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Tres momentos con René del Risco Bermúdez

by Miguel D. Mena
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¿Por qué volvemos una y otra vez a René del Risco? Aquí se traza una reflexión sobre tres momentos claves en la obra del autor petromacorisano: su concepción del afuera, la influencia de Henry Mancini y su estilo. Con estos apuntes se busca potenciar nuevas lecturas de su obra, ampliar visiones y contextualizar esta en nuestra modernidad. 67 Se vuelve a René del Risco porque hay palabras suyas bien latentes, porque sus paisajes todavía gravitan sobre este espacio, como nubes convertidas en estrellas. Sus cuentos fueron densos, sus frases se establecieron en los pentagramas de su tiempo y lograron superar sus mediaciones particulares. Supo ver algo que no siempre distinguimos, aunque sea nuestra espada particular de Damocles: ese ojo propio que nos mira, que nos arrastra al salir a la calle o cuando nos desplazamos entre un montón de personas o entre unas cuantas. Tendida entre materias y sombras, entre lo que se eleva y lo que refleja ese constructo, su obra no alcanzó a definirse para él en mayúsculas, sino que tendió al divertimento, a la nota para algo que subraya más la idea que el desenvolvimiento de acontecimientos.

Hay un fragmento de su «Cuento 1» muy expresivo: «Decirle de esta sensación de estar avanzando entre callados cadáveres, entre ojos desconocidos en los que uno encuentra una mirada trágicamente acusadora, calladamente hostil, y sentirse uno sospechoso de pronto, como si llevase un puñal debajo de la chaqueta, dentro del maletín de cuero» (Cuentos completos, 86). René del Risco tuvo una gran conciencia de la mirada en tanto sujeto y objeto. Recordemos los principios visuales dentro de los órdenes del trujillato, la paranoia colectiva ante el principio de sospecha, de vigilancia. Ese principio de la duda en las miradas, de pensar que te están repasando los gestos a partir de insertarse en un orden, revela una sensación de percibirse como objeto que se desliza dentro de un plano. Más que salir nos lanzamos. Y más cuando nos exponemos en lo más personal, lo íntimo, lo familiar, porque tendemos a revelar día a día nuestros gustos. Cada vez buscamos la atención, la justificación de nuestras existencias, sacando a flote esa manita del ahogado, del que solo quiere llamar la atención antes del lanzamiento porque seguramente querrá ser salvado, porque sí, porque nos ahogamos de otra manera en nuestra habitación, la sala, el camino al auto, al supermercado o doblando por la avenida Kennedy. El «afuera» tiene que ver con una sensación de riesgo, la prueba de nuestra fragilidad. El «afuera» dominicano se produce tras siglos de colonialismo en el que no salíamos al espacio público por lo miserable de nuestra existencia o simplemente porque no se tenía nada que buscar.

Luego vino el siglo XX, y tampoco salimos porque la calle era el peligro, el paisaje movedizo en el que tú también podías esfumarse. René heredó esta noción trágica del «afuera» dominicano. Socializarse dentro de los marcos de la era de Trujillo (19301961) implicaba un dimensionamiento negativo del afuera del sujeto. El peso debía ser mayor aún si se provenía, como nuestro autor, de una familia marcada por el pensamiento y el accionar liberal dentro de la opinión pública nacional. Plantarse entre los paradigmas de «existir» y «resistir» fue su sino. Resalta el hecho de cómo su sensibilidad artística y la manera de verterla en sus escritos se conecta con unas sensibilidades y conceptos contemporáneos, como el sustentado por la octava de las Tesis de filosofía de la historia, de Walter Benjamin, donde se plantea que el «estado de excepción en que vivimos es la regla». Al pensar en ese fragmento narrativo del post trujillismo inmediato –el de los años 60–, la pregunta sería en torno a la validez actual. Lo primero sería la imagen de los «callados cadáveres». Si fueran ruidosos o evidentes, tal vez resultan menos irritantes. Pero son callados: nos miran como buscando que les concedamos una palabra, como si quisieran mostrarnos nuestros propios cadáveres internos, de ahí el vaso comunicante. Entonces la pregunta pertinente 1 René del Risco tuvo una gran conciencia de la mirada en tanto sujeto y objeto 68 sería: ¿avanzamos? La posible respuesta vendría desde los acantilados nietzscheanos: avanzar no significa mejorar o vencer, muchas veces es solo un cambio de posición, un nuevo colocarse en los planos vitales no siempre con un principio alentador. Luego vienen los ojos desconocidos que nos acusan, la también hostilidad del silencio, la presunción de tu culpabilidad y antes de salir, y al final, la posible respuesta: el de llevar igualmente la posibilidad del crimen con tu puñal posible. René logra con este fragmento todo un cuadro del individuo y los miedos del «afuera». Estamos ante situaciones límites, donde la línea de separación está marcada por las posibilidades del silencio y el ruido, el hablar y el haber sido colmado de palabras no siempre coincidentes con un deseo o una necesidad. Para trasladar este fragmento a nuestros días, tendríamos que tomar en cuenta la creciente complejidad de la virtualidad. Si partimos de la tríada lacaniana de la vida como rejuego de lo simbólico, lo real y lo imaginario, tendríamos que subrayar los ámbitos cada vez mayores de lo último: cuando la imagen es más consistente en nuestra vida que lo palpable.

La obra de René del Risco brinda un significativo marco de opciones para pensar el «afuera» más letal, ese en el que el sujeto tiene que revelarse en sus verdades más íntimas. De hacer un «Atlas René del Risco», seguramente comenzamos poniendo uno de los temas más inspiradores de su tiempo: la pieza Days of Wine and Roses, de Henry Mancini. Compuesta en 1962 para la película del mismo nombre, se convirtió en todo un éxito popular, también de culto. Days of Wine and Roses operaba dentro de un principio de melodía 2 69 abierta, que alcanzaba a fascinar tanto a crooners como a esmerados jazzistas. Podía caer en las voces de Frank Sinatra y Ella Fitzgerald, en el saxo de Dexter Gordon o en el piano de Bill Evans y McCoy Tyner. A veces, hasta maravillas salían. Pero será Andy Williams su gran intérprete, o al menos a quien René mencionará en su poema «Tú que hablas»: tú, que sientes esta pequeña sala / estrechándose contra la lámpara amarilla, / contra la botella de whisky, / contra este Andy Williams / que gira en tu consola…». La pieza se recuperará luego en un cuento, «Del otro lado del día»: «Encenderé la radio, lo recuerdo bien, identifico esa melodía… es Days of Wine and Roses, y la orquesta si no me equivoco es la de Henry Mancini… la he escuchado otras veces, no estoy seguro ahora, pero creo que tiene algo que ver con una sala de cine en Caracas, pero aquí se me envuelve todo, se me hacen confusas las cosas…». Atento a la sensibilidad de su tiempo, René fue el autor que estuvo más pendiente del conjunto de las artes y técnicas en aquellos años 60. Fue el más apegado a los espacios transnacionales, buscando una especie de locus transinsular, una sonoridad y visualidad que ampliase lo ofrecido en el marco insular. Sus labores publicitarias debían llevarlo a ese plano de búsqueda intensa, continua, un punto fuera de la Isla para un ser desterritorializado. Se dice que el publicista sabe a la hora que entra, pero no a la que sale.

La relación ante el producto podría ser la misma que ante la literatura. En ambos hay una propuesta de adquisición, una narrativa que se oferta dentro de una ley de oferta y demanda, un tiempo estrecho para producir, para incidir, para convencer seduciendo. El espacio de la audición será el espacio cerrado. La familia, los sentimientos, las mentalidades, todo se orienta a un adentro por lo demás restrictivo, asfixiante. De responder a la pregunta en torno a qué pesa más en sus metáforas, si el adentro o el afuera, la gravedad se trasladará a lo segundo. Lo que acontece afuera es la vida, el movimiento. En el adentro está el consumo, el whiskey como la conciencia del fracaso, el aferrarse a los nuevos dispositivos que serán el sofá, la silla, la cama, el disco. Una vez quise simular un «momento del riesgo». Me conseguí la versión original de Henry Mancini y luego la de Andy Williams. Oírlos caer en el tocadiscos, imaginar los territorios que se creaban con esos bajos, la sensación de leve cansancio a que convidan me hizo imaginar a un autor consciente de las distancias hacia su entorno, en diálogo conflictivo con sus deseos y los deseos apabullantes de los otros. ¿Será la estabilidad laboral un espejismo, una trampa? No haré una psicología de autor, porque aquí de lo que se trata es de potenciar lecturas, de ampliar visiones, buscando nuevas maneras de asumir sus textos. Sin embargo, sospecho un hartazgo de René en torno a los valores de su época, una búsqueda de nuevos horizontes, los brindados por esa inserción en una especie de sensibilidad universal. El disco que se coloca bajo, se va deslizando mientras la aguja escribe la voz, todo proyectado en la pantalla, en algo que se va borrando gracias al whiskey, la calle, la vida, Andy Williams rumoroso, Henry Mancini espectacular. Días de vino y rosas, ¿algo más? Cada autor trae sus marcas, sus estampas. René del Risco Bermúdez ha sido el escritor dominicano genésico de nuestra modernidad, esa que arranca con una visión del sujeto y el espacio posnacional. Algunos como Manuel F. Cestero, Ángel Rafael Lamarche y Virgilio Díaz Grullón comenzaron a esbozar los límites de la noche y el espacio urbano, pero ninguno como René para advertir el dolor que producían sus chispeantes luces de neón. Nadie más intenso como cuentista, creando una obra en apenas seis o siete años. Nadie con un poemario tan táctil y dolido como El viento frío (1967). La poesía dominicana, los escritores nacionales, siempre se orientaron hacia un afuera amplio, histórico. Con René comenzamos a vivir dentro del sujeto, sus angustias, sus velas apagándose por dentro bien rápido y con poquísima gente, o tal vez nadie, dándose cuenta. Uno de sus textos más incisivos en este aspecto es el «Cuento No. 1».

El título mueve a sospechas. Tal vez se habrá quedado sin retocar, 3 70 crudo, como una lava más devorante que las acostumbradas. No hay expresión del dolor en la literatura dominicana tan puntualmente expresada como en este texto. Siempre que lo leo hay algo nuevo. Al principio era una especie de diario de las consumaciones tropicales. El hombre que, metido en su chaqueta, experimenta sus infiernos particulares y trata de salir, de respirar. Resulta que con el paso de nuevas experiencias estéticas, que bien pueden ser el cine iraní o el clásico japonés, o tal vez la lectura de los expresionistas alemanes, entre muchísimas otras experiencias, las visiones se van ampliando. Al principio un texto como «Cuento No. 1» encaja en un contexto, forma parte de un orden, pero luego se va despegando, se convierte en otra cosa. Ahora lo siento como un guión que bien pudo haber sido firmado por Resnais, Godard o Perec. Hay una sensibilidad muy francesa de los años 60. El papel de la niebla, de los absurdos, del agotamiento de lo que fluye en la garganta, todo va compaginando en un hablar en primera persona como desmoronándose. En uno de sus pasajes más impresionantes, Del Risco confiesa: «toda la muerte que empieza en este paisaje endurecido por el que rodamos con los cristales cerrados, escuchando el seco ruido de los yerbajos que el auto aplasta hacia los bordes del camino, el golpe de alguna piedra disparada por los neumáticos que se aferran en las curvas, mirando entre el polvo los árboles ennegrecidos, los envejecidos pastizales donde algún molino de viento se alza extrañamente con tétricas manos de espantapájaros, toda la muerte que se arrastra en los agrietados carriles, sobre las filosas navajas de la caña donde se raja el vientre de los perros». Ya René había hablado de nafta y aquí se refiere a los molinos de viento. Estamos en otros paisajes, en paisajes que confluyen con los de las grandes metrópolis. Su tono es confesional. René habla en off. Visto en el contexto de sus contemporáneos, presenta visiones con una clara conciencia de cierre, de óxido, de acabose. René sabe verse y decirse.

Se distancia de su época porque el «yo» constructivamente entendido es su insignia, su punto fuerte y también su lado débil. René nos habla fluidamente, como si estuviera a punto de decirnos adiós desde algún lago o enviarnos una carta sin estampilla. No tiene que ser el orden la proclama de un mundo mejor ni las habitaciones arregladas signo de paz. A René del Risco Bermúdez habría que leerlo en una tarde como esta, cuando todo languidece. Lo suyo era el camino, el estar yendo. Así andamos. Así andaremos por los mejores caminos:  los que necesariamente nos conducen a la nada. 


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