Revista GLOBAL

75 aniversario de la muerte de Pedro Henríquez Ureña 

por Amadeo Julián
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El historiador reseña los pormenores de la publicación del segundo libro de ensayos de Pedro Henríquez Ureña, Horas de estudio, editado en París, los empeños de su padre por dar a conocer los textos de su anterior esposa Salomé y de sus hijos Pedro y Max, y los inconvenientes encontrados para que se concretase dicha edición. 

Este texto ofrece importantes datos desconocidos por la mayoría de los estudiosos de la obra de Pedro y de sus lectores. Originalmente publicado en la revista de la UNAM, México, es primicia para los lectores dominicanos que GLOBAL se complace en dar a conocer con motivo del 75 aniversario de la muerte de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). 

A fines del año 1905, Pedro Henríquez Ureña publicó en La Habana su primer libro, titulado Ensayos críticos, que reunía trece artículos aparecidos con anterioridad en diferentes periódicos y revistas. Considerado por su autor como un «folleto de ciento veinte páginas», el libro incluía estudios sobre temas diversos como «D’Annunzio, el poeta», «Tres escritores ingleses» (relativo a Oscar Wilde, Arthur Wing Pinero y Bernard Shaw), «El modernismo en la poesía cubana», «Ariel» (dedicado al análisis y valoración del libro de José Enrique Rodó), «José Joaquín Pérez», «Rubén Darío», «Sociología» (dividido en dos partes: «La concepción sociológica de Hostos» y «Estudio de Lluria sobre la naturaleza y el problema social»). Completa la obra un apartado dedicado a «La música nueva», integrado por «Richard Strauss y sus poemas tonales», «La ópera italiana» y «La profanación de Parsifal». 

Al agradecer a Henríquez Ureña el envío de su libro, José Enrique Rodó manifestó lo siguiente: «No gusto de fórmulas cumplimenteras de agradecimiento, ni pago tributo al convencionalismo de la cortesía literaria, que retribuye elogios con elogios. Agradézcole su libro y su juicio porque revelan un espíritu levantado sobre el nivel de la mediocridad, y porque veo en usted a un verdadero escritor, una hermosa promesa para nuestra crítica americana, tan necesitada de sangre nueva que la reanime. Me agradan mucho las cualidades de espíritu que usted manifiesta en cada una de las páginas de su obra, y que son las menos comunes, y las más oportunas y fecundas, con relación al carácter de nuestra literatura. Me agradan la solidez y ecuanimidad de su criterio, la reflexiva seriedad que da el tono de su pensamiento, lo concienzudo de sus análisis y juicios, la limpidez y precisión de su estilo». Para rematar sus juicios, Rodó hacía a Henríquez Ureña una acertada recomendación. Le sugería el establecimiento de relaciones intelectuales con Francisco García Calderón, escritor peruano que entonces descollaba como crítico literario y que, ulteriormente, prestaría a Henríquez Ureña un inestimable servicio al colaborar en la edición de su segundo libro. Con un fino sentido de la oportunidad y de la conveniencia del establecimiento de las relaciones entre ambos intelectuales, Rodó plantea a Henríquez Ureña, en forma premonitoria, lo siguiente: «La lectura de su libro trajo inmediatamente a mi memoria un nombre que no sé si será conocido para Ud., el nombre de un joven crítico peruano, Francisco García Calderón, muy semejante a usted en tendencias, méritos y caracteres de pensamiento y estilo, y en quien también veo una brillante esperanza para la crítica hispanoamericana. Si no cultiva usted relación intelectual con él, entáblela, y comuníquense sus impresiones, y trabajen juntos al través de la distancia material; porque es de la aproximación de espíritus tan bien dotados y orientados de donde puede surgir impulso de vida para la crítica, y en general, para la literatura de la América nueva». 

Al mismo tiempo, en una carta de 1906 dirigida a Francisco García Calderón, Rodó llama su atención sobre Henríquez Ureña, con la finalidad de contribuir al acercamiento y establecimiento de relaciones de amistad y colaboración entre ambos. En su presentación, Rodó define al dominicano como un «espíritu muy cultivado y de fino sentido literario que tiene mucho de nuestra orientación». El 4 de enero de 1906, apenas unos días después de haberle sido entregado su libro, Henríquez Ureña salió de La Habana para Veracruz, donde se radicaría luego de haber permanecido en Cuba desde 1904. Sin que su padre lo supiera, y llevado por falsas promesas de su amigo cubano Arturo R. de Carricarte, abandonó La Habana y llegó a Veracruz el 7 de enero de 1906. Sobre los pormenores de su salida, él mismo ha dejado el siguiente testimonio: «Al fin vino a decidirme a salir de Cuba el ejemplo de Carricarte, el cual se había ido a instalar a Veracruz como periodista, y nos había escrito pintándonos una brillante situación. Creí en su dicho y me alisté a partir, sin avisarle a mi padre, quien sabía yo que se opondría. El 28 de diciembre de 1905 me fue entregado mi libro Ensayos críticos; y el día 4 de enero me embarqué para Veracruz. Ese mismo día había escrito a mi padre comunicándole mi resolución, a fin de que la carta le llegara cuando me encontrara yo en alta mar; así sucedió en efecto, pero mi padre hizo un último esfuerzo telegrafiando a mis hermanos para que impidieran mi viaje si aún no me había embarcado». Así comenzó la primera etapa de la presencia de Henríquez Ureña en México, que se extiende de 1906 a 1914, y se caracteriza por una intensa y fructífera actividad intelectual, aunque no exenta de dificultades y problemas. A base de talento y de estudio constante, pronto se abriría camino en México y estaría en condiciones de llamar a su lado a su hermano Max, quien viajaría desde La Habana a principios de 1907. En ese mismo año, su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, que residía en Santiago de Cuba, fue nombrado por el Gobierno dominicano delegado a la Segunda Conferencia de la Paz, celebrada en La Haya en 1907. La delegación dominicana estaba integrada además por Apolinar Tejera, hermano del secretario de Relaciones Exteriores Emiliano Tejera, y por los secretarios Tulio M. Cestero y Emilio Tejera Bonetti. 

Al tiempo que se ocupaba de los asuntos de la Conferencia, Henríquez y Carvajal aprovechaba su permanencia en Europa para hacer gestiones encaminadas a la publicación, en París, de las poesías de su primera esposa, ya fallecida, la insigne poetisa Salomé Ureña de Henríquez, y de sendos libros de la autoría de sus hijos Pedro y Max. En la correspondencia sostenida por Henríquez y Carvajal con ambos queda constancia de sus afanes editoriales y de sus diligencias para lograr esos propósitos. Para estos fines contaba, básicamente, con Lucas Thomas Gibbes hijo, quien residía en París y ocupaba una importante posición en una de las principales editoriales francesas. Gibbes había nacido en Santo Domingo el 14 de marzo de 1868, hijo de Lucas T. Gibbes y de Simona Pineda. Gibbes padre era natural de la isla de San Martín y tuvo una importante participación en la vida pública dominicana; fue «teniente de caballería del batallón de Azua, donde llegó en 1844, durante las guerras separatistas, contador general de Hacienda en la administración del general Cabral, ministro de Hacienda y Comercio durante la primera presidencia del general y licenciado Woss y Gil, miembro del Congreso que votó la Constitución de 1874, en el cual abogó en favor de la abolición de la pena de muerte». Gibbes hijo fue alumno de Eugenio María de Hostos en la Escuela Normal de Santo Domingo y uno de los primeros maestros normalistas, junto a Francisco José Peynado, Félix Evaristo Mejía, Agustín Fernández, José María Alejandro Pichardo y Arturo Grullón. En diciembre de 1885, Gibbes hijo y Peynado fundaron la revista El Quisqueyano, órgano de los normalistas. De esta publicación se ha dicho que constituyó un «baluarte difundidor de nuevas ideas», pero salieron pocos números, pues algunos meses después fue suspendida por una disposición del gobierno y sus dos directores fueron ‘aconsejados’ por el presidente Wos y Gil. Gibbes hijo fue director de la Escuela Normal de Santiago de los Caballeros, durante los años de 1887 y 1888. Se graduó de licenciado en Derecho en el año de 1889 y en 1890 salió del país rumbo a Francia con el propósito de realizar estudios, enviado por el Gobierno dominicano. En la memoria que el general Tomás D. Morales, ministro de Justicia e Instrucción Pública de la República Dominicana, presentó en 1891 al presidente Ulises Heureaux, se informa de los estudios realizados en Francia por Francisco Henríquez y Carvajal y de los que en aquel país se proponían hacer José Lamarche y Lucas T. Gibbes, con los auspicios del Gobierno. Al respecto se expone lo siguiente: «Debo decir aquí que el señor Francisco Henríquez y Carvajal regresó al seno de la Patria después de cuatro años de ausencia pasados en el estudio de la Medicina que fue hacer a París por cuenta de vuestro Gobierno. Adornado con el título de doctor de la Facultad de aquella culta capital del mundo, el distinguido joven señor Henríquez y Carvajal es una esperanza para el país. Pláceme creerlo así, y manifestaros que, en su lugar, mandó vuestro Gobierno al estudioso joven José Lamarche, quien se propone hacer estudios para la carrera del Derecho. Plegue el cielo que el señor Lamarche, lo mismo que el aprovechado joven Lucas T. Gibbes, enviado a hacer los mismos estudios, vean coronados sus esfuerzos para gloria de la Patria y brillo del foro dominicano». Durante su estadía en Francia, Gibbes desempeñó las funciones de cónsul y secretario de la legación dominicana en París, en el gobierno de Ulises Heureaux, y en 1901 el presidente Juan Isidro Jimenes lo nombró agente fiscal de la República en Europa.

Estas últimas funciones le permitieron adquirir un profundo conocimiento del asunto de la deuda pública externa del país, y supo asumir la defensa de los intereses nacionales frente a los acreedores extranjeros. Como ha sido señalado, Gibbes «se empapó bien del pavoroso problema, habiendo tenido serias dificultades con los acreedores de la deuda dominicana, especialmente con los tenedores de bonos belgas». Establecido definitivamente en Francia —de donde solo regresó a su país de origen en una oportunidad, por breve tiempo, en 1898—, además de las funciones públicas desempeñadas, Gibbes llegó a alcanzar una importante posición en una de las casas editoras de mayor prestigio de la capital francesa: la Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas, Librería Paul Ollendorff, de la cual se ha dicho que fue codueño y gerente, o por lo menos subdirector. A su influencia y a sus conocimientos del español, se atribuye un cambio en la política editorial de la Librería Ollendorff en lo que respecta a la publicación de traducciones españolas de novelas francesas, la creación de una sección hispánica, con una colección de escritores españoles y sudamericanos, y la formación de la Biblioteca Quisqueyana. Sobre este acontecimiento editorial se ha señalado que la vocación hispánica de la Librería Ollendorff ha sido bastante tardía, si la comparamos con la de Garnier Frères o con la de Bouret, ya que no se consolida hasta 1905 con la publicación de traducciones españolas de novelas francesas. En su origen encontramos a un tal Lucas-Thomas Gibbes, subdirector de las Ediciones Ollendorff en aquel entonces, quien propuso al Consejo de administración de la sociedad la creación de una sección hispánica. Natural de Santo Domingo y con un gran conocimiento del español, sin duda era el que estaba mejor situado para sugerir que se intentara una experiencia que parecía que no había dado malos resultados a la Librería Garnier Hermanos y a la Editorial Bouret y que podría, por consiguiente, contribuir a aumentar el volumen de negocio de la sociedad. En todo caso, él debía ser el verdadero director literario y financiero de esta sección. En efecto, la publicación o no de obras de autores de lengua española dependía de su opinión o de las informaciones que facilitaba, así como también dependía de la publicación de algunos volúmenes de la colección de escritores españoles y sudamericanos que formaron una Biblioteca Quisqueyana, nombre indígena de la isla de Santo Domingo. 

Como era de esperarse de una editorial en la que un antiguo alumno de don Eugenio María de Hostos desempeñaba esas funciones, dos de las obras del maestro serían de las primeras que la Librería Ollendorff publicó. Fueron estas las Lecciones de Derecho Constitucional (1908) y Meditando (1909). Precisamente en esta última hay una «Breve noticia» sobre la Biblioteca Quisqueyana, de la cual formaba parte dicha obra. En ella dicen los editores: «El volumen que los encierra es el primero de la colección de escritores sudamericanos que, por sentimientos también de gratitud a la tierra en donde por primera vez se habló́ en América la lengua de Castilla, hemos denominado Biblioteca Quisqueyana». En diciembre de 1909 apareció la segunda edición de A punto largo, de Américo Lugo, publicada también por la Librería Ollendorff. Lugo era amigo de Gibbes, a quien había dedicado un artículo titulado «Causerie», aparecido en el Listín Diario de Santo Domingo, el 7 de diciembre de 1896. Además, el autor de A punto largo se encontraba para esa ocasión en París. El 14 de diciembre de 1909, desde París, Lugo escribió una carta a Osvaldo Bazil en la que le recrimina que no haya enviado el libro que quiere someter a la Librería Ollendorff para su publicación: «Acabo de recibir tu carta del 24 de noviembre. A esta hora debes de tener en tus manos mi última. Ollendorff no piensa ni resuelve nada, porque no conoce tu libro. Acaba, pues, de mandar los originales y no me vuelvas loco con preguntas intempestivas». 

Desde julio hasta fines del año de 1907, el asunto de las gestiones para la publicación de las poesías de Salomé Ureña de Henríquez y de los futuros libros de Pedro y Max aparece reiteradamente en el epistolario de los Henríquez Ureña. Así, la primera referencia conocida figura en una carta de Henríquez y Carvajal a Max. En esa carta la cuestión se plantea en los siguientes términos: «Recibí ayer carta de Gibbes relativa al proyecto de publicación de las poesías de Salomé y de un libro de cada uno de Uds. Se muestra muy entusiasta por una y otra cosa y me invita a discutir, en París, el proyecto. Todo indica que se podrá llegar a un entendido para una y otra cosa. Aunque me recomienda mucha reserva, pues parece que otros escritores de los nuestros le habrán hecho proposiciones que él querrá posponer a las nuestras. Así pues, preparen ustedes lo que convenga para mi primer aviso». La edición de la obra poética de Salomé Ureña de Henríquez no llegó a realizarse en esa ocasión, como en principio lo había planeado Henríquez y Carvajal, quien desistió de los propósitos de publicarla inmediatamente al confrontar algunos problemas, como los que se revelan en su correspondencia con su hijo Max. Sin embargo, en cuanto a la edición de las obras de este y de Pedro, el padre no ceja en sus designios. Así le escribe a Max sobre estos asuntos: «Lo de la edición de libros de ustedes no es idea de G[ibbes] sino mía. De no poder él lo podrán algunas casas de París o Madrid. Pero se necesita andar pronto, pues yo no estaré largo tiempo más en Europa. Respecto de las poesías de Salomé, al fin creo que ya no se podrá hacer [porque] no tengo el manuscrito. Mi pensamiento [era] pagar la edición: yo no la vendo. Si n[o se] puede ahora, se preparará para el año entrante». 

En otra carta dirigida a Pedro, Henríquez y Carvajal mantiene idéntica actitud. Persisten las dudas sobre la posibilidad de la edición de las poesías de Salomé. En esa ocasión, las explicaciones que se dan son las siguientes: «Ayer recibí tu carta del 26 de julio, relativa al asunto de la edición de las poesías de Salomé. No puedo todavía comunicarles nada definitivo a ese respecto, pues habré de hablar personalmente con Gibbes y escribir a Madrid; pero creo que no conviene atropellarnos y hacer una mala edición. Por el contrario, me parece mejor prepararnos con suficiente tiempo para una edición escogida, aunque nos cueste dinero». Y en otro lugar de la misma carta agrega: «De todos modos, de no poderse hacer enseguida la edición, se preparará el material para hacerla sin más demora el entrante año. En el caso de que Uds. o uno de Uds. mismos no pudiese venir a Europa para esa fecha y con ese fin, encargaríamos a Enrique Deschamps de esa tarea, que él desempeñaría con gusto». Al parecer, Deschamps fue consultado sobre la posibilidad de hacer la edición en España. Su opinión sobre el particular aparece en un pasaje impregnado de evidente desánimo y pesimismo, con el cual Henríquez y Carvajal parece dar por terminado el asunto.

Le escribe a su hijo Pedro lo siguiente: «Deschamps me escribió recomendándome entenderme con Gibbes, para la edición de las poesías de Salomé. Veo que no será fácil llegar a nada; pero a mi regreso a París veré lo que al fin pueda combinarse». Por el contrario, Henríquez y Carvajal mantenía una actitud optimista y decidida en cuanto a la edición de los libros de Pedro y Max. Para vencer las dudas de estos, les promete incluso apoyo financiero, como lo revela el siguiente párrafo: «Respecto de la publicación por la casa de Ollendorff de un libro de cada uno de Uds. la cosa puede ser menos difícil que lo que Uds. piensan. Yo puedo hacer con ellos un arreglo de modo que, si dentro de un año no sacare la casa el valor que le cobra sus gastos y ganancias legales, yo abonaré la diferencia, debiendo por el contrario la casa abonarnos el valor de la edición, que es poco (unos 300 francos) en caso de éxito del negocio». Después de este ofrecimiento aconseja a sus hijos: «A Uds. les conviene publicar algo en Europa, de modo que circule para América. Pero es preciso hacer un volumen de 250 a 350 páginas y escoger los trabajos y corregirlos bien». Sin embargo, en esa época Pedro manifestó que no tenía el propósito de escribir un libro para editarlo en la Librería Ollendorff y que prefería esperar los resultados de la publicación del libro de Max, el cual trataría de teatro y su autor se proponía titularlo Teatro moderno. Sobre esto último, Pedro observó lo siguiente: «No me decidiré por ahora a hacer un libro para la casa de Ollendorff. En todo caso, esperaré a ver el resultado del tuyo.

El que proyectas no debe llamarse el Teatro moderno, sino el Teatro contemporáneo: moderno es desde Shakespeare acá. Yo había pensado escribir una obra titulada el Teatro del siglo XIX». La idea del libro de Max fue acogida por su padre, y le motivó los siguientes comentarios: «Me parece bien tu idea que el libro sea una obra homogénea. De modo que lo de la música lo dejarás para otro. Pero es necesario alargarlo, que llegue a 300 y aun a 360 páginas. No hay que precipitarse. Los mismos capítulos revisados, pueden ser alargados». Después agregaba lo siguiente: «Enseguida me pondré al habla con Gibbes para combinar la publicación del libro; pero es preciso seguirlo preparando, aumentarlo y corregirlo con sumo cuidado». Coincidía con las observaciones ya hechas por su hermano Pedro, pues advertía lo siguiente: «A más del título El Teatro moderno, es bueno ponerle un subtítulo: Estudios o bien, Estudios contemporáneos». Finalmente, hacía los reparos y recomendaciones siguientes: «En cuanto a las traducciones de Heredia, no sé qué decirte. Hay que darle muchas vueltas a ese trabajo, pues una traducción no da nombre sino cuando se pone a la altura del original. En esto debes seguir el consejo de Pedro. Aun yo mismo desearía oportunamente conocer algunos originales de los que deben formar volumen». 

De regreso a París, después de asistir a la Conferencia de la Paz en La Haya, Henríquez y Carvajal se proponía ver a Gibbes para tratarle lo relativo a la edición de los libros de Pedro y Max. En efecto, anuncia esos propósitos en una carta, en la cual dice: «En estos días les he escrito para anunciarles nuevos libros y referirme a la cuestión de la edición de libros de Uds. A mi regreso a París veré personalmente a Gibbes y trataré de ver si se llega a un entendido. Creo por el contrario, que las proposiciones de la casa podrán ser más ventajosas que lo que yo creía. También opino que lo que se haya de publicar se debe corregir bien, de manera que el primer libro sea un modo de presentarse convenientemente para lo futuro el autor novel.» Al recibir una carta de Gibbes, Pedro informó a Max del contenido de la misma, en especial, de las condiciones para la edición y de las recomendaciones que le había hecho a su vez su padre, en el sentido de que hiciera una nueva colección de ensayos. Pedro no descartaba esa proposición, pero prefería escribir sobre un solo tema. De todos modos, no acertaba a elegir una solución y se planteaba las dificultades que suscitaba la tarea de escribir un libro en uno u otro sentido. Agobiado por la incertidumbre y la indecisión, escribe a su hermano Max lo siguiente: «Pancho acaba de enviarme una carta de Gibbes en que dice que sí están dispuestos a comprar una obra nuestra (es decir, una de cada uno) y que los precios son menores de 400 francos, por temor al hurto, puesto que no existen tratados de propiedad literaria.

Es muy corta la carta, y no dice cuántos ejemplares dan. Pancho dice que haga yo una nueva colección de Ensayos, y a estas horas no sé por qué decidirme. Podría escribir siete u ocho artículos largos y formar un volumen con algunos de los anteriores Ensayos y con los que he escrito después, como indica Pancho; pero preferiría escribir sobre un solo asunto, y no sé si exigirá mayor labor emprender, por ejemplo, algunos ensayos sobre Grecia (de lo cual no me atrevo a principiar a escribir todavía) o estudios especiales sobre Oscar Wilde, Pater, Ibsen, D’Annunzio, etc. Tal vez esto último exija en realidad mayor trabajo, por la variedad de los temas. Lo cierto es que aquí, como en toda América, se dificulta el tratar un asunto con buena documentación, porque las Bibliotecas son paupérrimas y el dinero personal no alcanzaría para comprar los montones de libros que hay que consultar». 

Tal y como lo había prometido, Henríquez y Carvajal a su regreso a París trató de ver a Gibbes, lo cual resultó infructuoso, pues este no se encontraba en esa ciudad. Se proponía leerle algún capítulo de Ensayos críticos para convencerlo de la oportunidad de editar un libro de Pedro. De estos y de otros pormenores da cuenta a su hijo cuando le escribe: «Ayer recibí tu carta del 15 de octubre, que no contesté enseguida porque quería ver antes a Gibbes para hablar de nuevo sobre los volúmenes que Uds. puedan darle a la casa de Ollendorff; pero no le he visto, porque ha salido de París en diligencias de la casa. Iba a leerle algún capítulo de los que contiene tu librito, para que quedara de una vez persuadido de que puede arriesgarse en el negocio de la edición. Por casualidad tenemos aquí un volumen de tus Ensayos Críticos: lo trajo Luis Eduardo Aybar, el hijo de Andrés Aybar Sainz y de Mercedes Jiménez, quien viene a perfeccionar sus estudios de medicina mediante una pensión de Fs. 50 que le asignó el Congreso». Esto último había permitido a Andrejulio Aybar, otro dominicano residente en París, conocer el libro y opinar sobre la conveniencia de hacer una edición europea del mismo. Aybar en determinado momento fue empleado de la Librería Ollendorff. Henríquez y Carvajal le señalaba a su hijo Pedro que Aybar era muy amigo de él y de Max. Finalmente agregaba una recomendación y concluía sobre la seguridad de que la edición se realizaría: «Me parece conveniente preparar un volumen que debe constar de unas 360 páginas. Ya he hablado con Gibbes varias veces y me parece que es asunto casi resuelto, que él se ocupará en hacer que la casa decida hacer la edición de un libro tuyo y de otro de Max».

Desafortunadamente, todas esas gestiones fueron inútiles, pues la edición de las obras proyectadas no pudo llevarse a cabo, por lo menos inmediatamente. Transcurrió más de un año sin que el asunto volviera a mencionarse en la correspondencia de los Henríquez Ureña. Fue en julio de 1909 cuando el asunto volvió a surgir, en ocasión de la intervención del escritor y crítico peruano Francisco García Calderón, quien ofreció a Pedro sus buenos oficios para lograr la publicación de un libro suyo por la Librería Paul Ollendorff. Parece que la participación de García Calderón fue decisiva, a pesar de que siempre se debía contar con la más importante y determinante de Gibbes, en razón de las funciones que desempeñaba en dicha casa editorial. De todos modos, a pesar de las reiteradas manifestaciones de aprecio y simpatía, y de los elogiosos comentarios que le merecían a Gibbes sus compatriotas, los Henríquez Ureña no dejaron de tener sus dudas y plantearse ciertas interrogantes sobre la conducta un poco ambigua de aquél en el asunto de la edición de sus libros. Al recibir el ofrecimiento de García Calderón, Pedro comunicó a Max lo siguiente: «García Calderón me escribe ofreciéndome hacerme publicar un libro en la casa Ollendorf y diciendo que Gibbes habla de nosotros elogiosamente. Por supuesto, él parece indicar que todo sería como con Sempere: ninguna retribución por la obra, salvo ejemplares. De Sempere dice no tener carta; sin duda porque Blasco Ibáñez, con quien se entendía, está ausente. ¿Cuál es el verdadero estado de cosas con Gibbes? ¿Cuáles son las verdades [sic] razones para desconfiar de él? Yo, de todos modos, preferiría Sempere, porque vende más barato y circulará más la obra; y tratándose de una obra de asuntos inconexos que es lo único que puedo dar ahora, sé que no pueden esperarse ganancias y lo que importa es asegurar circulación». También en sus Memorias dejó Pedro constancia de las gestiones de García Calderón. El 9 de septiembre de 1909 anota: «Recibí carta de Francisco García Calderón (quien pasa de Londres a París) diciéndome que la casa Ollendorff está de acuerdo en publicar mi libro, sin pagármelo, pero sin cobrarme nada tampoco. Voy a reunir ya los artículos, pues sólo puedo hacer ahora libros a pedazos».

En efecto, inmediatamente, Pedro comenzó a considerar cuál debía ser la estructura y el contenido del libro. Todavía no sabía el título que convendría a la obra. Pidió consejo a su hermano Max sobre esto último, así como si debía suprimir algunos de los trabajos que le mencionaba y que pensaba incluir en principio. Todas estas cuestiones las plantea así: «Insisto en que me pienses uno o varios títulos que puedan dar interés al conjunto de artículos. Pienso ahora distribuirlos así: i.Literatura española y americana (Gabriel y Galán, Pérez, Deligne, Darío, Cuestiones métricas); ii.Cuestiones filosóficas (Nietzsche y el pragmatismo; El positivismo de Comte; largo artículo que acabo de escribir para la “Revistaˮ, con examen minucioso de diversos críticos filosóficos refutando las conferencias de Caso; El positivismo independiente: artículo que escribiré tan pronto como Caso del [sic] resto de sus conferencias: Mill, Spencer, Taine, etc.; La sociología de Hostos); iii.Marginalia: que comprenderá todos los artículos más cortos: tengo anotados éstos: D’Annunzio el poeta; Genus platonis (comienzo). El exotismo; Una acusación contra Goethe; La profanación de Parsifal; Edith Warton; La moda griega; Bernard Shaw; Unamuno; Rodó; Meriño; Carta a García Godoy; El nuevo indígena (Sobre Juárez); Alocución sobre Barreda; “La leyenda de Rudelˮ de Castro; Las cien mejores poesías; La Catedral; Días alcióneos; Carlos González Peña; Las conferencias de 1907; Un libro sobre el feminismo; El último folleto de Rodó; una carta a García Calderón sobre la vida intelectual de Santo Domingo; y acaso la Guía romántica de Santo Domingo de Guzmán». A esta altura de su comunicación pregunta: «Dime cuáles deben suprimirse. ¿Crees que vayan bien la Catedral y Días alcióneos en una colección casi exclusivamente crítica?». Asimismo, externa su opinión sobre algunos de los trabajos que consideraba que podían suprimirse. «Pienso que son suprimibles Bernard Shaw, Parsifal, Meriño (Fed no me ha rectificado por fin los datos biográficos), Unamuno y El nuevo indígena. Están viejos o poco interesantes». 

Tres meses después, resueltos todos esos problemas, Pedro Henríquez Ureña envió a Francia los materiales que integrarían su libro. El 25 de octubre de 1909 escribe: «Hoy mando mi libro a Europa, se titulará Horas de estudio; en artículo previo explico que le doy el mismo sentido que ‘Días alcióneos’. Este título resultaba confuso para la ignorancia del público. Agregué el artículo sobre Clyde Fitch, que hoy salió en ‘Actualidades’». 

El artículo con el título de «Días alcióneos», que forma parte de Horas de estudio, fue concebido en enero de 1908. Está dividido en dos partes. La primera está dedicada a Antonio Caso y Alfonso Reyes. El origen del mismo y de la dedicatoria quedan explicados por Pedro Henríquez Ureña, cuando escribe: «Los días últimos de fiesta (5 y 6) estuve en Chapultepec con Caso y Alfonsito. Fueron días admirables de claridad, y estuvimos haciendo muchas observaciones de paisajes. Recordando el nombre que daban los griegos a estos días —“alcióneos”, días en que anda el alción, que había sido la esposa de Ceix— escribí un trabajito con este título». En marzo de 1910, Pedro Henríquez Ureña ya había recibido muestras de las primeras ciento cuarenta y cuatro páginas de su libro, las cuales encontró que estaban «bien impresas, como todos los trabajos de la casa Ollendorff, y con pocas erratas». La noticia de la próxima publicación del libro fue recibida con regocijo por algunos escritores amigos del autor. Tulio M. Cestero fue de los primeros que se apresuró a felicitarlo, tanto por haber sido encargado, junto al poeta mexicano Luis G. Urbina, de la preparación de la llamada Antología del Centenario como por la edición en ese mismo año de Horas de estudio. Igualmente, José Enrique Rodó le expresó: «Espero con interés su anunciada colección de artículos que editará Ollendorff». 

La impresión de Horas de estudio quedó terminada en febrero de 1910. La publicación definitiva del libro tardó unos tres meses más, o sea hasta mayo de ese año. La edición fue de mil seiscientos cincuenta ejemplares, cantidad bastante elevada para la época y que permitiría una amplia difusión de la obra. El precio de venta del libro, de trescientas sesenta páginas, era de tres francos. 

Henríquez Ureña recibió en pago de los derechos de autor cien ejemplares, al ser el contrato de edición que celebró con la Librería Paul Ollendorff del tipo en que el autor recibía «la remuneración a un tanto alzado por la cesión de los derechos de propiedad». Este tipo de contrato era el que se celebraba con más frecuencia entre los autores españoles e hispanoamericanos con la referida casa editorial. Tenía dos formas de pago: en metálico y en especie. La primera forma predominó frente a la segunda. Fue el pago en especie, sin embargo, la forma empleada en este caso para remunerar al autor. Otro tipo de contrato empleado por la Librería Ollendorff era «al tanto por ciento», o sea en el que el autor tenía «una participación personal en los ingresos procedentes de la venta o de la explotación». 

Horas de estudio se abre con el breve artículo «Días alcióneos», cuya segunda parte está dedicada a Leonor M. Feltz, antigua alumna de Salomé Ureña de Henríquez y mentora intelectual de Pedro y Max. En un emocionado y nostálgico final, el autor hace vibrar las fibras más íntimas de sus sentimientos hacia la amiga y la patria, al evocar a ambas, con estas palabras: «Antes tuve para el estudio todas las horas; hoy sólo puedo salvar para él unas cuantas, las horas tranquilas, los días serenos y claros, los días alcióneos. Y esta labor de mis horas de estudio, de mis días alcióneos, va hoy a recordaros todo un año de actividad intelectual que vos dirigisteis y cuya influencia perdura; va hacia vos, a la patria lejana y triste, triste como todos sus hijos, solitaria como ellos en la intimidad de sus dolores y de sus anhelos no comprendidos». 

La estructura y el contenido del libro quedaron finalmente fijados. La obra quedó estructurada en cuatro partes, en las cuales se distribuyeron los diferentes artículos: «Cuestiones filosóficas», «Literatura española y americana», «De mi Patria» y «Varia». En la primera se agruparon cuatro artículos: «El positivismo de Comte», «El positivismo independiente», «Nietzsche y el pragmatismo» y «La sociología de Hostos». Los trabajos sobre literatura, de la segunda parte, fueron los referentes a José M. Gabriel y Galán, Rubén Darío y el titulado «El verso endecasílabo». La parte dedicada a recoger escritos sobre temas de la patria del autor incluye artículos cuyos títulos son: «La catedral», «Vida intelectual de Santo Domingo», «Literatura histórica (carta a Federico García Godoy, La Vega, República Dominicana), José Joaquín Pérez y Gastón Deligne». Finalmente, la sección denominada «Varia» incluyó los artículos sobre «El espíritu platónico», «El exotismo», «La moda griega», «Clyde Fitch», «La leyenda de Rudel», «Conferencias» y «Barreda». Los artículos sobre José Joaquín Pérez, Rubén Darío y la sociología de Hostos habían sido publicados anteriormente en el libro Ensayos críticos

Desde Santiago de Cuba, Henríquez y Carvajal recibe el libro por el que tanto había abogado, saluda el acontecimiento y valora la repercusión que el mismo tuvo en el ámbito intelectual de esa comunidad del oriente cubano. En sus funciones de permanente promotor de la obra de sus hijos, se encarga de dar a conocer el libro entre sus amigos y relacionados, de todo lo cual informa al autor cuando le escribe: «El libro ha despertado gran interés entre los amigos a quienes se les ha mostrado. Una librería de aquí puso a la venta algunos ejemplares, los cuales fueron comprados por el público en dos o tres días, de tal manera que los amigos que desean leerlo y poseerlo aún no han podido procurárselo. Creo que en Santo Domingo va a ser leído con enorme interés». Consideraba que el libro era un éxito editorial y literario, aunque no lo fuera en lo económico. Agregaba, en cuanto a esto último: «Es preciso resignarse a pensar que la obra literaria o científica que por aquí —y aún por Europa— se realize [sic] no será por lo común fuente de beneficios pecuniarios. Ya mucho es que la casa de Ollendorff se prestara a servir de vehículo a la difusión de tus ideas. Quizá más tarde convenga publicar otro libro sin editor conocido».


1 comment

tlovertonet junio 23, 2024 - 7:10 am

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