéndez Pelayo en España. Esta ópera prima se editó en Cuba antes del viaje de Henríquez Ureña hacia Veracruz y Ciudad de México, donde funda revistas y es redactor de periódicos. En Cuba, y antes del viaje hacia Veracruz, los hermanos Henríquez Ureña habían solicitado permiso a Rodó para publicar su Ariel, esta sería la edición cubana de Ariel, importante obra para el desarrollo de un pensamiento autónomo en América Latina; el contacto de Hen- ríquez Ureña con Rodó será esencial en el pensa- miento sobre «La utopía de América», pues Rodó fue el guía espiritual para el Ateneo de la Juven- tud, en donde el dominicano hizo una labor cultural de enormes proporciones junto con Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Antonio Caso.

Buscamos comprender la idea de utopía en la obra de Henríquez Ureña desde un ángulo social y político, y como expresión de un pensamiento abierto, dialógico, en la perspectiva de Bajtín, en el orden de las letras hispanoamericanas, pues el pensador dominicano constituyó en sí mismo el claro horizonte de un proyecto intelectual que encontró en su palabra un sitial para reflexionar sobre las posibilidades de un continente en ciernes, frente a temas urgentes como la transformación de la América hispánica a través de la educación, lo que constituyó el ideal de su humanismo democrático heredado del pensamiento pedagógico y político de Eugenio María de Hostos, como señalamos arriba, a quien tanto él como su madre, la poetisa Salomé Ureña de Henríquez, profesaban una gran admiración.

Hostos había pronunciado un discurso en la graduación de las primeras maestras que formaba doña Salomé en su Instituto de Señoritas, y Pe- dro Henríquez Ureña había escrito el prólogo a la Antología de Hostos, comentando el legado del maestro puertorriqueño como pedagogo, historiador y político para la tarea urgente de transformar primero la realidad social de las Antillas, legado social que se extendería por el mundo hispanoamericano. Cabría recordar que Hostos fue un viajero consumado, vivió desde los doce años en España, allí se formó y participó del Ateneo de Madrid, allí también se rebeló contra las injusticias de España en ultramar y tomó la decisión de luchar por la liberación del mundo antillano. Viajó, igualmente, por diversos países de la América hispánica (Venezuela, Chile, Argentina) pronunciando conferencias y ejerciendo su magisterio intelectual. Circunstancia que influirá decididamente en el periplo que también realizará Henríquez Ureña por España y el continente americano.


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