Revista GLOBAL

Rasgos de la dominicanidad

by Marcio Veloz Maggiolo
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El mestizaje es la característica principal de la cultura dominicana. Una cultura producto de un proceso histórico en el cual ha estado siempre presente la hibridación. Un breve repaso de aspectos de la vida tradicional dominicana, en un país que posee muchos rostros y sobre el cual es difícil desarrollar una visión completa. Cuando llegan los españoles en 1492 ya había sociedades mestizas en la isla. Hacia el 4000 antes de Cristo arribaron grupos aborígenes centroamericanos que luego se mezclarían hacia el 3000 antes de Cristo con navegantes que procedieron de la costa oriental de Sudamérica. Estos primeros habitantes eran recolectores que desconocían la agricultura.

Pero hacia el 400 antes de Cristo llegaron las primeras oleadas de agricultores, también procedentes de la costa oriental venezolana, conformándose así la primera sociedad mestiza del Caribe. España, en 1492, trajo su cultura. La implantación de africanos a partir de 1510 generó una mezcla racial y cultural que vendría a ser la base de la sociedad colonial. Por tanto, el dominicano tiene características culturales que son el producto de un proceso histórico en el cual ha estado siempre presente la hibridación cultural.

La isla, dividida hoy en dos repúblicas, ha mantenido un informal intercambio cultural con el vecino Haití, que se refleja en creencias, rituales, dietas, costumbres y modos de vida. Para el viajero que de pronto hace contacto con las costumbres, resulta novedoso el carácter variado de las personas según la región y el lugar de habitación. Si en la zona urbana se puede apreciar que hay rasgos que muestran un dominicano a veces esquivo y desconfiado, en la rural se revelan las condiciones prístinas de una sociedad tradicional en la cual se destaca la confianza y la satisfacción de establecer amistad.

En tal sentido, la diferencia entre el citadino, parlanchín y esquivo, y el hombre rural, reservado pero sincero, se comprueba de manera fácil. De ese pasado distante, en el que lo africano y lo hispano se mezclaron, se pueden identificar gestos y formas religiosas. La isla fue casi abandonada durante dos siglos, el xvii y el xviii, y las creencias cristianas se transformaron hasta llegar a niveles de religiosidad popular que incluyen la creencia en diversos tipos de supersticiones, sin duda sustitutas de los valores católicos que en principio predominaron durante la colonia inicial.

Las festividades religiosas están unidas en las llamadas “fiestas patronales”, a la concepción de la adoración como elemento que se complementa con música, cantos y bailes. Hacia la costa sur de la isla, el vudú dominicano, con notables influencias haitianas, y los ritmos africanos marcan la vida dominicana; estos ritmos y formas bailables pasan, o han pasado, a formas del baile tradicional dominicano, el merengue, pero también a otras formas bailables como la llamada mangulina, el carabiné y otras. Es en la música y la fiesta donde se manifiesta plenamente el carácter tradicional dominicano. Las zonas urbanas han ido dando cabida al tipo de negocio llamado “colmadón”, en verdad una pulpería en la cual se colocan mesas, se vende cerveza helada y los altoparlantes disparan las melodías populares, entre la cuales la llamada “bachata”, que fuera en los años sesenta y setenta del siglo XX  música de cabaret, se expande llenando de ruidos musicales los barrios hasta altas horas de la noche.

El carnaval El dominicano de nuestros días ha hecho del carnaval su primera expresión festiva. El carnaval dominicano es quizá la más espontánea de las fiestas dominicanas, porque ha permitido el desarrollo de la creatividad en disfraces, comparsas y música, en una mezcla social que es fundamentalmente urbana y que se expresa en las capitales de provincia con mascaradas y ritmos locales únicos en el área del Caribe. Viejas máscaras de los siglos xix y XX sobreviven y son ya vestigios de una tradición que viene desde la época colonial. Vale citar a “Roba la Ga llina”, personaje que imita a una mujer seguida por niños que imitan pollitos, puesto que se supone que el personaje lleva en su saco a la gallina madre de los mismos. Otra mascarada importante es la mojiganga llamada “Se me muere Juanita”, donde el diálogo hace referencia a la madre que intenta salvar la criatura. Las mojigangas fueron importantes en las mascaradas y carnavales de España, y en América alcanzaron un proceso de criollización que está presente en el carnaval y las mascaradas dominicanos. Vale recordar que durante el siglo xviii las iglesias católicas aceptaban en sus recintos la presentación de espectáculos populares.

Gallo y gallina

Si usted oye un gallo cantar en medio de la madrugada, piense que posiblemente alguien está dedicado, aun en la zona urbana, a la crianza de aves de corral. En el sancocho, que es el plato típico dominicano constituido por un caldo con varias carnes con profusión de víveres [tubérculos comestibles], la carne de gallina vieja era fundamental. En la zona rural, el gallo de pelea que pierde está destinado al sancocho. No le quedan alternativas, a no ser que se suponga que puede ser un padrote de calidad. La pelea de gallos es el deporte nacional de la República Dominicana y el béisbol ocupa un lugar casi similar. El dominicano es, a fin de cuentas, machista, y el gallo ha sido símbolo de partidos políticos desde los inicios de la vida democrática. Durante el siglo xix y comienzos del XX, dos de los principales partidos nacionales, el de Horacio Vásquez y el de Juan Isidro Jiménes, estuvieron representados por la figura del gallo. En el siglo XX, el Partido Reformista del ex presidente Joaquín Balaguer centró su imagen electoral en el gallo y aún “el gallo colorao”, o sea, rojo, sigue siendo el emblema de sus seguidores.

Entre las denominaciones del dominicano para el valor, el sexo, y aún los liderazgos, la imagen del gallo tiene importante. Decir que fulano es un “gallo” apunta hacia su valentía y arrojo, pero entre las mujeres hacia su elegancia y bonhomía. Decir que una mujer es una “buena gallina” refiere atributos atractivos. Sobre este ver el gallo como animal simbólico de la vida nacional se puede hacer un largo estudio. Más allá En el aspecto del dominio del futuro usando recursos del “más allá”, son muchos lo dominicanos que se entregan a la brujería, a la lectura de barajas o al uso de “envíos” o “guangás” (diversos tipos de objetos supuestamente embrujados, contenidos en paquetes, que pueden hacer daño al enemigo). Las oraciones producto de la imaginación popular y el uso de imágenes están logradas en función de las necesidades de quien las va a utilizar. Se venden en los mercados populares, lo mismo que los perfumes para las “potencias” y espíritus bienhechores. Las fórmulas que unen oración y objeto de culto son comunes. Para tener idea de estas creaciones vale citar algunos títulos de oraciones: oración a la Santa Camisa y oración de San Elías al Trote (San Alistrote).

Las imágenes que refieren muchas veces estas invenciones han sido producto de la creencia popular. Dos de ellas son muy utilizadas, “La Niña de la Espinita” y “Santa Marta la Dominadora”, ambas conseguidas de cromos antiguos a los cuales se les asignó, en los comienzos y mediados del siglo XX, una función extra-terrenal. Un santo para cada problema, decía un viejo habitante del barrio de Villa Francisca, donde hubo numerosas pitonisas y un espiritismo copiado del francés, que encarnara Allan Kardec; por eso San Isidro, labrador, guía en parte la vida agrícola de algunas comunidades, y los visajes o visiones de seres extraterrenales con vocación de ayuda al humano son parte de las “experien cias” que muchos creyentes dicen haber tenido en beneficio de problemas terrenales concretos.

Las lleva consigo

El dominicano ha llevado sus creencias y su dieta dondequiera que ha viajado. La mayoría de la comunidad dominicana que vive en las grandes urbes del exterior, como en los Estados Unidos (Nueva York, Boston) o España, lleva consigo sus creencias y su sentido de identidad. El casabe, invento amazónico que ha sido documentado desde el 3000 antes de Cristo y que fue pan de los indios tainos, sigue siendo alimento fundamental. La dieta africana se confirma con platos como el “mondongo”, el “mofongo”, el molondrón, el ñame, mientras que el maíz, la yuca, la yautía y frutos como el caimito, la guayaba, el anón, la jagua y otros forman parte del conjunto de cultivos que los taínos desarrollaron. Mientras, la imagen dominicana en las artes es de un gran nivel estético, como lo revelan las obras de Gilberto Hernández Ortega, José Vela Zanetti (obra dominicana), Yoryi Morel y otros cultores de lo dominicano como Gaspar Mario Cruz, cuyas esculturas son en parte una expresión de rituales católicoafricanos. La literatura de “lo dominicano” se encarna en autores como Juan Bosch, Francisco Eugenio Moscoso Puello y Ramón Lacay Polanco, y otros de las nuevas generaciones como Pedro Peix.

El nacionalismo

El nacionalismo es un elemento importante de la identidad dominicana. El mismo se refleja en su inmenso amor por el terruño y en su deseo de retornar. Con el amasijo de la historia que ha vivido, el dominicano ha podido integrar su propio mundo, bien diferente de otros pueblos caribeños. La lengua española tiene fortaleza, pero la riqueza cultural del mestizaje permite la presencia de variantes importantes según las regiones, tonos y modos de entonar. La división lingüística de las Antillas inglesas, francesas y holandesas en creoles o lenguas criollas no se produjo en la parte oriental de la isla, por lo que el castellano dominó este ámbito, manteniendo la unidad de las expresiones.

A este cuadro que engloba aspectos de la vida tradicional dominicana en muy pocas líneas, habría que agregar luego la importante producción cultural, artística, intelectual, de un país que posee muchos rostros, y sobre la cual no podemos desarrollar una visión completa.


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