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Pedro Henríquez Ureña: una conversación que no termina

por Soledad Álvarez
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La notable poetisa y ensayista revive la vida y andanzas de Pedro Henríquez Ureña, y con él su sentido de la amistad, su procerato intelectual, el eje socrático de un futuro grupo de pensadores de primera línea, su enorme capacidad para conocer, entender y procesar el rol de las ideas en toda su gran amplitud, y, en fin, el amplio diálogo abierto entre amigos y seguidores desde la literatura griega hasta la andanza literaria del poeta nicaragüense Salomón de la Selva, desde las noches dionisíacas hasta la conversación fructificadora y luminosa con sus pares o discípulos de México, Argentina o Cuba. Una conversación, por cierto, que no ha terminado aún.

La literatura es la sombra de la buena conversación.

La noche del 25 de diciembre de 1908 un grupo de amigos, escritores jóvenes, se re- unió en una casa en Ciudad de México, la de Ignacio Reyes —se ha dicho que en un sa- lón estilo oriental, lleno de colgaduras y diva- nes— para celebrar con una lectura de textos escritos para esa ocasión el nacimiento del dios griego Dionisos, deidad del vino, la locura y el éxtasis que en el tránsito a la modernidad de fi- nes del siglo XIX simbolizaba la «religión del arte» que opuso el pensar mítico a la razón.

Ninguno pasaba de los treinta años, pero todos descollaban ya en el ambiente cultural mexicano por su talento y naciente beligerancia contra la ge- neración antecesora y la filosofía positivista oficial. Entre ellos, un dominicano, Pedro Nicolás Fede- rico Henríquez Ureña, quien no obstante haber llegado apenas dos años antes desde La Habana a Veracruz, con cierto prestigio intelectual y un pe- queño libro recién publicado bajo el brazo —En- sayos críticos (1905)—, comenzaba a destacar como guía del grupo, flor y nata de la intelectualidad joven que, identificada con las nuevas corrientes literarias y de pensamiento —la literatura griega, el Siglo de Oro español, las modernas orientacio- nes artísticas inglesas, Schopenhauer, Nietzsche—, se congregaba en ese momento en la Sociedad de Conferencias con el propósito de «la restauración de la filosofía, de su libertad y de sus derechos».

La velada, como otras previas, se extendió hasta la madrugada. Y ha interesado a los estu- diosos porque en su transcurso el después renom- brado ensayista Alfonso Reyes leyó el poema de su autoría Coro de faunos en el bosque, luego titulado Coro de sátiros, y Henríquez Ureña su ensayo de tragedia antigua El nacimiento de Dionisos (1909). También porque el encuentro, legendario de esos días de entusiasmo juvenil definidos por Henrí- quez Ureña «días puros, días alcióneos, de cielo diáfano» y dedicados al cultivo de la amistad, la conversación y la lectura, marca el momento del cambio de orientación filosófica que desde el pe- queño grupo irradiaría las grandes aspiraciones filosóficas y humanísticas hacia la educación y la cultura de México a las puertas de la revolución.

Y es que diez meses des- pués de la noche dionisíaca, la afinidad entre los amigos, sus conversaciones y conferencias fructificarían en la fundación de la más importante organización cultural de México en los inicios del siglo XX, el Ateneo de la Ju- ventud, más tarde conocido como Ateneo de México, del cual el do- minicano fue uno de sus artífices. El Ateneo no tuvo local ni recur- sos, y aunque los actos públicos que realizó fueron pocos —el más importante, un ciclo de conferencias con motivo del centenario de la Independencia mexicana—, de su fragua saldrían figuras tan preponderantes en la política y la cultura de ese país como el eminente escri- tor Alfonso Reyes y los filósofos Antonio Caso y José Vasconcelos. Caso llegaría a ser rector de la Universidad Nacional de México, y Vasconcelos secretario de Educación Pública y también rec- tor de la Universidad Nacional, autor del reco- nocido lema de esa alta casa de estudio: «Por mi raza hablará el espíritu». También ateneístas el arquitecto Jesús Acevedo, el innovador Julio To- rri, Martín Luis Guzmán —autor de El águila y la serpiente—, Alfonso Gravioto, Rafael López y Ricardo Gómez Robelo, entre otros. Al Ateneo se le atribuye el derrumbe del positivismo tras el ocaso del porfiriato, además de la producción y difusión de las humanidades en la escuela y los medios culturales. Su influjo fue tan grande en la gigantesca transformación de la educación y la cultura que ha sido definido como preludio ideo- lógico de la revolución mexicana de 1910, una re- volución antes de la revolución.

La velada literaria no fue la primera del gru- po. En carta de fecha 1 de julio de 1907 enviada a su primo Enrique A. Henríquez, el ensayista dominicano comenta las conferencias y nume- rosas reuniones, realizadas muchas de ellas en el salón-biblioteca de su casa; y en su Diario relata cómo, después de llegar a la capital mexicana, esa casa, la que compartió con su hermano Max y un par de amigos en la colonia Guerrero, se con- virtió en punto de encuentro de la Sociedad de Conferencias. Una de esas reuniones, con motivo de su segundo cumpleaños en México, resultó tan concurrida que el jefe de redacción del poderoso diario El Imparcial, Dr. Luis Lara Pardo, le co- mentó humorísticamente: «De seguro que ni en Santo Domingo ni en Nueva York tuvo usted un círculo de amigos tan grande».

Henríquez Ureña valoró esos encuentros ju- veniles, iluminados por la conversación y las lec- turas de los clásicos griegos, en el discurso que pronunció en ocasión de la inauguración de las clases del año 1914 en la Escuela de Altos Estudios de la Universi- dad Nacional de México, titulado La cultura de las humanidades. En la disertación atribuyó a los mismos el renacimiento del espíritu de las humanidades clásicas en México, y evocó la noche en el taller de Je- sús Acevedo, cuando se reunieron para releer en común El banquete de Platón:

«Éramos cinco o seis esa no- che; nos turnábamos en la lectura, cambiándose el lector para el discurso de cada convidado diferente; y cada quien la seguía ansioso. […] La lectura acaso duró tres horas; nunca hubo mayor olvido del mundo de la calle, por más que esto ocurría en un taller de arqui- tecto inmediato a la más populosa avenida de la ciudad».

El Ateneo fue fundado el 28 de octubre de 1909, y las «veladas de la Santa María», como se les ha llamado a las reuniones del grupo pre- sididas por un busto de Goethe, continuarían en los años siguientes en la casa del filósofo Antonio Caso. A las mismas asistían, además de nuestro ensayista, José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Jesús Acevedo, entre otros.

Estas fiestas mexicanas de la literatura y el es- píritu permiten situar temprano en el tiempo —el joven Pedro tenía apenas veintidós años— la sig- nificación del diálogo en la vida y la obra de Hen- ríquez Ureña: diálogo oral y escrito como método de conocimiento y de aproximación al otro; ín- timo en sus formas de conversación y amistad; diálogo público en la búsqueda de interlocutores para su paideia, obra de cultura y magisterio re- dentor; diálogo como actitud, rasgo definidor de su personalidad que nunca dejó de manifestarse a lo largo de los años en los diversos ambientes y países a donde lo llevó su errancia, no pocas veces agónica en busca de la arcadia del conocimien- to y la comunión de espíritu a la que aspiraba, manifiesto en las distintas vertientes de su obra y su pensamiento, desde el ensayo, la crítica, la filología, la historia cultural y literaria, hasta su humanismo y utopía americanistas.

El deseo de comunicación influyó en el em- peño de nuestro ensayista por alcanzar una ex- presión transparente y un estilo preciso en la escritura. Es la que no deja de pedirle al amigo y discípulo Alfonso Reyes cuando le corrige los demasiados retorcimientos y las incidentalizacio- nes, requiriéndole una «sencillez mayor» en la escritura. Evitar los tecnicismos, una mejor co- municación. La exigencia, que se aplica a sí mis- mo, busca la apertura hospitalaria hacia el otro, según hace constar en carta a Alberto Arrieta: «Creo que voy acercándome (al menos eso procu- ro) a escribir en el tono de la conversación y aspi- ro a que mis artículos —mientras no puedan ser sustanciales— sean conversaciones con amigos». Por la precisión y la transparencia, alcanzadas aun en los textos más especializados, Mariano Picón Salas definió a Henríquez Ureña como «el hombre que hacía claro lo oscuro».

La actitud dialógica-magisterial de Henrí- quez Ureña fue advertida y reconocida por sus compañeros de generación. A poco de llegar, de ellos recibió el sobrenombre de Sócrates, el filósofo paradigmático del diálogo como forma expositiva, de la enseñanza moral y política. Con este calificativo, que validó con su vida y su magisterio inmarcesible, Henríquez Ureña fue desde entonces reconocido por la mayoría de los que le trataron.

Recordemos que los ateneístas, imbuidos de la pasión por el mundo helénico, en la que Henrí- quez Ureña fue decisivo, en graciosa criptografía utilizaron nombres griegos para llamarse entre ellos. El lúdico Reyes era Euforión; Vasconcelos, Plotino. Pero ¿por qué Sócrates para designar a nuestro ensayista, por qué llegó a verlo Reyes como la «reencarnación» del maestro de Platón, por qué la persistencia del calificativo para refe- rirse a su personalidad, influencia y magisterio mientras los utilizados para los demás ateneístas no han sobrevivido?

Lo primero fue la impresión que produjo a su llegada la excepcional formación intelectual y la erudición del joven dominicano de 21 años, quien además de dominar el inglés sabía francés e italiano, y al decir de Reyes «daba la impre- sión de que había leído todo». Lo otro sería su moderación, la voluntad para alcanzar y trans- mitir el conocimiento a partir del método ma- yéutico de la interrogación y del debate para «hacer nacer» la luz del razonamiento, no ya desde los conceptos previamente aprendidos. Él mismo, en sus Memorias, se confiesa «adicto a las discusiones» y se refiere con humildad al giro que por los debates con Caso y Valen- ti se produce en sus ideas hacia otra metafísi- ca que el positivismo. Antonio Castro Leal, en conferencia leída en la velada que organizó la Universidad Nacional de México en memoria de nuestro escritor poco después de su muerte, parte de la semblanza que hiciera el pensador peruano Francisco García Calderón sobre los jó- venes del Ateneo, en la que califica a Henríquez Ureña como «el Sócrates de este grupo frater- nal», para extenderse en las similitudes entre el maestro de Platón y Henríquez Ureña. Entre las características que justifican la comparación, re- salta «la forma en que asistían ambos —según la expresión del propio Sócrates— al alumbramiento de las almas, en la forma en que ambos despertaban lo que estaba latente o dormido en el espíritu, en la manera en que ambos ponían en ejercicio la inteligencia». Para cumplir con la misión socrática que se impuso como destino, Henríquez Ureña dedicó tiempo y energías al magisterio, en menoscabo de la obra propia; re- nunció a escribir muchos libros porque no había en él, como señala Antonio Castro Leal, esa su- til vanidad del escritor de quedar en la página, aunque era un escritor excelente y se quejara en repetidas ocasiones de no haber escrito la obra que podía y debía escribir.

La propensión mayéutica que le acercaba a Sócrates es destacada años después por Ernesto Sábato, otro de sus discípulos, cuando dijo:

«No ya con sus iguales, sino con sus chicos del Colegio Nacional de La Plata, discutía sobre to- dos los problemas del cielo y de la tierra, en calles o plazas, en cafés o patios de la escuela; infatiga- ble, a veces ligeramente irónica (pero en general, con tierna ironía, con apacible sátira) con aque- lla suerte de contenida pasión, con la serenidad que, por su estirpe filosófica, deberíamos llamar sofrosine».

También, semejante a Sócrates, en el rigoris- mo moral que no pocas veces le llevó en los años juveniles a enjuiciar severamente perezas y debi- lidades de los amigos, criticidad que si bien fue limando con el tiempo no le hizo perder la idea heroica del trabajo intelectual, al que le exige el máximo esfuerzo para cumplir con su ministerio en el libro o en la acción. Alguno ha hablado de manera crítica sobre la autoridad y la implaca- bilidad de Henríquez Ureña, pero nadie ha po- dido negar que en la búsqueda de la perfección se exigía a sí mismo más de lo que exigía a los demás. Es lo que recuerda el ateneísta Julio Torri, cuando habla de la incansable rutina a la que se sometía para orientar a sus adeptos, aspirantes a escritores:

«Medio dormido, vencido por el cansancio, pero siempre benévolo y cordial, aprobaba o ha- cía objeciones, entre ronquidos. Si el desconsi- derado amenazaba con irse o volver al otro día, Pedro aclaraba, siempre con los párpados cerra- dos y entre dos sueños: ‟sigue leyendo, no estoy dormidoˮ».

De su lado, José Vasconcelos, al referirse a la necesidad de la amistad en Henríquez Ureña, lo define como «un conversador, un hombre de diálogo» que necesitaba del trato con otras con- ciencias, del otro para ser, para escuchar y cotejar ideas y realidades. Puede agregarse que también para incidir, con una pulsión que lo llevó a re- chazar la vida contemplativa y a abrigar la es- peranza de que era posible, desde el lugar que le correspondía como intelectual, contribuir con su acción en el mejoramiento de los pueblos. En esa dirección, en México participa apasionadamente en proyectos como el Ateneo, la Escuela de Al- tos Estudios, la Nacional Preparatoria, la Escuela de Verano, la Universidad Obrera y Universidad Popular; en Argentina, en la Universidad Popu- lar y varias iniciativas editoriales, y en su país en la Intendencia de Educación, su último y, por fracasado, más doloroso intento de acción cons- tructiva. Ejemplo de diálogo social fue la Univer- sidad Popular, que en su propósito de «fomentar y desarrollar la cultura del pueblo de México, especialmente de los gremios obreros» se dispuso a desplegar a los profesores por las calles, en fá- bricas, talleres y vecindades para proporcionarles «los remedios del alma».

Alfonso Reyes se refirió bellamente a la co- municación que mantenía Henríquez Ureña con todo el que quisiera escucharle, la cual, antes de requerir de los espacios cerrados, como el diálogo socrático se desarrollaba en cualquier lugar del ágora, preferiblemente en mercados y plazas:

«En calles y plazas, teatros y escuelas, concier- tos y asambleas y dondequiera que se congrega

la gente, ya en sus escritos o en sus conferencias, ya en la reclusión de los libros, las lecturas en común o las meras charlas, allí estaba Pedro, con su interrogación implacable, para deslindar lo cierto de lo dudoso, y lo que se sabe, de lo que se sospecha o lo que se ignora; allí estaba él para aquilatar la sensibilidad, la probidad, la autenticidad de cada uno, barriendo con firmeza, aunque sin extremos, la ganga que se vende por oro. Artífice de la mayéutica, hacía surgir a flor del ser las virtudes que se ignoraban; sostenía las voluntades declinantes; trazaba las conductas definitivas».

Diálogo en el círculo de los íntimos, que tam- bién encontramos en el vasto epistolario familiar, del cual da fe su hermano Max Henríquez Ureña y su hija Sonia, cuando dice: «Conversaba con nosotros en cualquier tiempo libre que tenía, tra- taba de interesarnos en todos los temas y, como lo sabía todo, no era difícil preguntarle lo que fuera». Conversaciones definitorias de su gusto y formación en el Santo Domingo de la adolescencia, en la casa de la maestra graduada por su ma- dre, Leonor Feltz, las cuales rememora en «Días alcióneos» y que sorprenden por lo que revelan de estar al día, en una isla pequeña, de las co- rrientes en boga por entonces:

«¡Qué multitud de libros recorrimos duran- te el año en que concurrí a vuestra casa, y, so- bre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto, sin olvidar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releímos casi entero), a los maestros españoles, nos guió al recorrer la poesía castellana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes del romanti- cismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D´Annunzio, los dramas de Hauptmann y de Suderman, la literatura escandinava reciente, y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones».

Diálogo orientador y de animación de voca- ciones en todos los países que le tocó vivir. En Cuba, durante la segunda estadía que abarcó des- de abril a noviembre de 1914, reproduce el «noso- tros» de la experiencia mexicana, y aglutina a su alrededor un pequeño grupo del que formaron parte, entre otros, el notable ensayista y crítico literario José María Chacón y Cal- vo, Félix Lizaso —el biógrafo de José Martí—, a quien ayuda años después, durante su estan- cia argentina, en la recopilación de las obras completas del liber- tador cubano; y el reconocido poeta Mariano Brull, de quien se convirtió en mentor y a quien consagrará en Las corrientes literarias en la América Hispánica como el creador de la «jitanjáfora». José María Chacón y Calvo destacó la fértil labor de orientación del dominicano, su don de palabra y la conversación:

«El humanista, poco amigo de la oratoria, gustaba en cambio de la amistad y el diálogo con verdadera fruición. Era maestro de ese género de conversación cuyo espíritu sentimos en El banquete platónico. Quizás el conversador prodigioso que alentó siempre en él, haya sido la causa más directa de que la bibliografía del tratadista de la Versificación irregular sea relativamente corta. Pero expresiva de una de las capacidades críticas me- jor dotadas y de uno de los espíritus más univer- sales que ha habido en América».

En Estados Unidos, una de las estaciones de su itinerancia agónica, el diálogo adquiere otra dimensión. En su segunda estadía en ese país, desde 1914 a 1921, se desarrolla fundamental- mente desde el periódico y el aula, pues Henrí- quez Ureña se desempeña como corresponsal de El Heraldo de Cuba y de Las Novedades, y como pro- fesor en la Universidad de Minnesota en 1916, a la vez que estudiante de arte. También participa en los espacios políticos y diplomáticos a causa de la campaña nacionalista que llevó a cabo su pa- dre como presidente de jure de la República Domi- nicana intervenida por los Estados Unidos. En lo que respecta al mundo literario, a partir de la co- rrespondencia de esos años, así como de las cró- nicas que escribe para Las Novedades, en particular el texto sobre otro gran amigo, el poeta nicara- güense residente en Estados Unidos, Salomón de la Selva, podemos afirmar que también en ese país intentó reproducir el «nosotros» mexicano.

Contrario a lo que se ha dicho, los años de la invasión militar norteamericana a la República Dominicana, coincidentes con su estadía en la Universidad de Minnesota y con el primer via- je a España, no fueron de aislamiento del medio literario que le rodeaba. Henríquez Ureña cono- ce, participa y da noticias de la nueva literatura norteamericana en sus crónicas de esos años, una de las cuales, publicada el 3 de octubre de 1915 en el Fígaro, reveladoramente está escrita en forma de diálogo entre un «residente» y un «recién llegado». Por lo demás, junto a Salomón de la Selva vuelve a lanzar la red del pescador en el mar de la conversación y la amistad, y forma a su alrededor un pequeño círculo literario que fue de grandísima importancia para el conocimiento de la literatura latinoamericana en Estados Uni- dos, y más tarde de la literatura norteamericana en nuestros países. Entre los contertulios, los poe- tas Thomas Walsh y William Rose Benet, Premio Pulitzer, y la activista feminista Edna St. Vincent Millay, también Premio Pulitzer.

A propósito de Salomón de la Selva, propicio traer a colación esa otra forma de diálogo que es la amistad en Henríquez Ureña. Socrática, como la define Enrique Krauze, en tanto aspiraba al mutuo perfeccionamiento del valor interior; alfa y omega de sus mayores afanes y desvelos, esca- pulario y bálsamo contra los dolores de la vida y del alma. Nada para él estaba por encima de los amigos, a quienes dedicaba lo mejor de su tiempo a expensas del suyo, e incluso de su obra. Así lo testimonia Alfonso Reyes cuando recuerda el día que, lastimosamente envuelto en las contra- dicciones políticas por la participación de su pa- dre Bernardo Reyes contra Madero, sin que se lo pidiera, «cuando más pobre estaba» —dice Re- yes— Henríquez Ureña le llevó todos sus ahorros porque no quería dejar de verlo «inconmovible en su apartada dignidad cívica».

La amistad entre Henríquez Ureña y Salomón de la Selva es otra de esas «afinidades electivas» que nuestro ensayista cuidó con esmero y exigen- cia. Pero, a diferencia de la amistad Henríquez Ureña-Alfonso Reyes, que ha merecido cuidadosa atención de los mexicanos José Luis Martínez y Adolfo Castañón, entre otros, la del dominicano con Sal, como él le llamaba, espera ser investigada. Mucho más por las fructíferas implicaciones que tuvo el diálogo entre los amigos en el futuro de la poesía hispanoamericana, todavía no estudiadas a profundidad, específicamente en lo que José Emi- lio Pacheco ha definido como «la otra vanguar- dia», movimiento alternativo al de los «ismos» de influencia europea que surge decenios después, en los años sesenta, denominado «antipoesía» y «poe- sía conversacional». En su ensayo Nota sobre la otra vanguardia, Pacheco vincula el nacimiento de esta importante corriente poética a la «new poetry» nor- teamericana, dada a conocer en los países de habla hispana por Pedro Henríquez Ureña, Salomón de la Selva y Salvador Novo, a raíz de la Antología de la poesía norteamericana moderna publicada en Méxi- co en el año 1925, en la que aparecen desde Frost y Pound hasta Edna San Vincent Millay y Carl Sandburg. La influencia de Henríquez Ureña en sus dos amigos, así como en el grupo de «nuevos discípulos» que se forma a su alrededor en México, en 1922, fue definitiva para el conocimiento de la poesía inglesa y norteamericana en Hispanoamé- rica, y la innovación poética que este propicia en años posteriores. «Cuando la poesía de los sesen- ta comienza a ser historia, es un acto de justicia pedir que se estudie y reconozca a Pedro Henrí- quez Ureña, Salomón de la Selva y Salvador Novo como sus grandes precursores», concluye José Emilio Pacheco.

Y es que, en todos los momentos de su vida accidentada, Henríquez Ureña formó con los amigos un entramado de relaciones que no sólo procuraba enlazar afinidades y goce literario en nivel personal, sino también actuar como dínamo de creación y acción cultural. Proyección del diá- logo íntimo hacia la sociedad que realiza fiel a su teoría de que «la obra intelectual es producto de un pequeño grupo que vive en alta tensión, que se ve todos los días por horas y horas y trabaja en todo activamente». Así lo vemos en México, Cuba, Estados Unidos y finalmente también en Argentina, última y fértil estación de su viaje.

En su obra Pedro Henríquez Ureña y la Argentina, Pedro Luis Barcia da cuenta de la riqueza y sig- nificación del diálogo pedrista en ese país. Cur- sos, clases y conferencias —la primera, la célebre

«La utopía de América» que dicta en el año 1922 cuando el dominicano formó parte de la delega- ción mexicana presidida por Vasconcelos, síntesis de su ideario americanista y de justicia social— a los que suma su activa participación en las ter- tulias y grupos intelectuales argentinos, entre otras las que tenían lugar en la casa del crítico de arte Julio Rinaldi; también, en las reuniones del grupo vanguardista nucleado alrededor de la Revista Martín Fierro y en el grupo Renovación, del que da noticias Guillermo Korn cuando dice: «Al establecerse con su familia en La Plata, la casa de Henríquez Ureña fue el punto de reunión y de lectura del hasta entonces Grupo Renova- ción». Henríquez Ureña también formó parte del prestigioso cenáculo de la revista Sur, de gran importancia por su incidencia en la vida cultu- ral argentina y la nombradía de sus miembros. La mención de algunos de ellos y el lugar que ocupan en la literatura de habla hispana basta- rán para aquilatar su trascendencia: Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Adolfo Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo, José Ortega y Gas- set, Francisco Romero y Eduardo Mallea, entre otros.

A la muerte de Henríquez Ureña, la directora de Sur, la escritora Victoria Ocampo, valoró así su presencia en la revista:

«La presencia de Pedro cuando había ex- tranjeros a quienes era necesario explicar qué es América, o contra los cuales urgía defenderla, obraba milagros. Estábamos seguros de que iba a saberlo todo, a encontrar para toda la respuesta inmediata y a cantarle las verda- des al más pintado con perfecta cortesía. Nunca perdía su aplomo ni su presencia de espíritu […]. Oírle hablar de América, cuyo pasado y presente parecía cono- cerse de memoria, como pocos escritores en el mundo entero, era de un interés inagotable».

El legado del maestro dominicano a la lite- ratura y el pensamiento de nuestra América no se agota en su extraordinaria obra escrita, ni en el impulso a proyectos e instituciones culturales, editoriales y educativas en México, España, Ar- gentina. Abarca a sus discípulos, escritores renom- brados como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, quienes han escrito hermosas páginas sobre su in- flujo rector a través de la conversación y el diálogo. Pero también reconocidos académicos y escritores que han testimoniado «el inmediato magisterio de su presencia»: Saul Yurkievich, Francisco Romero, Raimundo y María Rosa Lida, y el crítico-ensayis- ta Enrique Anderson Imbert, que al recordarle no pudo haber delineado mejor el modelo del mejor de los maestros humanistas:

«Nos llevó a su casa, nos enseñó a vivir y a pensar, a oír música y a escribir cuentos, a leer los clásicos e informarnos de las ciencias, a dis- frutar de las literaturas modernas en sus lenguas originales, a conversar, a gustar de la pintura, a trabajar y a apreciar el paisaje y la bondad […] Sobre todo nos enseñó a ser justos».

Un último aspecto quiero destacar del diálo- go rector y estimulante que mantuvo incansable- mente Henríquez Ureña con sus contemporáneos. Se trata del monumental, invaluable epistolario por el que conocemos el intercambio que sostuvo con familiares, amigos, escritores y personalida- des de nuestro país, América y Europa, el cual, sin haber sido publicado en su totalidad, abarca ya miles de páginas: En nuestro país, Bernardo Vega publicó Treinta intelectuales dominicanos le es- criben a Pedro Henríquez Ureña (2015) y más recien- temente Consuelo Naranjo Orovio preparó un volumen de su correspondencia, publicada por el Archivo General de la Nación, Cartas con historia: Pedro Henríquez Ureña entre América y España (2021). En las cartas, dirigidas ya sea a los amigos, inte- lectuales mexicanos, españoles, latinoamericanos o a sus familiares, Henríquez Ureña se presenta, espléndido, de cuerpo entero. En ellas, el erudito busca o informa sobre el dato inédito; el filólogo acucioso puntualiza la observación sobre distin- tos aspectos de la lengua; el amante de la música comenta y critica intérpretes y autores; el ame- ricanista, historiador de la cultura, humanista, maestro socrático aconseja, emite juicios a veces con implacable criticidad, y requiere, informa de cuantos temas podamos imaginar, incluyendo los que podrían parecer irrelevantes como la moda y los toros, chismes y anécdotas picantes entre amigos que revelan que nada humano le es ajeno porque humanos son en su proyecto de perfeccio- namiento intelectual y espiritual. Los contenidos y el ritmo de esta correspondencia varían acordes no sólo con las circunstancias y los vaivenes de la vida accidentada del dominicano, sino también con el paulatino cansancio, cuando no el desen- canto, que le iría ganando con el transcurso de los años.

Queda pendiente el diálogo que sostuvo en sus numerosos ensayos e investigaciones con nuestro pasado histórico-cultural; con España, de la que sentía ser parte legítima por la historia compartida y el patrimonio común de la lengua; con el presente no pocas veces convulso de los países de la América hispánica, y con el futu- ro a partir de una visión utópica y unificadora de nuestra América que, como dijo con inspira- das palabras de estirpe martiana, sólo «se jus- tificará ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de su naturaleza y por el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad don- de se cumple la emancipación del brazo y de la inteligencia».

Jorge Luis Borges cuenta en inolvidable texto la última conversación que sostuvo con Henríquez Ureña en una esquina de la calle Santa Fe o de la calle Córdoba. Borges había citado una página de De Quincey en la que se escribe que el temor de una muerte súbita fue una invención o innovación de la fe cristiana. «Pedro —recuerda Borges— repitió con lentitud el terceto de la Epís- tola Moral:

¿Sin la templanza viste tú perfecta alguna cosa? ¡Oh muerte, ven callada como sueles venir en la saeta!»

A los pocos días de esa última conversación, el 11 de mayo de 1946, Pedro Henríquez Ure- ña murió de imprevisto en un tren mientras se dirigía de Buenos Aires a La Plata a impartir su cátedra. Como suele venir en la saeta, callada le llegó la muerte, «como si alguien —dijo Borges— hubiera estado aquella noche escuchándonos».

No estoy segura de si alguien escuchaba aque- lla noche la conversación de los amigos en la ca- lle bonaerense. Pero sé que en estos tiempos de sorderas e intolerancias que atentan contra el ideal de la democracia verdadera, en estos días de apartamientos del intelectual por el escepticismo y las frustraciones acumuladas, Pedro Henríquez Ureña sigue hablándonos, desde su inmarcesible magisterio socrático, de la defensa de la lengua, del rigor y la disciplina en el trabajo intelectual para dejar atrás «la literatura de apasionados va- nidosos, la perezosa facilidad, la ignorante impro- visación». Y como en aquellos días de heroísmos ya lejanos, seguirá hablándonos de la justicia, la libertad y, sobre todo, de un humanismo que haga posible la regeneración de nuestra América, la salvación del hombre, de la humanidad.


5 comentarios

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Повышение продаж. Заказать лендинг можно здесь – 1landingpage.ru Одностраничные сайты позволяют сосредоточиться на конкретных предложениях и акциях, что повышает вероятность совершения покупки.
Оптимизация SEO-показателей. Лендинг-пейдж создаются с учётом ключевых слов и фраз, что улучшает позиции сайта в результатах поиска и привлекает больше целевых посетителей.
Привлечение новой аудитории. Одностраничные сайты могут использоваться для продвижения новых продуктов или услуг, а также для привлечения внимания к определённым кампаниям или акциям.
Расширение клиентской базы. Лендинг-пейдж собирают контактные данные потенциальных клиентов, что позволяет компании поддерживать связь с ними и предлагать дополнительные услуги или товары.
Простота генерации лидов. Лендинг-пейдж предоставляют краткую и понятную информацию о продуктах или услугах, что облегчает процесс принятия решения для потенциальных клиентов.
Сбор персональных данных. Лендинг-пейдж позволяют собирать информацию о потенциальных клиентах, такую как email-адрес, имя и контактные данные, что помогает компании лучше понимать свою аудиторию и предоставлять более персонализированные услуги.
Улучшение поискового трафика. Лендинг-пейдж создаются с учётом определённых поисковых запросов, что позволяет привлекать больше целевых посетителей на сайт.
Эффективное продвижение новой продукции. Лендинг-пейдж можно использовать для продвижения новых товаров или услуг, что позволяет привлечь внимание потенциальных клиентов и стимулировать их к покупке.
Лёгкий процесс принятия решений. Лендинг-пейдж содержат только самую необходимую информацию, что упрощает процесс принятия решения для потенциальных клиентов.
В целом, лендинг-пейдж являются мощным инструментом для продвижения бизнеса, увеличения продаж и привлечения новых клиентов.

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