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Daysi Granados: el rostro del cine cubano

by Luis Beiro Álvarez
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Daysi Granados fue invitada a la República Dominicana durante la décima entrega del Festival de Cine Global, en el que se le rindió un merecido tributo por sus aportes al séptimo arte. Con 73 años y ciertas arrugas a flor de piel, la diva cubana continúa siendo la misma muchacha que debutó en el cine de la mano de José Massip a los 22 años de edad. Durante su exitosa carrera, integrada por más de 25 largometrajes de ficción, ha incursionado en todos los géneros, desde el drama hasta la comedia, sacando siempre adelante sus personajes. El último, Maruja, esposa de Lino Catalá, es el centro de la novela Esther en alguna parte, del escritor cubano ido a destiempo Eliseo Alberto, que llevó al cine su compatriota Eduardo Chijona. Daysi Granados sabe combinar el equilibrio profesional con el temperamento.

Desde muy joven se preparó para ser actriz. Esa profesión le significaba algo más que una moderada trascendencia: era su propia razón de existir (y sigue siéndolo). Durante su exitosa carrera aprendió que la fe en sí misma no se obtiene ni por convicción ni por entusiasmo, sino por aplicar frente a la cámara la ruptura de todos los clisés, trucos y marras, y por basar las actuaciones en la observación de la vida real, en el comportamiento de la gente y en el alma de la mujer cubana. Para ella, cada personaje tiene una simbiosis subjetiva que lo hace crecer como centro de su propia identidad.

Estas virtudes también pertenecen a la historia del teatro cubano. Sobre las tablas encarnó mujeres singulares, antológicas y clásicas, con un toque muy cubano y personal. Posee la virtud de no temer al paso del tiempo. No oculta su edad ni se niega al figureo mediático. No acostumbra a concurrir con displicencia a los festivales internacionales de cine. Su belleza continúa intacta, tal vez mucho más crecida que durante su primera juventud, y se proyecta en optimismo y en deseos de explorar nuevas facetas profesionales. Nacida en la sureña provincia cubana de Cienfuegos (1942), es el prototipo de actriz que sabe lo que debe hacer, cuándo hacerlo y de qué forma puede enriquecer una película a partir del cambio de coloración de sus personajes. Por ello, muchos la consideran «el rostro del cine cubano». Todo empezó en 1958, cuando contaba 15 años de edad y soñaba con ser una artista al estilo de María Antonieta Pons, muy de moda en aquella época. El cine de rumberas había marcado su destino: «Yo quería ser artista, bailarina –recuerda–, pero mis padres no me dejaban; no querían que hubiera una artista en casa». Hasta que en 1963 fue seleccionada entre un grupo de teatristas aficionados para protagonizar «La decisión», de José Massip, junto al entonces joven actor Mario Limonta. Esta obra mereció, en 1964, el premio a la mejor dirección de actores en el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary, en la extinta República de Checoslovaquia.

La cinta, ambientada en la Santiago de Cuba prerrevolucionaria, aborda el tema del racismo en los vínculos de pareja. Aquí Granados interpreta a una joven de la alta sociedad que mantiene una relación sentimental con un mulato, estudiante universitario. Ella le imprimió a su personaje una cubanía singular, esa raigambre de mujer que no teme enfrentar los tabúes familiares cuando se trata de defender sus sentimientos. Joven, muy joven, Granados demostró garras dentro de la piel de otra joven dispuesta a explorar los abismos sentimentales de su conciencia a como diera lugar.

Su siguiente papel protagónico es de 1967, de manos de Manuel Octavio Gómez. Tulipa no solo es un filme con guión inspirado en una obra de teatro estrenada en 1962, sino una exploración de la interioridad de personajes movidos por circunstancias concretas dentro del diario vivir. El filme contó con la colaboración del dramaturgo Manuel Reguera Saumell, autor de la pieza dramática cuyo título original recordaba una impronta anecdótica: Recuerdos de Tulipa. Según la información recogida en los créditos del filme, Saumell se encargó de reescribir los diálogos.

Gómez tuvo la oportunidad de asistir al estreno de la puesta en escena original y le propuso al escritor llevarla a la gran pantalla. La idea de entregar un rol estelar a Daysi Granados nació del propio director. El argumento recrea la historia de una vieja stripper de un circo ambulante, sustituida por una joven rumbera (Daysi Granados). En ese impasse, la anciana debe enseñarle el oficio a su sucesora o aferrarse a un acto de represalias, debido al valor concedido al arte verdadero. Ese personaje le permite a Daysi Granados desplegar su carisma. El trabajo de la actriz explora diversas facetas de las artes escénicas dentro de una misma historia: el baile, la intriga, la gracia insular y la efervescencia de las pasiones se aúnan dentro de su ser, creando una especie de diatriba que marcará su vida. En una entrevista concedida al doctor Mario Rodríguez Alemán, poco después de que concluya el rodaje, Manuel Octavio Gómez dijo que «desde las conversaciones iniciales con el autor de la obra, ambos estuvieron de acuerdo en que no iban a hacer una simple adaptación del texto original, ni a trasladar fielmente una obra que, por las necesidades propias del teatro, desarrollaba toda la acción en la carpa de un circo, y optaron por conservar básicamente el argumento y, a partir de él, crearon lo que se puede calificar como un guión original como las funciones del circo, la reacción de los espectadores que acuden cada noche y las giras por distintos pueblos de la isla, todo esto pasó a tener en el guión una presencia real». Un cambio importante fue también el del final. La obra de teatro concluye cuando la protagonista y Beba están recogiendo sus cosas para marcharse del circo. No es así como termina la historia en el guión, lo que Manuel Octavio Gómez justificó con este argumento: «Si Beba (Daysi Granados), el personaje que deviene en sustituta de Tulipa, aceptaba al final abandonar el circo, me atenuaba el desgarramiento del personaje central, el drama de su soledad, de la frustración de sus ideales, de su dignidad llevada a la enajenación, que era para mí el tema eje, el que mueve todo el argumento y el que quería destacar en el filme».

Leyenda viva Altiva como en Las profecías de Amanda (1999), cautivante como en Plaff (1999), ingenua como en Memorias del subdesarrollo (1964) y amorosa como en Cecilia (1983), el poder de encarnación y reencarnación de Daysi Granados en personajes disímiles va mucho más allá de un logrado relumbre profesional. Sabe dar algo más que vida a cambio del aplauso. Es ese toque de autenticidad que pocas veces se logra. Ha sido dirigida por realizadores de diversas esferas y latitudes, desde su esposo, Pastor Vega (La Habana, 19402005), hasta Fernando Birri (Santa Fe, Argentina, 1925), pasando por Manuel Gutiérrez Aragón, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Colombo, Juan Carlos Tabío, Humberto Solás, Gerardo Chijona y Juan Carlos Cremata, entre otros. Sobre los directores con los que ha trabajado, no oculta su gratitud: «Me es difícil escoger entre los directores con los cuales he trabajado porque todos han sido para mí muy importantes. No dejo de decir que Pastor fue para mí sumamente especial, pues además de director de varias películas que hice con él, fue mi compañero, el hombre que me dio tres hijos. Era otro tipo de relación, pero creo que los momentos más significativos de nuestras vidas fueron cuando estábamos trabajando juntos. A mí me daba mucho gusto trabajar con él porque la relación marido mujer quedaba a un lado y aparecía la relación creativa. Sin embargo, no puedo olvidar a Humberto Solás, con quien he hecho dos películas solamente pero que para mí han significado muchas.» Con Juan Carlos Tabío también protagonizó un par de filmes: «Me divertía mucho con él, disfrutaba mucho haciendo sus películas porque tiene un sentido del humor que a mí me encantaba. Cuando estábamos haciendo Plaff, todos los actores nos reíamos mucho y él decía: ‘Cuando terminen de reírse me avisan para poder seguir trabajando…’ y estábamos trabajando, pero es que él tiene un sentido del humor muy especial para dirigir. A mi primer director, José Massip, no puedo dejar de mencionarlo nunca porque hizo posible que yo llegara a donde estoy. Gracias a él hice la primera película. Titón para mí fue muy importante en la historia de mi trabajo en el cine, porque apenas tenía 25 años cuando hice Memorias del subdesarrollo, mi tercera película.

Aprendí mucho con él, era un hombre muy incisivo, muy fuerte en sus criterios, sabía lo que quería, te pedía, pero te dejaba hacer, te dejaba libertad para crear. He trabajado con muchos directores más, pero me cuesta trabajo realmente poder decir este o aquel es mi preferido, pero les agradezco a todos haberme dado la oportunidad de desarrollarme como actriz y poder, con cada una de esas películas, dar un salto adelante». Retrato de Teresa (1979) es un filme emblemático y el culminante en su carrera. Para muchos constituye su consagración definitiva. La investigadora cubana María Eugenia Douglas comenta: «Retrato de Teresa ubica el tema en un medio urbano y obrero. Teresa, obrera destacada de una textilera, hace un esfuerzo sobrehumano para cumplir con la triple tarea que descansa sobre sus hombros: obrera, animadora cultural de su centro de trabajo y ama de casa. El marido se siente desatendido, reacciona violentamente y crea una crisis. En lucha abierta contra esa conducta retrógrada y apoyada por sus compañeros –en especial, por aquel que comparte su tarea sindical–, ella defiende su derecho a realizarse sin menoscabo de su vida privada, y trata de hacer válidos los postulados que respecto a la mujer ha planteado la nueva sociedad, pero que resultan fallidos en la práctica. El filme dio lugar a una polémica sin antecedentes en nuestro país, en ella participaron públicamente miembros de la intelectualidad e individuos pertenecientes a las capas más humildes de la sociedad, lo que confirma lo candente de los temas expuestos».

Su película emblemática A pesar de sus mitos y tendencias en la historia del cine cubano, hay una cinta definitiva de Daysi Granados. Se trata de Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea. El filme obtuvo varios premios en festivales internacionales. Fue elegida en el lugar 144 entre las mejores películas de la historia por el Instituto Británico de Cine en 2012, y su director ocupó el lugar 174 entre los mejores directores de cine. En la primera encuesta mundial sobre los 100 mejores títulos del cine iberoamericano, realizada en febrero del 2009 entre los lectores del portal de información cinematográfica Noticine.com, fue elegida como la cinta de cine latino más destacada de la historia.

En ella, Granados encarna a Elena, una joven de clase baja que aparenta cierto devenir cultural capaz de seducir al protagonista, Sergio Carmona, un pequeño burgués con cierta formación intelectual que arrastra como trauma inconsciente no haber abandonado el país junto con su familia en los primeros días del triunfo de la Revolución. Entre simbologías y metáforas alusivas al comportamiento del ser humano frente al conflicto que le crea la duda ante su posible integración a una sociedad en cambio, la cinta genera un profundo trabajo psicológico del protagonista al que, mientras más se adentra en el mundo al que aspira pertenecer, más difícil le resulta adaptar su comportamiento ante ese sistema por no estar preparado para sobrevivir fuera del acomodamiento que le proporciona su hábitat, ni tener un claro convencimiento de la importancia de asumir, como normales, situaciones extremas tal y como sugieren las nuevas relaciones sociales que se gestan dentro de la isla en esos años.

Entre el drama y la comedia Los dos Juan Carlos: Tabío y Cremata, le encendieron su sensibilidad perceptiva para la comedia. El primero la inmortalizó en un film inolvidable, de esos que nacen una sola vez. Plaff no solo se incluye por derecho propio entre las mejores comedias de la historia del cine cubano, sino que es un pretexto para bombardear el burocratismo, la doble moral, la insensibilidad social y las diatribas de una Cuba maltratada por incomprensiones oportunistas y complejos de inferioridad dentro de un clima de choteo y humor negro con evidentes contactos técnicos con la Nouvelle Vague. Tabío manejó con altura y desenfado un realismo imaginario en franco enfrentamiento al carácter mecánico del simple mimetismo cinematográfico, un realismo mucho más cercano a la esencia del cine que a intervenciones artificiosas. Su película es un replanteamiento formal donde la dirección de actores se arriesgó a no guardar las apariencias. Cada personaje parte de una visión multirreferencial, donde cada quien demuestra una explosión estética no rutinaria. Daysi Granados es aquí la mano conductora, el motor que sabe prohibir, prejuzgar y extrapolar sentimientos para que el resto de los personajes interactúen a su alrededor en busca de aleccionar sus arcaísmos y dudas interioristas. Ella representa aquí una moral obsoleta, sin capacidad de amar, comprender e incorporarse al entusiasmo de quienes la rodean.

Cremata, en Nada, la involucró en un personaje esquemático de naturaleza extremista, incapaz de incluir la sensibilidad ajena en el entramado de su piel. Cada vez que ella sale a escena, la comedia se posiciona en perspectiva y subvierte la estabilidad individual de quienes la rodean. Las profecías de Amanda devienen en otro ordenamiento, esta vez en rescate de la sabiduría popular, encarnada por la magia de su protagonista. Daysi Granados asume el rol de una famosa clarividente sin propósitos mercuriales. El director, Pastor Vega, recrea su historia desde niña; consigue desdoblarla entre la mujer normal y la poseedora de poderes sobrenaturales, capaces de adivinar el destino ajeno. Daisy Granados aporta una imagen llena de eclosión visual que se mueve y recompone dentro de sí misma. Son dos personajes con los que ella debe lidiar, cada uno rico en matices y sacados de un contexto extremo, con realidades y experiencias vitales disímiles. El guión, si bien parte de un relato testimonial, se enriquece con los aportes de una puesta en escena sobria y sencilla, donde se respira un sensible espíritu de libertad.

La diva

Daisy Granados ha sabido ser rumbera y rebelde. Esa dicotomía le transfiere un perfil distinto, contradictorio, muy femenino y con suficientes incidencias de cubanía como para dejar siempre un entramado inolvidable en la memoria del espectador. Su actitud de no servir de emblema al cine comercial la sumó a los principios estéticos del nuevo cine latinoamericano, movimiento dedicado a resaltar los altos estándares de actuación y producción.

Un dato peculiar para la historia del cine cubano se registra en la cinta Cuarteto de La Habana (1988), del español Fernando Colomo, cuando por primera vez aparece compartiendo honores con otra gran actriz cubana: Mirta Ibarra. Ellas dos no solo acumulan espacios creativos, sino que se insertan en la vanguardia histriónica del cine latinoamericano.

Legado Es de suponer que cada día, al abrir los ojos, Daisy Granados se sobresalta al ver el sol. Con este axioma, ella renace de su propio sueño, de su temprana experiencia y su probada madurez. Los años que le quedan por vivir no la asustan, como tampoco se siente glorificada por los merecidisimos lauros que ha recibido a lo largo de su exitosa carrera. Con esto deja un legado que tal vez pase inadvertido para el mundo actual, donde las nuevas figuras asumen los retos del tiempo que les toca vivir. Sin embargo, esas nuevas generaciones podrían recibir un buen espaldarazo del legado de esta mujer a la que nunca le tembló el pulso a la hora de meterse en la piel ajena para dar vida a disímiles historias. Ser como ella no es un reto, sino un intento de asumir el trabajo profesional con la mirada dentro de cada quien, sin ceder a «tentaciones mundanas».

Su vida puede ser una flecha de amor lanzada contra el holocausto, una luz en la ventana de madrugadas inhóspitas y pastizales inexplorados. Un ejemplo a seguir en un país donde lo negativo parece apoderarse de lo positivo, para que nos sintamos todos más realistas ante una vida que, si se observa detenidamente, es de las pocas cosas que vale la pena vivir. A esta altura del camino, Daysi Granados sigue teniendo muchos proyectos y anhelos, y sus energías no la han abandonado. Con su inquebrantable espíritu creativo y una carrera tan rica y diversa, sin duda es una figura emblemática en la historia del cine cubano y un referente para actrices y actores de todas las generaciones que admiran su talento y su compromiso con su arte.


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