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Tiempos transidos y cibernéticos

by Andrés Merejo
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El discurso de lo transido, desde un enfoque filosófico cibernético e innovador, implica lo moral, como dolor intenso que siente un sujeto ante la degradación de lo que va sucediendo en su entorno, cargado de zonas grises, asesinatos, torturas, masacres, violencias y afán de lucro (el tener por el tener), en detrimento del ser y de todo referente ético. 

Este enfoque nos deja transidos de dolor físico, de pena, angustia, frío, calor y hambre. Esta indagación sobre lo transido no es estacionaria. Se deja correr como concepto en su extensión; como lo transido transitorio (sociedades modernas y posmodernas, como Europa y Estados Unidos) o sociedades hipertransidas como la que vive Ucrania, como resultado de la invasión rusa desde febrero de 2022. En cuanto a lo transido no transitorio, corresponde a sociedades como la República Dominicana, y lo hipertransido a naciones como Haití. 

Hay sociedades que pasan de transida a hipertransida o de transida a transida transitoria. No obstante, la condición humana nunca dejará de vivir una vida fuera de lo transido, ya que la degradación del cuerpo, las enfermedades, los recuerdos, la vivencia y la experiencia se van encargando de darle un jalón a su conciencia de que lo transido forma parte de su existencia, la cual se va perdiendo por los confines del universo. 

Lo transido en cuanto abatimiento existencial te va explicando que no es la aceleración de la información y la posexperiencia de lo virtual las que te van haciendo sabio, sino el conocimiento y la experiencia adquirida con el tiempo. Con el tiempo se llega a aprender a pensar, conocer y actuar, se llega a comprender que la experiencia y no la vivencia es la que transforma la vida, así como la posexperiencia te enseña a vivir en lo virtual, en el ciberespacio, en su interacción instantánea y virtual. De esa misma manera, la experiencia con sus percepciones e interacción social te sitúa en el verso poético de un tiempo transido, único e irrepetible de vida y no en el metaverso cibernético fugaz. 

En estos tiempos, el refugiarse en el ciberespacio sin estrategia de navegación, en cuanto búsqueda de información que se trasforme en conocimiento crítico, es huirle a esa condición de vida transida en la que la conciencia se reconoce en experiencia desplegada en cuerpo y alma, como bien reflexiona Spinoza, en tanto un cuerpo que sentimos porque está unido con el alma, no separado, como tampoco lo hay entre lenguaje e historia y cuerpo. 

Es con el tiempo que se comprende que, así como del mundo han brotado los entramados de lo político, de los espacios públicos y la democracia, de esa misma manera del mundo cibernético han brotado la ciberpolítica y la ciberdemocracia como participación interactiva, pero que se encuentra contaminada de infocracia (Han, 2022), devaluada, con fuerte flujo de información desvalorizada, donde la verdad se encuentra herida de muerte por la posverdad y sus arraigos sentimentales y prejuiciados. 

Aún más, con el tiempo la reflexión se cristaliza en la sabiduría y nos deja ver que lo transido no se reduce a lo social ni a lo político, ya que implica lo existencial, aunque solo el tiempo nos lo va enseñando, lo va marcando, cuando vamos muriendo en la medida que mueren nuestros seres queridos y dejamos de ver a otros que por circunstancias que depara el tiempo no tienen forma de retornar y recobrar esa época que se esfumó. Es por eso que aprender a ser prudente es una condición para buscar la sabiduría como fundamento de una filosofía del lenguaje, de la ética y de combate a todo discurso enredado en el lenguaje como facultad humana que solo sirve para instrumentalizar cosas y personas. De esto se desprende el pensar como parte de un vivir intenso en el pensamiento, en el que se entiende que lo importante no es repetir lo pensado sino revisar lo que han pensado otros para pensar allí donde estos no han pensado. 

En esta tesitura entra el conocer y revisar lo que uno conoce, no como conocimiento, sino como metaconocimiento, que es un tipo de conocimiento que el sujeto atesora y que solo se consigue cuando este ha vivido procesando y revisando su propio conocimiento. De ahí que actuar es no reducirse a la operatividad, sino aprender a hacer las cosas con prudencia, pensar lo que se está haciendo como parte de una ética de vivir y decir, que implica ir más allá del conocer y colocarse en la sabiduría como filosofía de vida. 

Por tanto, en esta vida nadie puede impedir que vivamos transidos ante la muerte de un ser querido, de un ser amado que ha formado parte de nuestra vida y que se ha perdido entre los caminos y las huellas que nunca se volverán a pisar. Aunque todo esto forma parte de las lecciones filosóficas que hemos aprendido en ese ir y venir de la vida y sus penas, de ese encontrarse con los recuerdos y amigos filosóficos imaginarios que se van construyendo con mucho brío y tranquilidad entre el parterre de la morada en el que habito. De esas penas que son parte de la vida, del alma transida como diría Camus, que forma parte de las pasiones que siempre llevamos a cuestas en el discurrir del tiempo, de la vida y su otredad. 

De esa otra cara de la vida, que es la muerte, y de la que uno no se puede desprender, porque nos marca con su guadaña, aunque no hay que preocuparse por esta, ya que no sabemos nada de ella cuando estamos vivos, como bien reflexiona Epicuro, por lo que se ha de seguir viviendo, aunque asumiendo no la indiferencia ante esta, sino su serenidad, en la medida en que vamos envejeciendo y dándonos cuenta de nuestra finitud en este planeta errante por los confines del universo y sumergido en unos tiempos transidos y cibernéticos de control virtual, fin de la privacidad, crisis alimentarias, cambio climático, guerra y ciberguerra. 

El pensar en el mundo y sus cosas me ha llevado a repensar entre redes cibercosas e internet de la cosa, en la cibernética y sus enredos ciberculturales y vigilancia digital, que socaban toda certeza de la realidad ante la ubicuidad de la virtualidad. Hoy más que nunca se ha de buscar un mundo cibernético ético, en donde el diseño de la inteligencia artificial no carezca de ética o de sistema de valores para la mejora humana. Hay que ir contra la mirada de un horizonte que prefigura campos minados de batalla y guerra cibernética, en el que se deja atrás la estrategia de construir inteligencia artificial para mejorar o cambiar al humano y solo se piensa cuán importante es el incremento de capitales económicos de las empresas especializadas en estos diseños artificiales y de ciberseguridad de todo lo que es institución pública y privada, exceptuado la gente que navega a cada momento de manera abierta y sin protección por ese ciberespacio plagado no solo de jáquer es (hackers) de seguridad cibernética, sino de jáqueres ciberdelincuentes. 

Lecciones aprendidas sobre lo transido 

Lo transido es un tema filosófico que rehúyen los que se encuentran más sumergidos en ese estado emocional y que no saben cómo trascender y situar ese estado de ánimo en el pensamiento; para que eso suceda, se necesita una proeza, que consiste en pensar de manera permanente, fluida y no estacionaria. 

El pensar y repensar el mundo y el cibermundo forman parte del filosofar de lo transido, de los olvidos y de los recuerdos, del girar, de dar vuelta y revuelta, de ir y venir, de decir sí a la vida, aunque el frío esté penetrando el alma y petrificando el instante. En lo transido no solo entra el dolor, las penas del alma y lo acongojado, sino, además, lo impredecible y ese azar que nos depara el instante, ese aquí y ahora que le encantaba filosofar al poeta Octavio Paz, cuando otros se pierden pensando el futuro y no el presente. 

En estos tiempos transidos y cibernéticos para el pensar no hay tiempo, pero para huirle a este no sobra tiempo. La anorexia intelectual es uno de los males de estos días que trascurren, ya que nos arrojamos a todas las cosas del mundo y del cibermundo, de exceso de información y de engullir de todo, con tal de no pensar. 

Lo transido lo llevo en el pensamiento porque si lo enclavara en el corazón hace tiempo que hubiese muerto. Los pensamientos del pasado nos atraviesan, van y vienen, nadie escapa a esos vaivenes, forman parte del alma transida, de los deslizamientos de las palabras abatidas ante la partida de un amigo, un hermano o conocido. Lo transido no se puede llenar con vientos filosóficos, ni con el sentimiento más alto de la voluntad de poderío nietzscheano, ya que este como dolor moral nos arropa al final de la edad madura, la cual se va perdiendo en el espacio intenso de los amigos, quienes siguen siendo, pero con baja intensidad, no porque lo deseen, sino porque la edad los va marcando entre hojarascas, donde cada otoño que pasa les impide encontrarse a cada momento y a cada instante, como en los años mozos de su vida. Los que se fueron, los que no volverán en nuestra vida, también forman parte de la vida transida, porque se llevan parte de las vivencias e imágenes y que se manifiestan en redes sociales, como vida híbrida, de lo virtual y lo real, de las relaciones agrietadas y vinculadas, del espacio y el ciberespacio, de lo acelerado y lo lento, de la experiencia y posexperiencia, en fin, de lo simple y lo complejo. El olvido no me preocupa, forma parte de lo transido, el morir no tiene jerarquía, todo nos esfumaremos por los confines del universo, el cual no sabe de lenguaje, de discurso y poesía. Más aún, a los poetas les encanta inspirarse en este cosmos en la medida en que se acercan a uno de sus agujeros negros. 

El pensar en estos tiempos transidos y cibernéticos es vivir escribiendo, siendo parte del filosofar, de lo que más se impregna en la piel, en la vivencia y convivencia, ya que toda vivencia es convivencia no solo con los que están vivos, sino con los que han pervivido en el tiempo junto con nosotros. ¿Qué mejor testigo de lo que hemos escrito en el transcurso de la vida entre lo real y lo virtual, rodeados de libros manoseados y subrayados por décadas? 

Es sobre las lecciones filosóficas aprendidas sobre lo transido que nos vamos dando cuenta de qué tan libres en el pensar hemos sido. La libertad es una condición humana, no una teoría que se ejerce para saberse transido en la propia existencia. Lo transido nos rescata de la soledad, nos replantea las cosas del mundo, viéndolo con el ojo y el ciberojo de la sospecha y de todas las capacidades que contiene el concepto libertad, de acuerdo con Amaya Sen. Testigo del siglo XX y del XXI, dos siglos diferentes en mi mirada, pero que tienen en común el tránsito de lo transido como puente entre lo predigital y lo digital, hoy configurados en el cibermundo, del cual nadie puede salirse, so pena de perder su condición de sujeto cibernético y ser un despojo social. 

Llegar a la madurez forma parte de lo transido, porque es la consumación de haberlo dado todo por el pensar para poder levantarnos con nuestros pies y pensar sin ser muletilla de nadie, como expresa el espíritu ilustrado de Kant. Ese levantarnos con nuestros propios pies nos hace comprender la idea de fragilidad como ser humano y de que tan solo somos una porción del mundo y el cibermundo que como híbrido planetario se expande por el cosmos. 

A cada instante, las galaxias se van alejando entre ellas, aunque vivamos entre miradas de estrellas y al amane-cer nos levantemos sin estas. No dejaremos de preguntarnos: ¿por qué́ el universo se molestó́ en existir?, ¿por qué́ hay algo en vez de nada? Aunque estas preguntas y otras de índole filosófica vienen del filosofar antiguo griego, muchas de sus repuestas son diferentes en estos tiempos transidos y cibernéticos, donde la tecnociencia mira hacia el cielo en busca de algún consuelo que explique la existencia en este planeta. 

Hemos comprendido que el cosmos que surgió de una gran explosión no solo se expande, sino que muchas galaxias se devoran unas a otras, colisionan entre sí, y que nuestra Vía Láctea también ha participado de esta devoración, además de que no escapará a una colisión con nuestra vecina galaxia Andrómeda, no importa cuánto millones de años falten para este acontecimiento, sino que estas no sobrevivirán tal como las conocemos. La conciencia de tales eventos cosmológicos forma parte de mi introspección, de entender que no somos centros de nada, que nuestra Vía Láctea es una minúscula parte del vasto universo; y aunque pretendamos creer que no es así, tarde o temprano el mismo universo con su errancia se encargará de despojarnos de esas pretensiones. 

Es por esas razones y otras tantas que seguimos pensando lo que otros no han pensado en la actualidad. No he escrito tanto del pasado como lo he hecho sobre el presente. Voy viviendo, diciendo, contando, narrando y haciendo cosas envueltas en significados en esta vida y en la cibervida. Marcado por la experiencia de vida más que por la cibervida, observo la lluvia caer, envuelta en silencio y en una espera cada temporada ciclónica, que no solo me hace reflexionar sobre el cambio climático sino sobre sus efectos sociales, de los que viven bajo el culo del sapo de manera transida e hipertransida en cualquier zona tropical del Caribe, de esos que no duermen porque sus pensamientos no se inundan de ideas, sino de enfurecidos aguaceros que desbordan las cañadas y sus angostas casuchas. 

Vivo por y para el conocimiento para no vivir de la esperanza en cuanto desear sin gozar, sin saber y sin poder (Comte-Sponville, 2001), de la no espera, de ese deseo que no tenemos, en un cibermundo interactivo virtual, donde la realidad fragmenta en millones de pedazos las utopías enmudecidas y envejecidas por una realidad indiferente de los sueños, de lo que nunca llegó y de lo no esperado pero que sí llegó y que ignorábamos, porque entra en el concepto de lo imprevisto y de ese azar que es imposible de eliminar de todo lo que es existencia humana (Morin, 2022) y que ha venido para quedarse, sin que nadie le dijera. 

El azar, a cada instante, sin mucho ruido, se ha aposentado de todo lo que es humano: covid-19, nuevos acontecimientos astrofísicos: agujeros negros, cometas, asteroides y galaxias, y nuevas formas de poder y control, como es el caso del poder cibernético y virtual. El poder es siempre el mismo, lo único es que combina fuerzas que se manifiestan en nueva forma de querer más y más dominar los cuerpos de los otros, y hoy con fuerte intensidad dominar la mente del otro. Trato de navegar por los vericuetos de las profundidades del ciberespacio, como especie de fuga de escape para respirar aire de creatividad y resistencia ante el control virtual. 

Es por eso que, de vez en cuando en la vida, hay que alejarse de las brumas, de los agobios que genera el pensar sobre el mundo y cibermundo envuelto y revuelto en lo híbrido: guerra y ciberguerra, globalización y desglobalización, tiempo sólido, rocoso y tiempo líquido, flexible y voluble (Bauman, 2015), ciberespionaje y fin de la privacidad. 

De vez en cuando hay que perderse entre campos, montañas y llanuras para no cometer diabluras y así poder dialogar mejor con ese otro que vive contigo y suele ser tu contrario (Machado) y de esa forma poder producir nuevas ideas y vivir pensando entre conceptos como la prudencia, la creatividad, la libertad y las huellas de la experiencia. Conceptos que han de incorporar el sujeto que se construye en el discurso de la autoética que va por todo lo que vale la pena vivir y resistir. De lo contrario, no vale la pena nada, ni la propia vida con sus penas a cuestas. 

Somos sujetos entrópicos que en el transcurso del tiempo nos vamos desvaneciendo ante un horizonte de incertidumbre. Hay que asumir con conciencia la experiencia de vida en lo real; lo demás es quebradura de una memoria que se va perdiendo en posexperiencia de una conciencia de sujeto cibernético virtual, en redes del ciberespacio y en un no retorno a la privacidad. 

Hay que combatir la ignorancia, que es la peor desgracia que puede existir y siempre tener como virtud el aprender, desaprender y reaprender en estos tiempos cibernéticos y transidos. Aunque se vive más transido cuando se pierde la inocencia de no saber para luego saber más de lo que uno sabe. 

El viajar por el mundo y el cibermundo nos da la oportunidad de encontrarnos con otras culturas y ciberculturas, con otras formas de pensar que nos dicen que no somos dioses; algunos países creen que por el hecho de nacer en una determinada cultura son dioses y no parte de otros seres humanos que habitan en un planeta, errantes en el universo. 

Lo transido envuelto en tiempo de lumbre cibernética 

Vivimos tiempos cibernéticos y transidos envueltos en contiendas prolongadas en el plano de lo real y virtual: guerras bélicas, guerra económica, infoguerra y ciberguerra. La complejidad de estos tiempos se mueve entre la disolución acelerada de lo global en lo real, con Rusia y China como telón de fondo, y la globalización virtual y real como híbrido planetario, liderada por Estados Unidos y Europa. 

Una de las economías importantes de la globalización es la rusa, la cual se encuentra dislocada por su invasión a Ucrania. El discurso de conflagración que se recorre a partir de lo que acontece en Ucrania acelera la crisis ecológica sistémica y coloca al planeta en un cataclismo, ya que el impacto no solo es económico, social y político sino también ambiental. Como resultado de la guerra económica que se está viviendo en el mundo y en el cibermundo, los Estados Unidos han comenzado a expandirse por Europa con su exportación energética, a causa de su extracción de gas de esquisto por la fracturación hidráulica (fracking)

La guerra y la ciberguerra como híbridos de escombros planetarios en los que nos encontramos sumergidos van de la mano con la guerra de la información o infoguerra en la que la posverdad, los bulos y las teorías de la conspiración están a la orden del día. Hoy se pretende justificar la fracturación o el fracking como una técnica natural y necesaria para el bien y el progreso de la humanidad. Esta técnica consiste en la producción de químicos a alta presión a través de pozos para romper determinados cuerpos de rocas en los que se encuentran alojados el gas y el petróleo. De esos polvos vienen estos lodos, ya que la dependencia de la energía fósil va a acelerar cada día más el cambio climático, lo cual conducirá a intensas olas de calor, lluvias torrenciales con sus inundaciones y sequías que no cesan, todo lo que producirá más hambrunas y desastres. 

Ese mundo y cibermundo global que logró ponerse de acuerdo en la Cumbre del Clima en París (2016), para desacelerar el calentamiento global y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, ha desaparecido. Son recuerdos de un pasado olvidado. Ahora todo apunta a unos flujos financieros para el rearme, para alimentar todo tipo de armas y de guerra planetaria, que no tiene que ver con economía verde, limpia, sino con la guerra económica, la convencional y la cibernética. La firma de ese pacto en París por los representantes de los 195 países pasará a la historia, y la información y la posverdad harán olvidar lo que ellos en ese momento admitieron, que fue la existencia real, no virtual, del cambio climático y el aumento de la temperatura, que permite que asomen catástrofes planetarias en todos los niveles inimaginables. Estos van más allá de la narración bíblica, que solo apuntaba a la guerra, la enfermedad y el hambre. Aquí abordamos muchos más de esa narrativa contenida en el Apocalipsis, ya que el cambio climático, la ciberguerra o una guerra económica (estanflación, inflación, recesión o depresión económica) pueden ser posibles y reales, así como puede ser posible y real que haya una reducción de estas amenazas para la existencia de la humanidad. Aunque el concepto de reducción sobre este panorama escasea y aumenta el de la proliferación. 

Con esto no asumo un discurso catastrofista, más bien realista a estos nuevos tiempos transido y cibernético, donde el concepto de proliferación de armas nucleares va marcando el rumbo planetario, no su reducción, por lo que aumenta el riesgo de una conflagración nuclear o la posibilidad de un accidente nuclear o un ciberataque a infraestructuras críticas de escala inimaginable. Nos encontramos en un panorama de proliferación de inseguridad y vulnerabilidad cibernética en todos los ámbitos de la vida cotidiana y no de su seguridad y ciberseguridad. ¿Habrá límite? 

El ecosistema compuesto por el sistema de organismos (seres vivos), el medioambiente físico, el suelo en el que habitamos y el aire que respiramos, se encuentra amenazado por estas modalidades de conflagración mundial puestas en marcha por Rusia contra Ucrania y en las que se ha involucrado la Comunidad Europea y Estados Unidos. De ahí que el Ártico como región sea cada vez menos helado no solo por el cambio climático, sino también por el aumento de una confrontación entre Rusia y el bloque de países que forman parte de ese océano helado encabezado por Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia. 

Hoy se vive un ambiente guerrero, una vuelta al rearme con más intensidad que en los años de la guerra fría, una vuelta al pasado combinada con un presente desolado: armas de destrucción masiva, nuclear, biológica y química entran en posibilidades reales, poniendo en peligro los ecosistemas terrestres, artificiales y biológicos. Lo biótico (cuerpos vivos) y lo abiótico (cuerpos no vivos) entran en una coordenada de lo posible en cuanto a exterminio si tales potencias se van por el camino del Armagedón y no por el de la Paz. La convivencia y la diplomacia forman parte del protocolo del poder, no importa si es racional o irracional. Ambos se trasforman en una locura cuando quieren llevar al mundo a una hecatombe nuclear. Hemos entrado a una primera fase de guerra y ciberguerra mundial, a escala múltiple. Lo que está trascurriendo en estos días converge entre religión, ciencia y razón; y es que estamos al borde del abismo, ya que nuestra vida depende de un maletín nuclear, que posee cada una de las grandes potencias del planeta (Estados Unidos, Rusia y China), las cuales compiten por obtener esferas de influencia geográfica, económica, política y militar tanto en el mundo como en el cibermundo. 

Este panorama nos remite a la concepción del progreso tecnocientífico en el devenir de la humanidad y a esa sombra que brota de esta, la cual se encuentra en la IX tesis escrita por Walter Benjamin, sobre la historia y el progreso, y que está relacionada con el cuadro de Paul Klee del Museo de Jerusalén que data de 1920: Angelus Novus. Para Benjamin, este Ángel Nuevo es empujado de manera irrevocable por un huracán hacia el futuro, al cual da la espalda hacia el pasado, donde va dejando montones de ruinas que crecen ante él hasta el cielo: guerra, ciberguerra, que producen miles de muertos, personas mutiladas, refugiadas y desplazadas de su hábitat, inestabilidad política y económica, crisis alimentarias, hambrunas, enfermedades físicas y mentales, zonas grises y de múltiples violencias que nos sitúan en un devenir histórico planetario de visión transida, de riesgo e incertidumbre. Este es un ángel nuevo que encarna la tragedia, la ironía, con una máscara de inocencia, pero con un auténtico rostro de desprecio a la vida y un no mirar al pasado en toda su dimensión. Lo que le importa a ese ángel es alejarse y, en la medida que lo hace, deja entrever un simulacro en su mirada, que no puede ocultar al rostro todas las ruinas y debacles humanas que forman parte del llamado progreso en estos tiempos cibernéticos y transidos. 

Aun así, frente a este panorama sombrío y de permanente producción de vértigos, no dejaré de creer en los valores como estimación y elevación de vida y no en su degradación, que es un ir en contra de la convivencia pacífica, contra las armas de destrucción masiva que elevan las posibilidades de un conflicto bélico que extinga la humanidad. 

A modo de conclusión 

La entrada de la segunda década del siglo XXI ha dejado bien claro que vivimos un cambio de época. Una época de tiempos difíciles, de unos signos transidos y cibernéticos. La pandemia de la covid-19, que tuvo como punto de origen China a finales de 2019, aceleró la vida en el cibermundo hasta el punto de que se confundió la virtualidad que se vivía en ese mundo cibernético antes de la pandemia con el de la covirtualidad, que ha sido una vida virtual forzada por esta pandemia, en la que se vivía encerrado y forzado a una cotidianidad de espacio no real. 

Es indiscutible que se vive un cambio de época marcado por el Cisne Negro. El impacto de lo altamente improbable (TaleB, 2015). Cisne Negro que coloca a la intemperie el repliegue identitario, la vuelta a los nacionalismos de corte antidemocrático, de la desglobalización de lo real y la globalización de lo virtual, así como el rearme masivo y no el Cómo evitar un desastre climático (Gates, 2021) y de impedir El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo (Applebaum, 2022). El cambio de época nos dice que la democracia está transida y que la temática Sobre la paz perpetua (Kant,1998) soñada ha llegado a su fin. Hay que soñar por las democracias y por la paz aunque estas sean frágiles, ajustadas a las precariedades y a los nuevos tiempos que respiramos. 

Bibliografía 

Applebaum, Anne (2022). El ocaso de la democracia. La seducción del autoristarismo. Madrid: Debate. 

Bauman, Zygmunt (2015). Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. Barcelona: Tusquets. 

Benjamin, Walter (2018). Iluminaciones. Madrid: Taurus. 

Byung-Chul Han (2022). Infocracia. La digitalización de la democracia. Barcelona: Taurus. 

Camus, Albert (2006). El revés y el derecho. Madrid: Alianza Editorial. 

Comte-Sponville, André (2001). La felicidad desesperadamente. Barcelona: Paidós. 

Gates, Bill (2021). Cómo evitar un desastre climático. Barcelona: Plaza y Janés. 

Kant, Immanuel (2017). En defensa de la Ilustración. Barcelona: Alba minus. 

Merejo, Andrés (2017). La dominicanidad transida, entre lo virtual y lo real. Santo Domingo: Santuario. 

— (2016). “Ángelus Novus y un huracán llamado progreso”. En Revista de Educación, Cooperación y Bienestar social. Número 8, febrero de 2016, 2https://revistadecooperacion.com/numero8/e-01.pdf (recuperado/28/6/2022). 

— (2015). La era del cibermundo. Santo Domingo: Editora Nacional. 

— (2005). Conversaciones en el lago. Narraciones filosóficas. Santo Domingo: Búho. Sen, Amartya (1999). Desarrollo y libertad. Barcelona: Planeta. 

Taleb, Nassim Nicholas (2015). Cisne Negro. El impacto de lo altamente improbable. Barcelona: Paidós 


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