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Pedro Henríquez Ureña: un instrumental de alta precisión

by Beatriz Sarlo
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La admirada y reconocida ensayista argentina examina la trayectoria y el pensamiento latinoamericanista del gran humanista dominicano haciendo un estudio comparativo con otras grandes figuras del continente y resaltando la herencia de sus ideas y su valor no solo histórico, sino actual. Lo primero que asombra en Pedro Henríquez Ureña es su optimismo. Difícil encontrar demasiadas razones en su biografía: fue un exiliado, su padre fue también, por épocas, un exiliado. Sin embargo, la confianza en la unidad de la América hispánica lo libera de todo sentimiento de nostalgia. Ese sentimiento es propio de quien se piensa lejos de la patria.

Pedro Henríquez Ureña vivió América como una patria grande con límites, banderas, incluso incomprensiones y conflictos, pero finalmente un continente que siempre pensó como unidad concreta de diferencias, de culturas y de gentes que tienen que ser captadas en conjunto. Henríquez Ureña no podía sentirse un exiliado en México ni en Cuba ni en Argentina simplemente porque su teoría de América le indicaba, si era coherente con ella, que no había exilios sino momentáneas (y también dolorosas e impuestas) privaciones de la patria chica, a la que se recuerda con afecto reminiscente pero no como única depositaria del tesoro de la nacionalidad.

Como Sarmiento en Chile, como Hostos en Santo Domingo, en Perú, en Chile o Venezuela, Henríquez Ureña siempre pensó que formaba parte de los grandes movimientos de ideas del país donde su vida iba transcurriendo. Nunca se percibió como un extranjero en América, porque eso habría sido contradecir su concepción más arraigada de la compleja unidad histórica, cultural y lingüística del continente. Lejos de la melancolía de quien en el exilio siente que ha perdido quizá para siempre aquello que le es familiar por origen, Henríquez Ureña creía que su origen era de algún modo doble: dominicano y americano al mismo tiempo. Su suelo intelectual estaba en cualquier lugar de América.

Ni nostálgico ni melancólico, Henríquez Ureña nunca fue visto tampoco como extranjero (excepto por algún burócrata mediocre). En México participó con Alfonso Reyes del gran debate entre positivismo y espiritualismo. En Argentina fue amigo del grupo de la revista Sur, de Borges, de Martínez Estrada; y dejó una pléyade de discípulos que lo veneraban. Entre ellos Ana María Barrenechea, que, cuando yo ingresé a la universidad en 1960, me enseñó quién era Henríquez Ureña. Don Pedro, como lo llamaba. En todas partes fundó instituciones, dirigió colecciones de libros, fue profesor y organizador cultural, hizo amigos. Todo eso como quien está trabajando para su patria de origen, precisamente porque para experimentar ese sentimiento no era necesario ningún esfuerzo ni controlar un sentimiento: su origen histórico era, como para América, su destino. Su pasado era también su futuro. Tuvo el sentido de la continuidad espacial americana y también el sentido de su continuidad temporal: siglos de historia. Por eso también nunca se creyó despojado. Porque no sintió la experiencia de la absoluta pérdida. A su origen dominicano se le sumaba América. Por eso no tenía una añoranza retrospectiva. Ni podía ser suyo ningún resentimiento.

Hay otra razón para el optimismo de Henríquez Ureña. La utopía, incluso en el mundo más injusto y revuelto, es, como lo llamó Ernst Bloch, un principio de esperanza. Y Henríquez Ureña tenía una utopía de América. Como lo señaló Rafael Gutiérrez Girardot, la utopía requiere de un trabajo que le dé fundamento. Henríquez Ureña no llegó a la utopía como expresión del deseo o refugio de la necesidad. Su utopía tiene el fundamento de los siglos de cultura en América. Por capítulos, hizo una historia que, con infinita discreción y ausencia de todo embrollo académico, responde al gran gesto que desde Schlegel llega, con diferentes posiciones filosóficas, a los comparatistas alemanes de fin del siglo XIX y primera mitad del XX. Como Erich Auerbach, el gran comparatista alemán que escribió Mimesis, uno de los libros indispensables sobre la cultura europea y mediterránea, Henríquez Ureña escribió su obra en el exilio. Auerbach, judío, debió exiliarse del nazismo y vivió, hasta el fin de la segunda guerra, en Estambul. Con más fortuna que Henríquez Ureña, Auerbach emigró a Estados Unidos en 1947. Un año antes, el dominicano murió en el tren que lo llevaba de Buenos Aires a La Plata. Es fuerte la tentación de imaginar un encuentro entre Henríquez Ureña y Auerbach, que hubiera sido posible, cuando Henríquez Ureña dio sus famosas y fundamentales conferencias en Harvard en 1940. Muchos alemanes exiliados ya entonces vivían en Estados Unidos. Por lo tanto, la imagen de esos dos grandes críticos juntos no es completamente inverosímil. Auerbach es uno de los grandes comparatistas europeos. Henríquez Ureña es uno de los grandes, probablemente el primero, que trabajó sistemáticamente con la idea del comparatismo en América. Así como Erich Auerbach está convencido de que las literaturas europeas pueden enhebrarse si se encuentran los rasgos que expliquen su familiaridad y su diferencia, Henríquez Ureña está convencido de que, desde las primeras cartas de Colón, América comenzó a producir y ser producida en los textos escritos en ella o sobre ella usando el español de varios siglos y las nuevas palabras que entraban allí como aporte semántico del nuevo mundo. Sus perfiles de escritores americanos, que arrancan con Ruiz de Alarcón y Sor Juana y llegan a Alfonso Reyes, su amigo, son el mosaico de biografías sobre el que asienta la utopía continental.

Como si dijera: tuvimos este pasado porque tenemos un futuro. En décadas donde grandes ensayistas como Martínez Estrada fueron pesimistas, Henríquez Ureña sigue los trazos luminosos en la formación de la cultura en el continente. América atravesó grandes conmociones: la conquista, la independencia, la dominación extranjera, invasiones del Norte, injusticias criminales con los pueblos originarios y los negros por parte de las elites criollas.

Henríquez Ureña conjugaba el tiempo con una predominancia del futuro. Tenía noción de que América, incluso cuando evocaba su pasado anterior a la llegada de los europeos, incluso cuando reconocía orígenes muy lejanos, era el continente del tiempo por venir. Esta idea del tiempo americano está en la base de su optimismo histórico. Y este optimismo supera no sólo las contingencias de su propia vida itinerante, sino las invasiones extranjeras, las guerras de ocupación, la miseria y la muerte, que, sobre todo en América Central y el Caribe, fueron el signo que acompañó las décadas posteriores a la independencia de España.

A diferencia de Martínez Estrada, Henríquez Ureña reconoce la violencia con que fue sometida América, pero, al mismo tiempo, encuentra en esos mismos siglos coloniales el comienzo de una riqueza cultural que América irá produciendo. Para el dominicano no hay un «pecado original» que nos condena y nos deforma para siempre. El optimismo histórico de Henríquez Ureña no se funda en la experiencia pasada, sino, sobre todo, en la idea de un destino continental, que puede ser contradicho muchas veces, pero mantenerse, a veces en la espera subterránea, a veces en el enfrentamiento directo. Su país, República Dominicana, es una prueba de la persistencia: primera tierra que pisó Colón, primera posesión de España en el Nuevo Mundo, una España que la maltrató, la dividió, la entregó, la puso en la carta de los intercambios bélicos y diplomáticos; tierra invadida por sus vecinos de lengua francesa, tierra sujetada por dictadores y por los Estados Unidos.

Pero también América fue posible porque sus intelectuales, sus hombres de letras y algunos de sus políticos llegaron a entender el lugar fundamental de la cultura en la construcción de la sociedad. ¿Qué hacían Sarmiento y Hostos pensando en escuelas, bibliotecas y sistemas de transporte? Alucinaban el futuro. Pero al iluminarlo lo aproximaban, probablemente deformado, incompleto, pero también con la potencia contradictoria de dar vuelta a los mapas donde se lo había diseñado. Para corregir esos mapas se necesita erudición, inteligencia y constancia. Henríquez Ureña estaba obligado a explorar las literaturas nacionales. Las concibió como variaciones que, en muchos casos, son interdependientes, por dos razones: la primera es que en el continente se procesaron las mismas influencias europeas. La segunda es que, incluso con diferencias regionales, hay tendencias comunes como el romanticismo, el regionalismo o el modernismo. Lo prueba Darío, que fue, sin duda, un poeta continental, cuya novedad estética Henríquez Ureña analizó con precisión. Lo prueba Martí, cuyas crónicas enviadas desde Nueva York fueron publicadas en Buenos Aires y se leyeron en todas partes. También existen divergencias porque el continente no siempre responde al unísono a las novedades literarias; no siempre se desprende al mismo tiempo de arcaísmos y supervivencias. Somos espacios y tiempos diferentes: nuestra unidad es el momento en que se entrecruzan variables muy complejas que, como lo hizo Henríquez Ureña, hay que investigar y documentar.

Esa es la cultura del continente. Por eso, cuando Henríquez Ureña pronuncia sus famosas conferencias en Harvard, explica con un detalle extremo, con nombres desconocidos en las universidades del norte en aquellos años, el proceso de formación literaria que está en la base de su utopía americana. Como si dijera: Señores, nosotros somos lo que hemos escrito y, más importante aún, seremos lo que se seguirá escribiendo. La utopía es también la de una fusión de Europa y estas tierras. Pedro Henríquez Ureña se mantuvo lejos del indigenismo fácil, que encuentra en los oprimidos una reserva intocable e invariable.

Se acercó a la cultura originaria de México, de América Central y del Caribe con una mirada respetuosa, considerando sus valores con la misma exigencia estética con la que evaluaba a las culturas hispanocriollas y las europeas. Evitó la condescendencia hacia los pueblos originarios, esa condescendencia que los transforma en símbolos muchas veces inertes, en lugar de valorar la potencialidad y la dinámica de aquello que pueden hacer con su cultura y con las culturas occidentales. No los congeló en su pasado ni creyó que debían repetirlo indefinidamente. Por el contrario, los observó con la misma atención que dedicaba al arte occidental y al latinoamericano de origen criollo. Señaló sus elementos constructivos, por ejemplo, cuando propuso que se enseñara pintura a partir de sus figuraciones y sus geometrías, a las que juzgaba una base tan sólida para la creación como otras geometrías mediterráneas. Y, al mismo tiempo, Henríquez Ureña no construye un dique ni un muro entre América y Europa. Erudito y hombre de gusto refinado, sabe que no puede prescindir del espacio mediterráneo y, en él, de España. Afirma Gutiérrez Girardot: «Sólo el sereno y crítico reconocimiento de la tradición permite poner lo nuevo en lo propio, tener conciencia de ello, es decir no sofocarlo con los prejuicios de superioridad de los europeos, ni con su correlato, el rabioso nacionalismo que compensa cultivados complejos de inferioridad».

El latinoamericanismo de Henríquez Ureña nunca es dogmático. Como José Carlos Mariátegui, critica el mito nacionalista y coincide con el marxista peruano cuando sostiene que la realidad latinoamericana es una experiencia «menos desconectada de Europa de lo que suponen los nacionalistas». Para Mariátegui, el mito nacional es un obstáculo frente a la idea latinoamericana, realizada con sus variantes en cada uno de los países del continente. Escribe, cómo habría podido escribir Henríquez Ureña, que «una rápida excursión por la historia peruana nos entera de todos los elementos extranjeros que se mezclan y combinan en nuestra formación nacional».

Es claro que, en el caso de Mariátegui, hay tareas pendientes que ubican la cuestión nacional en el marco social de la cuestión campesina. Mariátegui es un marxista; Henríquez Ureña es un liberal de veta progresista. Pero ambos están frente a culturas que se han mezclado.

Para indagar esta realidad, Henríquez Ureña construyó un instrumental de alta precisión. Ezequiel Martínez Estrada, en su prólogo a la edición argentina de Ensayos en busca de nuestra expresión, lo define de modo inmejorable: «Exactitud y orden fueron acaso las cualidades más eminentes de esa sabiduría, porque exactitud y orden participaban de la condición de la honradez intelectual en aquellos remotos límites donde se unen la decencia y la inteligencia. Su pensamiento tenía siempre la pulcritud del verso y del teorema, formas comunes y distintas en última instancia de la justicia, la belleza y la verdad».

Este retrato intelectual indica las bases sobre las que Henríquez Ureña asentó su fe latinoamericana.

No se trataba simplemente de una convicción pasional, aunque, como lo señaló Borges, también había en ella un acto de fe. Se trataba también de un partido tomado en el equilibrio de la creencia y la razón. Tenía la fuerza de la creencia y, al mismo tiempo, necesitaba de las pruebas, que Henríquez Ureña encontraba en la gran tradición cultural y literaria de América. De nuevo define Borges: «Su memoria era un precioso museo de las literaturas».

Con precisión de filólogo y sensibilidad de hombre de gusto, estuvo en condiciones de contemplar un pasado extendido. Sin embargo, era fundamentalmente un hombre con la mirada puesta sobre el porvenir, aunque la erudición fuera su brújula para navegar en el pasado.

La República Dominicana fue una víctima más en el mapa de la Guerra Fría, ese conflicto de larga duración que tradujo todo lo que sucedía en el continente a los términos del enfrentamiento estratégico de Estados Unidos y la Unión Soviética. Juan Bosch vivió décadas de exilio, antes y después de su presidencia. En eso participó del destino de tantos latinoamericanos ilustres, en primer lugar, de su compatriota Henríquez Ureña. Como tantos latinoamericanos de los últimos tres siglos, Bosch no sólo fue político sino escritor. Fue un intelectual a quien los acontecimientos de su país, de la región y de América lo llevaron ineluctablemente a la acción política. Esta trama típicamente latinoamericana de político letrado (tan diferente de la del caudillo o el militar golpista) es bien conocida por Henríquez Ureña, cuyo padre, también presidente de la República, casado con una poetisa distinguida, conoció el exilio. La inestabilidad del destino público: de eso trata uno de nuestros dramas, el que vivieron Hostos, Martí y Sarmiento.

Las guerras, los golpes de Estado, las invasiones marcan tanto como la desigualdad el paisaje de nuestro continente. Henríquez Ureña se preocupó siempre de señalar que la distribución de bienes simbólicos y escolares debía acompañarse con la distribución de bienes y servicios materiales. Y en este punto, me atrevo a un acto de imaginación: lo veo más progresista que muchos de sus amigos argentinos. Probablemente el largo viaje por América, la estrechez económica, su profesionalización como periodista y profesor, lo volvieron sensible a las penurias materiales que otros intelectuales no tenían en el centro de su perspectiva. Puedo imaginarlo aprobando a Juan Bosch y condenando la invasión norteamericana de 1965.

He citado al peruano Mariátegui. Henríquez Ureña pertenecía al mundo atlántico y al Caribe; Mariátegui, al mundo andino. Sus fuentes ideológicas eran diferentes; también lo eran sus metrópolis culturales. Y, sin embargo, es preciso hacer su comparación, porque sorprenden tanto sus coincidencias como sus asimetrías.

Candido, ambos más jóvenes que Henríquez Ureña. Rama fue en 1974 el primer director de la Biblioteca Ayacucho, donde apareció el volumen «La utopía de América», prologado por el colombiano Gutiérrez Girardot. Fue un latinoamericanista de inteligencia y sensibilidad. Su tarea, en los años sesenta, es un aporte fundamental para la redefinición del concepto de literatura latinoamericana, tarea que había comenzado en una revista de alcance continental como Marcha. También fue un exiliado y murió sin volver a ver Montevideo, la ciudad amada. Antonio Candido es el gran historiador de la literatura brasileña, una literatura que casi representa un continente. Cuando muy pocos hispanohablantes leían literatura brasileña, Henríquez Ureña ya había escrito sobre Machado de Assis y sobre Euclides da Cunha. En ninguna parte, en ninguna lengua, se sintió extranjero. Candido y Ángel Rama, en 1980, comenzaron juntos un proyecto de una historia literaria latinoamericana, desde la colonia hasta la actualidad, algo gigantesco, diseñado con la ambición intelectual de Rama y la precisión exquisita de Antonio Candido. Treinta y cinco años después, recuerdo esa reunión en suelo brasileño, donde los Andes estaban representados por el peruano Antonio Cornejo Polar, y me digo: América, pese a los golpes, pese a las invasiones y las amenazas es también la historia de una luminosa resistencia. En esa reunión de 1980 en la universidad brasileña de Campinas, Henríquez Ureña había sido reconocido como el gran precursor. O algo más: el precursor simplemente anuncia, trae la buena nueva y abre el camino. Henríquez Ureña deja una herencia que es mayor que la del precursor: sus libros no tienen sólo valor histórico sino presente. No nos antecedió y anticipó una idea. Su horizonte utópico americano sigue siendo el nuestro.


7 comments

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