Revista GLOBAL

De lo antaño a lo hogaño La reivindicación de la filosofía

por Jaime Alonso Sánchez Naranjo
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La comprensión de la complejidad actual exige una reflexión filosófica y literaria apalancada en clásicos como Aristóteles y Epicuro, acompañando tal ejercicio en una hermenéutica de diapasón que permita leer a Arendt, Ortega, Todorov. Y susurrantes como Arvelo, Mèlich, Nussbaum y Ordine. Una sinfonía de voces que ilumine la noche que se cierne sobre un mundo distante del filosofar. Un amanecer reflexivo aún espera al hombre mientras irrumpa la pregunta y el pensar. Junto con los anteriores, la voz de José Saramago, quien en su centenario —1922 a 2022— sugiere un fervoroso compromiso. 

El pensamiento como útil 

La evolución de ciertos animales ha sido palpable a través del tiempo. La Carrera del homínido, puntualmente, le ha permitido valerse de ciertas herramientas. El refinamiento de las mismas, el progreso y su comprensión le han llevado a lo que son hoy en día. Muchos de esos instrumentos son custodiados en su hogar y son usados debidamente cuando los necesita. Sea la filosofía esa gran herramienta atemporal que el hombre usa o des-usa cuando bien lo advierte. La filosofía cohabita con el ser humano, tal como el lenguaje estructura al ser. Lenguaje y filosofía dimensionan la vida y por ello del primero, Martin Heidegger —en su Carta al Humanismo— declara que es la casa de la verdad del ser. Las posibilidades que emergen de allí son amplísimas, especialmente por esas actividades tan propias de un ser aún inexplorado e inacabado que goza de acciones tan singulares. Los tiempos hodiernos exigen que la humanidad en una sociedad barbarizada se enfrente a problemas que la acompañan de forma perenne: una racionalidad frívola, la acumulación bajo un consumismo vergonzante, un negocio que mal parece calcularse2 y una suerte de antihumanismo que llevan a la ciudadanía a un desbarrancadero óntico social. 

El letargo que acompaña a la sociedad no parece resuelto, a pesar de las crisis que viene enfrentando. Desempolvar esa herramienta milenaria, tan cercana al espíritu del hombre, evoca su llamado por estos tiempos. Es el útil que le permite detenerse y con ello significar lo que ha sido imperceptible para una sociedad miope. Buena parte de las encrucijadas sociales que se viven local, regional, mundial y globalmente lograrían ser percibidas con otros matices si se usara. Sería preciso entender multiple fenómenos que han azotado al mundo en la última veintena de años, como por ejempli el terrorismo, para desde allí catapultar discusiones alrededor de problemáticas con el fanatismo, la tolerancia y los imaginarios de cada cultura. Así mismo, la pandemia desveló la fragilidad misma del ser humano y la capacidad de enriquecimiento exorbitante de las farmacéuticas, pero, a su vez, demostró que este animal es un ser reaccionario a ciertos aprendizajes, especialmente con aquellos que invitan a desescalonar el consumo, el gasto y el lujo. Y actualmente, observa horrorizado un mundo impertérrito ante la destrucción manifiesta de ciudades enteras en un conflicto bélico, mientras un cinismo sádico sigue permitiendo que las industrias, Estados y otros entes involucrados en ese problema se autonombren como adalides de la vida, mientras socavan la continuidad de lo humano. 

Este utensilio mental, discursivo y reflexivo parece sinuoso en temporalidades donde impera el dato, el hecho, la praxis, el intercambio, lo táctil, contribuyendo a la extinción de los antiverbos, los que a su vez serían las únicas acciones que permitirían al hombre confrontarse y lanzarse al riesgo siempre actual del pensar. Yace la experiencia, especialmente el de la filosofía, como una aventura hacia… Es posibilitar que el acontecer óntico fluya mientras se asume la intención de escuchar con atención la vida y se corre el riesgo de salir, en este caso, de arrojarse a reflexionar, discrepar y posicionarse en un mundo aficionado al conformismo, al paradigma, al amén del «todo el mundo dice». Por eso el profesor Jorge Larrosa acierta en recordar que ex/periri se convierte en un arrojarse al peligro del pensamiento. En ese mismo sentido, Albert Camus recordará esa cualidad humana de minar, a saber, la capacidad de entendimiento fugada de los horizontes habituales. 

La actividad filosófica posibilita la reflexión en tiempos complejos. Una sociedad absorta en los medios de comunicación, donde la imagen, el espectáculo, las tendencias y las fantasmagorías atenazan el pensamiento de la sociedad plasma. Es el acontecer social llevado a la sobreexplotación de la imagen. Se es en tanto el sujeto se expone y percibe el mundo a través de la liquidez de la pantalla, el reflejo y su encantamiento. Después de la crisis que trajo consigo la covid, la sociedad se expuso como nunca a las esferas del coltán y el silicio; ella se articuló́ desde el teletrabajo, la educación telepresencial, la saturación del streaming y, con ello, el desplome amortiguado del pensamiento. Durante esta época, el pensador Joan-Carles Mèlich escribió el libro La fragilidad del mundo, y allí expuso el concepto de razón desvalida, alternativa en sintonía con un pensamiento que procura responder a las circunstancias que habita el hombre. En medio de ese bullicio, del esplendor y de la precipitud que le agobia, con esta razón el sujeto «Pone en tela de juicio la autoridad del pensamiento metafísico e intenta dar voz a lo que no suele tener voz, a lo singular, a lo precario, a lo limitado que hay en cada uno de nosotros, así como a la fragilidad del mundo» (pp. 99-100). El ámbito metafísico lo ocupan también esos otros relatos que actualmente demandan la atención del hombre, como el poder, el estatus, la fama, la gloria, la ostentación, el lucro, la apariencia; resonancia de aquello que le despoja de sentido y lo conduce al afán del existir, el consumo, la velocidad y el aniquilamiento reflexivo. 

La razón desvalida o la filosofía como útil permite un camino discernido del espíritu por los surcos infinitos de la desinformación, del fanatismo y de la vacuidad, donde lucen los lentes del escepticismo, el espíritu dubitativo, el contraste y la revisión progresiva; alternativas sanas en una sociedad desbocada por los resultados y la eficiencia. Estos conceptos se vuelven antítesis del plano reflexivo filosófico. Inclusive, aspectos propios como la humanización, el perdón, la misericordia, la alteridad, el amor, entre otros, parecen categorías trascendentales lejanas al modo utilitarista actual. Ese discurso parece vergonzoso en los espacios de trabajo, discusión, análisis y conversación, pero se reclaman cuando las experiencias más íntimas abaten el ser. El olvido de la filosofía como útil desnuda al hombre calculador. Este se burla de la reflexión sin necesidad de mofarse en voz alta. Rinde culto al corporativismo, sacraliza los indicadores, suplica la bendición estadística, mientras se convierte en turiferario de la eficiencia y sus dividendos. A la aparición de ese hombre calculador se opone la reflexión de Nuccio Ordine, pues quien en su corto pero sustancial ensayo de La utilidad de lo inútil, dirá: «Entre tantas incertidumbres, con todo, una cosa es cierta: si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad… (p. 25)». 

El pensamiento como filautía. O de la estética consigo mismo 

La filosofía licencia el diálogo como germen de lo propiamente humano. Individuos, comunidades, países y regiones incapaces para esto dan cuenta de la necesidad una vez más de aquel instrumento. En ocasiones, las herramientas más útiles parecen engavetadas. En tiempos de hambre, guerra, desinformación, vanidad, espectáculo, poder, recurrir a la filosofía es retomar el sendero del diálogo, de la pregunta, de la conversación, del interior, de la conciencia e incluso del silencio —como se leerá a continuación—. Desde allí se otean los puntos, se advierten las contrariedades, se atisban los egos y se da paso a tiempos de reflexión y resignificación. Uno de los pensadores latinoamericanos más lúcidos, dedicados y solemnes, que ha llevado su anacoretismo académico a las reflexiones más profundas, deja entrever esa necesidad humana por la filosofía. En un brevísimo ensayo conocido como Filosofía del silencio, el escritor Alejandro Arvelo recuerda esa tarea: «Trátase, pues, de una labor inevasible; indelegable. Un hombre sólo puede delegar lo que en él hay de adjetivo. Filosofar es tarea intransferible. Cada quien tiene que realizarla por y desde sí mismo» (pp. 29-30). 

Sin embargo, los modelos imperantes acallan esta voz, convierten la actividad filosófica en adjetivo gracias a la homogeneización, la masificación, la monolitización del discurso; paradójicamente distanciando al ser de la experiencia filosófica. Tzvetan Todorov en su escrito sobre El espíritu de la Ilustración explica ese anquilosamiento ontológico al que se expone el hombre preocupado por su apariencia, por su afuera, «Si solo viven pendientes del otro, los hombres dejan de lado el ser, se preocupan solo del parecer y hacen de la exposición pública su único objetivo» (p. 45). Se abre el camino para un sinnúmero de ocupaciones, una plétora de afanes, circunstancias y accidentes obnubilan la esencia del ser. Una información funcional se impone en las comprensiones consabidas y comunes de los individuos, quienes asumiendo como suficiente y sin recalar más, pausan la inquietud, el espíritu indagador y se aprestan a quedarse en la superficie. Se desdeña la historia, los procesos, las razones y las causas de un fenómeno, y se cede al conformismo informativo proveniente de la inmediatez, el poder y los mass media.

La filosofía sublima la presencia estética del saber, la fruición resultante del asombro a partir de la pregunta, pues solo ella es capaz de hibridar la experiencia del mundo y el espacio interior hecho lenguaje, pensamiento e ideas. Solo una herramienta como esta, provisional en sus respuestas, es capaz de ampliar el mundo a partir de las preguntas más originarias, hasta las que brotan actualmente producto de la enfermiza realidad social desprendida de la violencia, el miedo, la ignorancia, la desigualdad, entre muchos otros. Adicionalmente la pregunta, la reflexión y el asombro estético como serio ejercicio del cuidado de sí, de la talla delicada de la obra de arte que es este haciéndose humano —si se recuerda con ello el gerundio al que está arrojado el hombre según Ortega—4 obliga a revisar un componente previo a cualquier virtud humana: φιλαυτία. El presente de la filosofía en la vida del hombre supone el cuidado de sí mismo, el amor por sí mismo, por la existencia y sus accidentes, lo que le permite avanzar como faro para iluminar sus oscuridades y yerros, pues con esa actitud se reconoce en el marasmo de lo humano. De la filautía se lee en Aristóteles que «[…] el hombre bueno debe ser amante de sí mismo (porque se ayudará a sí mismo haciendo lo que es noble y será útil a los demás)».5 Más adelante, el Estagirita reclama la estrecha relación entre la bondad que reviste al hombre que se empeña en la filautía: «Así, en todas las acciones dignas de alabanza el hombre bueno, se apropia evidentemente una parte más noble, y en este sentido, debe, como hemos dicho, ser amante de sí mismo, y no como el común de los hombres» (1169a, 30 ss.). 

La mercancía humana y la diáspora del pensamiento

La necesidad, la urgencia y la pregunta por el sentido de la filosofía siempre serán actuales, en tanto se sufre en carne propia la escasa vocación por esta. Esta es una de las vías para abrir canales consigo mismo, especialmente en tiempos donde el ruido, el esplendor, el estrés, el rendimiento y otras ocupaciones le impiden al pensamiento humano cierta holgura. Sería imprescindible considerar el tenor de ese discurso despótico de éxito social, imbuido por categorías próximas a la perfección, excelencia, progreso, desarrollo, mejoramiento, metas, objetivos, lo que llanamente deriva en un sometimiento social. Así lo expone Arendt en La condición humana: «El establecimiento de la Commonwealth, la creación humana de “un hombre artificial” significa construir un “autómata [una máquina] que se mueva por medio de muelles y ruedas como lo hace un reloj”» (p. 325). La filósofa fue testigo epocal de esos cambios funestos en la esencia del ser humano —la dinámica articulada de exterminio—; mentalidad que llega hasta el presente y avasalla incluso al sector de los hombres de pensamiento —profesores, intelectuales, críticos, escritores, filósofos y otros… parecen atados al afán por la competencia, los índices de publicaciones, la obtención de premios, la presentación de charlas y ponencias, atravesados todos ellos por el imperio del rendimiento—, quienes deben fabricar ideas, discursos, relatos y teorías como si estuviesen articulados a una actividad de producción industrial. 

Por lo anterior, de nuevo la voz de H. Arendt resuena diciendo: «La última etapa de la sociedad laboral exige de sus miembros una función puramente automática, como si la vida individual se hubiera sumergido en el total proceso vital de la especie y la única decisión activa que se exigiera del individuo fuera soltar, por decirlo así, abandonar su individualidad, el aún individualmente sentido dolor y molestia de vivir, y conformarse con un deslumbrante y “tranquilizado” tipo funcional de conducta (p. 346)». 

Vivir en este estado tranquilizado al que alude la escritora no es propiamente el resultado virtuoso de algún tipo de ataraxia o imperturbabilidad, es por el contrario el anquilosamiento del ser, un embotamiento del pensamiento, cuyas expresiones en las acciones y las palabras parecen no producir eco alguno. Es el vaciamiento ontológico hiperproductivo, sumergiendo al ser humano en la desesperanza, en la soledad y el olvido de sí mismo. El sujeto ha quedado oculto por el afán del supuesto progreso económico y social, considerando que la riqueza y el confort son ejes del desarrollo vital, mientras tanto un sino vicioso se le oculta al hombre, cuyo afán de riqueza le condena a más gasto, esfuerzo y producción. 

La diáspora del pensamiento deviene del estado de tranquilo expuesto arriba. El hombre hecho mercancía —y desde allí convertido en fetiche— se exhibe hasta agotarse. Mientras tanto, los parvularios se afanan por dotar a los niños de competencias, las escuelas los entrenan en habilidades, los colegios los convierten en eficientes contestadores de pruebas, y las universidades proyectan a los jóvenes al horror del rendimiento, el consumo y la estandarización, finalmente las empresas los reeducan en calidad, indicadores y el señorío de las metas; todo lo anterior hace parte del monomitismo productivista hecho ciclo. Ese gran y único mito —otros de esos metarrelatos—, en contravía de cualquier propuesta ética, sostiene la monetización del mundo y «[…] se ha encargado de compensar este déficit de sentido convirtiéndose en una nueva divinidad, […] y que muestra que toda relación con el otro tiene que ser entendida también económicamente» (Mèlich, Filosofía de la Finitud, p. 53). 

Los valores que la nueva sociedad de consumo impone obligan al ser a comprender que el tiempo pervive en consonancia con los ritmos económicos, con el capitalismo, y que las decisiones se toman de acuerdo con la ley de la oferta o la demanda. En muchas de las expresiones que José Saramago aportó para comprender la realidad que tejía a la humanidad actual, consideró los aspectos anteriores como el mal de un hombre que está condenado a no reconocerse en los otros hombres; su egoísmo y su desdén por el mundo le permiten declarar con el pesimismo que lo caracterizaba: «¿Cómo podemos ser optimistas en un planeta donde las personas viven tal mal, donde se está destruyendo la naturaleza y donde el imperio dominante es el dinero?» (Gómez, 2010, p. 160). El Homo economicus, el Homo eligens han desplazado al Homo sapiens, haciendo de este último un ser no grato a la sociedad, ya que los anteriores obedecen con prontitud a las directrices de la banca, la industria y los intereses comerciales. Bajo tal prisma la vida sucumbe ante el imperio del gasto, de la acumulación, del querer perpetuado y la idiotización de los descuentos. 

Es paradójico, un ser capaz de toda creación, innovador y afianzado en inventivas extraordinarias, pero a su vez, despojado de aquellas cualidades que le permitieron configurar el ser social: la compasión, el bienestar común, la solidaridad, la bonhomía. Alienado bajo el vaivén del movimiento, los ritmos intensos del día a día, la reflexión sugiere detenerse. Para volver al pensamiento es preciso ir lento. La filosofía requiere un pausarse, no en vano es theoría —observación en griego, es biostheoretikos —contemplación y fruición del saber—. Ella escapa de los atajos mientras procura leer y atender con algo de profundidad a la escena que es la vida misma. Para responder con rapidez es necesario memorizar, mientras que tomarse un tiempo conlleva a ponderar, pensar y en muchos casos a errar. Carl Honoré, quien ha invitado a la práctica de la lentitud como forma de vida, explica los beneficios de un pensamiento imbuido por ello: «Si queremos dedicar espacio para efectuar una reflexión rica y creativa, necesitamos abolir el tabú contra la lentitud que está tan arraigado en la cultura del siglo XXI. Necesitamos aceptar que bajar el ritmo juiciosamente, en los momentos justos, nos puede hacer más inteligentes» (La lentitud como método, 2013, p. 7677). De esta forma se nutre el sujeto y la sociedad, mientras cierto marginamiento mental le permite posicionarse delante de otras comprensiones una vez ha pensado, es decir, postcogitum

Minar la estupidez 

La herramienta filosófica conlleva a un empellón existencial en medio del esporádico anestesiamiento al que se expone el hombre, pero también se convierte en un masaje reparador, permitiéndole otear horizontes olvidados en esa sociedad ultra activa e incesante; filosofar para re-vivir. La contemporaneidad reconoce la condición de inalienabilidad del individuo, adicionalmente reivindica en multiplicidad de escenarios la libertad de pensamiento, la crítica y la capacidad de juicio. Sin embargo, es asombroso como esa claridad parece diluirse en sociedades y colectivos inclinados por radicalismos, fanatismos, tanatismos y atávicas cerrilidades. La filosofía como alternativa deviene a través de pensamientos, preguntas, coyunturas, problematizaciones que excitan al ser mismo y lo arrojan a la búsqueda, sin escatimar oficio, profesión o etnia. Una sana gimnosofía en tiempos donde se ejercitan los músculos, optimiza el rendimiento del cuerpo, pero en este caso, se invita a entrenar la mente, la reflexión, y potencializar el instrumento que aprehende el mundo: el pensamiento. Camus en su texto El mito de Sísifo advierte que la pregunta por la existencia es por antonomasia la pregunta filosófica; es la actividad basilar para minarse.6 Por eso en el tratado sobre Un razonamiento absurdo insiste: «Cogemos la costumbre de vivir antes de adquirir la de pensar. En la carrera que todos los días nos precipita un poco más hacia la muerte, el cuerpo conserva una delantera irreparable» (p. 18). La filosofía detiene a ese cuerpo hermanado con el mercado, le sugiere pensar, le invita a moderar el paso y sugiere en medio de ese convulsivo camino hacia la muerte que ya está jugado, un sentido contemplativo que no repara en la meta, sino en el transitar. 

No es fácil, es preciso reconocerlo. Los modelos y paradigmas sociales actuales idolatran el dinero, el éxito, el consumo, la fama. Un discurso ensordecedor que oculta e inhibe palabras como conciencia, humanismo, reflexión, sosiego y cordura. La danza macabra del frenesí se expone mediáticamente y el showman aparece como oferente del ritual circense. De esta forma la capacidad escrutadora del hombre se disuelve en búsqueda del entretenimiento, de la diversión y del goce. En ese sentido la atmósfera de lo blando, lo ligero, lo light, lo gaseoso cobra sentido; lo que toma tiempo, sacrificio, dedicación, esfuerzo, crítica, silencio y meditación, es espurio. La estupidez cúbica se asoma con fascinación al escenario del mundo, y la plataforma para ello son los medios, las redes sociales, la decadencia de las prácticas politiqueras en buena parte de los países, el fanatismo religioso, étnico y supremacista. Y quienes pudiendo discernir con algo de detenimiento, ceden —en muchas ocasiones— a la misma virulencia, obcecación y postura de quienes combaten. Tornado viscoso de animosidad, manipulación e irracionalidad capaz de arrasar la esperanza de una sociedad, la comprensión meridiana de los problemas y las alternativas. Bajo tal perspectiva, José Saramago —como literato filósofo llamado así por Umberto Eco— se atrevió a explicar la dimensión del pensamiento cero: «Ahora, sencillamente, no se piensa. Domina el pensamiento cero. La aceptación de lo que existe sin criticarlo, sin intentar cambiarlo. Todos esperan que al día siguiente alguien proponga lo que hay que hacer y pensar. Pero al día siguiente dirán “sigo pensando en nada”» (Sampedro, 2002, p. 175). 

La actitud filosófica hace parte de los medios para escapar de esas trampas estupidificantes. Cada sujeto, idealmente, debe cargar con una tarea singular de comprensión, interpretación o contraste de su realidad. Lejos está concebirla con un método o convertirla en universal, pues es individual y cada cual la modela acorde a sus experiencias, vacíos y oportunidades; es resultado de una aproximación soberana del mundo y la coyuntura habitada. Esta es la oportunidad para que, desde el pensamiento y la reflexión (apoyado en todas las voces, informaciones, ideas, experiencias y otros recursos) el hombre escape de esa idiotez ontológica, consolidando a su vez un ethos individual y social desde el cual se asuma el presente. 

Ante los tiempos de obsolescencia a los que se enfrenta el hombre contemporáneo, es imprescindible posibilitarle otro destino. En medio de una sociedad que desecha, gasta y reemplaza todo, le queda custodiar lo que aún no se ha relegado del todo a las máquinas ni a la técnica: la complejidad de la reflexión. Ante el ocaso del hombre, una tenue luz brilla en su conciencia; la fragilidad de aquello que lo sincroniza con el mundo: el diálogo consigo mismo y con los otros. 

Rescatar a los autores reseñados hasta ahora y reivindicar la reflexión filosófica conlleva a la semblanza del ancla en medio de mares agitados, donde la quietud permite el reposo, la belleza, la dignidad y el respeto en las relaciones humanas. La gran responsabilidad del ser humano con su especie y con las otras le obliga a una heurística del otro y de lo otro, desde la cual configure alternativas para un mañana en sintonía con su civilización. Ese ser trae consigo la pregunta y la respuesta —aunque cada vez la postergue más—: ¿a qué se debe ese ímpetu autodestructor y cómo logrará escapar a ello? La filosofía invita a la cautela en tiempos complejos, sugiere la calma y el amor por la vida ante el rendimiento boyante; advierte la responsabilidad ontológica ante la indiferencia del poderío humano. 

Un ethos filosófico 

La experiencia, la alternativa, la posibilidad, la comprensión como alternativa desde la filosofía también responde en este caso como apuesta ética. Solo quien se pregunta, se plantea y se cuestiona atiende a la realidad y desde allí responde. Esta pausa humanística ocurre conforme a lo narrado por Martha Nussbaum, a través de una imaginación narrativa en la que el sujeto recrea la condición vital de otros. Recurso posible gracias a la capacidad de lucubración, de imaginación, potenciada a través de las narrativas literarias a las que se expone el ser tempranamente —experiencia en extinción dada la infancia embelesada por la imagen, los videojuegos y las pantallas— y obligadas a su resurgimiento para extender ese horizonte de interpretaciones de los otros y sus circunstancias. En el texto El cultivo de lo humano la filósofa destaca tres habilidades para encauzar esta difícil tarea. La primera sería la capacidad de auto revisión, tan próxima al apotegma délfico y socrático cuando sugiere que una vida sin examen no merece ser vivida. En segundo lugar, la tarea ardua de sociabilidad en la que exista reconocimiento y mutua preocupación (p. 29).


Finalmente, la ya mencionada imaginación narrativa, en la que se recrea la singularidad del otro. Por eso el literato filósofo, José Saramago, demanda una actitud vigilante y atenta para habitar el mundo, pues este necesita «[…] una forma distinta de entender las relaciones humanas y eso es lo que llamo la insurrección ética. Uno tiene que plantearse: ¿qué estoy haciendo yo en este mundo? La idea del respeto al otro como parte de la propia conciencia podría cambiar algo en el mundo» (Gómez, 2010, p. 129). 

La experiencia, la filosofía y el pensamiento demandan una participación, entendida esta también desde la reflexión, la discusión y el diálogo. Dichas acciones que parecieran anti-acciones exigen la disposición de un ser sumado al mundo, cuyo compromiso parte de atender una realidad que escala lo particular o desescala lo universal, mientras atiende con el decoro suficiente las problemáticas concernientes a su ser. El héroe en este caso resiste a los embates del discurso ultractivo, inmediato y de exceso insaciable; disloca la cultura de gasto delirante y procura en cambio un espacio en armonía con un ser contemplativo, reflexivo, estético y dialógico. Ese hombre dispone de una temporalidad que supera el ya, el ahora, el inmediatamente, y configura escenarios multívocos donde emergen el mayor número de posibilidades. Sugiere como punto de partida y de llegada los valores que la sociedad en algún momento ha cultivado y que obliga, como quien tiene sed, a volver una y otra vez a refrescantes fuentes de agua; en este caso la libertad, la igualdad, lo natural, la amistad y la paz. Estas experiencias se buscan afanosamente afuera, pero en tiempos trémulos como estos ha perdido de vista hallarlos al interior de sí mismo. 

El delineamiento espacial y temporal de estas subjetividades precisa de una comunidad no establecida aún. Sin embargo, es necesario sumar individuos que nutran dichos ideales, mientras se configura un nicho en el que se compartan nuevos modelos de vida y percepción del mundo. Cierta remembranza helenística deviene de esta propuesta, pues el filósofo del Jardín, Epicuro, ya recomendaba una vida que tendiera a la sencillez, a la virtud, a la sabiduría y por eso le aconsejaba a Meneceo: «[…] Así pues, practica día y noche estas enseñanzas y las afines éstas contigo mismo y con el que sea igual que tú, y jamás, ni en la vida real ni en los sueños, estarás preocupado, sino que vivirás como un dios entre los hombres. Pues no se parece nada a un ser que tiene una vida mortal el hombre que vive en medio de bienes inmortales» (2002, p. 145).

El cobijo o la sombra de esa comunidad contrasta con un sano distanciamiento y una moderada vergüenza con los modelos de vida impuestos hasta entonces. Esta configuración social se acopla a los discursos provenientes de instituciones como familia, educación, trabajo, estado, economía, entre otros, despojándose al ser de cualquier liturgia interna para entrar en el ritual de la operatividad —esfuerzo, éxito, gratificación inmediata, reconocimiento—. La aceptación progresiva de no acceder a todo lo que se apetece, no exacerbar el deseo y dudar de los dispensadores dogmáticos de felicidad alineados con el consumo, el estatus, la moda y otros lujos, serían alternativas para la ampliación de esta comunidad. Esta forma de resistencia individual y colectiva aparece como juicio de reproche al ego social en expansión donde estrés, depresión, sin sentido, violencia, suicidio, exclusión y otros saltan a la vista. Este divorcio interior diseca el espíritu a partir de una demanda constante de productividad, efectividad y eficiencia, sin preguntarse acaso si con ello cercena la libertad, creatividad y felicidad social e individual del hombre. 

La presión ejercida por las instituciones y por los imaginarios de la población suscita una fuerza materialista difícilmente vencible. El discurso, las conversaciones, las expectativas, el trabajo, los medios y otros escenarios le anclan a este dominio. Quien se escapa a dichas proyecciones se enfrenta a la sanción y al castigo moral de quienes le rodean. No hay escapatoria, hasta en los coloquios familiares podrán aparecer preguntas como… ¿A qué aspiras?, ¿cómo te ves en cinco años?, ¿cuáles serán tus proyectos a largo plazo?, ¿te ves en tu empleo, vivienda o vehículo este año?, ¿cuál será tu nuevo teléfono móvil? Interrogantes con los cuales se explorará la sintonía con un ritmo desbocado por el triunfo, la acumulación, el cambio, la gloria, o donde lean todo lo contrario. Y si esto último ocurre, el remoquete para aquel rayaría en conformista, mediocre, cómodo y simple. Imaginar lo anterior en el espacio más afable y cercano como el familiar conlleva a potenciarlo en relación con amigos, colegas u otros grupos sociales. 

De lo anterior se desprende el cuidado de las relaciones sociales, en tanto de allí se concentra una fuerza inusitada de castigo. También debe ser lugar propicio para el andamiaje moral, reflexivo y espiritual. Círculos ilustrados capaces de velar por un escaño reflexivo ulterior, donde la inquietud, la pausa, el silencio y la escucha sean los primeros convidados. Lo anterior favorece un ambiente crítico, una renuncia al imperio del individualismo egoísta, mientras se tienden los puentes para escuchar al otro y consolidar comprensiones donde todos se nutran. La verdad se distancia, en este caso, de cualquier entronización, mientras unas y otras interpretaciones nutren a través de la discusión, la duda y la posibilidad la configuración de un Otro siempre incluido y atento. Así, cuando la verdad se ha dado a la fuga, huye detrás de ella cualquier fanatismo, fascismo, moralismo, mesianismo y totalitarismo, abriendo espacio para interpretaciones con amplias dosis de provisionalidad, discusión y con una progresividad estética allende al tiempo. 

Habitar esta comprensión de apertura hermenéutica temprana, individual, colectiva y social, sugiere anclar multiplicidad de semáforos vitales donde aparezca el rojo como pausa moral, cuestionamiento o revisión del pensamiento y el lenguaje naturalizado, especialmente cuando a través de las palabras, los actos y las experiencias se configuran monopolios de poder y de saber, donde se sacraliza el amén social. Salta a la vista en esos momentos, y ha de sugerirse tal semáforo, cuando en la conversación luzcan vocablos del siguiente calibre: estás equivocado…, no es así…, la costumbre enseña…, la verdad es…, todo el mundo piensa…, tú eres el único que piensa…, entre otra infinidad de alternativas. 

Una conclusión literaria 

El ethos filosófico iría de la mano con una nueva forma de habitar el mundo. Aparecería entonces un ethos ciudadano. Bajo tal perspectiva y como homenaje al centenario de José Saramago, es ideal rescatar la imagen de una ciudadanía distante a la filosofía, a la reflexión, y aquella que se siente próxima. 

El ethos ciudadano comparte en su génesis una solidaridad expansiva. Si los asuntos se asumen colectivamente, seguramente las soluciones también devienen igual. La problemática del bien común no es un descenso, es en cambio un ascenso ciudadano que aprovecha los instrumentos públicos, legales y privados —si se disponen—, para seguir mejorando la convivencia social. El profesional consciente de su ser ciudadano vive acorde a esa dimensión desde una interiorización concomitante con la realidad, de la que también es testigo y, por tanto, actúa cuando la piensa, la problematiza y la interviene. 

Para finalizar, es interesante traer dos ejemplos de ciudadanías antípodas desde la literatura, a propósito del centenario del natalicio de José Saramago en noviembre de 2022. El premiado y ya fallecido lusitano escribió las semblanzas de esas ciudadanías. Ensayo sobre la ceguera publicada en 1995 es el estadio de un obcecado individualismo —cuyo ejemplo con la pandemia reciente que vivió el mundo, como si hubiese sido un ejercicio admonitorio— desnuda el egoísmo, la destrucción y la visceralidad de un mundo afanado por la subsistencia y la lucha de todos contra todos; casi treinta años después, el mundo se ve sometido a la hegemonía de las multinacionales, del consumo, la globalización; la parálisis ha generado hambre, desempleo y pobreza. Las grandes farmacéuticas a su amaño han asumido un papel geopolítico despótico desbordado. En esa novela la ciudadanía queda ciega, excepto por una mujer que puede ver, y quien revela cómo van todos por la calle: «Van como fantasmas, ser fantasma debe ser algo así, tener la certeza de que la vida existe, porque cuatro sentidos nos lo dicen, y no poder verla» (p. 311). Es la circunstancia de una ciudadanía que se ha paquidermizado, e ignorante concibe que todo es así porque así es. Se deja de lado ese aspecto recíproco, y cada uno atiende a su inmediatez. 

Paralelo a ese panorama, casi diez años después, el mismo autor publica Ensayo sobre la lucidez (2004), en el que se advierte la evolución y el cambio del conglomerado social, quien abandonado por el Estado, en vez de quietismo y queja ante la suciedad de las calles, se pone manos a la obra: «[…] de todas las casas de la ciudad salieron mujeres armadas con escobas, cubos y recogedores y, sin una palabra, comenzaron a barrer las portadas de los edificios donde vivían, desde la entrada hasta el medio de la calle, donde se encontraban con otras mujeres que, desde el otro lado, para el mismo fin y con las mismas armas, habían bajado» (p. 136). 

Se hace necesario volver a lo simple y reconocer la individualidad en conexión con un todo; la ciudadanía despierta el vínculo y permite que lo extraño se convierta en próximo. Pensar a ese Otro sugiere que el día de mañana se transfigure en un rostro, y que incluso no solo participe de la vecindad, sino de relaciones filiales fortuitas. El ethos ciudadano catapulta entonces una suerte de filiación secundaria a la que progresivamente la sociedad se suma. 

Referencias: 

Arendt, Hannah. (2009). La condición humana. Barcelona: Paidos. 

Aristóteles. (1985). Ética nicomaquea. España: Gredos. 

Arvelo, Alejandro. (2008). Filosofía del silencio. República Dominicana: Ed. Santuario. 

Camus, Albert. (2008). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.

García Gual, Carlos. (2002). Epicuro. Carta a Meneceo. Madrid: Alianza Editorial. 

Gómez Aguilera, Fernando (compilador). (2010). José Saramago en sus palabras. Colombia: Alfaguara. 

Heidegger, Martin. (1970). Carta sobre el humanismo. España: Taurus. 

Honoré, Carl. (2013). La lentitud como método. Cómo ser eficaz y vivir mejor en un mundo veloz. Barcelona: RBA Libros. 

Jonas, Hans. (1995). El principio de responsabilidad. Barcelona: Herder. 

Larrosa, Jorge: «Sobre la experiencia», Revista de Psicologia i Ciències de l´Educació, 2006, n.o 19, p. 87-112. Consulta (22/06/2022). http://diposit.ub.edu/ dspace/handle/2445/96984 

Mèlich, Joan-Carles. (2012). Filosofía de la finitud. Barcelona: Herder. 

— (2021). La fragilidad del mundo. Ensayos sobre un tiempo precario. Colombia: Tusquets. 

Nussbaum, Martha C. (2012). El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Barcelona: Paidos. 

Ordine, N. (2015). La utilidad de lo inútil. Manifiesto. Barcelona: Acantilado. 

Ortega y Gasset, J. (1984). Historia como sistema. España: Sarpe. 

Sampedro, Víctor: «Un diálogo con José Saramago e Ignacio Ramonet sobre geopolítica y globalización», Faros, 2002, pp. 165-193. Consulta (17/06/2022). https://www.nodo50.org/multitudesonline/Ciudadanos%20de%20Babel_Saramago_Ramonet.pdf

Saramago, J. (2004). Ensayo sobre la ceguera. Colombia: Alfaguara. 

— (2004). Ensayo sobre la lucidez. Colombia: Alfaguara. Todorov, Tzvetan. (2017). El espíritu de la Ilustración. Barcelona: Galaxia Gutenberg

Notas 

1 A estas acciones particulares se las denominará en adelante… antiverbos, categoría con la que se advierte esos ejercicios genuinamente contemplativos, desprendidos del pensar y del filosofar; actos que parecen desdeñables por estos días, tales como reflexionar, analizar, dudar, revisar, explicar, contrastar, criticar, entre muchos otros. Esta tipología va en contravía de los actos y actividades que parecen brillar en la sociedad positivizada: mostrar, calcular, medir, consumir, producir, optimizar, etc. 

2 El pensador Hans Jonas —autor del texto clásico El principio de responsabilidad—, en las postrimerías del siglo pasado, ya anunciaba en sus reflexiones el desenfoque humano dado el pésimo negocio al que se exponía. Una carrera desbocada por la riqueza, por el triunfo capitalista y el dominio de los recursos. No existe voz capaz de invitarle a otro modo, ni alcanza lenguaje alguno para pintarle el horror al que en décadas se verá́ abocado. El símil con el negocio, usado por este pensador, supone un balance de cuentas, revisar pérdidas y ganancias… «No obstante, como sabe hoy en día todo el mundo, es preciso pagar un precio por ello; con toda ganancia se pierde algo valioso y apenas hace falta decir que los costes humanos y animales de la civilización son altos y que el progreso solo consigue aumentarlos. Sin embargo, incluso si tuviéramos elección —algo de lo que la mayoría está excluida—, estaríamos dispuestos a asumir los costes o a hacérselos asumir a la “humanidad”, excepción hecho de aquellos costes que despojan a la empresa de todo su sentido o que amenazan con reducirla a la nada» (p. 269). 

3 Sobre la experiencia, p. 91.
4 José Ortega y Gasset en su texto Historia como sistema desborda la definición del ser humano y la paradoja que el tiempo le suscita, por eso dirá que «La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum. La vida es quehacer» (p. 64). Y más adelante, reforzando esa misma línea, precisa: «El hombre “va siendo” y “dessiendo” —viviendo—. Va acumulando ser —el pasado—: se va haciendo un ser en la serie dialéctica de sus experiencias» (p. 78).
5 Ética nicomaquea, IX 8, 1169a, 10 ss.
6 «Imposible desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene mucho que ver con estos comienzos. El gusano se encuentra en el corazón del hombre. Allí hay que buscarlo. Es preciso seguir y comprender el juego moral que lleva a la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz» (p. 15). 


2 comentarios

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