Revista GLOBAL

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Las narraciones de Ángel Bonomini 

by Darío Jaramillo Agudelo
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Editorial PreTextos de Valencia (España) editará próximamente los cuentos completos de Ángel Bonomini, escritor argentino, cultor de la literatura fantástica, que publicó sus cuentos entre los setenta y los ochenta del siglo pasado y luego fue injustamente olvidado. Este rescate va precedido del siguiente ensayo de Darío Jaramillo Agudelo, quien lo entregó a Global como anticipo de esa edición. 90 1 El martes 22 de agosto de 1972, Jorge Luis Borges está invitado a la casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, algo habitual por aquel tiempo. El anfitrión registra así lo ocurrido esa noche: «come en casa Borges. Le cuento dos proyectos de cuentos: el del doble y el del tigre. Le leo Los novicios de Lerna, un largo cuento, del libro del mismo nombre, de Ángel Bonomini. Nos parece excelente».1 Para abundar en esta historia, pocas semanas después, el 18 de septiembre, Bioy le manda una carta personal a Bonomini en términos parecidos: «Querido Bonomini: no le he escrito hasta ahora porque su libro fue el último placer que tuve antes de sumirme en un interminable ataque de ciática y lumbago, que me impidió toda actividad.

Tan entusiasmado estoy con el libro que una noche, que vino Borges, le propuse la lectura del único cuento que todavía yo no conocía: Los novicios de Lerna. Nos deslumbró. La historia está admirablemente contada, con muchas sabidurías y todo en ella es un acierto, desde el agradable tono tranquilo hasta la descripción y el ambiente del lugar. Con Borges preparamos una antología de textos en que aparecen dobles, ¿cree usted que podríamos incluir Los novicios de Lerna? Reciba un cordial abrazo de Adolfo Bioy Casares». 2 «Los novicios de Lerna» es el relato final, y el que le da el título al primer libro de cuentos de Ángel Bonomini que Emecé acababa de editar en Buenos Aires. En ese momento, Bonomini está en vísperas de cumplir 43 años –había nacido en Buenos Aires el 13 de octubre de 1929–, es el crítico de arte de La Nación y ha publicado antes cinco libros de poemas. Lo que sigue poco después de Los novicios de Lerna es distinto de lo que propuso Bioy: la antología de los textos sobre dobles nunca se hizo, pero antes de un año de aparecido, ese mismo cuento es incluido por Alberto Manguel en su Antología de literatura fantástica argentina: Narradores del siglo XX, editada en julio de 1973 por Kapelusz.2 Con esta antología, Bonomini queda etiquetado como uno de los más destacados autores de la literatura fantástica en la Argentina.

En los años siguientes Bonomini publica otros libros de relatos en las más acreditadas editoriales (todos reunidos en el presente volumen),3 muere el 13 de mayo de 1994 y desde entonces no ha pasado de ser una nota a pie de página en la brillante literatura argentina de su época, donde reina y sigue reinando Borges, todavía vivo y, después, desde el cielo, desde el infinito, desde el centro sin centro mismo del aleph. Y donde, a su lado o al frente, están Cortázar, Bianco, Bioy, Silvina Ocampo, Victoria Ocampo, Marco Denevi, Manuel Puig, Eduardo Mallea, Manuel Mujica Laínez y Ezequiel Martínez Estrada; donde, muy cerca de él, están Héctor Murena y Alberto Girri. Bonomini ha publicado poemas, ha trabajado en Nueva York en los mejores momentos de la revista Life, es comentarista de arte del diario La Nación. Es escritor, pero no quiere ser autor. Su amigo Marcelo Moreno recuerda que era «poco dado a las relaciones públicas, de vida casi recoleta, no muy inclinado a la simpatía en general, Bonomini no habitó con frecuencia suplementos literarios ni ejerció como escritor “opinólogo” ante cualquier coyuntura social, política o económica».4 Escribe, pero no está en la carrera literaria, no parece muy interesado en salir en la foto, en ser incluido en la lista, los autores son los de la foto, él como personaje, no persona de sí mismo, de sus textos, se apaga para la galería, unos pocos lo recuerdan y lo estiman, y su voz le llega a Manuel Borrás, que sin más relee los viejos pequeños tomos de los setenta, de los ochenta, y queda hechizado con el mundo literario de Bonomini. 3 Los cuentos de Bonomini fueron escritos en un momento fulgurante de la narrativa argentina; y en el que se destacaba la literatura fantástica.

Tal vez nunca se haya hecho más por el género en español que en ese país. Con antecedentes desde el siglo antepasado, el momento fulgurante se prolonga desde el decenio de 1940. Basta citar el nombre de Borges, el santo nombre de Borges, para apreciar la dimensión del fenómeno que se prolonga hasta los tiempos en que Bonomini escribe. Y están algunos momentos desbordantes de Cortázar y las novelas de Bioy Casares, entre los varios de los excelentes 91 escritores argentinos de los mismos años, publicados por las mismas editoriales que editan, como a la sombra, los libros de Bonomini. Para Marcelo Moreno, el ensayista francés Roger Caillois define en Imágenes, imágenes… con precisión quirúrgica la literatura fantástica, diferenciándose de dos géneros con los cuales se la suele confundir: el relato maravilloso y el de ciencia ficción. “El universo de lo maravilloso está poblado de dragones, de unicornios y de hadas. En lo fantástico, al contrario, lo sobrenatural aparece como una ruptura de la coherencia universal. El prodigio se vuelve aquí una agresión prohibida, amenazadora, que quiebra la estabilidad de un mundo en el cual las leyes hasta entonces eran tenidas por seguras e inmutables”. En el otro extremo se sitúa la ciencia ficción, en la que la tecnología tiende a mediar como introductora de lo sobrenatural.

El relato fantástico, en cambio, resulta impensable sin un mundo gobernado y ordenado por la razón. De allí que la irrupción del género en la literatura europea sea contemporánea del romanticismo. De allí también que un férreo naturalista como Guy de Maupassant sea uno de sus maestros, con su impecable “El oral”. Es –como escribe Caillois– “lo Imposible sobreviniendo de improviso en un mundo de donde lo Imposible está desterrado por definición”. En suma: nada de hadas madrinas y tampoco enanitos verdes, sino una profunda herida en el tejido de la realidad».5 Para el venezolano Juan Liscano, «Argentina ha producido los más importantes creadores latinoamericanos de literatura fantástica, exceptuando al chileno Juan Emar y al mexicano Juan Rulfo. Esa línea de alta navegación narrativa que tiene en Borges y en Bioy Casares dos grandes representantes actuales, no agota una inspiración que responde a cierta Argentina fantasmal, a cierto Buenos Aires espectral, a la pampa de puramente repetida, irreal, a un extremo Sur tan íngrimo como una isla congelada».6 Yo añadiría que, aparte de ese momento fulgurante que era el presente de Liscano, todavía hoy Argentina es terreno abonado de la literatura fantástica. Sin pretender ser exhaustivo, puedo mencionar los nombres de Abelardo Castillo, Angélica Gorodischer, Ricardo Piglia y César Aira, el para mí, hoy, más valioso narrador argentino. Es entonces, continúa Liscano, cuando aparece Bonomini: «de puramente repetida, irreal, a un extremo Sur tan íngrimo como una isla congelada. La obra de Bonomini constituye una coherente operación lingüística que persigue perspectivas ontológicas, disfrazadas o 92 enmascaradas en lo fantástico.

La finalidad, si hubiera alguna finalidad, no sería lograr distraer con la aparición de lo fantástico, sino a través de las apariciones fantásticas de la realidad, mirada en ella misma hasta donde fuera posible, descubrir la metáfora de lo intemporal, el anuncio de la otredad, los presagios de la divinidad, los horrores demoníacos. El denominador común de su cuentística es el sentimiento de la muerte aliado con el impulso erótico, el herbolario de la infancia, los tránsitos oníricos, con sus reiteraciones como una película que vuelve hacia atrás, repitiendo la misma escena varias veces, los juegos de la memoria, las presencias insólitas». 4 Hasta aquí, lo convencionalmente dicho sobre la narrativa de Bonomini. Corrigiendo esa convención tendríamos un cuadro más certero: activo en un momento fulgurante de la literatura fantástica argentina, Bonomini, releído, pasa ahora a ser una figura central, autor de un grupo de narraciones fantásticas excepcionales, y que han adquirido valor con el paso del tiempo gracias a su originalidad, a un estilo escueto que los años no han oxidado y a unas historias que logran con eficacia el choque, el asombro que busca la literatura fantástica. Pero ahora, solo, desamparado pero imperturbablemente, imponiéndose como voz, como universo narrativo, seguro de la capacidad de asombro y de viaje a mundos nuevos, Bonomini resucita vital y refrescante.

Casi que uno agradece a aquellos tiempos generosos que guardaran secretos por descubrir, nombres que se añaden tarde a la lista, como le sucedió a un tal Melville, que murió olvidado y tardó treinta años en capturar la atención asombrada en los tiempos de los hijos de sus nietos. Leído hoy, lejos de las taxonomías y de las etiquetas, olvidándonos de la época en que vivió, cosa que él facilita porque, mientras uno lo lee, Bonomini se siente fresco, recién hecho, diciendo cosas plenas de sentido y desbordantes de imaginación, lo que se encuentra es una prosa que respira, que fluye. Es más, en una relectura de 2017 no es suficiente con ascender de comparsa a protagonista de la literatura fantástica argentina a este pulcro e imaginativo escritor. Aparte de los relatos fantásticos que lo legitiman en ese territorio, Ángel Bonomini es autor de varios cuentos que no incluyen lo insólito, que en un todo pertenecen al universo de lo verosímil y que consiguen ese toque de maestría, ese remate de perfección que también pone a Bonomini a jugar en las grandes ligas de la narrativa argentina. Son varios los ejemplos de historias magistrales, sí, magistrales, que están lejos del mundo de lo fantástico: «Autorretratos» y «Manuscrito del buscador de oro Gerald Willkins fechado en 1860» son dos buenos ejemplos y no los únicos. En «Autorretratos», un cuento perfecto, redondo de fondo, como mecanismo que desencadena –y concluye (¡y titula!)– están los autorretratos. Unos autorretratos que no son tales y bastaría la anécdota que lo aclara, y que por sí sola llevaría a todo un desarrollo sobre el arte y sobre la identidad.

En términos literarios sería una nueva versión, inesperada, del tema del doble. En principio, los dos pintores serían el uno el doble del otro, pero a la larga se consolidan como una sola persona, un solo artista, lo contrario del doble, un individuo repartido en dos cuerpos, asunto que los acerca, de nuevo, a la doblez y al desdoblamiento. Si dos rivales enconados y vitalicios, como «Los teólogos» de Borges, posiblemente sean uno solo en la mente de Dios –«en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador Escribe, pero no está en la carrera literaria, no parece muy interesado en salir en la foto 93 y la víctima) formaban una sola persona»–, con más razón sean uno solo estos dos pintores, más amigos que rivales, más cercanos que adversarios («somos yo gracias a los otros», dice el narrador). Más allá de toda identidad, que la hay, están dos individuos, dos, con sus vidas y sus muertes: aquí el acierto de Bonomini consiste en darle la voz narrativa a uno de los dos; así queda clara la oposición y el acercamiento de dos individuos que terminan siendo un solo artista. «Manuscrito del buscador de oro Gerald Willkins fechado en 1860». Quien escribe, Gerald Willkins, declara que «soy inmune a la fuerza corruptora del dinero, al sentimiento de avaricia, a la vocación de poder, al terror de perder esta riqueza, a todas las calamidades, en fin, en que se puede sucumbir a través de la satánica atadura del oro».

Entre sus cuentos de corte policiaco, otro género ajeno a lo fantástico, destacó «Facundo se equivoca» e «Iniciación al miedo», cuento elegido por Borges. 5 Bonomini no tuvo el tiempo suficiente para inventar teorías sobre sus cuentos. La falta de notoriedad, cultivada casi como una religión, no tanto, sí como una forma del pudor, esa actitud propició el vacío y que tan solo aparezcan esporádicos párrafos alusivos al oficio de la escritura. Bueno, y un cuento, un cuento enigmático como es «El viaje» donde incorpora a algunos personajes de sus historias en un recorrido (¿onírico?, ¿iniciático?, ¿tan solo simbólico?) que abarca la vida del propio Bonomini. Por el momento de especial impulso de la literatura fantástica, Bonomini aparece con esa etiqueta que, además, no le queda incómoda pero que no abarca toda su producción. Y cuando, por una sola vez, el propio Bonomini hace una selección de sus cuentos, en 1982, no recurre a su literatura fantástica, sino que recoge los cuentos de amor que habían aparecido en sus libros anteriores y añade dos inéditos. A este respecto, por única vez tenemos un testimonio del propio Bonomini sobre sus cuentos de amor y sobre el amor como tema para una historia. Está en la contracarátula de la única edición de los Cuentos de amor. Con el ánimo de preservar ese único texto autorreferencial de Ángel Bonomini, con motivo del revival que significa la edición de sus obras de ficción, bien merece la pena que lo reproduzca enseguida íntegramente: «Al reunir estos cuentos escritos entre 1970 y 1980 observó que los once casos planteados difieren casi abruptamente uno de otros. Entiendo que tal disparidad conforma una adecuada versión de lo que he visto en el mundo. Sin duda, el amor es una de las aventuras mayores que puede emprender el corazón humano, pero también es cierto que hay modos de envilecimiento y de destrucción que se amparan en sucedáneos sutilmente encubiertos.

Llamar a todos estos relatos “cuentos de amor” supone una inequívoca ironía. En su totalidad están referidos a relaciones entre un hombre y una mujer y en algunos casos el amor obra, creo, translúcido y creador. En otros, bajo una falsa apariencia se oculta el desolador reverso del odio. No faltan los que desembocan 94 en las formas más sombrías de aniquilación. De todos modos, y aunque entre estas historias predomine o se distingan las menos felices, quiero señalar mi certeza de que, aparte de la experiencia religiosa, el amor es uno de los escasos asomos de liberación del sentimiento del tiempo que tienen los seres humanos, esas criaturas solitarias rodeadas de endebles esperanzas y la certidumbre de la irremediabilidad de la muerte». Aparte de la declaración explícita y el agrupamiento temático de Cuentos de amor, lo que presenta el primer libro es una amplia paleta que incluye un plato fuerte de literatura fantástica, nada menos que el que le da el título al libro, «Los novicios de Lerna». Además, ese mismo primer libro trae otros registros como lo anuncia la nota de la contracarátula: «estos cuentos reúne varias condiciones excepcionales: un interés argumental con planteos que nunca defraudan; una diferenciación estilística, entre los relatos, impuesta, en cada caso, por el tema y el tratamiento; una organicidad de conjunto que da unidad al libro y, al mismo tiempo, conforma un coherente sistema de valores para ver la realidad en su diversidad de propuestas».

El sustrato que les da actualidad y permanencia a las narraciones de Bonomini es esa prosa precisa, clara, fluida, sobria. Capaz, cómo no, de juego verbal según se ve en «El tigre de Bengala», pero, más allá de la capacidad de jugar, se trata de un escritor que siempre encuentra la frase feliz. Uno de esos autores que los subrayadores de libros marcarían con deleitosa frecuencia señalando un aforismo aquí, alguna paradoja allá. En una nota publicada en Clarín, doce días después de la muerte de Bonomini, Marcelo Moreno dice que tiene «una obra sólida, concisa, transparente, con cuentos admirables»; y dos años después señala que «el lector se deja llevar por una prosa sin rispideces, ingenios, golpes de efecto, adornos, sorpresas, guiños, sobresaltos, oscuridades, códigos u obstáculos. Se trata de una escritura que lo lleva como una ola por el relato».7 Antonio Requeni, en una nota del diario La Nación, corrobora lo dicho sobre los cuentos de Bonomini: «Redactados en un estilo sobrio, riguroso, despojado de adornos innecesarios, la precisión de su lenguaje sirve para hacer más verosímiles y, a la vez, más inquietantes, los hechos que se narran».

El caso es que el dominio técnico de Bonomini es total. Pocas veces ocurre esa transparencia del escritor que, además de imaginar diferentes maneras de contar una historia, cosa que le sucede a todos, no solo intente (cosa que hacen algunos) sino que publique (cosa que solo hace Bonomini) la misma historia contada de diferentes maneras. En el Libro de los casos, 1972, aparece «Las cárceles», un brevísimo cuento de seis párrafos; el primero dice: «dos prisioneros comparten la misma celda. Roca escribe permanentemente historias y se las lee a Baldassarre, que es analfabeto. Al cabo de oír las narraciones, siempre escritas en primera persona, Baldasarre siente un invariable malestar. Con el tiempo advierte que Roca es libre, que puede crear viajes y hasta amores a pesar de estar como él, reducido a un pequeño calabozo». Luego vendrá un crimen y un final inesperado. Seis años después, en Los lentos elefantes de Milán, 1978, aparece «Después de Oncativo», un cuento mucho más largo que «Las cárceles», nueve páginas y poco. Es una historia de guerra y en ella hay dos soldados prisioneros: Vega escribía historias, describe fiestas, mujeres, trabajos, paseos, peleas. Escribía siempre en primera persona y, después, le leía a su compañero.

Pero Alcácer, al oír las historias sentía un invariable malestar. Con el tiempo advirtió que Vega era libre, que podía crear viajes, y hasta amores a pesar de estar con él reducido a los límites de un estrecho Bonomini, releído, pasa ahora a ser una figura central, autor de un grupo de narraciones fantásticas 95 calabozo». Luego, añado, vendrá un crimen y un final inesperado. Los argumentos son muy semejantes, el desenlace igual, tan igual como el párrafo que se duplica, pero, magias de la literatura, habilidades de Bonomini, son dos cuentos muy distintos. 6 Aparte del tema, como en el caso de los Cuentos de amor, valga la explícita redundancia, está el caso del Libro de los casos, el segundo volumen de cuentos de Bonomini. Aquí el criterio dominante en el libro es la brevedad de los textos. Cuentos de cinco párrafos casi todo el libro, excepto al final donde, según lo establecido en Los novicios de Lerna, viene un plato fuerte, doble en este caso y abarcado con el subtítulo de «Dos casos ceremoniales»: son los cuentos «El matrimonio Camprubí» y «La caída de la casa de Barro». El primero, «El matrimonio Camprubí», es la pesadilla de la simetría, la náusea del rito que encubre el vacío. El matrimonio Camprubí, dos ancianos, es hallado muerto en su casa.

La casa posee, en todo, una extraña simetría y aparece un manual donde está cada actividad con su rito inherente, de modo que «la vida entera del matrimonio estaba, así, regulada por interacciones artificiales: beber un vaso de agua suponía la obligación de comprobar si el cajón de una cómoda estaba debidamente cerrado. De este modo se entreteje un orden ritual que convertía a los ancianos en esclavos de su propio culto». En el segundo, «La caída de la casa de Barro» en palabras de Juan Liscano, «redescubre la comicidad del cuento criollo costumbrista fundado en el culto del gaucho». En el caso del Libro de los casos comienzo por el final, porque en el resto de narraciones, veintiocho, domina la brevedad planteada como asunto de relojería, donde la precisión de los mecanismos corresponde al exacto desencadenamiento de hechos que dará un salto inesperado pero coherente hasta llegar a unos finales que son como la cola del soneto, y hablo por comparación. Entre este conjunto hay verdaderas joyas de la narrativa breve, como «El jaulero de san Isidro», mi preferido, creo, que trata de un loco que carga una jaula vacía y va «silbando como un pájaro, como todos los pájaros». Tiene un final abierto, cinco finales en los que desborda poesía. También me parece una joya «Los amantes ejemplares», referido a un amor tan perfecto que «cada uno se convirtió en el ser que amaba». Igualmente me parecen magníficos «Roque, el plátano» y «Leocadia y el mar».

En el primero, «Roque, el plátano», movido por el miedo, Roque «decidió convertirse en plátano mientras durara la epidemia [y] se plantó en el jardín de su casa». En «Leocadia y el mar», Leocadia Saldana nace y crece en mitad de la pampa, pero «nunca dejó de imaginar el mar». Al referirse al Libro de los casos, Eduardo Berti dice que «es indudablemente la obra “anfibia” por excelencia de cuánto publicó Bonomini, ya que la mayoría de sus textos breves desgranan una trama diluida o sintética que se combina con elementos tanto poéticos como incluso, aunque en menor medida, deudores del ensayo».8 96 Hay una constante en estos 30 breves relatos. Me refiero a los breves, a los de cuatro párrafos o cinco. Parten de una situación insólita que se cuenta con toda naturalidad, como si fuera cosa de todos los días que alguien tiene los párpados transparentes o que otro es absorbido por una flor. Pero las cosas no se quedan ahí: además de partir impasible de algún supuesto insólito, el desenlace del asunto es –siempre, por sistema– otra vuelta a la tuerca, un final consecuente con el principio, pero absolutamente inesperado para el lector. De modo que leerlos es una aventura de la inteligencia, de la capacidad de encantamiento, de la inminencia de otras realidades, otras lógicas, otros mundos que a lo mejor también están aquí. 7 Aparte, pues, de la escogencia explícita de los cuentos de amor, aparte de conferir la unidad a un libro con una espléndida colección de narraciones breves –forma que vuelve a aparecer en los libros subsiguientes– no existe ningún testimonio de Bonomini sobre sus cuentos.

Los agrupamientos, las interrelaciones, las paradojas que aparezcan después corren por cuenta de cada lector y son tan personales como lo que le dice a cada uno su propio silencio. Por mi parte, mi lectura halla ciertos homenajes implícitos y explícitos a personajes de la historia: esto, con respecto a ese juego de relaciones que cada lector va armando como una especie de genealogía arbitraria. Lo otro son los agrupamientos temáticos; sin ánimo de agotar la materia, percibo un primer universo dominado por lo fantástico, como los lugares imaginarios y, en esa dimensión de lo imposible de comprobar, privilegiadamente, lo relativo a la identidad, la aparición del doble en todas sus formas, y un segundo universo, directamente conectado con el primero, en donde el núcleo es el tiempo, la muerte, la reencarnación, lo sagrado, los otros mundos, el sueño, el viaje. Será lo que desarrolle en la parte que me falta. Pero antes de empezar, a manera de epígrafe, se diría también que a manera de indicio sobre el mismo Bonomini, transcribo un poema de Torres para el silencio (1982), libro de Bonomini reeditado por PreTextos en 2016. ¿Por qué nunca se habla de la oscuridad de la boca? / ¿Dónde suena la música que se sueña? / ¿No será que, a veces, las pieles, por su cuenta, / se enamoran y esclavizan el hueso y su médula? Y así hay mil preguntas / que le dan sentido a todo. / Axioma: lo obvio nunca es verdad. / Otro axioma: la gran riqueza / es inventar preguntas. 8«La gran riqueza es inventar preguntas». Si es así, Bonomini las ha inventado todas. Y no las más fáciles, ni las más convencionales. Antes de entrar en ellas, vale la pena una exploración sobre ciertas relaciones intuidas o explícitas entre los relatos de Bonomini y otros mundos de la cultura.

Para comenzar con las intuiciones, Eduardo Berti, uno de sus más agudos lectores, encuentra que ese excelente cuento que es «El último espejo» «bien podría ser el desarrollo de uno de los tantos “argumentos anotados” por Nathaniel Hawthorne que tanto hacían las delicias de Bioy Casares y de Borges: “Un viejo espejo. Alguien encuentra la forma de hacer que todas las imágenes que ha reflejado vuelvan a asomar en su superficie”, escribe Hawthorne. “Minuciosamente el espejo detalló su memoria, desentrañar su olvido, enunció su pasado”, escribe Bonomini».9 Para abundar en el hallazgo de Berti, encuentro lo siguiente en La casa de los siete tejados, la espléndida novela de Hawthorne: «un espejo enorme y opaco [que] colgaba en una de las habitaciones y se contaba que contenía en sus profundidades todas las formas que se habían reflejado alguna vez en él». Siguiendo con las intuiciones, «La modelo» es un doble delirio que mantiene cierta brusca salacidad en una historia fantástica que recuerda a Felisberto Hernández: una mujer que cambia eternamente de vestuario hasta el punto de hacerle suponer al narrador que ella tiene un descomunal guardarropa en un enorme sótano de acceso secreto.

Mucho más apegado a los hechos, pareciera que la muerte de la Eleonora de «Hierbas aromáticas» es la misma que tuvo Isadora Duncan. Y todavía más explícito es el homenaje a tres personajes de la ficción en «Los tres amigos», donde 97 juegan a los dados tres viejos conocidos de muchos lectores, ninguno de ellos el principal de su mundo original, Sancho, Lotario y Watson. Significativo que no sean don Quijote, Mandrake y Sherlock Holmes. También explícito, y amplio y devoto, el homenaje de Bonomini a Kafka. El cuento de Bonomini se titula «Memorando de Peter el Rojo» y no hay que olvidar que en «Informe a una academia», de Kafka, Peter el Rojo es el nombre del chimpancé que se dirige a los académicos. El «Memorando de Peter el Rojo» cuenta que fue el señor FK quien lo convenció de que presentara ese informe con el argumento de que «será un medio totalmente nuevo, acaso el único nuevo que pueda ofrecerse para entender la urgencia de la caridad». Para mí, lector de Historias de cronopios y famas, lector de La vuelta al día en ochenta mundos, se me aparece una impronta de Julio Cortázar en un desopilante y hermoso cuento, «Las teorías». Son personas (¿chicos?) que inventan teorías. Por ejemplo «la de los pájaros que caen para arriba cuando mueren, la de la gota de agua pensada como espejo». Cuando uno lee el muy breve y magnífico «Nicasio Freitas», inevitablemente nota la sombra de El barón rampante (1960) de Italo Calvino: Bonomini cuenta que «Nicasio acabó por ser como un ave del barrio a quien el suelo apenas le hacía falta». Por supuesto que hay diferencias entre el paisaje urbano de Nicasio y el mundo rural del barón. Además, no tiene nada que ver la despreocupación y la alegría natural de Nicasio con el aspecto rebelde que tiene la rampancia del barón de Calvino. Por otra parte, cuando un lector del siglo XXI está leyendo a Bonomini y tropieza con Punktal, con Huancay, con Narcia, con Bancos o con Lavar, de inmediato piensa en Las ciudades invisibles de Calvino.

Pero el asunto es que el libro de Calvino apareció en Italia en 1978, cuando ya Bonomini había inventado varios de sus lugares. En todo caso la geografía imaginaria de Bonomini es lo suficientemente extensa como para merecer un capítulo para ella sola. 9 A manera de epígrafe para la geografía imaginaria, me gusta el expediente de recurrir a poemas del propio Ángel Bonomini, con la intuición de que pueden ser reveladores de muchos aspectos de sus narraciones. Y aquí hay uno que se aproxima al tema: Las extensas terrazas / de la casa que jamás fue construida; / las vides ocres que no fueron plantadas; / el tiempo anterior al primer instante; / las ciudades no creadas; / el contrasueño, el revés de la realidad; / lo que no es objeto de olvido o nostalgia; / lo que no existe ni existió / ni en horas ni en geografía. De todo eso se nutre y muere, / allí reposa, / sobre eso obra esta forma de ser que somos: / una mera posibilidad / ante infinitas renuncias. Antes de llegar a las ciudades imaginarias, lo bueno es detenernos en lugares más pequeños, cuya conducta como espacio es distinta a la que conocemos en la realidad que habitamos. Por ejemplo, un calabozo donde va el protagonista 98 innominado de «Por la palabra», que va cambiando, siempre en contra del narrador, hasta que termina rodeándolo y matándolo. En «Los galpones» el protagonista, Guillén, alquila un enorme lugar cubierto en donde lleva a cabo unas construcciones inútiles, arbitrarias y extrañas y escribe una especie de aforismos demenciales sobre la simetría como, por ejemplo: «Hay treinta y dos posibilidades de simetría. Evitarlas». «El equilibrio universal admite la caída de una estrella tras otra, pero las estrellas están más en el tiempo que en el espacio». En «El corredor», el narrador, poseído por una tristeza creciente, recorre un corredor interminable y monótono. «Sigo entonces mi marcha hacia ninguna parte en esta especie de destiempo en que estoy sumergido» en una senda fatal que le hace pensar al narrador que «es posible que ambos, el corredor y yo, seamos de una misma sustancia». La casa fantasma aparece en «Un pañuelo azul», un cuento precioso donde cada engranaje está perfectamente armado.

Aquí, como en «Barnen y un ramo de violetas», el protagonista es un investigador de arquitectura. Igualmente, los desenlaces de ambos cuentos son análogos. Si emprendemos una excursión en busca de ciudades imaginarias, lo primero que hallamos es «El pueblo de estatuas», una ciudad abandonada, solo la habitan las estatuas que talló Sepúlveda. Después está Laar: en «Hay que ir a Laar» se cuenta la aparición en sueños de alguien que dice que hay que ir a Laar. «Una vez que uno ha pasado por ahí queda transformado para siempre». «Esta ciudad tiene la inasibilidad de la inocencia». En «El mensajero» aparecen tres ciudades imaginarias. La del viajero, la primera. La segunda, Banca, hacia donde va el viajero a pedir ayuda por la peste que hay en su ciudad; al fin llega a Moncloa y esa noche se declara la peste allí y lo mandan a Narcia a pedir ayuda y, cuando llega a Narcia, empieza la peste en Narcia y entonces «comprendió resignadamente que lo enviaran a otra ciudad a la que inevitablemente deberían encaminarse. Comprendió también cuál era la clave de su destino, y que nada debía preguntar, sino cumplirlo […]». «Memorias de Punk» fue finalista en el Premio Juan Rulfo. Punktal es una extraña y silenciosa ciudad imaginaria a la que llega el narrador. Lo especial es que a varias cuadras hay un montón de cadáveres. Lo sobrecogedor es que el narrador, que llegó en un tren, de repente descubre que su propio cadáver está en uno de los montones. «Esa dualidad no se daba en términos metafóricos ni oníricos; yo estaba muerto y yo estaba vivo». Entonces el aterrado protagonista sabe que «se trataba de una satánica negación del tiempo». Otro excepcional relato, «Los temibles tordillos de Huancay», supone la existencia precolombina de los caballos en América. Huancayo es una ciudad imaginaria donde todo transcurre en silencio para evitar que el ruido los delate ante la invasión de los caballos que ya han destruido seis ciudades. Uno de los relatos más emblemáticos de Bonomini es «El viaje»: unos mapas y luego «una extensa plaza de piedra», el templo, el bosque («nadie puede describir un bosque»), el contorno del mar, un pueblito y, allí, «mis abuelos»: «cuando vi a esos viejos a la luz de las bujías comprobé que eran ellos. Bien sabía yo, o creía saber, que habían muerto. Que habían muerto aun antes de que yo naciera. Sin embargo, no digo ya para estupor, sino para mi horror, los veía allí, vivos, y como si el tiempo no hubiera pasado desde la época en que habían sido fotografiados». Tres días con los abuelos y, luego, la ciudad, la casa «de una insoportable simetría», «cuando desesperEs simplemente una chorrada llamar «literatura de evasión» a la literatura fantástica 99 té comprobé que en esa casa los hechos duraban mucho, que el tiempo tenía la lentitud de la infancia»…, el jardín y, al final, un desfile de los personajes de los cuentos de Los lentos elefantes de Milán, desfile mental que le da una unidad adicional al libro entero. Aparecen, como en Milán, dos elefantes y una mujer con los párpados transparentes» y Burns, y Beltra e Ismael y Pablo, en fin, varios de los personajes que aparecen en diferentes historias de ese libro. De repente una frase y unas conjeturas.

La frase dice «espero la llegada de quien me revelará la clave de este viaje». Las cadenas de establecimientos con el mismo nombre y la misma decoración dan lugar en «La sucursal» a la duplicación de espacios que se multiplican con todo lo que tienen adentro: «todos los días en todos los C.C.C; él y yo estábamos a la misma hora, repetidos». Aquí junta Bonomini las geografías imaginarias con el tema del doble, en el que me detendré enseguida. 10 Dos poemas de Bonomini ayudan a acercarse al próximo tema: Noche La numerosa realidad se borra / en el aire vacío. / Todo pierde su nombre / en la unidad secreta, / y la esencialidad de cada cosa / se recarga / al lúcido amparo de las sombras. … VOLVEREMOS, cada vez, / hasta agotar el ser que somos / para que, de pura vida, / podamos adquirir el sentido / de nuestros nacimientos repetidos. El dogma del que partimos es la inequívoca unicidad del yo. La vida que vivimos parece indicarnos, a fuerza de oposición entre la intimidad y el resto de la realidad, que cada uno es un solo individuo, inalienable, constante en el tiempo, con un solo yo. Pero en la literatura de Bonomini no son así las cosas. En «Serafin Albuquerque», el protagonista, Serafin, «inventó una máquina para cambiar de ser». Y en «Un perfume excesivo», Errekabarren se esfuma, absorbido por una flor. Ya hemos visto en «Roque, el plátano» cómo Roque se protege de la peste transformándose. Pero no les he contado lo que hizo Octavio en «El ocho y Octavio»: «se le ocurrió ser el número ocho». En «Los regresos de Le Parc», Bonomini asume la reencarnación como cierta para contar los diferentes nacimientos de Gastón Le Parc, Parcel, Precal, Capler, en fin, el apellido cambia en cada nacimiento, pero acaso no sea lo único que cambia. Algo muy parecido ocurre en «Situaciones íntimas». Aquí se dan sucesivas reencarnaciones: de adolescente –hasta los 20– es un poeta llamado Giacomo Balardi, después es un campesino llamado Leonardo, a los veintinueve un marinero dado al alcohol y llamado Jean Ducasser, más tarde será un profesor de biología en un colegio norteamericano llamado Eric Sagan, y ahora es un patrón del campo conocido como Veyga. Unas metamorfosis análogas, con miras a preservar el amor, se producen en «Mujeres amadas», una preciosa narración. Aquí la historia es que al principio «Laura todavía se llamaba Laura y yo todavía me llamaba Ernesto». Y aclara: «vivimos como Diana y Ernesto durante cinco años», 100 cuando se van para Barcelona. «En Barcelona me llamé Gustavo y elegimos Rosaura para Diana». Pasan tres años hasta que una noche, en una comida, deciden ser Gloria y Francisco. Entonces el narrador advierte que «puedo asegurar que jamás evocamos, recordamos o siquiera aludimos a los períodos anteriores».

De modo que nosotros desaparecemos una y otra vez, pero el amor es el mismo, y renovado, como si su naturaleza estuviera por encima de la nuestra y superará la fútil temporalidad a que estamos sometidos. Podría decir que el mismo amor se ha ido encarnando en sucesivos seres para probar y reafirmar su sustancia eterna». Y en el muy hermoso «La regresión de Nicomedes», triste por la muerte de su amada, Nicomedes decide eliminarse «pero no por suicidio sino por regresión. Uno a uno iría borrando los actos del pasado hasta no haber nacido. Se trata no de matarse, sino de desvivirse». Y «fue borrándose con cuidado esmero, sin saltarse un instante». Hasta acá tenemos el yo transformándose o extinguiéndose, pero no desdoblándose. El doble, como tema, tuvo un momento en que estuvo empalagosamente de moda. Alejandro Ariel González hace un recuento excelente en el prólogo a la traducción de las dos versiones de El doble de, inevitable aquí separar el apellido, Dostoievski. Cuenta González que, con anterioridad a la moda romántica, el tratamiento del doble «perseguía efectos cómicos (Anfitrión –a quien debemos el término “sosías”– y Los menecmos de Plauto, Anfitrión de Moliere, La comedia de las equivocaciones de Shakespeare) […] los alemanes confirieron al tema una dimensión existencial que, a tono con la filosofía idealista de época, venía a interrogar la constitución misma del sujeto. El doble ahora energía como fantasma, espectro, como otro yo –generalmente hostil– que encarnaba los aspectos negativos y oscuros del protagonista».10 Y cita como ejemplos el Siebenkas de Jean Paul; Jean Paul «acuñó el término doppelgänger –quien camina al lado–», Adalbert von Chamisso, autor de El hombre que perdió su sombra, y Achim von Arnin y su El príncipe Ganz Gott y el cantante Halbgott. En la Alemania romántica el nombre imprescindible, perdón, imprescindible, a la hora de examinar la literatura del doble es E.T.A. Hoffmann; para González con él «el doble engarza con un género nuevo, el fantástico». Y explica que «lo fantástico crea una ruptura en la trama de la realidad. Eso implica que primero debe ofrecerse un cuadro real, o más bien realista, para luego hacer intervenir el evento que lo desbarata». En la literatura argentina de la época, el doble aparece en La invención de Morel, de Bioy Casares, y en Octaedro, de Julio Cortázar. En el antológico «Los novicios de Lerna» los protagonistas –uno es el que narra– son idénticos 101 y son veinticuatro. En «Los amantes ejemplares» el lector es testigo del amor perfecto. Cada uno de los amantes se transforma en el otro: «cada uno se convirtió en el ser que amaba».

El desenlace es devastador. En otro precioso cuento de amor, «Diario de mis retratos», hay un pájaro que aparece y observa a la pintora haciendo el retrato de su amante. El pájaro va y vuelve, aquí el que se desdobla es el pájaro: «¿por qué si siempre es de otro color, siempre de tamaño distinto y cada vez tiene un comportamiento diferente, tenemos la seguridad de que siempre es el mismo?». Ya hemos visto cómo en el antológico «Memorias de Punktal», el protagonista encuentra su propio cadáver. Pero también puede hallar vivo a su doble, como sucede en «El inquilino»: el primer párrafo es brillante: «cuando entré en la casa, quiero decir, cuando abrí la puerta y di el primer paso sobre la alfombra, quedé paralizado: me vi afeitándome en el baño cuya puerta estaba abierta». Y en el segundo párrafo añade: «disimulé mi alarma al verme así, haciendo otra cosa que la que estaba haciendo, es decir, entrar en mi casa y, al mismo tiempo, estar afeitándome». Hay otro magnífico cuento de dobles, «Marta y Camila», muy bien contado. Y bien acotado para que el lector vaya armando con claridad la situación: «desde hace tres meses hay dos Leandro Sierras que viven paralelamente y nadie más que yo lo sabe». Y aclara: «desde el catorce de julio vivo, como siempre, normalmente con Marta, solo cada día se duplica, y en cada día duplicado vuelvo a entrar en mi otra vida, una vida en la que Camila me espera y con quien ya he llegado a establecer una dulce costumbre». 11 Si en las narraciones de Bonomini el «yo» puede multiplicarse, doblarse, puede morir y resucitar; si el espacio puede ser infinito, transformado en un corredor, o puede darle lugar a una casa fantasma y tiene la posibilidad de hallar una geografía de las ciudades inventadas, entonces qué no decir del tiempo; ya estamos enterados en «Los galpones» que «las estrellas están más en el tiempo que en el espacio» y veremos cómo el tiempo tiene las capacidades de, por ejemplo, retroceder. Ya lo vimos congelado en «Memorias de Puntal»: «en la ciudad de Punk parecía exigirse que solo a través del presente se registrara la realidad; se trataba de una satánica negación del tiempo». En «Los lentos elefantes de Milán» el narrador retrocede al estado de nonato: «yo dejé de ver a Milán como si fuera un testigo del mundo, sino al revés, como si yo estuviera todavía sin nacer, dentro del vientre de Milán, y la niebla fuera mis aguas natales, y las avenidas, los palacios, los elefantes, los automóviles y mis paisanos lombardos fuesen paredes osmóticas de mi recinto prenatal». «El informe» es un cuento contra el totalitarismo, contra las visiones integradoras de toda la realidad. La afirmación del orador –porque «El informe» es un discurso– es que vamos en reversa, vamos del apocalipsis al génesis y no al contrario: «El tiempo es al revés. De esto se deduce que Dios es la consecuencia de la realidad, el fusilamiento es anterior a la traición. El universo se inició con el Apocalipsis y terminará con el Génesis […], el hombre quedará solo en el Paraíso, inocente, y se resolverá en polvo. Después se llegará a las tinieblas y Dios vivirá en la Gloria que los hombres hayan creado para Él». Al contrario del predicado anterior, hay alguien que, estando en el presente, puede anticipar desastres y duelos que ocurrirán.

Esa capacidad la aterró de tal manera, que nunca se lo ha contado a nadie: «Páginas de Jeanne Rouquié fechadas el 20 de mayo de 1942». Más allá de las realidades paralelas, el hecho es que nuestro pasado, su memoria, está siempre contaminado. Así lo dice en un texto memorable, «Ecos», unas hermosas memorias infantiles. Muy posiblemente autobiográficas: una vez leídas estas páginas advierto que la memoria ha de conservar un infinito cúmulo de hechos y circunstancias como los que he narrado y que son parecidos a esos yacimientos de sustancias que el tiempo transforma debajo de la tierra. Me pregunto cómo los he vivido, cómo los he recuperado, a través de qué tamices, también modificatorios. Me pregunto si cuando uno habla de su propia infancia habla de sí mismo o de otro ser que ha quedado definitivamente abolido en un 102 preciso instante del tiempo que le ha sido dado atestiguar. Me pregunto si la imaginación no entra en complicidad con la memoria para que algunos hechos mantengan siempre su secreta verdad, me pregunto si los sucesos ya vividos no se transforman en otros con las cargas de las nuevas experiencias que pesan sobre ellas». 12 Llegado el momento de mirar lo sagrado, lo invisible, la trascendencia, y su tratamiento en la ficción de Bonomini, es simplemente una chorrada llamar «literatura de evasión» a la literatura fantástica. Lo contrario, como bien lo ven quienes han dejado testimonio escrito de su lectura de Bonomini. En su nota necrológica, Marcelo Moreno escribió que «los relatos de Bonomini tratan el milagro casi como una evidencia y suelen sostener, como piensa uno de sus personajes, que “cualquier cosa, cualquier acontecimiento no es más que una velada metáfora de Dios”. […]. Detrás de cada cuento, el lector atento puede adivinar un sólido cuestionamiento al mundo tal como se lo acepta y una abierta aproximación al más allá». Eduardo Berti dice «Bonomini trabaja en torno a lo que los ojos no saben ver”, y contrapone el misterio a la realidad» y sentencia: «la prosa de Bonomini podría tildarse de metafísica, por qué no de mística».

En la misma posición está Juan Liscano: «[…] En alguna parte advierte que el arte conduce a Dios. Y uno de sus mejores cuentos está construido como si fuera las páginas finales escritas por un demente antes de suicidarse. Su mal es su desvinculación de los otros y su capacidad de ver a Dios en las cosas […]». «Sin vínculos con los demás, temo que las cosas se descarguen de Dios y, entonces, prefiero la muerte». Por lo tanto, se siente el intermediario entre Dios y el mundo. Este demente –más cercano de la santidad que de la destrucción– explica cómo veía la sacralidad de las cosas: «Es así. Se me presenta un objeto: un vaso vacío. Primero lo veo. Después lo miro. Luego lo contemplo. Lo admiro o repruebo. Al fin lo pienso a una distancia. Puedo situarlo a la altura del horizonte o dentro de mi corazón. Después el vaso empieza a ser él otra vez… Por último, el vaso desaparece y veo la luz. Es importante la luminosidad que encierran los objetos. Cuando uno les ve la luz es el momento en que las cosas dejan de ser simplemente cosas porque quedan manifestadas por lo que las sustenta… Después de la etapa de la luz aparece, primero la huella, la impronta de Dios manifestada en el vacío de lo que he estado contemplando, y luego, su misma presencia. Así se descubre que Dios es lo que hace ser, es lo que hace ser que el vaso sea, además de ser objeto doméstico. Es lo que 103 sustenta. Es quizás el sustento de esta cuentística metaliteraria». No es posible enunciar una única teoría o posición de Bonomini sobre la(s) otra(s) vida(s). Lo cierto es que, cuando se asume que después de la muerte hay un cielo o un infierno, y es un supuesto narrativo, no una posición teológica, nos da pistas de quiénes irán a uno u otro lado. En «La pérdida del infierno», el protagonista, Efraín Selvia, yendo hacia la vida eterna, puede escoger si irse para el cielo o para el infierno.

Llegado a la encrucijada no le faltó a Efraín imaginación para ponderar la magnitud del beneficio que representaba el Cielo ni la inmensidad del castigo que significaba el Infierno. Sin embargo, sin pensar demasiado, llevado por un sentimiento que lo supera, se encaminó hacia el Infierno. Entonces se oyó a lo lejos que el platillo de la derecha golpeaba con fuerza contra el pavimento de piedra donde se hallaba la balanza de la justicia, y una fuerza incuestionable lo arrancó de su senda y le impuso el cielo para siempre». El reverso de la medalla se encuentra en el magistral «Sucesos posteriores a una muerte», su cuento más central sobre la muerte. Sin anunciarlo como lo digo, lo que plantea este cuento es el misterio de dos misterios enfrentados: si morir es pasar del tiempo al no tiempo, a la eternidad, ese tránsito, la muerte misma, está ocurriendo permanentemente. Así termina esta narración: «las suyas son experiencias eternas. Todo está sucediendo siempre. Siempre está errando en un presunto espacio. Siempre se está enfrentando con su forma de Dios, con la negación de Dios, o sea con su infierno. Siempre sucede que está frente a la santidad de su orgullo». Hay más cosas: Gaspar no dudaba de su salvación eterna. «Pensaba sin asomo de duda que su muerte representaría un inmediato ingreso en el más alto estrato que podía ofrecer la gloria divina.

De haber un trayecto desde la ruptura con el cuerpo hasta el ingreso en esa radiante sustancia de los elegidos, no duraría lo que dura un suspiro. En ese viaje estaba». Gaspar está en ese viaje, en el momento de la muerte, pero no resultó lo que esperaba. «Dios no adquirió para Gaspar la esperada, casi exigida forma de una recompensa incuestionable sino la zozobra de un pavoroso vacío». Termino con una cita de «Páginas finales » :habría que dejar que la divinidad obrara sin desentrañar su secreta subyacencia. Esa apagada y vívida raíz de cada cosa, y su silencio, y su oculta presencia, esa íntima sombra en que guarda ¿no es, acaso, también, sagrada?»


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