Revista GLOBAL

El caso irresoluble de la identidad del dominicano

by Néstor Medrano
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Es un hecho que va de la mano con la dialéctica, las definiciones no son cerradas, ni los conceptos deben serlo, cuando se busca una aproximación a lo que es o debe ser la identidad del dominicano. La temática en su conjunto debe popularizarse, dinamizarse, ser llevada más allá de las discusiones academicistas o enciclopédicas, para que el pueblo, objeto y forjador de esa identidad, partícipe a conciencia y tenga conocimiento de que realmente pertenece a algún sitio. La identidad del dominicano deberá ser siempre búsqueda, para proteger los orígenes desde sus partículas disolutas, pero existentes y tangibles, de la cultura del ser nacional.

La identidad del dominicano puede buscarse a través de miles de preguntas cuyas respuestas están dadas por la costumbre y la experiencia. Pero definitivamente, existe una identidad acomodaticia creada, en muchos casos, por capas altas que conocen y no admiten su descendencia y los rasgos que la conforman. Varios pensadores, como el extinto Joaquín Balaguer, limitaban sus concepciones sobre la identidad a los peligros que significaba la aproximación cultural de Haití con la República Dominicana. Mientras, el pueblo llano no tiene un conocimiento racional de su identidad, como preocupación, pero sí está conectado con una conciencia que lo lleva a inducir que es parte de esa cultura que da vida a su identidad.

Desde hace tiempo, los criterios con los que valoramos los elementos y factores que determinaban la identidad nacional han registrado un proceso de cambios que si bien no han alterado el sustrato esencial de esos elementos y factores han modificado o, para no entorpecer mucho la comprensión del asunto, ampliado la visión de esa identidad. Lo que antes conocíamos por la apreciación histórica que hacía referencia a un encuentro de razas que determinó o instigó la formulación de una nueva estructuración del ser dominicano, hoy va más allá y, como piensan algunos, esta nueva estructuración se ha deformado hasta el punto de que existe una transculturación que cada día adhiere nuevos aditamentos a esa cultura de lo nacional, que buscamos como identidad.

Sin embargo, es relevante establecer que la finalidad de este trabajo no busca ni pretende afiliaciones con el denominado pensamiento conservador de los intelectuales y forjadores de ideas de siglos pasados y en el presente, que han sostenido una denominada corriente del pesimismo dominicano que involucra tanto la búsqueda de nuestra herencia como una identidad hispánica y condena o sepulta la africanidad de nuestros rasgos, por un asunto tan simple que a la hora de explicar se ahoga en el prejuicio y la subjetividad del criterio.

El ejercicio de hacernos las preguntas pertinentes es infalible: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cuáles son nuestros cruces y signos comunes de identidad con nuestros ancestros del descubrimiento, la colonización y la integración de indígenas, españoles y africanos? Y una pregunta elemental que es la resultante de las respuestas de todas las anteriores: ¿Qué somos? Estas preguntas, por muy simples y lineales que puedan parecer, están revestidas incluso de un sentir filosófico en el entorno de la búsqueda de definiciones, racionalmente incomprensibles.

¿Qué somos? Somos originarios de una tierra porque nacimos en ella y de ahí las bifurcaciones que dan un carácter difuminado a cualquier respuesta. ¿A qué atenernos para responder? ¿Partimos de los planteamientos de la Constitución para definirnos como dominicanos y los criterios de legisladores que no han escrutado los aspectos culturales e históricos ni vinculado nacionalidad con cultura, origen e identidad para declarar que son dominicanos los hijos e hijas de padres y madres dominicanos, las personas nacidas en territorio nacional… etcétera?

Es comprensible que muchos entiendan que reducir la identidad del dominicano a un origen étnico producto de corrientes migratorias de españoles que colonizaron la isla de Quisqueya, que luego bautizaron como La Hispaniola, y que se mezclaron con los indígenas taínos y luego con africanos que trajeron en calidad de esclavos, comprende un análisis bien simplista de los hechos, pero es con lo que contamos.

No porque sea incierto o falte a la veracidad elemental de nuestra historia. Una definición del dominicano no debe perder de vista los elementos de la cultura y sus definiciones, así como la apreciación que se tiene en la actualidad de fenómenos migratorios que han enquistado al dominicano en una diversidad que lo enmarca en una mezcla de muchas identidades que confluyen en una identidad mayor. ¿Qué factores importantes entran en estas identidades a partir de los procesos y sus contextos históricos? Si lo asumimos como lo plantea Josefina Záiter en un trabajo sobre el tema, en el que expone que “la formación de la identidad nacional dominicana, como país latinoamericano y caribeño, se nos presenta impregnada de imposibilidades, búsquedas afanosas, recuperación histórica y expresión de esperanza en cuanto a su construcción e integración”, estaríamos en una encrucijada de definiciones comenzando por los ámbitos referidos a las imposibilidades, búsquedas afanosas, pues iríamos más allá de aquel proceso definitorio que nos vincula como herederos del mestizaje ya referido en nuestros volúmenes de historia.

Alguna vez tuvimos la oportunidad de leer que la identidad del dominicano tiene que atenderse desde las perspectivas modernas de nuestras costumbres, esas costumbres que han llevado a una connotación incluso de ribetes sociológicos poco analizados pero sí bien instituidos en los finales de la década de los ochenta y una parte de los noventa, cuando se asumió la consignación del dominican york, pero a partir de criterios definitorios que nos pintaban al dominicano procedente de Nueva York, que llegaba al país con aretes, cadenas gruesas enrolladas al cuello, muchas veces prestadas o alquiladas, porque se quería llevar la idea en los estratos marginales y barriales de que la estadía en la ciudad de los rascacielos producía una bonanza y un bienestar económico que muchos ansiaban.

El dominican york llegaba al país con algunos billetes, alquilaba un carro e iniciaba fiestas y comilonas que deslumbraban a los moradores de los barrios de origen. Muchas veces, estos dominicanos enraizados también en lugares pobres de barrios neoyorquinos, donde la comunidad criolla es amplia, ahorraban durante todo un año parte de los salarios obtenidos en trabajos de factoría, almacenes y bodegas, los más pocos como taxistas, porque para ellos y sus familiares estos viajes significaban la muestra de que un hijo de la familia había triunfado en la gran urbe. ¿Culturalidad? Sí. Nuevos patrones se han impuesto a partir de estas consignaciones de la dominicanidad neoyorquina o de la comunidad dominicana en países europeos como España.

Posteriormente los criterios de esta dominicanidad en el exterior dejaron de ser tan simples, porque existe toda una diáspora que hoy sienta precedentes en áreas importantes de la cultura, la política y las artes. Esta diáspora ha removido los antiguos criterios de la dominicanidad y nuestra identidad, pues han incorporado elementos del diario vivir, de las tradiciones y de la cosmética propagandística de Estados Unidos. Hijos de hogares dominicanos, y hasta descendientes de tercera o cuarta generación, siguen siendo depositarios más por costumbres y tradiciones añejas que por genética de esa dominicanidad que se expresa en la melancolía subyacente de quienes en naciones distantes se reúnen para bailar un merengue típico o una bachata.

En ese aspecto se deslindan incluso los criterios de los hombres y las mujeres de niveles económicos y educativos superiores al común de esa comunidad dominicana que trabaja para sobrevivir. Quiere decir que es posible una cultura común, que nos configure una identidad. No es solo el elemento de la mezcla interracial que históricamente hemos conocido y preconizan los orígenes de nuestro ser. ¿Somos indígenas? ¿Somos españoles? ¿Somos negros africanos? Son preguntas que más que a retórica obedecen a un conjunto de cosas, están maniatadas por algo que se denomina circunstancialidad que añade otras configuraciones y lejos de contaminar la concepción identitaria, la complementan. Es, como todos los procesos dialécticos, “perspectiva de análisis” que permite asumir la historia y la cultura de modo concreto, así como explicar con sólidos fundamentos la identidad nacional en su dinámica específica, sobre la base de la dialéctica de lo general y lo singular en sus formas originarias y en su proceso de desarrollo y enriquecimiento de la cultura. 

La identidad fragmentada 

En los últimos tiempos, la categoría identidad en su connotación sociofilosófica y cultural, como identidad nacional ha adquirido gran importancia. Constantemente aparecen artículos especializados donde de una forma u otra se aborda. En algunos casos se vincula con la cultura, en otros con la conciencia nacional o algún aspecto relacionado “con la nación, su existencia y el modo como se piensa su ser esencial”.

A partir de este punto y como el tema no es estático y encuentra desvíos de consolidación, lo nacional con lo cultural se evidencia como elemento de confirmación de que la identidad también es o puede ser un sentimiento de lo nacional, que encuentra sus fundamentos en eslabones como la familia, las raíces de esa familia y el acoplamiento natural de otras culturas hacia ámbitos comunes.

Para los fines de este trabajo, carecen de importancia las confrontaciones entre quienes llevan el tema en planteamientos de una identidad nacional fragmentada y limitada a las discusiones entre afinidades y mezcla de haitianos y dominicanos. Si bien los escritores como Joaquín Balaguer atribuyen a la inmigración haitiana una especie de contaminación hacia el ser dominicano4 y una desnacionalización de esa dominicanidad, habría que enlazarnos en los enfoques históricos que nos hablan de un dolor episódico inscrito en la conciencia del dominicano, constreñido en la invasión y ocupación que padeció la parte oriental de la isla, que llevó al dominio de los haitianos sobre los dominicanos por un periodo que se extendió desde 1821 hasta 1844. Pero, estos enfoques contaminan cualquier intento puro de rescate o por lo menos de acercamiento a las pretensiones de una identidad. Circunscribo este aspecto a las estipulaciones de la Constitución sobre quiénes son dominicanos y quiénes no. Del mismo modo que remito una referencia al fenecido expresidente Balaguer, quien poseía una acentuada predisposición ideológica en contra del ser haitiano, igual a intelectuales como Peña Batlle, Manuel Núñez y otros pensadores dominicanos, también sugiero analizar los contextos de esos pensamientos.

Sus concepciones provienen de un acervo de particularidades donde la supremacía la tiene España, como negación cultural de unos códigos culturales opuestos desde el idioma, las tradiciones y los orígenes, para ellos concatenados a la realidad del dominicano. Haití es una realidad que va más allá de los instigadores del imperialismo, solventado desde Toussaint Louverture, pasando por Boyer o Souloque, que tenían la idea del expansionismo, justificada tal vez por los peligros que para la isla subyacían desde el exterior con países como España. Es decir, un recorrido de abordaje sobre la identidad nacional no tiene por qué enfrascarse en discusiones polémicas sobre Haití y la República Dominicana.

En las condiciones estimadas en nuestra Carta Sustantiva, los criterios de dominicanidad rigen para todos los extranjeros, sin importar nuestra realidad de formar una isla caribeña integrada por dos países que están segmentados por sus lenguas y costumbres. Esta segmentación, al mismo tiempo, es algo imperceptible en comunidades fronterizas como Dajabón, Montecristi, Pedernales y Elías Piña, donde la convivencia entre haitianos y dominicanos, la interacción y mezcla, se fomenta día a día por gravedad de la realidad misma. La identidad nacional no se puede acoger con la naturalidad de un nacionalismo a ultranza solo inclinado en contra de los haitianos. Habría que determinar de qué forma hemos sido infiltrados culturalmente por Haití. 

Si asumimos como parte de esa identidad el aspecto religioso, la República Dominicana todavía sigue siendo un país de raigambre católica y ese catolicismo fue introducido por los conquistadores del descubrimiento de América, que naturalmente, fue una empresa establecida por el reino de Castilla, que al tiempo de infundir su cultura, sus tradiciones, su idioma, “nos cristianizaron” y luego aniquilaron brutalmente a los indígenas sometidos a horarios de trabajo duro extenuantes en la recolección de oro para la Corona y para la clase señorial que luego se impondría, y que más tarde se enquistaría en la industria azucarera, luego de un sistema de repartos criminal, en que consistieron las muy degradantes encomiendas.

Retornando al tema de la religión, otras manifestaciones como el vudú determinan la naturaleza histórica y el código de creencias de los haitianos. Pero, vamos, que lejos del prejuicio esto no es más que una expresión cultural de un pueblo que fue más determinado por el negro africano traído en marejadas incuantificables a la isla y luego a Cuba y Puerto Rico, pero que en el caso de Haití tuvo una colonización de franceses y a partir de ahí la compleja confluencia de un idioma fragmentado lejos del castellano que tocó a los moradores de la parte oriental de la isla.

Hasta aquí fácilmente se puede demostrar que la identidad de un país es una sumatoria abarcadora, valga la redundancia que esto pueda configurar, que no ofrece una respuesta tácita, sino un enredo de preguntas y más preguntas que obligan a conducir por distintos caminos que en muchas ocasiones resultarán contradictorios y nos darán un resultado, otras veces medido por nuestras propias pasiones y convicciones.

El tema, referido en un estudio del Centro Poveda, establece que el investigador dominicano Carlos Dore Cabral, en “Reflexiones sobre la identidad cultural dominicana”,explica claramente las características peculiares del proceso de mestizaje en la República Dominicana y al referirse a su complejidad retoma la idea de que el elemento negro, de mayor relevancia que el indígena para la cultura dominicana, comienza a llegar en el siglo xvi como mano de obra esclava para la economía azucarera. Luego se integra como fuerza laboral de la producción ganadera que sustituye a la plantación de la parte española de la isla durante los siglos xvii y xviii.

Comenta que el aporte español o europeo es el más relevante en el sentido de que cubre casi todos los aspectos de la vida nacional. Para este investigador, allí donde encontramos influencias africanas o aborígenes también las hay españolas, pero no podemos afirmar lo contrario en todos los casos.

Es el origen. La abundancia de criterios se ha marcado desde ámbitos históricos distintos, por lo que retomando los pasos caminados al principio de este trabajo el tema ha sido reverenciado con un academicismo que pierde de vista elementos simples y tan propios y definitorios, o lleva a la promoción de controversias unas veces con pensadores de un pesimismo escaldado como Bonó o José Ramón López, o con posiciones sectarias como las de Manuel Núñez y Odalís G. Pérez, y visiblemente hispanización y anti haitianas a rajatabla como Joaquín Balaguer. ¿Es el sancocho un elemento de la cultura o de la identidad nacional? ¿Lo es el arroz, con habichuelas y carne? Evidentemente. Nuestra identidad está determinada por el béisbol. Y así podemos afirmar que en la cultura nacional, esa culturalidad de motivaciones por qué no decirlo, económicas, el béisbol constituye parte de las ilusiones de un contexto y una estructura social relacionada con el caso de los dominicanos que viven en el exterior. El dominican york que emigró en las décadas de los ochenta y los noventa, incluso los que se marcharon arriesgando sus vidas por las aguas del canal de la Mona y cuyos hijos y nietos transgredieron la cultura nacional, asimilando los patrones del medio, de las capas bajas y barriales del Washington Heights, por ejemplo, e importando estos patrones, aportando en ese contexto una transculturación cuyas valoraciones no son el objetivo de este trabajo.

¿Qué hay del regaetón, de esa música estridente que hoy comparte calles y callejones con la bachata, fermenta rasgos esenciales o no de nuestra identidad y de nuestra cultura? ¿Ha asumido el merengue de calle, el ritmo desencadenado y metálico con voces poco afinadas y desacopladas parte de esa musicalidad esencial de nuestra identidad, que antes nos llenaba otro tipo de merengue e incluso nuestras fiestas de palos, con instrumentos musicales que nos acercan a nuestra africanidad? Es asunto de preguntas. Las respuestas están asumidas por una realidad que conduce a patrones que la realidad modifica y transforma lo que se había preestablecido históricamente. ¿Todos compartimos criterios y afinidades similares o nos acoplamos al ideal de las conveniencias de inferioridad y superioridad según las clases sociales? Los diversos autores consultados para esta idea de aproximación a lo que somos como pueblo, a la descodificación de los elementos primarios que nos definen como cultura en proceso, para ser coherentes con la mezcla de factores a la que hemos hecho alusión anteriormente, nos explican que existen muchos prejuicios entre nuestras capas sociales altas, lo que no es un fenómeno de los dominicanos exclusivamente, a la hora de adjudicarnos los rasgos. ¿Qué prefieres, ser español, indio arahuaco, ciguayo, caribe o negro africano? ¿Prefieres ser dominican york, domínico-español, domínico-haitiano o domínico-americano? Estas preguntas son solo eso. Preguntas. Están respondidas en las costumbres. En la diversidad de criterios. El dominicano tiene sus mitos, sus realidades y sus fantasías. Incluso sus leyendas.

Otra cuestión fundamental es determinar a quién le importa nuestra identidad. Con qué objetivos. ¿Suele el pueblo llano que debe sobrevivir de la chiripa, el trabajo de ajuste del plomero, o el conductor de carro público y el motoconchista, la enfermera, el policía, hacerse la pregunta sobre su identidad? Ningún estudio lo responde. Es por esto que el asunto de la identidad debe deslindarse, tal vez, de las esferas y las capas académicas e intelectuales para salpicar la creación de una idea de creencia. La importancia, coincidirá cualquier estudioso u observador de la realidad nacional, es vital.

Los pueblos como la República Dominicana tienen planteadas unas realidades convulsas que permanecen incólumes si sus estados espirituales permanecen firmes. Si tuviéramos que definir la identidad del dominicano nos quedaríamos con que es su estado espiritual puro en cuanto a la raíz unificada de elementos como la cultura, que es todo su quehacer como ente social activo que vive y gravita en la sociedad, su folclor, su idioma y su religión. Significa que si bien hay una dejadez en los segmentos y capas menos educadas de la sociedad, y citamos el caso anteriormente del plomero, el policía, etcétera, en lo referente a una conciencia identitaria, el sentimiento está arraigado, es decir, está cimentado en su interior y aunque no lo identifique de manera racional, es inherente a su propia dominicanidad. En otras capas –y volvemos nuevamente a Juan Bosch sobre la composición social del dominicano– este enraizamiento también existe, en ocasiones con conocimiento pero sin admisiones de algunos de los elementos configurativos de nuestra identidad. Es una realidad que nadie desconoce: preferimos que nos endilguen una descendencia española, o árabe, o estadounidense, europea en sentido global, a que nos indiquen que somos originarios de Haití. Esto como elemento relativo a la parte que nos toca de la africanidad, de nuestro mestizaje primigenio cuando la conquista fue convivencia, luego interrelación y más tarde consanguinidad.

Al final de este trayecto nos damos cuenta de que la temática, cuando se observa desde criterios académicos o desde panorámicas motorizadas por las posiciones grupales y coyunturales, no deja de arrojarnos las salpicaduras de los prejuicios. La propuesta posible para generar un debate debe ser sobre la base de búsquedas, interpretaciones y comprensiones que nos conecten con la realidad de que la identidad está sometida a un proceso puro y simple de evolución, una evolución que al afrontarse de manera objetiva –lo que dudamos pueda lograrse– nos hará entender que todo es multicolor, solo que parte de una raíz común. 

Notas 

1 La Constitución de 2010 estima que son dominicanos, además de los hijos e hijas de madre o padre dominicanos, quienes gocen de la nacionalidad dominicana antes de la entrada en vigencia de esta Carta Magna con excepción de los hijos e hijas de extranjeros que se hallen en tránsito o residan ilegalmente en territorio dominicano. 

2 “Un análisis psicosocial de la identidad dominicana”, referido en Perspectivas Psicológicas, Josefina Záiter, 2000. 

3 “Aprehensión hermenéutica de la identidad”, Rigoberto Pupo Pupo, Revista Sociedad Latinoamericana, 2000. 

4 Ver La isla al revés, Joaquín Balaguer, Editora Corripio, 1994. 

5 Ver Historia del pueblo dominicano, Franklin Franco, Editora Mediabytes, 2009. Historia del Caribe, Frank Moya Pons, Ediciones Ferilibro, Editora Búho, 2008. 

6 El derecho a la identidad y su expresión literaria, Pura Emeterio Rondón, Centro Cultural Poveda, 2000 (Cuadernos de Sociedad y Educación, núm. 15).


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