Revista GLOBAL

Violencia de género en el cine

por Luis Beiro Álvarez
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La violencia de género como tema en la historia del cine pertenece al pasado reciente. Antes de 1944 se filmaron algunas propuestas discretas sobre este tema sin la constancia, crudeza y diversidad de hoy. El género como tal surge hacia los años 40, durante los inicios de la llamada era del cine negro, cuando se exhibían películas con escenas en que el hombre golpeaba a la mujer o abusaba de ella. 

Gaslight (1944), de George Cukor, protagonizada por Ingrid Bergman y Charles Boyer, fue una de las pioneras en incluir el terror psicológico como forma novedosa de mostrar la violencia contra la mujer. Dicho film es un clásico del thriller psicológico que adapta la famosa obra de teatro del escritor Patrick Hamilton, ya llevada a la pantalla en el Reino Unido en 1940 por el director Thorold Dickinson. La trama recrea un hecho ocurrido en la Inglaterra victoriana: una famosa cantante de ópera es asesinada; su joven sobrina, que vivía con ella, es enviada a Italia, y el caso queda sin resolver. Allí, la joven estudia canto y se casa con el pianista acompañante de su profesor. Tras la luna de miel, la pareja se establece en la antigua casa de la cantante asesinada, donde la joven comienza a oír extraños e inexplicables ruidos mientras en las noches la luz de gas baja de intensidad, y su marido sale de casa con el pretexto de cumplir obligaciones laborales. Aquí el marido no acude a la violencia física para llevar a cabo sus verdaderos propósitos, sino que provoca el terror en su esposa a través de la creación intencional de situaciones anormales para que esta se quite la vida y así beneficiarse con su fortuna. 

Hay otras cintas estadounidenses que abordan este tema. Por ejemplo, Un tranvía llamado deseo (1951) y El hombre de la piel de víbora (1960). En la primera, la célebre Vivien Leigh (ganadora del Oscar por esta caracterización del famoso drama de Tennessee Williams) logró universalizar un personaje femenino falto de afecto, inestable y desequilibrado, capaz de soportar golpizas del hombre que desea, ya que para su forma de pensar ese hombre es el modelo que necesita para controlar y contener su lado oscuro. En la segunda, basada en otra pieza teatral de Tennessee Williams, La caída de Orfeo, la actriz italiana Ana Magnani personificó a una mujer contradictoria y apasionada, capaz de soportar todo tipo de humillación con tal de no perder a su amante. En ambos filmes, la figura de Marlon Brando como «machista empedernido» resultó determinante.

Violencia doméstica 

Cuando Steven Spielberg estrenó en 1984 la controvertida versión cinematográfica de la célebre novela de la escritora norteamericana Alice Walker, El color púrpura, muchos espectadores pusieron el grito al cielo. Este filme, protagonizado por Whoopy Goldberg y Danny Glover, habla del maltrato a que es sometida una mujer por su marido y su familia en la Georgia de principios del siglo pasado. La violencia de género se representa en escenas muy fuertes que incluyen malos tratos y golpizas despiadadas. Goldberg encarna a Celie, una adolescente negra que a los catorce años queda embarazada de su propio padre, un hombre despótico y cruel. A partir de entonces, su vida estará llena de dolor y humillaciones.

Años después, en 2003, la directora española Icíar Bollaín abordará la violencia doméstica, pero vista desde otro ángulo. Se trata de Te doy mis ojos, uno de los filmes más conmovedores que sobre esta temática se han realizado en el presente siglo. El tema de las golpizas del esposo se antepone a la propuesta de Spielberg. Mientras la protagonista femenina de El color púrpura no teme ser reprendida y desmoralizada por su pareja, ya que su naturaleza interior le imprime una rebeldía contra aquello que padece y que se expresa a través de ciertos gestos, actos, miradas y conductas que terminan por formarle un sentimiento de venganza que concluye en la aplicación de la justicia por su propia mano, en Te doy mis ojos, el personaje del abusador, caracterizado por Luis Tosar, aplica su mirada inquisidora y su fortaleza verbal como metodología implacable para mantener sometida a su mujer, quien en una escena memorable de la historia del cine expresa su terror al hacer sus necesidades fisiológicas sobre la ropa que lleva puesta tras escuchar la voz amenazante de su pareja. Desde el punto de vista técnico, las dos cintas antes estudiadas tienen como punto de contacto la excelencia de sus protagonistas. El juego de actores es más que suficiente para impactar al espectador y crear una puesta en escena de envergadura, donde también sobresale una excelente cinematografía.

En ese mismo tenor, la violencia doméstica contra la mujer también puede ser ejercida a través de las creencias de la familia. Este es el caso de El camino de la cruz (Alemania, 2014), ganadora del premio al mejor guion en la Berlinale. Esta película, planteada a manera de rapsodia emotiva a favor de la tolerancia, relata la historia de una adolescente de 14 años a quien le impiden desarrollar una vida normal acorde a su edad por motivos religiosos. La joven es constantemente asediada y maltratada por su progenitores hasta el inevitable desenlace. Con independencia de sus valores cinematográficos, la cinta deja entrever un argumento que integra filosofía, conducta, estilo de vida y derechos inalienables del ser humano. La joven María (interpretada por una brillante Lea van Acke) es sometida a una severidad extrema con el propósito de obligarla a renunciar a su condición de adolescente y de mujer con derecho a construir su propia vida y personalidad. La intolerancia familiar va encerrando a esta joven en un círculo vicioso donde todo su proceder es incorrecto ante la mirada paterna. Constantemente su conducta va generando castigos de todo tipo. Se trata de una parábola sobre el martirologio en la que la cámara no es tanto un personaje, sino un testigo de excepción. Con banda sonora sobria y puesta en escena sencilla, este filme se presenta como una profunda revelación que invita a dudar de todo lo que implica la relación intrafamiliar en sociedades donde predomina el culto al fanatismo y la mirada severa contra las libertades individuales, sobre todo de la mujer en la etapa de formación de su personalidad. 

Violencia de género en los tribunales 

Del 2017 es el filme Custodia compartida, del francés Xavier Legrand, en el que la violencia de género también es ejercida por los tribunales (situación que emparenta la película con el filme judío Gett: El divorcio de Vivianne Amsalem, 2013). El protagonista se aprovecha de la ingenuidad de su mujer para tergiversar ante la justicia los acontecimientos por los cuales ella solicitó la ruptura matrimonial y la custodia del hijo procreado durante la unión. Armado de una defensa no ajustada a la verdad, el hombre intenta arrebatarle el cuidado de su hijo. En el filme, la tesis de que una mentira repetida mil veces puede llegar a ser verdad es un arma a favor de este hombre inmisericorde. El ex cónyuge no está en condiciones de entender que la única forma de vencer una mentira no es con la verdad, sino recurriendo a una falsedad superior. Este filme es una apología de la obsesión, de la utilización de métodos cavernarios para conseguir un propósito. En definitiva, el hombre no desea el bienestar de su hijo, sino herir a la mujer. Un acto de impotencia, otro de deseos reprimidos y uno tercero de venganza son trabajados artísticamente por Legrand para conformar el perfil psicológico de su protagonista masculino, características estas que impresionan más que su mirada perturbadora y su brutal gestualidad.

De mujer a mujer

En La favorita, la nueva película del griego Yorgos Lanthimos (2018), la violencia contra la mujer la ejercen otras mujeres. Este es un tema recurrente en la obra de Lanthimos. En Canine eligió un entorno familiar para demostrar la voluntad de encierro de la familia moderna; algo similar hizo en Langosta, al proteger el amor de pareja por encima del sentimiento colectivo. Cada una de sus películas sirve de pretexto para contextualizar su discurso contra la incomunicación y el encierro. Muchas se desarrollan en espacios cerrados, como La favorita, en la que un castillo medieval es el telón de fondo; en esta el juego de disfraces está dibujado de forma sutil y despiadada. Su discurso, si bien está ubicado en la Inglaterra del siglo XVIII, posee vigencia. Tal vez por ello el espectador relegue a un segundo plano la relación lésbica que propone el director como telón de fondo para exponer su discurso cultural. Solo que aquí la historia de una congoja oculta el rostro de la traición. Una reina debilitada ocupa el trono, mientras que su amiga Lady Sarah gobierna en su lugar debido al precario estado de salud y al carácter inestable de la monarca. Cuando una nueva sirvienta, Abigaíl, aparece en palacio, su encanto seduce a Sarah, quien la ayuda a establecerse dentro del conglomerado social. Pero no nos dejemos engañar. Estamos ante una ambiciosa mujer que despierta pasiones en otra para crear una relación en apariencia sólida y poder escalar planos sociales superiores. Cuando la dama cumple su deseo, la seducida va descendiendo en la escala de valores hasta su destrucción moral. Y volviendo a la referencia del castillo medieval, no es lo mismo mirar al mundo desde su interior que desde la sordidez de una taberna. En el reino femenino, la violencia de género también puede campar.

Asesinos en serie

Uno de los asesinos en serie más famosos del cine es John Doe de la película Se7en de David Fincher. Encarnado por Kevin Spacey, este asesino elige a una embarazada para perpetrar sus dos últimos crímenes. Tal vez, en el proceso de elección de sus siete víctimas, no pensó concluir el holocausto con alguien que llevara un niño en las entrañas. Fueron las circunstancias las que lo obligaron a variar sus planes y encontrar en la esposa del ambicioso e impulsivo detective David Mills la víctima perfecta para poner punto final a sus crímenes. En este sentido, logra un final apoteósico con el asesinato de esta mujer embarazada. Otras cintas como Zodiac parten de hechos reales para denunciar el sadismo demencial de los homicidas sin escrúpulos. Saw es otro filme en el que un asesino en serie no oculta sus bajos escrúpulos. Sin embargo, en estos dos casos, los asesinos no muestran preferencia por hombres o mujeres.

Quien sí se especializa en asesinar mujeres es el psicópata de la cinta coreana I Saw the Devil, del director Kim Jee-woon. Dicho asesino descuartiza mujeres, sobre todo jóvenes, hecho que disfruta porque se corresponde con su naturaleza sádica. Este criminal sale en las noches con su camioneta de poca monta y recoge a cuanta muchacha se encuentra en su camino y las lleva a su guarida donde, después de torturarlas salvajemente, las corta pedazo a pedazo y esparce sus restos en distintos sitios para no dejar rastros.

La originalidad de esta película no radica en los crímenes de dicho sádico, sino en las acciones que en su contra toma el esposo de una de las víctimas. El marido en cuestión es un oficial de inteligencia que, al descubrir al sujeto, ni lo apresa ni lo elimina, sino que simplemente se dedica a hacerle la vida imposible. Por tanto, I Saw the Devil tampoco es una película de venganza, sino una reflexión sobre el ensañamiento, la alevosía y la lucha de contrarios, cargada de hechos sangrientos. No se propone entretener ni mostrar las excelencias del cine de terror. Es un filme de referencia conceptual, en el que la violencia extrema contra la mujer es presentada con frialdad, una obra que convoca la tensión y que constantemente sorprende al espectador y deja su imaginación a la defensiva ante la intensidad de los acontecimientos. La capacidad inventiva del director, la fluidez del ritmo, la complejidad y la originalidad convierten esta película en un producto inolvidable.

Si en algún momento de su desarrollo I Saw the Devil se acerca al perfil vengativo, no es para exhibirlo como recurso artístico en obras de este género, del cual el cine surcoreano ha legado aportes culturales apreciables, sino para emplearlo como contraparte del enfrentamiento de los protagonistas. Es un enfrentamiento con ribetes de obsesión; desemboca en la sordidez y se presenta como lección: la maldad solo engendra maldad y es imposible detenerla, aun en el mismo instante de la muerte. Además de su brillante contenido, I Saw the Devil es un producto de excelencias técnicas. Kim Ji-woon se esmera en la construcción de los planos, sabe conmover, hace que el espectador disfrute los encuadres, elige locaciones nocturnas con precisión fotográfica; su cámara derrocha ingenio y realismo, como si con ella buscara la oscuridad del alma humana como protagonista de su historia; las escenas nocturnas son sus preferidas, sabe escoger locaciones y detalles que enriquecen la persecución y la incertidumbre de sus protagonistas: uno en busca de destruir la condición de la mujer joven y el otro desafiando constantemente a un psicópata que no merece apologías.

Conclusiones

 El cine no solo es pan y circo. Cuando se asume con criterio artístico puede trasmitir una mirada ética capaz de incidir en la conciencia social. En el caso que nos ocupa, la violencia de género ha llegado a ser un olvido intencional en este sentido. Tal vez no con la frecuencia con que se hubiera deseado, pero sí con la intención de crear un espacio de reflexión sobre la realidad de las mujeres en medio de una sociedad patriarcal. Muchas películas mencionadas se caracterizan por imágenes rudas, violentas y severas. Se puede colegir de ello que su tratamiento va en detrimento de la mujer. Sin embargo, es todo lo contrario. Estas películas, con toda su crueldad, su vehemencia y su rabia, reflejan de un modo honesto lo que acontece día a día en nuestras sociedades. Además, al presentar estos abusos, estos crímenes y estos acosos tal cual acontecen, hay mayores posibilidades de denunciarlos y de educar a los espectadores. En los últimos decenios ha ocurrido un fenómeno curioso: la irrupción de mujeres directoras, guionistas y fotógrafas, labores que a lo largo de la historia del cine solo estaban reservadas para hombres. Esto ha venido ofreciéndole al séptimo arte un interesante papel de transformación, así como nuevos enfoques, más complejos, que reflejan los diferentes modelos culturales que se esconden tras la violencia y se alejan del cliché y de los lugares comunes que pueden surgir en estos casos.


1 comment

Priscillat junio 28, 2024 - 3:45 am

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