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Rosas muertas, peces de plomo a la deriva

por Carlos Aganzo
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Carlos Aganzo (Madrid, 1963) es autor de una decena de poemarios, por los que ha recibido distinciones como el Premio Jaime Gil de Biedma o el Ciudad de Salamanca, así como de numerosos libros y guías de viaje. Como periodista ha sido subdirector del diario Ya, director de la revista cinematográfica Interfilms y de los rotativos La Voz de Huelva y Diario de Ávila; actualmente es director de El Norte de Castilla, diario decano de la prensa española, y profesor en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, en Valladolid. En 2012 recibió el Premio Nacional de las Letras Teresa de Ávila.

Artículo: Su muerte repentina, a los 35 años, truncó una carrera única en la literatura dominicana del siglo XX, sólidamente implicada en la trayectoria del país y emparentada con el llamado boom iberoamericano de los sesenta. René del Risco, que en estas fechas cumpliría 80 años, fue un narrador vigoroso, pero sobre todo un poeta comprometido. Comprometido con su tiempo y con la palabra. Su poesía, transida de inquietud y desasosiego, representa mejor que ningún otro documento la frustración del sueño de una generación. 37 De no haber sido por aquel trágico accidente en el Malecón, que segó su vida con tan solo 35 años, esta semana habría cumplido los 80. Habría cumplido los 80 y, con toda probabilidad, figuraría en la lista de honor de ese gran ramillete de autores que configuraron el boom iberoamericano. Considerado por algún crítico como el «eslabón perdido» de la literatura de su país, el poeta y narrador René del Risco (San Pedro de Macorís, 1937  Santo Domingo, 1972) ha sido el protagonista de la última edición de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (FILMS), que ha brindado la ocasión de realizar un ejercicio de revisión profunda de su obra, hasta la fecha escasamente publicada y difundida. Sumergirse en la obra poética de René del Risco, de modo muy semejante a lo que ocurre con sus relatos y con su novela inconclusa El cumpleaños de Porfirio Chávez, es un espléndido ejercicio literario que nos permite, al mismo tiempo, distinguir la vibración intensa de la voz de un autor singular y señalar el desorden y el desasosiego de una época oscura de la historia de la República Dominicana: aquella que transcurre por los últimos años de la dictadura feroz de Trujillo, los intentos democratizadores de Juan Bosch, la Guerra de Abril del 65 y la nueva dictadura de Joaquín Balaguer. Un tiempo de «golpes inacabables», de «rosas muertas y peces de plomo a la deriva», en palabras del poeta. Los movimientos políticos y literarios en los que se integró –el 14 de Junio, los Artistas de Arte y Liberación, el grupo cultural El D Puño– le valieron la persecución, la tortura o el exilio. También, una cierta indefensión frente a la crítica más maniquea. Cierto que, vistos hoy por los historiadores literarios, sus poemas son un verdadero testimonio sobre aquellos que participaron en la lucha: Milito, Reynoso, Batista, Viau, Barra Ríos, Desiderio «con sus hombres», Juana Morel, «rodeada de acordeones», las hermanas Mirabal (las Mariposas), santo dominicano de la resistencia contra Trujillo y seña mundial de la no violencia contra las mujeres… Pero más cierto aún es que su obra, por encima de la circunstancia política de su país caribeño, se incardina plenamente no solo en la emergencia de las letras americanas en la segunda mitad del siglo XX –Sábato, Borges, Onetti, Cortázar –, sino también en todos esos movimientos culturales mundiales que condujeron al Mayo del 68 en Europa. Incluido el escepticismo, el inconformismo, la incomodidad del hombre occidental frente a su civilización. René del Risco publicó un único libro de poemas en vida, El viento frío (1967), pero dejó un rico legado que fue saliendo a la luz tiempo después, no sin notables peripecias editoriales.

Había dejado para la imprenta un segundo libro, que quiso titular primero «Bajó día constante», y más tarde «Del júbilo a la sangre», y que al lado de los numerosos inéditos que dejó en carpetas y cajones conforma una obra muy especial. Una obra que arranca de sus lecturas de los clásicos españoles. Que bebe primero de Rubén Darío y Antonio Machado, y más tarde de Neruda y la generación del 27. Que llega a emparentar de manera coetánea con los poetas sociales españoles –Blas de Otero, Celaya–: hierros oxidados, vagones, tipografías, potes vacíos, libros manchados, gremios, federaciones… Y que se conecta, también de modo simultáneo, con los grandes movimientos mundiales. Del mismo año 68 son algunos poemas suyos como «A los pies de una estatua», donde su mirada se cruza con la de los hippies estadounidenses, o como el esclarecedor «Aquí o en otras tierras», en el que Hitler y Marilyn Monroe, Mao, Gagarin y Bertrand Russell se cruzan con Bob Kennedy y el papa Juan XXIII. Guerras y revoluciones que lo obligaron a ser poeta en guerra, poeta del amor en combate, con el trasunto de sus personajes literarios de Orfeo y Eurídice –«novia mía, ángel triste»; «novia sola, en la sombra»; «la mano y el anillo, en medio de la pólvora»; «yo canto, tú temes»–. Y más tarde cantor profundamente decepcionado, insatisfecho, melancólico; portavoz Merece la pena leerlo ahora, 45 años después de su muerte 38 de la derrota: «Nuestros pies en el polvo. / Nuestro amor en el polvo. / Nuestro llanto en el polvo. / Nuestro polvo en el polvo». Una decepción que recoge en uno de sus poemas emblemáticos, aquel que lleva el significativo título de «Entonces, ¿para qué?»: ¿Para qué «conservar lustrosos los zapatos, / cuidar cada detalle, / los botones, las cartas, / las cuentas a cobrar…?». Es seguramente en esta poesía transida de desasosiego, de búsqueda de un espacio «para vivir muriendo despacio, / con los ojos cansados de esperanza», cerca incluso de ese no decir diciendo de nuestro José Ángel Valente –al que sin duda leyó con aprovechamiento–, en la que encontramos lo mejor de la obra de René del Risco. Después de la frustración del sueño generacional a los treinta años, el poeta dominicano ya no fue capaz de reconocerse a sí mismo en su día a día, en su trabajo como creativo y publicista, en sus movimientos en una sociedad ganada por la impostura. No fue capaz de soportar «cosas como el odio, / como los extraños metales, / como mi corbata de color café con diminutos puntos». No fue capaz, como escribe en su «Carta a René del Risco», de reconocer en el espejo a «aquel muchacho lleno de pesadumbre, / que se ponía sus corbatas / casi sin comprender / por qué debía sonreír a tantas gentes».

«Porque todo ha cambiado / de repente –escribe Del Risco– y se ha extinguido / la pequeña llama / que un instante nos azotó, / quemó las manos de alguien, / el cabello, la cabeza de alguien». Porque todo se llenó de cansancio. De cansancio y de tristeza: «Una infinita tristeza, / una rebelde angustia incontrolada, / un tedio y un terror / y una amarga sensación de soledad». Solo la mirada a la infancia, a los días azules frente al mar de su San Pedro de Macorís natal, a «esa luz que en los barrios nunca falta», le permitió seguir escribiendo poemas antes y después de batallas y posguerras. La muerte se lo llevó deprisa, como él mismo anticipó en uno de sus cuentos. Seguramente habría muerto igual en vida, víctima de la pesadumbre. O se habría convertido en símbolo, en icono de su tiempo allá, frente al Caribe. Merece la pena leerlo ahora, 45 años después de su muerte. Leerlo… y recordar.


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